Respóndeme

Susanna Tamaro · Capítulo 1 de 5

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Respóndeme

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Susanna Tamaro

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Susanna Tamaro

Respóndeme

Traducción del italiano por

Justo Navarro

Diseño original de la colección:

Josep Bagà Associats

Título original:

Rispondimi

Primera edición: enero 2002

© 2001, Susanna Tamaro

www.susannatamaro.it

© Editorial Seix Barral, S. A., 2002

Provenza, 260 – 08008 Barcelona

© Traducción: Justo Navarro

ISBN: 84-322-1892-8

Depósito legal: M. 407 – 2002

Impreso en España

Permaneced en mi amor

San Juan, 15, 9

ÍNDICE

RESPÓNDEME

EL INFIERNO NO EXISTE

EL BOSQUE EN LLAMAS

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RESPÓNDEME

I

En el fondo sólo quedaba la Navidad del año pasado, las últimas vacaciones que pasé en casa de mis tíos. Hacía frío y el pueblo se hundía en la niebla. La vida allí era aburrida como siempre, nadie llamaba por teléfono, nadie venía a buscarme. Mi tío se dormía frente a los ballets de la televisión, mi tía hacía grandes colchas de croché. En la penumbra el árbol de plástico parpadeaba como un semáforo roto.

Incluso a mediodía la niebla envolvía la casa como un sudario. Cada media hora me acercaba a la ventana para ver si salía el sol. Nunca se veía nada.

De noche soñaba que tenía brazos larguísimos, tan largos que llegaban hasta el cielo. Llegaban al cielo y cogían las nubes, las apartaban una tras otra como si fueran las cortinas del cine. ¿Hay sol o no?, me preguntaba con rabia. Lo encontraba por fin, su rayo luminoso me golpeaba en mitad de la frente. Sólo me golpeaba a mí y a nadie más, porque lo había buscado yo, lo había sacado de su madriguera con mis brazos desmesurados, con mi voluntad.

En fin de año fui a la leñera y me emborraché. De fuera llegaba, intermitente, el ruido de los coches. Todos corrían en la niebla. ¿Adónde iban? Quizá, de tristeza, a matarse antes del banquete. La leña olía a moho, y brillaba, mojada como la de un galeón hundido. Estoy en el vientre de la ballena, pensaba, mientras todo me daba vueltas. Me ha tragado y no puedo liberarme. Estoy prisionera en lo más hondo de un castillo, o quizá ya estoy en el más allá y ésta es mi tumba. Se pudre la leña y se pudren ya mis huesos. Si ésta es la tumba, ¿dónde está la ultratumba? En algún momento se tendría que abrir una rendija, por algún sitio entraría la Luz. O se desatarían las llamas.

¿Debía creer? ¿Volver a caer en la trampa y creer de nuevo?

En algún sitio debía estar mi madre. Quizá ya estaba en el infierno, y por eso yo no podía verla. O quizá no había nada, nada de nada. Después de un año sólo había gusanos y después de dos, polvo.

«Reza un poco por mamá y por las almas del purgatorio», me decían cada tarde las monjas, cuando estaba en el colegio. Yo obedecía, con las manos juntas y los ojos hacia lo alto. Esperaba que, de un momento a otro, apareciera mamá, una ráfaga de luz y viento. La reconocería por el calor, por el pequeño tornado de tibieza que surgiría del estómago. El amor, me diría, la ha hecho volver del mundo de los muertos.

Rezaba y rezaba, pero lo único que continuaba encendiéndose y apagándose era una bombilla defectuosa.

¿Existía de verdad el amor? ¿Y en qué forma se manifestaba?

Cuanto más pasaba el tiempo, menos lo entendía. Era una palabra, una palabra como mesa, ventana, lámpara. ¿O era otra cosa? ¿Y cuántos tipos de amor existían?

De pequeña había creído en él, como se cree en la existencia de los duendes. Pero un día miré en las hendiduras de los troncos, bajo el sombrerillo de las setas. No había duendes ni hadas, sólo musgo, líquenes, un poco de mantillo y algún insecto.

En lugar de besarse, los insectos se devoraban entre sí.

Mi madre murió cuando yo no había cumplido los ocho años. Un accidente de coche mientras yo estaba en el colegio. Recuerdo bien aquel día. La maestra me llevó al despacho de la directora. Una tenía un brazo en mi hombro, otra movía los labios: «Ha sucedido algo terrible…»

Yo me quedé quieta, sin llorar. Quién sabe si en alguna parte volveré a

encontrar su perfume, pensé.

¿Por qué los rostros desaparecen con el tiempo y los olores no? ¿Cómo era su perfume, qué contenía? Seguro que agua de colonia barata, mezclada con el olor de su piel y el de jabón y talco. Mi madre siempre estaba lavándose.

En mis primeros siete años siempre estuvimos juntas. Vivíamos en un pequeño apartamento. Era alegre, vistosa, de buen color. Se iba al trabajo después de haberme acostado y, al despertar, volvía a encontrarla de pie junto a la cama. Se me echaba encima, riendo: «Se aproxima una lluvia de besos…»

Así era y así, pensaba yo, sería siempre.

Aún no sabía que nuestros nombres no estaban esculpidos en piedra, sino sólo trazados sobre una pizarra. De vez en cuando, alguien pasaba el borrador y una salía de la lista. ¿Lo pasaba con voluntad precisa? ¿Lo pasaba por distracción? ¿Era precisamente aquél el nombre que quería borrar, o quizá era el de arriba, o el de abajo?

Sobre la puerta de la cocina habíamos colgado una estampa de Jesús.

Siempre había, debajo, una lucecita encendida. Aunque no quemaba, se movía como una llama. Jesús tenía el corazón en la mano, pero no me impresionaba, porque, en vez de descomponerse y gritar de dolor, estaba bien peinado, con las mejillas sonrosadas y sonreía sin ningún temor.

