Obligados a casarse
Uno
Señorita Emmaline Carruthers
Lexington, Estado de Kentucky
El motivo de esta carta es anunciarle el desgraciado fallecimiento de su padre, Samuel Carruthers. Murió durante una inundación junto con su esposa Arnetta. Esperamos nos informe cuanto antes sobre qué hacer con la hija de los fallecidos, Theresa, de sólo cinco años.
Quedo a su disposición,
Oswald Hooper,
Ahogado.
–Hasta Hades es mejor que este sitio en medio de la nada -susurró ella.
Sus palabras se fueron con el viento tan pronto como las pronunció, como si nunca hubieran existido. Pero habían sido reales, igual que la esbelta figura de la mujer que las había pronunciado y que seguía mirando con ojos incrédulos el árido paisaje de Forbes Junction.
El tren en el que había viajado se había detenido allí un momento para que ella pudiera bajarse. Segundos después, un sonoro silbato había marcado la puesta en marcha de los vagones. Miró en la dirección en la que se había alejado, ya no era más que una mancha en el horizonte y el humo de su locomotora se disolvía en el aire. El sol estaba en lo más alto y pegaba con fuerza. Recordó el calor que había pasado en el tren durante las últimas horas. Se había pasado toda la mañana abanicándose con un periódico doblado y limpiándose el sudor de la frente con su delicado pañuelo de encaje.
–Arizona, hasta el nombre suena abrasador -murmuró mientras levantaba un pie y se lo miraba.
Sus elegantes y caras botas estaban cubiertas de polvo. Miró después a su alrededor para decidir lo que podía hacer. Frente a ella, la puerta de la estación estaba abierta. Se imaginó que era su única oportunidad de refugiarse del sol.
La estación era pequeña. Se imaginó que no debía de usarse muy a menudo. Se agachó para recoger su bolso de viaje y dejó en el andén el gran baúl que contenía su ropa. La bolsa era pesada y lamentó haber metido en ella tantos libros.
–No entiendo para qué quieres llevarte todo eso -le había dicho Delilah-. De todas formas, no vas a quedarte el tiempo necesario para poder leerlos todos.
–¡Eso espero! – susurró entonces en medio del andén.
Suspiró, levantó la barbilla con determinación y fue hasta la puerta de la estación.
La sala estaba en penumbra y eso era lo único bueno que tenía, protegerla del sol. Todo estaba sucio. Una pequeña ventana en la parte trasera le daba algo de ventilación al lugar, aunque no la suficiente como para que pudiera refrescarse.
Se llevó la mano a los botones superiores de su traje. Le tentaba la idea de desabrocharlos. Pero no dejó que el calor la tentara y se acercó a la ventanilla vestida con todo el decoro que debía una mujer de su edad y condición.
–Perdone… -murmuró.
Sabía que el decoro y la dignidad eran las únicas armas para enfrentarse a su situación. Creía que esos valores conseguirían darle la fuerza que necesitaba entonces, igual que había pasado durante el largo viaje en tren.
–Sí, un momento -dijo alguien desde el otro lado del mostrador-. ¿Qué puedo hacer por usted? – le preguntó el encargado de la estación poniéndose entonces de pie.
Llevaba un almidonado uniforme que acentuaba aún más su delgadez.
La miraba por encima de sus gruesas gafas, que llevaba bajadas sobre el puente de la nariz.
–Se supone que debía haber un vehículo aquí del rancho de los Carruthers para recogerme, pero no veo a nadie por ninguna parte. ¿Tiene usted algún recado para mí?
–Puede que sí y puede que no. Dígame para quién sería el mensaje, por favor.
–Soy Emmaline Carruthers.
El hombre la miró con renovado interés, de arriba abajo, fijándose sobre todo en su moderno sombrero y en las curvas que se destacaban bajo su severo traje oscuro.
–Sí, está claro que se trata de usted -le dijo él-. Se parece a su padre mucho. En los ojos y también en el pelo.
–¿Eso cree? – repuso ella con algo de incredulidad.
–Sí. Su hermano va a venir a recogerla.
–¿Quién ha dicho que viene? – preguntó ella con algo de irritación.
–Su hermano -repitió el hombre. Emmaline se quedó mirando a ese sujeto con el ceño fruncido.
