Traficantes de ninos

Lillian O'Donnell · Capítulo 1 de 15

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Traficantes de ninos

Uno

EL VIENTO cruel, húmedo y salado de los pantanos de Jamaica, barría la pista de aterrizaje. Temblando, el teniente Joe Capretto le dio la espalda; ¡aquí debía hacer diez grados menos que en la ciudad! Deseó haberle hecho caso a Norah y haberle puesto al impermeable el forro de abrigo, pero no se había imaginado que iba a estar dando vueltas de este modo. Pudo haber permanecido adentro, en la oficina policial de la Aduana, pero después de esperar durante una hora y media tuvo que salir, moverse, respirar. Aspiró una bocanada de aire penetrante, salobre; lo retuvo, luego lo espiró lentamente. Como siempre, ese ejercicio lo calmó. Levantó la vista más allá de las luces de la pista de aterrizaje hacia el negro cielo de noviembre y observó la miríada de luces verdes y rojas de las alas de los aviones, que se movían con gran seguridad entre las indiferentes estrellas. Otra ráfaga de viento helado hizo desvanecer la sensación reverente que lo había invadido.

¿Dónde demonios estaba ese avión?

El esperar era parte del juego y el teniente Joseph Antony Capretto, que actualmente trabajaba en la división Estupefacientes de la Sección Sur de Manhattan, ya estaba acostumbrado a esto.

Pero ¿por qué el maldito avión tenía que llegar tarde esta noche precisamente? Miró su reloj: las siete y cinco. Aunque todo transcurriera sin inconvenientes una vez que el avión hubiera aterrizado, no había modo de que pudiera llegar a tiempo.

¡Maldición! En cuanto le habían informado de la demora, había

llamado a su casa y la había prevenido a Norah de que tendría que ir sola. Las mujeres de los policías, como las de los médicos, tenían que acostumbrarse a estas bruscas interrupciones de los compromisos sociales. Por cierto que Norah lo entendió, ya que ella misma era oficial de la policía, detective de segunda, adjunta al Quinto Escuadrón de Homicidios (la patrulla de Joe antes de que lo transfirieran). Pero, a pesar de eso, iba a ser una desilusión. De todos modos la fiesta de esta noche no era una de las que Norah anticipara con placer y además tener que ir sola…

Al pensar en su mujer, la oscura y fuerte cara de Joe, de frente ancha y nariz larga, derecha, clásicamente romana, se suavizó. No se dio cuenta de que estaba sonriendo en la oscuridad; siempre sonreía cuando pensaba en Norah, pero no era consciente de eso tampoco. Joe Capretto se había casado ya mayor, a la edad de cuarenta y uno; hacía dos años. Un hombre se casaba por dos razones: sexo y comodidad. Como hombre soltero que vivía en casa de su madre Joe estaba cómodo, había sido mimado y malcriado ciertamente. En cuanto al sexo, Joe, un sargento en ese entonces, había tenido una larga lista de novias serviciales. ¿Por qué cambiar? Por empezar, su madre, tironeada entre el deseo de conservar para sí al único varón entre sus ocho hijos, y el deseo de tener un nietito (hasta ahora las chicas habían producido solo más chicas), había empezado a hacer alusiones de que debiera buscarse una mujer amable y dócil. Pero Joe solo empezó a oír lo que decía su madre cuando la conoció a Norah.

La detective Norah Mulcahaney no era lo que la signara Capretto tenía en mente. Ni Joe tampoco, si es por eso. A Joe le gustaba que las mujeres fueran deslumbrantes y accesibles. Norah no había sido lo uno ni lo otro. No ostentaba sus mercancías; había que mirar dos veces para apreciarla. Y Joe había sabido desde el comienzo mismo que con Norah no podía ser otra relación amorosa pasajera, nada de esta música de que «lo que hacemos es asunto nuestro» ni de que «el amor es el único lazo válido». Con Norah tenía que ser o todo o nada, no a causa de su educación estricta (después de todo,

muchas buenas católicas irlandesas se arreglaban para superar sus escrúpulos), sino por su vehemente sentido de dedicación.

