Pasear y un paseo de invierno
Pasear y un paseo de invierno Sobrecubierta
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Henry David Thoreau
Pasear y un paseo de invierno
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PASEAR
Quisiera hablar a favor de la Naturaleza, de la libertad absoluta y lo agreste, en contraposición a la libertad y la cultura meramente civiles, considerar al ser humano como un habitante, o una parte integral de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad. Quisiera hacer una declaración extremista, y si es así le daría gran énfasis, porque ya hay suficientes defensores de la civilización: el sacerdote, el consejo escolar y cada uno de vosotros os ocuparéis de ello.
En el transcurso de mi vida he conocido sólo a una o dos personas que comprendieran el arte de Caminar, o sea, de dar paseos, que tuvieran, por así decirlo, el don de sauntering[1], palabra de origen admirable que deriva de «los holgazanes que vagabundeaban por el país en la Edad Media y pedían limosna con el pretexto de dirigirse à la Sainte Terre», a Tierra Santa, por lo que los niños exclamaban «Ahí va un Sainte-Terrer», el que se dirige a Tierra Santa. Los que nunca van a Tierra Santa en sus caminatas, como pretenden, no son más que meros holgazanes o vagabundos; pero los que allí se dirigen son auténticos paseantes, en el buen sentido, como yo lo entiendo. Algunos, sin embargo, creen que la palabra deriva de los sans terre, o sea, sin tierra ni hogar, lo que, por consiguiente y también en el buen sentido, significaría sin hogar fijo pero
«como en casa» en todas partes. Puesto que éste es el secreto de un buen paseo. Puede que quien se queda sentado en una casa todo el tiempo sea el vagabundo más grande que exista; pero el paseante, en el buen sentido, no es más vagabundo que el río serpenteante que busca con afán el camino más corto al mar. Yo, no obstante, prefiero la primera etimología, seguramente la más probable. Porque cada paseo es una especie de cruzada a la que algún Pedro el Ermitaño interior nos invita a lanzarnos para reconquistar esta Tierra Santa de manos de los infieles.
Es verdad, no somos más que timoratos cruzados; hoy en día ni los caminantes acometemos empresas tenaces e interminables. Nuestras expediciones son sólo vueltas, y regresamos al anochecer al viejo calor de la lumbre del que hemos partido. La mitad de la caminata consiste en volver sobre nuestros pasos. Tal vez deberíamos lanzarnos al más corto de los paseos con espíritu de imperecedera aventura, con idea de no regresar jamás, listos para enviar sólo el corazón embalsamado a nuestro desolado
reino. Si estás preparado para dejar a tu padre y madre, hermano y hermana, mujer, hijos y amigos, y no volver a verlos… Si has pagado tus deudas, hecho tu testamento y dejado tus cosas en orden… Si eres un hombre libre, entonces estás listo para echar a andar.
Pasando ahora a mi propia experiencia, mi compañero y yo, porque a veces tengo un compañero, disfrutamos imaginándonos como caballeros de una nueva -o mejor dicho vieja- orden, no una orden ecuestre, sino andante, mucho más antigua y honorable, creo. El espíritu caballeresco y heroico que en una época era patrimonio del jinete, hoy en día parece residir, o mejor dicho, haber recaído en el Caminante, no el Caballero, sino el Caminante, Errante. Es una especie de cuarto poder, al margen de la Iglesia, el Estado y el Pueblo.
Nos parecía que éramos casi los únicos por aquí que practicábamos este noble arte; aunque, para ser sincero, a la mayoría de mis vecinos -al menos si uno cree sus afirmaciones- también les gustaría dar un paseo de vez en cuando, pero no pueden. No hay dinero que pueda comprar el imperativo tiempo libre, la independencia y la libertad, el capital de esta profesión.
Sólo la gracia de Dios lo proporciona. Para convertirse en un caminante hace falta una dispensa directa del Cielo. Hay que nacer en la familia de los Caminantes. Ambulator nascitur, non fit. [2] Es cierto que algunos de mis conciudadanos recuerdan y me han descrito algunos paseos que hicieron hace diez años, en los que hasta tuvieron la suerte de perderse en el bosque durante media hora; pero sé muy bien que desde entonces se han limitado al camino público, por mucho que pretendan pertenecer a esta clase selecta. Sin duda, se sintieron elevados durante un instante como por la reminiscencia de una forma anterior de existencia, en la que incluso eran habitantes de los bosques y proscritos.
Si no pasara al menos cuatro horas al día -y por lo general suelen ser más- errando por los bosques, las montañas y los campos, absolutamente libre de todo compromiso mundano, creo que no podría conservar la salud ni el ánimo. A veces, cuando me acuerdo de tantos mecánicos y comerciantes que están en sus tiendas no sólo toda la mañana sino también toda la tarde, sentados con las piernas cruzadas, como si éstas estuvieran hechas para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que tiene mérito que no se hayan suicidado hace mucho tiempo.
