Obras escogidas II
Puente en la selva
A LAS MADRES
de cada nación,
de cada pueblo,
de cada color,
de cada raza,
de cada credo,
de todos los animales y pájaros,
de todas las criaturas que
viven en la tierra.
I
—¡LEVÁNTELAS, forastero!
—¿……?
—¿No oye, idiota? ¡Arriba las manos, pronto!
Claramente sentí, a través de la camisa empapada de sudor, que lo que se apoyaba firmemente sobre mis costillas no era ni su dedo índice ni un lápiz; era realmente aquello cuyo calibre casi podía adivinar: una 38 bien pesada. Me había retardado en obedecer su orden porque creía que se trataba de una alucinación. Durante dos días de marcha, con mis dos mulas cargadas, a través de la espesa selva, no había encontrado un solo ser humano: ni blanco, ni indio, ni mestizo. Sabía que aún me hallaba lejos de la ranchería más próxima, a la que esperaba llegar en la mañana del día siguiente. Así, pues, ¿quién podía detenerme? Pero no era alucinación, era realidad. Supe que no era nativo por la forma en que él hablaba. Tiró de mi cinturón de un lado para otro: realmente era difícil sacar mi pistola de la funda, que estaba dura y seca como un palo. Por fin la sacó. Oí cómo retrocedía, y por la forma en que movía los pies sobre la tierra comprendí que se trataba de un hombre alto, viejo, o bien, muy cansado.
—Bueno —me dijo—, ahora, si quiere, puede volverse su señoría.
A cinco metros sobre la derecha de la vereda que cruzaba la selva, y por la cual caminaba, había una pequeña laguna de agua fresca no muy lodosa. La había visto brillar entre el follaje, y por las huellas de mulas y caballos que llevaban hasta allí comprendí que era un paraje en el que los arrieros descansaban y aun podían pasar la noche. Llevé a mis mulas para que bebieran. Yo también necesitaba un corto descanso y un buen sorbo de agua. No había visto a nadie cerca ni había escuchado ningún ruido, así es que me quedé estupefacto cuando aquella pistola se clavó en mis costillas como por obra de algún duende de la selva.
Me volví y miré al hombre, quien, como había supuesto, era más alto y un poco más grueso que yo, y tenía cerca de cincuenta o cincuenta y cinco años. Era algún vecino del lugar, a juzgar por la forma en que iba vestido (y que no se diferenciaba mucho de la mía): pantalones de algodón, botas altas, camisa sucia empapada de sudor y sombrero ancho de los más corrientes que se fabricaban en la República. Me sonrió y yo no pude evitar devolverle la sonrisa. No nos dijimos nuestros nombres ni nos estrechamos las manos. Siempre parece una simpleza decir cómo nos llamamos a otro, sin que nos lo haya preguntado.
Me dijo que era administrador de un ingenio que quedaba a unos cincuenta kilómetros del lugar donde nos encontrábamos, pero que de ser posible preferiría administrar un plantío de cacao. Yo le dije que era un explorador ocasional, presidente, tesorero y secretario de una expedición compuesta por un solo hombre en busca de raras plantas con valor comercial por sus propiedades medicinales o industriales, pero que estaba dispuesto a desempeñar cualquier trabajo que se me ofreciera, y esperaba, además, encontrar algún yacimiento de oro o piedras preciosas.
—Mire, viejo, si existiera alguno por aquí yo lo conocería; hace mucho tiempo que ando por estos rumbos y conozco todas y cada una de las piedras, cauchos, matas y árboles de ébano que existen, pero esta maldita y encantadora selva es tan grande y tan rica… Bueno, lo que quiero decir es que hay en ella muchas cosas que pueden producir dinero, siempre que se sepa cómo usarlas y cómo manejarlas para venderlas, y, además, que puede usted encontrar no solo oro, sino hasta diamantes, nada más que no se canse buscándolos.
Sentí la ironía que ponía, no en sus palabras, sino en los ángulos de sus ojillos, que mantenía casi cerrados mientras hablaba.
