Un instrumento contundente
Capítulo 1
Georgette Heyer
Un instrumento contundente
Inspector Hannasyde - 4
ePub r1.0
smonarde 19.11.13
Título original: A blunt instrument
Georgette Heyer, 1938
Traducción: Rosa S. De Naveira
Editor digital: smonarde
ePub base r1.0
Capítulo 1
Una brisa, casi sería más exacto decir un hálito, agitó las cortinas que colgaban a ambos lados de la ancha vidriera y proyectó al interior de la habitación el perfume de la enredadera que trepaba por toda la pared de la casa. El policía volvió su cabeza al percibir el ligero rumor de las cortinas, con sus ojos cansados, fijos y llenos de sospecha. Enderezándose, porque se hallaba inclinado sobre la figura de un hombre sentado tras de un labrado despacho situado en el centro de la habitación, se acercó a la ventana y atisbó el jardín oscuro. Su linterna exploró las sombras que proyectaban dos arbustos en flor, sólo pudo ver a un gato callejero, cuyos ojos reflejaron la luz un instante, antes de que el animal se deslizara para esconderse entre las ramas. En todo el jardín no había otro signo de vida, y después de largo rato de atenta vigilancia, el policía volvió a entrar en la habitación y se acercó al despacho. El hombre que había dejado allí estaba sentado en la misma posición porque había ya muerto, lo que el policía descubriera ya antes. Su cabeza descansaba sobre la carpeta abierta, y la sangre se iba coagulando en su cabellera brillante y bien alisada.
El policía respiró profundamente. Estaba bastante pálido, y la mano que acercó al teléfono le temblaba un poco. El cráneo de Mr. Ernest Fletcher no tenía la forma normal, presentaba una depresión bajo la sangre coagulada.
La mano del policía se detuvo antes de llegar a coger el auricular. La retiró, buscó un pañuelo y con éste secó primero una mancha de sangre de su mano, y luego levantó el auricular. Al hacerlo, percibió unas pisadas que se acercaban a la habitación. Sin soltarlo, volvió la cabeza en dirección a la puerta.
Ésta se abrió y un mayordomo de edad indefinida entró llevando una bandeja con un sifón, una botella de whisky y unos vasos. Al ver al policía no pudo disimular el sobresalto. Su mirada se posó inmediatamente en la figura de su amo. El vaso que traía en la bandeja golpeó la botella a causa del temblor del viejo mayordomo, quien, no obstante sostuvo la bandeja, aun cuando lo hizo maquinalmente, sin apartar la vista de la espalda de Ernest Fletcher.
P. C. Glass pidió el número de la comisaría de policía. Su voz, indiferente y seca, hizo que Simmons le mirara fijamente.
—Dios mío, ¿está muerto? —preguntó como en murmullo.
Glass, con mirada severa y voz hosca, le respondió:
—No pronunciarás el nombre de Dios en vano.
Estas palabras resultaron bastante más comprensibles para Simmons, que era miembro de la misma secta protestante que P. C. Glass, que para el que estaba al otro lado de la línea, a quien le hicieron poca gracia. Comprendió el que oía, que aquellas palabras no se dirigían a él. Mientras tanto, Simmons había dejado la bandeja y se acercó, temeroso, para contemplar el cuerpo de su señor. Una sola mirada al cráneo herido le produjo tal impresión que retrocedió. Levantó su rostro verdoso y preguntó con voz trémula:
—¿Quién lo mató, señor?
—Eso lo averiguarán otros —contentó Glass—. Le agradecería, Mr. Simmons, que cerrara esa puerta.
—Si usted me autoriza, Mr. Glass, saldré y la cerraré —observó el mayordomo—. Esto…, esto constituye un espectáculo que me trastorna, y no me avergüenzo incluso de confesar que me ha producido náuseas.
—Usted tendrá que permanecer aquí hasta que le haya interrogado —replicó Glass.
—¡Pero si no le puedo decir nada! Nada tengo que ver con esto.
Glass no le hizo caso, y precisamente en aquel momento le daban comunicación con la comisaría de policía. Simmons, asqueado, se acercó a la puerta cerrada y permaneció apoyado en ella, pero en forma que viera lo menos posible al muerto.
P. C. Glass, después de anunciar su nombre y el lugar en que se encontraba, participó al sargento que se trataba de un asesinato.