Yo, que no puedo estar en mi habitación ni un solo día sin oxidarme un poco, y que cuando me escabullo para dar un paseo a las cuatro de la tarde, en el último momento, demasiado tarde para salvar el día, cuando las sombras de la noche ya han empezado a mezclarse con la luz diurna, me siento como si hubiese cometido un pecado que tengo que expiar, confieso que me asombra la capacidad de aguante, por no mencionar la insensibilidad moral, de mis vecinos que se encierran en tiendas y oficinas todo el día durante semanas, meses, y… años seguidos.
Sin duda, el temperamento y sobre todo la edad tienen mucho que ver.
A medida que el hombre se hace mayor, aumenta su capacidad para estar quieto y dedicarse a actividades bajo techo. Al acercarse al crepúsculo de su vida, sus hábitos se hacen cada vez más vespertinos, hasta que al fin sólo sale poco antes de la puesta de sol para andar media hora, que es todo lo que necesita.
Pero la caminata de la que yo hablo no tiene nada que ver con hacer ejercicio, como suele decirse -como si se tratara de un enfermo que toma su medicina a horas fijas, o alguien que levanta pesas-, sino que es la empresa y la aventura del día en sí. Si queréis hacer ejercicio, id en busca de los manantiales de la vida. Pensad en un hombre que levanta mancuernas para mantenerse sano, mientras en las lejanas praderas surgen a borbotones los manantiales sin que él vaya a buscarlos.
Es más, hay que caminar como un camello, que, según dicen, es el único animal que rumia mientras camina. Una vez, un viajero le pidió a la criada de Wordsworth que le enseñara el estudio de su amo, y ésta le respondió: «Aquí está su biblioteca, pero su estudio es al aire libre».
Cuando andamos, nos dirigimos con naturalidad hacia los campos y los bosques. ¿Qué sería de nosotros si camináramos sólo por un jardín o una alameda? Hasta ciertas sectas filosóficas, como sus miembros no iban al bosque, sintieron la necesidad de hacérselo traer. «Plantaron arboledas y paseos de plátanos», donde hacían sus subdiales ambulationes[3] en patios abiertos. Naturalmente que es inútil dirigir nuestros pasos hacia el bosque si no nos llevan allí. Cuando veo que he caminado mecánicamente mil quinientos metros por un bosque, sin estar allí en espíritu, me alarmo.
Durante mi paseo de la tarde, quisiera olvidar todas las ocupaciones matinales y las obligaciones para con la sociedad. Pero a veces no me resulta fácil quitarme de encima la aldea. Alguna idea de trabajo me da
vueltas por la cabeza y no estoy donde está mi cuerpo, estoy lejos de mis sentidos. Durante mis paseos, me gustaría volver a mis sentidos. ¿Para qué estoy en el bosque, si pienso en cosas que no tienen nada que ver con él?
Dudo de mí y no puedo evitar un escalofrío cuando me sorprendo tan implicado incluso en lo que llaman buenas obras; porque es algo que a veces puede pasar.
Los alrededores me ofrecen infinidad de buenos paseos; y aunque hace muchos años que salgo a caminar casi todos los días, y a veces durante varios días, todavía no los he agotado. Un paisaje absolutamente nuevo es motivo de una enorme felicidad que aún puedo sentir cualquier tarde. Dos o tres horas de caminata pueden llevarme a una zona tan desconocida como jamás esperaba encontrar. Una granja que no había visto nunca a veces es
algo tan maravilloso como los dominios del rey de Dahomey[4]. De hecho,
hay una especie de armonía aún por descubrir entre las posibilidades del
paisaje en un radio de quince kilómetros, o sea, dentro de los límites de un
paseo vespertino, y los setenta años de vida humana. Uno nunca llegará a
conocerla a fondo.
Hoy en día, casi todo el llamado progreso humano, como la construcción de casas y la tala de bosques y de todos los grandes árboles, sencillamente deforma el paisaje y lo hace cada vez más dócil y ordinario.
¡Un pueblo que se precie comenzaría por quemar sus cercas y respetar el bosque! He visto cercas semiconsumidas por el fuego, los límites de la propiedad perdidos en medio de la pradera, y a algún avaro de este mundo con un agrimensor buscando el linde. Aunque el cielo se había aposentado a su alrededor, no advertía el ir y venir de los ángeles porque sólo buscaba el viejo agujero de una estaca en medio del paraíso. Volví a mirar, y lo vi en medio de una ciénaga estigia rodeado de diablos; sin duda había reencontrado el linde -tres pequeñas piedras donde había estado clavada una estaca- y, al mirar de más cerca, vi que el Príncipe de las Tinieblas era su agrimensor.
