Un lugar en el corazón

Linda Howard · Capítulo 1 de 2 · parte 1/3

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Un lugar en el corazón

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

UN LUGAR EN

 

EL CORAZÓN

 

Linda Howard

 

Título original: Duncan's Bride

Linda Howard UN LUGAR EN EL CORAZÓN

 

Uno

 

Era hora de que buscara una esposa, pero en esa ocasión no pretendía que el «amor» formara parte del trato. Era mayor e infinitamente más sabio, y sabía que el «amor» no era necesario, ni siquiera deseable.

Reese Duncan había quedado como un tonto en una ocasión y a punto había estado de perderlo todo. No volvería a suceder. Esa vez elegiría una esposa con el cerebro y no con el contenido de sus vaqueros, y seleccionaría a una que estuviera satisfecha de vivir en un rancho aislado, dispuesta a trabajar duramente y a ser buena madre de sus hijos, que le interesara más la familia que la moda. En el pasado se había enamorado de una cara bonita, pero el aspecto ya no figuraba en su lista de requisitos. Era un hombre normal con un impulso sexual sano; eso bastaría para tener los hijos que quería. No buscaba pasión. La pasión lo había conducido al peor error de su vida. En ese momento quería una mujer que fuera fiable y tuviera sentido común.

 

El problema era que no disponía de tiempo para encontrarla. Trabajaba de doce a dieciséis horas al día tratando de mantenerse a flote. Había necesitado siete años, pero parecía que al fin ese año iba a dejar los números rojos atrás. Había perdido la mitad de su tierra, una pérdida que le devoraba el alma cada minuto de su vida, pero jamás iba a permitirse perder lo que le quedaba. Había perdido la mayor parte de su ganado; las enormes manadas ya no estaban, y trabajaba como un esclavo para cuidar de las reses que le quedaban. También se habían ido los hombres; no había sido capaz de pagar sus nóminas. Llevaba tres años sin comprarse un nuevo par de vaqueros. Ocho que no pintaba los graneros ni la casa.

Pero April, su ex mujer, tenía sus desorbitadas deudas, adquiridas antes del matrimonio, pagadas. Había recibido la cantidad global del acuerdo de separación. Tenía su apartamento de Manhattan, su caro guardarropa. ¿Qué le importaba a ella que tuviera que suplicar y vender su tierra, sus reses, vaciar sus cuentas bancarias para darle la mitad de sus posesiones, para las que se sentía con «derecho»? Después de todo, ¿no pasó dos años enteros casada con él? ¿No había vivido dos infernales inviernos en Montana, aislada por completo de la civilización? ¿Qué importaba que el rancho llevara en su familia cien años? Dos años de matrimonio le daban «derecho» a la mitad de él, o a su equivalente en frío dinero al contado. Ella había estado encantada de contentarse con el efectivo. Si no tenía tanto, podía vender un poco de tierra; después de todo, era propietario de un montón, no echaría de menos unos miles de acres. Ayudaba que su padre fuera un magnate de los negocios que tenía un montón de contactos tanto en Montana como en los otros estados del oeste, lo que explicaba que el juez no quedara convencido por los argumentos de Reese de que la cantidad que exigía April lo iba a sumir en la bancarrota.

Ese era otro error que no iba a cometer. La mujer con la que se casara en esa ocasión tendría que firmar un acuerdo prenupcial que protegería su rancho en caso de divorcio. No pensaba arriesgar ni un metro cuadrado de tierra de la herencia de sus hijos, ni del dinero que haría falta para dirigir el rancho. Ninguna mujer iba a volver a desplumarlo; podía marcharse, pero no se iría con nada suyo.

 

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De no ser por la cuestión de los hijos, habría sido feliz quedándose soltero el resto de su vida. Quería hijos. Los necesitaba. Quería enseñarlos a amar la tierra tal como se lo habían enseñado a él, dejársela en herencia, pasarles el legado que le habían transmitido a él. Más que eso, quería la vida que los niños aportarían al viejo y vacío rancho, las risas, las lágrimas y la furia, el dolor de los miedos infantiles y los gritos de. alborozo. Quería herederos de su propia sangre. Y para tener esos hijos, necesitaba una esposa.

Además, también sería conveniente. Había mucho que hablar a favor del sexo disponible, en particular cuando no tenía tiempo que perder para tratar de encontrarlo. Lo único que necesitaba era una mujer sólida, firme, poco exigente en su cama todas las noches, y sus hormonas se ocuparían de lo demás.

Pero las mujeres solteras y casaderas escaseaban en esa parte del país; todas se trasladaban a las ciudades. La vida en un rancho era dura, y querían algo de estímulo y lujo en su vida. Además, Reese no tenía tiempo, dinero ni predisposición para cortejar a una mujer. Había una manera más eficaz de encontrar una.

