Tentación
Cathryn de Bourgh
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
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Londres-Covent Garden
Tenía los ojos vendados, pero podía sentir su voz susurrarle al oído palabras bellas y seductoras al tiempo que sus besos recorrían su cuerpo desnudo sin prisa, pero con mucha ceremonia…
Sus manos intentaron tocar ese pecho fuerte, pero él se alejó riendo. Le encantaba jugar a la gallinita ciega con ella, cubrir sus ojos, atar sus manos a la cama y luego de torturarla con besos y húmedas caricias liberarla…
Dejarla que corriera por la habitación para buscarlo, para tener lo que más deseaba: el premio mayor. Él Brent. Su guapo y ardiente vecino del quinientos dos. Con él había conocido la palabra placer y había llegado lentamente al éxtasis… Estar juntos era atreverse a todo, era ser otra mujer, despierta, ardiente y desesperada siempre por más… Y ahora él no estaba por ninguna parte, pero podía sentir su olor, sus risas y… Entonces oyó su voz:
—Tranquila doctora Stuart, pronto le daré su premio, lo desea usted, ¿no es así?
Su voz se oyó casi histérica “oh, sí, lo quiero… Lo quiero todo, por favor”.
—Y lo tendrás muñeca…
Era el único hombre a quién permitía llamarla así, en realidad ella era su muñeca y hacía con ella todo lo que quería, ese había sido siempre el problema. Quería ser la única, quería ser mucho más que su muñeca encerrada que le daba todo y él no había estado dispuesto a aceptar la exclusividad, no de su parte…
—Así preciosa, es todo tuyo… Ya tienes lo que querías, tu premio…
Anne gimió al sentir en sus labios su sabor. ¡Lo había atrapado! El juego había comenzado y ahora…
Un sonido impertinente la despertó de tan delicioso sueño.
El teléfono. El odioso y horrible aparato sonaba insistente como una vieja impertinente, loca y demandante y no estaba de humor para atender.
Es que ella odiaba atender el teléfono y lo odiaba mucho más cuando
interrumpía sueños así con su vecino del 502. Aturdida y desesperada reaccionó y abrió los ojos y buscó al responsable de su mal humor… Allí estaba, tirado en el piso color crema, uno de esos teléfonos chatos que se llevaban a todas partes y también se olvidaban…
Saltó de la cama con desgano, de un tiempo a esta parte todo había ido en picada. Solo rezaba para que no fuera el abogado de su ex marido, pues había decidido no ceder ni un ápice en nada: ese apartamento le pertenecía y no lo vendería, que su ex buscara algún otro, tenía dinero y una furcia prendida a sus pantalones el día entero. Su asistente… Debió desconfiar de esa rubia exuberante tenía toda la pinta de una perra en celo… Su amiga Diana lo había mencionado en una ocasión, pero ella estaba distraída, siempre estaba distraída: el trabajo la consumía entonces y ahora…
Se estiró para atrapar el bendito teléfono que no dejaba de sonar una y otra vez, sonría hasta que fuera atendido: no daría tregua y sabía que había alguien que hacía eso...
—Hola.
—Anne querida, ¿cómo estás?
Su madre por supuesto, era una mujer paciente, había pasado diez años de novia con su padre hasta que este decidió que ya era hora de casarse. La misma que le dijo “oh Annie, no te divorcies, ¿por qué no le das una oportunidad a tu pobre marido? Está destrozado”.
Sí, destrozado, destrozada quedó ella cuando descubrió que ese hombre ejemplar, inteligente, responsable había estado engañándola con esa rubia zorra.
—Estoy bien mamá. ¿Y tú, cómo estás, papá? —suspiró.
—Todos bien, gracias querida, pero ¿y tú Anne? —su madre usaba una expresión casi trágica para preguntarle cómo estaba. Como si un divorcio fuera lo pero que pudiera pasarle a una mujer.
—Yo estoy bien, muy bien —agregó.
—Me alegro Anne… Espero que no hayas olvidado el cumpleaños de tu padre el sábado. Haremos una fiesta familiar muy bonita en Devon.
¡Qué bien! Le encantaban las fiestas familiares.
—¿Hasta cuándo te quedarás? —su madre se puso ansiosa.
—Solo hasta el domingo mami, tengo que trabajar, sabes.
—¿De veras? Oh... Claro. ¿Y cómo van las cosas en la firma?
—Bien…
Su madre siempre quería saber si salía con algún abogado o socio de la firma. No, ninguno le agradaba, debía recordárselo cada vez que le preguntaba.
Luego de hablar con su madre la llamó su vieja amiga Diana.
—Anne, tengo un amigo que quiere conocerte, parece que le gustas.
Su amiga Diana era la más alegre y la más libertina del grupo de derecho. Eran un grupo pequeño que seguían viéndose, aunque todas siguieran caminos diferentes, solo Diana, Alice y ella habían logrado el diploma, las otras: Clarise, Rose y Eli abandonaron, se casaron, se divorciaron, pero siguieron viéndose de vez en cuando. Se preguntó qué planeaba Diana, ella no podía soportar que estuviera tanto tiempo sin sexo, ni se explicaba cómo hacía para tener una vida de monja casi…
—Diana, ¿qué estás tramando? —Anne se mostró desconfiada.
Sus amigas no perdían la costumbre de buscarle algún hombre para salir y tener sexo. Sabían de su nula vida sexual, y se esforzaban por ayudarla a salir de ese lamentable y penoso estado de abstinencia.
—Anímate Anne, es el hombre de tus sueños: alto, guapo y bien dotado, te hará recordar viejos tiempos y te pondrá muy alegre.
Anne rió divertida.
—¿Y tú como sabes que está bien dotado?
—Oh bueno, es lo que dicen por allí… Se le nota Anne… Tengo bueno ojo para eso, tú me conoces…Y aunque no sea guapo ni musculoso… He descubierto que los menos agraciados, los de baja estatura y aspecto vulgar, esos que una no miraría más de una vez… ¡Oh sorpresa!… —continuó Diana.
Más risas. Anne estaba encantada con los descubrimientos cuasi científicos de su amiga siempre preocupada por salir con chicos “bien armados” aunque según su propia experiencia, la mayoría de las veces eran tamaño “estándar” ni muy chica ni nada que asombrara en cuanto a muy
grande. A ella eso no le quitaba el sueño para nada, su amiga Diana era algo obsesiva sí, con el tamaño y con todo lo relacionado al sexo.
Sí, claro, la mirada de Diana sería una radiografía. Antes de presentarle a un amigo lo estudiaría de arriba abajo… Se preguntó cómo lo hacía, los hombres solían disimular bien sus partes íntimas, además ella ni muerta los habría mirado “allí”.
