Shokunin

David B. Gil · Capítulo 1 de 1

Páginas del PDF

Shokunin

Shokunin

David B. Gil

 

Shokunin

 

ePub r1.0

Titivillus 09-11-2019

Título original: Shokunin

David B. Gil, 2017

Ilustración de portada: Thinkstock

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

En la cultura japonesa, el shokunin es el artesano entregado por

completo a su oficio, hasta el punto de sublimarlo a la categoría de arte.

Sabae, provincia de Echizen

Año 3 de la Era Keicho (1598)

 

El barrio del placer de Sabae era un sudario de miserias y bajas pasiones

tendido a orillas del río Hino. Una extensión de apenas medio [1] ri en la que proliferaban cientos de hospederías, prostíbulos y casas de té que crecían como hongos ponzoñosos entre los callejones. Quizás pareciera un lugar impropio del maestro Ekei Inafune, médico de cámara del clan Shimizu, pero suscitaba su interés como ningún otro rincón del feudo. Médico errante en sus años de aprendizaje, el encorsetado protocolo de la corte del daimio lo hastiaba hasta el punto de hacerle añorar otras épocas más inciertas de su vida.

Esa noche, sin embargo, su visita al barrio rojo respondía a motivos que

nada tenían que ver con sus paseos nocturnos. Un [2] doshin de bajo rango había acudido a su consulta poco después de la puesta de sol: la guardia local necesitaba que examinara un cadáver hallado en un burdel, en circunstancias difíciles de esclarecer, según le explicaron. No era aquella la primera ocasión en que los agentes de justicia recurrían a él, y el médico solía atender sus requerimientos con interés, agradecido de cualquier distracción que lo aliviara de la rutina del castillo. Aunque, a decir verdad, nunca antes se le había convocado con tanta premura.

Así que ahora avanzaba entre el gentío, con el joven agente abriéndole paso a empellones e improperios. Y tras Ekei Inafune, la señora Tsukumo, su ayudante y farmacéutica: una anciana de carácter enérgico, dotada de una capacidad de observación y unos conocimientos botánicos que el médico valoraba en grado sumo. Solía asistirle cuando debía pasar consulta fuera de la residencia del daimio, y esa noche no había sido una excepción.

—El burdel se halla cerca del puente de Shiraoka —explicó el doshin cuando alcanzaron la avenida paralela al río—. Estamos cerca.

En la margen oeste del río se concentraban las casas de peor reputación, algo que el viajero despistado averiguaba al aproximarse a cualquier de los tres puentes que cruzaban el Hino, pues contra las balaustradas se apoyaban prostitutas de aspecto famélico y rostros embadurnados en polvo de arroz, en un vano intento de disimular las marcas de la viruela y otras enfermedades. Solían acosar al visitante con caricias y zalamerías, tratando de arrastrarlo hacia algún lugar apartado. Aquella noche, sin embargo, las que flanqueaban el puente de Shiraoka mantuvieron la compostura a la vista del agente de justicia, limitándose a observar en silencio la peculiar compaña.

La casa que buscaban no se encontraba muy lejos del canal, y era la única rodeada por un muro de madera, lo que a primera vista la dotaba de cierta prestancia, pese a que los tablones se hallaran torcidos e hinchados por la humedad. Estos vedaban un jardín descuidado y de escasos secretos, pero que, de algún modo, confería al conjunto el encanto olvidado de épocas mejores. El maestro Inafune no pudo evitar la idea de que aquella casa era fiel reflejo de las flores que guardaba.

El guardia que custodiaba la puerta los saludó con vehemencia y les indicó con gesto marcial el camino que debían seguir. Cruzaron el jardín en dirección a una de las terrazas. Allí los aguardaba, de rodillas sobre la tarima de madera, la encargada del local. La mujer, de edad similar a Tsukumo, los saludó tocando el suelo con la frente y les rogó que la acompañaran.

Se adentraron por pasillos de madera desvaída, opacada por el tiempo y las pisadas, hasta un corredor que se asomaba a una infinidad de pequeñas estancias veladas por paneles deslizantes, todas a oscuras y en silencio. Solo una permanecía iluminada y abierta de par en par. Al asomarse a aquella sala, pudieron contemplar por fin el motivo que los había traído hasta allí: aparatoso en ese espacio tan reducido, el cadáver yacía de costado y con las piernas desnudas. Un hombre de aspecto grave permanecía de pie junto al cuerpo, observándolo mientras se pellizcaba la barbilla con gesto ausente; vestía el hakama y el casco que lo identificaban como oficial de justicia, y no era la primera vez que Ekei se cruzaba con él: se trataba de Nagamasa Sogo, un investigador inflexible y obstinado, aunque no exento de cierta astucia. Al fondo de la sala, encogida contra un rincón, una muchacha que no podría tener ni veinte años se cubría el cuerpo y la cabeza con una colcha. Probablemente fuera la prostituta que dio con el cadáver, o la que se encontraba con el desgraciado en el momento de morir.

—Le agradezco que haya atendido nuestra llamada, maese Inafune —lo saludó el oficial, que dirigió una segunda reverencia a la señora Tsukumo—. Temo que podamos encontrarnos ante algún tipo de epidemia.

—¿Epidemia? —repitió Ekei, al tiempo que se arrodillaba junto al cuerpo —. Una conclusión un tanto alarmista, ¿no le parece, oficial? Sobre todo para alguien que nada sabe de medicina.

El médico apoyó los dedos bajo el mentón para asegurarse de que, efectivamente, aquel hombre no tenía pulso. Aún conservaba algo de calor, había muerto no hacía mucho. A simple vista, todo hacía pensar que el corazón se le había detenido, acaso por el esfuerzo.

—¿Por qué habla de una epidemia, oficial Sogo? —preguntó la señora Tsukumo desde el umbral—. Este hombre no parece haber padecido enfermedad alguna, se diría que la muerte le sobrevino de forma súbita.

—Es el noveno al que encontramos de esta guisa en diez días, todos en el barrio del placer, como fulminados por una maldición. Tememos que las putas estén contagiando alguna enfermedad a sus clientes.

—¿Todos se encontraban fornicando en el momento de morir? —quiso saber Ekei.