«¿Quién es ese señor?», pregunté la primera vez que lo vi. «Es un amigo», respondió mamá, «un amigo que te quiere». «¿A ti también te quiere?»

«Claro. Quiere a todos.»

El olor de aquel día, el día de la muerte, para mí es desde entonces el del pan recién hecho. De la silla de la directora colgaba la bolsa de una panadería. De allí salía el perfume e invadía toda la habitación.

En el alféizar de la ventana una batata agonizaba en un vaso de agua sucia.

La «cosa terrible» era la muerte.

«Quiero ir donde está», dije.

«Lo siento. Ya no es posible.»

En los días siguientes se superpusieron un número casi infinito de olores. El olor del hospital, un olor que no había conocido hasta entonces, pero feo, el olor de la tierra removida y de las flores que han envejecido, el olor de sus amigas, la Pina, la Giulia y la Cinzia, que me habían abrazado tantas veces, el olor de la sotana del viejo cura que tenía prisa y hablaba rápido, el olor de un bocadillo de mortadela que alguno se estaba comiendo cerca, el olor a pino del aparador que teníamos en la cocina.

Ahora era ella la que estaba encerrada en aquel aparador largo y estrecho.

Sus amigas lloraban y se sonaban la nariz. La señora que me había acompañado me cogía fuerte como si temiera que volara al cielo.

«¿Yo también tengo que llorar?», le pregunté. Movió la cabeza adelante y atrás, como diciendo «Sí». Me esforcé en llorar, pero con poco éxito. Tenía un único pensamiento en la cabeza. ¿Adónde va una persona cuando ya no está en ninguna parte?

Al día siguiente empecé a pedirle a Jesús que me dejara ciega. En el colegio me habían contado que había curado a muchos ciegos, escupiendo sobre sus párpados. Si había hecho eso, pensaba, también podría hacer lo contrario.

Dicen que también ciertos animales son capaces de hacerlo: te escupen un líquido en los ojos y te hundes en el mundo de las sombras.

Esto era lo que yo quería con todas mis fuerzas. Llegar al mundo donde no hay nada, ni casas ni calles m coches ni caras ni mañanas ni tardes. Sólo la noche. Una noche en alta mar, con el cielo cubierto, sin estrellas ni lunas ni faros en el horizonte.

Por lo general los ciegos saben dónde ir con el tacto. Yo hubiera sido una ciega distinta: me habría movido por el olfato. Sentiría el olor del semáforo

rojo y el del verde, el olor de la lluvia y ese olor, más intenso, que precede a la nieve. Hubiera sentido el olor de las personas antipáticas y el de las simpáticas, el olor de aquellas de las que podía fiarme y el de esas a las que había que morder antes de que se acercaran demasiado.

Le había pedido a Jesús que me llevara a la sombra porque estaba convencida de que allí se escondía mi madre. Dando vueltas por las tinieblas, arriba y abajo, antes o después olfatearía un rastro, y el rastro me llevaría hasta ella, a la turbulencia tempestuosa de sus besos.

Olor a desinfectante, olor a menestra de verduras, a cebolla, a puerro, olor a cerrado, a polvo, a faldas sucias, olor a pipí en la cama y a jabón barato, olor a humedad, olor a incienso. En el mapa de estos olores, no reconocía ni uno mío.

En el colegio había una monja que siempre me cogía del brazo. Quería consolarme, pero me daba miedo.

¿Tenía que acostumbrarme a aquel nuevo olor de mi vida?

Todavía no estaba ciega, pero había aprendido a hacer un juego con los ojos. Cuando alguien se me ponía delante, imaginaba ser un caracol: proyectaba hacia adelante y hacia atrás los ojos hasta que todo se volvía opaco.

Sólo por la tarde me ponía contenta, cuando todas estábamos en pijama junto a la cama y la monja decía: «Juntemos las manitas y recemos a Jesús.»

Jesús me había seguido de una vida a la otra y, puesto que era mi amigo y me quería, era algo bueno. Así, con las manos juntas, repetía dentro de mí:

«Por favor, ya que me quieres y quieres a mamá, haz que vuelva conmigo para siempre.»

Pero el Jesús del dormitorio era distinto del de la cocina. En vez de sonreír con el corazón en la mano, estaba clavado en una cruz, sucio, casi desnudo

y con los ojos cerrados. Allí estaba, con su dolor, y no miraba a nadie.

Entretanto buscaban a mis parientes. Nunca había habido un padre. Mamá no tenía hermanos ni hermanas. Sus padres habían muerto hacía tiempo.

«Qué suerte», me dijo un día la de la cama de al lado, «al final te adoptarán».

Así, con el paso de las semanas, también aquél se había convertido en mi sueño. No quería otra mamá, pero me gustaría tener por fin un papá y una casa con una habitación sólo para mí, con mis juguetes y mis olores.

Un día llegó una asistente social. Tenía las mejillas rojas y un abrigo verde botella muy gastado. «Tienes suerte», exclamó con alegría. «Hoy hacemos las maletas y mañana te vas a casa de tus tíos. El tío Luciano es el hermano de tu abuelo. Está casado, pero no tiene hijos. Pasarás con ellos las vacaciones de Navidad y el verano. ¿Estás contenta?»

No dije ni sí ni no. Me quedé quieta, con los ojos de caracol que se proyectaban adelante y atrás.

A la mañana siguiente llegó mi tío a recogerme. Sus zapatos crujían mientras atravesaba el gran pórtico. En vez de darme un beso me tendió la mano: «Encantado. Soy Luciano.»

Su coche tenía los asientos de plástico rojo, muy limpios. Atrás había dos cojines de punto llenos de encajes y bordados. En cada curva oscilaban como medusas gigantes. Guardábamos silencio.

«Ahora conocerás a tu tía Elide», me dijo poco antes de llegar a la granja.

Mi tía parecía esculpida en madera. Mejillas rojas y duras y una nariz muy grande. Me dio dos besos como mordiscos, diciendo: «Bienvenida.»