Había leído un artículo en una revista sobre la cantidad de granjeros del medio oeste que ponían anuncios solicitando esposas, y también había visto un programa de televisión sobre hombres en Alaska que hacían lo mismo. A una parte de él no le gustó la idea de anunciarse, ya que era un hombre reservado. Por otro lado, no tendría que gastar un montón de dinero por poner unos pocos anuncios en las secciones personales de algunos periódicos, y en esos días el dinero significaba mucho para él. No tendría que conocer a las mujeres que no lo atrajeran, no iba a tener que perder tiempo conduciendo de un lado para otro, invitándolas, llegando a conocerlas. En particular le desagradaba eso último, ni siquiera quería conocer a la que pudiera llegar a ser su mujer. Tenía una gruesa capa de hielo a su alrededor y le gustaba de esa manera. La visión resultaba mucho más clara cuando no la entorpecía la emoción. Esa parte de él se sentía satisfecha con el distanciamiento de un anuncio, aun cuando a la parte reservada le desagradaba la naturaleza pública de esa actuación.

Pero había decidido que ese era el camino a seguir, y Reese Duncan no perdía el tiempo una vez tomada una decisión. Publicaría el anuncio en varios de los periódicos más importantes del Oeste y del Medio Oeste. Sacó un bloc de notas y comenzó a trazar el recuadro que quería que tuviera; luego, en letra de imprenta, escribió: «SE BUSCA ESPOSA...».

 

Madelyn Sanger Patterson regresó al despacho después del almuerzo. Su amiga Christine pensaba que nunca daba la impresión de que se hubiera dado prisa por algo. Tampoco que pudiera sudar. En el exterior hacía treinta y cinco grados, pero ninguna humedad o arruga mancillaban el perfecto vestido blanco ostra. A Madelyn todo le sentaba bien.

—Eres muy desagradable —comentó Christine, recostándose en el sillón para evaluar la aproximación de Madelyn—. Es insano no sudar, antinatural no arrugar la ropa e impío que no se te revuelva el pelo.

—Sudo —contradijo Madelyn divertida.

—¿Cuándo?

—Cada martes y jueves a las siete de la tarde.

—No me lo creo. ¿Le das cita a tus glándulas sudoríparas?

—No, juego al frontón.

—Eso no cuenta —hizo la señal de la cruz con los dedos para repeler la mención del ejercicio, que en su opinión era el octavo pecado mortal—. Con un tiempo como este, la gente

 

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normal suda sin tener que hacer ejercicio. ¿Y se te arruga la ropa? ¿Te queda alguna vez el pelo lacio sobre la cara?

—Desde luego.

—¿Delante de testigos?

Madelyn se sentó en el borde del escritorio de Christine y cruzó las piernas a la altura de los tobillos. Era una postura angulosa, casi masculina, que quedaba grácil en ella cada vez que la realizaba. Ladeó la cabeza para estudiar el periódico que había estado leyendo su amiga.

—¿Algo interesante?

La madre de Christine siempre le enviaba por correo la edición dominical de su periódico de Omaha, para que pudiera estar al corriente de las noticias locales.

—Mi mejor amiga del instituto va a casarse. Su anuncio de compromiso sale aquí. Una conocida ha muerto, un antiguo novio ha ganado su primer millón, la sequía está disparando los precios del pienso. Las 'cosas habituales —dobló el periódico y se lo entregó a Madelyn, que disfrutaba con los diarios de distintas ciudades—. Hay un buen artículo acerca de trasladarse a otra parte del país en busca de trabajo. Lamento no haberlo leído antes de haber dejado Omaha.

—Llevas dos años aquí. Es demasiado tarde para sufrir la conmoción cultural.

—La añoranza se rige por otro horario.

—¿De verdad lo añoras? ¿O estás tristona porque la semana pasada rompiste con la Maravilla de Wall Street y aún no le has encontrado sustituto?

Sonrieron y Madelyn regresó a su propio despacho con el periódico en la mano. Observó su escritorio. Estaba espantosamente despejado. Podía quedarse en la oficina el resto del día o irse a casa, y ninguna de las dos cosas marcaría alguna diferencia. Lo más probable era que nadie se enterara de que se había ido, a menos que decidiera contárselo a alguien. Esa era la asiduidad con la que sonaba su teléfono.

Tenía ventajas ser la hermanastra del propietario. Sin embargo, el aburrimiento no era una de ellas. Estar ociosa resultaba doloroso para ella. Se acercaba el momento en que tendría que darle un beso a Robert, darle las gracias por su consideración y cortésmente declinar continuar con ese «trabajo».

Quizá incluso debería pensar en trasladarse. Tal vez a la Costa Oeste. O a Fiji. Robert no tenía intereses comerciales en Fiji. Todavía.