–Yo no tengo ningún hermano -replicó con frialdad-. He venido para conocer a mi hermana, Theresa. No tengo ningún otro pariente en este pueblo -le aseguró ella.
Y era lo cierto, no tenía a nadie más. Pero tenía una hermana y ese hecho la había llenado de alegría. Susurró de nuevo el nombre de la niña, le gustaba hacerlo y saborear las sílabas que lo componían. Tenía sólo cinco años y era la hija de Samuel.
–Por cierto, le acompaño en el sentimiento. Fue una pena lo de su padre.
Ella asintió para darle las gracias. La noticia del fallecimiento de su padre había sido una gran sorpresa, pero se había recuperado pronto. Era difícil para ella sentir dolor por ese hombre. Para ella no era más que un recuerdo lejano, alguien en el que había preferido no pensar durante sus largos años de ausencia.
Recordó la carta que el abogado le había enviado para informarle de su deceso. Su padre y la esposa de éste habían muerto por culpa de las inundaciones. Samuel y Arnetta Carruthers. Eran sólo dos extraños para ella, a pesar de que compartían el mismo apellido.
–¿Lo conocía usted bien? – le preguntó al hombre, dejándose llevar por un inesperado impulso.
–¿Cómo dice? ¿Que si conozco bien a quién? ¿A su hermano? Claro que lo conozco -repuso el jefe de estación con seguridad-. En Forbes Junction, todo el mundo conoce a Matt Gerrity.
–No, me refería…
No llegó a terminar la frase y se apartó de la ventanilla. No entendía nada, pero sabía que de poco le iba a servir seguir preguntando a ese hombre.
Suspiró para calmarse. Se imaginaba que pronto llegaría alguien a la estación para recogerla. Y también muy pronto podría conocer por fin a la niña. Estaba deseando poder verla. Se ajustó nerviosa la chaqueta del traje y su gracioso sombrero.
–Estará aquí muy pronto. A no ser que se entretenga charlando con alguna mujer. Las tiene a todas revoloteando a su alrededor -le dijo el
hombre antes de cerrar la ventanilla.
–¿Revoloteando? – repitió ella.
–Es mi hora del almuerzo -anunció la voz del hombre desde el otro lado de la ventanilla.
Eso le recordó que hacía mucho que no había comido nada, desde la hora del desayuno. Y entonces sólo había tomado un poco de pan que había sobrado de la noche anterior y un melocotón algo pasado.
Vio un espejo en una de las paredes de la estación y se acercó. Tenía ojeras bajo sus ojos azules y una mancha oscura en la mejilla izquierda. Su pelo se había encrespado y algunos rizos rebeldes se escapaban de su pequeño sombrero.
–¡Estoy hecha un desastre!
–No es para tanto.
Se dio la vuelta con la boca abierta al oír esas palabras y se giró hacia la puerta de la estación. Estaba indignada y furiosa. Se enfrentó al hombre que la miraba desde el umbral.
–¿Cómo ha dicho?
Sabía que con su aspecto tras el largo viaje no podía permitirse el lujo de mostrarse altanera con aquel desconocido, pero al menos podía hablarle con la arrogancia que una impertinencia semejante se merecía.
Él le sonrió mientras se quitaba su sombrero. Tenía las manos morenas y los dedos largos y finos. Ese hombre se estaba riendo de ella.
–No es para tanto -repitió el hombre con voz algo ronca y divertida-.
Tengo que decirle que usted es el desastre más bonito que he visto en mucho tiempo.
Respiró profundamente para mantener la calma. Le irritaba lo directo que estaba siendo ese desconocido con ella. Con la cabeza muy alta, se dio media vuelta y le dio la espalda.
–Será mejor que no sea descortés con el hombre que lleva las riendas, señora -le susurró al oído.
Estaba justo detrás de ella. Podía sentir el calor de su cuerpo contra su espalda. Se enderezó, apenas podía moverse. El jefe de estación salió de su despacho.
–Hola, Matt. ¿Cómo estás? Tu hermana te ha estado esperando.
Cerró los ojos al oír sus palabras. Estaba perdiendo la paciencia con todo aquello.
–¡Yo no tengo ningún hermano! – le contestó poniendo énfasis en cada palabra.
No le importó mostrarse irritada frente a esos dos hombres.
