Rompeolas
Capítulo 1
1
Siempre he comparado las nubes con las dudas. Las blancas forman parte de nuestro entorno, son necesarias. Las otras, las grises, son las que irrumpen en mi mente y anuncian anticiclones emotivos. Empiezo a divisar el mar que venía oliendo desde hace un kilómetro y miro al cielo. Parece que la nueva estación del año tendrá la decencia de mostrarse como tal y espero que no me decepcione. No recuerdo dónde leí que las semanas posteriores a la luna llena y a los cambios de estación favorecen los suicidios. Y los libros no mienten, como mucho exageran.
Al alcanzar el Club de Natación Barceloneta tras una hora de paseo, no puedo evitar pensar en mi padre. A él le dedicaré mi última obra, una suerte de diario personal que le entregarán al viejo junto a mis pertenencias. Tendrá tantos capítulos como horas permanezca aquí, antes de mi final. Me detengo ante un pequeño charco de agua estancada y putrefacta que me roba la atención. En esa amalgama de líquidos del color del ámbar puedo distinguir mi abatida sombra. Dejo que mi cuerpo se apoye sobre el carro de la compra abarrotado de libros que siempre llevo conmigo y me hago con la única libreta que llevo encima. Siempre me han fascinado las libretas. Son como libros vacíos que esperan pacientemente a ser escritos. Cierro los ojos. Es un gesto que ayuda a sentirme justo con la vida, renunciar a la realidad que mi mirada capta para escapar a esa otra que no es menos real. Tanteo uno de los bolsillos del pantalón y hallo un lápiz. Pese a querer empezar a escribir, el charco y una pestilencia impertinente me trasladan a un lugar de mi memoria: el puente de los Suspiros en Venecia. Siento cómo una agradable brisa me despeina y me descamisa al tiempo que percibo una imagen. Ese puente en el que los condenados a muerte, una vez abandonaban el palacio de Justicia, recorrían y lanzaban al aire el último de los suspiros. Mis pies se deslizan lentamente sobre ese cúmulo de piedras arqueadas que conecta la vida con la muerte. El peaje es un lamento, el postrero sabor amargo del fracaso. El hedor me sumerge todavía más en la atmósfera de la ciudad de las máscaras. Palomas revoloteando en plazas tan míticas como marmoleñas y atravesadas por parejas que prefieren tropezar con las farolas a dejar de mirarse. Al descender por el puente asoma, como si de un guardián se tratara, una de esas máscaras. En su frente y pómulos tiene distribuida la cantidad precisa de purpurina plateada que resalta sobre su fondo azul. Los labios, acentuados por el carmín, dejan de estar inmóviles.
«Dime Andrés, ¿por qué has querido ser distinto?».
«Uno es lo que es», respondo.
La máscara sonríe sin convicción. Se trata de un ente sin cuerpo, únicamente un rostro cubierto de colores que denotan carnaval, alegría, eso a lo que yo ya no tengo acceso.
«¿Sabías que en la Edad Media los suicidas eran apedreados y arrastrados por morir indignamente, por querer modificar el destino?». La máscara parece no estar dispuesta a dejarme cruzar el puente. Mis pies siguen detenidos en ese descenso esperando encontrar la respuesta correcta.
«Más piedras», digo, «quizás sea mi sino. Viví rodeado de ellas y ahora a las puertas de mi muerte se me anuncia una lluvia de piedras».
La máscara explota en carcajadas con una risa impuntual y desmesurada. Mi cuerpo se tambalea al conservar los ojos cerrados y reírme frente a ella. Soy consciente de que he conseguido mantener el equilibrio al apoyarme sobre el carro. Cesan las risas con brusquedad, sin advertir.
«¿Qué hay de la luz de la esperanza?», insiste la máscara.
«Esa luz solo brilla para algunos».
«Esa luz tiene un interruptor dentro de todos nosotros. Púlsalo. Sabes hacerlo. ¿A qué esperas?». Al pronunciar esas palabras sus labios se arquean como el puente que pretendo cruzar. Y es en ese mismo momento cuando me doy cuenta de la tristeza de los puentes. Tienen la forma de una sonrisa invertida. Atravesar el puente es renunciar a un camino por otro, una elección. Mi vida con sus elecciones ha terminado siendo una compilación de renuncias.
«No quiero presionar ese interruptor. Necesito que un dedo ajeno lo haga. Esa sería mi única esperanza».
