Tierra cachonda

Álvaro de Laiglesia · Capítulo 1 de 35

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Tierra cachonda

¡«Sanfermines» para todos!

Álvaro de Laiglesia

Tierra cachonda

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Titivillus 05.07.2021

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Título original: Tierra cachonda

Álvaro de Laiglesia, 1977

Editor digital: Titivillus

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¡«Sanfermines» para todos!

 

A TODOS LOS CERDOS les llega su San Martín, y a todos los pueblos su San Fermín. Con resultados totalmente opuestos, por supuesto, pues San Martín da muerte a los cerdos y San Fermín da vida a los pueblos.

Y al decir San Fermín, quiero referirme a todos los festejos patronales, populares, populacheros y típicos, que atraen forasteros a las poblaciones donde se celebran y contribuyen a llenar las arcas de sus Ayuntamientos. Pamplona se forra con sus «sanfermines»; como me imagino que se forrarán también, aunque a escala menor, todos los lugares donde se celebran las festividades de santos patronos más modestos y menos sonados.

Es evidente que en un país de tan alto nivel turístico, y precisamente porque en las últimas temporadas ese nivel va perdiendo peligrosamente estatura, debemos cuidar e incluso mimar esas fiestas para impedir que decaiga más aún la afluencia de turistas.

Sugiero a los alcaldes de la nueva España democrática, a punto de salir del horno de las urnas, que refuercen los programas festivos de sus localidades respectivas. Y que a la hora de reforzarlos se inspiren en las fiestas de este tipo que mayor éxito alcanzan: las del ya varias veces citado San Fermín.

Todo el mundo sabe que el aliciente máximo del programa pamplonés es el llamado encierro de los toros, nombre que no se ajusta a la realidad puesto que la emoción del número tiene lugar precisamente cuando los toros no han sido encerrados todavía. Soltar algunos cornúpetas en algunas calles es un espectáculo original, siempre emocionante y de hondo sabor ibérico.

(Nos quejamos de que los extranjeros crean que todos los españoles somos toreros, pero es lógico que lo crean si les damos la impresión de que vivimos en ciudades por cuyos cascos urbanos corren los toros bravos en libertad por algunas calles, del mismo modo que por otras corren autobuses y tranvías. Lo cual es verdad hasta cierto punto, ya que Pamplona no es la única ciudad que suelta toros de vez en cuando con trayectos tan fijos como los del transporte municipal.)

Abundan los pueblos que, inspirándose en la capital navarra, basan sus fiestas tradicionales en el mismo numerito. Pero por ser sus municipios más modestos, reducen el número y la edad de los toros sueltos de acuerdo con sus presupuestos. Hay por lo tanto pueblos que sueltan un par de toretes, y otros bastante más pobres que tienen que conformarse con soltar un solo becerro, o una vaquilla, o una simple vaca que tenga la suficiente mala leche como para embestir al vecindario.

Pero existen extensas zonas del país en las que ni becerro, ni vaquilla, ni nada, pues defienden malamente sus tierras de secano con una agricultura problemática y dificilísima, sin pastos en sus llanuras pedregosas y llenas de calvas. Y los pueblos de esas zonas pobres necesitan más que nadie, con la máxima urgencia, fiestas llenas de tipismo que atraigan turistas a sus fondas y mesones. Pero teniendo en cuenta que esas tierras peladas no dan para criar ganadería, ni siquiera para un solo ejemplar con más o menos cuernos, sugiero a continuación algunas fórmulas de «sanfermines» sin cornúpetas, para poblaciones agrícolas humildes que yo llamo «de pan llevar» (porque si no llevas tú mismo el pan puedes quedarte sin comer).

Teniendo en cuenta que la mecanización del campo se va consiguiendo con lentitud, pero se va consiguiendo, por árida que sea una zona rural siempre dispone de algún tractor. De manera que el número fuerte del festejo patronal no será «el encierro de los toros», sino «la suelta de los tractores».

El día del santo equivalente a San Fermín, que puede ser San Abdón o San Froilán, se iniciará el programa de las fiestas plagiando el clásico «chupinazo» pamplonica. En nuestro país abundan tanto los explosivos como los deseos de utilizarlos, de manera que una explosión siempre cae bien. Y mejor aún si no causa mucha mortandad.

Abierta así la fiesta y también posiblemente alguna cabeza, ya que el «chupinazo» debe ser fuerte caiga quien caiga y aquí la dinamita es muy barata, se dará suelta a los tractores. Como el objetivo de esta clase de números es atropellar a los mozos produciéndoles alguna contusión e incluso alguna rotura de huesos, tanto da que los atropelle un cornúpeta de cuatro patas como un vehículo de cuatro ruedas.