—No, este es el primero que nos topamos con la verga al aire. A uno lo encontramos entre unos sacos de arroz, cerca del embarcadero; otros amanecieron en algún callejón, entre charcos de orín, como si se les hubiera atragantado el sake. El último apareció muerto en los baños de una hospedería… Pero todos en la misma zona. No hace falta ser médico para entender que una enfermedad se está propagando por los burdeles.

Ekei negó con la cabeza. Aquella explicación era una simpleza, las enfermedades no aparecían de repente para fulminar a quienes las padecían.

—¿Cómo te llamas, muchacha? —preguntó, dirigiéndose a la prostituta que, atemorizada, aún se encogía contra la pared.

—Su nombre es Sayuri, maestro —respondió la encargada del negocio, como si la joven fuera incapaz de hablar por sí misma.

—Dime, Sayuri, ¿qué ha sucedido aquí? ¿Cómo murió este hombre?

La prostituta tragó saliva y respiró hondo unas cuantas veces, intentando encontrar el hilo de su propia voz:

—Estaba agitado cuando llegó —articuló al fin—. Al parecer había reñido con alguien fuera, pero la cosa no fue a más. Aunque no tenía buen aspecto cuando me lo enviaron… Se echaba la mano al costado. Le dije que no estaba en condiciones, que le devolvería su dinero, pero me dijo que había cruzado el río para follar y que no volvería hasta haberlo hecho. —La chica se ciñó la colcha alrededor de los hombros, acentuando su indefensión—. Después de meterla… —Los sollozos le entrecortaban el aliento—. Comenzó a respirar raro. Empujó un par de veces y paró. Algunos hombres gruñen y jadean… Y yo pensaba que simplemente era de los que acaban pronto, pero cayó sobre mí y ya no se movió más. —No quiso reprimir más el llanto—. Tuvieron que venir a sacármelo de encima.

Ekei intercambió una mirada con el oficial de justicia, pero este parecía ajeno a cualquier tipo de compasión hacia la joven prostituta.

—A no ser que necesite algo más de ella, oficial Sogo, quizás alguien debiera acompañarla fuera. No es apropiado que permanezca aquí.

Sogo levantó la barbilla para indicar a la encargada que llevara fuera a la muchacha. «Pero que nadie abandone el local», advirtió. La mujer echó un último vistazo al cadáver, en sus ojos solo se leía el alivio de que, en esa ocasión, no había sido una de sus putas la tocada por la desgracia. Después abrazó por los hombros a la joven y la condujo fuera, quedando en la sala ambos médicos y el oficial de justicia.

—¿Qué opina, señora Tsukumo?

La anciana, que hasta ese momento no había abandonado su lugar junto a la entrada, se aproximó para arrodillarse junto al cuerpo.

—Nueve muertos en poco más de una semana, todos hombres y sin signos de violencia o enfermedad… —La mujer empujó el cadáver hasta que quedó tendido bocarriba—. No puede ser una casualidad. —Tsukumo examinó los ojos del finado; a continuación, le abrió la boca y olió en el interior. Frunció el ceño, como si no estuviera satisfecha. Sin necesidad de ayuda, levantó la cabeza del difunto y se la apoyó en el regazo para poder desnudarlo por completo. Cuando toda la piel estuvo expuesta, comenzó a tantear meticulosamente tras las orejas, en la nuca, en el hueco entre las clavículas, bajo la axila…

—Aquí —dijo por fin, deteniendo súbitamente la exploración—. Acérquese, maese Inafune —lo invitó, sin apartar el dedo de un punto en el costado izquierdo.

Ekei descolgó la linterna de la pared y la aproximó al lugar indicado por su asistenta. A pesar de la precisa indicación de la anciana, tardó en ver la leve erupción enrojecida.

—Interesante —musitó el médico—. El orificio es tan pequeño que ni siquiera ha llegado a sangrar. —Recorrió la herida con el dedo—. Penetró entre la segunda y la tercera costilla, muy cerca del corazón.

—¿Un orificio? —preguntó Sogo, desconcertado.

—Este hombre ha sido apuñalado —explicó el médico—, pero con un punzón tan fino que apenas ha dejado marca. La punta le atravesó el pulmón, de ahí los jadeos y el dolor al respirar mencionados por la prostituta. Sin embargo, un arma tan aguda solo mataría a alguien si le alcanzara el corazón.

—O si la punta estuviera envenenada —corrigió Tsukumo—. Un veneno introducido tan próximo al corazón se extendería rápidamente por la sangre. Su efecto sería más intenso e inmediato que ingerido o inoculado bajo la piel.

Mientras los médicos disertaban, el oficial Sogo había comenzado a sopesar las implicaciones de que aquel hombre hubiera sido asesinado… De que aquellos nueve hombres hubieran sido asesinados, en realidad.

—¿Están totalmente seguros de lo que dicen? ¿Hay alguna manera de demostrar que los nueve han muerto del mismo modo?

—Por ahora solo podemos aseverar que, al menos en este caso, alguien se ha tomado muchas molestias por ocultar el carácter violento de la muerte — respondió Ekei—. Hasta el punto de hacerse con un arma de excepcional factura, pues un punzón tan largo y agudo debería ser demasiado quebradizo para penetrar tan limpiamente entre las costillas.

La señora Tsukumo se incorporó y habló mientras se sacudía con calma las arrugas del kimono:

—Hay formas de saber con certeza si una persona ha sido envenenada, pero no cuando el cadáver es tan reciente. Si el oficial Sogo está conforme, me gustaría examinar los otros cuerpos.

 

Era casi media noche cuando los médicos se encaminaron hacia la prisión, acompañados del joven guardia que esa misma tarde había ido en busca de Ekei Inafune. Enfilaron una vereda poco transitada que partía desde la margen oeste del río y concluía en un bosque de cedros, en cuya linde se había levantado el edificio. A la luz de la luna, este tenía el aspecto de una vieja fortaleza abandonada, con paredes de argamasa coronadas por una torcida empalizada.

El depósito mortuorio se hallaba en la parte posterior, junto a un claro despejado a golpe de hacha, y hasta allí se encaminaron los tres visitantes. El agente de justicia llamó a la puerta con el puño y los golpes hicieron aletear a los cuervos que observaban desde los árboles. Mientras aguardaban, maese Inafune se distrajo observando la tierra calcinada del calvero y las tinieblas que acechaban entre los cedros. No era difícil intuir el destino de los cuerpos allí guardados; la mayoría eran cadáveres de ajusticiados, aunque también terminaban allí los cuerpos de aquellos que morían en los caminos o estando de paso en la ciudad, sin posibilidad de ser identificados o reclamados.

