Pompa y circunstancias

Noel Coward · Capítulo 1 de 25

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Pompa y circunstancias

Capítulo I

A Nancy Mitford con todo mi cariño CAPÍTULO I

Inútil seria toda pretensión de afirmar que, desde el punto de vista arquitectónico, la Casa Gubernamental posee características recomendables, porque no las tiene; su interior es bastante agradable: hermosas estancias aireadas y galerías amplias; pero por afuera es -de toda evidencia- horrible.

Vista desde cualquier ángulo, parece un gigantesco budín color lila. Fue construida a comienzos de siglo, después del incendio del antiguo edificio, y nadie sabe por qué se la pintó de lila en aquellos días ni por qué, a partir de entonces, siempre se la ha vuelto a pintar del mismo color. Tiene cúpulas y torres, contrafuertes y algunas ventanas de estilo pseudonormando; abajo, una serie de gruesas arcadas de piedra forma una especie de catacumba.

Cierto es que tal extravagancia ha quedado explicada en forma satisfactoria: es un refugio destinado a que se retiren a él los moradores cuando los amenace cualquier catástrofe de ordenamiento divino, como por ejemplo un tifón o un terremoto; aunque a mí me parece que poca utilidad tendría en caso de inundación. Cuando Lady Alejandra vio asomar por primera vez su mueca por entre los macizos de flores tropicales, se rió de tal manera que acabó por ahogarse y no pudo salir del automóvil cuando éste llegó a la portada, hasta que alguien fue a traerle un vaso de agua. Lady A. es alegre y encantadora y S. E. (Sir Jorge Shotter) no podría ser mejor. Buena estampa, sin ser exageradamente distinguido; algo corpulento, lo adecuado; y un brillo entre irónico e interrogante en los ojos. Lleva algún tiempo el conocerlo bien, porque es tímido, no -como ella- un espíritu alegre y extravertido; pero si uno persevera e insiste un poco, descubre ese fulgor peculiar en la mirada y sabe que ha triunfado.

La verdad es que ella y yo somos antiguas camaradas de armas, pues al comenzar la guerra estuvimos juntas en los cuerpos auxiliares femeninos, nos entrenábamos en la Plaza Lowndes y llamábamos "señora" a nuestras oficiales superiores; más adelante, cuando ya nos considerábamos oficiales y habíamos pagado unos uniformes muy elegantitos, fuimos llamadas a nuestra vez "señora", y condujimos los automóviles en que viajaban a los aeropuertos y estaciones, y desde ellos, los personajes de alto rango militar; los domingos, los llevábamos al campo o al río, con sus secretarias.

Y luego, durante los bombardeos, nos tocaron tareas mucho más terribles, y debimos apretar los labios y mantener una glacial eficiencia mientras sacábamos a la gente de entre las casas destruidas y la llevábamos a los hospitales. Sandra fue realmente estupenda en todo esto, y solíamos reír juntas muy a menudo; no cuando sacábamos los cadáveres, naturalmente, sino en otras oportunidades. Todavía era, en aquellos días, Lady Alejandra Haven, y no se había casado con nadie, aunque andaba con el simpático Jorge desde mil novecientos treinta y nueve. Él era un político de inclinaciones izquierdistas y estuvo furioso cuando lo de Munich, cosa que hizo que me encariñase con él desde un principio.

Sin embargo, como ella andaba con otros varios pretendientes y salía con ellos por aquel entonces, nadie pensó que se casaría con Jorge, como lo hizo en mil novecientos cuarenta y tres; su luna de miel fue bastante extravagante, pues se la pasaron recorriendo de un lado a otro el Cercano Oriente en busca del regimiento de Jorge, que había sido enviado inopinadamente a esas regiones.

Como es natural, ella había dejado, por entonces, sus actividades militares y yo también, y con gran alivio: debo reconocerlo. Al principio todo era muy hermoso, un fervoroso patriotismo nos sostenía y nos parecía estar consagradas a una causa nobilísima; pero después de un tiempo, la abrumadora femineidad de todo aquello comenzó a hartarnos. Sé que es una confesión vergonzosa; pero las mujeres de uniforme siempre me han parecido ligeramente ridículas. Me consta que los cuerpos auxiliares femeninos fueron estupendos, tanto los de tierra y marina como los de aeronáutica, arrojados y eficaces hasta la última recluta; pero cuando marchan y se entrenan, y las carnes se les zangolotean, entonces me dan risa. Era ésta una de las cosas que nos hacían reír más a Sandra y a mí. A decir verdad, todavía nos reímos cuando tenemos tiempo de charlar juntas, y aquellos extraños días retornan a nosotras, desde el pasado.

