Rubricatus
Libro I. Rubricatus
LIBRO I
RUBRICATUS
1. UNA NIÑA DE PELO AZAFRÁN
Puerto de Barkeno
Nonas de agosto
3 d. C. (756 ab urbe condita)
El antiguo espigón asomaba indestructible entre la arena como la cabeza renegrida de un titán. Hipnotizado por el vaivén, Lucio contemplaba esa mole incrustada de lapas mientras la chalupa que lo había llevado hasta la nave anclada mar adentro ponía proa de vuelta a la playa. El enérgico vuelo de una gaviota condujo su mirada hasta un zigzagueo plateado en la superficie.
Un banco de sargos se internó en la marea lodosa que se aproximaba al casco del barco. Las tormentas del día anterior habían arrastrado al mar la arcilla de las riberas del Rubricatus. El río, tumultuoso, enrojecía el estuario con la violencia de un torrente. Se sobresaltó al oír una voz muy cerca de él.
—¿Habías visto alguna vez el panorama desde el mar? El promontorio de Júpiter parece aún más imponente —dijo un pasajero de voz gangosa.
Lucio tardó en responder. Por su mente cruzaban imágenes de su infancia, amaneceres de pesca a la sombra del promontorio contemplando, intimidado, aquella masa pétrea que se introducía en las aguas.
—De pequeño creía que la montaña era un gigante herido apoyado sobre sus manos —respondió, echando una ojeada a su interlocutor—. El río le lamía las heridas, pero él no dejaba de mirar al mar desafiando a Neptuno.
La brisa les llevaba los efluvios de la brea fresca, mezclada con el sudor de los marineros. Tras unos instantes, Lucio oyó que el desconocido respondía:
—Después, de mayor, te das cuenta de que nada tiene más sentido que lo aprendido en la infancia. Aunque no sea verdad.
«Ciertamente», pensó Lucio. De niño imaginaba las hileras de muchachos íberos subiendo a bordo de los buques griegos, cartagineses y romanos con destino a Sicilia, a Grecia, a Italia para luchar como mercenarios. Y ahora era él quien se iba.
Entonces rememoró las historias de Barkal sobre los íberos layetanos y sobre las riquezas que la gran Barkeno, que asomaba a la desembocadura desde las laderas del promontorio, atesoraba tras sus muros. Como antaño, las barcazas cargadas con lingotes de hierro y de plomo, con la sal de la Montaña Blanca de Kardo, con la madera y los perniles de los ceretanos, y con el cereal de Ilerda y de la Sigarra, seguían descendiendo cada primavera y cada otoño río abajo, aprovechando el caudal del deshielo y de las lluvias.
Se dejó mecer por el balanceo, fijando los ojos en la costa. Los aguaceros habían despejado el ambiente caliginoso del verano. Su mirada vagó por el curso del río, tierra adentro, hasta que se perdió en la falda de la Montaña Sagrada.
—El gran río rojo… —dijo aquella voz, de una sonoridad nasal algo desagradable.
Lucio se volvió hacia el desconocido que en ese momento se amorraba a la bota de vino que llevaba en bandolera. Tras echar un largo trago, continuó hablando:
—El río ha sido la riqueza de Barkeno, pero también su fin, ahora que el puerto está casi cegado. ¿Gustas, joven?
Lucio negó con un gesto amable. Sentía el estómago revuelto.
—Dentro de pocos años ya no podrán atracar ni las naves más pequeñas. Pero ¡qué desconsiderado por mi parte! ¡No me he presentado! —Varias gotas de vino habían manchado su túnica y, cuando sonreía, un destello indicaba que tenía varios dientes de oro—. Soy Julio Aniceto, comerciante de vinos. ¿Con quién tengo el placer de hablar?
—Soy Lucio… Lucio Celio, señor. Voy a Roma, a casa de mi tía Domicia, para incorporarme a las legiones.
Julio Aniceto se rascó la calva e inquirió:
—¿Cómo has dicho que te llamas?
—Lucio Celio, señor.
—¿No serás familiar del duunviro Gayo Celio, que tiene las tierras cerca de las Espeluncas? —Mientras hablaba intentaba acomodarse los escasos mechones para que le cubrieran la calva, pero el viento se los volvía a levantar.
—Sí, señor, soy hijo de Gayo Celio, veterano de las guerras cántabras.
