Te tengo en mi piel

Bela Marbel · Capítulo 1 de 30

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Te tengo en mi piel

Primera parte

Capítulo 1

 

Rota

 

Candy pensó que jamás sería capaz de describir lo que había sentido en ese

momento, el preciso instante en que el salvaje la había poseído, porque si algo

le había quedado claro era que eso no era hacer el amor. Había sido un acto de

rendición por su parte. Y supo que su vida se iba a convertir en un infierno.

¿Cómo había podido traicionar así a toda su familia?

Sus antepasados se estarían revolviendo en sus tumbas. Tumbas que los

malditos salvajes no se habían molestado en cavar.

Llevaba toda la vida escuchando las historias que se contaban al calor del

fuego, el whisky y la sed de venganza. Ella y su primo Lester apenas sabían

hablar, pero ya sabían a quién tenían que odiar.

Su padre le contó, en más de una ocasión, cómo habían encontrado los

cuerpos de una de las familias fundadoras del país; la suya.

 

«Corría el año 1898 y los colonos se repartían las tierras que habían sido libres

hasta ese momento. Al salir de Europa soñaban con un mundo nuevo, lleno de riquezas, oro, futuro. Y lo encontraron, todo eso y más. Nadie los iba a detener, y menos que nadie una pandilla de vagos que se dedicaban a canturrear y andaban desnudos todo el día.

»Encontraron su punto débil, el mismo que el de los blancos: whisky. »El primer Shaw que reclamó su pedazo de gloria, decidió no luchar, prefirió

darles a los salvajes eso que tanto les gustaba, pero todos los comanches no eran iguales. Hubo quien se resistió.

»Desde el norte, un grupo que se dedicaba a recuperar las tierras que otros habían

perdido, decidieron quemar los bidones con el líquido que estaba envenenando a su pueblo. Y decidieron, también, que cada uno de los que lo estaban proporcionando se quemara con él. Un hombre por barril.

El espectáculo fue desolador. Pieles calcinadas, cabelleras desprendidas, olor a

muerte y destrucción, tortura…».

 

Cuando su padre contaba cómo se habían apoderado de esas tierras, no se

dejaba detalle. Pero, por alguna razón, matar indios siempre era lo bueno, lo justo, lo ético. Al fin y al cabo los consideraban salvajes, nada más que

animales sueltos. Eran pocos los que habían aprendido a respetarlos, la

mayoría influenciados por el miedo.

 

«Hileras de indios colgados boca abajo, arrastrados desde los caballos, hasta ser

despellejados vivos. Mujeres violadas y mutiladas, esclavizadas…

»Era la guerra y en la guerra matas o mueres. El miedo es un factor muy

importante. Qué pensáis que hacíamos en Vietnam o en Corea, por eso somos la mejor de las naciones…».

 

Su discurso daba un repaso por todas las guerras que su familia había vivido,

que eran muchas. Los hombres Shaw eran guerreros. Y ella, una pobre mujer

que apenas merecía llevar ese apellido. Para su padre solo había hecho una

cosa bien en la vida; liarse con un ranger. ¿Qué más se podía desear de una

hija de Texas?

Y ahora…

Sabía muy bien lo que le esperaba tras su ruptura con George, tarde o

temprano llegaría. El gran Jack, el todopoderoso, había mantenido las

apariencias.

Ella no se atrevió a darle la noticia, lo supo por su madre, que aguantó con

estoicismo las bofetadas que iban dirigidas a ella. Pero no el resto de la paliza,

esa la esperaba todavía. El sello de oro de su padre quemaría su blanquísima y

sedosa piel. Las marcas tardarían semanas en abandonarla y probablemente

no podría sentarse en un mes y, como siempre, fingiría una caída del caballo.

La última vez, antes de George, su querido Senses, el más amado de sus

sementales, fue quien sufrió las iras de su padre; lo mató de un tiro para que

pagase las supuestas caídas de su hija, ganándose el respeto y el miedo de

todo el condado. Y de paso, inventó una nueva forma de castigo para ella.

«Perderás todo lo que ames, hija. Así es como se paga la desobediencia».

Y ahora perdería a Byron. Su padre lo mataría y la mataría también a ella.

