Rimas
Introducción
Gutierre de Cetina
Rimas
ePub r1.0
Titivillus 01.05.2019
Gutierre de Cetina, 1550
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para Mattia,
pequeño gentilhombre
entre España e Italia
Introducción
CLAVES PARA UNA BIOGRAFÍA
En el seno de una próspera familia afincada en Sevilla, Gutierre
de Cetina nacía hacia 1514 o 1515. Por los años finales del Cuatrocientos, su padre, Beltrán de Cetina, debió de trasladarse desde Castilla a tierras andaluzas, donde consta que poseía una «heredad de casas y viñas y tierra de pan llevar» en la villa de
Alanís[1]. Los Cetina se habían enriquecido durante las primeras décadas del siglo XVI mediante el comercio con las Indias occidentales y gozaban de una ventajosa posición en la ciudad bética gracias al empleo del padre como Almojarife mayor, cargo que ostentaba desde 1536 y llevaba aparejado el cobro de las tasas
aduaneras[2]. Su madre, Francisca del Castillo, pertenecía asimismo a un linaje de acaudalados mercaderes y aportó al matrimonio una
sustanciosa dote[3]. En los años sucesivos, de la unión de Beltrán de Cetina y Francisca del Castillo nacieron ocho vástagos: Gutierre, Mencía, García, Beltrán, Leonor, María, Ana Andrea y Gregorio. Sobre los orígenes del escritor, Francisco Pacheco declaraba sin ambages en el Libro de retratos: «fue natural de esta ciudad [de
Sevilla], de gente poderosa y noble»[4]. Pese a la rotundidad de tales afirmaciones, más allá del poder y las evidentes riquezas atesoradas por ambas ramas familiares, parece probable el origen converso tanto por línea materna como paterna: la residencia familiar en el corazón de la judería (la collación de Santa María la Blanca), los vínculos comerciales de varios miembros de la familia, así como su dedicación a la recaudación de tributos parecen abundar en dicha
idea[5].
En las décadas iniciales del siglo XVI, Sevilla se había erigido en
el foco económico y comercial más importante de Europa gracias al establecimiento de la Casa de Contratación en 1503 y el floreciente tráfico de mercancías con las Indias. Se abría así una etapa de esplendor mercantil en la urbe, que fomentó asimismo la aparición
de importantes centros académicos y artísticos[6]. Por aquellos años, la oligarquía hispalense enviaba a sus hijos a estudiar a las tres instituciones docentes de mayor prestigio: el Colegio de Santa María de Jesús, fundado por Maese Rodrigo Fernández de Santaella; el Colegio de Santo Tomás, fundado por el arzobispo fray Diego de Deza y el Estudio de San Miguel, fundación del
cabildo catedralicio y activo ya en el siglo XIV[7]. De hecho, entre 1525 y 1535, podría hablarse de un verdadero fermento humanista surgido al calor de las citadas instituciones culturales. Vinculados a maestros como Elio Antonio de Nebrija y Lucio Flaminio Sículo, un importante círculo de poetas neolatinos destaca en la capital andaluza: el presbítero Pedro Núñez Delgado (1478-1535), el bachiller Cristóbal Núñez (profesor del Estudio de San Miguel desde 1517); Luis Peraza, autor de la primera Historia de Sevilla de la que se tiene noticia, o el genovés Francesco Leardo son algunos
de los ingenios que cultivan la lírica en latín humanístico[8]. En alguno de los centros apuntados, el joven Cetina pudo recibir los primeros rudimentos de Gramática, Lógica, Dialéctica, Filosofía y Artes. Tales escuelas de latinidad no sólo promovían el conocimiento de las lenguas clásicas, sino que concedían asimismo una importancia capital a la música y al canto en la formación de los alumnos. Durante los años en que se estaba formando el futuro cortesano y escritor, estaba activo en Sevilla el reputado músico y poeta Pedro Fernández de Castilleja (1487-1574), maestro de capilla en la catedral y catedrático de gramática griega y latina en el
Estudio de San Miguel[9]. El contacto de los Cetina con las élites letradas sevillanas debía de ser bastante estrecho, ya que entre los miembros de la familia se contaba un jurista bien conocido, el doctor Pedro González de Alcocer, canónigo de la catedral, que
llegó a formar una importante biblioteca[10].