—He hablado con tu padre en un par de ocasiones. —Hizo un mohín—. Prefiero el trato con su esclavo… ¿Cómo se llama? ¿Elbón? Tiene más don de gentes, sabe negociar. Sin embargo, tu padre… tiene mente de campesino. Con todo el respeto, claro. Todo lo contrario de tu madre, una patricia de pies a cabeza.
Sabía a lo que se refería el tal Aniceto, pero, aun así, le dolió el comentario. Habría preferido estar solo en aquellos momentos. Se retiró de él unos pasos. En el puerto relumbraban las paredes enjalbegadas de la taberna de la Gorgona. Cuántas veces, tras una larga noche de pesca, Barkal, Garza y él se habían calentado los huesos ante el fuego con un vaso de vino caliente y miel. Hasta le pareció divisar a Clodio, el sirgador ciego, quien, como todas las mañanas, estaría sentado al sol en la puerta de la taberna, mascando con las encías desdentadas las tiras de pescado salado que constituían su desayuno. Imaginó a las mujeres de los pescadores jaleando a los borrachos adormilados sobre las redes y a Vico, el niño tullido de grandes ojos oscuros, suplicando a la pandilla de mocosos del puerto que lo dejaran jugar, a cambio de una nuez, o de un pajarillo muerto, o de una concha de extraños colores.
—Barcino es un buen lugar para el comercio —prosiguió el comerciante —, y pronto lo será aún más, sí, señor, por eso me estoy edificando una casa en la colina de Hércules. He llegado a un acuerdo con el jefe del poblado: él me proporciona tierras y yo doy trabajo a sus habitantes. Lo primero que he construido son las termas, donde tengo al capitoste y a su séquito bien contentos en remojo, día sí, día también. Todos quieren ser romanos, sí, señor.
Un movimiento en la cima llamó su atención. El fuego del faro se iba extinguiendo ante la progresiva victoria del día sobre las tinieblas nocturnas. A su lado se erguía un pequeño templo dedicado a Júpiter y, un poco más abajo, se divisaba la parte más alta de la muralla que había protegido Barkeno durante siglos.
Entre las tribus del interior, la ciudad había sido famosa por sus silos gigantescos, donde se guardaban toneladas de cereal, el excedente de muchos poblados. «Sin ese grano, los ejércitos de Escipión se habrían muerto de hambre», le había contado Barkal. En aquel momento se habían convertido en enormes escombreras en las que arrojar cadáveres incómodos. El mismo puerto pronto acabaría inutilizado por los limos, de manera que la actividad comercial se estaba trasladando al fondeadero ubicado en la otra punta de la bahía, y Barkeno ejercía de puerto de la colonia romana, construida en la planicie costera al otro lado del promontorio.
—Prefiero hacer negocios fuera de Roma, ¿sabes? Aquí nadie pregunta tu origen, porque todos son de otra parte. Y los layetanos son buenos trabajadores, aprenden rápido. No hay más que ver a Barkal, tu vecino. Siempre insiste en ser llamado por su nombre romano, Aulo. Ya te digo, todos quieren ser romanos, ¡por Mercurio que quieren serlo!
Lucio examinó con avidez los carruajes estacionados frente a la hilera de almacenes. La carreta de su padre ya no estaba, no habían esperado a que el barco zarpase. Bajó la cabeza y cerró los ojos para recrearla. Melena al viento, perfil arrogante, ojos de gato. Y su mirada… Había reservado para el momento del adiós la más dura, aunque también la más altiva. Los labios de Lucio dibujaban un nombre: Garza.
Oyó la tosecilla nerviosa de Julio Aniceto. Allí seguía.
—Barkal murió hace poco más de un año —dijo Lucio, girando la cabeza para ocultar la humedad de sus ojos.
Recordó sus últimos días, la mente embotada por los sahumerios que le apaciguaban el dolor, el bravo guerrero layetano convertido en un ovillo de piel y huesos. «Lug, cuida de ella». La cargante voz del comerciante lo sobresaltó:
—¡Vaya! No sabía de su muerte, no trato con él desde hace tiempo. Me acuerdo bien de su mujer, cómo no, esa extraña cántabra que vive en una cueva. ¡Y la hija es una belleza! Garza, extraño nombre. Habrá heredado una fortuna, las tierras de ese hombre valen su peso en oro. Tienen la orientación perfecta, agua en abundancia, alfar propio para envasar el vino y lo mejor: los campesinos. Todos son familia, indígenas, emparentados con Barkal, trabajan la tierra como si fuera suya. Un latifundio de esclavos es menos productivo que esas tierras, ya lo creo. Pero qué te estoy diciendo, lo debes de saber muy bien.
