Tormentas del pasado
Introducción
Victoria se despertó sudando en medio de la noche. La recurrente pesadilla no la dejaba dormir en paz. Intentó alejarse de los malos recuerdos y volver a conciliar el sueño, aunque fue inútil. Para peor afuera llovía y traumas añejos la rodearon, asfixiándola. Un miedo atroz se apoderó de ella y tuvo que taparse los oídos fuertemente y con ambas manos para no escuchar las gotas impactando contra los postigos cerrados. Los truenos y relámpagos aumentaban su fobia, escondió la cabeza debajo de la almohada y se tapó el cuerpo con las frazadas. ¿Nunca superaría ese temor?
Recordó cuando la hermana Consuelo la sentenció a perecer bajo el diluvio por no haber asistido a misa. Aún podía ver la mirada dura de ojos pequeños y perversos, las manos delgadas cuyos dedos, como garras, se cerraron sobre su brazo infantil haciéndole daño. Su propia voz salió débil e insegura cuando le dijo que había tenido que cuidar de su hermana bebé. Sin embargo, la monja no escuchó razones y la acusó de ser una pecadora por faltar a misa, condenándola a perecer bajo el agua que se descargaría sobre la ciudad.
Al salir de la iglesia la tormenta se desató y la lluvia anegó calles y plazas llevándose consigo todo lo que encontró a su paso. La niña que era entonces corrió a guarecerse del vendaval y pasó la tormenta abrazada a la rama de un roble que crecía a metros del conventillo y al que trepó gracias a la agilidad de sus piernas y la fuerza de sus brazos.
Las tres horas que duró el temporal las pasó aferrada al árbol. Cuando el agua bajó lo suficiente como para poder caminar, regresó a su casa, sucia y empapada, donde recibió la reprimenda y los golpes de su madre. Desde ese día a lo único que le temía era a la lluvia.
¿Cuántos años habían pasado? Casi diez. Dolía mirar hacia atrás. Su vida estaba marcada por la infelicidad y la desgracia, aunque al verla nadie dudaría de que fuera una joven dichosa y afortunada. Solo un observador avezado descubriría detrás del gris de sus ojos el gris de su alma.
La tormenta escampó alrededor de las siete y recién a esa hora pudo dormir. Los demonios de la noche le habían dejado la cabeza dolorida, los ojos hinchados y las mandíbulas tensas. Tenía que descansar, la aguardaba un largo día de actuación, como todos sus predecesores, y su rostro tenía que lucir resplandeciente y su piel lozana.
A lo largo de sus veinte años había aprendido a fingir a la perfección, y cuando sus ojos sonreían su alma lloraba. Podría haber sido una excelente actriz.