—Además trabaja en la bolsa, es alto, guapo y muy agradable. No está casado ni… Tal vez hasta quiera casarse contigo si le das un poco de tiempo.
—¿Trabaja en la bolsa? ¿Y por qué quiere conocerme? ¿No le habrás dicho que tienes una amiga soltera que está desesperada por sexo verdad?
¡Diana, te mato!
—Oh no, ¿cómo crees que le diría eso? Tranquilízate. Él te conoce, te vio en una foto en el álbum de face que subí de nuestra última salida y le gustaste mucho. Está solterito y te gustará. Es un rubio sexy, ojos grises…
—¿Rubio? No me gustan los rubios Diana, no son mi estilo, ni nórdicos ni ingleses.
—¡Vamos Anne! Deja de ser tan exigente. ¿Qué hay de malo con los rubios? Además, hay rubios que son muy guapos y ardientes.
—No me gustan, no son mi tipo. Me agradan de cabello oscuro, ojos cafés, ardientes y viriles. Y simpáticos, los rubios que me presentan siempre son tan fríos y engreídos.
Su amiga rió tentada. ¡Es que Anne era tan complicada! Que no le agradaban con barba, ni de cabello largo o poco aseados, tampoco los muy delgados… Lanzó un suspiro, era la solterona del grupo y por eso tenía tan mal carácter, lo que necesitaba Anne era sexo, sexo y más sexo para ver la vida de a colores, como ella…
—Dices eso porque no saliste con Thomas Kent amiga, es rubio, hace diez deportes distintos, superdotado y te aseguro que… La mete como ninguno.
Anne rió. Su amiga vivía de aventura en aventura y si decía eso no exageraba, era muy sincera.
—Bueno, son gustos. Pero si es parecido a tu amigo Thomas lo pensaré.
Me vendría muy bien una aventurilla.
Anne Stuart lanzó un hondo suspiro. Meses de abstinencia sexual empezaban a provocarle escozor, mal humor y mucho estrés. No había estado con un hombre desde que tuvo esa aventura con el vecino del 502.
Brent Daniels. Eso sí que era un hombre con todas las letras… Y diablos, no dejaba de soñar con él, de tener esos sueños eróticos que la hacían despertar húmeda y anhelante, y también triste porque no eran más que fantasías, no eran reales. Pero sí habían sido muy reales hacía tiempo…
Se sintió excitada de nuevo al recordar esos días locos cuando recién separada aceptó tomar una copa con su vecino, a quién tenía visto desde que estaba casada con Peter, pero entonces no se le pasó por la cabeza serle infiel por supuesto. Hasta que la separación y la rabia de descubrir que su marido se acostaba con su secretaria hizo que se metería en la cama con su vecina. Y fue… Simplemente maravilloso. Ella que pensaba que para irse a la cama debía enamorarse y bla, bla, bla, con un par de copas para vencer esa recalcitrante y arcaica moralidad inglesa Una aventura inolvidable, horas en la cama, encerrados… La primera noche fue especial, fue un demonio, dios, nunca conoció a un hombre así, tan ardiente, tan hombre…
La forma de besarla, su voz, su olor, todo la había embrujado, pero luego…
Mientras duró la aventura fue maravillosa pero cuando sintió que empezaba a enamorarse decidió poner fin a sus encuentros en su apartamento. Él era un modelo cotizado y tenía otras chicas que lo visitaban y eso le dio asquito. Casi le hizo una escena de celos como si fuera su mujer o su prometida y…
“Bueno muñeca, tú me gustas mucho pero no tengo en mente comprometerme, adoro sentirme atado.” Le había dicho.
Ella se sintió furiosa, humillada y muy tonta.
—No quiero compromisos, solo ciertas reglas… Si sales conmigo, si hago todo contigo quiero exclusividad —le había respondido acalorada.
Meses después entendió que un hombre como Brent no le daba exclusividad a nadie.
—¿Qué pasa nena? ¿Salimos unas veces y quieres convertirme en tu marido serio y formal? Lo siento, pero no… No me interesan los compromisos de exclusividad. Soy libre y salgo con quién me apetece.
Anne lo llamó cretino y estuvo a punto de darle una bofetada, semanas durmiendo con su vecino, aprendido mucho más de sexo en ese tiempo que en toda su vida sexual, pero diablos, no quería compartirlo. No porque quisiera casarse con él, ni porque estuviera locamente enamorada. No estaba tan loca como para enamorarse en tan poco tiempo ¿o sí? Lo que no le gustaba era saber que tenía sexo con otras chicas y también con ella porque le daba asco. Mucho asco. Esa era la palabra y se lo dijo.
—Hoy día, las enfermedades, las pestes que te pillas al hacerlo con gente promiscua… Pues hay que ser cuidadoso.
Él se sintió agraviado, no tomó la cosa a broma.
—¿Y tú crees que me voy a la cama con cualquier chica? Pues te equivocas, soy selectivo y no son desconocidas para mí. Sé bien quiénes son y además uso condón. Me cuido nena.
Sí, lo sabía, pero a esa altura la pelea era inminente.
—Son excusas, me quieres para ti porque estás pasando un mal momento preciosa, acabas de separarte y necesitas un novio, un compañero, pero yo no quiero una relación exclusiva con nadie, entiendes. Si aceptas mis reglas…
¡Mierda! Ella tenía sus reglas, ningún hombre volvería a imponerle las suyas. En realidad, ningún hombre le había impuesto nada. Cuando conoció a Peter salieron, se enamoraron, en el medio se fueron a la cama y entonces era maravilloso: tierno y muy romántico. Ella salía de su primer novio formal y cuando se aburrió lo dejó, y cuando se le antojó casarse lo hizo con Peter. Él lo aceptó con mucha naturalidad y hasta cuando dijo “quiero un bebé” se puso en campaña para dárselo…
Dos años después de su último deseo, se vio divorciada y sin el bebé que tanto quería. Ahora con treinta y dos años y un divorcio sangriento a cuestas no iba a aceptar una relación abierta con ese hombre promiscuo.
Su respuesta fue “¡vete al infierno Brent!” A lo que su amiga Diana respondió: “fuiste una tonta, debiste quedarte con tu vecino, te tenía muy
contenta ese Brent, se ve que era muy bueno en la cama…”
A lo que ella había respondido:
—Ni loca soportaría ser una más, si no soy la única puede irse al infierno. Ni que fuera el único hombre de la tierra.
Brent se lo tomó con mucha filosofía que lo mandara al demonio, y regresó a su alegre vida de soltero de siempre, todos los días con una chica distinta. Claro no… Eso no era ser promiscuo.