Por la tarde la ayudé a limpiar el pollo. Al día siguiente preparamos los bizcochos para Navidad. Hablaba poco. «Pásame eso, coge aquello.»

Yo tenía un cuarto en el piso de arriba, con una cama grande y fría. Había una mesa, un armario y el suelo de baldosas. Desde la ventana se veía el escaléxtric de la carretera comarcal. Vuom, vuom, hacían los coches; grrrrn, los camiones.

A menudo había niebla. En esos días los grandes Tir parecían mamuts.

Emergían de la nada, como fantasmas, y por la nada volvían a ser tragados.

Aquella Navidad, bajo el árbol de plástico con las luces parpadeantes, encontré un paquete. Y, dentro del paquete, una caja. Dentro de la caja, una camisa blanca.

«¿Te gusta?», preguntó la tía Elide.

«Sí», respondí.

En realidad, la camisa blanca no me importaba en absoluto. Lo único que me hubiera gustado de verdad era un osito con quien compartir la cama. Mi osito de siempre había terminado en el mundo de la sombra, con todo lo demás.

Aquella Navidad recibí una camisa blanca, y he recibido una camisa blanca casi todas las Navidades siguientes. Una camisa cada vez más cerrada, cada vez más casta.

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II

En el colegio siempre estaba sola. De vez en cuando alguna monja me llevaba aparte y me decía: «No es bueno aislarse, que luego vienen las penas.» Entonces, para contentarla, buscaba compañía, me metía en el grupo pero nadie me echaba la pelota. Me quedaba un rato, mano sobre mano, y después volvía a retirarme a un banco con mis pensamientos.

Hay buenos pensamientos y malos pensamientos, repetían las monjas a menudo. ¿Cuáles eran los pensamientos buenos y cuáles los malos? ¿Cómo se podían distinguir unos de otros? Los pensamientos no tienen olor y eso hace todo más difícil.

Yo andaba por los senderos del jardín y pensaba. Si Dios fuese verdaderamente amable, también les habría dado un perfume, así sería posible distinguirlos desde que se forman en la mente. Una cosa es acercarse a una rosa; y otra, a una prímula. La primera te aturde con su olor, de la otra ni te das cuenta. Del mismo modo, los pensamientos malos deberían tener un olor fuerte, desagradable, a caca o a pescado podrido, por ejemplo, y los buenos, por el contrario, un perfume suave, amable, olor a vainilla o chocolate. Así el mundo sería más simple. Nadie podría esconderse detrás de las palabras porque de repente todos sentirían el hedor o el perfume. Quien piensa mal o tiene malas intenciones, sería descubierto antes de abrir la boca.

Hacia los ocho años, en el catecismo, había descubierto la existencia del ángel de la guarda. Desde aquel día, cuando me preguntaban: «¿Por qué estás siempre sola?», respondía: «Está conmigo el ángel de la guarda, no estoy sola.»

«El ángel de Rosa está siempre con ella», bisbiseaban las monjas, mirándome desde lejos. «Dios te bendiga», murmuraba la vieja hermana

portera, cuando pasaba a mi lado. Así yo podía pensar en paz.

Había una cosa que me atormentaba desde hacía algún tiempo. Se refería a Jesús. Yo había hecho algunos cálculos. En el dormitorio éramos doce y cada una de nosotras, por la noche, le pedía algo. Había otros cuatro dormitorios, con peticiones parecidas y, además, estaban las monjas. Así que, sólo con nosotras, debía ocuparse de un montón de personas. Si además salía del colegio, el número aumentaba espantosamente. ¿Cómo se las arreglaba Jesús para acordarse de todas las peticiones y, sobre todo, para concederlas? Y, además, ¿estábamos realmente seguros de que las concediera? Mamá me decía que Jesús me quería y que también la quería a ella. Las monjas decían que quería a todos.

Pero ¿qué era el amor? No conseguía entenderlo. No era un olor ni una moneda para comprar las cosas. Las monjas hablaban del amor como si fuera el pegamento del mundo, pero cegaban las ventanas y leían las cartas por miedo a que el amor estallara. ¿De qué amor estaban hablando?

Cuanto más me lo preguntaba, menos conseguía entenderlo. Se lo pregunté a mi compañera de pupitre. «Es cuando un hombre y una mujer duermen desnudos, uno encima y la otra debajo.»

Los veranos con mis tíos eran interminables. Nadie venía a vernos. No hacíamos excursiones, salvo el 15 de agosto a un santuario mariano poco distante. El aire no se movía, la luz era deslumbrante, el calor fermentaba los excrementos. Pipí de conejo, caca de gallina. Sólo se podía pasear con la nariz tapada.

«Deberías acostumbrarte, señorita», me decía mi tía, con mala sombra. Un día, el gallinero, la conejera, la leñera y la casa serían mías. A esto se refería mi tía. Debía acostumbrarme porque aquélla sería mi vida, limpiar las gallinas, retorcerles el pescuezo, recoger los tomates, pelarlos, hervirlos, despellejar a los conejos y luego, por la tarde, sentarme delante de la casa, al anochecer, a mirar pasar como una exhalación los Tir por la carretera comarcal.

«Si no hubiera sido por nosotros», repetía a menudo.

Si no hubiera sido por vosotros, continuaba dentro de mí, a esta hora tendría una casa preciosa y un papá. O estaría en el mar con las monjas, de campamento. Asi que cualquier cosa sería mejor que quedarme allí, inhalando el plomo de los motores, el metano de la descomposición.

Incluso las personas en el verano huelen más. A treinta metros, con los ojos cerrados, hubiera distinguido entre mi tío y mi tía, el párroco y el cartero.

Con el calor los ruidos llegaban a ser terribles. Vrouum vroumm, los acelerones de los camiones en el escaléxtric. Bzzzzbzz, el zumbido de las moscas. Croac, croac, el croar de las ranas en una zanja poco distante. Y de noche, los mosquitos. Mosquitos de todas las dimensiones. En cuanto apagabas la luz, se te echaban encima, silbaban alrededor de las orejas, zssszss. Matarlos no servía de nada. Por cada muerto, diez salían de la nada.

