Tierra amarga
Capitulo I
I
Hoy, cuando me obligo a recordar estos días pasados, me vuelve a la boca el sabor amargo del miedo.
Con la memoria regresa también la pena, pesada y gris. La siento como si no hubiera transcurrido el tiempo, y me duele muy dentro, en lo más profundo del alma, como en aquel día tan lejano en que el horrible asesinato de un niño convirtió en infierno lo que hasta entonces solo era una pesadilla.
De la muerte del joven Munio de Lekua
Desesperado como solo un niño de once años es capaz de estarlo, el pequeño Muño sollozaba oculto en el pajar. Agazapado entre el heno, sucio, lloroso y dolorido, su cuerpo menudo se estremecía sacudido por la congoja. Pronto, cuando el amanecer terminara por romper definitivamente las sombras, volverían los campesinos a abandonar sus miserables viviendas camino de los cercanos bancales y los rebaños dispersos. Regresaría la vida al villorrio. Se avivarían los hogares, se abrirían otra vez los cercados para que cerdos y gallinas corretearan por entre las chabolas de paredes de tabla y techos de lajas. Tras de sus esposos, las aldeanas enviarían a los arrapiezos zagales a guiar cerdos y cabras hasta las campas vecinas. Volvería el monótono sonido producido por el batir enérgico de los odres de piel de cabra donde se preparaba la mantequilla, el cargante parlotear de las matronas y el áspero ladrar de los canes famélicos al disputar unos desperdicios inexistentes con los que alimentarse.
Con el nuevo día tomarían a Muño viejos miedos y nuevas vejaciones. Volvería a soportar sobre su escuálido cuerpo el cayado de su progenitor y a sufrir en el alma los llantos de la madre, una mujer alta de tez pálida y gesto triste, cuyo natural franco y abierto había terminado por sucumbir a los mezquinos embates de su esposo y su entorno, y que en ese día habría sumado otra noche en vela a las ya incontables vigilias realizadas.
Despuntó aquella madrugada sobre el niño y arrastró hacia él vientos sucios de miedo y odio. Podía sentir como penetraba lentamente en sus huesos toda la humedad que impregnaba la pila de hierba bajo la que se escondía. Aterido, sin esperar a que despertara la vida en el mísero caserío, el pequeño Muño abandonó su precaria madriguera en el almiar y, por evitar a los que pronto ocuparían los caminos, inició el descenso hacia el río vecino mientras se arrancaba briznas de pasto y helechos semidescompuestos de entre sus cabellos pajizos. Sorbiéndose, con el pecho aún sacudido por los sollozos, inició el descenso hacia el Ibaizabal.
A veces, cuando los maltratos de su padre se volvían insoportables, o cuando, harto ya de padecer su desafortunada existencia, sentía la urgente necesidad de huir de la cruel realidad, era entre las orillas más escarpadas del río donde se escondía para fantasear ensueños de hartazgo y acariciar las más despiadadas venganzas que su mente infantil podía llegar a concebir. Allí, aislado en el estruendo de la corriente, entre las rocas grises pulidas por la erosión, Muño erigía su propio y cambiante cosmos. Soñaba con países lejanos en los que nadie le conocía, donde era él quien imponía las normas, el señor todopoderoso a quien todos debían respeto y pleitesía. Dejaba vagar su imaginación por un mundo propicio al que no llegaban golpes ni sarcasmos, en el que nadie le podía herir.
Entre aquellas peñas construyó un rincón secreto a lo largo de innumerables horas de angustia y sufrimiento, y aprendió a crear su espacio mínimo, esencial. Un lugar donde poder respirar la libertad. Agazapado junto a la corriente, nunca se cansaba de ver correr sus aguas por entre las rocas brillantes que jalonaban el cauce. Gustaba de observar como la cambiante espuma coronaba las ondas temblorosas, el gorgoteo de los rápidos y remolinos en las pozas, el sonoro fluir de brillos y reflejos inextinguibles, como de metal líquido. Sentado en su orilla, dejaba que el agua arrastrara sus congojas y contemplaba su pasar, mientras trataba de imaginar cómo podría ser aquella mar hacia la que marchaba y de la que hablaba el viejo Pedro, único en la aldea que había llegado a conocerla.