—¡Qué gente! —murmuró Simmons, molesto ante la indiferencia de Glass, quien trataba de aquellos asuntos como si se tratase de algo corriente y normal. Glass era así. Se hallaba tan acostumbrado a aquellas escenas, ahora tan junto al muerto que podía haberlo tocado con sólo extender la mano, y sin embargo hablaba por teléfono como si contestara ante el tribunal, sin dejar de mirar un solo momento al cadáver, sin expresar la menor emoción, cuando cualquier otra persona hubiera mostrado algún trastorno.
Glass dejó el teléfono y volvió a guardarse el pañuelo en su bolsillo.
—He aquí a un hombre que no puso su confianza en el Señor, sino en la abundancia de sus riquezas —comentó.
Aquella frase condenatoria despertó al deprimido Simmons, que se hallaba como atontado ante la desgracia.
—Es cierto, Mr. Glass. Malditos sean la ambición y el orgullo. Pero ¿cómo ocurrió? ¿Cómo se ha enterado usted? ¡Dios mío, Dios mío, jamás pensé encontrarme mezclado en un crimen como éste!
—Entré por este sendero —murmuró Glass mientras señalaba hacia la vidriera. Sacó una libreta del bolsillo y una punta de lápiz, y dirigió una mirada autoritaria al mayordomo.
—Mr. Simmons, ¿quiere hacer el favor...?
—Es inútil que me pregunte. No sé nada, se lo aseguro.
—Sabe por lo menos cuándo vio usted vivo, por última vez, a Mr. Fletcher — afirmó Glass, sin impresionarse por la evidente emoción del mayordomo.
—Debió de haber sido cuando hice pasar a Mr. Abraham Budd —replicó Simmons, después de una ligera vacilación.
—¿Hora?
—La ignoro…, no estoy seguro. Hará cosa de una hora —realizó un esfuerzo para recordar y añadió—: Quizás eran las nueve. Recuerdo que estaba retirando el servicio de la mesa del comedor. Por consiguiente, no podía ser más tarde.
—¿Conocía usted a Mr. Budd? —preguntó Glass sin levantar los ojos de la libreta.
—No. Jamás le había visto…, por lo menos que yo recuerde ahora.
—¡Ah! ¿Y cuándo se marchó?
—No sé. Ignoraba que se hubiese marchado hasta que he entrado ahora. Debió de salir por el jardín, por el mismo camino que siguió usted para entrar, Mr. Glass.
—¿Era esto corriente en esta casa?
—Lo era… y no lo era —replicó Simmons—. No sé si me entiende, Mr. Glass.
—No —contestó éste sin vacilar.
—Mi amo tenía amistades que acostumbraban visitarle de esa forma —explicó Simmons—. Mujeres, Mr. Glass.
—«Tu morada —comentó Glass, con una mirada condenatoria alrededor de aquella habitación lujosa— está envuelta en engaño».
—Es verdad, Mr. Glass. ¡Cuántas veces he rogado para que cambiara!
El ruido de una puerta que se abría, le interrumpió. Ni él ni Glass habían oído unos pasos que se acercaban al despacho y ninguno de las dos pudo evitar la entrada en la estancia de un joven alto y buen tipo, pero vestido con un smoking que le caía mal. Se detuvo en el umbral, titubeó al ver a un policía y sonrió como pidiendo excusas.
—¡Oh, perdón! —murmuró—. No sospechaba que pudiera estar usted aquí.
Hablaba con soltura y rápidamente, pero con voz baja, de modo que era algo difícil comprender lo que decía. Un mechón de pelo oscuro le caía sobre la frente. Lucía una camisa arrugada y una corbata deplorable, y según P. C. Glass, parecía un bohemio.
Su exclamación dejó a Glass perplejo, y en el acto sospechó algo anormal.
—Por su actitud deduzco que me conoce. ¿Es cierto?
—¡Oh, no! —contestó, mientras examinaba con la mirada la habitación y descubría el cuerpo de Ernest Fletcher. Su mano soltó la puerta, se acercó a la mesa y palideció—. Quizá no crean propio de un hombre el que casi se desmaye ante esto. No sé qué he de hacer para reanimarme.
Su mirada pareció pedir consejo a Glass o a Simmons, pero no lo halló. Luego tropezó con la bandeja que Simmons había entrado.
—Sí, ya sé lo que se hace —dijo, acercándose a la bandeja y sirviéndose un vaso de whisky.
