Perlas para un collar

Angeles de Irisarri · Capítulo 1 de 1 · parte 1/15

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Perlas para un collar

Resumen ................................................................................... 4

Este capítulo es largo, así que está dividido en 15 partes.

ÁNGELES DE IRISARRI Y TOTI MARTÍNEZ DE LEZEA

PERLAS PARA

UN COLLAR

ÍNDICE

RESUMEN ................................................................................... 4

Adosinda ................................................................................... 5

Débora ..................................................................................... 12

Al-Shifa.................................................................................... 22

Rajel ......................................................................................... 32

Toda ......................................................................................... 40

Abda ........................................................................................ 49

Amira ....................................................................................... 59

Rut ............................................................................................ 67

Zayda ....................................................................................... 76

Sara .......................................................................................... 86

Blasca ....................................................................................... 95

Hafsa ...................................................................................... 104

Eneca ...................................................................................... 113

Cima....................................................................................... 120

Wasila .................................................................................... 131

Ceti ......................................................................................... 141

Mariam .................................................................................. 152

Kamila ................................................................................... 159

Gadea ..................................................................................... 169

Dueña .................................................................................... 180

Gracia .................................................................................... 190

Bonadona .............................................................................. 196

María...................................................................................... 205

Sol ........................................................................................... 212

Cecilia .................................................................................... 222

Nabila .................................................................................... 229

Lara ........................................................................................ 238

Fátima .................................................................................... 247

Juana ...................................................................................... 258

Ester ....................................................................................... 265

RESUMEN

Para escribir este libro se han unido dos autoras de renombre. Ángeles de Irisarri es autora de las diez historias de mujeres cristianas y Toti Martínez de Lezea de las diez de judías; las diez historias de moras se las

han repartido a partes iguales. Entre ambas plumas –quizá las más representativas de la novela histórica en España–han sacado a la luz treinta narraciones cortas que transcurren en la época medieval y reflejan con exactitud las interrelaciones entre las tres culturas y las tres religiones y, además, cómo discurría la vida cotidiana de las protagonistas, ya fueran nobles o plebeyas. Ambas consiguen con esta obra un atrayente y vívido retrato de aquella sociedad, que hoy, por su lejanía, resulta tan ajena como desconocida.

Adosinda

Pravia (Asturias)

Año vulgar de 790

Cuando Adosinda regresó a su casa de Pravia con las ropas hechas jirones, muerta de cansancio, calada hasta los huesos y arrastrando los pies, se sorprendió pues que los habitadores se asomaron a las ventanas de sus casas y muchos, mujeres las más, salieron a la calle y la abordaron para abrazarla con cara de albricias y ofrecerle un trago de vino, pero sobre todo para preguntarle cómo había logrado escapar de los sarracenos. Y eso que llovía a cántaros.

No se asombró la moza de que lloviera, pues que el agua del cielo es connatural a aquella tierra, pero se maravilló de que hubiera hombres, mujeres y niños, todavía con la cabeza sobre los hombros y de que Pravia no hubiera sido quemada y se mantuviera tal cuál la dejó, mejor dicho, tal cual se la hicieron abandonar. Y es que, recordando la desolación que habían causado los musulmanes en las aldeas y lugares por los que pasó en su largo caminar, venía pensando que no quedaría persona viva ni casa en pie y, claro, se congratuló de ver gente. Y más que se holgó ante el cariño que le demostraron sus convecinos, aunque fue incapaz de expresarlo pues que estaba extenuada y a punto de desmayarse. Por eso no se enteró de que todos querían alojarla ni menos de que se mostraban dispuestos a darle de comer y a proporcionarle todos los cuidados que necesitara. Y es que tenía la mente nublada y el cuerpo roto, razón por la cual tampoco advirtió que su madre —que se había quedado llorando cuando se la llevaron los soldados

—no estaba entre aquella multitud, cuando, en su agonía, tanto la había echado a faltar. Cuidados y atenciones, que le dispensó con largueza la viuda Odulona, mujer varonil que, aduciendo la proximidad de su casa, pues que la escena anterior se había desarrollado ante su puerta, se prestó a auxiliarla y los vecinos aceptaron la propuesta de que hospedara a la moza

en virtud de que, según comadres lenguaraces y para envidia de muchos habitadores, tenía las despensas demasiado llenas para una persona que vivía sola.

Así las cosas, un hombre cogió en brazos a Adosinda, la entró en la casa y la depositó en una cama con plumazo mullido; la viuda y otras mujeres la desnudaron porque venía ensopada y la cubrieron con mantas para que entrara en calor.

La dueña hubiera deseado sentarla a su mesa, llenarle el vaso y servirle lo que tenía en el puchero: un buen cuenco de fabes con carne de jabalí que estaba para relamerse los dedos, y mucho más le hubiera gustado que la moza, mientras comía y alababa el guisote, le contara a ella y a los que allí estaban, pues hombres y mujeres habían llenado su vivienda, la aventura o desventura que había corrido. Lo que le hubiere sucedido o lo que hubiere padecido. Pero no, no, que la joven siquiera abrió los ojos y cayó en un pesado sueño, para descansar como una bendita hasta el siguiente día. Tal observaron los vecinos que fueron desalojando la casa, y tal constató la viuda cuantas veces fue a vigilar el estado de la doncella. Para, cuando Adosinda despertó y se desayunó con gana un tazón de las fabes del día anterior, había habido voces en la capital del reino de Asturias y, la tarde anterior, se había personado una diputación de vecinos en el palacio real —que había sido construido por el rey Silo y por su esposa doña Adosinda, mujer de prendas que, fallecido su marido, solía vivir con las monjas en el convento anejo a las dependencias regias, aunque en la ocasión que nos ocupa estaba ausente, visitando a su sobrino el futuro rey Alfonso II, que sería llamado el Casto—. Y, sin pedir paso a los guardias ni permiso al párroco y amenazando al sacristán, habían entrado a deshora en la iglesia de Santianes —que formaba parte del conjunto palacial y estaba dedicada a los Santos Juanes—una vez más, a increpar al rey Mauregato, a gritar ante su tumba, a escupir sobre ella y más de uno a orinarse sobre la lauda, pues que muerto estaba de meses ha. A vociferar:

—¡Que se pudra en el Infierno!

—¡Satanás le arranque la piel a tiras!

—¡Que se queme, que se queme...!

—Era maldito de Dios.