Entregada a su trabajo tal como lo estaba, ciertamente sería igual con un hombre. Para sorpresa suya, Joe descubrió que en vez de sentirse repelido, todo eso lo atraía.

No había habido relaciones prematrimoniales. Una vez que Joe decidió que se iba a casar con la muchacha, se volvió moralmente anticuado. Nunca lo lamentó.

Norah era sensible a sus necesidades; sus respuestas eran tan diversas como el humor en que se encontraban y, sin embargo, invariables. Se daba a él gozosamente y por completo, no solo al acto amoroso sino a él como individuo y como marido. Y había dividendos, pensó Joe, aún sonriendo, totalmente olvidado del frío, dividendos que no había imaginado en su esposa detective, de fuerte voluntad, eficiente, impulsiva y a menudo obstinada. Sabía cocinar, era una buena ama de casa, y era muy muy paciente con la madre de él.

—¡Teniente! —Una voz gritó en la oscuridad, más allá de las luces de la pista de aterrizaje.

Sobresaltado de su ensueño, Joe se dio vuelta. El estridente chirrido del jet ahogaba lo que fuera que el hombre de la Aduana estuviera gritando. Protegiéndose los ojos de los reflejos de las luces, Joe simplemente pudo darse cuenta de que señalaba algo y miró para ver qué era. De repente, como si fuera un monstruo mecánico, el avión había aparecido en el cielo tachonado de estrellas, y aparentemente se dirigía directamente a donde estaba él. Instintivamente se hizo a un lado. El chorro de aire casi lo tiró al suelo. El vuelo 426 de Alitalia, procedente de Roma, había aterrizado finalmente.

El teniente Joseph Antony Capretto miró su reloj otra vez: las siete y diecisiete minutos. Bien. Lo primero que harían sería sacarlo a Abruzzi del avión. Lo registrarían; eso no podría llevar demasiado tiempo. A esa hora habría relativamente poco tránsito. Debía estar de vuelta en la ciudad en aproximadamente un par de horas como

máximo. Si le encomendaba el registro de la acusación y el papeleo a Ryder, hasta podría ir a la fiesta. Era, después de todo, el segundo aniversario de su casamiento.

Lo último que Norah supo de Joe fue que se esperaba que el avión aterrizara a las siete. Debían llegar a la casa de la madre de él a las ocho, así que era totalmente improbable que Joe pudiera pasar a buscarla. Sin embargo esperó hasta último momento antes de decidirse a ir. Había planeado exactamente qué se iba a poner, pero de algún modo no le gustaba cómo se veía. Norah era alta, un metro setenta, lo que estaba bien, pero además era de huesos grandes, así que debía cuidar la figura. Tenía pelo grueso, de un castaño tan oscuro que podría decirse que era negro, pero al no ser realmente negro, contrastaba menos violentamente con su piel pálida. El rasgo más atractivo que tenía eran los ojos, grandes, azul grisáceos, como habían sido los de su madre. Esta noche, cuando quería lucir mejor que nunca, le parecía que tenía la piel cetrina, y los ojos apagados.

El vestido de jersey azul, que era el favorito de Joe, no le quedaba como debía: o lo habían limpiado mal en la tintorería o ella había adelgazado mucho más de lo que le había parecido. Ni siquiera el nuevo estilo del cabello, que hace poco le habían cortado hasta los hombros y que usaba suelto, podía suavizar el empuje defensivo de su mandíbula cuadrada, prominente.

A Norah no la había hecho feliz la oferta de la madre de Joe de

«hacer la fiesta» para celebrar el segundo aniversario de su casamiento. La signora Capretto había dado por sentado que su nuera estaría muy contenta, pero para Norah esta no era una celebración familiar. Navidad, el día de Acción de Gracias, hasta los cumpleaños, sí, pero un aniversario de bodas debiera ser privado, para ellos dos solamente. No había querido tener una fiesta, no importaba quién la organizara.