—Mi padre siempre ha envidiado a Barkal por ello —acertó a decir Lucio mientras se llevaba la mano al cuello, del que pendía el colgante que le había regalado Garza. Había pertenecido a su madre: un círculo de piedra durísima y gris, reluciente como el metal. Lo había tenido guardado a buen recaudo, lejos de la mirada de su padre. No obstante, al prepararse para el largo viaje, había sentido el impulso de ponérselo.
Agarrado al estay y absorto en sus pensamientos, Lucio no se percató de que los marineros alzaban ya el ancla. Aniceto lo observaba con detenimiento: pelo castaño y, por su madre, ensortijado, tez clara y ojos azul oscuro. Sin duda, había heredado el agraciado aspecto de los Domicios, su aristocrática nariz griega y aquella gallardía de movimientos, pero matizado con los ásperos rasgos de los Celios: mentón partido, rostro anguloso y una expresión que podía pasar de la calidez al hielo en pocos segundos.
Barcino empezó a deslizarse por delante de sus ojos, como si fuera la tierra la que se moviera. Por la Puerta Marina entraban y salían regueros de personas como hormigas atareadas. La Sierra Oscura, así llamada por el color parduzco de las encinas, cerraba la llanura por el norte. Algún dios bueno se apiadó de él y envió a Julio Aniceto a departir con el capitán, de modo que Lucio escapó hacia la proa. Respiró hondo sin conseguir sosegarse y buscó un rincón donde descansar.
La libertad. Debería sentirse estimulado, feliz. Pero no era así. Un nudo le oprimía la garganta, como si tuviera una soga al cuello. Metió la mano en el cubo de agua que un marinero acababa de subir por la borda y se refrescó la cara, mientras el barco se adentraba lentamente en aguas profundas y azules.
El sol caía inclemente sobre la colonia. Garza avanzaba exhausta por el kardo maximo, flanqueada de dos hombres. Se tapaban la nariz con pañuelos de lino, pues el hedor de las cloacas se mezclaba con el de los orines que, almacenados en grandes tinajas en la planta baja de algunas casas, eran recogidos por los tintoreros. El hombre que encabezaba el grupo les gritó mientras blandía una vara de vid:
—¡Decidle a vuestro amo que estas tareas se hacen por la noche! ¿Qué tiene en la cabeza ese viejo loco? Hablaré con el edil.
—Por la noche el amo está muy ocupado con su nueva esclava y no se acuerda de dar órdenes, ¡ja, ja, ja! —se burló uno de ellos.
—¡Dile que el duunviro Gayo Celio en persona le meterá su mugrienta cabeza en la cuba de los orines si no se atiene a la ley municipal!
Elbón, el esclavo personal de Gayo, había sido el primero en darse cuenta de que Garza estaba indispuesta, y por ello, a la vuelta del puerto, había acelerado el paso de la carreta, evitando en lo posible los baches. Ella no había dejado de palparse el abultado vientre en todo el camino, intentando disimular una mueca de dolor. Acababan de dejar las caballerías en los establos cercanos a la Puerta Rubricata para dirigirse a pie hasta la casa, una de las primeras domus construidas en la ciudad. Garza buscó apoyo en los brazos de Elbón y de su marido, Vibio Crispio.
Gayo Celio se giró y, con ademán impaciente, empezó a golpetear la vara contra la palma de la mano. Garza lo miró: mandíbula angulosa, pelo cano, piel colorada… Él y Elbón, amo y esclavo, parecían hermanos; claro que Gayo destacaba más debido al parche que tapaba su ojo izquierdo y a la túnica angusticlavia.
—Deberías haberte quedado en casa con Domitila, mujer. Mírate: casi no puedes caminar —dijo Gayo.