Y otras decenas de maldiciones, que no son de cristianos. Pero, es que, la mayoría de los presentes tenía sus razones para desear que el rey Mauregato padeciera los castigos del Infierno durante toda la Eternidad. A

ver, que, mediado febrero, había entregado a los moros a diez doncellas de Pravia y a noventa más de otras localidades asturianas y gallegas hasta completar un centenar. Había mandado a sus soldados revisar una por una las casas de la población y, sin respetar la inviolabilidad de las moradas ni la intimidad de los moradores, sus sayones, que otra cosa no eran, habían buscado debajo de las camas y dentro de los arcones, y se habían llevado a diez doncellas, como dicho va, entre ellas a Adosinda, la única que hasta la fecha, al Señor sean dadas muchas gracias, había regresado. Por eso, la vecindad, al unísono, al recordar la terrible ofensa recibida, una vez más se había lanzado a perpetrar sacrilegio, sin que le detuviera las penas de Dios ni los castigos de los hombres y menos el enojo del obispo de Oviedo, que ya les había amenazado con la excomunión la primera vez que lo hicieron, y menos todavía la bronca que habría de echarles el sacristán, pues le dejaban perdida la iglesia. Unos,

porque el rey Mauregato les había arrancado a sus propias hijas y, otros, porque se las habían quitado al compadre para entregarlas a los moros y que éstos no atacaran el reino de Asturias en primavera y dirigieran sus ejércitos hacia la Cantabria o la Bardulia. Lo que no era de guerreros, lo que no era de hombres, lo que era de traidores, de taimados, lo que no era de reyes, pues que si los monarcas tenían súbditos que les abonaban sus pechas, era para que, no sólo los defendieran de los musulmanes, sino para que atacaran a los enemigos y los vencieran, como había hecho el rey Pelayo, de grata memoria, que los había derrotado en la batalla de Covadonga.

Y eso, pues eso. Y, sin embargo, los sucesores de don Pelayo, Dios lo tenga con El, salvo algunas excepciones eran indolentes y se negaban, o no se atrevían, a tomar las armas contra el enemigo. A ver, don Favila (hijo de don Pelayo) se había dedicado a la caza y había muerto en las fauces de un oso, en mala hora ciertamente porque, insensato, había pretendido entablar combate singular con la fiera y, sin embargo, había encontrado la muerte.

Don Alfonso, el primero, el yerno de don Pelayo, pues había maridado con su hija doña Ermesinda, fue excepción, dado que fizo guerra a los moros infringiéndoles grandes derrotas, fortificó y defendió ciudades, ocupó la ciudad de León y llegó con sus huestes hasta las tierras de Castilla y Álava y, en otro orden de cosas, reparó y levantó iglesias y liberó a los cristianos que estaban en las tierras de los musulmanes, amén de que recogió libros sagrados doquiera los encontró.

Mientras Adosinda dormía, tal explicaban dos vecinos que conocían los fechos de los reyes de Asturias, los que habían oído sus gestas de sus padres y abuelos, de sus antepasados que, después de servir en los ejércitos de don Pelayo o de don Alfonso, se habían establecido en Pravia ocupando una tierra que quedó de nadie, con el beneplácito de los soberanos, y levantado una aldea. Donde moraban sus descendientes, es decir, ellos, los mismos que andaban entrando y saliendo de la casa de Odulona para conocer noticias de la recién llegada, los mismos que, cuando la Corte se trasladó a aquellos predios, colaboraron en la construcción de una ciudad que no tenía parangón en el reino todo.

Escuchaban con atención tanto los que gustaban de oír historias, como los que ardían en deseos de que los narradores que, dicho sea, se quitaban la palabra de la boca, pasaran por alto a los reyes Fruela y a Aurelio, y no hablaran de Silo, porque demasiado sabían de él: lo bueno que hizo —pues que bien estuvo y bien que les vino a los habitadores que el dicho construyera en aquel lugar su palacio y estableciera en Pravia la Corte, pues con ella llegaron muchas gentes y la población prosperó—y lo malo: que el citado monarca no luchara contra los sarracenos, porque, a decir de dueñas, su madre era mora y él tenía alianza con sus parientes, con los musulmanes, aunque, como cristiano que era, debería haberlo hecho para arrojar a los invasores, cuanto antes, del solar de los godos. Claro que, como no hay bien que por mal no venga, los asturianos no fueron a la guerra con él y pudieron dedicarse a

cultivar sus campos, a sacar fruto de los mismos y, de consecuente, a llenar sus despensas, porque la paz es buena para todos.

Cuando los narradores llegaron al rey Mauregato, el causante de todas sus desdichas, los hombres ya levantaban la voz, ya alzaban sus hachas y sus cayados, ya hombres y mujeres formaban un pelotón para llegarse a la tumba del susodicho y profanarla, pues que no merecía otra cosa en razón de que cada un año, desde que accediera al trono, había entregado a los musulmanes un tributo de cien doncellas, para que, a cambio de paz, las convirtieran en esclavas y se las beneficiaran. En el invierno anterior: diez de la población de Pravia, entre ellas Adosinda que seguía durmiendo y que, a decir de los agoreros, quizá no despertara jamás. E hicieron lo que arriba se relató: entrar en el palacio alborotando, asaltar la iglesia, gritar, escupir y mear sobre la tumba del rey, insultar al sacristán y salir calmados porque habían descargado la ira que guardaban en sus corazones desde que

los soldados del monarca se llevaran a sus hijas para entregarlas a los enemigos de Dios y de los asturianos. Y volvieron al caserío apriesa por ver si Adosinda se había despertado, pero, quia, que hubieron de esperar al día siguiente. A que se levantara de la cama, se aseara, se vistiese con unas ropas que le llevaron, terminara de desayunar, preguntase por la suerte de su progenitora y escuchara de labios de la viuda Odulona que su buena madre, desde que le quitaran a su hija, es decir, a ella, se había sumido en la desesperación y muerto en un llanto, pues que no quiso comer ni beber, aunque, eso sí, derramó miles de lágrimas.

No contuvo sus sollozos la moza al enterarse de tan infausta noticia y, cuando pudo hablar, dijo de ir a visitar la tumba de su progenitora, a la sazón situada también en la iglesia de Santianes, donde se enterraba a los vecinos de Pravia, cierto que, a unos en preciosas tumbas y a otros bajo el suelo de madera. La acompañaron muchas mujeres, mujeres solas, pues que los hombres se quedaron en la población creyendo que en palacio, tras lo hecho, los guardias les negarían la entrada, y eso, que mejor fueran las féminas en son de paz. La viuda Odulona fue llevando una cruz y como todas las demás cantando el Benedicimus Te.