—Estoy segura de que tu madre lo entenderá —le había dicho Norah a Joe, pero ambos sabían que la signora Emilia no lo entendería. Aunque Norah la llamaba Mamma, siempre pensaba en

su suegra de un modo formal. Sabía que la signora Emilia estaría dolorida, decepcionada. Si Norah dijera que no querían la fiesta, reforzaría la opinión de la signora de que como mujer de carrera no tenía el suficiente sentido familiar. La signora no lo vería como una decisión de ambas partes sino que le echaría toda la culpa a Norah.

Al fin llegaron a una transacción: primero la fiesta, y la noche siguiente la celebración privada, para ellos dos solamente. Norah deseaba que todo fuera tan fácil de solucionar.

Dejó de preocuparse por su apariencia y pasó los últimos minutos antes de irse dando vueltas por la casa, corrigiendo el ángulo de una silla, volviendo a arreglar los adornos, una ocupación que le daba gran satisfacción. Norah estaba orgullosa de la casa que tenían. Ella y Joe no estaban apretados por falta de espacio, como lo están la mayoría de las parejas en su primer departamento.

Habían encontrado un lugar en la calle Sesenta y Ocho Este, en una casa remodelada, de modo que los cuartos eran grandes, de techos altos, aireados. Hasta había una ventana en la cocina y una pieza extra que por el momento usaban como comedor. Los muebles, que sin haberlos solicitado les habían sido donados por la madre de Joe y por su padre, y que no habían tenido el coraje de rechazar, resultaron ser sorprendentemente compatibles con las cosas modernas que ellos habían comprado. Ahora Norah estaba contenta de haberlos aceptado, porque eran un lazo con el pasado, un pasado del que ni ella ni Joe querían desligarse.

A las siete y media Norah aceptó la idea de que Joe no iba a aparecer milagrosamente, y como él se había llevado el auto, tomó el subterráneo a Brooklyn.

La signora Capretto vivía en una calle tranquila, en un edificio viejo en el que todos los inquilinos eran apacible gente mayor, cuyos chicos hacía mucho ya que habían crecido y se habían ido. Aun antes de salir del ascensor, Norah pudo oír los ruidos de la fiesta que perturbaban el silencio como los recuerdos. No era justo estropear la alegría de todos los demás dejándose abatir, se dijo, y se irguió, levantó el mentón y se preparó para sonreír.

La madre de Joe y el padre de Norah vinieron juntos a abrir la puerta: esto la conmovió a Norah. Besó la mejilla de la signora Emilia y abrazó a su padre. Cuando entró en el anticuado salón, todos se dieron vuelta con ansiedad. Obviamente les habían dicho que vinieran temprano para darles una tumultuosa bienvenida a ella y a Joe. Con la ausencia de Joe, no salió muy bien. Le tocaba a ella animar la fiesta otra vez.

—Joe se ha retrasado —dijo Norah alegremente—. Pide disculpas. Vendrá tan pronto pueda.

Los ojos de la signora Emilia parpadearon apenas un momento, pero no hizo ningún comentario. Patrick Mulcahaney tomó la mano de su hija entre las suyas, discretamente, y la apretó. El momento incómodo pasó. Todos rodearon a Norah. La besaron, abrazaron, felicitaron y mimaron. Se sirvió el vino; la fiesta se animó.

Norah no había imaginado nada tan elaborado. Parecía como si todos los que habían asistido al casamiento estuvieran presentes: no los de afuera, solo la familia; pero los familiares de Joe eran de por sí una multitud: sus siete hermanas con los respectivos maridos, tíos, tías y primos. Por parte de Norah estaba solo el padre. Sus dos hermanos, Michael y Pat, vivían en el Oeste, y era poco probable que hicieran el viaje que era largo y caro; pero Norah estaba segura de que los habían invitado.

