Sus ojos en mí

Fernando Delgado · Capítulo 1 de 12

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Sus ojos en mí

Sus ojos en mí

Fernando Delgado

 

 

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SoporAeternus 03.10.15

Título original: Sus ojos en mí

Fernando Delgado, 2015

Editor digital: SoporAeternus

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A Cándido Segovia, que me permitió compartir

con el hispanista Ronald Cueto su erudición teresiana.

Y a Ronald Cueto, que me presentó a Jerónimo Gracián y

me sugirió que no lo perdiera de vista.

El ojo existe en estado salvaje.

ANDRÉ BRETON

 

Ama y haz lo que quieras.

AGUSTÍN DE HIPONA

 

Amantes, dementes.

PLAUTO

La religiosa tenía entonces sesenta años, exactamente el doble de Gracián, y

el resultado de la entrevista fue sorprendente. No hay otro modo de

expresarlo: se enamoró de él.

GERALD BRENAN

 

Se dijo Teresa espantada de sí misma por el excesivo consuelo y contento que le llevé a Beas de Segura cuando allí se encontraba, preocupada y decaída, aunque espantado también estaba yo de mí ante el temor de Dios que era su amor primero. Mi espanto y el suyo no fueron, sin embargo, el mismo: Teresa era capaz de juntarnos a Dios y a mí con ella en igual amor hasta soñarlo. O ver como vio a Jesús tomándonos de una mano a cada uno y juntándolas con las suyas. No ponía puertas al amor ni separaba el amor divino del humano porque al fin todo lo que tocaba el amor era para ella divino. Y tanto era mi espanto que hube de recriminarla que mucho me quisiera, a lo que me contestó con risas que «cualquier alma, por perfecta que sea, ha de tener un desguadero. Déjeme a mí tener este» —me dijo—, «que por más que me diga no pienso mudar del estilo que con él llevo».

No diré que el rostro de aquella mujer, recortado en la toca de una monja, fuera tan bello que incitara al pecado al que lo viera al retirar su velo. Ni que su cuerpo, ágil para su edad de mujer plena, llamara a cualquier hombre a imaginarlo con malicia. Tampoco diré que la santidad le alumbraba los ojos, porque no era su mirada la recatada mirada de una virgen. La cara vivaz, el cuerpo inquieto, la mirada solícita y la inteligencia moviéndole los labios hacían de Teresa de Cepeda una mujer de apariencia más joven a sus sesenta años y presta al atractivo. Y aumentaban sus dones a medida que iba hablando de Dios, porque hablaba de Dios para hablar de lo humano, o a medida que hablaba de las cosas pequeñas y las cosas pequeñas se tornaban muy grandes. Y a medida que hablabas con ella.

Yo era un fraile de treinta años, un frailecillo joven y al decir de los demás, y que la humildad no me abandone, elocuente para la predicación y apto para la escritura. Mas por mucho que el diablo pueda entontecer a un fraile joven y enamorarlo de una monja vieja no era yo una fácil presa para el diablo, más que por virtud, que trataba de cultivarla según mi deber, porque me cuidaba del diablo por fidelidad a mis propósitos y a mi porvenir.

Tampoco creí que el diablo lo tuviera fácil con Teresa, y tratara de entontecer a una monja vieja enamorándola de un fraile guapo con la mitad de su edad. Mas si no enamorarla sí consiguió el demonio fascinarla conmigo, como si de un poder de seducción excepcional me hubiera dotado, o fuera acaso cosa de Dios, sin cuyo consentimiento Teresa no daba un paso, hasta poseerla una cierta ceguera que tenía tanto que ver con la fe como con el amor.

Lo mismo semejaba una soñadora en un instante, y algo más —una mujer capaz de ausentarse del lugar donde estaba sin escapar de allí, como si la oración interior, esa manera de embeberse a lo divino, la convirtiera en una niña viendo pájaros—, que pisaba después, o al mismo tiempo, la tierra con firmeza y manejaba los contratos de este mundo, los solares donde crecían los conventos, el precio de los muros derruidos o alzados y el orden en que las casas del Carmelo se erigían. O ponía su agudeza en la observación de los hombres y mujeres de las clausuras, sus debilidades y sus méritos, sus obsesiones y hasta las extravagancias de los perturbados del mundo que acababan en los conventos metiendo a Dios en las alteraciones del ánimo cuando no en sus intereses más mundanos, supersticiones y supercherías.

De todo eso me habló en la intimidad, que entre nosotros fue mucha. Y de todo eso hablaba con palabra clara y a veces atrevida, sin pelos en la lengua. Mas si escapaba al cielo y volvía de él o traía el cielo a su celda, y veía lo que los demás no veíamos, o escuchaba las voces de la altura y se producía según ellas, a veces con acierto y otras no, y siempre dando por sentado que era lo que Dios quería, no se ausentaba de mi lado cuando a mi lado estaba, tan conformada, muy desprotegida y en busca de cobijo, tan desvalida como nadie la viera en otra compañía; refugiada en mí, muy consolada. Y hablando del amor, como era su querencia.

Lo que yo presentía que era su gozo y lo que ella misma decía que lo era suponía un sentir cuando menos equívoco, que en nada me afectaba, contento yo de su contento, aunque podía a ella provocarle problemas con Dios, su esposo, y con sus enemigos al acecho. Mas a lo que temí no fue a que se prendara de las cualidades que en mí reconociera sino de lo que sentía a su decir en lo más hondo de sí misma, que era algo que no había sentido antes por nadie. Así lo confesó y lo dejó escrito sin andarse por las ramas.