Las mujeres honradas de Pravia se asombraron, mientras caminaban, del gracejo de Adosinda, de con qué gracia recogía flores, las flores más hermosas que había a lo largo de la vereda que, como había dejado de llover y había salido el sol, lucían más bellas que nunca, o tal les pareció, e ítem más del bello manojo que juntó para, siguiendo a la viuda que la llevaba del brazo actuando como si fuese su mentora, arrodillarse ante la tumba de su buena madre, recogerse en sí misma y con fervor rezar una oración, y luego depositar el ramo de flores y alzarse. Pero fue que, en vez de salir de la iglesia, se encaminó al sepulcro del rey Mauregato e hizo otro tanto. Se arrodilló y rezó y hasta dejó sobre el túmulo una florecilla o una hierba o un hierbajo, lo que fuere, que llevaba guardada en la mano, dejando pasmadas a todas las presentes y a los que estaban ausentes cuando fueron enterados del proceder de la moza.

Hecho lo hecho, Adosinda, ante la insistencia de sus vecinas, comenzó a relatar su desgracia en el pequeño atrio de la iglesia. Fue parca en palabras, quizá porque la amargura que llevaba en su corazón no le permitía hablar o porque no quería recordar su agonía, y se limitó a contar, a enumerar, dicho en sentido estricto, que los soldados del rey Mauregato, junto a las otras doncellas de Pravia, la habían entregado a un capitán musulmán que había

ordenado a sus soldados les pusieran una soga al cuello y las ataran unas con otras, para que no pudieran escaparse y, sin darles de comer ni de beber, ni apiadarse de sus llantos, la compaña se había echado al camino, pero que aún no habían andado una hora que se alejaron de la vereda, se adentraron en un bosque, les quitaron el dogal y las violaron a todas sin hacer caso a sus gritos ni a sus súplicas. A ella tres hombres, uno detrás de otro, le perforaron las entrañas, ay.

—¡Ay! —suspiró la moza.

—¡Ay, ay! —suspiraron las vecinas, mientras se mesaban los cabellos.

Y nada más contó, salvo que a los pocos días de caminar hacia el sur, cuando los musulmanes ordenaron a las doncellas, que ya no lo eran, que se lavaran en un río, ella se negó a entrar en la corriente alegando que le había venido la «enfermedad», suplicando que no la obligaran a mojarse siquiera los pies, pues que era muerte segura. Pero no la entendieron, claro, porque hablaban otra lengua y porque, por ser hombres, jamás habían sufrido aquella molestia que se repite a cada lunación. No la comprendieron cuando cogió una piedra con punta, se hizo sangre en la mano y se señaló sus partes de mujer. Es más, entendieron lo que quisieron: que le había gustado lo del yacer y pedía más, y nada les extrañó pues que las trataban peor que a las putas sabidas.

Así las cosas, fue el propio capitán el que se apeó del caballo dispuesto a satisfacer sus deseos y la tomo del brazo de malas maneras, la llevó a empellones hacia unos árboles, la arrojó al suelo, se bajó él sus calzones, le subió la saya a ella y, al encontrarla llena de sangre, retrocedió espantado, como si lo de la «enfermedad» de las mujeres no fuera natural, como si en vez de sangre, cierto que mala sangre, se hubiera encontrado con una sierpe u otro mal bicho. El caso es que, subiéndose los calzones, pidió una cuerda.

Se la llevaron sus soldados, la tomó y dejó a la moza atada a un árbol y fue que, al partir, se olvidó de ella o quiso dejarla allí a merced de las alimañas, ofendido u ofuscado, pues que, al querer perpetrar un delito, se había encontrado con una mujer en estado «impuro».

Para finalizar dijo que, tras mucho forcejear y encomendarse a los Santos Juanes de la iglesia de Pravia, había conseguido librarse de las ligaduras y echarse a correr, pero que se había perdido y vagado por montes y valles, alimentándose de hierbas y de nueces, llegando a creer que la desgracia la perseguía y que estaba condenada a morir, pues que, aparte de las piadas de los pájaros, oía los aullidos de los lobos y los bramidos, los

gruñidos, de los osos, la voz que hicieren, en fin. Hasta que un día al bajar a un valle —los Santos lo quisieron—le pareció reconocer las verduras de los prados del palacio del rey Silo y echó a correr para encontrarse con su casa y sus buenos vecinos. Para terminar, aseguró que no sabía palabra de la suerte de sus compañeras y, para colofón que, como buena cristiana que era y más quería serlo, había perdonado a sus violadores y al rey Mauregato, el principal causante de su desdicha, pues que en sus siete meses de soledades había tenido tiempo para odiar, pero también para perdonar.

Las oyentes lloraron a lágrima viva. A todas les hubiera gustado que hubiera relatado su agonía a la menuda, especialmente a las mujeres que amaban lo escabroso, que las había; lo que sintió cuando los moros le introducían sus miembros en sus partes y otras monstruosidades, pero no soltó prenda y hubieron de imaginarlo.

Adosinda estuvo unos días en casa de la viuda, muy regalada, pues una vecina le llevaba una escudilla con caldo de recién parida, otra un potaje de berzas con salmón, otra de fabes con trucha; y, en otro orden de cosas, recibió un jubón de ranzal, una saya de tela adamascada y una capa de lana.

Luego se fue a la suya y se la encontró tal cual la dejara pues las vecinas, tras velar el cadáver de su madre, hasta habían hecho la cama de la difunta.

No obstante, dio un limpión, se instaló y lloró

otra vez pues que le venían a la mente demasiados recuerdos. Al décimo día de la estancia de Adosinda en su morada, cuando las habitaciones ya relucían y había oreado las mantas, y tirado al río Nalón la harina y las legumbres agusanadas, el sacristán de la iglesia de Santianes, que ya había limpiado la suciedad que habían dejado los vecinos y era hombre sin rencor, se presentó en la calle Mayor y voceó que en el templo había sucedido un milagro. Las mujeres, que habían ocupado buena parte de su tiempo buscando un posible marido a la moza, un joven o un viudo, y habían manejado algunos nombres, acudieron prestas a enterarse de la noticia. Otro tanto que los hombres que, recogidas las cosechas, se habían dedicado en la taberna, ante un vaso de vino, a imaginar el recorrido que había seguido la chiquilla tratando de ubicar el lugar dónde se había perdido, y se presentaron también.