—Es el sobrino del amo, Mr. Neville Fletcher —aclaró Simmons contestando a la mirada interrogante de Glass.
—¿Vive usted en esta casa, señor?
—Sí, pero francamente, no me gustan los asesinatos. Los encuentro faltos de belleza, ¿no le parece? Además, son cosas que no ocurren todos los días.
—Sí, claro, pero ahora ha ocurrido —contestó Glass un poco sorprendido.
—Sí, y eso es lo que me desconcierta. Los asesinatos sólo ocurren cuando uno menos lo sospecha. ¿Ha reparado usted en esto alguna vez? No, supongo que no. Creía poseer en la vida una gran experiencia y, no obstante, ahora no sé cómo reaccionar anta esta situación.
Terminó con una dudosa carcajada, pues a pesar de ella, era evidente que estaba algo emocionado. El mayordomo le miró fijamente y luego dirigió sus ojos a Glass, quien, después de contemplar fijamente a Neville Fletcher por un momento, mojó el lápiz y preguntó:
—Por favor, señor, ¿cuándo vio usted por última vez a Mr. Fletcher?
—Durante la cena. Quiero decir en el comedor. No, seamos exactos, en el comedor no. Fue en el vestíbulo.
—Haga usted el favor de concretar, señor —aconsejó Glass secamente.
—Si, eso es. Después de cenar, él vino aquí y yo me dirigí a la sala de billar. Nos separamos en el vestíbulo.
—¿A qué hora sucedía eso, señor?
Neville movió la cabeza dubitativamente.
—No puedo decírselo. Fue después de cenar. ¿Sabe usted la hora, Simmons?
—Con exactitud, no. El señor acostumbraba salir del comedor a las nueve menos diez.
—¿Y después no volvió a ver a Mr. Fletcher?
—No, hasta ahora. ¿Quiere usted saber algo más, o puedo ya retirarme?
—Sería mejor, señor, que me explicara lo que hizo entre la hora en que salieron ustedes del comedor y las diez y cinco.
—Bien. Fui a la sala de billar y me entretuve haciendo unas carambolas.
—¿Solo, señor?
—Si, pero mi tía vino a buscarme y me fui con ella.
—¿Su tía?
—Miss Fletcher —aclaró el mayordomo—. Se trata de la hermana del señor, Mr. Glass.
—Entonces, ¿salió usted de la sala de billar con su tía? ¿Permanecieron juntos?
—No. Y esto me demuestra que la corrección, al fin y a la postre reporta beneficios. Me despedí de ella, y ahora lo lamento, porque si la hubiera acompañado al salón, poseería una coartada que ahora no tengo. Subí a mi dormitorio y leí. No sé si me dormí leyendo —contempló el muerto y se estremeció—. No, Dios mío, es imposible que pudiera yo ni siquiera en sueños intentar un crimen así. ¡Es ofensivo sospechar de mí!
—Si me permite, Mr. Glass… Me parece que he oído llamar a la puerta — interrumpió Simmons saliendo de la habitación.
Unos minutos más tarde un sargento de policía, seguido de varios números entró en el despacho, y en el vestíbulo se oyó la voz de Miss Fletcher deseando saber con urgencia el porqué de aquella invasión. Neville salió y cogió a su tía del brazo:
—Yo te lo diré, ven al salón.
—¿Quiénes son estos hombres? —preguntó Miss Fletcher—. Tienen todo el aspecto de policías…
—Y lo son, tía —contestó Neville—. Casi todos por lo menos. Oye, tía Lucy…
—¿Nos han robado?
—No… —se detuvo— o bueno, no lo sé. Sí, quizá sea eso. Lo lamento, tía, pero es mucho peor. Ernie ha sufrido un accidente.
Dijo estas palabras tartamudeando mientras contemplaba a su tía con ansiedad.
—Por favor, no tartamudees, Neville querido. ¿Qué me has dicho?
—Dije que sufrió un accidente, pero no es toda la verdad. Ernie ha muerto.
—¿Ernie? ¿Muerto? —balbuceó Miss Fletcher—. ¡Oh, no! No creo que hables en serio. ¿Cómo puede estar muerto? Neville, ya sabes que no me gustan estas bromas. Es una cosa poco amable, querido, por no decir de muy mal gusto.
—¡No es broma!
—¿No? ¡Oh, Neville! ¡Oh, déjame que le vea!
—Es inútil. Además, no debes ir. Lo siento mucho, pero será mejor. También yo estoy un poco afectado.