A través de la arcada podía ver la mesa del comedor repleta de fuentes con tapas; la signora Emilia debió de haber estado cocinando toda la semana. Probablemente las chicas habrían traído platos de sus propias especialidades también. Por cierto que todos habían traído regalos; había una impresionante pila de paquetes sobre un armario. Por consentimiento tácito, se los dejó sin abrir para esperar la llegada de Joe.

Pero ¿dónde estaba Joe?

Después de un rato, no solo Norah sino también los otros empezaron a echarle miradas subrepticias al pequeño reloj de bronce dorado que estaba sobre la repisa de la chimenea, luego a la mesa. ¿Qué lo entretenía?

A las nueve y media la signora Emilia decretó que debían comer.

A las once y media las chicas levantaron la mesa; los hombres se sentaron a fumar cigarrillos y, en honor a la ocasión, bebieron coñac. A Norah la echaron de la cocina; esta era su noche, le dijeron; debía ir con los «muchachos» a divertirse. Sonó el teléfono del dormitorio. La signora Capretto fue a atender. Cuando salió del dormitorio un rato después, la desaprobación le arrugaba la cara.

—Quiere hablar contigo —le dijo a Norah.

Norah entró, se sentó en la cama y levantó el tubo.

—¿Joe?

—Amor, lo siento.

—Está bien, entiendo. ¿Dónde estás?

—En el aeropuerto Kennedy.

—¿Todavía? —Estaba desalentada. Había imaginado que él le diría que estaba por salir de la seccional en ese preciso momento, y que se reuniría con ellos en menos de media hora—. ¿En el aeropuerto Kennedy? —repitió. Eso quería decir que le iba a ser imposible venir después de todo.

—Lo siento muchísimo, cara.

Parecía estar decepcionado y deprimido al mismo tiempo. De ordinario, Norah hubiera tratado de animarlo, pero ella misma estaba demasiado defraudada.

—¿Qué pasó? Pensé que habías dicho que esperabas el avión a las siete.

—Llegó unos pocos minutos después. El problema fue que no encontramos la mercadería. No la tenía encima. Abruzzi estaba limpio.

—Oh Joe… —Norah ahora se olvidó de su propio resentimiento, y le brindó toda su comprensión. Joe suspiró.

—Puede ser que presintiera que iba a tener un comité de bienvenida. La Aduana está revisando cada una de las malditas piezas del equipaje.

—No puede estar en el equipaje. ¿Cómo iba a confiar en pasarla en el equipaje de alguien? —Instantáneamente Norah se encontró

analizando el problema.

—Ya sé, pero tenemos que hacerlo. A no ser que Koslav me hubiera dado un informe falso.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—¿Quién sabe? El hecho es que no podía largárselo a Sid Ryder y salir de ahí así como así.

—Claro que no.

—Así que… pídele disculpas de mi parte a todos, ¿quieres? Y…

cara, te quiero. Mañana voy a resarcirte de todo esto, tal como lo planeamos.

—Antes que eso.

La voz de Joe sonó más alta.

—Es una cita.

—Si estoy dormida cuando llegues a casa, despiértame —dijo, aunque ninguno de los dos podía dormirse hasta que llegara el otro.

—Ya lo creo.

—¿Lo prometes?

—Cuenta con ello.

Norah colgó. Aún sonreía cuando salió del dormitorio; luego la signora Capretto le llamó la atención y le hizo señas de que se acercara. La madre de Joe lucía todas sus galas festivas; llevaba el mismo vestido de seda beige que había usado como madrina del novio y usaba el par de aros de diamantes pequeños pero perfectos que Norah, ahora sabía, eran el tradicional regalo bautismal dado a las bebitas y que luego formaban parte de la dote de la joven; sin embargo su porte era severo. Norah ahogó un suspiro; sabía que se le avecinaba otra sesión de buenos consejos.

—Sí, mamma.

—Te pido disculpas por mi hijo, Norah.

Norah abrió los ojos grandes.