Y todos, incluida la moza, escucharon de boca del sacristán que, Dios de los Cielos, sobre la tumba de la madre de Adosinda, amén de no haberse marchitado el ramo que dejara, habían crecido hermosas violetas pese a que no era tiempo de tales flores pues mediaba septiembre, y estaba por

completo cubierta... Y, otra cosa, sobre la del Mauregato, ortigas, cubriéndola también.

Hombres y mujeres, al conocer tales prodigios, se santiguaron y muchos de ellos besaron las manos de Adosinda y algunos hasta quisieron besarle los pies, antes incluso de presentarse en la iglesia para ver los portentos con sus ojos, pues que allá

fueron todos, excepto la moza que no quiso ir y lo que comentaron algunas madres entre ellas, por esas cosas que hacen las chiquillas.

Y sí, sí, los habitadores de Pravia contemplaron el ramo de flores y las violetas de Adosinda, ¿de quién si no?, y las ortigas de la misma, ¿de quién si no? Y se

admiraron del portento y tuvieron por buen augurio lo de las flores y, por malo, lo de la planta urticante.

En ese mismo momento, visto el prodigio acaecido en una iglesia asaz oscura, comenzó la fama de Adosinda que, a poco, se convirtió en la Santa Niña de Santianes, pues que se supo de ella por las tierras comarcanas y le fueron gentes. A besarle las manos y los pies, a tocarla, a querer comprarle un retalico de su saya; a que les impusiera las manos, a que los bendijera y sobre todo a pedirle que rezara por padres, maridos o hijos muertos o por personas enfermas, y hasta pretendían que fuera con ellos incluso a lugares lejanos, a espantar almas en pena. Y siempre llevándole muy buenos regalos.

Ella que, en su huida de los moros y el recorrido de vuelta a casa, había desechado por completo la idea de casarse con un buen mozo, tener muchos hijos, formar una familia y ser feliz dentro de lo que se puede ser feliz en este mundo, tanto por lo que había sufrido al ser violentada, como porque era consciente de que ningún hombre la querría como esposa después de lo acontecido, aquello de que le fueran las gentes a pedir que rezara por sus parientes, ya fueran antecesores o sucesores —pues que le iban muchas mujeres encinta—y la regalaran y la consideraran y hasta que la tuvieran por bendita de los Santos Juanes y luego la llamaran «Santa», le vino bien.

En razón de que de algún modo había de ganarse la vida, amén de que no le supuso esfuerzo alguno, pues, desde que se la llevaron de Pravia, no había hecho otra cosa que pedir al Bautista y al Evangelista que la salvaran de los sarracenos, cosa que hicieron. Y continuó con ello, con las oraciones y, cuando la reina Adosinda regresó

al convento y, enterada del negocio de su homónima, la llamó para que le narrara su prendimiento y liberación, las dos rezaron juntas, pues lo que se dijeron que había muchas cosas por las que dar gracias a Dios y a los Santos Juanes. Á. de I.

Débora

Morvedre (Valencia)

Año 4591 de la Creación. Año vulgar de 830

La nave se balanceaba de un lado para otro y, a excepción de los marineros que la tripulaban, eran pocos los pasajeros que no se habían mareado; los había acurrucados en un rincón de la cubierta que no se habían movido de allí durante toda la travesía y otros, tumbados, que rodaban sobre las planchas cuando el oleaje era fuerte. Débora, sin embargo, no sólo no se había sentido indispuesta, sino que hubiese deseado que el viaje durase el resto de su vida. Allí, en un cascarón de madera, impulsado por el viento y a merced de las olas, compartiendo venturas y desventuras con un buen número de hombres, mujeres y niños, comiendo un cuenco de arroz al día y con derecho a otro de agua, se sentía tan abatida que no le hubiese importado que la mar engullese el barco y acabase de una vez por todas con su triste existencia. Era esclava desde siempre o, al menos, no recordaba haber sido libre alguna vez, pues, hasta donde su memoria alcanzaba, había pasado de amo en amo su niñez y su juventud. En ocasiones le venía a la mente la imagen de una mujer risueña que la cogía de la mano, pero no podría decir si se trataba de su madre o de otra persona porque la imagen era borrosa y ni siquiera recordaba un nombre al cual aferrarse, más que nada para no sentirse tan sola, para saberse parte de una familia, de algo.

Sólo tenía un nombre, acompañado de un añadido: «judía». Durante mucho tiempo no supo lo que significaba; luego, un buen día, tuvo su primera sangre y se echó a llorar creyendo que se moría, o que algo muy grave le ocurría. Lea, una mujer ya entrada en años encargada de las esclavas más jóvenes, la llevó a un pequeño cobertizo y la hizo sentarse sobre un montón de hierba seca para que ésta absorbiese el flujo; le llevó comida y le hizo compañía durante varios días. Ella le explicó la causa de aquella sangre que tanto la había asustado, el cambio que se producía en su cuerpo en el momento de convertirse en mujer y, cuando dejó de sangrar, la acompañó de vuelta a la cabaña ocupada por las mujeres. Durante los siguientes siete días, comprobó que estaba limpia y, entonces, la llevó a la orilla del mar, la

obligó a desnudarse y le instó a introducirse en el agua, a pesar del terror que le producía.

—Has de hacerlo —le dijo—porque el agua purifica el alma y todas las mujeres judías se lavan el cuerpo tras el menstruo.

—¿Tú también eres judía?

—Lo soy.

—¿Y también te metes en la mar?

—¡Ay, qué más quisiera!

Lea soltó una risa divertida y fue precisamente su hilaridad la que animó a la niña a introducirse en el agua y dejarse frotar por ella hasta que la mujer decidió que ya estaba limpia del todo. Era verano y hacía calor en Mazara, pero ¿cómo sería el baño durante el invierno? Prefirió no pensar en ello y esperar a que se presentase dicha situación. A partir de entonces, Débora siguió a la mujer a todas partes; se convirtió en su sombra pues ella era su referencia, la única que podía hablarle de la religión de sus padres, la única que, aunque de manera muy deficiente, le enseñaba lo que significaba ser judía. A veces pensaba que no valía la pena,

¿a quién le importaba si cumplía o no los preceptos de la Ley de Moisés?