El recién llegado tenía ventaja sobre la situación y se aprovechó de esa circunstancia. Agarró sus hombros y se inclinó sobre ella para hablarle nuevamente al oído. Pudo sentir su cálido aliento en el cuello.
–Gírese, señorita Emmaline. Estoy aquí para representar a su familia -le dijo.
Movió los hombros para intentar deshacerse de esas fuertes manos, pero no le sirvió de nada. Él, sin decirle nada, la hizo girar hasta que quedaron frente a frente. Estaba haciendo lo imposible por contener su enfado. Lo miró con frialdad y sin perder la compostura.
–No sé quién es usted -le dijo ella-. He venido desde Lexington para conocer a mi hermana pequeña. Se llama Theresa Carruthers. Estoy aquí esperando a que venga alguien desde el rancho para buscarme. No tengo nada que ver con usted.
–Ahí es donde se equivoca, señorita. Sí que tiene algo que ver conmigo, aunque sea poco. Aunque no se lo crea, somos parientes. Mi madre era Arnetta Carruthers y, desde su matrimonio con su padre, me convertí en su querido hermanastro.
La soltó entonces para dar un paso atrás y saludarla con fingida elegancia. Le habló después con algo de emoción en la voz, algo que no pudo o no supo interpretar.
–Bienvenida a casa, señorita Emmaline Carruthers -le dijo con admiración en los ojos, mientras la miraba de arriba abajo-. Llevábamos mucho tiempo esperándola.
Emmaline se dio cuenta pronto de que el carromato no era mucho mejor que el tren.
–¿Suele usar este carro a menudo? – le preguntó mientras se agarraba con fuerza a su asiento.
–¿Le está costando mantenerse en su asiento? – replicó él mientras azuzaba a los dos caballos que tiraban del carromato.
Los animales comenzaron a trotar y Emmaline tuvo que agarrarse con más fuerza aún.
–¿Es que no tiene una silla de paseo? Eso habría sido más adecuado para estos menesteres.
El vehículo daba tantos saltos que hasta su voz vibraba cuando hablaba.
–Una silla de paseo no tiene apenas espacio para transportar mercancía -
le contestó él mirándola de reojo.
Se fijó en su rostro. La joven apretaba los labios y lo miraba con el ceño fruncido. Se dio cuenta de que ese trayecto iba a ser una especie de viaje de iniciación para ella. Estaba pálida, pero sus mejillas comenzaban a sonrojarse por culpa del calor y el sol.
Tiró un poco de las riendas para que los caballos se pararan. La miró y suspiró.
–Mire, hermanita…
–¡No soy su hermana! – replicó ella de mala manera y sin apenas mover los labios.
Se llevó la mano a la boca para esconder una sonrisa.
–Llámelo como quiera, señorita, pero el caso es que compartimos lazos familiares -le dijo él-. Eso es lo primero que quería dejar claro. Pero ahora lo importante es que vaya un poco más cómoda. No puede estar ahí al sol con toda esa ropa encima, está absorbiendo todo el calor. Sólo va a conseguir que le dé una insolación. Y si ocurre, de nada va a servirle venir a conocer a su hermana pequeña, no podrá serle de ayuda alguna a la niña.
Cuando él alargó la mano y ella se dio cuenta de que tenía intención de desabrocharle los botones, la joven se llevó las manos a la chaqueta para hacerlo ella misma. Aflojó la prenda, apartó las solapas y su garganta quedó expuesta.
Vio cómo cerraba los ojos aliviada en cuanto una leve brisa refrescó la piel que acababa de liberar.
Respiró profundamente y dejó que le llegara el aroma de las escasas plantas del desierto. Había algo de brisa y era una delicia sentirla sobre la piel. Estiró aún más el cuello para aprovechar su frescor.
Estaba disfrutando del momento y aliviando un poco su calor cuando sintió la mano de ese hombre agarrando una de sus muñecas.
Abrió atónita los ojos y parpadeó al encontrarse con la cegadora luz del sol. Vio entonces que él le estaba desabrochando los botones del puño de su chaqueta. Estaba demasiado confusa para decirle nada. Observó cómo doblaba su manga y la subía todo lo posible, casi hasta el codo. Después alargó aún más los brazos para desabrochar la otra muñeca.