Durante la infancia y primera juventud de Gutierre de Cetina
varios sucesos promovieron en la capital hispalense la organización de grandes celebraciones. Entre los episodios principales, cabe destacar las nupcias del emperador Carlos V con la princesa Isabel de Portugal en los Reales Alcázares. De la importancia de tales festejos dan buena cuenta dos opúsculos impresos en la capital
bética, uno en italiano y otro en castellano[11]. La exaltación de la pareja imperial en las obras que salían de las prensas sevillanas también iría acompañada de otras piezas destinadas a elogiar a la Iglesia y sus santos. De hecho, durante aquellos años juveniles cabe recordar la importancia que asumió —dentro del marco de las festividades urbanas— la organización de diversas justas poéticas, promovidas entre 1531 y 1534 por don Baltasar del Río, obispo de Escalas. Se organizaban éstas en tres premios para diversos tipos de composición: «prosa latina», «verso latino» y poesías «en nuestra
lengua castellana»[12]. La aspiración de estos torneos literarios se resalta en los preliminares de la edición de los poemas: «la intención del que esto ordena es inducir con el premio de honra y con la señal de ella» a que «se den con más voluntad los noveles
estudiantes a las letras de oratoria y poesía»[13]. El plantel de rimadores de excelente oficio reunidos con motivo de las justas permite asomarse fugazmente a los círculos letrados activos en Sevilla durante la juventud de Cetina. Allí figuran ingenios como Lázaro Bejarano, el clérigo Pedro de Salinas, el bachiller Céspedes, Bernardo de la Torre, Diego de Quirós, el jurado Gaspar Suárez, Juan Ochoa, Diego de Esquivel, el capitán Salazar, Diego de Padilla, Pero Suárez, Pineda el Ciego, o el religioso Andrés de Quevedo. Junto a tales poetas menores, hoy apenas conocidos, a los certámenes contribuyeron con sus coplas castellanas personajes tan ilustres como el futuro cronista imperial Pedro Mexía (Sevilla, 1497-Sevilla, 1551), que participó en 1531 en la justa en honor de san Juan Evangelista y en 1532 en las justas en honor de San Juan Bautista. Sobre la importancia que este tipo de celebraciones asumiría en la conciencia de las clases letradas de la capital andaluza, pueden traerse a colación las afirmaciones de Gonzalo Argote de Molina:
Los ingenios devotos a las cosas de su nación y a la
dulzura de nuestras coplas castellanas (de los cuales florecen muchos en esta ciudad) son en cargo a la buena memoria del reverendísimo don Baltasar del Río, obispo de Escalas, que mientras duraren sus justas
literarias no dejarán las coplas castellanas su prez y reputación por los honrados premios que instituyó a los que en este género de habilidad más se aventajasen. Lo cual ha sido ocasión de que esta ciudad sea tan fértil de felices ingenios de poetas que han ganado muchas veces premios en estos nobles actos de poesía, como el buen caballero Pero Mexía, grande ornamento de su
patria[14].
La aseveración de Argote de Molina puede orientarnos algo a la
hora de intuir cuáles fueron los primeros contactos del joven Cetina con las ocasiones públicas de la poesía celebrativa.
Las siguientes pinceladas biográficas elaboradas por Pacheco
arrojan puntual información: «diose después de sus estudios al arte militar, en que fue no menos valiente soldado que extremado poeta, siéndole tan agradable la caja de Marte como la vihuela de Apolo.