No había allí nadie, excepto Lea, para controlar sus actos o para reprocharle sus faltas, pero saberse parte de una comunidad, de un grupo de gentes desparramadas por las orillas del Mediterráneo, resultaba importante para ella, pues no le quedaría nada si perdía aquella frágil unión con su pasado.

Cinco años más tarde su vida dio un vuelco. Los vio llegar a lo lejos; primero fueron puntitos borrosos en el horizonte y pensó que se debían al reflejo del sol en la mar, pero, a medida que transcurría la mañana, los puntitos se convirtieron en manchas y las manchas en formas bien reconocibles: eran naves, demasiadas para tratarse de barcos mercantes, de los que habitualmente arribaban al puerto con mercancías procedentes de los más lejanos lugares del mundo conocido, aunque ella sólo había bajado al puerto en una ocasión y apenas tuvo tiempo de disfrutar de la algarabía de los mercaderes, mezclada con la de los pescadores que ofertaban sus capturas. Corrió hacia la casa de Cósimo Ruggero, su amo, pero antes de llegar al pequeño murete que rodeaba la mansión del rico comerciante, escuchó el rápido repiqueteo de las campanas de la iglesia que alertaba a la población de un peligro inminente.

Los sarracenos procedentes del norte de África ocuparon Mazara en un abrir y cerrar los ojos, sin apenas resistencia, y uno de los jefes de la flota

invasora, Hasim Ya'qub, se instaló en la casa de Ruggero con varios de sus hombres. El dueño se vio obligado a marchar y dejar allí a varios de sus esclavos, en especial a todas las jóvenes, para servir a los nuevos ocupantes, Débora entre ellas. Vio partir a la vieja Lea con la pena en el corazón, pues durante los últimos años ella había sido lo más parecido a una madre, a una maestra, y era la única en aquel lugar que, al igual que ella, pertenecía al pueblo errante de Israel. Volvía a quedarse sola. Servir al nuevo amo no fue muy diferente de servir al anterior, a fin de cuentas para eso estaban los esclavos aunque, en este caso, tuviesen que adivinar sus deseos ya que ignoraban la lengua en la que hablaban los ocupantes. De todos los siervos y

siervas de la casa, Débora fue la más ágil a la hora de entender y hacerse entender y no pasó mucho tiempo antes de que pudiese emitir algunos de aquellos sonidos que tan difíciles resultaban para sus compañeros de esclavitud. Ya'qub se dio cuenta de ello inmediatamente y decidió mantenerla a su lado en todo momento a fin de que aprendiese el árabe cuanto antes, ya que era preciso contar con intérpretes en la nueva tierra a conquistar. La joven, por tanto, dejó la cabaña de las mujeres y pasó a vivir a la casa grande. Allí, atendía al guerrero, lo ayudaba a vestirse, le servía las comidas y se metía en la pileta de mármol para frotar su cuerpo con esponjas y verter agua limpia sobre su cabeza enjabonada.

En un principio, la sobrecogió esta parte de su cometido. No entendía lo que se esperaba de ella, a pesar de que Ya'qub le hacía señas para que se adentrara en la pileta y le señalaba una enorme esponja marina. Finalmente, el musulmán salió, la asió por un brazo y la obligó a meterse ella también en el agua, poniendo la esponja en su mano e indicándole cómo tenía que usarla. Le causó una enorme impresión ver a un hombre desnudo por primera vez en su vida y cerró los ojos, lo cual provocó la risa del sarraceno y una mayor turbación en ella. Se acostumbró, sin embargo, lo mismo que antes se había acostumbrado a recoger los bacines de la familia Ruggero y a echar su contenido al estercolero. Además, no corría ningún peligro. Pese a que el brial de lino delgado se le quedaba pegado como una segunda piel cada vez que se introducía en el agua, mostrando todos los recovecos de su cuerpo, su nuevo amo no parecía mostrar interés alguno en yacer con ella.

Eligió para dicho menester a una esclava rubia de tez blanca y formas abundantes, muy distinta a ella misma, que estaba flaca y tenía la piel aceitunada y el cabello negro. Escuchaba sus jadeos desde el cuartucho que

le servía para dormir, justo al lado del dormitorio de Ya'qub, al tiempo que comenzaba a experimentar una sensación desconocida hasta entonces y no se dormía hasta que la mujer abandonaba la habitación. Soñaba entonces que él la abrazaba, besaba sus labios, la acariciaba y muchas veces se despertaba completamente húmeda. Así supo que se había enamorado de un hombre que no la veía, de un hombre que no era de su religión, de un gentil según Lea, de un bárbaro guerrero acostumbrado a luchar, matar y conquistar.

Habían transcurrido tres veranos el día que Ya'qub le comunicó que volvía a la mar. La isla de Sicilia había sido conquistada y él tenía otros cometidos en otra tierra a la que llamó al-Andalus, allá por el oeste. El corazón se le paralizó, pero volvió a latir al decirle él que ella lo acompañaría, pues podría serle útil para entenderse con los nativos, quienes quizás hablaran una lengua parecida a la latina. Asintió con la cabeza, no muy segura de que los habitantes de un lugar lejano conocieran la misma lengua que los sicilianos, pero estaba dispuesta a aprender lo que fuera con tal de continuar junto al hombre que amaba en silencio. Su alegría fue inmensa al comprobar que los demás esclavos, incluida la rubia de formas abundantes, se quedaban en la casa Ruggero a las órdenes de otro sarraceno, cuyo aspecto no era tan agradable como su amado, y subió con pies ligeros tras él a una nave, a pesar de lo mucho que temía a la mar. Su gozo duró una exhalación, el tiempo suficiente para que Ya'qub hablara con un hombre que no tenía aspecto de soldado y, a continuación, iniciara la bajada del barco. No entendía lo que ocurría y lo siguió a toda prisa, pero él se giró hacia ella y la informó de que había recibido órdenes de regresar a su país.

—Tú te quedas aquí —le dijo—. Ya no eres mía; te he vendido a un mercader de esclavos, pero no te preocupes porque él sabe que conoces el árabe y te buscará un buen amo en al-Andalus.

Lo vio descender la pasarela, anonadada por el impacto de la revelación.

Había disfrutado sirviéndolo hasta olvidar que sólo era una esclava, una mercancía, un animal al que se podía vender y comprar. Por primera vez en su vida fue consciente de su situación y no supo cuál de los dos hechos le causaba más dolor, si el descubrimiento de su cautiverio o la indiferencia del hombre a quien habría seguido allá adonde él fuera.