—Neville, tú ocultas algo.
—¡No! ¡Ha sido asesinado!
Sus ojos pálidos azules y algo saltones le miraron fijamente. Hizo un gesto de hablar, pero de sus labios no salió una sola palabra.
Neville, desazonado, hizo un vago gesto con sus manos.
—¿Puedo ayudarte en algo? Quisiera hacerlo, pero no sé cómo. ¿Te sientes mareada? Sí, ya sé que no sirvo para nada, pero todo esto es tan brutal… Me parece que he perdido el dominio de mí mismo.
—¿Ernie asesinado? ¡No puedo creerlo! —murmuró Miss Fletcher.
—No seas tonta —exclamó, perdiendo la serenidad—. Un hombre no se aplasta su propia cabeza.
La dama lanzó un gemido y, tanteando, se dejó caer en la silla más próxima. Neville encendió un cigarrillo con mano temblorosa y se excusó:
—Lo siento, pero tenías que saberlo tarde o temprano.
Miss Fletcher intentó recobrar su presencia de ánimo, y después de un momento de silencio, exclamó:
—¿Pero quién podía desear asesinar a mi querido Ernie?
—Desde luego, yo no he sentido tal deseo.
—Debe de haber sido una horrible equivocación. ¡Oh, Ernie! ¡Oh, Ernie!
Rompió a llorar. Neville, sin intentar consolarla, se sentó en un sillón frente a ella y se fumó el cigarrillo lentamente. Entretanto, en el despacho, P. C. Glass daba un informe laborioso a su superior. El doctor se había ido ya, los fotógrafos habían tomado sus clisés y el cuerpo de Ernest Fletcher había sido ya retirado.
—Hacía mi ronda, sargento, andando por la Avenida Vale, y la hora era las diez y dos minutos. Cuando llegué a la esquina de Maple Grove, que como usted sabe es la calle que se extiende entre la Avenida Vale y Arden Road, por la parte superior de la casa, me llamó la atención un hombre que salía por la verja lateral de esta casa en una forma que consideré sospechosa. Iba andando muy de prisa, hacia Arden Road.
—¿Lo reconocería usted?
—No, sargento. Era casi de noche y no le pude ver el rostro. Había dado la vuelta a la esquina de Arden Road antes de que yo mismo pudiera tener tiempo siquiera de preguntarme qué es lo que estaba haciendo —titubeó y prosiguió—. Por lo que pude ver, era un hombre de estatura corriente, con un sombrero de fieltro de color claro. No sé lo que me hizo sospechar que ocurría algo extraño al verle salir del jardín de Mr. Fletcher, quizá fue la prisa que demostraba. El Señor guio mis pasos.
—Sí, bien, pero vayamos al grano —masculló el sargento—. ¿Qué hizo usted entonces?
—Le di el alto, pero no me hizo caso, y a los pocos minutos había desaparecido por Arden Road. Esta circunstancia me llevó a inspeccionar aquel paraje. Encontré la puerta del jardín abierta y, viendo que salía luz de esta vidriera, me dirigí hacia ella por el sendero con intención de descubrir si ocurría algo anormal. Vi el cadáver, tal como usted lo encontró, sargento. La hora, comprobada por mi reloj y por el de aquí, eran las diez y cinco minutos. Mi primer acto fue averiguar si Mr. Fletcher estaba muerto. Una vez seguro de que ya no podía recibir ningún auxilio eficaz, efectué un reconocimiento de la habitación y comprobé que nadie se escondía entre las plantas del jardín. Luego llamé por teléfono a la Jefatura de policía. Eran las diez y diez. Mientras esperaba que me pusieran en comunicación, el mayordomo, Joseph Simmons, entró en la habitación con la bandeja que ve usted sobre la mesa. Le detuve para interrogarle. Dice que a las nueve una persona llamada Abraham Budd vino a ver al fallecido. Le acompañó a esta misma habitación. Afirma que ignora en qué momento Abraham Budd abandonó la casa.
—¿Detalles personales?
—No los he pedido, señor. Mr. Neville Fletcher llegó cuando iba a hacerlo. Asegura que vio al muerto por última vez a las nueve menos diez, al salir juntos del comedor.
—Muy bien, le veré en seguida. ¿Algo más?
—Nada más que yo haya visto —replicó Glass después de un momento de meditar escrupulosamente la respuesta.