Abrió el periódico y se recostó en el sillón con los tobillos cruzados sobre la mesa. La decisión esperaría; llevaba un tiempo trabajando en el problema, de modo que seguiría allí cuando terminara de leer el diario.

Le encantaban los periódicos de otras ciudades, en particular los pequeños, con sus ediciones semanales que más que cualquier otra cosa eran columnas de cotilleo. El diario de Omaha era demasiado grande para eso, pero aun así tenía un sabor del medio oeste que le recordaba que ciertamente había vida fuera de Manhattan. La ciudad era tan grande y compleja que aquellos que vivían en ella tendían a ser absorbidos por su dinámica. Constantemente buscaba ventanas a otros estilos de vida, no porque le desagradara Nueva York, sino porque todo despertaba su curiosidad.

Se saltó la sección de Internacional, porque tanto en Omaha como en Nueva York era la misma, leyó las noticias del medio oeste y las locales, para enterarse de que la sequía afectaba a los granjeros y rancheros pero creaba un negocio floreciente para los mataderos, y quién se había casado o pretendía hacerlo. Leyó los anuncios de ventas, comparó el precio de las propiedades en Omaha con los de Nueva York, y como siempre quedó asombrada por la diferencia. Pasaba los anuncios de «Se Busca» cuando uno en la sección de Personales llamó su atención.

 

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Se busca esposa para ranchero emprendedor. Debe tener un carácter sólido, querer hijos y poder trabajar en un rancho. Preferiblemente entre veinticinco y treinta y cinco años.

 

Las que estuvieran interesadas debían contactar con el susodicho ranchero emprendedor en un apartado de correos de Billings, Montana.

De inmediato captó la atención de Madelyn, cuya imaginación quedó atrapada por el anuncio, aunque no estaba segura de si debería sentirse divertida o indignada. El hombre prácticamente pedía una mezcla de yegua y empleada de rancho. Por otro lado, había sido brutalmente honesto respecto de sus expectativas, lo cual era una brisa de aire fresco después de algunos anuncios personales que había visto en los diarios y revistas neoyorquinos. No había nada de esas tonterías de «acuario sensible busca a mujer new age de los noventa para explorar juntos el sentido del universo», que no revelaba nada salvo que el escritor carecía del concepto de claridad en la palabra escrita.

Hacía unos meses había leído un artículo sobre las novias por correspondencia, y aunque le había resultado interesante, le desagradó toda la impersonalidad que rodeaba el asunto. Evidentemente se trataba de un gran negocio que juntaba a mujeres orientales con hombres de las naciones occidentales, pero no se limitaba a eso; granjeros y rancheros de los estados menos poblados habían empezado a anunciarse, simplemente porque en sus zonas había pocas mujeres. De hecho, tenían una revista entera dedicada a ello.

En realidad, ese anuncio tenía la misma intención que los que aparecían en las revistas más elegantes: alguien buscaba compañía. La necesidad era la misma en todo el mundo, aunque a veces se disfrazaba con términos más divertidos o románticos.

Y responder el anuncio no era hacer otra cosa que aceptar conocer a alguien, como una cita a ciegas. Era un modo de entablar contacto. Todas las relaciones comenzaban con una primera cita, a ciegas o de otra naturaleza.

Dobló el periódico y deseó tener algo que hacer aparte de reflexionar en el tema de los anuncios sociales.

Podía subir a aporrear el escritorio de Robert, pero con eso no conseguiría nada. Robert no respondía bien a la fuerza; no iba a perturbar el buen funcionamiento de sus oficinas para darle algo que hacer a ella. Le había ofrecido el trabajo como un medio para que dispusiera de una actividad en la vida después de perder a su madre y a su abuela en un breve espacio de tiempo, pero los dos sabían que el trabajo había sobrepasado su objetivo. Solo un optimismo incurable la había mantenido allí tanto tiempo, con la esperanza de que se convirtiera en algo válido. Si aporreara el escritorio de Robert, él se recostaría en el sillón y le sonreiría con expresión perversamente divertida, aunque la boca rara vez se unía a los ojos en celebración, y diría: «La pelota está en tu campo, cariño. Saca o vete a casa».

Sí, era hora de pasar a algo nuevo. La conmoción del dolor había conducido a la inercia, y la inercia era más dura de sobrellevar, de lo contrario se habría— ido hacía más de dos años.

Se busca esposa.

Abrió el periódico y volvió a leer el anuncio.

No, no estaba tan desesperada. ¿O sí? Necesitaba un trabajo nuevo, un cambio de paisaje, no un marido.

Por otro lado, tenía veintiocho años, lo suficientemente mayor como para saber que la vida de ciudad no iba con ella, a pesar de que había vivido en ciudades casi toda su vida. De niña en Richmond, le habían encantado los fines de semana en que iba a visitar a su abuela al campo. Cuánto había disfrutado con la paz y la quietud, y cuánto lo había echado de menos cuando su madre volvió a casarse y tuvieron que trasladarse a Nueva York.