Puedo caminar fácilmente quince, veinte, treinta kilómetros, o los que sean, a partir de mi puerta, sin pasar delante de ninguna casa ni cruzar camino alguno salvo los marcados por los zorros y visones; primero junto al río, después al lado del arroyo y por último por la pradera y los confines del bosque. Hay, por los alrededores, hectáreas sin habitantes. Desde muchas colinas logro ver de lejos la civilización y las moradas humanas. Los
campesinos y sus labores no son mucho más visibles que las marmotas y sus madrigueras. Me alegra ver que el ser humano y sus asuntos, la Iglesia, el Estado y la escuela, el tráfico y el comercio, la industria y la agricultura, y hasta la política -lo más alarmante de todo- ocupan tan poco espacio en el paisaje. La política es sólo un terreno estrecho, y más estrecho aún ese camino distante que lleva a ella. A veces se lo señalo al viajero. Si queréis ir al mundo de la política, seguid ese camino, seguid al comerciante mientras os echa polvo en los ojos y os llevará directamente; pues ella también tiene sencillamente un sitio, y no ocupa todo el espacio. Paso por allí como quien pasa por un campo de judías para entrar en el bosque, y me olvido de ella.
Al cabo de media hora llego a una parte de la superficie terrestre en la que ningún hombre está de un año a otro, y, por consiguiente, la política no existe, ya que no es más que el humo del cigarro de un hombre.
La villa es el lugar al que llevan los caminos, una especie de expansión de la carretera, como el lago de un río. Es el cuerpo cuyos brazos y piernas son los caminos, encrucijada, vía pública y ordinaria de los viajeros. Según Marco Terencio Varrón, la palabra latina villa, junto con via, o las más antiguas ved y vella, derivan de veho, transportar, porque la villa es el lugar al que se llevan y del que salen las cosas. Se decía que los que se ganaban la vida transportando se dedicaban a vellaturam facere[5]. De donde procede también la palabra latina vilis, y nuestra «vil» y «villano». Lo que indica la suerte de degeneración a la que son proclives los habitantes de las villas.
Están agotados de viajar, aunque ellos mismos no viajen, por el ajetreo de los que pasan sin cesar por allí.
Algunos ni siquiera se mueven; otros andan por los caminos; y unos pocos van a campo través. Las carreteras están hechas para los caballos y los mercaderes. Yo no las uso demasiado, comparativamente, porque no tengo prisa en llegar a ninguna de las posadas, tiendas, caballerizas ni cocheras a las que llevan. Soy un buen caballo para viajar, pero, por propia decisión, no uno de silla. El paisajista usa figuras humanas para indicar un camino, pero la mía no le sirve para ello. Yo ando por la misma naturaleza por la que transitaban los antiguos profetas y poetas, Manu, Moisés, Homero, Chaucer. Podéis llamarla América, pero no lo es. Ni Américo Vespucio, ni Colón ni el resto fueron sus descubridores. Hay una explicación más verosímil en la mitología que en cualquiera de las llamadas historias de América que he visto.
De momento, por los alrededores, la mayor parte de la tierra no es propiedad privada; el paisaje no tiene dueño y el caminante disfruta de cierta libertad. Pero posiblemente llegará un día en que la dividirán en los llamados campos de recreo, en los que unos pocos dispondrán de un placer limitado y exclusivo. Las cercas se multiplicarán y las trampas del hombre y otros artilugios inventados para confinar al ser humano en los caminos
«públicos» harán que caminar sobre la faz de la tierra de Dios sea interpretado como la violación de la propiedad de algún caballero. Disfrutar de algo en exclusiva es, por lo general, excluirse a uno mismo de disfrutarlo de verdad. Aprovechemos, pues, nuestras oportunidades antes de que lleguen los días aciagos.
¿Por qué a veces es tan difícil decidir adonde ir? Creo que hay un sutil magnetismo en la naturaleza que, si cedemos a él inconscientemente, nos lleva a donde corresponde. No es indiferente hacia dónde vamos. Existe un camino correcto; pero, por atolondramiento o estupidez, somos proclives a tomar el equivocado. De buen grado cogeríamos el camino por el que aún no hemos transitado en este mundo real y que es el símbolo perfecto del sendero por el que nos gusta viajar en el mundo interior e ideal. Sin duda, a veces nos cuesta decidir el rumbo porque todavía no tenemos una idea claramente formada.
Cuando salgo de casa para dar un paseo sin saber adonde me llevarán mis pasos, y me rindo a que mi instinto decida por mí, me doy cuenta, por muy enigmático y extraño que parezca, de que inevitablemente me encamino hacia el sudoeste, hacia algún bosque en concreto, un prado desierto o una colina. La aguja de mi brújula es inquieta, varía unos pocos grados y no siempre señala directamente el suroeste, es verdad, y tiene buenas razones para esta variación, pero siempre se fija entre el oeste y el sur-suroeste. El futuro, para mí, está en esa dirección, en que la tierra parece más inagotable y rica. La línea que delimitaría mis paseos no es una circunferencia, sino una parábola, o mejor dicho una de esas órbitas de cometas que son curvas sin retorno, en este caso abierta hacia el oeste, en la que mi casa ocuparía el lugar del sol. A veces doy vueltas y más vueltas durante un cuarto de hora, hasta que decido, por milésima vez, que iré hacia el suroeste o el oeste. Hacia el este sólo voy por obligación; pero hacia el oeste por libre elección. Nada me llama hacia el horizonte oriental, y me cuesta creer que pueda encontrar bellos paisajes, lo suficientemente agrestes
y libres. No me entusiasma la perspectiva de ir en esa dirección; sin embargo, creo que el bosque que veo sobre el horizonte occidental se extiende ininterrumpidamente hacia el crepúsculo, y no hay ciudades ni pueblos de entidad suficiente para molestarme. Viva donde viva, de este lado está la ciudad, del otro la naturaleza, y cada vez me alejo más de la ciudad y me retiro a la naturaleza.