La máscara se muestra triste con mi petición. La purpurina cede ante la fuerza de unas lágrimas que empapan sus mejillas coloreadas, arrastrando con ellas ese aire de vitalidad del que hasta ahora gozaba.
«Simplemente tómate tiempo. Aunque debes saber que la peor espera es aquella en la que uno no hace nada», me dice la máscara entre sollozos, logrando que sus palabras me impacten tanto como el agua del charco ante el que me paré fantaseando con la ciudad de Venecia. Un loco al volante me acaba de empapar la cara y la cazadora de mi amigo Luca. Abro de nuevo mis ojos y en el charco removido no existe reflejo alguno de cúpulas multicolores o palacetes renacentistas. Vuelvo a la realidad y me encuentro a las puertas del rompeolas de mi ciudad. Es cuando distingo uno de esos vehículos de falso prestigio social como el culpable de mi improvisada ducha matutina. Mi boca intenta proferir un insulto pero es inútil, mi mente obstaculiza toda configuración verbal. Ante mí hay dos kilómetros de bloques de hormigón enfrentados con el mar. Venecia se ha esfumado y me ha dejado ese extraño malestar estomacal que aparece cuando estoy en deuda con alguien. Le debo una oportunidad a esa máscara que habita en algún recóndito lugar de mi psique: quince horas de espera para un desesperado. Cuando el día decline pondré el punto final a este improvisado diario personal, a esta vida desperdiciada. Tras ello cruzaré mi particular puente de los Suspiros sin que nadie me detenga. En mi bolsillo tengo todo lo que me hace falta para decir adiós sin molestar. Sin embargo, lo prometido es deuda y no puedo obviar que esa máscara se ha convertido en mi otro yo. Esperaré a esa luz de la esperanza, al fin y al cabo no tengo nada mejor que hacer y hace mucho tiempo que nadie llora por mí. La primera lección de espera consistirá en tomar asiento sobre una roca cualquiera. Al cabo del día un cielo rojizo me indicará, como hizo mi madre durante muchas noches, que es la hora de aplacar la mirada.
Imagino el comentario de Luca si viera cómo han dejado su cazadora de coronel rumano. «Amigo Andrés, en esta vida haber solo dos papeles que interpretar: cagado y cagador. Si tú ser el primero de ellos, enfréntate rápido al segundo y reivindica tu posisión. ¿Entender amigo?». Luca es un hombre noble. Me gusta la idea de iniciar este diario con Luca.
Para tu información, papá, te diré que Luca mide más de metro noventa, cien quilos bien distribuidos, apátrida voluntario, gélidos ojos azules y piel abarrotada de cicatrices por causas innombrables e ignotas. Tiene uno de esos rostros llamativos por el tamaño de sus facciones. Al mirarlo da la sensación de que una lupa se anteponga ante nosotros y altere el grosor de sus labios, de su nariz, y de unos surcos ennegrecidos sobre el pómulo, causados por una viruela mal curada. Luca ha sido mi brújula, el sextante de mis buenas intenciones. Te creerás papá que soy injusto por darle el rango de amigo a un desconocido y obviar a quienes me han acompañado durante prácticamente toda mi vida. Sin embargo te tengo que decir que Luca ha hecho lo que ninguno de mis falsos amigos ni siquiera intentó. Ha tratado de darme aquello que alberga en su interior y que no puede ofrecer a quien de verdad querría. He sido el elegido para recibir de quien según la sociedad no tiene nada que dar.
Te quedarás asombrado, papá, cuando sepas cuál ha sido mi hogar durante estos últimos meses. En el que es ahora un abandonado cuartel militar, han sido muchos los que han luchado por hacerme ver la luz. No lo han conseguido pero el mero intento quedará en mí. Moldavos que ya no son moldavos, rusos, como dicen ellos «desrusados», serbios probosnios y el recién terminado dúo hispano-rumano. En nuestra ciudad hay pocos escenarios más lúgubres que un cuartel militar desmantelado. A pesar de todo hemos sido una familia que, aunque rota y castigada por el exterior, ha permanecido cálida entre unas paredes impersonales con fantasías de hogar. «Somos los últimos hippies», acostumbraba a decir Luca mientras exhibía en su media sonrisa un diente de oro. Y yo siempre le respondía sonriendo, queriendo creerle.