Pero demonios, que había disfrutado más esas semanas encamándose con Brent que los seis años que estuvo casada con Peter Byron y con su anterior novio que sabía menos que su marido. Al comienzo fue bueno el sexo, pero con los años… Terminaron convirtiéndose en dos viejos amigos, y lentamente se alejaron y cuando descubrió que se acostaba con su secretaria pensó que al parecer era ella el problema. Ya no la deseaba ni la encontraba atractiva.
—¿Anne, me oyes? —la voz de Diana la volvió al presente.
—Sí, perdona.
—Hoy a las nueve, en el restaurant de Piccadilly Circus, anota la dirección…
Otra cita a ciegas.
—Diana ¿y por qué crees que me gustará?
—Inténtalo amiga, vamos, necesitas salir, distraerte. Anímate boba, nada mejor que encamarse con un extraño para olvidar a tu ex y comenzar algo…
Le gustas mucho y tal vez… Te lo pases muy bien Anne.
Aceptó el reto.
Necesitaba sexo, llevaba meses sin dormir con un hombre y esa carencia se había convertido en un malhumor constante. A pesar de que salía con amigas y también tenía citas con desconocidos no se sentía tentada para irse a la cama con ninguno. Era muy especial, tenía demasiados peros: si no huele bien, si no me agrada, si me besa y no me excita… Y no podía irse a la cama en la primera cita, ni con un par de tragos.
Fue a trabajar al estudio de abogados como todos los días mientras pensaba que le haría bien tirar la toalla y animarse. Tenía treinta y dos años,
estaba crecidita como para estar esperando a su príncipe azul. Solo que… A veces era algo exquisita.
No le gustaban rubios.
No le gustaban gordos.
No le gustaban los feos.
Y mucho menos los que bebían, ingerían sustancias, u olían mal. Eso era lo primero. Un hombre desaseado, barbudo o con aspecto de abandono la desencantaba al instante. Ni hippies ni excéntricos, quería un hombre que cuidara su aspecto físico en todos los sentidos.
El olor en un hombre era vital, que le atrajera su olor, que fuera un hombre pulcro y atento, de conversación atenta…
Bla, bla, se oía a solterona buscando marido en una agencia matrimonial.
Ese era su problema. Demasiadas exigencias, demasiados peros.
O tal vez después de esa loca aventura con su vecino modelo ningún hombre colmaba sus expectativas.
Es que no la erotizaba irse a la cama con un desconocido. Y mientras sus amigas se iban a la cama con mucho más facilidad ella se regresaba a su casa sin sexo, siempre era así…
Bueno, podía intentarlo. Tal vez después del segundo whisky confundiera al desconocido con un hombre tan arrebatadoramente guapo que se dijera a sí misma “ahora o nunca, nunca volverás a verlo y, lo más importante; dejarás de sufrir esta horrible abstinencia”.
Bueno, tienes un hombre de la bolsa que quiere conocerte. Que vio tu foto en la web y le gustaste…
Con esos pensamientos se sintió súbitamente animada y al regresar a su apartamento pensó que debía usar algo sexy.
¿Dónde estaba su lencería más atrevida? Y un vestido justo que enseñara sus curvas.
Rayos, estaba temblando imaginando que esa noche lo conseguiría. Era una especie de presentimiento.
Miró el reloj de la cocina, las nueve, se le hacía tarde, debía apurarse.
Se miró en el espejo y de pronto no le gustó nada: ni el vestido, ni el maquillaje. ¡Mierda! Pensará que estoy desesperada por un poco de sexo o
que soy una meretriz en busca de un cliente…
Corrió a lavarse la cara y a quitarse el vestido ese rojo de mal humor.
Mejor usar algo más discreto, era una abogada y tal vez ese hombre ni siquiera llegara a gustarle ni deseara tener sexo con él.
Era algo lenta para todo eso, lo reconocía, y solo había tenido tres hombres, el primero que le duró como cuatro años en sus años adolescentes, luego Peter con quién se casó y su vecino Brent, el mejor de todos y quién menos le duró. ¡Qué pena! ¿Dónde estaría él ahora? De viaje, disfrutando de las fiestas, desfiles, durmiendo todas las noches con una chica distinta.
Suspiró y buscó sus aros de plata, el perfume y… Debía olvidarse de Brent, se había jurado no volver a mirarle la cara y por supuesto no dormiría con él.
El vestido largo era muy elegante, discreto. Una solera azul con flores blancas grandes, escote en forma de sostén, era algo atrevido sí, pero…
Bueno, tampoco iría de monja a una fiesta en casa de su amiga más alocada.
Media hora después llegó en su Audi azul a un restaurant de Piccadilly Circus muy concurrido. Una nueva cita a ciegas para encontrar pareja y poder salir, tener sexo… Divertirse. Lo necesitaba…
Al entrar vio un mundo de gente y buscó la mesa ubicada en el extremo con la rosa roja. Allí estaba el caballero de la bolsa: rubio, atlético y superdotado… Se preguntó qué broma le había hecho Diana ese día. Porque no era rubio sino de cabello oscuro y jamás habría creído que se trataba de un empleado de la bolsa de valores porque parecía un músico, un director de cine o uno de esos artistas bohemios de melena crecida y barba… Diana,
¿qué broma era esa?
—Hola… ¿Tú eres Anne? —el desconocido le habló. Parecía agradable, en realidad no parecía desaseado, pero…
Una nueva cita a ciegas que fracasaría, lo intuía.
Se esmeró por ser simpática, no podía cometer la descortesía de marcharse. Lo único que fue irresistible esa noche fue el plato de carne y patatas y el postre helado. La conversación se volvió insignificante.
Languideció de forma penosa y se sintió mal pero ese joven no le gustaba
nada. Pero si Diana sabía que no le gustaban ni de cabello largo ni barbudos, ¿por qué entonces…?
Pues sería la última vez que iría a una cita a ciegas, si quería salir con alguien “ella buscaría algún candidato” pensaba frustrada mientras regresaba a su apartamento del Covent Garden ese día.
Su móvil sonó entonces “hola Anne, ¿qué te pareció Mark?” quiso saber Diana.
—El hombre más aburrido y menos sexy que conocí en mi vida.
—Oh, ¿de veras? Pero… Está loco por ti, le gustas mucho Anne, no lo dejes escapar, no hasta que puedas tener algo de sexo, lo necesitas.
Anne buscó las llaves y abrió la puerta de entrada.
—No tendré sexo con ese barbudo, vamos, no me agradan con barbas.
Diana, me pregunto si esto no será una broma tuya…
Su vieja amiga rió divertida.