Un hombre encorvado y de dientes no menos torcidos acudió a la llamada. Abrió la puerta frotándose la nuca con expresión somnolienta y adelantó una linterna colgada de una vara. En cuanto la luz tocó a los recién llegados, comprendió que quien lo despertaba no era uno de sus compañeros, sino un doshin y dos médicos investidos con el blasón de los Shimizu. Alarmado, se deshizo en exageradas reverencias:

—Señores, lamento decirles que el alcaide descansa en su residencia. Si precisan…

—Estos médicos no vienen a ver al alcaide —lo interrumpió el agente de justicia—. Responde a sus preguntas y atiéndeles en todo lo que precisen.

El otro se apresuró a asentir, aunque el desconcierto aún le nublaba las entendederas.

—Dime —intervino Ekei—, ¿cuántos cuerpos guardáis esta noche en el depósito?

—Seis, mi señor: cuatro hombres sin identificar, una puta que apareció

muerta río abajo y un [3] ronin acuchillado en un cruce de caminos, cerca de Gyojidake.

El médico y su ayudante intercambiaron una mirada. Cuatro personas sin identificar, no las nueve de las que había hablado el oficial de justicia.

—Necesitamos ver los cuerpos que aparecieron en el barrio rojo —dijo Tsukumo—, seguro que sabes cuáles son.

Tan inusual petición hizo dudar al responsable del depósito, un simple

eta[4], al fin y al cabo, acostumbrado a seguir órdenes procedentes de una autoridad indiscutible, no a discernir lo apropiado de lo inoportuno.

—Atiende a todo lo que te pidan —insistió el agente.

—Por…, por supuesto, síganme.

Aquel hombre los condujo a través de un angosto pasillo de madera y techos bajos. La humedad del lugar y el hedor a muerte apenas atemperado por el incienso hicieron que el doshin prefiriera rezagarse. Ekei y Tsukumo, más habituados a las miserias del cuerpo, siguieron al eta sin titubeos hasta una cámara semienterrada. La estancia se hallaba iluminada por la mortecina luz de luna que penetraba desde unos tragaluces. Sobre el suelo de tierra se alineaban seis toneles de madera sellados con tripa de buey; una cuerda aseguraba cada membrana, y de ella colgaba una tira de papel con una oración inscrita.

—¿Cuánto llevan aquí? —preguntó el maestro Inafune.

—El que más, seis días. Una vez a la semana viene un bonzo desde el templo Myogonji para celebrar un funeral, entonces podemos quemar los cuerpos. Aunque no es habitual que solamos guardar tantos cadáveres aquí abajo, hacía años que no nos llegaban tantos cuerpos en tan poco tiempo.

—¿Hacía años? ¿Quieres decir que esta situación se os ha presentado antes?

—La mayoría de los difuntos con los que tratamos aquí son bandidos ajusticiados. El resto suelen ser desdichados de mala vida: una puta de río de tanto en tanto, algún ronin que ha echado mano al sable sin saber con quién se las gastaba, jugadores ambulantes que han tenido demasiada suerte con los dados… Desgraciados sin nadie que se haga cargo de sus funerales, en definitiva. —El hombre se rascó la barba con gesto pensativo—. Lo que no suele suceder es que nos lleguen tantos en tan poco tiempo, y todos muertos sin que se sepa cómo. Algunos dicen que alguien ha maldecido a las rameras y que el que se la mete muere antes del amanecer, que la maldición no se irá hasta que termine esta luna. Yo, por si acaso, no visitaré los burdeles hasta el próximo mes, y solo lo haré después de hacer ofrendas a los monjes de Jofuku y en el santuario de Ukan.

Ekei escuchaba las supersticiones de aquel hombre con paciencia, pues sabía que, en ocasiones, de las palabras de los ignorantes se podía aprender más que de los sutras que con tanto ahínco repetían los monjes.

—¿También se habló entonces de una maldición en el barrio del placer?

—Hubo algunas habladurías, pero nada serio. De la primera vez hará ocho o nueve años; nadie le dio demasiada importancia. La otra fue más recientemente, hace cuatro años, lo recuerdo bien porque fue el mismo mes que nació mi tercer hijo. Nueve hombres a los que tuvimos que quemar en la fosa común, porque no se sabía de dónde venían ni hacia dónde iban… Peregrinos y vendedores ambulantes, lo más probable.

—¿Murieron por algún motivo aparente?

—No, que yo sepa. Casi todas las noches traían un cadáver. Aparecían muertos en una posada o cerca de algún burdel. Duró unas dos semanas, pero como nadie los reclamó ni se denunció crimen alguno, los doshin tampoco le dieron mayor importancia.

—La historia parece repetirse —murmuró Tsukumo.

Ekei asintió en silencio.

—Acabemos con esto —dijo, finalmente—. ¿Dónde se hallan los cuerpos del ronin y la prostituta?

El vigilante se lo indicó, y Ekei avanzó hacia uno de los toneles restantes. Lo destapó y observó el cadáver envuelto en un kimono blanco. El hedor empalagoso de la carne en descomposición se extendió por la cámara, pero aún era soportable. Indicó al carcelero que extrajera los restos y este tumbó el tonel sin más consideraciones. A continuación, tiró del sudario hasta sacar el cadáver de la tinaja.

El médico se arrodilló y abrió los ropajes del finado. La sorpresa le demudó el rostro:

—¿Qué es esto? —preguntó.

El cuerpo se hallaba cercenado a la altura del vientre, el torso completamente separado de las piernas.

—Creí que se os habría informado. Estos cadáveres se han utilizado en el

tameshigiri[5], de ahí su estado.

—¿Quién ha sido el encargado de ejecutar las pruebas?

—El caballero Kansaemon Itami, maestro espadero de su señoría.

Maese Inafune sacudió la cabeza, consternado, pero no tardó en recuperar su habitual pragmatismo:

—Señora Tsukumo, por favor.