Hubo momentos, durante el viaje, en los que pensó en arrojarse a la mar. No iba atada y nadie se lo impediría, pero algo en su interior le decía

que no debía hacerlo, que tenía que darse otra oportunidad. A fin de cuentas no conocía aquella tierra, alAndalus, de la que Ya'qub le había hablado con entusiasmo. Quizás su baraka le concediera un amo bondadoso en un país de huertas y jardines donde el agua brotaba por todas partes, según las palabras del hombre que la había vendido a otro como si fuera un perro, muy diferente a la reseca isla azotada por los vientos que acababa de dejar atrás. De todos modos, tiempo tendría para quitarse la vida si las cosas se torcían aún más de lo que estaban, pues de algo estaba segura: no seguiría siendo una esclava por mucho tiempo y nunca más volvería a enamorarse porque no podía amar a un hombre libre y otro esclavo como ella sólo traería más esclavitud. Contempló con indiferencia la costa a medida que se aproximaban a ella, lamentando que las jornadas transcurridas en la mar, a solas con sus pensamientos, llegasen a su fin y se preparó para descender del barco y enfrentarse a su nueva vida. Al atracar, los hombres del mercader encadenaron a los esclavos y los obligaron a bajar por la pasarela en dirección a un cobertizo de grandes proporciones, cuyo interior olía a sudor y excrementos. Un gran número de hombres, mujeres y niños, blancos y negros, se hallaban en su interior, esperando a que sus respectivos dueños los pusieran a la venta en el mercado. Débora contempló aquellos rostros sucios y macilentos, de miradas resignadas ante su infortunio, y sintió una gran pena, a la vez que ira y vergüenza. Se sentó junto a sus compañeros de cautiverio y se dispuso a esperar con la mente en blanco, pues, cada vez que meditaba, el pensamiento corría veloz hacia Ya'qub y era tan grande su amargura que se le cortaba la respiración. Al día siguiente, sacaron a los de su grupo y, uno a uno, los hicieron subir a una pequeña plataforma desde la cual el mercader hacía sus ofertas. La joven miraba sin ver cómo los hijos eran separados de sus padres, las mujeres de sus maridos, los hermanos entre sí, en medio del barullo del puerto, repleto de gentes llegadas de todos los países que mercadeaban, gritaban o hablaban sin importarles en absoluto la

mercancía humana que se vendía a poca distancia de ellas, justo al lado de un comerciante de mulas y asnos.

Al llegarle el turno escuchó comentarios denostando su aspecto: no era lo suficientemente fuerte para los trabajos pesados, gritó un hombre; no era lo suficientemente atractiva para llevársela al lecho, gritó otro provocando risas y exclamaciones soeces; sólo era una judía sin ningún valor, argumentó un tercero. El mercader, que veía peligrar su venta, echó mano

de sus argumentos más persuasivos en cuanto a que era una mujer sana, con la dentadura completa. Para que todo el mundo lo viera, la obligó a abrir la boca y mostrar sus dientes, como hacía el vecino con sus animales.

—¿Es virgen? —se oyó preguntar.

—¿Tú qué crees con el aspecto que tiene? —le respondió un joven vestido con una juba bordada, y las risas arreciaron.

—¡Te ofrezco un dirhem de plata y te hago un favor! —gritó un individuo cuya barriga se agitaba estrepitosamente debido a la risa.

—¡Señores, seamos serios! —exclamó el mercader irritado—. Es judía, sí, y tampoco es gran cosa como mujer, pero ha servido durante los últimos tres años al gran Hasim Ya'qub, habla nuestra lengua, además del siciliano, y su anterior dueño me aseguró que aprenderá la de los nativos más deprisa de lo que se tarda en ordeñar a una vaca.

—¡Bueno, en ese caso te doy diez dirhems por ella, aunque sé que tiro el dinero! —

gritó de nuevo el de la barriga.

—¡Yo te doy doce! —gritó otro a su lado.

Un hombre de mediana edad, que permanecía apartado del grupo de vocingleras, no había dejado de examinar con atención a Débora desde el momento en que la habían aupado sobre la tarima y observaba la actitud indiferente de la muchacha, quien mantenía la vista puesta en algún punto impreciso, como si el asunto no fuera con ella. Se inclinó y dijo algo al oído de uno de los sirvientes que lo acompañaban; éste se acercó a la tarima y repitió las palabras de su amo en voz baja para no ser oído por los demás.

Al mercader se le iluminó la cara e hizo una seña a sus hombres para que se llevaran a la joven.

—¿Por qué se la llevan? —preguntó el de la barriga.

—Ya está vendida —respondió el mercader.

—¿Cómo que está vendida?¡No hemos visto que hayas hecho el trato con nadie!

Se escucharon algunas protestas, acalladas por la presencia de una hermosa eslava de abundante cabellera rubia aclamada por los espectadores, quienes de inmediato comenzaron la puja y se olvidaron de la judía.

—Has tenido mucha suerte —le dijo el mercader al finalizar la venta—.

Te ha comprado un hombre rico e importante que ha pagado por ti dos dinares de oro. Yo mismo sólo pagué uno cuando te compré —añadió.

Así pues Ya'qub la había vendido por una cantidad diez veces menor de lo que costaba un burro. Si todavía le quedaba algún sentimiento de cariño hacia él, acababa de evaporarse como la niebla en un día soleado.

Siguió a su nuevo amo hasta su casa, vigilada por sus servidores, aunque no hubiese intentado huir en dicha ocasión, tan cansada estaba tras la travesía y la noche pasada en el cobertizo sin comer ni beber. Después de atravesar varias calles repletas de gente ruidosa, la condujeron a una casa de dos plantas con un precioso patio interior repleto de macetas floridas y, una vez allí, le indicaron que debía quedarse en la cocina hasta que el amo la llamase.

Todo ocurrió muy deprisa a partir de entonces. Una mujer sonriente, quien dijo llamarse Bashira, la acompañó a otro patio más pequeño, lleno de ropa colgada al sol, la desvistió, la ayudó a quitarse la mugre en un barreño de agua, le entregó una túnica nueva de lino natural, puso en sus manos un cuenco de verduras con trozos de carne y una jarra de agua y le mostró un rincón en el que había un jergón. No supo cuánto tiempo durmió.