Sea de ello lo que fuere, ahora es la esposa de nuestro Gobernador, y es magnífico tenerlos aquí; ahora todo el mundo desea ir de visita a la Casa Gubernamental, cosa que no sucedía cuando estaban los pobres Blaise. No digo que no fuesen muy agradables y bien dispuestos, ni que dejaran de hacer cuanto debían con la mayor afabilidad y a conciencia, pero ambos eran apagados y un poco momificados; les faltaba vida a punto tal que uno sentía la necesidad de que sirvieran oxígeno después del pescado. La pobre

Lady Blaise padecía, sin lamentarse, de una misteriosa dolencia llamada

"día-no-sé-qué". No era "betes" ni "rrea"; pero fuese lo que fuere, la apagaba aún más; la pobre daba la impresión de nadar lánguidamente en su propio acuario personal, año tras año.

Él, Sir Hilario, salía directamente del museo de cera de Madame Tussaud; era pálido de pies a cabeza: ojos pálidos, piel pálida y pelo descolorido. Cuando revistaba tropas o subía a las plataformas oficiales, parecía que lo hubieran colocado allí en postura, con una invisible barra de hierro por detrás, para que no cayera boca abajo.

Ahora, todo ha cambiado incluyendo -gracias a Dios- las cretonas. Toda la casa ha adquirido una luminosidad que jamás tuvo anteriormente.

Y no es que Sandra posea mayores virtudes domésticas. De vez en cuando se le ocurren ideas sobre la comida y tiene impulsos de repentino entusiasmo, manda buscar entonces a New York y a París libros de cocina exóticos; pero cuando llegan ya se han olvidado de todo y apenas si prueba postres y rissolés sin prestarles la menor atención. Lo que ella ha infundido en los huesos secos de ese pomposo mausoleo viejo de estilo gótico, es personalidad.

A pesar de ello, se escapa siempre que tiene oportunidad de hacerlo, viene a nuestra plantación, se quita los zapatos, que deja tirados, y se recuesta por algún lado. Los chicos la adoran porque los trata sencillamente, como a adultos, sin poner de pronto una voz almibarada e indulgente para preguntarles qué quieren ser cuando sean grandes y si les gusta el colegio.

Simón, el mayor, tiene siete años y medio, y las mellizas, Juanita y Coquito, seis. Coqui se llama realmente Sara Elena, pero un día, siendo muy chiquita, mientras estaban ella y Juanita acostadas en su coche, en el jardín, cayó del árbol un coco -felizmente pequeño- y pasando a un centímetro de su cabeza, le hizo un cardenal muy feo en el hombro. Aunque se sobresaltó, ni chilló ni hizo escándalo: se contentó con extender una manecita regordeta y palmearlo con aire de reprobación, diciendo: "¡Malo, coquito!" Y si esto no es un eco repulsivo de la primera infancia, no sé qué lo será. De cualquier manera, Coquito se quedó, y así termina esta aburrida explicación.

Una tarde radiosa y cálida del pasado mes de marzo, llegó Sandra -

inesperadamente, como de costumbre- en la camioneta rural de su marido.

Estaba fresca y seductora, con su vestido de lino verde, y en sus ojos lucía

un fulgor aventurero. Yo me hallaba recostada en la galería del fondo, tratando de interesarme en una de esas novelas contemporáneas superintrospectivas que sé que debo leer, pero no quisiera. Se trataba de un relato escrito por cierto individuo histérico que, después de pasar una horrorosa niñez en Frankfort, se afilia al Partido y se marcha a Ucrania en compañía de una revolucionaria de alta tensión llamada Irma, moza de cejas rectas y ojos ardientes, dada a repentinas explosiones de fiera sensualidad, durante las cuales atraía la cabeza del autor a su boca, lanzando roncos gritos inarticulados, mientras su mano libre jugaba torpemente con los botones de su chaqueta militar. En ese preciso instante, y con muy buen sentido, a mi entender, él decidió renunciar al comunismo y Sandra hizo su aparición.