—Oh vamos, ¿es que ninguno te gusta Anne, y qué tiene de malo que sean un poco así peludos? ¿No has oído que los peludos son los hombres más sensuales de todos?
—¿Así? Pues no, jamás oí algo semejante.
—¡Claro que no boba si es que me lo acabo de inventar!
—Por supuesto…
Anne rió, Diana era incorregible.
—Eres un caso Anne, nada te viene bien, es que eres muy exigente, que este no porque es peludo, este no porque no tiene pelo, que si es muy flaco o si no es higiénico… Tú no me dejas ayudarte amiga, de veras que no.
************
Al día siguiente despertó cansada y con dolor de cabeza por la carne asada y la cerveza que se tomó cuando llegó a su casa. Ya no lamentaba lo de la cita a ciegas.Bueno, pero ya habría otras oportunidades. Sus amigas no dejaban de buscarle un candidato. Tal vez el día menos pensado… Sabía que estaban planeando una fiesta muy especial, Alice su amiga pelirroja le había contado algo. Salir todas juntas, ir a una fiesta y quién sabe…
Eran las ocho, hora de ir de desayunar, ir al trabajo y distraerse un poco.
Se dio un baño diciéndose a sí misma que su suerte cambiaría. Se arregló y pintó los labios, los ojos cafés y cepilló su cabello oscuro y brillante. No era hermosa ni mucho menos, pero tenía bonitos ojos color miel, dulces y femeninos (o eso decían su amigos) y tenía las curvas de latina sexy, a pesar de ser inglesa hasta la médula la creían italiana, española o colombiana. Y
los ingleses adoraban a las latinas porque tenían fama de ser muy buenas en la cama, cariñosas y listas para casarse y tener media docena de niños…
Algo que ella no habría hecho ni loca, pero era un buen anzuelo… Un señuelo para atrapar a algún tonto inglés que quisiera follarla sin parar durante horas, días, meses…
Tal vez su suerte mejoraría si comenzaba a dejar de verse como la eficiente y gruñona abogada, y ser solo una mujer bonita y sexy.
En ocasiones tardaba horas en escoger la ropa para ponerse, pero ese día, sin saber por qué, escogió un traje formal de saco, blusa blanca algo transparente y falda corta, negro y blanco y aretes de plata en sus orejas y una cadenita que resaltaba un cuello esbelto. Perfume y tacos altos, porque le gustaba parecer más alta y lucir mejor sus piernas.
Tomó el bolso con sus pertenencias, las llaves del auto y abandonaba el piso cuando vio a Brent Daniel. No podía creerlo. Había regresado, mucho más guapo que antes y con un tono de bronceado que debía ser de alguna playa española. Alto, guapo y de jeans, suspiró al verlo. Estaba allí, en el edificio y a juzgar por su mirada él tampoco la había olvidado…
—Hola preciosa, ¿cómo estás? —dijo él y se acercó para rozar sus labios.
Alto, guapo y de cabello oscuro cubriendo su cuello y unos ojos casi negros de mirar intenso: un gitano, un español, o uno de esos italianos lascivos que aparecían a veces en su trabajo. Pero Brent era tan inglés como ella, y trabajaba de modelo publicitario de una importante agencia y protagonizaba campañas de ropa masculina, ropa interior y… Era tan guapo que quitaba el aliento… Un buen ejemplar de macho alfa: un metro noventa de puro músculo, virilidad, y con un encanto de latin lover irresistible. Y de buena gana le habría sacado alguna cría… Diablos, ¿por qué pensaba esas cosas?
—Hola Brent… Volviste.
—Sí, volví hace unos días. Estuve de viaje por Grecia, Estados Unidos, creo que no volveré a subir un avión por un buen tiempo. Lo he pasado fatal…
—Oh, de veras, ¿qué te pasó?
—Viajar en avión muñeca, eso… Me liquida. Hace que mi estómago desaparezca y me sienta enfermo. No disfruto los viajes, voy de un sitio a otro… Pero háblame de ti: ¿irás al trabajo o tendrás una cita?
Ella se sonrojó al sentir su mirada recorrer su cuerpo con deseo.
—Por favor, ¡qué anticuado eres! Hoy he decidido vestirme de gata sexy,
¿crees que una abogada no puede ser un poco coqueta a veces? —se quejó.
—Por supuesto, pero tú no necesitas vestirte de chica sexy, lo eres… —
dijo y le dio un beso fugaz que la hizo temblar de cabo a rabo como reza el refrán. Como si tuviera quince años y fuera su primer beso…
Y al notar que respondía a su beso tomó sus labios y los abrió con su inmensa lengua. Oh, era el cielo…
Se estremeció al recordar las feroces embestidas de su miembro inmenso que estaba horas en ella haciéndola estallar una y otra vez.
Pero él salía con otras chicas ahora, no dejaban de buscarlo mujeres, no era buena idea regresar con él.
Y sin saber ni cómo lo apartó despacio.
—Gracias por el beso, pero tengo que ir a trabajar Brent.
Él miró sus labios, su escote y todo lo demás con deseo. La deseaba, no lo había olvidado. Respetó su decisión de terminar, pero allí estaba, haciéndola sentir que todavía le gustaba y mucho.
—No te vayas muñeca italiana, ven aquí…
—¿Muñeca italiana?
—Sí, pareces una italiana Anne, por eso me gustas tanto…
Ella sonrió ante el cumplido y quiso irse, pero sintió que él la atrapaba por detrás empujando su trasero contra su miembro al que sintió duro y despierto. Oh… tuvo la sensación de que hacía mil años que no la tomaba así, mil años sin sexo y solo habían sido unos meses. Seis…
—Brent, no puedo, tengo que irme a trabajar. De veras. Otro día tal vez… —dijo.
Ella misma dudaba al decir esas palabras. De pronto sintió que le falta el aire, su cuerpo extrañaba tanto el sexo que se sentía enferma, el sexo con Brent…
Sus ojos castaños sonrieron juguetones sin soltarla.
—No te dejaré ir esta vez preciosa, ven a mi apartamento… Como en los viejos tiempos… Por favor.
Anne dijo que no, o al menos intentó negarse, pero sus labios se abrieron y se sintió tan excitada que fue como si todo girara a su alrededor. Como en los viejos tiempos… Semanas encerrados haciendo el amor sin parar, semanas aprendiendo a darle placer mientras él le provocaba orgasmos múltiples, en cadena. De pronto se sintió en la gloria, y tuvo la sensación de que no había conocido a un hombre tan sensual en toda su vida. Y había venido varios antes de conocerlo, pero ninguno como él y lo sabía.
—Ven… Te mueres por venir y yo porque vengas a mi cama ahora —le susurró.