Al anochecer, la misma mujer la despertó con suavidad para comunicarle que el amo la esperaba. Abdel ben Hakîm sonrió al verla entrar y ella, asombrada, respondió a su sonrisa con otra, la primera desde que había salido de Mazara en un barco de esclavos. El hombre, rico mercader, le hizo varias preguntas respecto a su procedencia, comprobó que, en efecto, conocía el árabe e, incluso, le dijo algunas palabras en siciliano y después le explicó lo que se esperaba de ella.

—Ayudarás en la cocina y en las tareas de la casa, pero, asimismo, me servirás de intérprete cuando tenga que negociar con los italianos.

Olvidó sus intenciones de huir para no ser una esclava, y también de suicidarse. Su vida en aquella casa era más placentera de lo que nunca había sido; cogió peso, sus ojos hundidos recobraron el brillo de la juventud, los aceites de Bashira, sirvienta que no esclava del amo, suavizaron su cabello y su piel y, en algún momento, incluso pensó en hacerse musulmana pues ningún miembro de esta religión podía ser esclavo de otro. De vez en cuando, Ben Hakîm la llamaba para traducir las palabras de los comerciantes italianos con los que mantenía tratos, pero la mayor parte de su tiempo transcurría en la cocina, ayudando a Bashira. Por ella supo que el amo era un importante mercader de especias y frutos secos que vendía en todo al—Andalus y también en tierra de francos, que poseía varias propiedades repletas de almendros y que su mujer e hijos vivían en el

campo, aunque él prefería hacerlo en el puerto, que era el lugar donde hacía sus negocios. Débora nunca había cocinado, pero aprendió con rapidez, sorprendiéndose al encontrar placer en algo que, hasta entonces, consideraba una carga propia de la esclavitud.

La guisandera era un pozo sin fondo en cuanto a fórmulas culinarias; conocía decenas de ellas diferentes para sopas y verduras, carnes, pescados y dulces; la veía moverse entre ollas y sartenes, ligando salsas y haciendo mezclas; juntas iban al mercado y ella disfrutaba oyéndola regatear con los comerciantes hasta conseguir los precios que consideraba justos. De vuelta a casa, aprendía a preparar albóndigas al azafrán, falafel de garbanzos, cordero con salsa de hinojo, pastel de calabacín con miel, guisado de berenjenas, buñuelos de habas, arroz con leche y canela, jarabes de frutas, cuajadas y un sinfín más de platos, a cual más sabroso, pues Abdel ben Hakîm apreciaba la buena mesa y Bashira no sólo ponía todo su empeño en preparar las recetas tradicionales árabes, sino que, además, experimentaba, inventaba las suyas propias para complacencia de su patrón y de sus invitados. Débora aprendió

asimismo los nombres de las especias que su amo vendía y de las que siempre había grandes cantidades en el almacén adjunto a la casa, y a distinguirlas con los ojos cerrados. Era un juego para ella cerrar los ojos y oler la hierbabuena, el cilantro, el comino, el orégano, la pimienta, la ruda, el ajonjolí..., abrirlos después y comprobar que había acertado.

Poco a poco, comenzó a encargarse ella sola de preparar algunos de los alimentos, siempre bajo la atenta mirada de la guisandera, aunque la elaboración de dulces fue desde el principio su actividad preferida con diferencia, quizás porque nunca en toda su vida había tenido la posibilidad de catar la miel o el azúcar, los piñones bañados en agua de azahar y de rosas o los hojaldres recubiertos de miel. Entre todos, su dulce preferido era la «pasta blanca», elaborada con miel y claras de huevo batidas a lo que se le añadía almendras tostadas y partidas en trozos y, una vez hecha la mezcla, se dejaba enfriar; era una delicia que no se cansaba de saborear.

Imaginaba el resto de su vida allí, en la cocina del mercader, en compañía de la buena Bashira, entre cazuelas, especias y dulces, arrinconados sus duros años de esclavitud, aunque de hecho continuara siendo una esclava, olvidado también el rostro del hombre que le había quitado las ganas de amar a otros hombres. Era feliz, pero el destino es imprevisible y, un día, Ben Hakîm la hizo llamar. Se quitó el delantal moteado de harina y grasa,

se peinó, cambió su pañuelo de faena por otro limpio y se presentó a su amo, creyendo que la necesitaba para hacerle de intérprete con alguno de aquellos comerciantes italianos que llegaban al puerto en busca de especias y almendras.

Conocía al hombre que la contemplaba cómodamente sentado sobre unos cojines de terciopelo de varios colores, una taza en las manos; lo había visto en la casa en varias ocasiones, aunque nunca habían llegado a intercambiar una palabra, pues eran los sirvientes varones quienes atendían a las visitas del mercader. No obstante, la última vez, varias jornadas atrás, lo había pillado mirándola fijamente y había tenido una sensación molesta que la abandonó en cuanto se metió en la cocina. No era mal parecido y vestía de forma similar a los musulmanes, pero había algo diferente en él que no acababa de descubrir. No pudo mantener su mirada y bajó los ojos a la espera

de conocer la razón de su presencia en las habitaciones del amo y que, a la vista estaba, no era la de servir de intérprete.

—Débora, éste es mi amigo Açach Aziz. De hoy en siete días pasarás a vivir a su casa —la informó Hakîm.

El estupor se plasmó en el rostro de la joven, cuya mirada fue del uno al otro, incapaz de decir nada. La realidad de su situación de esclava, ya casi olvidada, caía de golpe sobre ella como un mazazo y el dolor que le causó fue tal que estuvo a punto de abalanzarse a los pies de su amo y suplicarle que no la vendiera de nuevo, pero se contuvo y adoptó el mismo aire ausente que había mostrado durante la subasta a su llegada a Morvedre, la vista en una pared de la habitación, la mente en la huida, o... en la muerte.

—Os dejo ahora —prosiguió el mercader con una sonrisa—. Tengo asuntos que requieren mi presencia.

El hombre abandonó la habitación, dejándolos solos. Açach depositó la taza sobre la mesa circular situada delante de él, cogió un dulce de una bandeja y se levantó.

—Me ha dicho Abdel que estos dulces los has hecho tú —dijo en árabe.

Débora asintió con la cabeza, siempre con la mirada puesta en la pared encalada que tenía delante.

—También sé que eres judía.

La joven volvió a asentir con la cabeza. ¿Y qué le importaba a él lo que fuera?

Entonces el hombre comenzó a hablar en una lengua que ella desconocía, pero que, sin embargo, su sonido, sólo el sonido, le resultaba familiar, un eco que llegaba del pasado, de su pasado.