—Echaremos un vistazo. Parece ser un caso clarísimo que acusa al hombre que vio usted huyendo: el amigo Abraham Budd, ¿eh?
—A mi entender no, sargento —opinó Glass.
—¿Ah, no? ¿Y por qué no? ¿Es que el Señor otra vez le está inspirando?
Una llamarada de ira pareció dar vida a los ojos fríos de Glass.
—«El escarnecedor será la abominación a los hombres» —añadió como contestación.
—Basta —gritó el sargento—. Amigo mío, recuerde que está usted hablando con un superior.
—«El escarnecedor —prosiguió Glass, inexorable— no ama al que le reprende, ni se allega a los sabios». Ese sujeto, Budd, entró francamente por la puerta principal, sin tomar ninguna precaución para que su nombre quedara desconocido.
—Sí, lo reconozco —refunfuñó el sargento—. No obstante, pudo no haber habido premeditación. Llame al mayordomo.
—Joseph Simmons me es conocido como miembro de mi secta —dijo Glass, dirigiéndose a la puerta.
—Muy bien, muy bien. Vaya a buscarlo.
El mayordomo fue encontrado en el vestíbulo, todavía muy afectado. Al entrar en el despacho lanzó una mirada nerviosa hacia el pupitre y suspiró francamente aliviado al ver vacío el sillón.
—¿Su nombre? —preguntó el sargento.
—Joseph Simmons, sargento.
—¿Ocupación?
—Soy…, era el mayordomo de Mr. Fletcher.
—¿Cuánto tiempo ha estado usted a su servicio?
—Seis años y medio, sargento.
—Y afirma usted —prosiguió el sargento, consultando las notas de Glass— que vio a su amo vivo por última vez a las nueve, cuando acompañó a Mr. Abraham Budd a esta habitación. ¿Es así?
—Sí, sargento. Esta es la tarjeta de la persona —contestó Simmons, alargando un pedazo de cartulina.
El sargento la tomó y leyó en voz alta:
—Mr. Abraham Budd, 333c Bishopsgate E. C.. Muy bien, ahora ya sabemos dónde encontrarle. Según veo, usted dice que le es desconocido.
—Estoy seguro de que le vi por primera vez, sargento. No era de la clase de personas que estoy acostumbrado a recibir en la casa —dijo Simmons con altivez.
Glass intervino para humillarle.
—Aunque uno se crea muy poderoso y rico, ha de amar y respetar al humilde — exclamó—, y el orgulloso ha de ser apartado de nuestro lado.
—Mi alma se inclina humildemente —murmuró Simmons.
—Deje su alma tranquila —exclamó el sargento, impaciente— y no le haga caso a Glass. Escúcheme. ¿Puede darme algún detalle de ese Budd?
—Si, sargento. Era grueso y bajo, y llevaba un traje que yo diría que era chillón, y un sombrero hongo. Me produjo la impresión de que es judío.
—Bajo y gordo —repitió el sargento, decepcionado—. Me parece que no es ésta la verdad. ¿Es que su señor esperaba esa visita?
—No lo creo. Mr. Budd aseguró que su asunto era urgente y no tuve más remedio que pasar su tarjeta a Mr. Fletcher. Mi impresión fue que Mr. Fletcher no estaba muy satisfecho con aquella visita.
—¿Se alarmó?
—¡Oh, no, sargento! Mr. Fletcher dijo no sé qué de «condenada impertinencia», pero inmediatamente me ordenó que hiciera pasar a Mr. Budd, y así lo hice.
—¿Y eso ocurría alrededor de las nueve? ¿Le pareció a usted oír rumores de discusión?
El mayordomo vaciló antes de contestar:
—No puedo decir que discutieran, sargento. La voz de mi amo se impuso una o dos veces, pero no pude oír lo que decía porque me encontraba entonces en el comedor, en el otro lado del vestíbulo, y luego pasé a la cocina.
—Entonces, ¿no cree usted que discutieran?
—No, sargento. No me pareció Mr. Budd una persona quisquillosa, sino todo lo contrario. Mi impresión era que temía a mi señor.
—¿Que le tenía miedo? ¿Es que Mr. Fletcher tenía mal carácter?
—¡Oh, no sargento! Era un caballero muy atento y amable. Pocas veces le vi alterado.
—¿Pero lo estaba esta noche? ¿Por la visita de Mr. Budd?