La anciana asintió y se arrodilló junto al médico. Unió las manos e inclinó la cabeza ante el cadáver. A continuación, con movimientos tranquilos, como si en realidad trabajara en su jardín, se echó mano a la espalda y tomó la pequeña hoz que llevaba en la faja. Solía emplearla para cortar tallos leñosos, pero esa noche le daría un uso distinto: sujetó la mano del difunto, comprobando que la rigidez posterior al fallecimiento ya había desaparecido, y deslizó la afilada hoja entre el índice y el resto de los dedos. Con una firmeza de pulso impropia de alguien de su edad, cercenó de un tirón seco la falange, que se desprendió con el chasquido de una rama quebrada.

Tsukumo observó el interior del hueso, lo olió con expresión valorativa y, por último, extrajo con la punta de su hoz un poco de médula. Se la llevó a los labios con gesto concentrado y masculló:

—Veneno. Ha calado en los huesos.

Ekei asintió en silencio antes de pedir al encargado que abriera otro tonel. Extrajeron un segundo cadáver, también partido en dos, y también en este la mujer realizó su macabra comprobación.

—El sabor amargo es inconfundible. Ambos han sido envenenados.

Aún se profanó un cadáver más, ante la creciente inquietud del encargado del almacén, que los observaba en angustiado silencio. Tsukumo llegó a la misma conclusión.

—No es necesario seguir —zanjó Ekei—. Todos estos hombres parecen haber muerto del mismo modo.

 

Dos días después, Ekei Inafune obtuvo una dispensa de su señoría para asistir a una nueva prueba de corte celebrada en el patio de la prisión. El maestro espadero probaría una katana fabricada por el armero Nobushige, considerado el mejor forjador de la provincia de Echizen.

La consumada técnica en el corte de Kansaemon Itami le había asegurado un puesto de privilegio al servicio del clan, siendo el responsable de seleccionar y custodiar las espadas que entraban a formar parte de la armería del señor Shimizu. El talento de Itami, no obstante, brillaba en aquellas ocasiones en que debía empuñar el sable, y esto, en tiempos de paz, solo sucedía en tres situaciones: cuando debía ejecutar a alguien cuya pena de muerte había sido dictada personalmente por el daimio, cuando debía asistir a

algún vasallo de su señoría en el [6] seppuku, o cuando debía probar un sable expresamente fabricado para el señor Shimizu, como sucedía esa mañana.

Según había podido saber maese Inafune, la prueba celebrada dos días antes correspondía al sable corto que Nobushige había forjado para su señoría; esa mañana se probaría el sable largo que completaba el juego, y no pocos funcionarios de alto rango habían acudido al tameshigiri para comprobar si el maestro herrero se había superado en esta ocasión, siendo capaz de forjar una espada de cinco cuerpos.

Ekei entró en el patio de la prisión junto con el resto de funcionarios, que afrontaban la prueba con el ánimo jocoso de quien asiste a un espectáculo. En un extremo de la explanada se había instalado una tarima para acomodar a su señoría, Munisai Shimizu, al alcaide de la prisión y a Nobushige, el maestro forjador cuya arma se ponderaba. A los pies de la tarima, la guardia personal del daimio, y flanqueando el patio, arrodillados sobre esterillas que se habían tendido para la ocasión, los funcionarios que habían solicitado presenciar el tameshigiri.

Cuando todos estuvieron ubicados y en silencio, entró en el patio Kansaemon Itami, de porte sobrio y actitud severa, vestido con ropas amplias que le facilitaran los movimientos. Saludó con una inclinación al daimio antes de volverse hacia la puerta por la que habrían de traer los cadáveres. Estos llegaron cargados sobre esteras de tatami: cinco cuerpos en total, entre los que Ekei distinguió, como esperaba, al hombre que había examinado dos noches antes en el burdel del puente de Shiraoka.

Cuando todo estuvo dispuesto, los porteadores se retiraron y en el patíbulo solo quedó el caballero Itami con los cinco cuerpos sobre los que probaría la obra de Nobushige. El samurái se arrodilló frente a la tribuna y aguardó a que el comisario de la prueba le entregara la caja que contenía la katana. Recibió el cofre con una reverencia y lo depositó ante sí. Levantó la tapa y el magnífico acero llameó al ser tocado por el sol de la mañana.

Con la calma que requería la ceremonia, Itami extrajo de la pechera del kimono una sencilla empuñadura de bambú; encajó en ella la espiga desnuda de la hoja y la fijó con un pasador de metal. Saludó una vez más a la tribuna, mostrando el sable ya montado, y se puso en pie para encaminarse hacia el primer cuerpo.

Allí le esperaba el aguador, de rodillas junto al cadáver, atento a las instrucciones del espadero. Itami hendió dos veces el aire, asegurándose de que la hoja estaba bien fijada, y por fin la tendió hacia el asistente. Este sumergió el cucharón en el cubo de agua y lo derramó sobre el acero, ungido en aceite desde la noche anterior. El médico, que observaba fascinado las evoluciones del samurái, sabía que el objeto de humedecer el filo era lubricarlo para que cortara mejor los tendones y los huesos.

Por fin, Kansaemon Itami se colocó frente al torso, separó las piernas y alzó el sable por encima de su cabeza, empuñándolo con ambas manos. Todos los presentes contuvieron el aliento, atentos al primer corte. Este cayó con la potencia del rayo que golpea el bosque, veloz y fulminante, partiendo en dos el tronco y desparramando la inmundicia propia de los hombres sobre la arena.

Ekei quedó sobrecogido por la técnica del samurái, tan depurada que ni siquiera necesitó gritar para imprimir potencia al mandoble. Tras recoger la hoja y relajar el cuerpo, Itami mantenía una respiración profunda y cadenciosa, como si partir en dos a un hombre apenas precisara de esfuerzo.

Limpió la hoja de un golpe de muñeca y avanzó con calma hacia el siguiente cuerpo, con el aguador apresurándose frente a él para llegar a su puesto. Itami se detuvo frente al cadáver y tendió de nuevo la hoja hacia el asistente, que volvió a verter agua sobre ella. El maestro repitió cada gesto con la precisión de quien los ha asimilado hasta incorporarlos a su propia esencia: su expresión concentrada, la posición separada de los pies, la cantidad de aire justa en el pecho… Para aquel hombre, esa era la única forma posible de acometer su golpe, el resultado de repetir el mismo movimiento decenas de miles de veces hasta reducirlo a su forma más pura y contenida. De nuevo alzó la espada sobre la cabeza y de nuevo la descargó empujando con todo su cuerpo, desde los hombros hasta la cadera y las piernas, acompañando al acero con todo su ser. Desgarró vísceras y carne, cercenó la espina dorsal y continuó cortando hasta enterrar el filo en la arena.