En la cocina, mi tío había instalado una especie de lámpara que compró en una feria. En cuanto un insecto la rozaba, se carbonizaba. Sonaba un chichs, olía a pollo quemado. A cada muerte, mi tía gritaba: «¡Otro!», y repetía el número que hacía en la jornada.

Zsss, croac, vroumm, chichs, bzzzzbzz… ¿Con quién podía hablar yo? Las preguntas que acumulaba en la cabeza desde el invierno, en verano se me convertían en un sombrero estrecho.

A mi tía no le caía simpática, a mi tío le era indiferente. El cartero me regalaba siempre un caramelo y el párroco no me soportaba.

Lo supe desde la primera vez que lo vi. Olor a menestra, olor a bodega, olor a algo sucio. Tenía los ojos pequeños y oblicuos como los de un jabalí.

Cuando mi tía me presentó, se quedó inmóvil, mirándome como si hubiera visto un insecto. Ni me dio la mano ni me acarició. Sólo se tocó la nariz y dijo:

«Sí, la hija de la Marisa.»

Un día de agosto fui a verlo, de todas formas. Si don Firmato no sabía responderme, ¿quién iba a poder? Estaba echando una cabezada en la penumbra fresca, al fondo de la iglesia. Me senté a su lado, le tiré de una manga.

«Eres tú», refunfuñó.

«Quiero saber una cosa.»

«Dime.»

«¿Qué es el amor?»

Se volvió a mirarme: sus ojos eran lentos, acuosos.

«¿Cuántos años tienes?»

«Doce.»

«El amor es pecado.»

Entre todos los pecados, don Firmato prefería el de la carne, y por eso los otros niños lo llamaban entre ellos don Filete. No había domingo en que, después de rodeos más o menos largos, no acabara hablando de aquello. Si la lectura del día eran las bienaventuranzas, se las arreglaba como fuera para hablar de la perdición de los sentidos. Para don Firmato, un muro infranqueable dividía el mundo. Se estaba a uno u otro lado. Un lado era el infierno y otro el paraíso. Se nacía ya predispuesto. No había posibilidad de elección. Todo estaba decidido desde el principio.

Una vez, alguien escribió «Firmato = Cerdo» con pintura roja en los muros de la casa del cura. Al pasar por allí, se me escapó la risa.

Esa misma tarde, llegaron los carabineros y le hicieron un montón de preguntas a mi tía. La puerta de la casa ¿estaba abierta de noche, o no? ¿Se

podía salir por la ventana y volver sin que nadie se diera cuenta? Luego subieron a mi cuarto y miraron en el armario y debajo de la cama. Me miraron las manos y los antebrazos. Escudriñaron incluso debajo de mis uñas para ver si quedaba alguna huella de pintura.

«Mi sobrina», repetía mi tía siguiendo a los carabineros, «es una chica estupenda. Todos los domingos va a misa conmigo. Por la noche se acuesta temprano. Y además, sargento, si hubiera sido ella la habría matado con mis propias manos».

Los carabineros asentían, muy serios. Don Firmato debía estar absolutamente convencido de mi culpabilidad. Si hubiese dependido de él, yo ya hubiera ardido en las llamas del infierno. Mi tía me había defendido únicamente porque sabía que me era imposible salir de casa por la noche.

Cada tarde cerraba con llave todas las puertas y del segundo piso, donde yo dormía, no se podía bajar sin hacerse daño.

Pero al día siguiente tuve que unirme al grupo de fieles encargado de borrar la pintada de los muros de la casa del cura. Cuando pasó por mi lado, el párroco me dijo en un murmullo: «De tal madre, tal hija. Ella está en el infierno y tú estás ya en la sala de espera.»

Mi madre era puta. A los ocho años yo no lo sabía todavía: estaba convencida de que trabajaba de noche limpiando oficinas. Seguí creyéndolo hasta los once años. Entretanto el sueño de seguirla al mundo de las sombras había desaparecido. Las monjas habían llamado a un psicólogo para que me ayudara. El psicólogo vino al colegio. Hablamos en una habitación, solos los dos.

«Muerta», me dijo. «¿Puedes entender lo que significa? Significa que tu madre ya no está aquí, en la tierra, que nunca podrás abrir una puerta y verla. Ya no podrás tocarla ni abrazarla. Te tienes que acostumbrar a vivir con las cosas hermosas que recuerdes de ella.» Luego me acarició y continuó: «Si quieres llorar, llora.»

Todos querían que llorase, pero yo no tenía ganas. En vez de llorar me

preguntaba: ¿adónde va a parar la basura? También la basura es así. Un día la bolsa está en casa, en el rincón bajo el fregadero, y al día siguiente ya no está. Viene un camión grande y la devora. Después de pasar el camión, sólo queda el hedor en el aire.

La muerte no debía de ser algo muy distinto: salía y devoraba a las personas como a las bolsas dejando tras de sí una nube de mal olor. El mismo olor que cuando los Tir de la carretera comarcal atropellaban a un perro.

La verdad me la gritó a la cara tía Elide, una mañana. Por alguna razón, se había enfadado conmigo. En esas ocasiones, sus ojos se volvían de vidrio; su lengua, de metal. «Ya es hora de acabar con la farsa», gritó. Y luego desgranó la verdad como un rosario. «Tu madre no murió en un accidente, sino que la atropellaron mientras esperaba a los clientes en una curva de la circunvalación.»

«¿Qué vendía?», pregunté.

Mi tía me miró con aire de desafío. «¿No lo entiendes? Vendía su cuerpo.

Era una mujer que sólo sabía abrir las piernas.»

Desde aquel día, cada vez que hablaba de ella, tía Elide la llamaba así. La mujer que abría las piernas.