El oeste del que hablo es sólo otro nombre de lo agreste; y lo que me disponía a decir es que la conservación del Mundo radica en la Naturaleza Salvaje. Todos los árboles proyectan sus fibras en busca de la Naturaleza.
Las ciudades la importan a cualquier precio. Los hombres aran y navegan para buscarla. Los tónicos y las cortezas que animan a la humanidad provienen del bosque y del monte.
Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el grano.
Necesitamos una infusión de abeto o ciprés en nuestro té. Hay una diferencia entre comer y beber para tener energía y hacerlo por simple glotonería. Los hotentotes devoran con avidez la médula cruda del kudu y otros antílopes como cosa natural. Algunos de nuestros indígenas del norte comen la médula del reno ártico, así como otras partes, incluida la punta de los cuernos, siempre y cuando sea blanda. En esto, posiblemente, les han ganado por la mano a los cocineros de París. Toman lo que por lo general va a parar al fuego, algo probablemente mejor para el hombre que el vacuno engordado en establo y el cerdo de matadero. Nombradme un acto salvaje cuyo espectáculo ninguna civilización pueda soportar… como si nos alimentáramos de médula cruda de antílope.
Hay algunos espacios que limitan con el canto de los tordos del bosque a los que me gustaría emigrar… tierras salvajes que ningún colono ha ocupado, a las que ya estoy, creo, aclimatado.
Cummings, el cazador de África, nos dice que la piel del antílope africano, así como la de todos los otros antílopes recién matados, exhala un perfume de árbol y hierba de lo más delicioso. Me gustaría que todos los hombres se parecieran al antílope salvaje y fueran parte integral de la Naturaleza, que su fragancia advirtiera suavemente a nuestros sentidos de su presencia y nos recordara las regiones de la naturaleza que frecuenta. No suelo sentir ganas de burlarme si el abrigo de un trampero huele incluso a rata almizclera; para mí, es un olor más agradable que el que desprenden las prendas de un comerciante o un erudito. Cuando me acerco a sus armarios y
toco sus ropas, no me evocan las llanuras verdes ni las praderas floridas que han frecuentado, sino las lonjas y las bibliotecas polvorientas.
Una piel curtida por el sol es algo más que respetable y quizá el color cetrino le sienta mejor al hombre, al habitante de los bosques, que el blanco.
«¡El pálido hombre blanco!» No me sorprende que los africanos le tuvieran lástima.
Darwin, el naturalista, dice: «Un blanco bañándose junto a un tahitiano era como una planta descolorida por obra de un jardinero comparada con una de hermoso color verde oscuro que creciera con fuerza al aire libre».
Ben Jonson[6] exclama:
«¡Qué cerca del bien está lo bello!»
y yo añadiría:
«¡Qué cerca del bien está lo salvaje!»
La vida coincide con lo agreste. Lo más vivo es lo más salvaje. La presencia de la naturaleza no sometida al hombre lo renueva. Si uno avanzara incesantemente y nunca dejara de esforzarse, si madurara deprisa e hiciera infinitas exigencias a la vida, siempre se encontraría en un país nuevo o en un territorio virgen, rodeado por la materia prima de la vida, y treparía por los troncos postrados de los árboles de los bosques primitivos.
Para mí, la esperanza y el futuro no están en los jardines ni en los campos cultivados, en los pueblos ni en las ciudades, sino en los pantanos inaccesibles y movedizos. Al analizar mi debilidad por alguna finca que quería comprar en otros tiempos, me doy cuenta de que me atraían exclusivamente unos pocos acres de ciénaga insondable, un desaguadero natural en un extremo del terreno. Esa era la joya que me deslumbraba. Los pantanos que rodean a mi pueblo natal han contribuido más a mi subsistencia que los huertos. Para mis ojos no hay parterres más ricos que los densos lechos de andromeda enana (Cassandra calyculata) que cubren estos páramos suaves de la superficie de la tierra. La botánica no puede decirme mucho más que los nombres de los arbustos que crecen allí -el alto arándano, la andromeda panicular, el laurel enano, la azalea y el rododendro-, todos ellos erguidos en el esfagnal movedizo. Quisiera tener mi casa delante de esta masa de oscuro matorral rojizo, sin parcelas de flores ornamentales, abetos trasplantados, jardineras acicaladas ni senderos de gravilla, tener este terreno fértil frente a mi ventana, no unos pocos montículos de tierra importada sólo para cubrir la arena que quedó
amontonada al cavar la bodega. ¿Por qué no poner mi casa, mi sala, detrás de este terreno en lugar de detrás de un mezquino conjunto de curiosidades, sustituto pobre de la Naturaleza y el Arte que se llama «mi jardín de delante»? Limpiar y dejar la propiedad decente una vez que se ha marchado el carpintero y el albañil es todo un esfuerzo, pero se hace tanto para el transeúnte como para el morador. Un seto, para mí, nunca ha sido un objeto de estudio agradable, por muy bonito que sea; los adornos más elaborados me cansan enseguida y me disgustan. Llevad vuestros umbrales hasta el borde del pantano (aunque quizá no sea el mejor lugar para tener una bodega seca), de modo que los ciudadanos no puedan acceder por allí. Los jardines de delante no están hechos para entrar, sino, como mucho, para cruzarlos y poder entrar por detrás.