—Veo que ignoras la lengua de tus padres, pero ya lo solucionaremos

—prosiguió

él en árabe—. Yo también soy judío.

Desvió la mirada de la pared y clavó sus ojos en el extraño, que, gracias a cuatro palabras, acababa de dejar de serlo. Aparte de Lea, aquel hombre, su nuevo amo, era la primera persona de su raza a quien tenía la oportunidad de conocer y sintió algo singular dentro de ella; lo mismo, pensó, que una planta a punto de marchitarse a la que el agua reverdece. Le vinieron a la cabeza mil interrogantes a la vez: ¿de dónde procedía?, ¿había más como él en Morvedre?, ¿de verdad podría aprender la lengua de sus padres? Pero recordó que únicamente era una esclava y sólo se le ocurrió hacer una pregunta:

—¿Puedes decirme por cuánto me has comprado?

Açach puso cara de sorpresa y después se echó a reír.

—No te he comprado.

Ahora la sorprendida fue ella. ¿No había dicho el mercader que en siete días pasaría a vivir a su casa? ¿Se estaba burlando de ella? Y si no la había comprado,

¿por qué razón tendría que ir a vivir con él? ¿Acaso el mercader se la había regalado?

—¿Tan poco valgo que ni siquiera has tenido que pagar para que sea tu esclava?

—le reprochó con pesadumbre no exenta de rabia.

—¿Y quién ha hablado de que seas mi esclava? Al igual que los musulmanes, un judío no puede tener a otro por esclavo.

—¿Entonces...?

—Le he pedido tu mano a Abdel y él me la ha concedido. El es lo más parecido que tienes a un padre y, por tanto, a él debía dirigirme para solicitársela.

—¿Qué mano?

No entendía a qué se refería con aquello de la mano y, una vez más, Açach se echó

a reír.

—Le he dicho que me enamoré de ti cuando te vi regando las plantas de su patio

—dijo—, que te he buscado cada vez que he venido a visitarle, que deseo cuidar de ti el resto de mi vida, que seas mi mujer y la madre de mis hijos. Siete días más tarde, acompañada por el mercader y Bashira, Débora acudió a la casa de quien iba a ser su marido. Se habían reunido allí varias personas que los recibieron con sonrisas, bandejas repletas de comida y jarras de vino. Mientras los hombres charlaban, redactaban el acuerdo matrimonial y escuchaban a un cantor, especialmente contratado para la ocasión, las mujeres llevaron a la joven a una casa vecina. Allí había preparada una tina en la que la bañaron, para su sorpresa y la de la guisandera, quien la había acompañado pues, además de testigo en el enlace, se consideraba poco más que una hermana mayor y no estaba por la labor de perderla de vista. Esa misma mañana el mercader le había ofrecido su pileta de agua para asearse tal y como convenía a una novia musulmana y su piel aún brillaba debido a las enérgicas fricciones de Bashira. No obstante, tuvo que remojarse de nuevo ya que, según le dijo la mayor de las mujeres, el baño era parte del ritual de bodas judío y entonces recordó las palabras de Lea:

—El baño antes de la boda purifica a la novia, al igual que la purifica después de su sangre mensual.

A continuación, las mujeres la peinaron, pintaron sus ojos, colorearon sus mejillas y le vistieron una juba bordada; le colocaron un velo que le cubría el rostro y adornaron sus muñecas y dedos con los brazaletes y anillos que habían reunido entre todas y que, dejaron bien claro, sólo eran un préstamo para la ocasión. No eran muchos los judíos que vivían en el puerto y la ceremonia fue sencilla, celebrada por un rabino que recorría las poblaciones de la costa ocupándose de las necesidades espirituales de sus pequeñas comunidades, a veces familias sueltas, y que únicamente habló en hebreo, por lo que Açach tuvo que explicar a la novia lo que debía hacer en cada momento y traducirle sus palabras, así como su propia declaración al colocar un anillo de oro en su dedo anular. Tras romper el vaso, firmar la ketubá, el contrato matrimonial, y escuchar las siete bendiciones bajo la huppá, un toldo sostenido por cuatro palos, que el propio novio había dispuesto en el pequeño patio de su casa, éste alzó el velo que cubría el rostro de Débora y la besó. Era el primer beso que recibía. Como una exhalación, pasaron por su mente retazos de su vida,

repleta de humillaciones, tristezas, soledad, y ella, que jamás había llorado, dejó

que las lágrimas resbalasen por sus mejillas, estropeando los afeites. Por fin era libre, volvía a nacer en una tierra que su gente llamaba Sefarad, los musulmanes al—

Andalus, los cristianos Hispania, pero que para ella sólo tenía un nombre: hogar. T. M. de L.

Al-Shifa

Toledo

Hégira de 230. Año vulgar de 852

En el nombre de Alá, el misericordioso, el clemente, la misericordia de Alá sea conmigo. El profeta Mahoma, sea honrado por Alá, dice que Alá es uno, que no tuvo esposa ni hijos, y que no hay nada en este mundo igual a Él.

Tal rezaba la princesa al-Shifa cada día al despertar. Arrodillada en su alfombrilla, se inclinaba y elevaba los brazos y, al terminar la primera oración, se levantaba despacio, pues andaba muy fastidiada de las piernas, y abría su azafate. Entonces contemplaba el collar del dragón, su joya preferida, le pasaba sus blancos dedos como si la acariciara, aunque todavía con un vago temor por lo que había sucedido la primera vez que la llevó colgada al cuello. E, invariablemente, se acercaba a la ventana a contemplar un paisaje que no estaba acostumbrada a ver, que no era el suyo, que no era el que había visto durante años y años a través de las celosías del harén en el palacio del emir en Córdoba, sino el del espléndido caserío de Toledo.

Tal se decía la mora, pese a que había nacido en esta ciudad y a que era tan bella o más que la muy afamada del Guadalquivir. Cierto que hacía mucho tiempo que faltaba y, de consecuente, la desconocía. Y nunca la conocería, pues que se había comprado una almunia, un cigarral, dicho por allí, alejado de la población, entre otras razones porque había decidido morir en aquel lugar y, para pasar sus últimos días, se había llevado consigo todo su ajuar, a pesar de que sus compañeras del harén, unas amigas y otras enemigas, hubieran deseado comprarle esto o aquesto, y sobre todo la tan preciada joya.

Seguir: parte 2 de 15