Los mozos, llenos de entusiasmo y de vino a partes iguales, correrán delante de los tractores por el itinerario urbano que trace el Ayuntamiento. Y a quien un tractor aplaste, que San Froilán le bendiga. Ya se sabe que en estos festejos típicos debe correr un poco de sangre para darles color. Pero con el fin de que los maricas extranjeros no puedan decir que gozamos con las fiestas sanguinarias, puede fijarse un límite moderado a la mortandad de mozos, límite cuyo rebasamiento sería sancionado con multas de quinientas pesetas y retirada temporal del carné de tractorista. Tampoco conviene ser demasiado cicatero al fijar ese límite de mortandad, pues bien pueden sacrificarse algunas vidas nacionales a cambio de incrementar un turismo extranjero que se nos está yendo de las manos y de las fondas.

Para pueblos más pobres todavía, que ni siquiera tengan tractores, el número fuerte de la fiesta patronal puede consistir en soltar unos perros más o menos rabiosos. Cuanto más rabiosos, claro está, mejor.

Teniendo en cuenta que la emoción del festejo radica en que los mozos corran para librarse de un peligro que puede costarles el pellejo, poco importa que ese peligro sea un toro, un tractor o un perro. Cualquier animal o máquina puede servir para lograr este objetivo turístico. De manera que vamos a tomar la cosa en serio, y a poner manos a la fiesta. Viendo la marcha de nuestra economía, una solución a nuestro alcance es ésta: que cada pueblo tenga sus «sanfermines», sus «sancojines» o sus «sanabdones».

Terminado el ensayo anterior sobre lo que podríamos llamar «el sanferminismo», o sea la fiesta típica a base de soltar animales o máquinas que ataquen o embistan, piensa uno que el tema de las diversiones populares tiene múltiples facetas. Y uno no es tan tontorrón como para dejar un tema tan amplio vivito y coleando.

Cierto que derribar mozos corriendo mediante embestidas o atropellos es una forma de diversión genuinamente ibérica, pues por algo somos una raza viril y a veces un poco bestia; pero no es ni mucho menos la única forma de divertirse que se utiliza en nuestros simpáticos y pintorescos pueblecitos.

Podemos presumir de tener una imaginación muy rica para divertirnos desde los tiempos más remotos, cuando nuestras actuales diversiones predilectas (la televisión, el fútbol, la política) no se habían inventado todavía. Y gracias a lo tradicionalistas que somos, en el buen sentido de la palabra, muchos de aquellos pasatiempos ancestrales han llegado intactos hasta nuestros días.

A muchos tipejos modernistas, que se la cogen con un papel de fumar y que reniegan de la reciedumbre de nuestras esencias vernáculas, todas estas costumbres y juegos tradicionales les parecen barbaridades que deberían prohibirse puesto que ya no somos bárbaros. Pero esos gazmoños y pusilánimes olvidan que nuestro folklore constituye una de nuestras atracciones turísticas más importantes, y que esas aparentes barbaridades son tan valiosas como admirables joyas folklóricas.

No es una barbaridad por lo tanto que en las fiestas de algunos pueblos las gentes caminen descalzas sobre alfombras de carbones encendidos.

No es una barbaridad por lo tanto que en otros lugares, con loables fines de festejo y regocijo, intercambien mamporros y cachiporrazos pintorescas bandas disfrazadas de moros y cristianos.

No es una barbaridad por lo tanto que en las festividades religiosas, con procesiones y otras manifestaciones callejeras, los penitentes arrastren pesadas cadenas y se martiricen con cilicios, coronas de espinas y otros tradicionales accesorios punzantes.

No es una barbaridad por lo tanto que en ciertas aldeas del sur se propinen soberanas e históricas palizas a un desgraciado que recibe el nombre de «cascamorros», llamado así sin duda por lo mucho que le cascan y le hinchan los morros.

No es una barbaridad por lo tanto ninguna de estas tradiciones tipiquísimas, herencia sagrada de nuestros ancestros, que otras razas más nuevas nos critican por cochina envidia.

No es una barbaridad por lo tanto, sino respeto a la Historia, que los recios palurdos ibéricos se peguen, se quemen, se flagelen y se pinchen, para dar colorido a las fiestas de sus pueblos. Y colorido no se puede negar que lo dan, aunque sólo sea por el color rojo de la sangre que derraman.

Teniendo en cuenta que esta impresionante riqueza folklórica constituye un incentivo primordial para la atracción turística, me parece necesario también extender su programación a todo el territorio nacional e islas adyacentes.