—Mamma, no es necesario. No es culpa de él. Joe no pudo evitar…

La signora levantó la mano.

—Podría si quisiera. Lo haría si pensara que para ti era importante. Que un hombre considere algo importante o no, es obra de su mujer.

Así que era culpa de ella… Norah contuvo un suspiro.

—Eres demasiado condescendiente con Joe.

Eso era lo último que Norah hubiera esperado oír.

—Se le debe hacer entender a Joe que no puede quedarse por ahí hasta cualquier hora como lo hacía cuando era soltero.

—No anda por ahí con sus amigos, mamma; está trabajando.

La signora Capretto no le prestó atención.

—No será de ninguna utilidad que yo le hable. Tú eres la esposa. Es tu responsabilidad. Debes exigirle que vaya a su casa cuando debe. En la casa tú eres la que manda.

—Nosotros no lo vemos así, mamma. Lo entendemos como una sociedad.

—Estás equivocada. Si esperas tener chicos alguna vez…

—Esperamos tenerlos, ciertamente.

—Así espero. —Los ojos viejos y penetrantes estudiaron la cara de Norah—. Mientras tanto debes establecer tu autoridad. No sacudas la cabeza, criatura. Escúchame. Crie ocho y sé de qué estoy hablando. El tiempo de Joe no le pertenece ya. Te pertenece a ti.

—Y al departamento de policía. Si yo hubiera estado de servicio esta noche, me habría quedado hasta haber terminado el trabajo.

—Ah… —La madre de Joe suspiró—. ¿Y cuando vengan los hijos?

—Entonces será diferente.

La cara de la signora Capretto perdió la severidad. Tomó la mano de Norah y la palmeó.

—No esperes demasiado, ¿eh? Por tu propio bien, criatura, no esperes demasiado. —Luego la soltó.

Abochornada, Norah se escapó, pero no por mucho tiempo. Su padre la arrinconó luego.

—Entiendo que al fin Joe no va a aparecer.

—No empieces tú ahora, papá. —Estaba tan quisquillosa estos días—. Lo siento, papá. Simplemente estoy un poco agitada.

—Querida, sé que Joe no dejaría de venir a la fiesta intencionalmente. —Luego, como Norah aún tenía el ceño adusto, Patrick Mulcahaney añadió—: La anciana tiene buenas intenciones.

Norah tuvo que sonreírse al oírlo. Su padre tenía exactamente la misma edad que la signora Emilia, pero se hubiera indignado si alguien se hubiera referido a él como el «anciano».

—De acuerdo, papá, ya lo sé. Ha sido bastante duro, sin embargo, y no tengo ganas de oír más discursos. ¿Está bien?

Mulcahaney vaciló. Era un hombre fuerte. Su amada esposa, Jenny, murió de cáncer cuando Norah tenía solo trece años. Poco después de eso se le había destrozado una pierna en un accidente de trabajo. Los médicos habían sido pesimistas: podía quedar inválido toda la vida. Pero Patrick Mulcahaney no se había dejado dominar por la autocompasión. Acicateado por la responsabilidad hacia su hija sin madre y sus dos muchachos, por mera fuerza de voluntad había vencido la amenazante incapacidad. Se había obligado a caminar. Ahora apenas si se notaba que arrastraba un poco la pierna izquierda. A pesar de su retiro forzoso, se había mantenido ocupado con un régimen de largas caminatas y extensas sesiones de ejercicio en el gimnasio de O’Flaherty, para su salud, y sesiones vespertinas en el bar de Houlihan, para hacer sociedad.