Te imagino cavilando dónde nos conocimos y sé que te hará gracia saber que fue la arquitectura quien nos presentó. Luca y yo jamás hablamos de la primera vez. Para aquel entonces yo visitaba una obra en construcción cuya estructura adolecía de un problema en el plano. La del señor Alsina, ¿recuerdas? Ese fue el inicio de una cadena de errores propios cuyo fin deseo llevar a cabo hoy. La concentración que requería el desarrollo de mis responsabilidades se convirtió de la noche a la mañana en una asignatura pendiente. Luca era un obrero más de entre siete de ellos, todos extranjeros y probablemente ilegales en nuestro país. Pero como tú bien decías papá, ese no era mi problema. Como arquitecto tenía otra ocupación que no era las condiciones laborales que ofrecía tu amigo Antoñito, el constructor.
De todos los obreros que trabajaban me llamó la atención la forma en la que Luca me observó desde el momento que descendí del vehículo y estreché la mano a un Antoñito con cara de pocos amigos. «¡Joder Andrés! ¡Ya te vale! Céntrate chico. Con tu padre esto nunca nos ha pasado». Ya sabes papá, contigo jamás ocurría nada malo. El comentario de Antoñito ni siquiera me dolió, nunca pude dejar de ser el hijo de Suñé. Luca no dejó de trabajar durante mi visita ni tampoco abandonó esa mirada atroz con la que inauguró nuestro primer contacto visual.
¿Te imaginas dónde me encontré con Luca al cabo de unos meses? Seguro que no. La segunda ocasión en la que nos vimos fue en el comedor social de la iglesia de Pedralbes. ¿Te suena? Ese edificio gótico de una sola nave al que solías prestarle una extraña atención cuando pasábamos por delante antes de ir a visitar a algún cliente. En esa ocasión yo ya no exhibía corbata ni descendí de vehículo alguno. Era uno más en la cola esperando recibir algo de comida. Qué vergüenza pasarás cuando leas estas líneas. Hasta puedo imaginarte con la cara roja y las venas del cuello a punto de explotar y soltar alguna de tus sandeces. Te diré que el lugar coleccionaba humedad y resignación. Creo que si tuviera que elegir el sentido al que acudo cuando trato de evocar aquel refectorio, es sin duda el olfato. Tú, que siempre presumías de tener una nariz prodigiosa capaz de adivinar la comida que preparaba mamá apenas entrar en casa, si cruzas un día la puerta de ese comedor podrás percibir el hedor a pollo hervido y a vísceras recalentadas más repugnante de tu vida. En una de las mesas estaba Luca. Tomé asiento junto a él con mi ración de sopicaldo de huesos y algún que otro despojo repartido. El rostro de Luca me era familiar pero no lograba ubicarlo. Sin embargo él no necesitó más de un atisbo entre dos cucharadas de sopa boba para saber quién era yo. Decidí no preguntar. Luca agotaba su ración con el cuerpo inclinado hacia delante y miraba en derredor evitando cruzar sus ojos con los míos. Con la panza engañada se incorporó con energía, recogió su plato y una vez me sobrepasó sentenció dándome la espalda: «La primerra ves ser la peor, mañana te parreserá un manjar». Mi curiosidad resurgió una vez más y me intrigaba saber qué habría hecho para que los demás percibieran que era la primera vez que visitaba ese comedor. Era obvio que mis gestos y mi comportamiento denotaban sorpresa en aquello que para los demás formaba parte de una deplorable rutina. Hinqué la cuchara en ese espeso cocido en el que flotaban capas de grasa, sin saber que ese era el inicio, el primero de los pasos para convertir mi aliento en ese desagradable sabor. Día tras día aquel comedor dejó de expeler olor alguno, porque en mi silencio y ante mi ración, yo también olía a pollo. Sí, papá, tu único y extrañamente querido hijo, olía a pollo y vísceras.
Dejo de escribir y alzo mi mirada al cielo. El día promete ser uno de esos en los que te sabe mal abandonar esta vida. Parece mentira cómo nos influye la meteorología. Tal vez los hombres y mujeres del tiempo tienen más responsabilidad de lo que piensan respecto a un telespectador suicida. Retomo la escritura de mi diario recién inaugurado y la verdad es que me hace sentir bien.