Si antes aporté algunas ideas para la extensión de los «sanfermines», permítaseme aportar ahora unas cuantas sugerencias para fiestas sin toros, en las que no participen más bestias que los propios lugareños del lugar donde el festejo se celebre:

QUEMA DE BRUJAS EN

LA PLAZA PÚBLICA

Pocas cosas tan nuestras y tan ligadas a nuestra historia como aquel organismo tan colorista que se llamó la Inquisición. Parece mentira que habiendo por todo el país celebraciones religiosas tan majas, a ningún pueblo se le haya ocurrido dedicar sus fiestas anuales a una institución tan genuinamente folklórica, y, al decir de algunos, tan conservadora de nuestros valores eternos. Parece mentira, hombre, que tan aficionados como somos a los velones y los capirotes, a las túnicas y a los vergajos, nadie se haya acordado de esa Inquisición que se presta a hermosísimas celebraciones. Disponible está la idea para quien desee utilizarla. Allá va un esbozo:

Elíjase un día del año caluroso, seco y soleado, porque en invierno suele llover y la lluvia chafaría la fiesta. (Las piras, como las fallas, arden mal cuando se mojan.)

Móntese un montón de leña en la Plaza Mayor, o sea la pira, y colóquese en el centro del montón un poste para amarrar a la víctima del pintoresco festejo.

Estos preparativos han de hacerse muy alegremente, a los acordes de la banda municipal y entonando canciones alusivas con letrillas semejantes a ésta:

Entonemos la canción

de la Santa Inquisición,

que en el día del Patrón

por la gloria de Cotón

y los cuernos de un cabrón

conjura la maldición

y salva la religión.

¡Porrompompón!

;¡Porrompompón!...

Hechos estos preparativos, cójase a la vecina que durante el año haya faltado más días a misa. Probadas sus faltas de asistencia por medio del correspondiente certificado extendido por el párroco, átesela por el cuello a una larga cuerda y cuélguesela un cartelón en el que pueda leerse la oprobiosa acusación:

BRUJA

Fórmese después el cortejo, encabezado por la banda y las primeras autoridades locales, y suéltense unos cohetes para enardecer al mocerío.

Déjese después que el mocerío enardecido tire de la larga cuerda, y que arrastre a la acusada por las calles céntricas hasta la Plaza Mayor. (Conviene que algún guardia se encargue de moderar los tirones, para impedir que el estrangulamiento prematuro de la presunta bruja chafe la fiesta apenas iniciada.)

Alcanzada la Plaza Mayor, al pie de la pira, unos concejales disfrazados de inquisidores con túnicas y capirotes, recibirán al cortejo. Se permitirá a la multitud que lance gritos ad libitum en desdoro de la víctima. Se permitirá también a la multitud que lance pequeñas piedras e incluso frutos podridos, siempre que la multitud afine la puntería y no casque a ninguna autoridad.

Hecho el silencio, que se hará cuando la multitud se haya desgañitado, iníciese el cogollo de la ceremonia. Cogollo que bien puede ser así:

A los acordes de un alegre pasodoble tocado por la banda y coreado por los fiesteros, amárrese a la bruja al poste con los pies apoyados en la pira.

Como entre pitos y flautas, entre vinos y palmas, habrá transcurrido el día, espérese a que anochezca del todo para pegarle fuego a la leña. Una pira de día, es una birria. Ya se sabe que de noche las llamas resultan mucho más vistosas, e incluso puede incrementarse su vistosidad reforzando la fogata con unos litrejos de gasolina.

Es aconsejable, e incluso conveniente, apagar la pira cuando los gritos de la bruja anuncien inequívocamente que ha empezado a chamuscarse. Si por cualquier circunstancia la bruja no grita y se carboniza, peor para ella. Pero pónganse los bomberos bien a la vista y cerca de las llamas, para que luego no digan los extranjeros que en España nos divertimos salvajemente y sin adoptar las necesarias medidas de seguridad. Si a cada bombero se le da un cubito con agua, para que se vea que no están allí por el qué dirán, miel sobre hojuelas.

La fiesta puede prolongarse o acortarse, según la resistencia de la presunta bruja a la chamusquina.

EL DÍA DE LOS INOCENTES

Parece mentira que en un país como el nuestro, tan recio y viril, se celebre el 28 de diciembre con unas cuantas mariconadas. Porque ¿qué es la inocentada, sino una bromita insulsa y feminoide?