Pero la voluntad podía acicatear el cuerpo por un cierto tiempo. A medida que pasaban los años, Patrick Mulcahaney se había preocupado más y más por su hija. Los muchachos estaban bien, casados y arraigados en el Oeste con sus propias familias. Había anhelado verla a Norah arraigada también, y lejos del trabajo policial, trabajo que él nunca había aprobado, por considerarlo demasiado rudo y poco femenino. Cuando Norah finalmente decidió casarse, él había estado alborozado, aunque había deseado que hubiera elegido a cualquiera menos a Capretto. Tenía que admitir que Joe era un buen hombre, un hombre de familia, y en esta época esto era muy importante. Al mismo tiempo, Mulcahaney estaba

convencido de que si Norah se hubiera casado con alguien que no fuera policía, ya hubiera abandonado su trabajo y él estaría hamacando a su primer nietito sobre las rodillas. Sin embargo, si pudiera estar seguro de que ella era realmente feliz. No pudo contenerse.

—Querida, me tienes preocupado. No eres la misma. Hace ya semanas que no lo eres. Tienes mal color. Estás demasiado delgada.

—Estoy bien.

El padre sacudió la cabeza, y casi involuntariamente Norah se miró en el espejo grande que estaba sobre la repisa de la chimenea.

Lo primero que vio fue que tenía el ceño adusto. Hizo un esfuerzo consciente para alisar la frente, pero las feas arrugas quedaron. La signora Emilia no lo había dicho, no había necesitado hacerlo; Norah tenía treinta y dos años y se le estaba yendo el tiempo de las manos. Su padre tenía razón: estaba delgada.

—¿Qué pasa, querida? —preguntó Mulcahaney con ternura—.

¿Anda algo mal entre tú y Joe?

Alarmada Norah se dio vuelta.

—Oh, no, por supuesto que no.

—Entonces, ¿qué? Algo te consume, querida. ¿No puedes decírmelo?

—No hay nada que decir. En verdad.

—¿Estás enferma?

—No. No, papá, estoy bien. Fui al médico. Estoy ciento por ciento sana.

El padre asió la oportunidad en seguida.

—¿Por qué tuviste que ir al médico?

—No por las razones que tú imaginas. Ojalá hubiera sido eso.

Ahora lo tenía; ahora entendió. No era ni la hora ni el lugar, pero ya que se le había brindado una oportunidad, Patrick Mulcahaney no la podía dejar escapar. Sin embargo, conocía a su hija, sabía que era sensible en cuanto a este tema en especial y que debía actuar

con gran cautela. Pensó un par de ataques, los descartó, y como de costumbre terminó soltándolo abruptamente.

—¿Estás segura de que quieres un bebé?

—¡Papá!

De modo que lo había dicho. Muy bien, si no podían ser honestos el uno con el otro…

—Creo que en tu subconsciente no lo quieres. Examina tu conciencia, querida; mira dentro de tu propio corazón.

Los ojos azules de Norah se llenaron de lágrimas.

—Lo he hecho —dijo. En ese momento estaba dispuesta a contarle todo. Necesitaba quitarse de encima esa carga, oír su opinión y consejo, pero Lena, la hermana de Joe, y Jake, el marido, se les acercaron. Tenían puestos los abrigos.

—Nos vamos. ¿Podemos llevarte?

La fiesta llegaba a su fin.

Norah estaba sentada en la cama, con la luz encendida y un libro en la falda, pero le era tan imposible leer como dormirse.

Menos mal que Lena y Jake la interrumpieron cuando lo hicieron. Si iba a confiar en alguien, esa persona tenía que ser Joe. Desde el momento en que Norah lo había conocido a Joe, mucho antes de casarse, nunca le había ocultado nada, nada importante. ¿Por qué lo estaba haciendo ahora? Cerró el libro, lo dejó de lado, y se recostó sobre la almohada. Con el cuerpo relajado, calmado por los ruidos callejeros de la medianoche, Norah finalmente aceptó la causa: hablar sobre esto sería admitir que el problema existía. Pero existía realmente; debía enfrentarlo… y compartirlo. Cerrando los ojos, Norah trató de pensar qué diría.

Poco después de las dos de la madrugada, cuando oyó la llave en la cerradura, Norah se olvidó de todo salvo de la alegría de tenerlo a Joe en casa. Se bajó de la cama de un salto, corrió y se le tiró en los brazos.