Gastó en esta profesión los años de su juventud en Italia»[15]. Gracias a la documentación exhumada en distintos archivos, es posible reconstruir hoy los pasos iniciales del escritor por predios itálicos. Un pariente político de los Cetina, don Francisco Duarte, factor de la Casa de Contratación de Sevilla en 1536, fue ascendido por aquellas fechas a los cargos de Contador de Cuentas de su Majestad en Italia y Proveedor y Comisario General de sus armadas
y ejércitos[16]. Hacia 1537 o 1538, Gutierre de Cetina debió de desplazarse a Italia, como integrante del personal administrativo de Duarte; por este motivo, entre los documentos relacionados con este funcionario imperial se localiza varias veces su nombre. En un informe sobre el avance de la flota de Barbarroja en las inmediaciones de Corfú, que en 1538 Duarte envía a don Francisco de los Cobos, Comendador mayor de León, puede leerse lo siguiente:
Para que Vuestra Señoría sepa lo que a Apulia y a
Nápoles se ha escrito para que de allí se provea, envío con la presente una copia a la letra de las cartas que se han enviado al señor virrey de Nápoles y a Escipión de
Soma y la copia de la instrucción que han llevado Gutierre de Cetina y Antonio Panís, que son partidos ahora para Otranto con las cuatro naves que han de cargar los bastimentos. Y por ello podrá ver Vuestra Señoría más menudamente la provisión que acá
tenemos y cómo y dónde nos pensamos remediar[17].
A la luz de este documento, la primera misión de Cetina de que
se tiene noticia lo sitúa en el otoño de 1538 como portador de los informes de Duarte entre Corfú y Otranto. Por esas fechas, el escritor debió de entrar al servicio del entramado militar y cortesano de don Ferrante Gonzaga (Mantua, 1507-Bruselas, 1557), príncipe de Molfetta, uno de los más brillantes capitanes de armas de Carlos V. Esa proximidad con una de las figuras más relevantes de la política imperial en Italia debió de tener no poco peso en su conocimiento de las realidades áulicas y en su experimentación
literaria y artística[18]. A mayor abundamiento, varios estudios históricos señalan cómo durante la década que rigieron los destinos de Sicilia (1535-1546), en torno a la pareja virreinal formada por Ferrante Gonzaga e Isabella de Capua pudo forjarse una brillante
cultura de corte[19].
Los despachos enviados por Ferrante Gonzaga al emperador
arrojan algunas noticias sobre las andanzas del escritor durante sus primeras misiones. Por cuanto ahora nos interesa, el 21 de diciembre de 1538 el virrey de Sicilia enviaba a Gutierre de Cetina y a Martín Alonso de los Ríos a Toledo para presentar sus demandas al César Carlos. El 17 de marzo de 1539, en las Instrucciones que el Emperador hace llegar al virrey, se menciona una enfermedad del poeta, circunstancia que le obligó a demorar el viaje: «Gutierre de Cetina, que traía vuestros despachos, quedó enfermo en Génova y escribimos que excuse su venida, pues
respondiéndoos a lo que traía por ésta, no es necesaria»[20]. Las referidas órdenes imperiales no debieron llegar a tiempo, ya que en otra misiva oficial del emperador al virrey, datada en Toledo el veinticuatro de mayo de 1539, se lee lo siguiente:
Gutierre de Cetina, a quien enviasteis con Martín
Alonso de los Ríos y se quedó en Génova por su indisposición, aunque a todo lo que él traía en comisión se os respondió cuando despachamos a Andalot, es venido aquí después a solicitar la provisión de dinero y se vuelve ahora con lo que se provee, y a lo que toca a Alonso de Alarcón que está preso en Mesina, en que el dicho Cetina nos ha hablado de vuestra parte, platicándolo con el príncipe, si les pareciere y satisficiere, lo podréis mandar soltar […]. Gutierre de Cetina vino acá estos días pasados a solicitar la provisión del dinero y otras cosas para las cuales le despachasteis y habiéndose hecho lo que se ha podido, como entenderéis por las cartas que se os escriben, se vuelve con la resolución que se ha tomado. Acá no se le ha dado ningunos dineros para las postas de la venida ni de la vuelta, proveeréis que allá sea satisfecho de lo que hubiere gastado, demás de lo que se le dio cuando partió, y tenedlo por encomendado.