No, no estaba desesperada, pero era curiosa por naturaleza y necesitaba una distracción mientras decidía qué clase de trabajo debería buscar y dónde. Era como una primera cita. Si

 

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encajaba, encajaba. No tenía nada contra Montana; además, sería una historia excelente contarles a sus nietos que había sido una novia por correspondencia. Y si de ello no salía nada, como sería lo más probable, no se habría hecho ningún daño. Se sentía mucho más segura contestando el anuncio de un ranchero de Montana que el de un urbanita.

Entusiasmada con su osadía, introdujo un papel en su máquina de escribir eléctrica, redactó una respuesta al anuncio, puso la dirección en un sobre, un sello y lo metió por el buzón interior. En cuanto el sobre desapareció, experimentó una sensación peculiar y hueca en el estómago, como si acabara de hacer algo increíblemente estúpido.

Se encogió de hombros. No había nada de qué preocuparse. Lo más probable era que nunca recibiera contestación de su ranchero de Montana. Después de todo, ¿qué podían tener en común?

 

Reese Duncan frunció el ceño al ver en el sobre el remite de Nueva York mientras lo abría y extraía la hoja mecanografiada del interior. ¿Qué podía saber alguien de Nueva York sobre la vida en un rancho? Estuvo tentado de tirar la carta a la papelera; sería una pérdida de su tiempo leerla, igual que el viaje a Billings para recoger la correspondencia había sido una pérdida de tiempo. En esa ocasión solo había recibido esa respuesta al anuncio, y encima de Nueva York.

Pero las contestaciones generales al anuncio no habían sido abrumadoras, de modo que lo mejor era que la leyera. De hecho, esa era la tercera respuesta que recibía. Imaginaba que no había demasiadas mujeres en el mundo ansiosas de vivir en un rancho de Montana.

La carta era breve, y notable en la información que no proporcionaba. Se llamaba Madelyn S. Patterson. Tenía veintiocho años, nunca había estado casada, estaba sana, era fuerte y dispuesta a trabajar. No había enviado una foto. Era la única que no lo había hecho.

Era más joven que las otras dos mujeres que habían respondido. La maestra era de su edad, y nada fea. La otra mujer tenía treinta y seis años, dos más que él, y jamás. había realizado un trabajo remunerado; se había quedado en casa a cuidar de su madre inválida, que había muerto hacía poco. Era corriente, pero .no fea. Las dos tendrían unas expectativas mucho más realistas de los espacios vastos y vacíos y de la dura vida en un rancho que esa tal Madelyn S. Patterson.

Por otro lado, podía ser una chica de ciudad pequeña que se había trasladado a la gran ciudad para descubrir que no le gustaba. Debía haber leído el anuncio en un periódico que le habrían mandado por correo, porque estaba claro que él no había desperdiciado el dinero publicándolo en el New York Times. Y debido a las pocas respuestas obtenidas, tampoco podía soslayarla. Realizaría los mismos preparativos con ella que había hecho con las otras, si aún seguía interesada después de que le escribiera.

Salió de la oficina de correos y se dirigióhacia la furgoneta. Le estaba consumiendo más tiempo del que realmente podía permitirse. Quería tenerlo todo arreglado en julio, y ya estaban a mediados de mayo. Seis semanas. Quería encontrar esposa en las siguientes seis semanas.

 

Señorita Patterson,

Me llamo Reese Duncan. Tengo treinta y cuatro años, estoy divorciado, sin hijos. Soy dueño de un rancho en la zona central de Montana.

Si todavía sigue interesada, podemos vernos dentro de dos semanas a,partir del sábado. Comuníquemelo por carta. Le enviaré un billete de autobús hasta Billings.

 

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No había ningún saludo de despedida, solo su firma: G.R. Duncan. ¿Qué representaría la G? Su caligrafía era fuerte, angulosa y perfectamente legible, y no tenía errores de ortografía.

Ya conocía su nombre, edad y que estaba divorciado. Antes no había sido real; había

sido únicamente alguien anónimo que había puesto un anuncio para buscar esposa. En ese momento era una persona.

Y ocupada, si solo podía sacar tiempo para verla después de dos sábados. No pudo evitar sonreír. Desde luego, no daba la impresión de estar desesperado por una esposa como para tener que anunciarse. De nuevo tuvo la clara impresión de que se hallaba demasiado ocupado para buscar una. En la carta ponía que estaba divorciado, de modo que tal vez había perdido a su mujer por estar demasiado ocupado.

Se sentía cada vez más intrigada. Quería conocer a ese hombre.

 

Madelyn S. Patterson había contestado con celeridad, algo que las otras dos no habían hecho; aún tenía que recibir sus cartas. Reese abrió la de ella.