Según se alejaba del caserío, el abrupto camino que bajaba hacia el río vecino se mostraba a cada paso más embarrado y traicionero, y en la escasa claridad del nuevo amanecer obligaba a Muño a utilizar todos sus sentidos para evitar un traspiés que le arrojara rodando hasta el turbulento Ibaizabal. Rugiente entre las peñas unos cientos de metros más abajo.
Casi había alcanzado el cauce cuando le pareció escuchar —apenas el pensamiento de un sonido, una nota disonante casi imperceptible sobre el estrépito de las aguas— el rumor de algún gran animal que se movía con cautela entre la maleza. Trató de localizar el origen del ruido mientras, sin retirar la vista de las altas árgomas que limitaban el sendero y entre las que suponía se ocultaba la alimaña, buscaba a tientas por el suelo alguna rama lo suficientemente gruesa como para que le pudiera servir de arma.
Al instante, aquello que le observaba detuvo sus movimientos, como si supiera interpretar los gestos del niño.
En los oídos de Muño tronó entonces un insólito silencio, concebido sobre el fragor de las tumultuosas aguas y los estridentes cánticos de los grajos y zorzales madrugadores. Acudieron a su memoria viejos cuentos narrados en las noches de invierno que transformaron su congoja en un irracional miedo a lo desconocido. Recordó las historias que los viejos contaban de Erensuge, la monstruosa sierpe que habitaba en ese inframundo al que se accedía desde las cuevas vecinas al río. Lamias, sorguiñas y toros diabólicos de rojo pelaje acudieron en tropel a su imaginación e hicieron desaparecer sus escasos ánimos. Inquieto, trató de localizar cualquier sonido que pudiera provenir de la ladera por la que descendía. Desaparecieron de su alterada percepción el rugir del agua y los parloteos de los pájaros. Huyeron los sonidos de su aldea y los gritos de sus habitantes.
Solo él quedó entre el barro y la maleza.
Y su miedo, creciente, alimentándose de la nada que le envolvía.
Salió de su tensa ensoñación al sentir un nuevo movimiento. Esta vez nítido, a sus espaldas, en el recodo que había atravesado hacía tan solo unos instantes.
Prefería enfrentarse a las puyas y sarcasmos de quienes debieran ser sus compañeros de juegos, o a las insidiosas miradas y los golpes de su padre, cualquier cosa antes que encontrarse cara a cara con aquel ser invisible que le acechaba con semejante osadía a tan corta distancia de su chabola. Mientras apretaba su improvisado garrote hasta que los nudillos de la mano se le volvieron blancos, tan pálidos como su cara, abandonó la vereda e inició el retorno hacia la aldea en línea recta, aunque para ello debía atravesar densos matorrales de árgomas y bardas. Mientras trepaba, los espinos que cubrían la ladera le arañaban unas manos curtidas ya a su edad por el duro trabajo diario, y a cada paso detenía su andar por buscar algún sonido que le indicara si la silenciosa criatura seguía aún al acecho.
Solamente le acompañaban el cada vez más lejano bramar del Ibaizabal y el piar despreocupado de las aves.
A la vista de las primeras casas aceleró el paso y arrojó la rama a un lado. El último tramo resultaba el de mayor pendiente y necesitaba pies y manos para trepar con la velocidad que deseaba. No había tenido tiempo la madera de tocar suelo, cuando un crepitar de ramas rotas y maleza agitada detuvo su apenas iniciada carrera. Fuera lo que fuese aquello que le acosaba, se hallaba entre él y la aldea.
Aquel ser invisible le cerraba el paso hacia el poblado, le impedía volver a su hogar.
Se dejó vencer por su imaginación desbocada. Cedió al pánico. Ofuscado por el terror, giró en redondo y se lanzó en una loca carrera hacia el río. Sin otro cuidado que el huir del alarmante crujir de maleza rota que le perseguía. Sordo a todo cuanto no fuera su frenético corazón, quebró en su huida arbustos y espinos y no tardó en alcanzar el río. Poco más tarde, corría chapoteando con sus pies desnudos por entre los charcos que se abrían en las orillas de la tumultuosa corriente. Sobre él, por la ladera, siempre cercano, un chasquido de ramas rotas seguía sus pasos. Otras veces, era el rodar de alguna piedra pendiente abajo lo que le hacía consciente de la imposibilidad de volver a la aldea.