La correspondencia entre Ferrante Gonzaga y Carlos V permite
entrever el papel desempeñado por Cetina como enlace entre el aula imperial de Toledo y la corte virreinal de Palermo. Bajo la directa protección del virrey de Sicilia, el joven caballero debió de tener acceso a la persona del Emperador, como invita a pensar el texto mismo de los despachos («el dicho Cetina nos ha hablado de vuestra parte, platicándolo con el príncipe»).
Los informes del Proveedor General de los ejércitos y los
despachos del virrey Gonzaga no son los únicos documentos referidos al itinerario cortesano y militar del escritor. Un pequeño conjunto de misivas en verso permite reconstruir parcialmente las vivencias de Cetina por distintas ciudades italianas. Redactadas en poco menos de un lustro, tales cartas van dirigidas a varios miembros de la más selecta nobleza hispano-itálica: don Luis de Leyva, príncipe de Áscoli (epístola de 1542); don Diego Hurtado de Mendoza, embajador imperial ante la República de Venecia (epístola de 1543-1544) y doña Isabella de Capua, princesa de
Molfetta y virreina de Sicilia (epístola de 1545)[21]. En primer lugar, los tercetos consagrados a don Luis de Leyva, príncipe de Áscoli, constituyen un buen ejemplo de carta noticiera, donde se pasa revista a diversos sucesos amorosos de la corte palermitana. La crítica ha datado los tercetos durante el invierno de 1542, ya que se mencionan los preparativos de los festejos de Carnaval (celebrado el 21 de febrero de aquel año). Asimismo se ha estimado que el destinatario de la carta rimada debía de hallarse a la sazón en la corte de Valladolid y que el escritor sevillano le daba en ella nuevas de algunas amistades comunes fraguadas en el palacio virreinal de
Palermo[22].
Siguiendo las huestes comandadas por don Ferrante Gonzaga,
desde el verano de 1543 hasta el otoño de 1544
estuvo Gutierre de Cetina en Alemania, Flandes y norte de Francia peleando en el ejército de Carlos V para someter al duque de Clèves y emprender luego la
marcha hacia París, detenida por la paz de Crépy[23].
Los principales lances de la cuarta guerra entre Francisco I de
Francia y el César Carlos fuero referidos por el poeta de manera muy vívida en su epístola al embajador Hurtado de Mendoza: la toma de Düren, la sumisión de Geldern, el sitio de Landrecies y la
ignominiosa huida del soberano francés[24].
Entre los protectores de Gutierre de Cetina durante su estancia
italiana ocupó un lugar de honor doña Isabella di Capua, princesa
de Molfetta (Nápoles, 1512-Nápoles, 1559)[25]. Tal como corresponde a una aristócrata formada en el entorno humanístico napolitano, la esposa del virrey tenía cierta inclinación a las bellas letras y desde fecha temprana pudo ejercer el mecenazgo artístico y literario. El primer hito conocido en su patrocinio de las litterae humaniores puede fecharse al mediar la década de 1530, cuando salió de las prensas partenopeas un conjunto de poemas neolatinos
en elogio de la princesa, compuesto por el joven Nicolò Franco[26]. A lo largo de los años sucesivos, entre los escritores que le consagrarían alabanzas en verso y prosa figuran nombres tan destacados como los de Mario di Leo, Luigi Tansillo, Pietro Aretino, Giovanni Battista del Pino, Laura Terracina y Luca Contile. En el mismo entorno laudatorio y cortesano de los autores citados figura por derecho propio Gutierre de Cetina, que consagró a la esposa de su patrón dos sonetos y dos epístolas en verso. De ser cierto el dato recogido por Francisco Pacheco en el Libro de retratos, existiría otra composición —hoy perdida— encaminada a la misma aristócrata: «Anduvo vagando por tantos riesgos de mar y tierra, según él dice en una canción que hace a la [princesa] de Molfetta, a donde con grande artificio y copia cuenta todas sus
peregrinaciones»[27].