 

Señor Duncan, llegaré a Billings en la fecha estipulada.. Sin embargo, no puedo permitir que pague mis gastos de viaje, ya que somos desconocidos y quizá no surja nada de nuestro encuentro.

Mi vuelo llega a las diez treinta y nueve de la mañana. Espero que le resulte una hora conveniente. Adjunto una copia del horario de mi vuelo. Por favor, si sus planes cambian, póngase en contacto conmigo.

 

Enarcó las cejas. Así que prefería volar antes que tomar el autobús. Esbozó una sonrisa cínica. En realidad, a él le sucedía lo mismo. Incluso había tenido su propia avioneta, pero eso había sido A.A.: antes de abril. Su ex mujer se había encargado de que necesitara años para poder volver a permitirse viajar en avión, por no mencionar tener su propia avioneta.

Una parte de él apreció el hecho de que la señorita Patterson le ahorrara los gastos, pero a su núcleo duro y orgulloso lo molestó no poder pagarle un billete de avión. Diablos, si hasta el billete de autobús le habría hecho apretarse el cinturón esa semana. Probablemente cuando descubriera su precaria situación económica, se marcharía a toda velocidad. Era imposible que esa mujer funcionara, pero bien podía conocerla para cerciorarse de ello. Después de todo, las candidatas no hacían cola para llamar a su puerta.

 

Madelyn invitó a cenar a Robert el jueves antes de su vuelo del sábado a Montara, ya que quería hablar a solas con él y sabía que él tenía una cita el viernes.

Llegó a las ocho y fue directamente al pequeño bar del apartamento, donde se sirvió un whisky con agua. Alzó la copa en dirección a ella y, como siempre, sus ojos sonrieron sin que su boca compartiera el .gesto. Madelyn alzó la copa de vino.

—Por un enigma —brindó.

—¿Tú misma? —él enarcó las cejas oscuras y elegantes.

—Yo no, soy un libro abierto.

 

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—Escrito en una lengua desconocida.

—Y si alguna vez levantaran tus tapas, ¿qué idioma aparecería?

Él se encogió de hombros sin dejar de sonreír, aunque no podía refutar el cargo de que se mantenía distante de la gente. Madelyn era la persona más próxima a él; el padre de Robert se había casado con su madre cuando ella tenía diez años y él dieciséis, lo que debería haber sido una gran diferencia de edad para lograr una verdadera intimidad, pero, inexplicablemente, Robert se había tomado tiempo para hacerla sentir bienvenida en su nuevo hogar, para hablarle y escucharla. Juntos habían sobrellevado primero la muerte del padre de él, y luego, cinco años más tarde, la de su madre; la mayoría de hermanastros probablemente se habría distanciado después de eso, pero ellos no, porque se caían realmente bien, como amigos tanto como hermanos.

Robert era un verdadero enigma: elegante, atractivo, casi aterradoramente inteligente, pero con un enorme centro privado que nadie jamás había recibido autorización para tocar. Madelyn era única en que incluso conocía la existencia de ese centro. Nadie más había llegado a ver tanto de él. En los años transcurridos desde que había heredado las Empresas Cannon, había remodelado las diferentes compañías, para hacerlas más grandes y ricas que antes. En sus manos finas había una gran cantidad de poder, pero ni siquiera el imperio Cannon parecía llegar hasta su centro privado. El hombre interior era una ciudadela, inviolada.

En ese momento observaba a Madelyn con ojos divertidos, y pasado un minuto ella respondió su propia pregunta.

—Tu idioma sería uno oscuro, muerto, desde luego, y traducido a un código de tu propia invención. Parafraseando a Winston Churchill, eres un enigma dentro de un rompecabezas envuelto en un acertijo, o una bobada de similar complejidad.

Él estuvo a punto de sonreír; movió los labios e inclinó la cabeza para reconocer la precisión de su evaluación. Bebió un sorbo de whisky y disfrutó de su sabor.

—¿Qué hay para cenar?

—Conversación.

—Un verdadero caso de comernos nuestras palabras.

—Y espaguetis.

—Y bien, ¿de qué estamos conversando?

—Del hecho de que voy a buscar un trabajo nuevo, como mínimo —anunció ella al entrar en la cocina. El la siguió y, sin titubeos, comenzó a ayudarla ,a llevar la comida a la mesa.

—Ha llegado la hora, ¿verdad? —preguntó Robert con perspicacia—. ¿Qué te ha hecho decidirte?

—Varias cosas —se encogió de hombros—. Básicamente, como bien has dicho, ha llegado la hora.

—Has dicho «como mínimo». ¿Y como máximo?.

Típico de Robert ver las implicaciones de cada palabra. Sonrió mientras llenaba las copas con vino.

—Este sábado me voy a Montana.

El parpadeó, indicando su intenso interes.

—¿Qué hay en Montana?

—No qué. Quién.