¿Byron? No, ella no amaba a Byron, era una locura. Todo lo que sentía

era absurdo, una forma de rebeldía. Seguro. Era solo que… en sus brazos, en

la moto aquella… se había sentido poderosa, el centro del mundo. Nadie

pensaba en otra persona, él se lo estaba dando todo a ella. Sí, era eso. La

había hecho sentir importante, por eso le había gustado.

¿Amarlo? No, eso nunca, ella lo odiaba. Odiaba todo lo que él

representaba. Se odiaba a sí misma por seguir deseándolo. Cuando Mark la

trajo a casa fue incapaz de decir una sola palabra, ni siquiera pudo mirarlo a la

cara, la vergüenza la devoraba por dentro.

—No sé lo que ha pasado, pero Byron se preocupa por ti. De eso estoy

seguro. Fue él quien me llamó para que te recogiera —le dijo, antes de que

ella saliera del coche.

—No me importa ese salvaje —contestó ella.

—Ya… Candy, estaré aquí siempre que me necesites. ¿Quieres que le dé

una paliza… o algo? —Eso la hizo sonreír, así era Mark, un hombre perfecto.

Sería tan fácil quererlo a él. Pero no, ella tenía que enamorarse de los

imposibles.

—Solo dile… Dile… Nada. No quiero saber nada más de él. —Se

terminó. Había vuelto a casa con el mismo hombre que la había llevado a la

boda y su padre no tenía por qué enterarse nunca de lo que había pasado.

Eso pensó ella. Pero la realidad fue otra. Wellstone era, al fin y al cabo, un

pueblo pequeño. El rumor del secuestro se extendió como la pólvora, algunos

incluso se atrevieron a insinuar que la había forzado.

Su padre se había encargado de desmentir el rumor.

El domingo siguiente a la boda de su exprometido con la española, Jack

Shaw subió al púlpito de la iglesia y arrastró con él a su hija. Ella sabía muy

bien lo que se esperaba de un Shaw. Miró todas esas caras expectantes, pero

en realidad solo era capaz de ver una: la de él. Sus oscuros ojos, su recta y

ancha nariz, esos gruesos labios que la hicieron sentir viva, deseada,

hermosa…

El gran Jack comenzó su discurso haciéndoles saber que su hija había sido

repudiada, en favor de una hispana, por el ranger amigo de los indios. Se

lamentó de haber tratado a George como a un hijo y como a un patriota y

aseguró que le haría pagar haberla puesto en peligro…

—Pero, sobre todo, juro con la mano sobre esta sagrada Biblia, que el

salvaje que osó intentar mancillar su honor y su buen nombre responderá ante

mí por sus actos. Ni todos los rangers de Texas van a poder evitarle el

sufrimiento.

—¡Deja de decir sandeces Shaw! Estás igual de loco que toda tu familia.

—Ella pudo ver cómo Rosa se ponía en pie y se atrevía a gritar a su padre. La

abuela de George era una mujer fuerte, dura, curtida por la vida… y buena.

Estaba en la última fila y todas las caras se volvieron hacia ella. Un murmullo

general se extendió por el lugar.

—Mujer, vete a tu casa a cuidar de la familia que te queda. Esto es un

asunto entre hombres. No tendremos en cuenta tus palabras porque sabemos

que estás pasando por un momento de duelo por la pérdida de tu hija…

—Si vuelves a meterte con alguien de mi familia, te mataré con mis

propias manos, Jack. Te lo juro —le amenazó con voz pausada—. Pero en

una cosa estamos de acuerdo; esa hija tuya no tiene nada que hacer con

ninguno de mis chicos. Mantenla alejada de Byron o lo haré yo.

El odio que pudo ver en los ojos de Rosa cuando posó la mirada en ella la

rompió por dentro. Se sintió pequeña y absurda. Todo aquello le parecía una

película, no era algo que le estuviera sucediendo a ella. Tenía que sobrevivir,

tenía que contar lo que su padre quería y salir de allí cuanto antes.

Rosa se abrió pasó a empujones entre sus vecinos. Veía caras amigas que

bajaban la vista con vergüenza, algunos incluso salieron con ella, otros la

increparon al pasar a su lado. El pueblo estaba dividido. Jack Shaw era un

hombre poderoso que compraba las simpatías de la mitad del pueblo, al resto

los aterrorizaba. La familia de George nunca estuvo en un lado o en otro. La

relación que ella y George tuvieron durante los últimos años hizo que el gran

Jack aflojara la cuerda con la que mantenía atados a sus opositores.