Lo aguanté más de un año. Luego, una mañana, en la cocina, en cuanto empezó a decir: «Sólo sabía…», la corté.

«¡También sabía abrir de par en par los brazos!», le grité.

Mi tía se puso palidísima.

«Desgraciada», murmuró, «con los sacrificios que hacemos por ti».

Entonces cogí un tizón de la chimenea con las tenazas y lo acerqué a las cortinas.

«Tócame y le prendo fuego a todo.»

Llegó mi tío en su socorro: «El fuego se apaga con agua», y me tiró a la cara el contenido de la jarra.

¿Empecé a odiarlos aquel día?

Creo que sí.

Me quedaba en mi cuarto y escribía mensajes. Os odio, quiero que os muráis, que os atropelle un coche, que os dé un ataque, una enfermedad terrible. A las palabras, añadía dibujos, y luego lo rompía todo, iba al baño y, antes de hacerlo desaparecer, descargaba encima mis cosas.

Pero, delante de ellos, fingía que no pasaba nada, me esforzaba en ser amable. Tenía miedo de las represalias. Mi tío siempre me amenazaba con encerrarme en la leñera porque estaba llena de ratones, arañas y serpientes.

Para vencer el miedo, empecé a ir sola a la leñera. Allí nadie me buscaba ni nadie me molestaba. Al poco tiempo, la leñera se había convertido en mi refugio preferido. Los seres humanos ya me daban más miedo que los ratones y las serpientes.

Una vez, mientras iba en bicicleta por un camino blanco, encontré a una señora con dos niños. Gritaba como una loca porque a pocos metros de ella había una bicha. Para demostrarle que no hacía daño, me bajé de la bicicleta, cogí por la cola a la bicha y se la puse delante de las narices.

«Ve», le dije, «basta cogerlas por la cola. No pueden revolverse». En lugar de darme las gracias, siguió gritando como una obsesa.

Al día siguiente, todo el pueblo decía que yo debía tener algo raro porque iba por ahí con serpientes en el bolsillo y les acariciaba el hocico, como se acaricia a los perros.

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III

A los trece años estaba más que harta de mis tíos. Sólo imaginarme sus voces y sus caras me ponía en un estado de profundo desagrado. Así, unos días antes de Navidad, decidí que ese año no iría a su casa. Pedí hablar con la directora y se lo dije.

«¿Por qué?», me preguntó mirándome directamente a los ojos.

«Porque no me gusta.»

«¿Hay algún problema?»

«Ninguno. Son viejos y me aburro. Sólo es eso.»

«Entonces lo siento, pero tienes que ir. El juzgado les ha concedido tu custodia. Y además estar solos el día de Navidad es distinto que estar solos cualquier otro día del año. Si te quedaras aquí, al final te arrepentirías.»

Toda la noche estuve pensando en escaparme, pero por la mañana hice lo mismo que todos los años. Cogí el autobús y me fui a la granja.

Los bizcochos ya estaban en el horno.

«¡Por fin has llegado!», gritó mi tía al verme entrar. «Cámbiate y limpia los conejos. Después ven aquí, que hay que desplumar el capón.»

Toda la antevíspera estuve haciendo lo que me mandaba.

Al anochecer empezó a caer una llovizna helada. Habíamos comido en silencio en la mesa de formica de la cocina, frente al televisor encendido.

Los cristales estaban cubiertos de vapor. En una gran olla hervía el pavo.

Era demasiado grande y, por arriba, sobresalían los muñones de las patas.

Lavé los platos y me fui a la cama. Las sábanas estaban heladas y el edredón parecía mojado. Vuom grnn vuom. De la ventana cerrada llegaba el ruido de los coches. Me sentía triste, esa tristeza reposada que precede al llanto. A los labios, por costumbre, me vino una oración pero me la tragué.

Era ya demasiado mayor para los ositos y ya no conseguía agarrarme a los rezos. ¿Cuál era entonces el antídoto de la tristeza? Quería llorar pero de los ojos no salía nada. Sentía mi cuerpo como si fuera de otra persona. Intenté abrazarme. Frío sobre frío. Un abrazo entre dos serpientes, entre dos trozos de chatarra. Ahora me tiro por la ventana, pensé. Probablemente no me moriré, pero por lo menos me rompo las piernas o la espina dorsal, paso la Navidad en el hospital y el resto de mi vida en una silla de ruedas. Y en aquel instante sentí el perfume de mamá. Encendí la luz. En el cuarto no había nadie. ¿De dónde venía? ¿Era de verdad o sólo lo había soñado? En el techo, encima de la cama, había aparecido una mancha de moho. Parecía el hocico de un oso o el de un mono con la boca abierta.

Del piso de arriba todavía llegaba el ruido de la televisión. Allí estaban los dos monolitos, en las butacas cubiertas de celofán antipolvo. Dos insectos secos. Dos momias apergaminadas. Mi tía mandaba y mi tío obedecía. «Sí, Elide. Muy bien, Elide. Tienes razón, Elide.»

La víspera de Navidad procuré pasarla tranquila. Mi tía decía algo y yo la obedecía inmediatamente. Hacía todo sin levantar la vista para que no pudiera leer mi interior. De vez en cuando iba a mi cuarto y lanzaba la almohada contra la pared, y luego hundía la cara en la almohada y gritaba en silencio.

Por la noche abriríamos los paquetes, nos intercambiaríamos besos de agradecimiento, devoraríamos el pavo frío frente a un espectáculo de variedades y mi tío se reiría por los chistes más idiotas, los más vulgares.

Me esperaba la sexta camisa blanca, pero recibí un par de guantes de lana azul con refuerzos de polipiel. También yo sorprendí a mis tíos. En vez del acostumbrado jarrón hecho con mis propias manos o de los agarradores de

croché, les regalé una pera y una manzana con un precioso lazo rojo. Todos los años, al abrir los regalos, mi tía repetía suspirando: «¡Qué maravillosa era la Navidad cuando el único regalo eran dos nueces y una naranja!» Así que le di gusto.