¿En casa? ¿Y perderse la despedida? De ningún modo. Ni siquiera la había detenido la humedad que al amanecer se escurría por sus piernas; la última imagen que se llevaría de ella no sería de debilidad e impotencia. Por eso subió a la carreta con el vientre fajado y la cara bien alta. El embarazo la favorecía: nunca antes había tenido los labios más rojos ni las mejillas más sonrosadas, y hasta parecía que su pelo, lacio, siempre ingobernable, lucía ahora más dócil y ondulado. El viento marino le había soltado algunos mechones de la cabellera color miel, recogida con cintas amarillas, y su mirada de trigo verde centelleaba con el sol de aquellos sofocantes días de agosto, unos días que quedarían cincelados en su memoria como las letras sobre una lápida de mármol.
Cuando llegaron a casa, Garza quiso dedicar unos minutos a Domitila, que no había salido de su habitación en todo el día. Estaba atravesando uno de sus periodos de melancolía, durante los que se refugiaba en los recuerdos de una infancia feliz, en Roma y en Tarraco, junto a sus dos hermanas. La mayor, Domicia Calvina, seguía viviendo en la casa familiar, junto al Tíber, mientras que Domicia Cincinata vivía con su marido y su hijo Quinto en la dulce Tarraco.
—Todo ha ido bien, domina Tila, tu hijo Lucio navega ya hacia Roma y en unos días llegará a casa de tu hermana —dijo Garza con voz fatigada.
—Llevo semanas orando a Neptuno para que llegue sano y salvo, el mar es tan traicionero… No tienes buena cara, deberías haber evitado ese viaje, ¡hace tanto calor! Tendríamos que estar en la casa de las Espeluncas, es más fresca. En la casa de tu difunto padre, me refiero, ahora eres de la familia y por tanto también es nuestra. —Garza la miró con una mezcla de fastidio y rabia—. ¡Oh, querida! ¿Te encuentras mal? Seguro que has ido al puerto para que Lucio no notase tanto mi ausencia. Si te pasa algo me sentiré culpable. Aún te faltan muchos días para dar a luz, debes cuidarte.
—Si no necesitas nada, me voy. —Garza se puso en pie con dificultad y caminó hacia la puerta. Pero al llegar a ella se sintió desfallecer. Se apoyó en la pared y, lentamente, fue dejando resbalar las manos hasta quedar a gatas.
—Domina —dijo con inquietud—, no habrá que esperar más tiempo: ¡el niño está en camino!
—¡Por las diosas camenas! —Tila se puso en pie de un salto, para la sorpresa de Garza—. ¡Elbón! ¡Harmonía! ¡Enviad a por la partera! —gritó con una fuerza desconocida—. Y tú, Garza, levántate si puedes y cógete de mi brazo, vamos a tu habitación. No te preocupes, todo va a ir bien.
Elbón y Harmonía, su mujer, pusieron en marcha todo lo necesario. Ellos, que habían implorado descendencia a los dioses, se habían tenido que conformar con ver crecer a sus sobrinos de Castrum Bergium y a Lucio, a quien habían criado como a un hijo. Si por algo era envidiado Gayo Celio en Barcino era por ellos, leales y discretos. Eran el alma de la casa, ni una sola queja salía de sus labios, aportaban el buen ánimo que faltaba en la familia desde la enfermedad de Tila. Todos se preguntaban por qué Gayo no les había otorgado ya la libertad, pues si alguien la merecía eran ellos.
Tila, con los ojos chispeantes, llevó al cuarto de Garza un cofrecito del cual extrajo, uno por uno, todos sus talismanes. Cada vez que tomaba uno entre sus manos, lo miraba, se lo llevaba al corazón y a los labios, y musitaba alguna oración. La parturienta, arrodillada sobre la cama y retorciendo las sábanas en cada contracción, recibía los masajes de Annia, su esclava personal, que miraba nerviosa a Tila. Esta, ajena a cualquier otra cosa, continuaba ocupada con su ritual.
Por fin llegaron Nasia Sabina, la partera, y Fabia Tertula, el ama de cría. La primera empezó a dar órdenes a todo aquel que se cruzaba con ella mientras un sirviente instalaba la silla de partos en la habitación de Garza.
—¡Harmonía! ¿Te has ocupado de deshacer todos los nudos? Toma, pon la estatuilla de las tres acuclilladas en la habitación de la parturienta. ¿Habéis colocado a Juno Lucina en el larario? Sí, ya veo. A ver, Fabia, ayuda tú también.