Ana se sonrojó y se sintió una tonta, ese vecino suyo empezaba a calentarla y no eran ni las nueve, maldición. No estaba pasando por un buen momento, eso le dijo un terapeuta y debía superar su separación y no involucrarse afectivamente con su vecino. Lo sabía.
Pero sus manos estaban en su cintura y atrapaban sus pechos por detrás.
Suspiró y se sintió débil y mareada, y de repente sintió que la jalaban, que esas manos recorrían su cuerpo trasmitiéndole calor y deseo. “Anne, vamos a mi apartamento, te follaré hasta que olvides tu nombre, te volveré tan loca… Quiero devorar ese maravilloso rincón de placer” le susurró al oído.
“No, no puedo, llegaré tarde al trabajo” dijo ella sin convicción sintiendo cómo la recorría el deseo como un torrente. Mierda, tenía follar, follar y follar o se volvería loca. Maldita sea, nunca había estado tanto tiempo sin sexo. Y al sentir que sus manos atrapaban sus pechos redondos y sus nalgas, y le robaba un beso salvaje empujándola con suavidad hacia su polla erecta tembló. Sí, lo deseaba, lo deseaba tanto.
—Brent —farfulló y sus manos levantaron su falda y se metieron en sus bragas para palpar su vagina que ardía como el infierno y comenzaba a humedecerse lentamente. Sí, respondía a él como en los viejos tiempos, no podía evitarlo.
—Ay Dios mío, qué delicioso es… —dijo y no pudo resistirse y minutos después entraba en su apartamento sin dejar de besarla y empujarla a su comedor.
Su mirada oscura la hipnotizó. Sexo mañanero, sexo ardiente y rápido…
Se oía delicioso, irresistible…
Cuando la puerta se cerró, su chaqueta y su blusa volaron por él piso, sus tacones y el resto de su cordura. Oh, el sexo que tanto había extrañado no podía creer su día de suerte. Y él también se moría por hacerlo y la desvistió y se desvistió con prisa mientras se besaban y tocaban despacio como dos jovenzuelos tontos.
Ella tembló al ver esa inmensa verga rosada y dura, que pedía a gritos ser besada y sin dudarlo se arrodilló para devorarla toda mientras sus manos se abrazaban a él y su boca succionaba esa enormidad.
—Para ya, no quiero que termine tan rápido —se quejó él.
Y de pronto la jaló hacia atrás para poder responderle y tenderla en la alfombra. No necesitaban más que eso.
Rodaron por la alfombra, besos, caricias y su boca en su sexo que ardía desesperado, y la suya en miembro erecto, duro como roca. Delicioso, suave, inmenso gimió al sentir esa lengua feroz y tibia en los pliegues de su sexo de un lado a otro, arriba abajo, sus lamidas eran tan voraces como las suyas, pero él no quería hacerlo tan pronto… Engulló su polla con tal desesperación que casi se la habría tragado. Oh, sí estaba loca de veras.
—Me calientas demasiado preciosa, ven aquí… dije que iba a follarte sin parar y lo haré —dijo y la llevó a la cama donde separó sus piernas para follarla como un demonio sin parar, arrancándole gemidos de placer en poco tiempo.
—¡Oh, eres una bestia! —dijo ella al observar deleitada cómo hundía su enorme polla en su pequeño monte. Sí, la tenía como de veinte, no sabía ni cómo, supuso que porque no la usaba mucho… Y la de él debía medir
dieciocho o más y era gruesa, era la mejor que había conocido en su vida.
Nada se comparaba con ese súper hombre, nada ni nadie…
Y sabía cuánto le gustaba a él que fuera así.
—Hermosa, eres tan apretada, ni una monja la podría tener mejor… —
dijo.
Ella rió divertida por la comparación.
—Por favor, no digas eso, que no tengo nada de monja querido —dijo y gimió al sentir que se hundía por completo en su coño, tanto que casi le provocaba una molestia.
—Espera, espera… Ve más despacio, hace meses que no tengo sexo con nadie y…
Él sonrió y la besó apasionado.
—¿De veras? Te guardabas para tu vecino ¿eh?
Anne sintió deseos de darle una bofetada.
—Claro que no… Es que no había nada que me apeteciera comer querido —le respondió.
Brent rió divertido.
—¿Y qué pasa con esos abogados? ¿Son todos ciegos o gays?
—Ninguno que valga la pena… —volvió a quejarse al sentir que esa inmensidad estiraba su vagina como chicle y se hundía por completo.
Le llevó un tiempo adaptarse a esa invasión tan profunda, pero lo disfrutó, lo disfrutó, porque cada embestida liberaba sus nervios, su rabia y frustración, haciendo que desapareciera la bruja que se peleaba con todos sus subalternos y regresara la mujer ardiente y satisfecha como una gata en una orgía nocturna de gatos…
—Voy a hacerlo, no puedo más…
—No, aguarda, ponte un condón. ¿Dónde tienes un condón? —Anne podía ser una gata en celo, pero todavía le quedaba cerebro.
—¿Y crees que me pondré un condón ahora, mujer? Imagino que tú usarás algo para cuidarte.
—No, no uso nada, hace meses que me separé y no estuve con nadie.
Él sonrió.
—Bueno, creo que deberás empezar a cuidarte preciosa porque voy a hacerlo ahora y no será una sola vez. Prometí que te haría olvidar quién eras y lo haré…
Los labios de Anne se abrieron para protestar. No podían hacerlo así.
Pero diablos, su cuerpo le decía otra cosa y pronto sintió que estallaba, que no podía parar y que un placer intenso la dejaba sin aire al ritmo de sus embestidas, su placer y luego sintió que la mojaba, la mojaba tanto como solo él sabía hacerlo.
—Y esto es solo el principio abogada, veremos qué queda de ti cuando termine…
Ella suspiró exhausta.
—Ni lo sueñes, debo irme… O mejor dicho debo regresar a mi apartamento a cambiarme, no puedo llegar con la falda hecha un ovillo —
dijo.
No la dejó escapar, y cuando intentó abandonar la cama sujetó sus piernas y comenzó a besarlas.
—Ven aquí preciosa, no te irás… Y creo que deberás avisar que hoy no irás a trabajar… —dijo y luego de besar sus piernas atrapó su perla escondida y su lengua se deslizó hacia atrás muy despacio.
Gimió al sentir que la tendía de espalda. Sí, hacía años que no tenía un buen sexo así de completo. Todo. Quería hacerlo todo con su lujurioso vecino.