Luego nos sentamos a la mesa. Y, mientras mi tía se lamentaba de que los tortelloni no habían salido tan bien como los del año anterior y mi tío la tranquilizaba diciéndole que incluso quizá estuvieran más buenos, llamaron a la puerta. Mi tía estiró el cuello como un pavo.

«¿Quién será a esta hora y en un día como éste?»

Me levanté y fui a abrir. Era un negro con una bolsa inmensa. Vendía bragas y toallas. El blanco de sus ojos brillaba en la noche.

«¿Quieres comprar cosas bonitas?», me preguntó.

«Pasa», le dije, «es la cena de Navidad».

Mi tía se puso en pie de un salto: «¿Quién es?», gritó. «¿Cómo se te ocurre dejarlo entrar?»

«¿Es o no la cena de Navidad?», respondí.

«Lo es, pero no para él. Si fuera cristiano no andaría por ahí esta noche vendiendo sus porquerías.»

Mi tío se levantó y con una mano, débilmente, tocó la mano del negro.

«Gracias», dijo para demostrar su autoridad viril, «no necesitamos nada». Y

lo acompañó a la puerta.

«¿Has cerrado bien con llave?», le preguntó mi tía cuando volvió.

«Sí.»

Seguimos comiendo en silencio. En el vídeo, niños de todos los colores, amaestrados como monos de circo, cantaban villancicos tontos, y alrededor los adultos daban palmas con los ojos brillantes.

Golpeé la cuchara en el borde del plato.

Los monolitos levantaron los ojos.

«¿Y si hubiera sido Jesús?», dije.

Mi tía se levantó a recoger los platos. «No digas tonterías. Jesús no era negro. Y no iba por ahí vendiendo bragas.»

Cuando me pasó el plato con las tajadas de pavo guisado, pensé: parecen trozos de cadáver. Es más: son trozos de cadáver, y lo dejé.

«¿Cómo vas a saber que no te gusta si ni siquiera lo pruebas?»

En vez de mandarla al infierno, sólo dije: «No tengo más hambre.»

Con el tenedor pinchó una tajada y me la lanzó al plato. «Pues te lo comes igual.»

En ese momento sucedió una cosa extraña. Sentí que el corazón empezaba a hincharse. Parecía como si hubieran desatornillado una arteria y la hubieran sustituido por una bomba de bicicleta. El manómetro subía y el corazón se volvía más grande. ¿Qué pasaría si chocara contra el lado cortante de las costillas?

Así que abrí la boca.

«¿Por qué no hablamos del amor?»

«¿De qué amor?», preguntó inmediatamente Cuello de Pavo.

«No lo sé. Os lo pregunto. ¿Cuántos amores existen? ¿Dos? ¿Tres?

¿Cuatro? ¿Diez? ¿Mil? Puesto que os casasteis, por lo menos conoceréis uno, ¿no? Por eso se casa la gente, ¿no? O vosotros…»

Mi tío se levantó. Temblaba de la cabeza a los pies.

«¡Ten respeto o…!»

«¡Sólo he hecho una pregunta! No sé qué es el amor, dónde está. Ni siquiera sé si existe de verdad y cómo…»

Mi tía me interrumpió con una sonrisilla: «Deberías habérselo preguntado a tu madre. Era una verdadera especialista.»

En ese instante el corazón tocó las costillas y desordenó todo. Cogí la tajada de pavo con las manos, la tiré al suelo y la aplasté con el zapato. «Detesto la carne», grité. «¡La detesto!» Y salí cerrando la puerta con violencia.

Hacía frío y no había cogido la chaqueta. La bici de mi tía estaba apoyada en la pared. Salí y empecé a pedalear. No sabía adónde ir, sólo sentía una increíble fuerza en las piernas.

En el cielo había unas cuantas nubes y unas cuantas estrellas.

La ruedecilla de la dinamo hacía vrrr contra la llanta de la rueda, la luz del faro era débil, intermitente, casi no atravesaba la oscuridad de la noche.

Casi sin darme cuenta llegué a la estación. Faltaba poco para las diez y el bar estaba abierto todavía. Entré y dije: «Una grappa.»

Era la primera vez en mi vida que pedía algo distinto de un chocolate caliente.

El primer sorbo me dio tos, y el segundo. Al tercero sentí flojas las piernas.

En un rincón brillaban las luces de un flipper.

«¿A qué hora pasa el próximo tren?», pregunté.

«El último ya ha pasado», me respondió el hombre del mostrador, fregando vasos. «Y el próximo pasa mañana por la mañana.»

Tenía la cara grande y un gran bigote colgante. A lo mejor es mi padre, pensé. Mamá había llegado como yo a la estación, huía de algo y tenía miedo, estaba callada en un rincón y él, fingiendo consolarla, la había aplastado con su cuerpo enorme contra la pared del váter. Y nueve meses después yo vine al mundo.

Había terminado la bebida y me sentía rara.

«¿Tiene usted hijos?», le pregunté estúpidamente.

«Por desgracia, no», respondió. «Pero te puedo decir lo mismo que no me parece bien que estés aquí a estas horas. Ahora mismo cierro el local y vuelves a casa, ¿de acuerdo?»

Me acompañó a la puerta y echó la persiana metálica. Tenía un 127

decrépito, le costó bastante arrancarlo. Cada vez que lo intentaba, el tubo de escape temblaba como si fuera a caerse. Y luego se alejó dejando una estela de nubarrones blancos.

¿Volver a casa? ¿Qué me esperaba en casa? ¿Y si volviera al colegio? A lo mejor no había nadie, todas las monjas habían ido a ver a sus familias.

Desde la vez del tizón, nunca me había atrevido a rebelarme de esa manera contra mis tíos. Como máximo, había sido un poco maleducada. ¿Cómo me recibirían? En el fondo, siempre había sido una huésped desagradecida.

