Rasputin y el ocaso de un imperio

Michael Prawdin · Capítulo 1 de 101

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Michael Prawdin

Rasputin y el ocaso de un

imperio

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CAPÍTULO PRIMERO

EL ENFERMO DE TIUME

PERO qué hace usted, Grigori Yefimovich…? ¡Estése quieto, haga el favor! Rasputín mira con asombro a la joven enfermera. Lentamente se iluminan sus ojos; va recobrando la lucidez.

–¡Pero si no hago nada! ¡Nunca he estado tan quieto! – responde con voz cavernosa.

–¿A eso le llama usted estar quieto? ¡Se ha excitado de tal modo, que daba miedo verle! ¡Poco ha faltado para que saltara de la cama! ¡Y entonces habríamos visto!

Rasputín vuelve hacia ella el rostro, pálido y enflaquecido. Lleva varias semanas enfermo.

–¿Eso iba a hacer? No; lo que pasa es que tú te has dormido y estabas soñando. ¡Confiésalo! – dice sonriendo. Pero en seguida vuelve a su seriedad-. Tal vez haya intentado levantarme…

Calla y medita.

–Sí, algo me ocurría… Tenía que irme inmediatamente… Muy lejos… -

murmura-. No harán nada sin mí. Si no estoy allí -grita de pronto, y sus manos se crispan convulsivamente, estrujando la colcha-, te aseguro que ocurrirá una desgracia. ¡Una gran desgracia! Lo sé.

De pronto, la mirada de sus ojos azules se clava, penetrante, en el rostro de la enfermera. Ella la siente como una puñalada. Dos chispas centellean bajo las pobladas cejas, apresan la mirada de la joven y se clavan en su cerebro, paralizándola enteramente.

¡Di la verdad! ¡Júramelo!;Has mandado el telegrama a Mamá[1]?

–Naturalmente, Grigori Yefimovich. – ¿De veras?

–De veras, Grigori Yefimovich… «Una puerca cualquiera me ha clavado un cuchillo en el vientre.»

Su mirada se suaviza.

–Eres una buena chica; te creo. – Y continúa pensativo-: No se atreverán a interceptar un telegrama dirigido a la Zarina… Por fortuna, los doctores estaban allí. Me han cosido y remendado… -Levanta el rostro. En él se refleja una profunda serenidad.

La extraña crisis había pasado y la enfermera respiró aliviada. Había oído hablar mucho de Grischka Rasputín, pero nunca había podido formarse de él una imagen clara. Sabía que era un campesino dotado de una fuerza increíble, y un ladrón de caballos, que pertenecía a la secta licenciosa de los

Chlysten[2], que había ido en peregrinación al Santo Sepulcro y que su

devoción y sus profecías alcanzaron tal fama que incluso el Zar y la Zarina

creían ciegamente en él, hasta el punto de no nombrar ningún ministro sin

su consentimiento. Las opiniones de los rusos sobre este hombre eran muy

contradictorias. Ella, a pesar de haber estado cuidándolo tanto tiempo, aún

no veía en su interior con claridad; por el contrario, cada vez le parecía más

desconcertante. Al principio, cuando lo trajeron y se supo que una mujer lo

había herido en Pokrovskoie, su pueblo natal, su aspecto le produjo una

decepción. No vio más que un campesino feo, con una nariz grande, de

anchas aletas y marcada por la viruela; una barba erizada que dejaba al

descubierto una boca carnosa y sensual, una barbilla puntiaguda y un rostro

inquieto y nervioso. Después llegaron a la pequeña ciudad siberiana

doctores famosos, y también periódicos donde se proclamaba con alegría

que aquel farsante, aquella escoria de la sociedad, estaba a las puertas de la

muerte.