—¿Quién, entonces?

 

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—Un hombre llamado Reese Duncan. Existe una posibilidad de matrimonio. Había ocasiones en que una mirada de los ojos verde pálidos de Robert podía cortar una navaja, y esa era una de ellas.

—Suena como un parte meteorológico —comentó con voz neutral—. ¿Te importaría darme un porcentaje? ¿Cuarenta por ciento de posibilidades de matrimonio? ¿Cincuenta?

—No lo sé. No lo sabré hasta que conozca al hombre.

Él había estado sirviéndose pasta, pero entonces dejó con cuidado los cubiertos y respiró hondo. Madelyn lo observó con interés. Era una de las contadas veces en que podia afirmar quehabía visto a Robert sorprendido.

—¿Quieres decir que aún no lo conoces? —preguntó con cuidado.

—No. Nos hemos escrito, pero no nos hemos visto. Y puede que no nos gustemos en persona. De hecho, solo existe una posibilidad muy escasa de matrimonio. En términos meteorológicos, no se espera acumulacion.

—Pero es posible.

—Sí. Quería que lo supieras.

—¿Cómo lo conociste?

—No lo conozco. Sé un poco sobre él, pero no mucho.

—Entonces, ¿cómo empezasteis a escribiros?

—Puso un anuncio buscando esposa.

Robert pareció aturdido, realmente aturdido. Madelyn se apiadó de él y le sirvió la salsa espesa sobre la pasta antes de que se enfriara, ya que parecía haberla olvidado por completo.

—¿Respondiste un anuncio personal? —preguntó al final con voz tensa.

—Sí —asintió y centró la atención en su propio plato.

—Santo cielo, ¿sabes lo arriesgado que es eso? —rugió, incorporándose a medias de la silla.

—Sí, lo sé —le palmeó la, mano—. Por favor, siéntate y come. No te entraría el pánico si te hubiera contado que había conocido a alguien en un bar de Manhattan, y eso es mucho más arriesgado que conocer a un ranchero de Montana.

—Desde un punto de vista de salud, sí, pero hay otras cosas a considerar. ¿Y si se trata de un hombre al que le gusta abusar?

¿Y si tiene un historial criminal o es un timador? ¿Cuánto conoces de él?

—Tiene treinta y cuatro años, tu edad. Es propietario de un rancho en la región central de Montana, está divorciado y sin hijos. He estado escribiendo a un apartado de correos de Billings.

Por la expresión de Robert, Madelyn supo que había tomado nota mental de todo lo que le había dicho y que no olvidaría ni un solo detalle. También sabía que haría investigar minuciosamente a Reese Duncan; pensó en protestar, pero decidió que no conseguiría nada. Cuando Robert dispusiera de su informe, ella ya habría conocido al señor Duncan y se habría formado su propia opinión. Incluso podía entender por qué Robert se sentía alarmado y protector, aunque no estaba de acuerdo en que hubiera necesidad de ello. La correspondencia directa del señor Duncan le había confirmado que se trataba de un hombre que trataba con la verdad sin adornos y que le importaba un bledo cómo pudiera sonar o parecer.

—¿Puedo convencerte, de no ir? —preguntó Robert—. ¿O al menos de retrasar tu encuentro?

—No sonrió—. Siento tanta curiosidad que casi no puedo soportarlo.

Él suspiró. Madelyn era curiosa como un gato y podía comprender por qué un anuncio en busca de esposa le habría resultado irresistible; una vez que lo hubiera leído, no le habría

 

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quedado más remedio que. conocer en persona al hombre. Si no había modo alguno de convencerla de no ir, sí podía cerciorarse de que no correría peligro. Antes de que subiera al avión, sabría si ese Reese Duncan tenía algún tipo de historial delictivo, hasta una multa de aparcamiento. Si existía algún indicio de que Madelyn no iba a estar a salvo, evitaría que subiera a ese avión aunque tuviera que sentarse encima de ella.

Como si le hubiera leído la mente, ella se adelantó. Volvía a exhibir esa expresión angelical, la que hacía que él se pusiera a la defensiva.

—Si interfieres en mi vida social, daré por hecho que tengo el mismo derecho con la tuya —comentó con dulzura—. En mi opinión, necesitas un poco de ayuda con tus mujeres.

Hablaba en serio. Madelyn jamás faroleaba, nunca amenazaba a menos que estuviera dispuesta a cumplir sus amenazas. Sin decir palabra, Robert sacó un pañuelo blanco del bolsillo y lo agitó en señal de rendición.

 

Dos

 

El vuelo aterrizó con antelación en Billings. Madelyn estudió al pequeño grupo de gente que esperaba para recibir a los que bajaban del avión, pero no vio a ningún varón solo que diera la impresión de estar buscándola a ella. Respiró hondo, agradecida por el pequeño descanso. Se sentía inesperadamente nerviosa.