Cuando dio de beber a su caballo, llenó su cantimplora y se echó un último trago de agua que sacó de la laguna con un vaso de aluminio, apretó las cinchas de la montura, que había aflojado para que su caballo pudiera beber a gusto, montó y me dijo:
—A doscientos metros de aquí puede recoger su pistola, que dejaré caer; no soy bandido, pero ¿sabe lo que yo sé de ustedes? Parece que se ha metido en una empresa nueva para usted, estoy seguro de que es novato en estos rincones de la tierra. En lugares como en el que hemos tenido el placer de conocernos —me refiero a éste— ningún muchacho avispado se deja sorprender, ¿me entiende? Es por esto que le alivié del peso de su pistola, solo para evitarle que jugara con ella. Podría haberme tomado por un holgazán a caza de sus provisiones y de sus animales y me hubiera despachado de puro miedo. Ya sé en qué iforma se trastornan los novatos como usted en el trópico, especialmente cuando andan solos a través de la selva, sin ver ni un alma o cuando menos una sombra en una semana. Entonces empiezan a mirar y a oír cosas, hablan solos y escuchan la charla de los gnomos; usted me entiende, ¿verdad? En casos semejantes, el primero que saca la pistola es el que gana. A mí siempre me satisface ser el vencedor de novatos como usted, porque les temo diez veces más que a un tigre hambriento. Cuando yo encuentro a un tigre sé perfectamente lo que desea y tal vez me sea posible engañarlo, pero tratándose de un novato que ha pasado solo tres días en la selva, nunca puede uno saber lo que hará al mirar a uno repentinamente frente a frente. Bueno, viejo, adiós y buena suerte; que descubra una nueva mata de caucho.
Caminé tras de él y vi cómo dejó caer mi pistola, después espoleó al caballo y dos segundos más tarde la selva se lo había tragado.
Cuando me encontré de nuevo solo con mis mulas me invadió una extraña sensación de haber soñado toda aquella escena. Me puse a repasar las palabras que, sea en realidad o en mi imaginación, él había dicho, encontrando que todas ellas significaban hechos positivos.
Es muy fácil ser víctima de alucinaciones de cualquier clase cuando se viaja solo a través de la selva si no se está acostumbrado a hacerlo. Decidí ponerme en guardia ante el acecho de la locura de la selva de que él me había hablado y decidí, además, que la próxima vez que me encontrara con alguien en la selva trataría de ser el vencedor, haciendo exactamente lo que aquel hombre había hecho conmigo.
Tres meses después, en una región enteramente diferente, caminaba a caballo a través de la lodosa plaza de un pueblo indígena cuando vi a un hombre blanco recargado en el pórtico de un jacal.
—¡Oiga! ¿Qué hubo? —me gritó.
—¡Qué tal! —contesté.
Era Sleigh.
Me invitó a pasar a su casa para presentarme a su familia. Su esposa era india y era una mujer muy bonita, con la piel suave y aceitunada, ojos de color café y hermosos dientes fuertes. Tenía tres muchachitos, todos varones, que bien hubieran podido pasar por americanos del Sur. Su esposa era por lo menos veinticinco años menor que él. El mayor de los niños tenía más o menos ocho años y el menor tres.
Su mujer me frió seis huevos que me comí con tortillas y frijoles y me dio a beber café hervido y endulzado con piloncillo.
Cuando entré a la casa, la mujer me dio los buenos días, acompañando su saludo de un ligero movimiento de su cabeza coronada por dos espesas trenzas negras. Después de este pequeño saludo, más bien desconfiado que amistoso, no la volví a ver; tampoco los niños aparecieron más, aun cuando les oía jugar y gritar afuera.
En el jacal reinaba una gran pobreza. Los únicos muebles eran un catre, un equipal y una hamaca; además de esto había dos baúles viejos salpicados de lodo. El jacal tenía dos puertas, una al frente y la otra en la parte de atrás, por la que se entraba a un corral sucio y lodoso. No tenía ventanas y el piso era de tierra.
Sleigh, de quien nunca supe el primer nombre, no me invitó a pasar allí la noche, no porque se avergonzara de no poder ofrecerme una cama, simplemente porque es una regla establecida que un hombre que viaja a caballo o en mula por el campo sabe bien dónde debe pasar la noche. Por lo tanto, no se le debe obligar a cambiar sus planes; pero en el caso de que el viajero pregunte dónde puede pasar la noche, inmediatamente se le brinda la más abierta hospitalidad.
No pregunté a Sleigh qué cosa hacía allí ni cómo vivía. Tampoco él pronunció ninguna palabra o hizo algún gesto que denunciara su curiosidad por saber qué clase de negocio me llevaba a aquel pueblecito nativo, tan alejado de toda comunicación fácil.