Pero no murió. Semana tras semana luchó entre la vida y la muerte. La

enfermera sabía muy bien que aquel hombre no era ningún starez[3],

ningún hombre que hubiera renunciado a los goces terrenales y pudiese por

esta razón esperar del cielo una ayuda milagrosa. Los días en que el

enfermo se encontraba mejor, la joven sentía sus ojos sobre ella y percibía

el gesto sinuoso de su boca. Sabía que la joven no podría resistir apenas él

tendiera la mano hacia ella. Pero no por amor, sino por miedo, por el horror

que le causaba aquel rostro macilento, por temor a aquella mirada que la

paralizaba… Y, a pesar de todo, ansiaba este momento con todo su ser.

Después volvía a ser como un niño. Estaba tranquilo, contento; se reía de todo, cualquier cosa le causaba una ingenua alegría: un rayo de sol, una araña sobre la cama… Entonces no tenía uno más remedio que ser cariñoso con él.

–Que Dios la perdone! No sabía lo que hacía -murmuró.

Estaba sereno, despierto, con una sonrisa en los pálidos labios-. La muy cochina…! Pero lo hizo bien. Yo corría detrás del cartero que me había traído un telegrama de Mamá; quería darle un mensaje para ella. Entonces me cierra el paso ese engendro de Satán y me pide una limosna en tono lastimero… Yo me paro y me llevo la mano al bolsillo. Entonces la vieja se me echa encima y, antes de que pueda darme cuenta, la condenada me hunde el cuchillo en el vientre. ¡Y todavía empieza a gritar y escandalizar diciendo que yo he ofendido al Anticristo…! ¡Bestia…! – Y continúa, como hablando consigo mismo-: Pero yo la perdono. Sí, la perdono, porque todo esto es obra de Iliodor. No puede soportar que yo lo haya desbancado.

Renegó contra los gobernadores, contra los funcionarios de la policía, contra los sabios y contra los judíos. Se creía el dueño del mundo… Yo, en cambio, llegué con mis rezos, puse estas manos de campesino sobre el Zarevich y lo que no pudo la ciencia de los sabios lo pudo mi fuerza. Ellos decían: «Morirá.» Y yo dije: «Vivirá.» Y esto representa para una Zarina exactamente lo mismo que para la última aldeana: su hijo es para ella más que toda la santa Rusia. Desde entonces, Iliodor no es nada y yo lo soy todo.

Sonrió de nuevo. Su rostro irradiaba satisfacción.

La enfermera, como todo el mundo en Rusia, había oído hablar mucho de Iliodor, el monje milagroso de Zaryzin; de sus sermones sobre la penitencia y el odio. Cuando se hallaba en la cima de su fama, apareció Rasputín y durante algún tiempo se citaron los dos nombres juntos.

–¿No eran ustedes amigos? – preguntó la enfermera.

–Sí, lo fuimos hasta que él comenzó a sentir envidia. Estaba celoso de mi fuerza y se puso tan furioso contra mí, que tuvieron que desterrarlo. Pero

¿crees tú que esto le hizo entrar en razón? No. El diablo le tiene bien cogido entre sus garras;-y al decir esto apretaba los puños-. Se escapó del

monasterio donde estaba recluido, me robó las cartas de la Madrecita[4] y

luego me envió esta vieja para que me asesinara.

Rasputín movía la cabeza con un gesto de pesar por la maldad de su antiguo amigo.

–Pero yo la perdono. No quiero que la juzguen. Luego, inmediatamente, vienen los periodistas, meten las narices en todas partes, sacan a relucir viejas historias… ¡Ah, hay tanta gente mala en el mundo…! Oye… ¡Que la encierren en un manicomio! ¡Diles que tienen que encerrarla en un manicomio! ¡Diles que yo lo he ordenado!

Fatigado, cerró los ojos. Respiraba tranquila y regularmente. Pero de súbito, un temblor nervioso recorrió su cuerpo y sus ojos se abrieron desmesuradamente.

–¿Qué me ocurría? ¿Por qué quería levantarme? – preguntó de pronto cambiando por completo de tono.