Sí, aunque me consideréis perverso, si me propusieran vivir en el vecindario de los jardines más bellos que el arte humano haya concebido o en un «Pantano Deprimente», sin duda elegiría este último. ¡Qué vanos han sido para mí todos vuestros esfuerzos, ciudadanos!
Mi ánimo infaliblemente se levanta en proporción directa a un exterior monótono. ¡Dadme el océano, el desierto o las extensiones salvajes! En el desierto, el aire puro y la soledad compensan la falta de humedad y fertilidad. El viajero Burton dice al respecto: «La moral mejora; uno se vuelve franco y cordial, hospitalario y decidido… En el desierto, los licores fuertes estimulan sólo la repugnancia. Hay un gozo intenso en la mera existencia animal». Quienes han viajado mucho por las estepas tártaras dicen: «Al regresar a las tierras cultivadas, la agitación, la perplejidad y el torbellino de la civilización nos oprimía y sofocaba, como si nos faltara el aire, y a cada momento pensábamos que íbamos a morir de asfixia».
Cuando quiero recrearme, busco el bosque más profundo, el pantano más denso, más interminable, y, para el ciudadano, el más deprimente. Penetro en el pantano como en un lugar sagrado, un Sancta Sanctorum. Allí está la fuerza, la médula, de la Naturaleza. El bosque virgen cubre el mantillo, y la misma tierra es buena para el hombre y para los árboles. La salud humana requiere tantos acres de pradera para contemplar como carretadas de estiércol su granja. Es la fuerte sustancia de la que se alimenta. A un pueblo lo salvan tanto los bosques y pantanos que lo rodean como los hombres de bien que lo habitan. Una comunidad con un bosque primitivo que se agita en lo alto y otro bosque primitivo que se pudre por debajo, no sólo es
apropiada para el cultivo de grano y patatas, sino también para el cultivo de poetas y filósofos por los siglos venideros. En semejante suelo se criaron Homero, Confucio y el resto, y de esa naturaleza salvaje surge el Reformador que come langostas y miel silvestre.
Conservar los animales salvajes por lo general supone la creación de un bosque en el que habiten y al que recurran. Lo mismo sucede para el hombre. Hace cien años, en las calles se vendían cortezas extraídas de nuestros propios bosques. Creo que en el simple aspecto de esos árboles primitivos y ásperos había un principio que curtía y fortalecía las fibras del pensamiento humano. ¡Ay, tiemblo por esta época degenerada, en comparación, de mi pueblo natal en que ya no se puede recoger un buen montón de corteza gruesa ni producimos brea ni trementina!
Las naciones civilizadas -Grecia, Roma, Inglaterra- se han alimentado de los bosques primitivos que antiguamente se pudrieron donde están ellas.
Sobreviven en tanto la tierra no se agote. ¡Ay de la cultura humana! Pero se puede esperar muy poco de un pueblo que agote su manto vegetal y se vea obligado a fabricar abono con los huesos de sus antepasados. Allí el poeta se nutre sólo de su grasa superflua y el filósofo se ve reducido al tuétano de sus huesos.
¿Dónde está la literatura que da expresión a la Naturaleza? Estaría representada por un poeta capaz de poner a los vientos y arroyos a su servicio para que hablaran por él; que clavara las palabras a su primitivo sentido, como los campesinos clavan en primavera las estacas que la helada ha levantado; que extrajera las palabras siempre que las usara y las trasplantara a su página con la tierra adherida a las raíces; cuyas palabras fuesen tan verdaderas, frescas y naturales que parecieran expandirse como los brotes al acercarse la primavera, aunque estuviesen semiasfixiadas entre dos hojas enmohecidas de una biblioteca… sí, florecer y fructificar allí, según su especie, anualmente para el lector fiel, en armonía con la Naturaleza que las rodea.