Tiró los zapatos a uno y otro lado, como suele hacerlo, se dejó caer en la mecedora, que crujió con estrépito, y dijo:

–¡Gracias a Dios que estás en casa! No podría haber soportado el no encontrarte.

Le pregunté si quería una bebida helada, y contestó que no deseaba bebidas frescas, ni té, ni otra cosa que acostarse largo a largo y sumergirse en la corriente de la conciencia universal, donde el tiempo deja de existir y no es menester concentrarse en nada que tenga los menores visos de especificidad. El almuerzo -continuó diciendo- había sido un horror continuado, desde las paltas y a lo largo del curry, hasta llegar a la tarta de limón merengada y el café. Habían ido un obispo anglicano que tosía en forma ensordecedora, un senador americano con su mujer, y un feroz magnate del aluminio, oriundo de Pittsburgh. Súmese a éstos a Cucú Honey, la esposa del Secretario de la Colonia, que había estado en uno de sus peores días -que ya es mucho decir- y había ofendido mortalmente al senador haciendo una disertación completamente superflua sobre el problema de los negros, del cual, evidentemente, lo ignoraba absolutamente todo.

–Lo más espantoso de Cucú es que la pobre está completamente ajena a su insensata vanidad -Sandra se desperezó, con un quejido-. Se ha examinado a sí misma minuciosamente y desde todos los ángulos, sin encontrar un solo defecto. No es cruel, dura, ni maligna; pero logra dar una y otra vez la impresión de ser las tres cosas. Suelta cualquier idea que por casualidad anda revoloteando por su cabeza de chorlo sin detenerse a pensar

ni por espacio de medio segundo qué sentirá su interlocutor. Hasta un chico de tres años en estado de ebriedad hubiera comprendido al instante que el senador era un sureño chapado a la antigua, destetado con julep de menta y habituado a concurrir a los linchamientos en el día de su cumpleaños, a manera de premio, y ¡claro está! tenía que elegirlo a él precisamente, para descargar todo el peso de sus conceptos humanitarios, tan mal informados como sensibleros. Naturalmente, todo el ambiente se estremeció, incómodo; el senador se puso como un tomate, yo musité alguna tontería sobre la discriminación racial, tema demasiado complejo para un almuerzo de confianza, donde debía reinar la alegría; pero ella hizo caso omiso de todo y siguió avanzando trabajosamente a través de una selva de frases hechas, con voz cada vez más chillona, hasta que al fin tuve que saltar bruscamente, como un muñeco de sorpresa, y las arrastré a ella y a la señora del senador a la galería, donde se quedaron sentadas en silencio, apretando los labios y lanzándose miradas furibundas.

Sandra exhaló un profundo suspiro y buscó en el bolso un cigarrillo.

–Luego, cuando por fin se fueron todos, y yo me hube lanzado sobre ella y la hube despedido, deshecha en llanto, apareció Jorge temblando como una hoja y me dio con acento sepulcral la "Gran Noticia".

–¿Qué quieres decir? – pregunté, tirándole la caja de cerillas.

–Es un secreto importantísimo -encendió el cigarrillo y me tiró otra vez las cerillas-. Me hizo jurar que no se lo diría a nadie en este mundo, ni siquiera a ti; pero yo le dije que eso era una estupidez, y que siempre te lo cuento todo, de modo que cedió, con la condición de que te obligara a prometer, bajo solemne palabra de honor, que te callarías la boca hasta que se haga el anuncio oficial.

–¿Anuncio oficial de qué?

–Llegan en junio.

–¿Quiénes llegan en junio?

–¡La Reina, naturalmente! – dijo Sandra-. Y el príncipe Felipe. Llegan el 21, en un buque de guerra, y pasarán tres días acá. Tres días enteros, con sus tres noches completas, y mucho, muchísimo antes de esos tres días enteros con sus noches, a mí me llevarán con chaleco de fuerza, como a esa pobre bestia de Un tranvía llamado deseo.

–¡Bien! – murmuré yo, inapropiadamente-. ¡Qué emocionante!