—¡Hola, hola! —Joe la abrazó muy fuerte—. Por esta clase de bienvenida juro faltar a todas las fiestas a que nos inviten. Estás temblando, amor. Vamos, de vuelta a la cama.

—¿Cómo fue todo? —preguntó Norah cuando él se sentó en el borde de la cama, a su lado.

—No fue una pérdida total. Encontramos la mercadería. Parece ser de primera calidad; quizá dos millones al precio corriente.

—¿Tanto? Van a sacar tu foto en el diario —se burló Norah.

—Espero que no.

—¡El superdetective ataca otra vez!

—No es divertido. Toda esta publicidad no me hace ningún bien.

Los de arriba no son muy cordiales con los héroes populares del departamento.

—Pero has hecho algunos arrestos fantásticos este año. Te confirieron dos menciones.

—No habrá ninguna mención en este caso, te lo puedo asegurar.

En verdad, no creo que Dietrich esté muy contento conmigo. —No parecía realmente preocupado. Pero Norah lo estaba.

—¿Por qué?

—Por empezar, tuvimos que dejarlo a Abruzzi libre. No tuvimos opción; como te dije, estaba limpio. En consecuencia, tuvimos que examinar todo el avión milímetro por milímetro después; y retuvimos a los pasajeros mientras lo hacíamos. Debiste haberlos oído. No es que los culpe. Primero, el vuelo fue demorado cuando iba a despegar, luego cuando finalmente había llegado, que los demoraran otra vez y los registraran. Estaban cansados e irritables y se quejaron cuanto quisieron. Como si fuera poco, un cuarto de los asientos estaban ocupados por un grupo de comerciantes italianos y sus familiares, que venían en excursión. No puedes imaginarte lo que fue eso: setenta y siete italianos gritando al mismo tiempo.

Norah empezó a reírse.

—El único que podía hablar italiano era el guía de la excursión.

—Pero tú hablas italiano.

—Mi familia es del Norte. La mayoría de esta gente viene de los alrededores de Roma y Nápoles. En lo que a mí concierne, el napolitano es una lengua extranjera. Como fuera, el guía no ayudó para nada; lo primero que hizo fue llamar al consulado por teléfono.

—Oh, caramba.

—No, fue mejor así. Casi me alegró tener presente al representante consular para que viera que no éramos descorteses al hacer nuestra inspección.

—¿Revisaron a los pasajeros? ¿Cómo podía ser que alguien tuviera toda esa cantidad encima?

—No la droga, sino el recibo del equipaje.

—Pero ya habían revisado el equipaje. —Norah frunció la frente

—. ¡Vino como carga!

—Exacto. Le habíamos hecho una revisación bien a fondo a Abruzzi y no tenía el recibo, así que tuvo que habérselo plantado a alguno.

—Un cómplice.

—No necesariamente.

—Tenía que ser alguien que viajara con el grupo de manera de poder recuperarlo más tarde.

—¿Quieres que te lo cuente yo?

—Lo siento.

Joe sonrió socarrón.

—Sí, uno del grupo; se iban a quedar todos en el mismo hotel, así que no le sería muy difícil a Abruzzi recuperar ese recibo. No me gustaba la idea de someter a toda esa gente a una revisación personal, así que con la ayuda de Donato, el representante consular, los entrevistamos. Les explicamos la situación y le pedimos a cada uno de ellos, individualmente, que se revisara los bolsillos. Y lo encontramos.

—¡Bárbaro!

—Sentido común —Joe se encogió de hombros, pero estaba satisfecho—. Una vez que tuvimos el recibo de la carga, corrimos al almacén de depósito e hicimos que localizaran el bulto. La boleta de embarque señalaba al remitente como Confetti Speciali, una compañía de dulces de Nápoles, el contenido figuraba como campioni, muestras, y estaba marcado como pasarán a retirar. En tu vida has visto tantas clases de golosinas con tal variedad de

envoltorios elegantes; todos bien sellados con celofán, por supuesto. En circunstancias normales, la Aduana no hubiera abierto los envases individuales, los tarros, las latas, las canastas, etcétera.