Y fue para mi desgracia que en Beas de Segura y en día de primavera pusiera en mí sus ojos; seguro hállome de que pecó de precipitada al mostrar su complacencia en mi persona antes de cualquier examen. Bien es verdad que no ignoraba mi cuna, la de Jerónimo Gracián Dantisco, que es como me llamaba antes de pasar a ser en religión fray Jerónimo de la Madre de Dios, con mi padre a la vera del emperador Carlos V como poderoso secretario, primero, y después al servicio de nuestro rey don Felipe; hija mi madre del embajador de Polonia, Juan Dantisco, humanista y erasmista también. Y hasta poeta. Criado yo en la fe y educado para servir al Señor en un ambiente culto y literario, inclinado desde niño al estudio y la lectura. A toda clase de lecturas. Y no pasa uno por los libros, si pasa por ellos con dedicación, sin que hagan mella en uno. Así le había pasado a Teresa no sólo con los libros de caballería, sino con los de los santos padres, que a todos leyó con hondura, y a mí con los de filosofía o teología que llegaran a mis manos y que a veces pasaban a las suyas.

No fui a Alcalá a ilustrarme en arte y ciencias y graduarme de maestro a la primera para arredrarme luego ante los lerdos con hábito. Mas la agudeza de Teresa era mucha, y prueba bastante me daría con el tiempo de sus buenas facultades para intuir a la legua las condiciones de los que se le acercaban. Y por lo que he dicho de los libros quizá al poner en mí sus ojos sólo los puso precipitadamente en el hombre de letras que la subyugaba con su verbo, porque insistía en mis saberes cada vez que a mí se refería. No sé si a su franqueza, que era mucha, o a su ingenuidad, que también la tenía, se debe que magnificara su preferencia hacia mi humilde persona e insinuara mi buen porte: bien parecido era, con modales agradables aprendidos en casa, como han subrayado al contarme algunos de los que me conocieron, y sin que mis poderosos ojos azules pasaran inadvertidos. Sé que no es de criatura humilde reconocerse a sí misma en lo que al fin y al cabo no son sino dones de Dios, que reparte las cualidades a su supremo entender, y que estas a veces son más cruces que alegrías, pues no en vano quien carece de ellas las envidia en quien las ostenta. Y he dicho por eso que fue para mi desgracia, y no me equivoco, que Teresa pusiera los ojos en mí. No habría en aquellos conventos mayor alimento para la envidia. Porque no era menos cierto que en los frailes faltaba cualquier atisbo de belleza y, al notar cualquiera esa carencia, fácil era que reparara en la complacencia de Dios en mi hechura. Y vale añadir que el descuido en la higiene y los cuidados en el hábito, o el simple modo de llevarlo, nos distinguía a unos frailes de otros. También el proceder, que era tosco en algunos y tímido y enrevesado en otros, pudo en mi caso atraer a la madre Teresa por mi soltura en el decir y por mi decir ilustrado. Que quizá fuera para ella lo que yo hablaba lo que más feliz la hiciera. Porque feliz la hice según dijo a sus propias monjas al nombrar los días de nuestro primer encuentro como el tiempo más luminoso de su vida. Y como no reparó en contarme su contento, sentime halagado sin mostrar rubor por ello ni expresar alegría por sus elogios, que lejos de parecerle a ella desmesurados le parecieron pocos. No correspondí yo a sus halagos y mucha era la admiración que le tenía. Aunque más que al entusiasmo con que enaltecía mi trato, su aprecio de las maneras suaves que en casa me inculcaron o su deslumbramiento por la elegancia de mi estirpe, y que Dios me perdone esta manera de gratificarme, temí yo por lo que Teresa había sentido nada más verme.

La dejé aventurarse por los laberintos de la pasión humana, que ella se ocupaba de convertir en divina, sin más correspondencia de mi parte, arisco en las formas, sin que ella advirtiera la aspereza ni disipara mi condición afable, por el fastidio que da no responder al amor con amor o no saber de qué amor al fin se trata. Y de saberlo, ser incapaz de vivirlo y de sentirlo como ella o en la misma medida, con verdadera obsesión. Se sube o se baja con el amor y si se baja a la lascivia se descubre un amor confundido con el que engaña el diablo. Y si se sube, se sublima el amor y, que Dios me perdone, puede ser el mismo Dios el que nos engaña o nos deja engañarnos. No sería yo quien dijera nunca estas cosas en mis predicaciones ni me atreviera jamás a hablar con Teresa de su engaño divino.

Por todo lo que digo podría parecer yo, a pesar de todo, un hombre enamorado, un hombre enamorado de una mujer esposada con Dios, mas no un sacerdote. Y sacerdote era y además, cuando la vi, provincial ya y visitador de Andalucía de la Orden del Carmelo en cuya reforma Teresa había puesto todos sus empeños y quiso que pusiera yo los míos. Y los puse. Y ella me dio su obediencia en todo y obedeció con amor para el bien de Dios, de sí misma y de su orden. No sé si para mi propio bien.

Fue así como la vi de pronto y mejor la vería al paso de las horas, tantas horas juntos, tantas horas viviendo las ausencias, más gozosa su compañía cada vez y la vida más plena.

JERÓNIMO GRACIÁN DE LA MADRE DE DIOS