Luego pareció haber encontrado un recuerdo que buscaba en su mente.

–¡Déjame el periódico! – ordenó, impaciente y desazonado-. ¡Tráeme en seguida un periódico…, todos los periódicos que puedas encontrar!

En el hospital provincial de Tiume, los periódicos eran un verdadero lujo. La enfermera tuvo que recorrer toda la casa para conseguir que un médico joven le prestara algunos periódicos de San Petersburgo.

Cuando volvió a la habitación del enfermo, abrió la puerta cautelosamente, para no hacer ruido, y se sobresaltó al ver a Rasputín tendido en el lecho con los ojos cerrados, inmóvil, demasiado rígido para estar durmiendo. Corrió hacia él y oyó que murmuraba:

–¡Ya voy! ¡Ya voy!

¿La habría oído entrar? De nuevo sintió sobre ella aquella mirada escrutadora y desconfiada. Luego su rostro se contrajo en una risa sarcástica.

–¡Ya estoy aquí! – dijo, saludándola con una inclinación de cabeza-.

Estoy aquí aunque le sepa mal a la mala gente. ¿Tienes algún periódico…?

Bien, siéntate y lee. ¡Lee en voz alta! – repitió impaciente.

La enfermera abrió el periódico y se apresuró a leer para eludir su mirada.

–«Fiestas en honor del Presidente de Francia… Encuentro en alta mar del acorazado La France con el yate de Sus Majestades, Alexandria…»

–¡Tonterías! – interrumpió Rasputín-. ¡No leas esas estupideces! Llenan páginas y más páginas. ¿Qué busca ese presidente en nuestra Rusia?

Deberían echar a ese republicano en vez de recibirlo con palmas. ¡Nos ha

enviado un Paléologue[5] que espía por todas partes, y ahora viene él en

persona…! A ver, mira si se marcha pronto.

La enfermera continuó hojeando el periódico.

–«Recepción en Peterhof… Parada militar en Zarskoie Selo…

Representación de ballet…» ¡Ahora! «Banquete de despedida a bordo del acorazado La France…»

–Gracias a Dios! – murmuró Rasputín-. Pobre Madrecita, lo que habrá tenido que soportar. Para ella, estas recepciones son un suplicio… ¿Qué más dicen los periódicos? ¿Es que no saben dar otras noticias? ¿Qué lees con tanto interés? ¡Léelo en voz alta!

–«Austria envía un ultimátum a Servia.»

–Les está muy bien empleado -dijo Rasputín-. ¿Por qué han asesinado al heredero? ¡No se debe matar! Es un gran pecado destruir la vida de un hombre. Dios se la ha dado; cuando el tiempo que Él le ha destinado toque a su fin, ya morirá… ¿Es ése el último periódico?

La enfermera desdobló otro.

Aquí queda todavía uno, el de ayer. – Y fue leyendo los titulares-:

«Estado de sitio en San Petersburgo y Moscú. Las tropas se han retirado de Zarskoie Selo a sus respectivos cuarteles. Se ordena a los gobernadores de Kiev, Odesa, Kazan y Moscú que tomen las medidas necesarias para llevar a cabo la movilización general…»

–¡Eso, eso era lo que yo presentía! – exclamó Rasputín-. ¡Ésa era la desgracia! ¡Ésa era la desgracia…! ¡Ah, si yo pudiese estar allí…! ¡Tengo que ir en seguida…!

La enfermera soltó el periódico y se precipitó sobre la cama.

–¡Grigori Yefimovich! ¿Qué va a hacer? ¿Quiere usted morir…?

¡Acuéstese y estése quieto…! ¡No puede marcharse en este estado!

Rasputín forcejeaba.

–¡Tengo que marcharme! ¡Tengo que marcharme…!

Al fin, la enfermera consiguió meterlo en la cama. Estaba enojadísima.