El mayordomo volvió a titubear:
—Creo que ya lo estaba antes, sargento. Me parece que Mr. Fletcher tuvo una… ligera diferencia de opinión con Mr. Neville, antes de cenar.
—¿Mr. Neville? ¿Es el sobrino? ¿Vive aquí?
—No. Mr. Neville llegó esta tarde para pasar unos días con sus tíos, según creo.
—¿Le esperaban?
—Si le esperaban no me lo advirtieron. Debo decir, refiriéndome a Mr. Neville, que es… si se me permite decirlo…, un caballero algo excéntrico… Es costumbre frecuente en él llegar aquí sin avisar.
—Y las pequeñas diferencias con su tío, ¿eran frecuentes?
—No quisiera que recibieran una impresión equivocada, sargento: no discutieron, si a esto se refiere. Todo cuanto sé es que, cuando entré el jerez y el cóctel antes de la cena, me pareció que acababa de interrumpir un altercado. El señor parecía disgustado, cosa por cierto muy rara en él, y en el momento en que yo entraba le oí decir que no quería oír hablar más de aquello, y que Mr. Neville podía irse al infierno.
—¡Ah! ¿Y qué decía Mr. Neville? ¿Estaba también disgustado?
—Preferiría no hablar, sargento, Mr. Neville es un joven caballero muy especial, poco dado a demostrar lo que siente, si es que siente algo, que lo dudo francamente.
—Pues me ocurre con frecuencia —aclaró Neville, quien había entrado en la habitación a tiempo de oír esta observación.
El sargento, poco acostumbrado a la forma silenciosa con que el joven Mr. Fletcher entraba en las habitaciones, se sobresaltó momentáneamente. Neville sonrió con su timidez habitual, y dijo suavemente:
—Buenas noches. ¿No consideran vergonzoso este crimen? Espero que haya descubierto algo. Mi tía desea verle antes de que se marche. ¿Ha averiguado ya quién mató a mi tío?
—Es muy pronto para preguntarme eso —replicó el sargento, puesto a la defensiva.
—Sus palabras insinúan que nos hallamos aún en los preparativos y esto resulta muy deprimente.
—En efecto, es muy desagradable para todos, señor —asintió el sargento. Dirigiéndose a Simmons, añadió—: Nada más por ahora.
Simmons se retiró, y el sargento, que había estado observando a Neville con curiosidad, le invitó a sentarse. Neville aceptó amablemente la invitación, escogiendo para ello un cómodo sillón junto a la chimenea. El sargento le dijo muy correctamente:
—Espero que pueda usted ayudarme, señor. Por lo visto era usted íntimo del fallecido.
—¡Oh, no! —contestó Neville escandalizado—. No me hubiera gustado nada.
—¿Por qué? ¿Es que no estaba usted en buenas relaciones con Mr. Fletcher?
—De ningún modo. Yo estoy en buenas relaciones con todos. Únicamente lo que no soy es «íntimo».
—Bueno, pero lo que yo quiero decir, señor, es…
—Sí, sí, ya sé lo que quiere usted decir. Quiere saber si yo conozco los secretos de la vida de mi tío, ¿verdad? No, sargento. Odio los secretos, como también las preocupaciones de los demás.
Dijo esto con un tono de afable amabilidad.
El sargento quedó algo sorprendido, pero reaccionó y prosiguió:
—De todos modos, usted le conocía bien, ¿verdad, señor?
—Esto sí que no lo puedo discutir —murmuró Neville.
—¿Sabe usted si tenía enemigos?
—Naturalmente que los tendría, ¿no le parece?
—Claro, pero lo que yo intento averiguar…
—Ya lo sé. Pero comprenda que yo sé tan poco como usted. ¿Conocía usted a mi tío?
—No puedo decir que lo conociera, señor.
Neville lanzó al aire unas volutas de humo y las contempló, soñador.
—Todos le llamaban Ernie —suspiró—, o bien, Ernie querido, según fuera hombre o mujer quien lo llamara. ¿Usted me comprende?
El sargento se quedó perplejo durante un momento y luego contestó lentamente:
—Creo que le comprendo bien, señor. Debo decir que siempre he oído hablar bien de su tío. ¿He de entender de sus palabras que no conoce usted a nadie que tuviese un resentimiento contra de él?
Neville negó moviendo la cabeza. El sargento lo miró, disgustado, y consultó la libreta de Glass.
