Orm el Rojo
Libro I. Navegante en la ruta del oeste
LIBRO I
Navegante en la ruta del oeste
PRÓLOGO
De cómo vivían los hombres tonsurados en Skåne en los tiempos de Harald Diente
Azul[1]
Muchos fueron los hombres de espíritu inquieto que siguieron a Bue y Vagn a Skåne y carecieron de fortuna en la batalla de Hjörungavåg, y tantos otros siguieron a Styrbjörn hasta Uppsala y cayeron con él. Al conocer las noticias de que tan sólo unos pocos regresarían de aquellas empresas, los aldeanos erigieron lápidas funerarias y pronunciaron elegías. Sin embargo, a pesar de aquellos acontecimientos cualquier persona en su sano juicio era de la opinión que era mejor que las cosas hubieran seguido ese curso, ya que así podrían esperar tiempos de paz, y que sus bienes no siguieran viéndose cercenados a golpe de hierro. A estos hechos les siguieron años de abundancia, con centeno y arenque, en los que la mayoría vivieron satisfechos. Otros, en cambio, hastiados de la lentitud de las cosechas, se embarcaron hacia Inglaterra e Irlanda, donde, tras imponerse por las armas, decidieron instalarse.
En esos días, los hombres tonsurados habían empezado a llegar a Skåne desde la tierra de los sajones y desde Inglaterra para predicar la doctrina cristiana. Tenían mucho que contar, al principio despertaban cierta curiosidad entre la gente, que los escuchaba deleitada, y a las mujeres les complacía que aquellos forasteros las bautizaran y las obsequiaran con túnicas blancas. Sin embargo, a aquellos extranjeros pronto se les terminaron los presentes, y la gente dejó de prestar atención a sus prédicas, que resultaban pesadas y poco convincentes. Además, se expresaban en una lengua ruda y entrecortada que habían aprendido en Hedeby o en las islas occidentales, y parecían niños que aún no habían aprendido a hablar.
Tal vez fue ése el motivo por el que el cristianismo no acabó de cuajar, y aquellos hombres tonsurados, que predicaban la paz sin descanso y clamaban contra los dioses, a veces eran capturados por sacerdotes que los colgaban de fresnos sagrados y los acribillaban a flechazos para que acabaran siendo pasto de los pájaros del dios de la muerte. En cambio, otros que habían elegido dirigirse al norte, a los bosques de Göinge, donde la piedad brillaba por su ausencia, eran recibidos con júbilo por comerciantes que los llevaban presos a los mercados de Småland para canjearlos por bueyes y pieles de castor. Como esclavos de los habitantes de Småland algunos se dejaron crecer el cabello y, a pesar de sentirse descontentos con su dios cristiano, trabajaron duro para ganarse el pan, aunque la gran mayoría siguió prefiriendo las tareas de destronar dioses y bautizar a mujeres y niños a las de picar piedra o moler grano. Este hecho enojó a los señores de la tierra hasta tal punto que pronto los habitantes de Göinge no pudieron canjear un par de bueyes de tres años de Småland por un clérigo en buen estado sin una cuota adicional de sal o de sayal, y eso, como era de prever, provocó en aquellas tierras fronterizas una cierta animosidad hacia los hombres tonsurados.
Un verano se supo en todo el reino de los daneses, el Danavälde, que el rey Harald Diente Azul había abrazado la nueva doctrina. Lo había intentado una vez de joven y, al poco, se había arrepentido, pero esta vez la situación era distinta puesto que el rey Harald era ya viejo y, durante mucho tiempo, había sufrido fuertes dolores de espalda que le privaban de disfrutar de los gozos que le proporcionaban la cerveza y las mujeres. Los sabios obispos enviados por el emperador le aplicaron friegas de lardo de oso ensalzado con los nombres de los apóstoles, lo enfajaron con piel de borrego y le dieron agua bendita en lugar de cerveza. Además, después de hacerle la señal de la cruz, exorcizaron los malos espíritus con lecturas sagradas hasta que el dolor pasó y el rey se convirtió sin dudarlo al cristianismo.
Fue entonces cuando los hombres de Dios le advirtieron que caerían sobre él males aún peores si caía de nuevo en la tentación del sacrificio a las deidades o si su fe se tambaleaba. Por todo ello el rey Harald, después de recuperar la movilidad y haber podido regocijarse con una esclava morisca que Olof de las Piedras Preciosas, rey de Cork, le había enviado como presente de amistad, dio orden al pueblo de dejarse cristianizar. A pesar de que tales mandatos sonaban extraños a los oídos de los descendientes de Odín, muchos le obedecieron, puesto que el rey Harald llevaba tiempo gobernando, y con fortuna, además, y por ello ejercía gran influencia sobre sus súbditos. Impuso los castigos más severos a aquellos que osaron poner la mano encima a los clérigos, que en Skåne se multiplicaron, y mandó construir iglesias en los llanos. Fue así como los antiguos dioses fueron cayendo en desuso, para reaparecer sólo cuando el ganado enfermaba o los barcos zozobraban.
Pero a las gentes de Göinge estas historias les resultaban hilarantes. Y es que los habitantes de los bosques fronterizos tenían la risa más fácil que la gente juiciosa de las tierras pantanosas, y por ello se mofaban como los que más de las órdenes del rey. En aquellos parajes, el poder de algunos llegaba poco más lejos que su mano derecha, y el trecho entre Jellinge y Göinge era demasiado largo incluso para los grandes
reyes. En tiempos de Harald [2] Diente de Guerra e Ivar Vidfamne, e incluso antes de sus reinados, los regentes se acercaban a Göinge para cazar uros en los vastos bosques de la región, pero en raras ocasiones lo hacían por otros motivos. Así, con el tiempo, los uros se esfumaron y con ellos las visitas reales. Ahora, si a algún rey le molestaba la desobediencia o la escasez de impuestos recaudados y amenazaba con una visita, recibía siempre la misma respuesta: los uros ya no frecuentaban aquellos parajes, pero si reaparecían se lo harían saber y entonces le acogerían con mucho gusto. Por esta razón, y desde hacía tiempo, en las tierras fronterizas se decía que ningún rey se acercaría allí hasta que los uros regresaran.
Y así fue como en Göinge las cosas continuaron como siempre, sin cristianización alguna. Los clérigos que se aventuraban por aquellas tierras eran vendidos en la frontera en contra de la opinión de algunas personas de Göinge, que hubieran preferido quitarles la vida allí mismo y declarar la guerra a los avariciosos habitantes de Sunnerbo y Allbo, ya que el precio de los mercados de Småland no les aportaba beneficios razonables.