Indigna de nuestra reciedumbre racial es la celebración de toda una señora matanza con pueriles chorradillas. ¡Con cuánto desprecio nos mira sin duda Herodes desde su tumba!

Pero aún estamos a tiempo de recobrar nuestra dignidad rectificando ese error y esa actitud de tímidos maricas. Alguna pequeña ciudad que carezca de fiesta típica, puede darle al Día de los Inocentes el colorido, el empaque y la intensidad dramática que semejante fiesta requiere.

Véase a continuación un programa sugestivo, bonito y barato, al alcance de cualquier municipio que desee celebrar dignamente el 28 de diciembre:

7 de la mañana: Toque de diana por tropa de mozos disfrazados de romanos. Estos disfraces pueden improvisarse a base de sábanas viejas, sandalias o alpargatas pintadas con purpurina. La tropa despertará al vecindario a clarinazos. Los clarines pueden pedirse prestados en ese cuartel que nunca falta en ninguna ciudad española.

Al oír estos toques vibrantes y prolongados, todas las madres de la localidad despertarán a sus hijos dándoles pescozones en las nalgas.

—¡Es el Día de los Inocentes, majetes! —gritarán alborozadas, mientras sus retoños abandonan sus lechos y sus cunas—. ¡Hoy tenéis una cita con Herodes!

La ventaja de este programa es que puede aplicarse indistintamente a un pueblo agrícola (del interior) o piscícola (de la costa).

Para que la fiesta sea un éxito, debe participar en ella toda la población niñícola. Vestidos y acicalados por sus madres, enjaezados como el que dice con sus mejores arreos, todos los niños que sepan andar serán conducidos a la Plaza Mayor y concentrados en una zona acotada con alambre de espino.

Terminada la concentración, los mozos disfrazados de romanos acudirán al Ayuntamiento, en cuyas oficinas les cambiarán los clarines por palmetas, vejigas y cachiporras de goma.

No es necesario decir, por obvio y reiterativo, que mientras se realizan estos preparativos la población adulta no estará ociosa: sumida desde el alba en el ambiente fiestero, puede empezar a divertirse bailando danzas típicas, bebiendo el consabido vino, tirando los consabidos cohetes, y engalanando las calles con banderolas o farolillos de papel. Esos complementos no están contraindicados en ningún festejo popular y siempre hacen mono.

Terminada la distribución de palmetas, vejigas y cachiporras entre los mozos disfrazados de romanos, se fraccionará esta tropa en piquetes. Los piquetes se distribuirán en todas las calles que desemboquen en la Plaza Mayor, punto crucial o meollo del festejo.

Se tirarán entonces varios cohetes de los más gruesos y sonoros, al tiempo que se abren las alambradas que retienen a los niños. El fragor de la cohetería hará que la concentración niñíscola se disperse despavorida, emprendiendo una desordenada estampida hacia todas las salidas de la plaza.

¡Pero allí estarán los piquetes de «romanos» que les cortarán el paso al grito de «¡Viva Herodes!», y que perseguirán a los nenes fugitivos atizándoles palmetazos, cachiporrazos y vejigazos! ¡Cuánto color y movimiento en este remedo de la matanza bíblica! ¡Cuánto pintoresquismo de buena ley!

Teniendo en cuenta que las armas empleadas por los atacantes no son mortales ni mucho menos, la simpática persecución puede prolongarse hasta que los perseguidores y los perseguidos caigan al suelo rendidos de cansancio.

Muchos niños sufrirán chichones y torceduras, aunque no hay que descartar la posibilidad de que alguno resulte ligeramente descalabrado. Pero algún riesgo hay que correr si se desea que una fiesta resulte hermosa. Y habrá pocas hermosuras comparables a este espectáculo de «romanos» persiguiendo «inocentes», que en su huida pueden gritar:

—¡Ay, Herodes, que me jodes!

O mucho me equivoco, o las madres católicas estarán orgullosas de que sus niños participen como pequeños actores en esta representación callejera y popular, basada en un entrañable episodio bíblico.

Ni que decir tiene que el turismo acudirá en masa a presenciar tan elevado derroche de tipismo, llenando las fondas de la localidad y las arcas del Ayuntamiento.

Las ideas expuestas en este enjundioso ensayo, bastarán para demostrar que con un poco de imaginación pueden enriquecerse nuestras fiestas folklóricas dentro de su línea habitual. Basta con saber mezclar los ingredientes normales de cualquier festejo pueblerino (pólvora, música y vino), con una pizca de la barbarie ancestral cuya impronta colea todavía desde los orígenes de nuestra raza.

¡Y a forrarse tocan, señores alcaldes!

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