—Veo que usted afirma que después de salir del comedor pasó a la sala de billar, donde permaneció hasta que Miss Fletcher vino a buscarle. ¿A qué hora fue eso?
Neville sonrió, excusándose.
—¿Lo ignora, señor? ¿No tiene la menor idea? Intente recordar.
—Desgraciadamente hasta ahora el tiempo no ha significado nada para mí. ¿Lo comprenderá si le digo que mi tía me dijo que un visitante extraordinario se encontraba con mi tío? Un hombrecillo gordo que llevaba el sombrero en la mano. Ella lo vio en el vestíbulo.
—¿Vio usted a ese hombre? —preguntó el sargento rápidamente.
—¡No!
—¿Sabe usted si se encontraba todavía con su tío cuando usted subió a su dormitorio?
—Sargento, sargento, ¿cree usted acaso que escucho por el ojo de las cerraduras?
—Claro que no, pero…
—Por lo menos no lo hago cuando no siento curiosidad —explicó Neville, conciliador.
—Bien, señor. Digamos que entre las nueve y las diez usted subió a su habitación.
—A las nueve y media —interrumpió Neville.
—¡Ah!… Hace un momento, señor, dijo que no tenía idea de la hora que era.
—No, no la tenía. Pero ahora recuerdo a un cuco solitario.
El sargento lanzó una mirada sorprendida en dirección a Glass, que permanecía inmóvil y con expresión de censura junto a la puerta. La sospecha de que el excéntrico Neville Fletcher estaba medio loco empezaba a abrirse paso en su cerebro.
—¿Qué quiere usted decir con eso?
—Me refiero al reloj del rellano —contestó Neville.
—¡Ah, un cuco, un reloj! Vaya, realmente, por un momento pensé… ¿y dio la media hora?
—Sí, pero con frecuencia anda mal.
—Conforme. Investigaremos esto en seguida. ¿En qué dirección está orientado su dormitorio, señor?
—Al Norte.
—Entonces está en la parte posterior de la casa. ¿Es posible que desde allí oiga usted si alguien se acerca por el sendero?
—No lo sé. No oí a nadie, pero en realidad no escuchaba.
—De acuerdo —dijo el sargento—. Bien, creo que esto es todo por el momento. Gracias, señor. Naturalmente, usted comprenderá que no puede salir de esta casa en uno o dos días. Una mera cuestión de rutina, ¿sabe usted? Esperamos que no tardemos en esclarecer todo el asunto.
—Sí, sí, esclarezcámoslo —afirmó Neville. Su mirada se posó, dubitativa, sobre un cuadro colgado en la pared opuesta a la chimenea—. El motivo, ¿no sería robo?
—No lo creo, señor. Pero naturalmente, no podemos asegurarlo todavía. No es fácil que un ladrón entrara estando Mr. Fletcher levantado, por no hablar del resto de la casa.
—No es fácil. Únicamente le diré que la caja de caudales está detrás del cuadro, por si no lo supiera.
—Sí, señor, me informó el mayordomo. La hemos estado observando en busca de huellas dactilares, y tan pronto podamos ponernos de acuerdo con el abogado de Mr. Fletcher, la abriremos. Diga, Hepworth, ¿ha encontrado algo?
Estas últimas palabras iban dirigidas a un policía que había entrado en la habitación cruzando la puerta vidriera.
—Poca cosa, sargento, peno quisiera que viera usted algo interesante.
El sargento le siguió al momento. Neville se desperezó, se levantó y fue pisándole los talones.
—No le importa que les acompañe, ¿verdad? —murmuró al ver que el sargento volvía la cabeza.
—No hallo ningún inconveniente, señor. Lo que ocurre es que se vio a un hombre escapar por la puerta del jardín después de las diez y, si no me equivoco, se trata del que buscamos.
—¿Un… hombre gordo? —sugirió Neville parpadeando.
—¡Ah!, eso sería demasiado fácil, señor —observó el sargento, con indulgencia —. No, un hombre de tipo corriente, con sombrero claro. Bueno, Hepworth, ¿de qué se trata?
El policía les acompañó junto a un arbusto que estaba cerca de la casa. Dirigió el haz de luz de su linterna hacia el suelo. Sobre la tierra blanda se veían las huellas profundas de un par de zapatos de tacón alto.
—Son recientes, sargento —observó Hepworth—. Alguien ha estado escondido debajo de ese arbusto.
—¡Mujeres en la causa! —exclamó Neville—. ¡Qué divertido!