Alcé la vista, un satélite atravesaba el cielo como si fuese un cometa. Era la noche de Navidad. Quizá mis temores eran temores inútiles. Quizá con su cola incandescente la estrella había calentado incluso el corazón de mis tíos.

Llamaría a la puerta y, por primera vez, me acogerían con los brazos abiertos.

Ya pedaleaba hacia la casa, cuando oí una voz que me llamaba. Era el

vendedor de bragas. Fumaba sentado entre las bolsas de mercancía.

«Estás aquí», dije.

Me hizo una seña para que me sentara y me ofreció su cigarro. Una, dos, tres caladas. A la tercera, alguien me cogió el estómago y lo revolvió.

¿Dónde estaba? ¿En una barca? Tenía ganas de vomitar como si hubiera mar gruesa. Todo me daba vueltas. Sí, iba en una barca y la barca se hundía, giraba en el remolino que me arrastraría al fondo. «¿Nunca habías fumado?», preguntó el negro. Su mano se apoyó en mi pierna, arriba, cerca de la ingle.

De repente, el remolino se detuvo y me eché a reír. La noche era negra, la carretera era negra, el vendedor de bragas era negro. ¿De qué color era el alma? Puede que también fuera negra, y por eso se me había escapado siempre. En vez de hundirme, ahora iba a tientas. Tendía las manos hacia adelante como en el juego de la gallina ciega. ¿Dónde estaba el límite de las cosas? No conseguía encontrarlo.

A nuestras espaldas pasó un tren. El ruido cubrió sus palabras. ¿Qué olor era aquel olor? Olor de bosque, de jungla, olor de animal que persigue y es perseguido. Su cuerpo estaba muy cerca, tan cerca que aplastaba el mío.

¿Quería calentarme? ¿Entonces por qué me apretaba con tanta fuerza? Yo tenía más ganas de reír que de llorar. Veía el blanco de sus ojos, sus manos habían desaparecido en la noche. ¿Cuántas manos tenía? Me parecía sentirlas por todas partes. Cuando en mi boca entró una especie de babosa prepotente, para defenderme cerré de golpe los dientes.

De repente, me encontré en el suelo. El negro gritaba cosas que yo no entendía, y escupía. Luego recibí una patada en la espalda.

Inmediatamente después, estaba montada en la bici y pedaleaba.

Pedaleaba y pedaleaba en la noche con el faro apagado y todo me parecía absolutamente quieto. Las piernas eran pesadas como las de las pesadillas, cuando debes escapar y nada responde a tus órdenes. Al principio sudaba.

Luego el sudor se transformó en hielo. Un coche, adelantándome a toda velocidad, hizo sonar con rabia el claxon. Casi perdí el equilibrio. Cuando puse los pies en tierra miré alrededor y no reconocí nada. Ni una señal, ni un semáforo, ni un edificio.

¿Adónde iba? ¿Quién era yo? Observaba aquellos dedos que apretaban los frenos como los dedos de un desconocido. ¿Cómo me llamaba? Era como intentar coger un pez con las manos: cuanto más lo intentaba, más se me escapaba. No había nadie cerca a quien poder preguntarle: «¿Sabe quién soy?»

De repente en mi interior se formó una enorme cavidad y en aquella cavidad yo giraba con los ojos de par en par y la boca muy abierta, como un pez en el acuario. Yo era el pez y también su dueño. Existía y me miraba existir. Y, aun existiendo y mirándome existir, ni siquiera estaba segura de existir.

Luego, de golpe, todas a la vez, empezaron a sonar las campanas. Así me desperté. Es Navidad, dije, y soy Rosa. La Rosa salida de casa con el pavo bajo los pies, la Rosa que nadie quiere, la Rosa sin flores y llena de espinas, la Rosa que sólo se ha llevado una patada del negro. Miré alrededor y por fin me di cuenta de dónde estaba, y volví a pedalear hacia el pueblo.

Si no me hubiese fumado aquel cigarrillo, ¿hubiera sido todo de otra manera? ¿Quién puede saberlo? Tenía la grappa en el estómago, la primera grappa de mi vida. Con el humo, se había convertido en dinamita.

No pedaleaba con calma sino con rabia. El faro seguía apagado, pero la dinamo giraba y giraba. No cargaba la luz, sino la oscuridad de mi corazón.

A cada vuelta de la cadena, aquel dolor confuso, aquella vaga sensación de humillación se transformaban en odio. Un odio puro, transparente e indestructible como el carbono en la composición del diamante. Al subir a la boca, el odio se transformaba en palabras. Aceleraba hacia la carretera comarcal y gritaba: «¡Iros todos al infierno!» «¡Reventad, cabrones, hijos de puta, mierdosos!»

El corazón había tocado las costillas, se había enredado entre ellas, como una pelota entre las ramas de un árbol. Para hacerlo estallar, bastaría un movimiento minúsculo. Las costillas eran como cuchillos. Respiraba y se clavaban en la carne. Cuanto más respiraba, más lancinante era el dolor.

Quizá en un ventrículo se había formado un absceso y ahora, por fin, estaba supurando.

La plaza de la iglesia parroquial estaba llena de coches. Por las vidrieras se filtraba la luz cálida de las velas. Tiré la bicicleta al suelo. Si hubiese encontrado a alguien en la puerta, le hubiera pegado un puñetazo. No encontré a nadie, así que abrí la puerta de una patada.

Todo sucedió muy rápidamente. La iglesia estaba llena de gente. A pesar de la homilía, todos se volvieron a mirarme. Atravesé la nave central a grandes pasos.

«¡Todos me dais asco!», grité, «¿y sabéis por qué? ¡Porque sólo sois repugnantes, asquerosos sepulcros blanqueados!».

El párroco se quedó con la boca abierta y un brazo suspendido en el aire.

Algún niño se echó a reír. Fui al nacimiento, cogí al niño del pesebre y lo levanté sobre mi cabeza, como un trofeo.