Después de que todo ocurra querrás saber cómo llegué a ser un indigente en nuestra ciudad. Te diré, papá, que convertirse en un sin techo es más fácil de lo que uno se puede imaginar. La escuálida línea que separa la indigencia del bienestar es la misma que sirve de frontera entre lo que deseamos y conseguimos. Un día ocurre algo y al día siguiente no tienes fuerzas más que para respirar. No te soportas a ti mismo y mucho menos a todo lo que te rodea. No sabes quién eres y llevas sobre tu espalda cuatro décadas de existencia fútil. Tu trabajo ha desaparecido y ya no identificas tu identidad con tu profesión. ¡Maldita mentira la de hacernos creer que el trabajo es una cosa y nuestra vida otra! En ello radica el secreto, en hacer lo que sientes que eres. Así el trabajo no sería trabajo, sino que se convertiría en tu esencia y los lunes dejarían de ser lunes y los fines de semana no supondrían más que el resto de los días. He de confesar, papá, que durante un tiempo ser arquitecto fue mi esencia, pero lentamente aquel sentir se esfumó. Me sentí solo al estar rodeado de tanta mentira. Fue una soledad tan fría que, como el hielo, termina quemándote. Cuando decidí dejarlo todo, confié en mis posibilidades como ser humano y sobre todo confié en la humanidad. Y así fue como los días transcurrieron y el dinero que tenía previsto para las noches de pensión llegó a su fin con demasiada premura. Me negaba a lo evidente pero el frío y el sueño no entienden de orgullo. En mi primera noche como un sin techo decidí pernoctar en el interior de una oficina bancaria. Tenía un miedo infantil a ser agredido, a pasar de nuevo por los calabozos policiales, a ser objeto de burlas, pero sobre todo temía que la gente huyera por mi aspecto. A mis cuarenta recuperé los miedos que tiene un crío. Te confieso que me vinieron a la cabeza esos momentos en los que me acariciabas el pelo y amoldado en tu pecho me llevabas en brazos hasta mi habitación. Sé que me has querido, pero a tu manera. Aquella primera noche en el cajero me sorprendí acurrucado abrazándome y llorando, prometiéndome que no volvería a vagar de noche bajo el firmamento y preguntándome si tal vez, como ahora se suele decir, se me fue la olla. Si alguna anomalía en mi cabeza me había llevado hasta ese lugar, si me había convertido en un indigente por capricho, por probar. Como todo en la vida, a toro pasado, las decisiones tienen otro color. Y fue agazapado en un lateral del cajero automático, cuando improvisé un cojín con una fría papelera de acero inoxidable que contrastaba con el calor artificial que el cajero dispensaba. Creí estar viviendo el peor momento de mi vida, pero estaba muy equivocado. Una mano tibia sobre mi hombro me despertó. Se trataba de un empleado del banco y él fue la persona que me aconsejó visitar la iglesia de Pedralbes. «Allí dan de comer a quien lo necesita», me dijo con una complicidad sincera. Era un hombre que rondaba los cincuenta. Sé que te gusta que te den datos de las personas, para hacerte una idea, para tenerlo todo controlado. Así que te diré que era alto, de complexión atlética, con pelo cano y abundante. Dos hoyuelos en las mejillas resaltaban una sonrisa condescendiente. Portaba una bolsa de deportes juvenil, desacorde con su edad, y de su pelo húmedo una gota se deslizaba por el cuello continuando su camino sobre una corbata impoluta. Como las que tú siempre llevabas. Aquel hombre expelía un ligero olor a champú de manzanilla, a miel y a vapores de sauna. ¿Te haces una idea de quién fue mi salvador? Le pregunté cómo sabía que era un sin techo sin experiencia en la calle. Todavía no sabía lo cerca que estaba de la invisibilidad que acarrea la indigencia. Con un dedo señaló mi mano derecha. «Aún llevas una alianza. No hueles mal y te has despertado en cuanto has notado el contacto de mi mano. Los avezados de la calle no tienen prisa por levantarse ni vergüenza a que les empuje. Vengas del lugar que vengas regresa a tu sitio. En mis últimos veinte años en esta sucursal he visto envejecer y morir a personas más jóvenes que tú», me dijo con gesto cansino al repetir una vez más aquel discurso, mientras yo miraba con desprecio a ese aro dorado que aprisionaba uno de mis dedos, el último recuerdo de un matrimonio extinguido. Tú acostumbrabas a decir que los funcionarios y los empleados de la banca son personas que gozan de cierta estabilidad laboral. La probabilidad de que en un futuro próximo un evento cambiara la vida de ese avispado empleado era nimia. Y aunque tú no lo creas, yo siempre he creído en ti y en tus palabras, por lo que decidí hacerle entrega de mi alianza sin recibir a cambio documento alguno que los sustentara. «Si lo necesito volveré», afirmé convencido. El hombre aceptó desengañado al comprobar el irrisorio efecto de sus consejos. Nos despedimos con la recíproca sensación de que volveríamos a vernos y con un «Suerte» al unísono, que se antojaba más franco que cordial. Todo lo contrario a nuestra relación, más cordial que franca.