Ahora la cuerda se había tensado y cada familia tiraba de un extremo.

—Candance —se dirigió Rosa a ella, antes de marcharse—, no sabes

cómo me habría gustado equivocarme contigo.

Alzó la cabeza y salió, tratando de mantener su orgullo intacto. Tras ella,

unos cuantos vecinos.

Por suerte, Richard no solía ir a la iglesia y George y Nat estaban en

España con la niña. No tardarían en volver y entonces…

 

Candy sintió el dolor de una bofetada hecha con palabras.

El día que Rosa se enfrentó a George y Byron —sus propios nietos,

porque ella los consideraba así a ambos— para defenderla, fue uno de los

pocos días en su vida en que se había sentido segura y protegida. Como

cuando George la quería a ella… Tenía que ser realista, George nunca la

quiso.

Había herido a Rosa en lo más profundo, lo vio reflejado en su rostro. Le

habría gustado volverse, airada, y enfrentarse a su padre tal y como ella lo

había hecho. Se permitió soñar con ello un instante, mientras el gran Jack

seguía con su perorata acerca de la pérdida de valores y tradiciones. ¿A quién

quería engañar? Ella no tenía coraje. Era un ser débil y lamentable; una

persona sin más valor que el de su herencia, tal como Jack y su primo le

recordaban continuamente.

Tardó en percatarse del silencio que se había hecho en la sala. Todas las

miradas estaban fijas en ella, algunas la juzgaban, en otras sentía la lástima,

en otras el odio, el miedo e incluso la envidia… Sabía que todos estaban

esperando sus palabras y ella solo quería salir corriendo; huir, desaparecer lo

antes posible.

Y para ello tendría que darles lo que querían.

A pesar de que las lágrimas le inundaban los ojos, no dudó ni un

momento. Ni siquiera sufrió una ligera inflexión en la voz al afirmar que no

había mantenido ningún tipo de relación con el salvaje. Aseguró que se había

tirado de la infernal moto de cuatro ruedas para evitar el ataque que, sin duda,

el repugnante ser que era el indio trataba de cometer. Dio las gracias a Mark,

que la había recogido en el camino.

No había mentido, no del todo al menos. Y ni Mark ni Byron estaban allí

para desmentirla. Tras lo sucedido se sintió aterrada. Por una vez no era el

hombre el que le dio miedo, esta vez fueron sus propios sentimientos los que

la atacaron sin piedad.

¿Por qué sentía que le estaba traicionando? «Sucia». La palabra le venía a

la cabeza una y otra vez, mientras los murmullos de indignación crecían en la

iglesia del pueblo. La revuelta se estaba gestando y ella podía haberla parado,

solo tenía que dar un paso al frente y decir la verdad. Pero no lo hizo.

El corazón le latía acelerado. Las lágrimas pugnaban por salir y

amenazaban con inundar su rostro, rojo por la vergüenza, por el pesar. Se

mordió el labio hasta hacerlo sangrar y se clavó las uñas en las palmas de las

manos, necesitaba el dolor, tenía que sentirlo… Sabía que iban a ir a por

Byron, sabía lo que le esperaba, pero se mantuvo firme en su versión. Era una

cobarde.

Pero él se lo había buscado por sacarla así del infierno en que se estaba

convirtiendo la boda de George. En realidad la había salvado de la mayor de

sus humillaciones y ella se lo estaba pagando así…

Se lo advirtió. Ella se lo había advertido, pero él no le hizo caso. Él… era

hombre muerto.

¡Dios! Solo quería que todo eso terminara de una vez. Quería irse a casa,

meterse en la cama y tomar medio bote de las pastillas de su madre.

Terminaría como ella; borracha, dolorida y amargada. Jugando el papel de la

esposa perfecta de algún perfecto amigo de su padre.

Se le nubló la vista, la garganta comenzó a secarse y sintió la boca como

un estropajo usado y sucio. Los latidos del corazón resonaban en su pecho a

un ritmo frenético, pensó que moriría en ese mismo instante y dio gracias a Dios por concederle ese deseo, justo antes de caer derrumbada a los pies del

púlpito.

La última imagen que vio fue la del salvaje riendo, pintado con sus

pinturas y preparado para asustarla.

Y sonrió.