La partera entró en la estancia, casi en penumbra, y enseguida notó el aroma dulzón del espliego que ardía en un pebetero de cerámica con la efigie de Deméter. Al ver a Garza se echó las manos a la cabeza y exclamó:
—¡Por la madre Venus! ¿Y esas cintas en el pelo? ¡Domina Tila! Estás dormida, mujer, ¡desanúdalas! ¡Y las tuyas también! —En circunstancias normales, una patricia no habría tolerado aquel tono, pero Tila pareció no tenerlo en cuenta. La partera siguió dando órdenes—: ¡Os quiero ver a todas con el pelo suelto! ¡No quiero ni un solo nudo en toda la casa! ¿Ha roto aguas? —preguntó a Annia.
—No.
—¡Sí! Esta madrugada —dijo Garza con un hilo de voz.
—¿Esta madrugada? ¿Has perdido el juicio? Y te has ido tan tranquila al puerto… ¡Qué insensatez! Podrías haberte puesto de parto en la carreta — gritó Tila.
—Venga, menos hablar y más hacer. Échate en la cama y déjame palparte. A ver… ¡Ay, madre! Estás más dilatada de lo que creía, esto va a ir rápido. Claro, si llevas desde la madrugada… ¡Qué locura, muchacha! Te has arriesgado demasiado. Espera, creo que estoy tocando la cabecita. ¡Que venga el padre y traiga su cinturón! —pidió Nasia.
Pero Vibio Crispio no aparecía por ninguna parte, y tampoco Gayo Celio. Elbón y Herennio, el esclavo encargado de la puerta, salieron apresuradamente a buscarlos. Nasia Sabina se quejó:
—¿No está el padre? ¡Qué desbarajuste! Menos mal que el niño viene bien.
Llegó Harmonía resoplando con un cinturón de Vibio en la mano y se lo tendió a la partera para que lo abrochara alrededor del vientre de Garza. Nasia cerró los ojos y respiró hondo varias veces. Colocó las manos a ambos lados de la barriga de la chica quien, concentrada en las sensaciones de su cuerpo, empezó a escuchar un leve canturreo, que fue ganando en intensidad. La mujerona estaba entonando un carmen, un cántico tan antiguo que ninguna de las allí reunidas pudo descifrar más que algunos nombres: Antevorta, Cinxia, Dis Pater… La salmodia subía y bajaba de tono, en medio de un silencio solo roto por los quejidos de Garza. Al final del canto todas entendieron: «que el mismo que te ciñó y te ató con el matrimonio se suelte ahora y permita salir al niño», susurraba la partera mientras desabrochaba el cinturón. Entonces se dirigió a Garza:
—¡A la silla de partos! Fabia, Harmonía, os colocaréis detrás. Domina Tila, tú a mi lado. Garza, si lo necesitas agárrate a nosotras. Y acuérdate: cuando yo te diga, aprietas fuerte.
Se oyeron pasos apresurados en el atrio. Vibio y Gayo habían llegado. Se acercaron a la habitación, sin entrar en ella. Dentro se podían oír los gemidos de Garza y las palabras de ánimo de las demás mujeres. Gayo paseaba meditabundo, y a veces hacía como que contaba con los dedos. Vibio, sin embargo, parecía más relajado: apoyado contra el muro, mordisqueaba un hueso de oliva mientras observaba todo lo que las mujeres habían preparado en el atrio: una cama para Juno Lucina, pues la diosa no abandonaría la casa en los siguientes días, y una mesa preparada para Hércules, su hijo, que mamaría la leche de su seno y crecería fuerte.
Pasó una hora. Elbón no soportó la espera y se fue a la cocina a desgranar guisantes. De repente, de entre las voces de las mujeres surgió un llanto potente y se oyó a Nasia Sabina gritar:
—¡Es una niña! Y tiene una preciosa mata de pelo… ¡rojo!
A Elbón se le derramaron los guisantes por el suelo. Gayo, con el semblante sombrío, ordenó a Vibio que lo acompañase al tablinum. Vibio escupió el hueso de aceituna y lo siguió.
Garza, hija de Barkal, había traído al mundo a una niña de pelo azafranado y piel traslúcida de tan blanca. El vivo retrato de su abuela cántabra.