Sintió que introducía un dedo para medir su excitación, sin dejar de llenarla de caricias. Sintió que se humedecía toda, que su cuerpo era fuego y que un instinto salvaje la impulsaba a tener sexo y más sexo y que él sentía lo mismo. Su cuerpo también ardía y sintió que su corazón palpitaba. Ese pecho inmenso, atlético y ese maravilloso miembro viril rosado e inmenso que aguardaba por más caricias, impaciente. Sí, lo haría, acabaría lo que había empezado…
Se escabulló y terminó arrodillada sintiendo el sabor de su placer en sus lengua, excitándola, alentándola a seguir sabiendo que lo hacía bien, muy bien… era como en su fantasía, como el sexo que solo había tenido en soledad, era magnífico…
—Así nena, eres estupenda… Eres toda una mujer preciosa… —dijo él sujetando su cabeza para introducir un poco más su miembro en su boca y follarla despacio, con mucha suavidad… Ella se aferró a su pelvis y a sus nalgas para hacer más fuerte la succión. Sí, iba a devorarlo, a enloquecerlo, a darle el mejor sexo oral de su vida. Al diablo el trabajo, llevaba una vida entera trabajando y mucho menos viviendo momentos tan placenteros como ese…
Él la miró fascinado, y de pronto sintió que se corría en sus labios y le daba todo lo que deseaba todo… Y su sabor era suave, espeso y suave, sabía a melocotón, algo dulce…
Y la tercera… La tercera terminó entre sus nalgas, apretado y temblando, una y otra vez las embestidas fueron cada vez más salvajes, como esos besos que le quitaban el aliento para llenarla de nuevo sin detenerse, sin dejar de rozarla y hundir su verga enorme por completo en su trasero apretado. Disfrutando como un demonio mientras la mojaba y disfrutando como una diabla ella al ser mojada por su placer pegajoso y dulzón.
Sabía que estaba mal, que no debía estar en esa cama, pero no hubo demonio que la sacara de allí, estuvo toda la mañana follando sin parar, dando y recibiendo placer hasta que realmente olvidó su nombre y quién era.
Era el mejor amante, no tenía dudas, no había otro como él, pero no podía quedarse ni repetir la hazaña. No era prudente ni conveniente. Temía enamorarse o volverse adicta. Ya había ocurrido en el pasado y la relación se volvió tan obsesiva que…
Su celular sonó entonces, su jefe la necesitaba con urgencia, el inglés había ido expresamente por un asunto delicado y ella debía pelear su caso.
Bueno, era su trabajo no podía negarse.
Él le dirigió una mirada pícara mientras se vestía.
—Quédate un poco más Anne, deja ese trabajo esclavizante.
Ella se miró en el espejo mientras se calzaba los tacones altos.
—No puedo Brent, me encantaría quedarme contigo, pero hubo un problema y… Debo ir. No sé ni cómo, arrastrándome supongo.
Brent la detuvo cuando llegaba a la puerta.
—Mira Anne, está loco por ti y quiere hacerlo de nuevo —dijo señalando su miembro inmenso.
Ella sonrió al ver que listo para el combate. Se sintió tentada de darle unas lamidas, pero tenía prisa.
—Otro día tal vez… Ahora no puedo Brent, de veras.
—Estás muy estresada preciosa, siempre te estresas, te exiges demasiado.
—Sí, tal vez… Pero me pagan bien por eso, de lo contrario… Debo irme Brent… Hasta otro día.
Él la atajó y la besó, no quería dejarla ir.
—¿Por qué me dejaste, preciosa? Estaba loco por ti ¿sabías?
Esas palabras la sorprendieron y luego la marearon un poco.
—Vamos Brent, pasó hace mucho. Imagino que no me guardarás rencor por eso. Además, tú sabes por qué terminamos.
Él la miró con fijeza.
—Porque te estabas enamorando de mí.
Anne sonrió.
—Tú sabes por qué terminamos guapo, además, no éramos una pareja formal, solo salíamos y tú tenías a esa rubia que iba a verte a tu apartamento.
—Pero tú eras especial para mí, una verdadera mujer no solo en la cama.
Además, yo te enseñé todo lo que sabes.
Anne sabía que tenía razón, con él se había atrevido a tener sexo oral completo, y otras variantes sexuales que con su marido nunca… Es que no era un hombre sexual, debía ser el único hombre que no le interesaba demasiado el sexo. Poco y nada. Una vez a la semana era un paraíso, una vez al mes lo más común.
—Sí, es verdad, tú me enseñaste todo, pero eres un chico pícaro que le gustan mucho las chicas modelos y rubias. Y… Ahora tengo prisa guapo, de veras… Otro día vendré, lo prometo y haremos otras cosas... —dijo y acarició su polla para consolarlo. Lo rozó despacio y luego le dio un beso fugaz de agradecimiento en los labios.
—Anne, ¿cuánto hacía que no tenías sexo? —dijo Brent intrigado.
Ella rió tentada.
—Mucho tiempo Brent, demasiado…
—¿Y no has salido con nadie luego de que dejamos?
—No… Es que soy algo histérica: si no me gusta, no me atrae y no huele bien…
Brent le robó un beso mientras atrapaba su coño y lo apretaba con suavidad.
—Oh déjame Brent. Otro día… Vendré.
Él la miró serio:
—¿Lo harás preciosa, lo prometes?
—Sí, lo prometo. Pero si quieres acostarte conmigo deberás calzarte un condón y dejar a las otras chicas. Si me quieres en tu cama de exclusiva exijo ser la única, así que mejor te lo piensas cariño porque a ti te chiflan las Barbie rubias, te conozco bien.
—No tengo nada que pensar Anne, hace tiempo que te quiero en mi cama, y fuiste tú que no quisiste. Me abandonaste —parecía ofendido.
Ella se puso seria.
—Es que no estaba preparada para una relación Brent, acababa de divorciarme y cuando descubrí que salías con otras no me sentí muy cómoda. No soy tonta, te conozco. Te gustan mucho las mujeres, demasiado y nunca te he conocido una novia, por ejemplo.
—Bueno, es que no me duran preciosa, me aburro o se aburren.
—Se aburren de los cuernos Brent, eso debe ser.
—Está bien, acepto. Acepto estar a prueba. No tengo otra ahora, solo a ti.
Ella lo miró algo desconfiada. ¿Sería verdad?
Para sellar el trato de salir y probar, él la envolvió entre sus brazos en un rápido gesto para besarla. Pero no quería solo un beso, y levantando su falda introdujo su miembro en su vagina.
—¿Qué haces? De nuevo no por favor, debo irme.
Él sonrió.
—Es para sellar el pacto, preciosa. Mi socio tomará tu palabra y también prometerá follarte solo a ti…
Oh, vaya forma de hacerlo, Brent era insaciable. La llevó hasta la mesada de la cocina para rozarla un poco más.