Un murmullo admirado se elevó desde el patio de la prisión, pero el samurái no lo escuchó mientras se encaminaba hacia el tercer cadáver. Sabía que el filo se hallaba más romo tras los dos primeros tajos, tendría que restar fluidez a sus movimientos a cambio de imprimirles más potencia. Aun así, partió el cuerpo con más facilidad de la esperada. En verdad, aquella era la mejor hoja que había forjado Nobushige-sensei, se dijo Itami, mientras sacudía el acero por tercera vez.

El samurái confrontó el cuarto cadáver con la misma serenidad de espíritu que los anteriores. Si la hoja mantenía su filo tras aquel tajo, podría aventurar el quinto y último corte. Una proeza que solo habían logrado los más reputados herreros a lo largo de la historia, como Yoshimitsu o Masamune, y que consagraría la espada de Nobushige como una de las mejores de Japón y, sin duda, el bien más preciado del clan Shimizu.

Kansaemon Itami apoyó el lado interior del sable sobre el punto donde iba a cortar, midiendo la distancia; a continuación, giró la empuñadura y levantó el filo hacia el cielo. Sabía que en aquella ocasión debería bajar más la cadera, descargar un golpe que aplastara al tiempo que cortara, y así lo hizo, completando un tajo menos limpio que los anteriores, pero que, no obstante, logró partir en dos el torso.

De nuevo, un rumor admirado recorrió a los presentes, que intercambiaban miradas de satisfacción. Aquella katana era ya una obra sublime, digna de los mejores guerreros del país. Quedaba por ver si también era un arma digna de leyenda. De modo que cuando el caballero Itami limpió la hoja con un pañuelo de seda y examinó el filo, todos los presentes guardaron silencio, como si fueran ellos mismos los sometidos a juicio.

Por fin, el maestro espadero extendió el sable a un lado y saludó al comisario de la prueba.

—El filo presenta una muesca —anunció Itami en voz alta—. No puedo acometer el quinto corte. Comunique a Nobushige-sensei que se trata de una espada de cuatro cuerpos.

La prueba había concluido y voces decepcionadas se alzaron desde el patio de la cárcel. Algunos incluso se atrevieron a censurar entre cuchicheos a Kansaemon Itami, recriminándole que no intentara el último corte por no poner en tela de juicio su técnica. «Es una espada sublime», decían, «si no consigue el quinto corte quizás no sea culpa del sable, sino de quien lo empuña».

El murmullo comenzó a apagarse cuando el daimio alzó la mano para imponer silencio. Munisai Shimizu, a quien Ekei atribuía un especial talento para manejar los ánimos de sus vasallos, adoptó una expresión solemne, aunque sus ojos delataban un brillo vivaz, como si todo aquello le divirtiera:

—Una vez más, el señor Nobushige ha hecho honor a su reputación forjando un arma soberbia. No puedo sino congratularme de tener semejante herrero en mi feudo. Aun así, el maestro me ha pedido permiso para expresar una petición.

El veterano hacedor de espadas clavó los puños frente a sí y se inclinó hasta tocar el suelo con la frente:

—Ruego a su señoría que me conceda una semana más para trabajar el filo de esta espada. Y ruego al caballero Itami que se preste a repetir la prueba transcurrido este tiempo.

Shimizu sonrió:

—¿Qué dices, Itami? —preguntó el daimio con despreocupación—, ¿estás dispuesto a repetir el tameshigiri? ¿O ya estás viejo para tanto cortar y sajar?

—Haré lo que su señoría considere oportuno —respondió el samurái con una reverencia.

El daimio asintió, satisfecho.

—Dentro de una semana volveremos a vernos aquí —sentenció Munisai —, esperemos que, para entonces, herrero y espadero den lo mejor de sí.

 

Esa misma tarde, Ekei Inafune solicitó audiencia con el maestro de armas, Kansaemon Itami. Este lo atendió en una pequeña sala de recepciones habilitada en la propia armería del castillo. El suelo estaba cubierto de tatami y las paredes mostraban tapices de papel donde se recreaban las campañas militares más gloriosas del clan Shimizu.

Cuando el caballero Itami entró en la sala, encontró al médico observando con interés aquellos pasajes bélicos narrados a dos tintas.

—Esa es la batalla del monte Hino —explicó el samurái a modo de saludo, en referencia a la pintura que contemplaba Ekei—, donde hace ochenta años Togoro Shimizu, abuelo de su señoría, repelió la incursión del clan Yamada.

Ekei saludó al espadero con una inclinación mientras este se acomodaba en el cojín que correspondía al anfitrión.

—Gracias por recibirme tan pronto, caballero Itami.

—Reconozco que su petición me ha despertado la curiosidad, no es normal que el médico de cámara de su señoría decida visitar la sala de armas.

Ekei asintió con gesto afable:

—En primer lugar, y antes de explicarle el motivo de mi visita, permítame felicitarle por la maestría que ha demostrado esta mañana.

—Se lo agradezco, pero mi desempeño se debe en gran medida al sable que empuñaba. —Itami cerró la mano derecha de forma inconsciente, como si anhelara asir de nuevo la espada forjada por Nobushige—. Resulta mucho más fácil ejecutar una técnica cuando se dispone de un acero semejante.

—¿Cree que la espada podría haber llegado a cortar un quinto cuerpo? — quiso saber el médico, incitando al samurái a hablar, a sentirse cómodo.

—En otras circunstancias, es posible. Hay muchos factores que influyen en una prueba de corte. En esta época del año, cuando ya se ha retirado el frío del invierno pero aún no ha llegado el calor del verano, la piel se halla más hidratada, es más elástica y difícil de cortar. Las piedras elegidas para afilar la hoja también influyen: no es lo mismo preparar el filo para cortar carne y huesos que para cortar bambú o esteras enrolladas… Es complicado decirlo; de lo que no hay duda es de que se trata de un sable excepcional.

—Le agradezco sus explicaciones —dijo Ekei con sincero interés—. A este respecto, quisiera pedirle que me dejara estudiar las mejores armas forjadas por Nobushige-sensei, aquellas en las que, desde su punto de vista, el maestro ha puesto más empeño.

