Un espantoso placer

Joyce Cary · Capítulo 1 de 130

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Un espantoso placer

Capítulo I

 

T ODOS estaban de acuerdo con la señora Baskett en que su nena era una criatura de lo más notable. Les encantaba enterarse de que, explorando el sótano, se comía el carbón para ver qué sabor tenía; y que, investigando sobre fósforo, incendió las cortinas de la nursery y estuvo a punto de quemar la casa entera. Admiraban las energías de la niña para reírse de cualquier insignificancia; sus gritos de rabia, su egotismo, su voracidad… y luego iban por ahí diciendo que Tabitha Baskett era, en verdad, una niña muy ordinaria. Movían la cabeza pesarosamente, lamentando el futuro de una chica tan vulgar con una madre enferma y débil y un padre tan «ido».

El doctor Baskett perjudicaba seriamente sus buenas condiciones para la práctica de la Medicina, por dos grandes errores: se anticipaba un poco a su época en los tratamientos y estaba un poco atrasado en conducta. Le gustaba mucho pasar una tarde divertida y contar chistes atrevidos sin lograr dignificarlos al lustrarlos con alguna cita clásica. En aquellos distritos del extrarradio londinense, cualquier latinajo era Latín, y cualquier cosa misteriosa resultaba inmoral. Además, Baskett, como otros whigs, combinaba una política avanzada con un profundo desprecio por las modernas innovaciones. Era Baskett el último doctor del condado que visitaba a caballo a los pacientes que vivían lejos; y cuando se detenía para echar un trago por el camino, su carricoche atado a la verja confirmaba a las viejas del lugar la historia de que el médico bebía. Y cuando las viejas dicen que un hombre bebe quieren decir que bebe demasiado. Así, cuando él les negaba los purgantes que ellas estaban deseando, cuando declaraba que todos los purgantes eran invento del diablo para envenenar el organismo humano, se decían a sí mismas que aquel hombre era un tonto cuyo cerebro iba siendo destruido poco a poco por la bebida. Era evidente para ellas que un cuerpo que no se purga con frecuencia se halla en el mismo lamentable estado que una casa con las cañerías atascadas; y, verdaderamente, todos los anuncios las apoyaban en este alarde de imaginación científica.

El doctor Baskett se empobrecía sin cesar, y, por último, cuando murió su mujer, se puso a beber en serio. Afortunadamente su hijo mayor, Harry, a los veintiséis años tenía ya su título de médico y estaba en condiciones de ejercer la carrera. El joven Harry, que había padecido desde la infancia los caprichos de su padre, estaba completamente al día, ni anticipado ni retrasado respecto a su época. Purgaba a la gente con abundancia, pero, eso sí, con los últimos laxantes, ni demasiado nuevos ni demasiado rancios, y compró un brougham, el cual, parado a la puerta del paciente, contribuía a que la calle entera se sintiera más importante. El viejo Baskett, que ya había pasado de los sesenta, se reía de su hijo Harry y le despreciaba un poco por ese sometimiento a la época; pero al muchacho lo único que le ocurría era que carecía de imaginación y quizás por eso fuera un buen hijo y un buen doctor de cabecera. Incluso podría haber hecho una fortuna después de que Frood Green, en 1888, tuvo estación de ferrocarril y se convirtió en un suburbio de Londres, pero se lo impidió el haberse casado con una mujer extravagante.

Como muchos jóvenes serios que nunca flirtean, fue cazado por la primera jovencita decidida que lo quiso y, a los veintiocho años, era ya esclavo de una casa. Además, Harry había matado a su padre. En efecto, la joven esposa no podía soportar al viejo Baskett y se las arregló en seguida para provocar un conflicto, en el que, naturalmente, resultó victoriosa. El viejo, aferrándose a la dignidad de los caídos, no se quejó a Harry, a quien aquel asunto tenía descompuesto, sino que se retiró a una mala pensión, que acabó con él en seis meses.