—Para que vayas al trabajo con un recuerdo mío y sientas que estuve allí, mojándote las bragas preciosa —dijo y la besó.
Habría protestado, pero le pareció tan excitante que lo aceptó y gritó de placer al sentir que lo hacía de nuevo, que la llenaba toda con su simiente, era un semental, ese hombre era un súper macho. No entendía ni cómo podía hacerlo tantas veces seguidas… ella estaba más que satisfecha y exhausta cayó hacia atrás incapaz de moverse. Y no sabía ni cómo haría para presentarse en el trabajo.
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Se vieron después de pasar el fin de semana en Devon, en casa de sus padres. No podía perderse su cumpleaños. Sin embargo, el domingo le atacó la ansiedad, luego de recorrer la playa y conversar con todos sus parientes se sintió inquieta y pensó en Brent suspirando al recordar su aventura.Ahora entendía por qué no había podido dormir con otro hombre…
Después de haber estado con un amante tan maravilloso… Diablos, no quería a nadie más. Como cuando salían tuvo miedo de enamorarse. No debía hacerlo. Pero esas cosas no podían evitarse…
Y se marchó antes de lo acordado con la excusa de que deseaba evitar el tránsito en las carreteras.
“Llámame cuando regreses muñeca” le había susurrado el sábado. Y lo hizo. Nada más llegar, corrió a darse un baño y lo llamó, todavía envuelta en una toalla.
—Sube preciosa, hace horas que te espero… —dijo él.
Fue oír esas palabras y su cuerpo respondió con un temblor. Se moría por estar con él, no quería a otro hombre. Pero antes tomaría la pastilla, por más que fantaseara con tener un hijo no lo tendría de esa forma.
Anne lo invitó a cenar el viernes. Llevaba un vestido corto y lencería nueva de encaje, medias negras de seda, parecía una golfa sí, y la excitaba sentirse así.
Él le entregó un ramo de flores blancas, rosas y fresias y la besó.
—Hola Anne, estás hermosa…
—Gracias por las flores Brent, son preciosas, me encantan…
—Ah, y también traje un vino tinto francés.
—Oh, pero es de Chateaubriand, te habrá salido…
—NO… No me salió nada, me lo regalaron y lo guardaba para una ocasión especial.
Sonrió, y puso el vino sobre la mesa, con un mantel blanco, platos blancos de fina porcelana, copas de cristal… Todo pertenecía a su antiguo bazar de novia, él no había querido quedarse con nada de la casa y ella pensó que no podía deshacerse de todo solo porque su matrimonio hubiera fracasado.
—Estás preciosa abogada… —dijo él de pronto y la besó.
Nada más besarla sintió que su corazón palpitaba y se humedecía por completo, luego sus manos en sus nalgas mientras su lengua devoraba su boca… Besos y caricias y terminaron en la cama olvidando que la cena estaba servida.
—Primero voy a devorarte abogada, ya verás… —dijo él y levantó su falda para llegar a sus bragas.
—Oh Brent… —dijo y lanzó un grito al sentir esa lengua atrapar sus pliegues hasta rodear la perla del placer. Sabía cómo hacerlo y lo hacía tan bien… Ver cómo la devoraba también la excitaba y comenzó a desnudarse con prisa. Pero él no quería abandonar su vientre y la enloqueció con feroces lamidas, sabía que podía estar horas haciéndolo, llevándola al éxtasis una y otra vez y quiso detenerlo, pero él sujetó sus manos y la devoró un poco más, excitado y desesperado como si no lo hubiera hecho en años. Lo haría hasta saciarse.
Y al oír sus protestas, Brent se detuvo y sonrió. Sabía lo que quería y como si leyera sus pensamientos se desnudó de prisa y liberó a su inmenso miembro que anhelaba caricias. Era perfecto, era magnífico… Sintió que todo su cuerpo le gritaba “ve por él, ve por tu premio, es todo tuyo…”
Húmeda y desesperada se arrodilló para envolverlo con suaves besos y lamidas una y otra vez, muy despacio, pero sin darle tregua.
—Así nena, eres maravillosa… Preciosa…
Brent acarició su cabello despacio sin dejar de mirarla, haciéndole comprender que lo estaba haciendo bien, muy bien…
Oh, quería devorarlo, devorar su miembro por completo, pero se conformó con presionar y succionarlo con fuerza, sabía que eso lo enloquecía, lo sabía. Y por eso lo hacía… La excitaba ver cómo perdía la cabeza y gemía desesperado, suplicándole…
Brent la miraba con mucha atención, acariciando su cabeza y besándola, gimiendo desesperado al sentir que lo chupaba como su dulce favorito, siempre devorándolo un poco más. Pero él sabía controlar su placer, y resistió cuanto pudo hasta que ella se dignó soltarlo.
Y sujetándola la besó, la besó de nuevo y atrapó sus pechos, succionándolos por turno al tiempo que se hundía en su vientre apretado casi virginal. Era magnífico, follarla era el paraíso, nunca antes había disfrutado tanto del sexo como cuando logró llevarse a la cama a su vecina abogada ni como ahora, meses después… Se había convertido en una verdadera hembra ardiente, no fingía, el fuego salía de su cuerpo, de sus entrañas y lo apretaba, apretaba su verga para darle más placer, para darle todo el placer del mundo…
Lo haría, no podía resistirlo más…
—Brent, Brent —gritó ella antes de que su cuerpo convulsionara en oleadas de placer, sacudida hasta lo más íntimo de su ser, sin dejar de convulsionar ni moverse, ni apretarlo contra su vientre como una gata en celo desesperada. Y entonces volvió a gemir al sentir que la follaba duro, sin parar, hasta mojarla toda con su simiente… Sí, le encantaba que la mojara y que la llenara por completo…
Horas estuvieron en esa cama, olvidando la cena, follando como si el mundo fuera a terminarse y no importara nada más que follar, follar…
Solo cuando estuvieron satisfechos recordaron la cena servida: pollo en salsa escabeche con verduras y el mejor vino tinto que había conseguido.
—Vaya, qué buena cocinera eres Anne —dijo Brent.
Anne sonrió y comió con apetito. Necesitaba recuperar fuerzas después de la paliza que le había dado Brent en la cama.
—Gracias Brent, ¿te gusta el vino?
—Sí, está delicioso.
Luego de cenar se dieron un baño juntos, pensó que Brent se marcharía, era viernes y solía salir con sus amigos, y amigas, sin embargo, se quedó con ella mirando una documental.
—¿Quieres que me vaya, Anne? —le preguntó de pronto besando su cuello.
—No… Quédate Brent.