La epístola en endecasílabos blancos a la virreina de Sicilia,
doña Isabella de Capua se cierra con la datación exacta del poema: «En Vigeve, 24 de Abril de 1545 años». Por los datos que figuran al comienzo del escrito, Cetina se autorretrata como integrante del séquito de Ferrante Gonzaga, que ha hecho un alto en el camino con sus tropas, para descansar en la localidad septentrional de Vigevano. Dicho dato concuerda con la información que se posee sobre los desplazamientos del virrey por la península itálica, ya que éste después de su estancia en la Europa septentrional pasó por los territorios mantuanos de su linaje, así como por la villa donde residía el gobernador del Milanesado (don Alfonso Dávalos) para regresar a Sicilia por última vez en noviembre de 1545 para presidir el Parlamento de la isla, que fue convocado con alguna dilación para el mes de marzo de 1546. En mayo de ese mismo año el virrey abandonaba definitivamente las tierras sículas y el cargo para asumir el gobierno de Milán, donde habría de seguirle Cetina durante algún tiempo.
El reiterado contacto de Cetina con la corte de Carlos V explica
la presencia en su obra de numerosos sonetos de correspondencia con importantes figuras (políticas y literarias) ligadas al aula regia. Aparecen éstos bajo el extendido código italianista de la máscara pastoral, según los usos de una práctica cortesana que hace que el escritor se dirija —con el nombre de Vandalio (‘el andaluz’)— a
sus corresponsales poéticos bajo distintos senhales bucólicos[28]. Así encontramos nombres tan ilustres como el del secretario imperial Gonzalo Pérez (Pireno), don Luis de Leyva, príncipe de Áscoli (Lavinio), don Gonzalo Fernández de Córdoba, III duque de Sessa (Sesenio), el capitán aragonés don Jerónimo de Urrea (Iberino), Jorge de Montemayor (Lusitano) y un misterioso personaje de presumible origen itálico (Tirreno, de cuya verdadera
identidad nada se ha podido avanzar)[29].
El rastro documental de Cetina en Italia nuevamente permite
vincular al escritor con don Francisco Duarte y con el príncipe de Áscoli, a la sazón gobernador de Lombardía. Una carta del Proveedor General Duarte al príncipe heredero don Felipe, datada en Milán en abril de 1548, arroja los siguientes datos:
Este despacho no se ha partido hasta hoy doce de
abril porque don Fernando [Gonzaga] y don Diego [Hurtado de Mendoza] han querido que Gutierre de Cetina lleve sus cartas para Vuestra Alteza y dizque son de mucha importancia a su servicio. Y va a Génova para embarcarse en un bergantín u otro pasaje hasta Barcelona, porque dizque será mejor viaje que por tierra. Y el dicho Cetina ha visto y entendido las opiniones que ha habido sobre estos reposteros. E informará a Vuestra Alteza de lo que fuere servido
saber de ellos[30].
El Proveedor General consultaba allí al príncipe heredero a
propósito de los adornos recamados que los talleres textiles milaneses debían elaborar a toda prisa para ornamento del cortejo que acompañará a don Felipe durante su visita a los dominios de la Italia septentrional. Junto a la misiva oficial, el portador de las nuevas llevará a presencia del príncipe de Asturias «la muestra» de los veinticuatro patrones de los reposteros que se han encargado y que fueron «vistos por don Fernando Gonzaga, don Diego [Hurtado] de Mendoza y don Juan de Luna» con opiniones dispares. Al igual que se veía en el despacho del virrey de Sicilia datado una década atrás, el citado párrafo permite entrever algo más que los laboriosos preparativos de un viaje principesco en sus
aspectos financieros, heráldicos y estéticos[31].