Itami escrutó el semblante del médico con desconfianza.

—Dígame, maese Inafune, ¿desde cuándo un médico se interesa por herramientas tan ajenas a su arte?

—Lamento que mi petición le incomode. Ha de saber que ya se la he expresado al señor Shimizu, y este me comunicó que quedaba a su discreción el que se me permitiera examinar tales espadas.

—¿No me dirá para qué desea ver las armas de su señoría?

—Lamento no poder explicárselo. No aún, al menos.

Itami torció el gesto, pero no vislumbraba en el médico intenciones deshonestas.

—Aguarde aquí —dijo por fin.

Ekei esperó sin levantar la vista del suelo, arrodillado en la posición formal que exigía el protocolo. Cuando el maestro espadero regresó, sostenía sobre los antebrazos dos cajas de madera de cerezo lacadas en rojo. Se acomodó frente al médico y las colocó entre ambos.

—Normalmente, un forjador de espadas alcanza el culmen de su arte cuando ha ejercido el oficio durante cuarenta años. Es entonces cuando da forma a sus mejores aceros. Ese ha sido también el caso de Nobushige-sensei, y estas son, bajo mi humilde entender, sus dos creaciones más excelsas:

sendas [7] daishos fabricadas para su señoría. —Itami pasó la mano sobre las cajas, invitándole a examinarlas.

Con absoluta reverencia, el médico abrió el primer cofre y observó las hojas larga y corta, ambas desnudas, carentes de empuñadura o cualquier ornamento. A continuación, sirviéndose de un pañuelo de seda, sacó la katana sosteniéndola por la espiga. Apoyó el lado romo sobre su antebrazo y evaluó el filo corvo con ojo atento. La desenvoltura de sus movimientos no pasó desapercibida al maestro de armas:

—Veo que no es la primera vez que sujeta una hoja.

Ekei sonrió con torpeza.

—Simplemente soy un hombre observador, nada sé de espadas, créame.

Con cuidado, el médico extendió un paño sobre el tatami y apoyó la hoja sobre este. Después sacó de la pechera del kimono un carboncillo y un pliego de papel. Apoyándolo sobre la espiga, calcó las inscripciones allí cinceladas por el herrero, donde figuraban su firma, la fecha de fabricación y la calidad del arma: cuatro cuerpos en este caso. Devolvió el sable a la caja y se la entregó al caballero Itami. Después repitió la operación con el otro juego de espadas, siempre bajo la atenta mirada del samurái, que observaba con curiosidad el proceder del médico.

Cuando hubo concluido, Ekei saludó con una profunda inclinación a su anfitrión:

—Le agradezco su paciencia y le deseo suerte en la prueba que ha de afrontar la próxima semana.

Dicho esto, abandonó la armería sin más explicaciones, dejando a un desconcertado Kansaemon Itami tras de sí.

 

Ekei decidió tomarse algunos días para reflexionar sobre cómo proceder. Era consciente de que no se hallaba entre sus funciones acometer una investigación de aquella índole, pero trasladar sus sospechas a los agentes de justicia podía ser igualmente irresponsable, al no disponer de pruebas concluyentes.

Cinco días después de su visita al maestro espadero, mientras trabajaba en la consulta del castillo junto a la señora Tsukumo, comprendió que el tiempo no jugaba a su favor.

—Esta mañana los funcionarios de justicia han traído terribles noticias. Alguien de la guardia se fue de la lengua, y pronto lo ha sabido todo el castillo —comentó Tsukumo, mientras machacaba hojas de artemisa con un mortero—. Esos hombres deberían ser más discretos con los asuntos que se traen entre manos.

Ekei levantó la vista del calendario de visitas de ese día. Sabía que su ayudante le estaba dando a entender que tales noticias le incumbían, aunque no quisiera expresarlo abiertamente.

—¿Es relativo a las muertes en el barrio rojo? —preguntó de forma directa el médico, sentado frente a la anciana en una mesa baja.

—Creo que los doshin estaban más tranquilos cuando creían que una enfermedad había matado a esos desgraciados.

—¿Cuántos han sido esta vez?

—Cuatro, en las dos últimas noches.

El médico torció los labios, disgustado por cómo los acontecimientos se habían precipitado. Fue negligente al pensar que podría postergar tales cuestiones, incluso desentenderse de ellas.

—He de marcharme —anunció, poniéndose en pie—. Encárguese usted de los pacientes de hoy, por favor. No le darán muchos problemas, la mayoría son viejos funcionarios que necesitan charlar un rato.

—¿Viejos charlatanes como yo, maese Inafune? —preguntó la mujer, mordaz.

—Usted, señora Tsukumo, sigue siendo la dama más hermosa y astuta de Sabae —zanjó el médico con descaro.

Y se despidió con una rápida reverencia.

 

Ekei recorría el barrio de los artesanos a paso rápido, impulsado por la resolución que le quemaba las entrañas. Tenía la convicción de que aquellas cuatro muertes podrían haber sido evitadas, y ese pensamiento comenzó a atormentarle según se alejaba de sus quehaceres para adentrarse, nuevamente, en aguas profundas y caudalosas. Aguas que podían arrastrarlo. Pero en ese momento estaba convencido de ser el único capaz de evitar las muertes que estaban por sobrevenir.

La calle de los herreros era una sucesión de casas de dos plantas techadas con tejas de barro cocido, lo que demostraba que seguían siendo el gremio más próspero de Sabae. Y entre todas aquellas viviendas, destacaba la de Nobushige, el más prestigioso y próspero armero del feudo, como acreditaba la pequeña mansión que hacía las veces de residencia y taller. «Pese a su fama —pensó Ekei frente al pórtico de entrada—, continúa viviendo en el barrio de los artesanos». Alguien más apegado al estricto orden social habría alabado al herrero por no olvidar cuál era su lugar.

Cruzó el pórtico y se detuvo en el jardín, a la espera de que alguien acudiera a su encuentro. Lo hizo un joven sirviente que llegó desde el interior de la vivienda. Cuando Ekei se presentó como el médico de cámara del clan Shimizu, se le hizo pasar y lo acomodaron en la sala donde se recibía a los clientes.