–¿Te puedes imaginar -exclamó Sandra, con acento de tragedia- lo que será de todos nosotros entre marzo y junio? ¿Puedes suponer las rencillas, las rivalidades, las comisiones de planeamiento y las comisiones de recepción y festejos, toda la degradante y horrible competencia por escalar posiciones? Será una pesadilla.

–¿Qué ganas con excitarte a ti misma de este modo? – dije, tratando de echar aceite sobre las aguas-. Supongo que buena parte de ello será muy entretenido, y de cualquier manera, será estupendo para la isla. Los samolanos se sentirán orgullosísimos y emocionados.

–Ya lo sé -dijo Sandra-. "Sé" que será estupendo para la isla, y para los queridos samolanos. Sé que es magnífico para Jorge el hecho de que todo esto suceda durante su mandato como Gobernador. Sé que la industria del turismo florecerá como nunca, a raíz de esto, y que será maravilloso para los hoteles todos, y las artes y oficios autóctonos, y para todos los estudiantes de la Universidad, y los niños exploradores y la Federación Femenina. Pero hay una criatura solitaria y temblorosa para la cual no será tan estupendo: la desdichada esposa del Gobernador, sobre cuyos frágiles y agobiados hombros caerá el peso aplastante de todo este ajetreo.

–Alégrate, querida -dije-, disfrutarás de cada minuto de la visita, mandarás a todo el mundo de aquí para allá y lo pasarás magníficamente.

–Tenía la esperanza -repuso Sandra- de que me comprenderías y te condolerías conmigo, de que estarías a mi lado en la hora de la tribulación; pero ahora veo que esas esperanzas estaban construidas sobre arena. Ya veo en tus ojos un brillo de horrendo snobismo real suburbano. Probablemente, tú serás la peor de toda la colonia, y te pasarás el tiempo correteando detrás de ellos, subiendo y bajando como un corcho.

–Es inútil que me eches en cara ser una snob real -repliqué-. Es consecuencia de mi educación, y ya es demasiado tarde para cambiarme. Ya siento bullir en mí una agradabilísima emoción sentimental de colegiala.

Hasta proyecté -mientras tú te lamentabas y gemías- un precioso vestido de noche nuevo, y pensé si habría tiempo suficiente para que Juana sacara mi tiara del Banco de Barclay y me la remitiese. La verdad es que se trata de una alhajita bastante tristona, herencia de mi tía Cordelia, pero tiene cierta distinción pretenciosa.

Sandra suspiró.

–Me parece que, después de todo, tomaré un poco de té.

Toqué la campanilla para que Tahali trajese té. La esposa del Gobernador se había tendido otra vez largo a largo, cerrando los ojos: de vez en cuando bajaba el pie izquierdo y sacudía la mecedora, y en cada una de esas ocasiones, el mueble gemía quejumbroso y yo me preguntaba si habría aceite en la casa y si sería posible hacerlo llegar a las bisagras sin ensuciar la funda. Nunca he servido ¡pobre de mí! para realizar esas útiles tareas domésticas que son esenciales para el buen funcionamiento da una mansión hospitalaria, y en mi hospitalaria casa siempre hay algo que anda mal por alguna parte. En este mismo momento, mientras escribo, hay dos argollas rotas en la cortina del baño de Robin y hace semanas que me he propuesto hacerlas arreglar, y el asiento del inodoro de la planta baja no se queda levantado cuando uno quiere que lo esté. Esto, naturalmente, no afecta a las señoras que vienen de visita; pero es incómodo para los caballeros, que se ven obligados a tomar una postura forzada, de costado, y a sostenerlo con una rodilla.

Parece que nada se puede hacer sin antes desintegrar el todo y descomponerlo en sus partes constitutivas, lo cual significa mandar llamar al señor Pana-Oti, el plomero, cosa que me hace temblar. Pero, ante la inminencia del Gran Acontecimiento, sería menester poner manos a la obra antes de junio. Y no porque yo anticipara que los reales visitantes pasarían mucho tiempo en el bañito del piso bajo; pero nunca se sabe lo que puede suceder, y a lo mejor, el príncipe Felipe pinchaba una goma mientras se dirigía al campo de golf, y alguien acertaba a decir: "Alteza, la plantación de los Craigie está a un tiro de piedra, y si Vuestra Alteza quisiera una bebida fresca, o lavarse y darse una cepillada, estoy seguro de que se sentirían honradísimos y encantados. Es muy buena gente, aunque "ella"

parece un poco desequilibrada…” Entonces se presentarían todos en casa, y yo oiría ese estruendo horrible y me sentiría mortificada todo el resto de mi vida.