Llevo un buen rato escribiendo el inicio de mi diario y creo que será mejor que recorra el rompeolas. Reinicio mi paseo y ante mí las barcas faenan cuando la ciudad aún no ha puesto un pie en el suelo. Me planteo qué hubiera sido de mí si en lugar de seguir los pasos de papá y dedicarme a la arquitectura, hubiera sido el patrón de una de esas barcas. La desgracia de querer ser lo que no soy me ha llevado a vagar por las calles de mi ciudad, tirando de un carro de libros que son desde hace seis meses mi único patrimonio. Eso y querer invertir el orden de los valores que limitan y condicionan nuestra convencional libertad de movimientos.
Los años no transcurren en balde y prueba de ello es que desde hace algún tiempo un pequeño suspiro se anticipa a todo movimiento que efectúo. Tomo asiento, previo suspiro, sobre un bloque de hormigón y recuerdo la primera vez que visité el rompeolas. Tendría unos ocho años. Venzo el leve dolor de mi muñeca y no me resisto a anotar mis recuerdos emocionales en la libreta, en este improvisado diario terapéutico.
¿Recuerdas papá cuando durante los veranos no dejabas de repetirnos a mamá y a mí «El mejor momento para darse un baño es de siete a ocho de la tarde»? Yo nunca olvidaré aquellas tardes de agosto preestablecidas en tu agenda, en las que agarrado a tu cintura y con un casco que me cubría hasta los hombros, montábamos sobre una moto que era la envidia del vecindario. «Agárrate fuerte que volaremos a un país en el que las playas no son de arena y el agua es del color de tus ojos», me decías, y yo siquiera parpadeaba ante la posibilidad de ser el único niño del planeta que visitaba playas sin arena. Al poco de salir de casa mi estómago se sobresaltaba a la altura del Club de Natación, justo cuando tu moto volaba durante unas décimas de segundo después de acelerar en pleno cambio de rasante. En el momento en el que nuestro tren de aterrizaje pisaba de nuevo el asfalto tenía ante mí el planeta prometido. Eran tardes en las que un niño con pelo mojado, titiritando y envuelto en una toalla rasposa, enmudecía ante un sol inofensivo que advertía de su adiós. Gracias, papá, por todos esos instantes.
Me apetece un cigarro. Es curioso que haya tenido que llegar el último día de mi vida para ser previsor. Esta vez tengo un paquete de Celtas por abrir. El encendedor es un regalo de Luca, de origen desconocido y del que tampoco necesito preguntar. Lo debo tener en uno de los ocho bolsillos que tiene esta cazadora. Los militares descubrieron con sus prendas como sustituir las ventajas que ofrece un bolso de mujer. Cada uno de los cigarros que hoy me fume va a ser saboreado como le corresponde. De un golpe seco con la muñeca consigo que la tapa del Zippo se abra y con ella aparezca una nueva llama. El fuego me atonta, siempre lo ha hecho. Me quedo mirando ese primitivo sustento y acerco mi boca hasta lograr la calidez necesaria para consumar la primera calada. Caigo en la cuenta sobre la palabra que Luca pronunció esta mañana. «Adiós». Es la primera vez en seis meses que se la escucho decir. Luca es de los que no pregunta, prefiere que tú le cuentes. Una vez más sé que lo sabe. Me falta valor para contarle que estas dos últimas semanas me he dejado la piel por conseguir una dosis de treinta miligramos de estricnina para acabar con mi vida. Que el miedo a afrontar las situaciones me ha llevado a dormir en las calles. Que a nada le encuentro sentido cada vez que me despierto, y que espero las noches para dejar de vivir durante unas horas. Cómo decirle que el primer día de mi última primavera, sentado sobre un bloque de hormigón, trato de adivinar en qué bolsillo he dejado la jeringuilla que convertiré en mi verdugo.
OceanofPDF.com