No conozco ninguna poesía que exprese adecuadamente este anhelo por lo Salvaje. Desde este punto de vista, la mejor poesía es insustancial. No sé en qué literatura encontrar, antigua o moderna, una expresión que satisfaga esta visión de la Naturaleza que conozco. Veréis que exijo algo que ni el período neoclásico ni el isabelino, que ninguna cultura en definitiva, pueden ofrecer. La mitología es lo que más se acerca. La mitología griega,
al menos, tiene sus raíces en una Naturaleza mucho más fértil que la literatura inglesa. La mitología es el fruto que produjo el Viejo Mundo antes de que su suelo se agotara, antes de que la plaga echara a perder la fantasía y la imaginación, y que sigue produciendo dondequiera que su prístino vigor esté intacto. El resto de las literaturas no duran más que la sombra de los olmos sobre nuestra casa; pero la mitología es como el gran drago de las islas Canarias, viejo como el género humano, y, desaparezca o no, durará tanto como él; pues los despojos de otras literaturas producen el mantillo en el que ella prospera.
Occidente se está preparando para añadir sus fábulas a las de Oriente.
Los valles del Ganges, del Nilo y del Rin ya han recogido sus cosechas; falta ver lo que producirán los valles del Amazonas, del Plata, del Orinoco, del San Lorenzo y del Misisipí. Tal vez, cuando con el correr del tiempo la libertad americana se haya convertido en una ficción del pasado -como ya es, hasta cierto punto, una ficción del presente-, los poetas del mundo se inspiren en la mitología americana.
Ni los sueños más fantásticos de los salvajes son menos auténticos, aunque no correspondan al criterio general que domina entre los ingleses y americanos de hoy. No todas las verdades coinciden con el sentido común.
La Naturaleza tiene un lugar tanto para la clemátide silvestre como para la col. Algunas expresiones de la verdad son retrospectivas; otras, meramente sensatas, como suele decirse; y otras, proféticas. Algunos tipos de enfermedad, incluso, pueden profetizar formas de salud. Los geólogos han descubierto que las figuras de serpientes, grifos, dragones voladores y otras imágenes fantásticas de la heráldica, tenían su prototipo en las formas de especies fósiles que se extinguieron antes de la creación del hombre, y, por lo tanto, «indican un conocimiento difuso y oscuro de un estado previo de existencia orgánica». Los hindúes se imaginaban que la tierra se apoyaba sobre un elefante, y el elefante sobre una tortuga, y la tortuga sobre una serpiente; y, aunque quizá sea una coincidencia sin importancia, no estaría de más señalar que últimamente se ha descubierto en Asia el fósil de una tortuga lo suficientemente grande como para sostener a un elefante.
Confieso que tengo cierta debilidad por estas increíbles fantasías que trascienden el orden del tiempo y la evolución. Son un recreo sublime para el intelecto. A la perdiz le encantan los guisantes, pero no los que la acompañan en la cacerola.
En síntesis, todo lo bueno es salvaje y libre. En un acorde musical, ya sea producido por un instrumento o por la voz humana -tomemos, por ejemplo, el sonido de una corneta en una noche de verano-, hay algo que, por su salvajismo, y hablo sin ironía, me recuerda al grito de las fieras en sus bosques natales. Puedo entender gran parte de su desenfreno. Dadme hombres salvajes como amigos y vecinos, no seres sumisos. La barbarie de los salvajes no es más que un débil símbolo de la espantosa ferocidad con la que se topan los hombres de bien y los amantes.
Me satisface que haya que domar a los caballos y a los novillos para convertirlos en esclavos de los hombres, y que los hombres mismos tengan que pasar las mocedades antes de convertirse en miembros sumisos de la sociedad. Sin duda, no todos son igual de civilizables; y, que la mayoría sean dóciles por disposición heredada, como los perros y las ovejas, no es razón para domar la naturaleza de los demás y reducirlos al mismo nivel.
Los hombres en general se parecen, pero se han creado varios tipos para que pueda haber diversidad. Para cosas sin importancia, un hombre puede servir casi tan bien como otro; pero para algo más especial, hay que considerar la excelencia individual. Cualquiera puede tapar un agujero para impedir que entre el viento, pero no todos pueden realizar una tarea tan especial como la realizada por el autor de este ejemplo. Confucio dice: «La piel del tigre y el leopardo, una vez curtida, es como la del perro y la oveja». Pero no es el papel de una auténtica cultura domar al tigre, ni hacer que una oveja se convierta en un animal feroz; y curtir sus pieles para hacer zapatos no es el mejor uso que se les puede dar.
Tenemos una madre inmensa, salvaje y rugiente, la Naturaleza, que se extiende a nuestro alrededor con tal belleza y tal cariño por sus hijos como el leopardo; y sin embargo, nos separan demasiado pronto de su seno para pasar a la sociedad, a esa cultura que es exclusivamente una interacción del hombre con sus semejantes, una especie de crianza endogámica que produce, como mucho, una nobleza inglesa, una civilización destinada a llegar a su fin rápidamente.
En la sociedad, en las mejores instituciones de los hombres, es fácil detectar cierta precocidad. Cuando aún deberíamos ser niños que crecen, ya somos pequeños hombres. Dadme una forma de cultivo que traiga mucho abono de las praderas y cave el suelo… ¡no una que confíe únicamente en
abonos que calientan, en herramientas perfeccionadas y en métodos de cultivo!