Él hizo algo muy tierno, la abrazó por detrás y besó su hombro y su cabeza aspirando su perfume mientras sus brazos la apretaban contra su pecho.
Noches de placer, de éxtasis, momentos que nunca olvidaría, de pronto se hizo adicta a Brent y todos los días se veían y se acostaban. No importaba la hora ni el lugar. Mientras en su trabajo enfrentaba nuevos juicios y se sentía cada vez más estresada, estar con Brent la hacía sentir menos sola. Aunque solo fuera sexo, placer, diversión. Sentía cómo su cuerpo se relajaba y disfrutaba sin parar, haciendo que la antigua depresión desapareciera.
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Brent Daniels era un modelo muy cotizado y viajaba todo el tiempo, le extrañaba que se hubiera quedado en Londres esas semanas, pero imaginó que pronto se iría a Italia o Francia. Su vida era muy emocionante y se imaginó que era como un antiguo marinero: una novia en cada puerto.Una tarde, días después, luego de hacer el amor en su apartamento lo notó raro. Serio.
—Anne, debo irme el viernes para Paris, para unas fotos de Kleinn y no quiero. No quiero dejarte preciosa.
Ella sabía que pasaría, que tarde o temprano se alejaría y volvería a verlo en unas semanas.
—¡Qué pena!… Bueno, es tu trabajo, siempre viajas.
Él besó sus labios y la abrazó con fuerza. No, no quería llorar, no quería hacerlo, no había compromisos, solo salir, divertirse. Buen sexo…
—Ven conmigo Anne, pídete unos días en el trabajo. Imagino que te gustará ir a Paris, prenderemos fuego la cama del hotel Ritz.
Ella sonrió y secó sus lágrimas.
—No puedo Brent, mi trabajo no es como el que tú tienes, no tengo esa libertad. Pero debes ir, luego regresarás y saldremos de nuevo.
Él secó sus lágrimas. Sabía por qué lloraba, esas semanas habían sido increíbles y no era solo buena química en la cama o tal vez sí, pero eso solo era vital, sabía que había algo más.
—Ven conmigo preciosa, esto no puede interrumpirse, quiero que…
Deja ese trabajo, puedes conseguir otro al regreso.
—No puedo hacerlo Brent, desearía sí, pero… Me gusta mi trabajo, a veces es algo estresante, pero me pagan bien y estoy segura, no me agrada saltar de empleo en empleo. Siempre tengo las cuentas al día, y no…
Brent no insistió, pero lo notó algo enojado.
—¿No será que tienes algún enamorado en el trabajo y por eso no quieres dejarlo? —dijo de pronto.
—¿Enamorado? No digas tonterías Brent, hace tiempo que no tengo enamorados, dios mío. Compórtate, pareces un niño consentido que se enoja cuando no consigue lo que quiere.
Ahora ella también estaba enojada.
—No puedo ir contigo, tengo una carrera y una vida organizada. Pero tú siempre sales de viaje, te encanta hacerlo, es tu trabajo y lo disfrutas supongo.
—No siempre. Pero sí, es mi trabajo y no me quejo. Gano mucho más ahora que antes trabajando diez horas en esa maldita oficina de mi tío.
Anne sonrió. Conocía la historia de Brent: sin hermanos y huérfano, había sido criado por su tío rico, dueño de una empresa de automóviles.
Esperaba que Brent se hiciera cargo del negocio, pero él decidió ganar su propio dinero posando con poca ropa para una firma alemana muy importante. Le fue bien, en realidad fue amigo quién lo había convencido y fue tal el impacto de su imagen que lentamente consiguió mejorar su cachet y conseguir un contrato cuasi millonario.
Sin embargo, él no gastaba, guardaba todo en su banco y se compró un apartamento donde vivía y un auto discreto.
Su tío lo había perdonado, le llevó tiempo asumir que su sobrino quería dedicarse al modelaje.
Brent estaba en silencio, no hablaba. Cuando se enojaba hacía eso, lo conocía bien, bueno no reñían nunca solo unas veces se habían distanciado, pero…
—No puedo hacer esto Brent, es muy repentino, inesperado. Me encanta estar contigo sí y voy a extrañarte cuando te vayas, pero…
Él la miró.
—Pero no tanto como para venir conmigo. Amas más tu trabajo, tu carrera de abogada.
—Brent, tú no entiendes, yo no soy rica, tengo unos ahorros sí pero solo tengo este apartamento y poco más. Si dejo un trabajo ¿cómo pagaré las cuentas? Los ahorros sirven para subsistir un tiempo, no para siempre.
Pensó que era hora de irse. Salió de la cama envuelta en una sábana y fue por su ropa.
—Debo irme Brent, se hace tarde —dijo por decir algo porque ese silencio la incomodaba. Bueno, todo la incomodaba. Pensar que se iría a Paris y no lo vería por meses. Y que tal vez viera a otras chicas y…
“Eres una reverenda estúpida Anne, ha vuelto a pasar, te estás enamorando de Brent, por eso lo dejaste hace meses.”
—Anne, vuelve aquí. ¿Por qué quieres irte? —dijo él mirándola acusador. Seguía enojado.
Ella lo miró con fijeza.
—Es mejor así. Tú te irás y será mejor que no volvamos a vernos, Brent.
—No te entiendo Anne, te gusta estar conmigo verdad, y lloras cuando te digo que debo irme, pero tampoco quieres acompañarme. Tal vez deba quedarme en Paris más tiempo por la nueva campaña y… No quiero irme sin ti —algo en su mirada la hizo temblar.
—¿Y por qué quieres llevarme? Imagino que en Paris tendrás muchas chicas esperándote para meterse en tu cama.
—Sí, tengo amigas en Paris, solo que no tengo ganas de dormir con ellas ahora. Solo contigo. Por favor, no quiero irme sin ti, muñeca…
Era la primera vez que decía eso, cuando rompieron la última vez no lo había afectado, luego se fue de viaje, regresó y lo vio siempre con otras chicas. Pero había algo entre ellos, miradas, y recuerdos de esos momentos de pasión. Algo de lo cual no hablaban, pero sabían que existía.
—Brent, sé comprensivo, me encantaría ir, pero dime algo: ¿qué haría yo mientras tú trabajas? Dejaré mi empleo y luego… Además, tú nunca has deseado compromisos y yo necesito estabilidad. Tengo treinta y dos años, perdí seis años en un matrimonio que luego… Bueno tú sabes la historia de mi vida. Me siento algo sola, en ocasiones lo olvido, trabajo, viajo al sur a ver a mis tíos, me reúno con amigas, pero siempre regreso al nido vacío. Me gusta estar contigo, me encanta, de veras, disfruto cada segundo, pero sé que luego…