Sandra, abriendo un ojo, me miró.

–Pareces estar en aprietos -dijo-. ¿En qué piensas?

–En el Duque de Edimburgo -repliqué.

–Podría habérmelo imaginado -dijo con fastidio, y cerró el ojo.

Tahali apareció con la bandeja del té, que depositó cuidadosamente sobre la mesita de fibra vegetal, mueble de fabricación nativa, muy bonito y lleno de color local, pero propenso a renquear. Después de dejarla, hizo una

elegantísima reverencia a Sandra y regresó a la casa. Tahali es un tesoro y la luz de mi existencia. Cuando Robin me trajo acá, después de nuestra boda, Tahali tenía dieciséis años y era una especie de chiquillo de los mandados y factótum de la casa. Un año después, como se destacaba por su eficacia, buen humor y gallardía, lo ascendimos a criado principal, y durante los dos últimos años ha sido mayordomo, camarero y chofer, todo en uno; dirige la casa y yo no podría pasar un solo día sin él. Es alto y bien parecido y, como la mayor parte de los samolanos, parece desprovisto -por dicha- de todo sentido de culpa. En su aldea natal, al otro extremo de la isla, tiene mujer y tres hijos, a quienes visita de mala gana un par de veces al año, y varias amistades íntimas y otros hijos aquí, en Pendarla, a quienes visita con mayor frecuencia. De vez en cuando, tiene un mal día y se emborracha con kala-kala; en tales ocasiones regresa a la madrugada, con paso vacilante, y aparece con el desayuno, abotagado, horrible y con aires de víctima.

En estas oportunidades, o bien Robin le da una filípica que lo hace prorrumpir en llanto, o yo le hago solemnes y razonables advertencias que terminan, por lo general, en alegres y francas risotadas. Ello se debe a que él sabe instintivamente que detrás de mis palabras no hay un solo ápice de convicción, y que en el fondo del corazón no me importa nada que se emborrache de vez en cuando, siempre que no lo haga con demasiada frecuencia, ni permita que perjudique su trabajo o moleste a los demás criados.

Comprendo que este laissez-faire mío ante las normas morales reconocidas no resulta muy adecuado para una matrona británica; no se me escapa tampoco que quien, profesando el cristianismo, vive en una isla que sólo en forma parcial ha sido rescatada de un paganismo regocijado, tiene el deber de destruir el mal dondequiera levante su horrorosa cabeza, y de dar ejemplo de rectitud a las razas menores que nos rodean. Pero yo no sirvo para esa clase de cosas, dado que tengo puntos de vista muy personales acerca de lo que es realmente malo y lo que no lo es.

Si sorprendiera a Tahalí tratando con crueldad a un niño, o torturando deliberadamente a un animal, lo echaría de casa a golpes, con mis propias manos; pero si de tanto en tanto se le antoja beber o meterse en cama con alguna de sus "amiguitas", no veo por qué razón de este mundo no lo haría.

Es joven, gallardo, lleno de vitalidad, y pienso que se tendría por tonto si no aprovechase cuantas oportunidades de distracción se le presentan.

Claro está que, si mostrara señales de entregarse a la bebida en forma grave y de convertirse en un ebrio perdido, haría cuanto estuviese en mi poder para impedírselo, porque la bebida estropearía su gallarda estampa y le quitaría todo su encanto, volviéndolo tonto e inútil para sí mismo y para todos los demás. Pero no hay mayores probabilidades de que tal cosa suceda, porque es muy raro que los samolanos se conviertan en alcoholistas; la verdad es que no hacen nada con exceso, como nosotros, en nuestro superior nivel de occidentales; supongo que se debe a que ellos no son -como nosotros- neuróticos. En Samolo no hay tomadores de drogas, ni ninfomaníacas, ni dipsomaníacos, ni asesinos patológicos de origen sexual.