Del documento se infiere, ante todo, que Cetina seguía
desempeñando la labor de Correo de confianza de un alto funcionario imperial como Duarte y que también era responsable ocasional de los portes de la correspondencia del gobernador de Lombardía y del diplomático y poeta don Diego Hurtado de Mendoza. Hemos de suponer, además, que en tanto portador de las muestras de los reposteros y conocedor de los distintos juicios emitidos por Gonzaga, Mendoza y Luna a ese propósito, debía de tener acceso a la persona del príncipe, ya que la carta subraya que el ingenio sevillano directamente «informará a Vuestra Alteza de lo que fuere servido saber de ellos». Nuevamente nos hallamos ante una muestra indirecta de ese tratar de boca que Gutierre de Cetina podía haber tenido tanto con Carlos V como con el futuro Felipe II, convirtiéndolo así en uno más de los poetas imperiales afincados en Italia.
A la luz de los diversos documentos y las referencias
epistolares, la cronología asignada a las peripecias del escritor por las cortes italianas de Palermo y Milán se ha fijado entre 1538 y 1548. Después de tal fecha se ha estimado que el poeta regresó a su tierra natal, como parecen confirmar las siguientes apreciaciones de Francisco Pacheco:
Llamándole su divino ingenio, se volvió a su patria,
a la quietud de las Musas. Estuvo retirado gran tiempo en una aldea fuera de Sevilla, a donde hizo gran parte de las obras que hoy parecen suyas, a diferentes propósitos, y entre ellas aquella famosísima comedia en prosa de La bondad divina, en cuya representación se gastó una gran suma. Desde allí se comunicaba con su íntimo amigo Baltasar del Alcázar y se escribían varias canciones y epístolas familiares el uno al otro, llamándole él en sus versos Damón y él correspondiéndole con el nombre de Vandalio. Algún
tiempo después pasó a las Indias de la Nueva
España[32].
Como invitan a pensar estas líneas, entre 1549 y 1552, Gutierre
de Cetina pudo afincarse en la «heredad de casas y viñas y tierra de pan llevar» que su familia poseía en la villa hispalense de Alanís. Tal y como habría de hacer décadas más tarde Francisco de Medrano en su finca de Mirarbueno, allí pudo consagrarse al otium cum litteris y mantener estrecho contacto con algunas figuras literarias establecidas en la región. Probablemente debió de entablar amistad con literatos de merecida fama, como el cronista y
ocasional poeta Pedro Mexía[33], y con varios ingenios hoy mal conocidos, como Diego de Esquivel, Juan de Vadillo y Juan de
Iranzo[34]. Por aquellos años debió formarse el cancionerillo hispalense titulado Libelo en el cual han escrito muchos señores admirables discursos sobre la diferencia que hay del amor al deseo, donde se recogen piezas como el soneto de Vadillo que principia «Es el amor gozar lo que ha costado / muy caro de alcanzar y pretendello / y el verdadero amor es poseello / y
conservarse en tan felice estado»[35]. De manera afín, Juan de Iranzo también habría de interrogar a Cetina sobre el amor, la posesión y
el deseo en un interesante soneto de correspondencia[36]. Pero, sin duda, el nombre más destacado de ese cenáculo sería el de un jovencísimo Baltasar del Alcázar (Sevilla, 1530-Sevilla, 1606). En coincidencia con lo apuntado en el Libro de retratos, la moderna edición de la Epístola de Baltasar [del Alcázar] a Cetina ha fechado hacia 1551 el intercambio misivo de ambos escritores. En un primer momento, desde la heredad que poseía en Bormujos, Alcázar se queja «de la desagradable vida de la aldea, entregado
como debía estar a las labores rústicas»[37]. En la respuesta a su amigo, Gutierre de Cetina pondera lo «bien compuesta y acertada» que le resulta la «pintura» de la vida en «el aldea» que le ha enviado y contesta con unos «borrones» en los que execra las molestias cotidianas que le toca padecer en una gran ciudad como Sevilla.