Empleó el tiempo para ir a los aseos; al salir, oyó su nombre pronunciado por los altavoces. «Madelyn Patterson, por favor, reúnase con su grupo en el mostrador de Información. Madelyn Patterson, por favor, reúnase con su grupo en el mostrador de Información >.

El corazón comenzó a latirle con fuerza. Le gustaba la sensación de anticipación. Al fin había llegado el momento. La curiosidad la estaba matando.

Caminó con paso relajado. Tenía los ojos encendidos. Ya solo estaba un poco nerviosa, y no lo revelaba.

Debía de ser el hombre que estaba apoyado en el mostrador de Información. Llevaba puesto un sombrero, de modo que no le podía ver muy bien la cara, pero era delgado y estaba en buena forma. Una sonrisa bailaba en sus labios. Se conocerían, serían corteses, pasarían un día agradable juntos, y al día siguiente le estrecharía la mano y le diría que había disfrutado de la visita y que allí se acababa todo. Todo sería muy civilizado y moderado, tal como a ella le gustaba...

Él se irguió y se volvió hacia ella. Madelyn sintió que sus ojos se clavaban en ella y que adquirían más intensidad.

Su andar relajado vaciló, luego se detuvo por completo. Permaneció paralizada en medio del aeropuerto, incapaz de dar otro paso. Nunca antes le había sucedido algo así, pero se sentía impotente de controlarlo. Se hallaba aturdida. El corazón le latía con fuerza, siguiendo un ritmo doloroso. Respiraba de forma entrecortada; el bolso se le escabulló de entre los dedos y aterrizó en el suelo. Se sentía como una tonta, pero no le importaba. No podía dejar de mirarlo.

No era más que lujuria. No podía ser otra cosa, no a primera vista. La dominó el pánico ante la idea de que pudiera ser otra cosa. «Solo lujuria», se repitió.

 

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No era el hombre más atractivo que había visto, porque Nueva York estaba lleno de hombres estupendos, pero no importaba. En todas las formas que importaban, todas las formas primitivas e instintivas, ya fuera química, electricidad, biología o lo que fuera, era devastador. El hombre irradiaba sexo. Santo cielo, ¿por qué habría tenido que pedir una esposa por un anuncio?

Medía como mínimo un metro ochenta y cinco y tenía los músculos de hierro de un hombre que realiza una dura tarea física todos los días de su vida. Estaba muy bronceado, y su pelo, lo que podía ver debajo del sombrero, era castaño oscuro, casi negro. Tenía una mandíbula bien formada, de mentón cuadrado, boca firme y enmarcada por surcos gemelos. No se había puesto nada especial para ir a buscarla, sino una sencilla camisa blanca con los puños remangados, unos vaqueros viejos y botas gastadas.

Ninguna de sus visualizaciones excitadas la había preparado para eso. El primer pensamiento que tuvo fue el de huir, pero no podía moverse.

El primer pensamiento de Reese fue que le gustaría llevarla a la cama, pero que era imposible que la tomara por esposa.

Era todo lo que había temido que seria: una mujer de ciudad, sofisticada, que no sabía absolutamente nada de un rancho. Resultaba obvio desde su sedoso cabello rubio hasta la punta de sus zapatos caros.

Iba vestida de blanco, un color poco práctico para viajar, pero se la veía inmaculada, sin ni siquiera una arruga. La falda era ceñida como un lápiz y se detenía justo encima de las rodillas, revelando unas piernas de infarto. Reese sintió un nudo en las entrañas con solo mirárselas. Alzó la vista con un esfuerzo y quedó impactado por los ojos.

Bajo la chaqueta amplia y a juego, llevaba un top escueto de una rica tonalidad azul que debía haber hecho que sus ojos parecieran azules, pero sin conseguirlo. Los ojos hicieron que le diera la impresión de que se ahogaba. Eran grises, sin un atisbo de azul, de aspecto suave, incluso en ese momento, muy abiertos por la... ¿consternación? No estuvo seguro de la expresión, pero tardíamente comprendió que estaba muy pálida y quieta y que había soltado el bolso.

Avanzó y aprovechó la excusa para tocarla. Cerró la mano sobre el brazo de ella, que pareció fresco y esbelto bajo la palma cálida.

—¿Se encuentra bien? ¿Señorita Patterson?

Madelyn casi experimentó un temblor. Se preguntó cómo un contacto tan ínfimo podía causarle semejante agitación. La proximidad aportó el calor animal de su cuerpo, su olor, y tuvo el simple deseo de arrojarse a sus brazos y enterrar la cara en su cuello. Sintió pánico. Debía largarse de allí, alejarse de él. Pero en vez de huir, recurrió a toda la reserva de control que poseía e incluso logró sonreír al alargar la mano.

—Señor Duncan.