Emmaline no podía dejar de mirarlo. Se daba cuenta de que aquello era una falta total de respeto por parte de ese hombre, pero tampoco podía dejar de pensar en lo cerca que estaban sus cuerpos ni en la sensación de tener sus ásperas manos sobre su pálida piel. Tragó saliva e intentó recomponerse.
Sintió una sensación nueva en el estómago y se dio cuenta de que quizás no fuera sólo hambre lo que estaba sintiendo, sino un extraño interés por ese hombre. Algo que ni ella misma conseguía entender.
–¿Se siente ahora mejor? – le preguntó en cuanto volvió a poner los caballos en marcha.
–Sí -murmuró ella.
–En cuanto lleguemos al rancho, será mejor que se quite las medias y todas las otras capas y capas de ropa que lleva bajo esas faldas -le sugirió él sin consideración.
Ella estiró la espalda y se enfurruñó de nuevo. Se sentía mejor y más fresca, pero no podía ni creer que él mencionara de manera tan ligera su ropa interior.
–¿Cómo dice? – replicó ella con frialdad-. No llevo ni más ni menos que cualquier otra dama.
–No va a encontrar esos corsés, enaguas ni combinaciones en un rancho de Arizona, señorita Emmaline -le dijo él-. Las damas llevan aquí colores más claros y pocas capas de ropa para poder combatir el calor.
–Estoy de luto -anunció ella con firmeza.
Le costaba pronunciar las palabras. Le resultaba difícil sentirse de luto por un padre al que apenas recordaba, pero era una mujer que seguía de manera estricta las normas sociales y llevaba ropa negra y velo en su sombrero, igual que haría cualquier otra dama en sus circunstancias.
Aunque tenía que reconocer que había acabado quitándose el velo al descubrir el calor que hacía en aquella incivilizada parte del país. No podía creerse que acabara de dejar que ese hombre, un absoluto desconocido, le desabrochara los puños de la chaqueta y le dijera cómo tenía que vestirse y qué prendas íntimas no debía ponerse.
La gota que colmó el vaso de su paciencia fue recordar sus ásperas manos sobre sus muñecas. Se dio cuenta de que era un hombre muy mandón y arrogante. No le gustaba nada y aún tenía demasiado calor. El sol apretaba con fuerza y le costaba mantener los ojos abiertos. También estaba cansada después del viaje y empezaba a dolerle todo el cuerpo por culpa del
abrupto trayecto en carromato. Aquello era demasiado. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero usó toda la voluntad que le quedaba para no llorar delante de aquel desconocido.
–Ya hemos llegado -anunció él por fin. Levantó la vista y vio que pasaban en ese instante por una puerta con una señal colocada encima. El cartel anunciaba que aquellas tierras eran de los Carruthers. Pero se dio cuenta, al ver los edificios en la lejanía, de que aún tardarían un poco en llegar a su destino final.
Pasaron otros veinte minutos antes de que se detuviera finalmente el carro.
La casa principal se extendía en todas las direcciones, como si fuera una planta crecida en el desierto. Sus paredes estaban pintadas del color ocre de la tierra y había multitud de ventanas y puertas. El amplio tejado protegía y daba sombra, incluso había una zona de porche en el lado este de la casa.
Vio a una mujer aparecer en una de las puertas.
Se estaba secando las manos en un delantal blanco y le sonrió para darle la bienvenida. Detrás de ella, la puerta semiabierta revelaba un interior en penumbra. Se moría de ganas de estar allí dentro, lejos del sol y de su sofocante calor.
Se movió en el asiento, preparándose para bajar. Al verla, el hombre que llevaba las riendas se puso en pie deprisa, saltó a tierra y fue a donde estaba ella para ayudarla. Ella se acercó más, apoyó las manos en sus fuertes hombros y dejó que él la tomara por la cintura para bajarla.
Era extraño verse por fin fuera del carro, aún le temblaban las piernas después del traqueteo del trayecto desde la estación.
–Por fin en tierra firme, ¿verdad, señorita? – comentó él mientras la miraba a los ojos.
Parecía poder adivinar lo que estaba sintiendo.
Se dio cuenta al tomarla en sus brazos para bajarla del carro de que era una mujer pequeña y delgada. Aunque pensó que quizás se redondeara algo más su cuerpo una vez estuviera libre de todos los corsés y refajos que llevaban las mujeres.