Al cabo de no mucho, la esposa de Nobushige acudió a disculparse por la espera e informarle de que el maestro lo aguardaba en su taller. La mujer lo condujo a través de largos corredores con pasos cortos y recatados, cruzaron un jardín interior, fresco y acogedor, y llegaron a una estructura ubicada en la parte posterior de la vivienda, separada del resto del edificio por un breve camino empedrado y coronada por una chimenea que desalojaba los gases de la forja.

La señora se detuvo junto a la entrada del taller, como si aquel fuera territorio vedado para ella, y lo invitó a pasar con una sonrisa y un gesto de la mano. Ekei se adentró con cierto recelo en aquella sala en penumbras. La atmósfera tibia y el olor sulfuroso le secaron los ojos y la garganta. En las paredes se exhibían decenas de lanzas, dagas, sables y algún que otro arcabuz. Cruzó el recibidor y se aventuró, titubeante, en un pasillo iluminado por la claridad que penetraba desde la única puerta descorrida.

Allí encontró a Nobushige, sentado de espaldas a una terraza abierta de par en par. A su izquierda reposaba, sobre un soporte vertical, un sable largo, probablemente la katana familiar, cuya presencia daba un carácter formal a aquel encuentro. A su derecha, una caja lacada en negro. La figura del maestro se recortaba contra un pequeño jardín de té, poco más que un huerto refrescado por un sauce y consagrado por un humilde altar de piedra.

Ekei comprendió que aquel debía ser su santuario, el corazón de su casa, más incluso que la forja donde daba forma a lo que allí imaginaba.

—Me alegro de conocerle, maese Inafune. Honra esta casa con su presencia —saludó el armero, indicándole que tomara asiento.

Cuando su invitado se hubo acomodado, Nobushige abrió la caja de madera y extrajo del interior dos cuencos que colocó sobre el tatami, uno frente al otro.

—Me dijeron que el otro día se hallaba entre los invitados al tameshigiri —comentó el forjador en tono distraído.

—Así es. Su señoría me dispensó de mis obligaciones para poder asistir.

El maestro asintió en silencio, mientras desenroscaba un pequeño tubo de bambú. Con una cucharilla, tomó dos pizcas de té verde pulverizado que vertió en el interior de cada cuenco.

—Y, dígame, ¿le complació lo que vio?

—Poco entiendo de armas y sus cualidades —confesó el médico, mientras observaba cómo Nobushige tomaba una tetera del brasero y vertía agua caliente en cada cuenco—. Aun así, pude apreciar la maestría de su trabajo. Tengo entendido que muy pocas hojas llegan a cortar cuatro cuerpos.

El anfitrión preparó sendas tisanas y le ofreció una a su invitado.

—Es un té delicioso —alabó Ekei tras el primer sorbo, siguiendo el protocolo.

—Me alegro de que se lo parezca. —Nobushige sonrió—. Ahora dígame qué le ha traído realmente hasta aquí.

—La verdad es que me gustaría consultar con usted un aspecto de la prueba.

Nobushige enarcó una ceja, despierta su curiosidad:

—Explíquese.

—Verá, llamó mi atención la proporción de los cuerpos empleados en la prueba de corte. Todos de una complexión y altura similar, hombres que debieron estar sanos y fuertes, con un abdomen delgado.

—No cualquier cuerpo sirve para una prueba de este tipo —corroboró el maestro herrero.

—Eso tenía entendido. Lo que me llevó a preguntarme: si el tameshigiri solo puede practicarse sobre los cadáveres de ajusticiados y de gente de baja extracción cuyos cuerpos no han sido reclamados, ¿cuántas personas en esas circunstancias pueden morir a lo largo del año en Sabae? —reflexionó Ekei en voz alta—. Y de esas, ¿cuántas presentan los rasgos físicos idóneos para probar sobre ellas el corte de una espada?

Nobushige dio su primer sorbo al té, escrutando a su interlocutor sobre el filo humeante del cuenco.

—No sé adónde quiere llegar, maese Inafune.

El médico, en lugar de responder, sacó del interior del kimono un pliego de papel y lo deslizó sobre el suelo. El herrero lo recogió y observó los trazos frotados con carboncillo.

—¿Qué significa esto?

—Hace unos días me entrevisté con el caballero Itami. Le pedí que me mostrara las mejores espadas forjadas por el célebre Nobushige-sensei. Me mostró dos juegos de sables; a su juicio, los más excelsos en la armería del señor Shimizu. Estas son las inscripciones que usted mismo dejó en las espigas de esas espadas: su firma y la fecha en que se dieron por concluidas.

—Lamento decirle esto, maese Inafune, pero mi paciencia comienza a agotarse.

Ekei prosiguió, desoyendo a su anfitrión:

—Esas espadas se construyeron hace cuatro y nueve años, como figura en su rúbrica. —La voz del médico había adoptado una inflexión áspera—. En esos mismos años, aparecieron muertos en Sabae una serie de desconocidos de cuyos cuerpos nadie se hizo cargo.

El herrero sonrió, aparentemente divertido.

—No sé si le he entendido bien, ¿pretende incriminarme en unos asesinatos que se produjeron hace casi una década?

—Hace una década, hace cuatro años, y en fechas recientes. Todas las muertes coinciden con la prueba de sus espadas más prestigiosas, de aquellas que formarían parte de la colección personal de su señoría.

—¿Con qué fundamento formula esta acusación, maese médico? ¿Solo porque unas fechas parecen coincidir?

—No, no solo basándome en eso —replicó Ekei—. Hemos encontrado veneno en los cadáveres que han sido empleados en las pruebas de sus sables. Catorce hombres envenenados en menos de tres semanas, todos de la misma forma y en el mismo lugar. Todos desconocidos, algo conveniente para sus intenciones.

—No soy un asesino, nada sé de venenos ni de mezquindades similares.

—Quizás no sea un envenenador, pero sí un magnífico herrero. Y el arma utilizada para envenenar a esos hombres requiere de una factura excepcional. Pocos herreros serían capaces de crear una punta tan fina y resistente; y de esos, solo uno se ha beneficiado directamente de estas muertes.

Nobushige, colérico, golpeó el suelo con el puño.

—¡Márchese de mi casa, maese Inafune! No tengo por qué tolerar su insolencia.

Ekei, en absoluto impresionado, volvió a beber.