Nosotros lo hicimos, uno por uno. Cortamos los bombones, mazapanes, caramelos…

—¿No me digas que la mercadería estaba en las piezas chicas?

—exclamó Norah.

—En el fondo del bulto había una media docena de panettoni; los conoces, esos ricos panes redondos con fruta. Mamma los hace para Semana Santa.

—Claro que sí.

—Habían vaciado los centros y los paquetes de heroína estaban adentro.

—Alguien se tomó mucho trabajo.

—Exactamente: alguien. No pudimos probar nada contra Abruzzi, y en cuanto al pobre tipo que tenía el recibo de la carga…

Donato le salió de garantía. De todos modos, sabemos dónde están todos y podemos localizar a cualquiera de ellos si es necesario. —

Se encogió de hombros—. Bueno. Basta de eso. Cuéntame sobre ti.

¿Qué tal estuvo la fiesta?

—Te echamos de menos.

—¿ Tú te divertiste? ¿Aunque sea un poco?

—Claro que sí. Sabes que quiero a tu familia, y estaban todos ahí, no faltó nadie. Tu madre realmente trabajó muchísimo. —

Señaló la cómoda—. Mira el botín.

—Mamma estaba muy enojada conmigo, ¿eh?

—Conoces a tu madre. Sugirió… me dijo que yo tenía la culpa.

Me dijo que yo debiera dictarte la ley.

—Mamma tiene buenas intenciones.

Sonaba tan igual a su padre en ese momento que Norah se rio.

—Simplemente deseo que cuando vamos de visita no me mirara la barriga antes de decirme hola.

Se rieron los dos, algo inciertamente.

Norah se humedeció los labios.

—Querido, estaba pensando… hace un año que dejé la píldora.

—¿Y?

—Bueno, pensé que ya… esperaba…

—¿Embarazo instantáneo? Cara, no se puede programar un bebé como… como se programa una computadora. A la naturaleza hay que darle cierto plazo.

Hubo un silencio incómodo.

—¿Crees que es un castigo? —preguntó Norah al fin.

— Cara… vamos. Fue una decisión mutua. Queríamos tener el primer año libre, sin estorbos, sin preocupaciones, así podíamos llegar a conocernos, adaptarnos, divertirnos un poco. Casi le dijimos al sacerdote antes de la ceremonia que íbamos a hacerlo. No nos dijo que no lo hiciéramos. En verdad, en cierto modo admitió que éramos una de las pocas parejas honestas en cuanto a sus intenciones.

Norah ya había hecho ese razonamiento. Joe continuó.

—Quizás hicimos mal; no sé. Pero Dios nos perdonará. Nos dará un hijo cuando estemos listos para tenerlo. ¿De acuerdo?

Así que también él estaba preocupado y se sentía culpable. Pero la culpa era de ella; ella era la que había sugerido y tomado los anticonceptivos. No sería justo ahora sugerir… Lo atacó desde otra perspectiva.

—¿Te parece que puedo tener algún problema? Quiero decir, quizá debiera ver un médico.

Joe se acercó y la tomó en sus brazos.

— Cara, no creo que tengas ningún problema. Creo que eres la mujer más perfecta del mundo. Pero si el tener confirmación médica te va a hacer sentir mejor, entonces sigue adelante y ve un médico.

—Hizo una pequeña pausa—. Yo ya lo hice.

—¡Oh, querido, yo también!

Se abrazaron muy fuerte. Joe le acarició el cabello. Después de algunos minutos él se echó hacia atrás, le levantó el mentón, y la besó suavemente en los labios.

—¿Sabes qué es lo que creo? Lo estamos intentando con demasiado empeño. Creo que debiéramos simplemente relajarnos y divertirnos. Y empezarlo ahora mismo.

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