No quisiera que todos los hombres ni todos los aspectos del hombre estuviesen cultivados, del mismo modo que no me gustaría ver cada acre de tierra cultivado. Una parte puede dedicarse a la labranza, pero la mayor extensión debe reservarse a las praderas y al bosque, y no sólo para utilizarlos de inmediato, sino para que preparen el humus del futuro distante por medio de la descomposición anual de la vegetación que albergan.
Aunque casi todos los hombres se sienten atraídos hacia la sociedad, hay unos pocos que se sienten profundamente atraídos por la Naturaleza. La reacción de la mayoría de éstos hacia la Naturaleza, a pesar de sus artes, me parece inferior a la de los animales. ¡Qué poco valoramos la belleza del paisaje! Nos han dicho que los griegos llamaban al mundo kosmos, Belleza u Orden, pero no sabemos muy bien por qué lo hacían, y, como mucho, lo consideramos un hecho filológico curioso.
En cuanto a mí, con respecto a la Naturaleza, tengo la impresión de vivir como una especie de habitante fronterizo, en los confines de un mundo al que hago sólo incursiones ocasionales y efímeras, y mi patriotismo y lealtad hacia el estado a cuyos territorios parezco retirarme son los de un bandolero. Con tal de llegar a una vida que yo llamo natural, seguiría con gusto incluso a un fuego fatuo por pantanos y ciénagas inimaginables, pero ni luna ni luciérnaga alguna me han mostrado el sendero que lleva hacia allí. La Naturaleza es una personalidad tan vasta y universal que siempre habrá algún rasgo que no hemos visto. El andariego que recorre los familiares campos que se extienden por los alrededores de mi pueblo natal se encuentra a veces con una tierra distinta de la que figura en los títulos de propiedad, como si estuviera en algún territorio lejano en los confines del Concord real, donde cesa su jurisdicción, y la idea que la palabra Concord
[concordia] sugiere deja de ser sugerida. Estas granjas cuyos planos yo mismo he trazado, estas estacas que yo mismo he clavado, aparecen difusamente inmóviles como a través de la niebla; pero no existe proceso químico que pueda fijarlas; se desvanecen de la superficie del cristal, y la imagen que el pintor ha pintado sale confusa de debajo. El mundo al que estamos acostumbrados no deja rastro, y no tendrá aniversario.
La otra tarde fui a dar un paseo por la finca Spaulding. Vi el sol crepuscular iluminando un majestuoso bosque de pinos sobre el lado
opuesto. Los rayos dorados se filtraban por los pasillos que dejaban los árboles, como si fuera una mansión señorial. Me impresionó como si se tratara de una antigua familia, admirable y espléndida, que se hubiese instalado sin que yo lo supiera en esa parte de la tierra que llamamos Concord y tuviera al sol como criado; una familia que no frecuentaba la vida social del pueblo y a la que no se iba a visitar. Divisé su parque, el campo de recreo, al otro lado del bosque, en el prado de arándanos de Spaulding. Los pinos, a medida que crecían, les proporcionaban los gabletes. La casa no se veía a simple vista; los árboles crecían a través de ella. No sé si escuché el ruido de unas risas ahogadas o no. Parecían descansar sobre los rayos del sol. Tienen hijos e hijas. Están perfectamente bien. La huella de la carreta del granjero, que cruza completamente la mansión, no los molesta en lo más mínimo, como tampoco el fondo enfangado de un charco con el reflejo del cielo que se ve a veces. Nunca han oído hablar de Spaulding, y no saben que es vecino suyo, a pesar de que yo lo he oído silbar mientras atravesaba la casa con su yunta. No hay nada que iguale la serenidad de sus vidas. Su escudo de armas es un sencillo liquen. Lo vi pintado en los pinos y los robles. Las buhardillas estaban en la copa de los árboles. No hacían política. No había ruido de trabajo. No parecía que tejieran ni hilasen.
Sin embargo, lo que sí detecté cuando el viento se calmó y se acallaron los ruidos, fue el susurro musical más suave y bonito que pueda imaginarse, como el zumbido distante de una colmena en mayo… Quizá fuera el murmullo de sus pensamientos. No tenían pensamientos ociosos, y nadie de fuera podía ver su trabajo, pues su laboriosidad no estaba encerrada como en nudos y excrecencias.
Pero me cuesta recordarlos. Se desvanecen de mi mente irremediablemente, incluso ahora mientras trato de evocarlos y calmarme.
Sólo después de un prolongado y serio esfuerzo por acordarme de mis mejores pensamientos, vuelvo a ser consciente de su presencia en este lugar.
Si no hubiese familias como ésta, creo que me iría de Concord.