—Tampoco muchas personas saben preparar el veneno que ha aparecido en esos cadáveres —improvisó el médico—. Según mi ayudante, no más de tres o cuatro en toda la provincia. A la guardia local no le costaría interrogarlas sobre quién compró el preparado. Puede que no lo hiciera usted en persona, que se lo encargara a alguien de su casa, o a algún sicario del barrio rojo… —Ekei escrutó a Nobushige con dureza—: Pero algo me dice que un shokunin como usted, alguien entregado a su obra, querría elegir por sí mismo a las personas sobre las que se probarían sus espadas.

Una pátina de sudor cubría la frente del maestro de armas. Sus ojos se desviaron hacia el sable que reposaba a su izquierda. Ekei percibió el gesto de inmediato, contuvo la respiración y se dispuso a defenderse. Nobushige habló sin apartar la vista de la espada familiar, el arma que representaba el legado que ahora estaba en juego:

—Se dice que la espada es la prolongación del espíritu del samurái que la empuña. Yo creo, más bien, que una espada contiene el alma de su creador… O una parte de ella, al menos. Cada vez que entrego una de mis creaciones, entrego una parte de mí; es un ejercicio de generosidad que pocos entienden, solo comparable a entregar a tu propio hijo. Ahora las almas de esos hombres también forman parte de mis espadas, no pasarán en vano por este mundo, como tantos otros, sino que perdurarán en el acero. Los he hecho eternos, he dado sentido a su existencia… No pienso disculparme por ello.

—No hay causa que justifique el sacrificio de una vida humana, Nobushige —respondió Ekei, atento a los movimientos del armero—. Y en última instancia, un hombre solo tiene derecho a empeñar su propia vida, no la de otros.

—Destruirá mi casa.

—No tiene por qué ser así, no soy un oficial de justicia. De hecho, preferiría no tener que denunciarle, pues su deshonra mancharía también el buen nombre del clan al que sirve. —Ekei se inclinó hacia delante, imperativo —: Cese en su actitud y asuma las consecuencias de lo que ha hecho; la forma en que lo haga, no es asunto mío.

Nobushige mantuvo la mirada en la empuñadura de su propio sable, aquel que el abuelo de su abuelo forjara tanto tiempo atrás. Por fin, relajó la tensión de su rostro y asintió en silencio.

—Gracias por atenderme, Nobushige-sensei —se despidió Ekei con una inclinación de cabeza, y salió de la sala con pasos serenos.

Solo cuando hubo abandonado el taller del herrero, se permitió acariciar el largo cuchillo que ocultaba bajo las ropas.

 

Al día siguiente, poco después del alba, un agente de justicia acudió a los aposentos del médico. La guardia local lo requería una vez más, pero en esta ocasión la llamada no le sorprendió. Ekei se vistió con calma y acompañó al guardia a través de una ciudad que comenzaba a despertar. Aún no había amanecido por completo cuando llegaron a la residencia de Nobushige-sensei.

En el interior de la vivienda, en la misma sala donde Ekei se había entrevistado con aquel hombre, yacía el cuerpo del forjador de armas: este se sostenía aún sobre las rodillas, con las mangas de la chaqueta bajo las piernas, de modo que el cadáver no se desplomara de forma indigna sobre el suelo. El cuello parecía seccionado de oreja a oreja por el cuchillo caído junto a la mano derecha. Custodiando el cadáver, escrutándolo con detenimiento, como en tantas otras ocasiones, se hallaba el oficial Sogo:

—Gracias por venir, maese Inafune. Por razones obvias, lamento no poder darle los buenos días.

—¿Por qué me necesitan aquí, oficial Sogo? —preguntó Ekei, sin apartar la mirada del hombre al que, en cierto modo, él mismo había condenado a muerte—. No veo cuál es el dilema médico en este caso.

—Me gustaría que examinara el cuerpo. Su esposa lo halló así esta mañana, después de que hubiera trabajado durante toda la noche en el sable que el señor Itami ha de probar nuevamente.

Frente al cadáver, colocada de forma perfectamente alineada con las líneas del tatami, reposaba la caja alargada que debía contener la última creación de Nobushige-sensei.

—¿Qué espera que compruebe, exactamente?

—No entendemos por qué el señor Nobushige se ha suicidado cortándose el cuello, como es costumbre entre las mujeres, en lugar de seccionarse el vientre, como corresponde a un armero de casta samurái. Creemos posible que alguien lo haya degollado y después haya simulado un suicidio. La mujer es nuestra principal sospechosa.

Ekei frunció el ceño ante otra de las improbables teorías de Sogo, más en ese caso, cuyas motivaciones eran claras para él. Aun así, se arrodilló junto al cadáver y comprobó que el corte en la garganta seguía la pauta que correspondía a una herida autoinfligida: más profunda al principio, más superficial e irregular hacia el final, cuando los espasmos y la falta de sangre hacían perder firmeza a la mano.

Bajo el cuello, en el interior del kimono blanco que vestía el cadáver, asomaba un pliego de papel impregnado con gotas de la propia sangre del shokunin. Ekei lo recuperó y leyó la nota.

—Este hombre se ha suicidado —confirmó por último—. Se ha abierto el cuello, y no el vientre, porque desea que su cuerpo sea el quinto corte en el tameshigiri que se ha de celebrar mañana.

La prueba quedó fijada para la hora del dragón[8] del día siguiente. Maese Inafune, por su parte, decidió permanecer en la consulta y abstraerse en sus quehaceres cotidianos. No fue hasta bien entrada la mañana que escuchó repicar las campanas de los templos que rodeaban Sabae.

Cuando la señora Tsukumo llegó a la consulta, Ekei le preguntó por el motivo de que los bonzos hicieran sonar las campanas.

—El caballero Itami ha logrado con éxito el quinto corte y el clan Shimizu se ha convertido en uno de los pocos del país en poseer una espada de cinco cuerpos. Los monjes ensalzan al maestro Nobushige como un bodhisattva que alcanzó la iluminación justo antes de abandonar este mundo, transmitiendo su alma a la espada que forjó. De ahí que ahora lo proclamen como santo.

Ekei Inafune asintió en silencio.

—Los muertos y los santos no son de nuestra incumbencia —zanjó—. Centrémonos en los vivos que aún desean continuar con vida. Dígame, señora Tsukumo, ¿cómo fueron las consultas que ayer no pude atender?

Terminaste Shokunin

David B. Gil

Libros como este

Después del libro

Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.