Ella se soltó en cuanto pisó el suelo. Se entretuvo observando los graciosos movimientos de sus amplias y susurrantes faldas y la elegancia con la que movía sus pies. Aunque nada le llamaba tanto la atención como el pequeño y ridículo sombrero que adornaba su cabeza.
–Gracias, señor… -le dijo ella esperando a que él se presentara por fin.
–Llámeme simplemente Matt -le pidió él por primera vez-. Por aquí no perdemos el tiempo con ese tipo de formalidades, hermanita.
Vio cómo ella se enderezaba al oírlo.
–Muy bien. Gracias, Matt.
La joven pareció rendirse y no insistió en el hecho de que no eran realmente hermanos.
–Pase, pase -le dijo la mujer desde la puerta, mientras se echaba a un lado para que Emmaline pudiera entrar en la casa.
–María, aquí está la señorita Emmaline -anunció Matt-. María es nuestra ama de llaves.
La mujer asintió.
–He estado esperándola. Seguro que está muy cansada y muerta de calor. Y también hambrienta, a no ser que este hombre se haya detenido a darle algo de comer en el pueblo. Viéndola, me da la impresión de que le vendría de maravilla sentarse en un lugar fresco, beber algo y descansar un poco -le dijo María.
La señora entró en la casa y Emmaline la siguió. Llegaron a una sala bastante amplia. La decoración y los muebles eran sencillos, pero muy bellos.
Le costó ajustar la vista a la oscuridad de la casa, pero agradeció enormemente la bajada de temperatura. En las ventanas había ligeras cortinas blancas. Había también sofás y sillones de piel y alguna lámpara de pie para leer. Una gran chimenea ocupaba una de las paredes. A su lado había una mesa camilla con algunas sillas alrededor. Las paredes estaban encaladas de blanco y las adornaban varios cuadros muy coloridos y algunos tapices.
Todo estaba en silencio y se sintió de repente muy a gusto y aliviada después del largo viaje. No había esperado encontrar tanta paz en ese lugar.
Detrás de ella, oyó algunas voces. Algunos hombres estaban descargando el contenido del carro.
–Lleva el equipaje de la señorita Emmaline a la habitación de invitados
-le dijo María a uno.
–Sólo he traído una bolsa de viaje y un pequeño baúl -explicó ella rápidamente.
Se había desentendido del baúl desde que el empleado del tren lo dejara en el andén de la estación. Y allí había permanecido hasta que Matt lo recogió y subió al carro con facilidad.
–No he traído muchas cosas conmigo -le dijo.
María estaba ocupada dirigiendo a los hombres.
–Entonces, ¿el resto de sus cosas llegarán más adelante? – le preguntó Matt desde la puerta.
–No -repuso ella mientras se quitaba el sombrero e intentaba controlar los rizos-. La verdad es que no pensaba quedarme mucho tiempo, no creo que vaya a necesitar más de lo que traigo.
El hombre frunció el ceño, separó un poco las piernas y apoyó las manos en sus caderas, desde donde colgaba la funda de un revólver.
–¿No? – preguntó él.
Ella levantó la barbilla con seguridad, como un desafío silencioso.
Decidió dejarle muy claro desde el principio cuáles eran sus planes.
–Sólo he pensado quedarme el tiempo necesario para escuchar la lectura del testamento y hacer los trámites necesarios para llevarme a mi hermana de vuelta a Lexington conmigo.
Oyó un ruido a su espalda. No se había dado cuenta de que había alguien más en la habitación.
–¡No! – exclamó una niña con angustia.
Se dio la vuelta y vio a la pequeña asomando detrás de uno de los grandes sofás del salón.
–¡No quiero irme de aquí! No tengo que irme a Lexington con ella,
¿verdad, Maffew? – le preguntó la niña casi llorando.
–Claro que no, Tessie -le aseguró él para tranquilizarla.
Cruzó la sala con dos grandes zancadas y se acercó a donde estaba la pequeña.
Observó cómo el hombre tomaba a la niña entre sus brazos y ésta se apretaba con fuerza contra su cuerpo y escondía la cabeza en su torso.
Él la miró de reojo. Estaba claro que no había comenzado con buen pie en ese sitio.
–Ésta es su hermana pequeña. Se llama Theresa, pero la llamamos Tessie. Es una pena que no haya tenido una primera impresión de usted algo más positiva -le dijo él sin remilgos.