En Nueva Inglaterra tenemos la costumbre de decir que cada año nos visitan menos palomas. Nuestros bosques no les brindan hayucos ni bellotas. Del mismo modo, pareciera que de año en año cada vez menos ideas visitan a los hombres a medida que crecen, porque el bosquecillo de nuestra mente está devastado, se ha vendido para alimentar el fuego fatuo
de la ambición, o se ha enviado al aserradero y apenas queda una ramita sobre la que puedan posarse. Ya no anidan ni crían entre nosotros. En alguna estación mejor, quizá una sombra tenue atraviese el paisaje de la mente, impulsada por las alas de algún pensamiento en su migración vernal u otoñal, pero, al mirar hacia arriba, no logramos detectar la esencia del pensamiento mismo. Nuestros pensamientos alados se convierten en aves de corral. Ya no se elevan y sólo llegan a la grandeza de las especies de Shanghai o la Cochinchina. ¡Estos grandiosos pensamientos, estos grandiosos hombres de los que se habla!
Nos abrazamos a la tierra… ¡raramente alzamos vuelo! Creo que podríamos elevarnos un poco más. Al menos podríamos trepar a un árbol.
Una vez descubrí el valor de subir a un árbol. Era un gran pino blanco en lo alto de una colina; y aunque me llené de resina, valió la pena porque descubrí en el horizonte montañas que nunca había visto… ¡tierras y cielos nuevos! Si no me hubiera subido, podría haberme paseado durante setenta años sin llegar a verlos jamás. Pero sobre todo descubrí a mi alrededor -era final de junio- unas delicadas y diminutas flores rojas de forma cónica, la flor fecunda del pino blanco que apunta al cielo y que sólo se encuentra en las ramas más altas. Me llevé el brote apical directamente al pueblo y se lo enseñé a unos jurados forasteros que paseaban por las calles -era semana de audiencia-, a unos campesinos, a unos comerciantes de madera, a unos leñadores y a unos cazadores. Nadie hasta entonces había visto nada igual y se maravillaron como si una estrella hubiese caído del cielo. ¡Como los arquitectos de la antigüedad que acababan su obra rematando la punta de la columna con la misma perfección que la empleada en las partes más visibles de la base! La naturaleza ha dirigido desde el principio esas diminutas flores del bosque hacia el cielo, por encima de nuestra cabeza, de modo que pasen inadvertidas. Sólo vemos las flores que están a nuestros pies en los prados. Hace siglos que cada verano los pinos abren sus delicadas flores en las ramas más altas del bosque, sobre todos los hijos de la naturaleza, tanto blancos como pieles rojas, pero difícilmente un campesino o un cazador las haya visto jamás.
Por encima de todo, no podemos darnos el lujo de no vivir en el presente. Bendito entre todos los mortales quien no pierde ni un instante de la vida que pasa a su lado recordando el pasado. A menos que nuestra filosofía oiga el canto del gallo en todos los corrales de nuestro horizonte,
siempre estará desfasada. Este canto suele recordarnos que nuestros trabajos y formas de pensar están cada vez más oxidados y son cada vez más viejos.
Su filosofía llega a una época más reciente que la nuestra. Hay algo en él que hace pensar en un testamento más nuevo, un evangelio según este momento. No ha ido atrás; ha madrugado y mantenido su ventaja, y estar donde está él es estar oportunamente, en primera línea del tiempo. Es una expresión de la salud y sensatez de la Naturaleza, una bravuconada para el mundo entero, saludable como un manantial que brota, como la nueva fuente de las Musas, para celebrar este supremo instante de tiempo. Allí donde habita no se aprueban leyes para esclavos fugitivos. ¿Quién no ha traicionado a su amo muchas veces desde la última vez que escuchó esta nota?
El mérito del canto de esta ave es la ausencia de toda melancolía. Un cantante puede hacernos llorar o reír con facilidad, ¿pero quién puede estimularnos el puro gozo matinal? Cuando un domingo estoy deprimido y triste andando por las aceras espantosamente silenciosas, o, quizá, cuando me encuentro en una casa mortuoria, y escucho cerca o a lo lejos el canto de un gallo, pienso para mí mismo: «Al menos uno de nosotros está bien», y repentinamente recupero mi sano juicio.
Un día del pasado noviembre tuvimos un atardecer notable. Me paseaba por un prado donde nace un arroyuelo, cuando el sol, justo antes de ponerse después de un día frío y gris, por fin llegó a una parte despejada del horizonte y una especie de luz matinal de lo más suave y brillante cayó sobre la hierba seca, los troncos de los árboles del lado opuesto y sobre los follajes de los robles jóvenes de la ladera de la colina, mientras nuestras sombras se alargaban sobre el prado, hacia el este, como si fuéramos simples partículas de los rayos. Era una luz imposible de imaginar un instante antes, y el aire estaba tan tibio y sereno que no faltaba nada para que ese prado fuera un paraíso. Cuando pensamos que no era un fenómeno único que no volvería a repetirse, sino que se repetiría eternamente un número infinito de tardes para alegrar y tranquilizar a la última criatura que caminara por aquel lugar, fue más glorioso aún.
El sol se pone en alguna pradera distante, en la que no se ve ninguna casa, con toda la gloria y el esplendor que prodiga sobre las ciudades, y, quizá, como jamás se ha puesto hasta hoy… en un lugar donde no hay más que un halcón solitario con las alas doradas por la luz crepuscular, o donde