«¿Sabéis qué es esto?», grité, dándole vueltas en el aire. «¿Queréis de verdad saber qué es? ¡Es una estatuilla estúpida!»

Nadie rechistaba, todos me miraban asustados.

«¡Adoráis a una estatua!», dije, antes de tirarla en mitad de la nave. «¡Sólo una estatua!»

El ruido del niño al hacerse pedazos los despertó. Todos se persignaron. Vi a mi tía derrumbarse en la primera fila, a mi tío saltar para cogerme.

Don Firmato empuñó el candelabro y se precipitó hacia mí.

Conseguí huir por la nave de la izquierda. Al pasar, corriendo, arranqué los carteles de colores del catecismo. Con grandes letras, habían escrito: «El amor es…» Los arrojé sobre las velas a San Antonio. En menos de un segundo ardían. Yo ya estaba en la puerta.

Antes de salir, me volví y grité con toda la fuerza de mis pulmones:

«¡Escucha, Firmato, cerdo! ¡Amor sería besar a la Magdalena, no vomitarle en la cara!»

Luego me monté en la bicicleta y volví a casa.

¿Quería morir? Probablemente sí. La casa estaba vacía. En el fondo de la chimenea, todavía ardían las brasas.

De pronto, no sabía qué hacer. Me sentía vacía. Ya no me latía el corazón, sino la cabeza. Sentía un dolor fortísimo entre los ojos. Todo me daba vueltas. Me dejé caer en el celofán del sillón. ¿Qué pasaría ahora?

¿Llegarían los carabineros y me detendrían? O a lo mejor me mataba mi tía.

¿Cómo le había dicho aquel día al sargento?, «con mis propias manos».

Estaba demasiado cansada para sentir algún tipo de miedo. Nada iba bien y, por lo tanto, todo iba bien. No muy lejos, un perro aullaba tristemente. De la carretera comarcal llegaba el ruido de los coches que volvían a casa.

«Mamá…», dije antes de dormirme y, en el breve sueño, soñé que me abrazaba. Me apretaba fuerte, sonriendo, sin decir nada. Entonces, de pronto, tenía encima a mi tía, que gritaba con las tenazas de la chimenea en la mano. Cuando las tenazas me caían encima, comprendí que ya no soñaba.

Ya no quería morirme, así que intenté escapar de la butaca.

«¡Que no se escape, cógela!», gritaba a mi tío. Mi tío me cayó encima como un jugador de rugby. Resbalamos y rodamos por el pasillo.

«¡Te mato! ¡Te mato, hija de puta y de Satanás!», seguía gritando mi tía. Y

golpeaba. Golpeaba como cuando sacudía los edredones, golpeaba a ciegas.

Yo intentaba cubrirme la cabeza con los brazos. Cuando vi la sangre, también yo empecé a gritar.

«¡Mátame! ¡Mátame si quieres! ¡Así te llevo conmigo al infierno!»

Asestó otro par de golpes, cada vez más débiles, y lanzó las tenazas al suelo. Se cubrió la cara con las manos y estalló en sollozos.

El perro de los vecinos seguía ladrando.

Me quedé en la cama dos días. No tenía ganas de comer, no tenía ganas de nada. El simple hecho de mover una pierna me parecía imposible. De vez en cuando dormía, de vez en cuando miraba el moho del techo.

El segundo día, por la tarde, oí la voz del sargento, abajo, en la cocina. No había venido para llevarme, como esperaba, sino sólo para decir que don Firmato, por respeto a la devoción y a la fe de mi tía, había retirado la denuncia. «Además», añadió, «en el pueblo todos les tienen aprecio».

Mi tía le dio las gracias con un hilo de voz. «Y pensar que la recogí en casa sólo por hacer una buena obra. Sin padre, ¡y huérfana de semejante madre!

Y nosotros somos viejos. Esperábamos salvarla, sargento. Usted me entiende. Y ahora tenemos que soportar esta cruz.»

Antes de irse, el sargento dijo: «¡Coraje!»

Al tercer día, cuando mis tíos salieron para ir al centro comercial, bajé a la cocina, cogí la botella de Alkermes para los dulces y me escondí en la leñera.

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IV

¿Cuántos estratos de piel existen en nuestro cuerpo? Hay quemaduras de primer, segundo y tercer grado. Existe la abrasión leve, cuando se roza algo, y aquella en la que la piel resulta literalmente desollada. Entre una y otra existe la misma diferencia que entre un ligero malestar y la supervivencia.

La piel nos sirve para respirar, para proteger los estratos de tejido más frágiles.

¿Cuántos estratos me quedaban a mí?

Bebía Alkermes sentada sobre el caballete para cortar la leña y me miraba el brazo. En un punto había piel, en otro no. El dolor tendría que haber sido limitado, pero, con sus tentáculos, se extendía por todas partes. Quizá incluso la cara estaba desnuda. Ya no era rosa, sino rojo escarlata. Debía de parecer la de un mono de Borneo. O la del demonio.

¿El infierno existía o no? Si la nada estaba sobre nuestras cabezas, ¿también estaba bajo nuestros pies? ¿O existía un gran equilibrio entre los dos polos?

¿Arriba, un cielo crepitante y ligero como un velo de tul y, abajo, todos los desechos, todas las limaduras de hierro del mundo? Quizá por eso la tierra tenía consistencia, porque el centro era de una pesadez extraordinaria.

Allí, abajo, había fuego y plomo y estaño y carbón. Y también las almas más sucias. Se revolcaban entre las llamas como los cerdos se revuelcan en el fango. Sin el centro pesado, nuestro planeta sería como un merengue.

Voluminoso pero ligerísimo. No podría mantener su rumbo ni una fracción de segundo. Saliéndose de su camino, estallaría como una bola de nieve contra el cristal de un coche. Así que si seguíamos aquí, el centro debía ser forzosamente pesado. Pesado y habitado, como la manzana está habitada por el gusano.