Por entonces tenía Tabitha catorce años y era una chica delgada, con ojos grandes y demasiado prominentes, labios gruesos, nariz algo respingona y una maciza trenza de cabello castaño. Todavía no se distinguía más que por cierta violenta ordinariez. Sus informes escolares eran levemente peores que los de otras chicas moderadamente tontas de su misma edad; estaba un poco más profundamente enamorada del profesor de música; era más desaliñada, más criticona, más despreciativa con los muchachos que sus compañeras y tenía mayor facilidad para lanzar risitas incontrolables en la iglesia o en la escuela dominical.

Su deseo más imperioso era poseer una bicicleta. En aquel entonces tenía la bicicleta el encanto de la novedad, así como el del peligro y de lo que «no está bien». De manera que Tabitha no podía dormir; le quitaba el sueño la envidia que sentía por una amiga rica y mimada que poseía uno de aquellos artefactos y que, escapándose de sus padres y maestros, había tomado la costumbre de visitar Londres sola y allí le había ocurrido una horrible aventura con un siniestro viejo en un ómnibus. Cuando su padre, que se moría de esclerosis del hígado, le dio quince libras para comprar la bicicleta, e insistió en que la adquiriese en seguida, haciendo que se la enviaran directamente a él, la chica no supo cómo expresarle su gratitud. Luego, besó al viejo con tanta furia que él tuvo que apartarla porque le molestaba la blandura de aquellos labios infantiles. No le gustaban mucho los niños, y nunca había manifestado gran amabilidad por su vulgar hija, concebida, es probable que por accidente, en su edad madura. Lo que siempre le había gustado era hacer su voluntad y desanimar a esas personas tan seguras de sí mismas que intentaban, como él decía, encerrar el mundo en sus cajitas de lata.

Por eso le dijo a Tabitha: «Hice que trajeras aquí ese aparato para estar seguro de que lo tendrías. Porque si te hubiera dejado el dinero en testamento, apuesto lo que quieras a que no habrías visto ni una sola rueda en otros cinco años. Harry y su “señora” no aceptan esto de las bicicletas para jovencitas. Dicen que es de lo más peligroso e indecente. De manera que aprende a montar, y si te rompes la nariz o cualquier otra cosa más importante, que le echen la culpa a papá. A partir de la semana que viene, no va a importarme mucho.»

Así, por este simple acto imaginativo —que para Harry y Edith fue una manifestación de despecho— se ganó el cariño de Tabitha, aunque él no lo deseaba, de tal manera que por primera vez en su vida rezó la chica con verdadero ardor, implorando a Dios que prolongara la vida del viejo. Y cuando éste murió, Tabitha se apenó tanto y lloró en la iglesia tan ruidosamente con una desesperación tan grande que Edith Baskett tuvo que sacarla al porche y darle una conferencia sobre el conveniente control de los sentimientos: «Eres muy egoísta, Tibby, al dejarte ir de esta manera; todos nosotros sentimos la misma pena, pero sabemos contenernos. Tenemos más respeto por el lugar en que estamos y más consideración por el pobre Harry, que de verdad quería a su padre».

Estas palabras, con las que se daba a entender que Tabitha no había querido mucho a su padre, hicieron aumentar la desolación de la niña con un acceso de remordimiento en sollozos que, procedentes de alguna misteriosa profundidad, estallaban bajo sus leves costillas con una fuerza que brotaba en un chorro de lágrimas, agitándole la trenza en convulsiones que, por simpatía, le desintegraban incluso el vestido, de manera que, a pesar de su reciente luto y del sombrero nuevo, no sólo parecía una niña muy traviesa de nariz colorada y mejillas pálidas, sino una criatura desaliñada. Por cariño a su hermano, procuró Tabitha dominar estas explosiones, pero no lo consiguió hasta que el propio Harry, al volver a casa en el brougham, se la sentó en las rodillas y le rogó que recordara que su padre se hallaba en un lugar mucho mejor que la tierra y que los cristianos no tenían que apenarse por lo que perdían los muertos, sino por su propia pérdida. Y estas palabras, menos por su significado que por el hecho de ser Harry quien las pronunciaba y porque llevaban consigo todo un mundo de sensaciones religiosas, la consolaron un poco.