La certeza de que su perseguidor se mantenía siempre entre él y su casa, cercenada cualquier posibilidad de regreso aún antes de llegar a concebirla, aceleró aún más su corazón. Desquiciado por el pánico, forzó sus delgadas piernas a una carrera desesperada.
Los pies le resbalaban sobre la tierra húmeda. A manotazos trataba de mantener apartadas de su cara las zarzas punzantes, precipitado a una carrera loca mientras rezaba para no tropezar.
Durante un tiempo sin medida, corrió ciego y sordo a todo cuanto no fuera el zumbido de sus oídos y el pánico que trataba de reventarle el pecho. Corrió como jamás hubiera podido sospechar que pudiera correr, hasta que sus piernas fueron incapaces ya de sostenerle. Entonces, agotado, con el cuerpo sacudido por unas náuseas provocadas a partes iguales por el espanto y la extenuación, detuvo su alocada huida y se arrojó entre angustiosos jadeos al pie de un peñasco oscuro de extrañas formas que sobresalía entre las breñas de la orilla.
Durante unos instantes, solamente oyó su respiración agitada y el borboteante sonido del agua que corría a su lado, pero lentamente fue recuperando el control de su resuello. Pudo escuchar los sonidos que le envolvían: junto a él bullía agua y resonaba el ensordecedor piar de los pájaros que pregonaban el amanecer de un nuevo día de abril. Arriba, inquietantemente lejano, se oía el gañido distante de un perro apaleado. Frente a él, quizás en la otra orilla, el sonoro tañer de un esquilón. Nada que recordara el frenesí de apenas unos instantes atrás. Con abandono, se dejó caer de espaldas para recostarse contra la piedra mojada. Ignoró el agua que le empapaba los harapos que llamaba vestido y se secó la cara con unas manos sucias y ensangrentadas. Repasó luego con cierta aprensión sus piernas flacas cubiertas de rasguños. Por suerte no había ninguno especialmente profundo. Inspiró con fuerza y con una sacudida de su hirsuta cabellera, como si acabara de despertar, se rio de su anterior miedo. Recuperado el control, se levantó de un salto decidido a volver a su casa y enfrentarse con su padre y sus odiadas tareas.
Sintió la presencia aún antes de verla, sin tan siquiera tener que alzar la cabeza de la posición en la que se encontraba. Quizás fuera solo una sombra, o un sutil movimiento en la atmósfera, pero podía notar como alguien, o algo, se alzaba ante a él, frente a su refugio.
Congeló el movimiento iniciado y se quedó inmóvil, con la mirada baja. Lentamente, se plegó sobre sí mismo hasta tomar una posición fetal. Luego, con los brazos en torno a sus rodillas arañadas, fijó la mirada en los dedos de sus pies, sucios de barro y sangre mientras un temblor incontrolable comenzaba a adueñarse de su cuerpo. Se negó a mirar a la sombra que se acercaba suavemente hasta alcanzar la suya propia para diluirse en ella y perfilar una silueta deforme en el suelo embarrado, junto a él, casi rozando la punta de sus pies.
El tiempo pareció detenerse en un limbo algodonoso que los sonidos no podían alcanzar. Muño se esforzó por mantener su postura y determinación. Sabía, pues eran muchas las fábulas que había oído sobre el tema, que debía mantener los ojos cerrados. Mientras él no la viera, la aparición no podría tomar existencia real y se tendría que mantener en esa otra dimensión indefinida; cercana, perturbadoramente próxima, pero separada por la sola voluntad del hombre de la realidad consciente. Si conseguía no mirarla, si era capaz de controlar el pánico que le sacudía y mantenía los ojos apartados de la entidad que le acosaba, la lamia —pues estaba convencido que era ella quien le había perseguido hasta allí— se mostraría impotente para materializarse en este mundo y sería incapaz de hacerle daño, ni podría llevárselo para mantenerlo como esclavo durante los próximos siglos en alguna de las cuevas que jalonaban las riberas del río y que le servían de refugio.