Hay, sí, mucha vida sexual que se desarrolla ininterrumpidamente, tanto en unos como en otras, pero ocurren escasísimos crímenes de tipo sexual.

Sabemos que, en Inglaterra, no hay muchacha que pueda atravesar el prado comunal de Wandsworth después del anochecer sin "ser molestada", mientras que aquí podría corretear todo a lo largo y a lo ancho de la isla a su placer sin que le sucediese cosa más grave que atracarse de guayabas y mangos ofrecidos por los hospitalarios aldeanos, y sufrir una buena indigestión.

Sandra se sentó en la mecedora y se arregló el pelo con unos golpecitos.

–Tienes que hacer algo para que no cruja -dijo-. Estos chirridos son ensordecedores.

–Lo sé; hace meses que me vuelven loca.

–Necesita aceite.

–Bien sé que lo necesita. Siempre tengo la intención de dar orden de que lo hagan, pero nunca me llega el momento.

–Si tienes una alcuza en casa, te lo haré en un par de minutos.

–No harás semejante cosa -dije-. Te pringarás de arriba abajo, te ensuciarás el vestido, y de cualquier manera, no hace falta que me deslumbres con tus habilidades de niña exploradora. Tú eras peor que yo, cuando estábamos en el ejército.

–¡Por cierto que no! – repuso, untando de manteca un bolo de cassava y coronándolo con una cucharada de dulce-. Un día, cambié la cubierta del auto en diez minutos, en el atajo de Esher, bajo una lluvia torrencial. El viejo a quien conducía en el coche quedó muy impresionado.

–¿No se ofreció a ayudarte?

–Claro está que sí, pero no se lo permití. Era decrépito, de cualquier modo, y relucía de condecoraciones, y hubiera sido vergonzoso que alguien, al pasar, lo hubiera visto junto a mí, en la calzada, calado hasta los huesos.

También podía haberle dado un ataque cardíaco.

–¿Y qué hacía, resplandeciendo de condecoraciones, en el atajo de Esher?

–No sé -Sandra lanzó una mirada distraída, por encima de la quebrada, a las colinas del otro lado; a la luz declinante de la tarde, las hojas de los bananos parecían de un brillante azul verdoso-. Lo había recogido en Portsmouth, y lo tuve que llevar al Dorchester, donde había no sé qué reunión. Oye, ¿han pulverizado esos bananos últimamente, o les pasa algo?

Me parecen extrañamente azules.

–Pulverizados -dije-. Todo ese sector fue tratado esta mañana. ¿No es verdad que sería magnífico pintarlos? Solo que nadie lo creería.

–No creo que eso tenga importancia. Mira a Gaugttin, con todas esas montañas rosas, y esas mujeres pardas, de piernas cortas y sin huesos.

Nadie creería, ni por un minuto, en tales cosas. ¡Dios mío! – suspiró, y empezó a calzarse-. Me tengo que ir a casa, y no poseo el menor deseo de hacerlo, porque aquí es todo tan hermoso y tranquilo, a pesar de los espantosos chirridos. Jura que no dirás una sola palabra a nadie sobre la Gran Noticia. Mejor será que mañana vengas a almorzar, así después vamos a mi saloncito y empezamos a preparar listas.

–¿Qué clase de listas?

–Toda clase de listas -dijo con decisión, poniéndose en pie-. No creo que mañana venga a almorzar nadie particularmente insufrible. Al menos, te salvarás de Cucú, porque no pienso invitarla a nada durante dos semanas, para darle una buena lección, y lo más horrible de todo es que lo sentirá de veras. ¿No te parece extraordinario? Si fuese ella, me sentiría aliviadísima -

atravesamos la casa, para salir a la galería delantera-. Le encantan las cosas oficiales -prosiguió Sandra-. Se envuelve en ellas como en un abrigo de piel, y se arropa mimosamente. ¿Te imaginas lo que será cuando al pobre Eduardo lo nombren por fin Gobernador de esto o de aquello? Y supongo que, tarde o temprano, ocurrirá. Ella se convertirá en un demonio encarnado, ofenderá a la gente a diestra y siniestra, y dejará exhaustos a todos los empleados de la gobernación, con las mejores intenciones. Tengo entendido que buena parte de esa anémica folie de grandeur proviene de