La estancia de Cetina en Italia durante los años que median
entre 1538 y 1548 no constituyó su única experiencia viajera. Debido a los estrechos vínculos comerciales de su familia con las Indias Occidentales, sabemos que el poeta viajó al menos en dos ocasiones hasta México. La misma travesía la habían realizado ya tres de sus hermanos menores en 1535: García del Castillo, Beltrán
de Cetina y Andrea del Castillo[38]. El tío del escritor, don Gonzalo López, hijo del caballero veinticuatro Diego López, también se había instalado en Nueva España en fecha tan temprana como 1530 y llegó a alcanzar allí el cargo de Procurador general. De manera semejante, los padres del escritor viajaron a territorio mexicano en 1542, aunque no se debió alargar mucho su estadía en el continente
americano[39]. Siguiendo los designios paternos, el benjamín de la familia, Gregorio de Cetina, también pasó al Perú en 1549 y a Nueva España en 1550. Pese a la riqueza documental que vincula a buena parte de la familia Cetina con la carrera de Indias, no se ha exhumado todavía documento alguno que permita establecer las fechas exactas de los dos viajes del escritor. Se suele estimar que la primera travesía debió de producirse a finales de 1546, ya que en una real cédula extendida en Guadalajara el 21 de septiembre de aquel año se solicita a los oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla para que dejen pasar a Nueva España a Gonzalo López, junto a sus dos sobrinos —cuyo nombre no se recoge— y seis
criados[40]. Tras su regreso a Europa, se considera que el último y definitivo viaje de Gutierre de Cetina por varias ciudades mexicanas se produjo hacia 1552 o 1553. La única noticia sobre las actividades literarias del escritor en el nuevo continente proviene, una vez más, del Libro de retratos:
Algún tiempo después pasó a las Indias de la Nueva
España, llamado de un hermano suyo […]. A donde estuvo algunos años e hizo muchas obras y en particular un libro de Comedias morales, en prosa y verso; y otro de Comedias profanas, con otras muchas cosas que por su temprana muerte se perdieron, quedando las obras sueltas que él enmendó y puso en
orden. En este tiempo de su felice quietud la invidiosa muerte le aguardó en México, a él que anduvo vagando
por tantos riesgos de mar y tierra[41].
Ni un solo vestigio se ha exhumado de las obras teatrales de
Cetina a las que alude Pacheco en este párrafo. Tampoco puede identificarse qué parte de su poesía pudo componer en Nueva España, donde ya estaban activos por aquellos años ingenios como
Cristóbal Cabrera o Francisco Cervantes de Salazar[42]. De sus andanzas personales, en cambio, gracias a la última documentación referida al poeta conservada, el denominado Proceso de Puebla de los Ángeles, sabemos que a comienzos de la primavera de 1554, Gonzalo López y su sobrino, Gutierre de Cetina, se disponían a desplazarse hasta la ciudad de Veracruz «a embarcar cierta plata para enviar a Castilla», pero una indisposición del escritor obligó a ambos a retrasar el viaje, permaneciendo en Puebla de los Ángeles desde —aproximadamente— el 19 de marzo para «curarse de
ciertas calenturas y mala disposición que tenía»[43]. Durante los días transcurridos en la ciudad de Puebla, un amigo del poeta, Francisco de Peralta, le animó a tomar «una vihuela», porque era «temprano para acostar» y sentarse «a la puerta a tañer un rato». Los dos caballeros «se asentaron a tañer desnudos en calzas y en jubón y con sus espadas» y decidieron pasear «tañendo con una vihuela y muy seguramente cantando bajo» alrededor del lugar donde se
hospedaban[44]. Entre las diez y las once de la noche del 1 de abril de 1554, Peralta y Cetina fueron asaltados por varios desconocidos, que hirieron al escritor con «una cuchillada muy grande en la cara que le tomaba desde el canto de la oreja [izquierda] por lo alto de ella hasta la nariz por debajo del ojo» y le causaron otra herida de arma blanca «en la cabeza [sobre la comisura del lado izquierdo] de las cuales le corría mucha cantidad de sangre». Un testigo presencial, don Jerónimo de Benavides, acudió a auxiliar a ambos heridos y refiere que escuchó a Cetina exclamar «¡Confesión, que