Con la cabeza gacha, apretó los ojos hasta que comenzaron a brincar pavesas brillantes bajo sus párpados. Dejó pasar el tiempo, mientras trataba de ignorar el frío y se concentraba en las trémulas luces que titilaban dentro de su cerebro con el oído aguzado, en busca de cualquier sonido que pudiera indicarle los movimientos de la lamia, algún indicio que le revelara si permanecía aún frente a él o había retornado a su morada de agua y espuma.
Silencio solamente. Un cacofónico silencio, impúdicamente ruidoso de aves, aguas y conversaciones de campesinos; esperanzadoramente cercanas las voces, atrozmente lejanos quienes las pronunciaban.
Transcurrieron horas, días, quizás solamente unos breves segundos, que se fueron huyendo tras el burbujeo cantarín y despreocupado del Ibaizabal. Finalmente, el joven Muño decidió que si lamia era aquello que le había hostigado, había tenido tiempo más que suficiente para disolverse en la bruma del amanecer.
Abrió entonces los ojos un instante, solo para volverlos a cerrar inmediatamente deslumbrado por el violento contraste de luz. Paciente, esperó a que los destellos desaparecieran poco a poco. Una vez calmados, entornó los ojos y atisbo por entre sus tupidas pestañas.
Nada se veía frente a él. Aliviado, se animó a terminar de abrir los ojos, dispuesto a recorrer el camino de vuelta a la rutina y el oprobio. Se incorporó con la mirada aún vaga y buscó apoyo en la roca musgosa sobre la que se recostaba. Tanteó por su superficie húmeda y buscó la siguiente peña para rodearla y tornar a la senda del poblado.
Un latigazo de pánico, una garra más fría que el mismo hielo, le estrujó el corazón. Donde debiera hallar la cruda severidad de las piedras encontró un tacto cálido y suave que su razón negaba.
Dio un traspié para alejarse de aquella repulsiva, por inesperada, proximidad y alzó los ojos. Junto a él, inmóvil y silenciosa, una forma esbelta y embozada esperaba paciente a que Muño la percibiera. Solo cuando sintió el contacto de la mano del niño respondió extendiendo la suya. Silente, con movimientos pausados, como si dominara espacio y tiempo, alargó un brazo poderoso e interminable para sujetar con delicada violencia al niño por su raída camisa de lana. Con tierno empeño, como si sujetara un delicado pichón, con cuidado de no dañarle, pero procurando al tiempo que no pudiera escabullirse de entre sus dedos, la aparición lo atrajo hacia sí. Mantenía la cara oculta tras la capucha y la silueta gentil disimulada bajo una capa verde de costoso paño que mostraba los dobleces sucios de limo y verdín. Suave y fatalmente, acercó el niño a su regazo.
Surgió entonces de entre los dulces pliegues de la capa, con una indolencia bien medida, una garra afilada de acero y marfil.
Muño no la vio; no podía hacer otra cosa que mirar los ojos de quien le sujetaba con férrea suavidad. Dos ojos profundos, oscuros como su miedo, que miraban desde lo que se le antojaba un infinito lejano pero inquietantemente próximo, casi familiar.
Con un latigazo de comprensión, creyó reconocer aquella mirada.
Intentó pronunciar su nombre. Pero en ese preciso instante sintió cómo el acero le rasgaba la piel en su costado izquierdo, justo bajo la axila.
Su pregunta no expresada se transformó en un chillido agudo, idéntico al que tantas veces había oído lanzar a las alimañas presas de los lazos que su padre tendía. Elevó el tono mientras sentía como la punta de metal seccionaba músculos y tejidos. Aulló al notar la variación de su trayectoria para atravesar la carne y el hueso buscando su pecho inocente. Su grito se tornó ululante cuando el puñal rasgó el delicado esternón, y terminó en un silencioso colapso de la cordura al perder la noción del tiempo y el dolor.
Arrastrada su alma a la negrura de la noche perpetua, de la absurda nada, murió como había vivido su corta existencia: solo, ignorante, sufriendo.