me han muerto!»[45]. Varias personas, entre ellos el doctor Pedro de la Torre y el cirujano Antón Martín, atendieron a los dos caballeros
asaltados[46]. Los primeros tratamientos recibidos por el poeta se describen en el proceso con todo pormenor:
Trajeron al doctor de la Torre y a un viejo que se
llama Antón Martín, cirujano, para que le curasen, los cuales, vistas las heridas y la calidad de ellas, dijeron a muchas personas de los que allí estaban […] que no podía vivir hasta el día. Y así, como a hombre muerto, no le curaron las heridas ni se las cosieron, más de solamente ponerle estopas y huevos y atárselas con paños. Y otro día siguiente, visto el mal aparejo que había de cirujanos para curarse, envió a rogar a un fulano Cortés, vecino de esta ciudad, que le curase con
el ensalmo[47]. Y así el dicho Cortés trujo consigo un mancebo cirujano que le cosió la mitad de la herida del rostro y le sacó dos o tres huesos pequeños de ella que estaban cortados y no cosió lo demás por causa de un hueso que estaba cortado y atravesado junto al ojo izquierdo, de manera que no podía salir. Y así se ha curado y cura cada día con el ensalmo y está y ha
estado todo este dicho tiempo en la cama[48].
La gravedad de las lesiones le tuvieron «a punto de muerte» y,
como recogen los documentos del proceso judicial abierto tras el ataque, «caso de que sanase de ellas, quedará disformemente
señalado»[49]. Pese a la gravedad del pronóstico inicial, el paciente experimentó una importante mejoría con el correr de los días, como prueban las declaraciones que don Martín de Calahorra, teniente de alcalde mayor, hiciera el veinte de abril, donde afirma que al principio
se publicó que la dicha herida era peligrosa y que
no escaparía el dicho Cetina y luego, informándose de los que le curaban, le dijeron que la herida era fiera, mas que no era peligrosa ni de ella sospechaban que moriría. Antes ha visto que siempre ha ido mejorando y
todos afirman que si se hubiera consentido sacar un hueso que tiene movido en el carrillo, que ya estuviera
sano[50].
A falta de otros datos documentales en Puebla, se cree que tras
restablecerse en parte de ambas heridas, Cetina pudo desplazarse hasta Ciudad de México, donde podría recibir mejores cuidados durante su convalecencia. En una fecha imprecisa entre mayo de 1554 y junio de 1557 debió de producirse su óbito. Los documentos finales relacionados con el Proceso de Puebla (datados a cinco de junio de 1557) se hacen eco del fallecimiento del poeta, sin indicar ningún dato concreto sobre lugar o momento: «en la ciudad de los Ángeles se procedió contra Hernando de Nava, diciendo haber cometido cierto delito contra la mujer del doctor de la Torre y
Gutierre de Cetina, difunto, en el cual yo no soy en culpa»[51].
La inopinada muerte del poeta por tierras mexicanas, aureolada
con el nimbo propio de un martirio de amor, debió de extenderse pronto por su ciudad natal, al punto que un oscuro autor sevillano, Juan de Vadillo, cantaría el elogio póstumo de Cetina en los siguientes términos:
Vandalio, si la palma de amadores
presumiste llevar —como has llevado—
amando más que cuantos han amado,
¿cómo podías morir, si no de amores?
Tu dulce muerte lloran los pastores
que por el patrio Betis traen ganado[52].
Según parece inferirse de tales endecasílabos, al poco tiempo
del óbito, se consideró que las heridas causadas al poeta en la reyerta nocturna de Puebla de los Ángeles fueron debidas a un lance amoroso. Por supuesto, un púdico velo de silencio cubriría estos detalles en la ornada prosa del Libro de retratos: «últimamente de su muerte hay diferentes opiniones, pero la más cierta es (¡oh infelicidad humana!) que se acostó bueno y amaneció