. Él se la estrechó y notó la ausencia de joyas, excepto por los pendientes sencillos de oro. No le gustaba ver las manos de una mujer con anillos en cada dedo. No la soltó al repetir:

—¿Se encuentra bien?

Madelyn parpadeó, cerró y abrió los ojos en un gesto que enmascaraba un profundo revuelo interior.

—Sí, gracias —respondió, sin molestarse en inventar una excusa para su conducta.

Se miraron como pistoleros ante un duelo, ajenos a los remolinos de gente que esquivaban su pequeña e inmóvil isla. Madelyn permanecía quieta, muy consciente de su feminidad mientras él la miraba de arriba abajo con aguda; evaluación masculina, aunque sin revelar aprecio o desaprobación. Su rostro era el de un hombre muy reservado.

 

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. —Vayamos a buscar el resto del equipaje —dijo él, rompiendo la silenciosa confrontación. El regreso al rancho era un trayecto largo, y estaba impaciente por emprenderlo. Lo esperaban varias tareas, sin importar lo tarde que llegara.

Tenía voz de barítono. Madelyn registró su textura áspera al tiempo que indicaba el bolso con un gesto de la cabeza.

—Esto es todo.

—¿Todo?

—Sí.

Si toda su ropa iba en ese bolso pequeño, pensó con ironía que era evidente que no había trazado grandes planes para impresionarlo con su guardarropa. Claro estaba que lo impresionaría más sin nada de ropa.

Se inclinó para recogerlo sin soltarle el brazo. Era una mujer provocativa, en absoluto preparada para la vida en un rancho, aunque cada hormona masculina le enviaba señales de alerta. Solo iba a quedarse un día; ¿por qué no iba a disfrutar de su compañía? Sería una especie de última cana al aire antes de sentar la cabeza con una mujer mejor preparada para el trabajo, ya que llevar un rancho era un trabajo duro y Madelyn Patterson no daba la impresión de que alguna vez se hubiera visto siquiera expuesta a ese concepto.

De forma natural, al conducirla fuera de la terminal pasó a la espalda la mano que le sostenía el brazo. Adrede se decidió a seducirla, algo que en el pasado había hecho con las mujeres con tan poco esfuerzo como sonreír. Pero esos días formaban parte del pasado. Agradeció que ella mantuviera una conversación con facilidad, formulando preguntas sobre Montana, que él respondía con igual facilidad, haciendo que se relajara y se sintiera cómoda con él, sin dejar de estudiar en ningún momento su rostro y expresiones.

Hablando con precisión, era simplemente bonita, pero su rostro estaba encendido por una viveza que le daba un atractivo deslumbrante. Tenía la nariz un poco ladeada. Unas ligeras pecas le cubrían el puente y se dispersaban por sus pómulos, exquisitamente cincelados. Eran pómulos de primera, como sus piernas. Tenía unos labios sensuales, pero la boca era ancha y móvil, como si estuviera en todo momento al borde de una sonrisa. Sus ojos eran de una calma profunda que, en una inspección más detenida, revelaban una inteligencia alerta y a menudo divertida, aunque Reese no sabía qué podía resultarle gracioso.

Si la hubiera conocido antes de su desgraciado matrimonio y desastroso divorcio, habría ido en pos de ella hasta conseguirla. El solo hecho de pensar en esas piernas enroscadas alrededor de su cintura le provocaba una excitación instantánea. Pero sabía lo que quería de una esposa, y eso no lo tenía Madelyn. Daba la impresión de que nunca había visto un caballo.

Nada de eso disminuía la respuesta física que ella le provocaba. Nunca antes había experimentado a primera vista esa atracción demoledora. Era algo fuerte y desgarrador, que le invadía el cuerpo con calor y lo ponía duro, a pesar de que no deseaba estar así en medio del aeropuerto. De hecho, le dolían las manos del anhelo de tocarla, de investigar sus pechos y caderas y esas delicadas curvas.

Lamentó que no fuera nada apropiada para sus objetivos. Al caminar a su lado, vio las miradas de reojo que le lanzaban los otros hombres. Deseó poder permitirse el lujo de retenerla, pero era demasiado cara para él. En ese momento Reese se hallaba en la bancarrota, aunque en una ocasión había estado acostumbrado al dinero; sabía cómo era, cómo olía y cómo encajaba. Y encajaba en Madelyn Patterson igual que su sedosa piel. Pero también sabía que no podía permitirse el lujo de mantenerla con el perfume que llevaba, mucho menos la ropa que usaba.

—¿Qué clase de trabajo realiza? —le preguntó cuando salieron al brillante sol. Las cartas escuetas que le había mandado no le habían revelado gran cosa.

 

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Ella frunció la nariz.

—Trabajo en un despacho sin ventana, sin hacer nada importante, en la empresa de mi hermanastro. Es uno de esos trabajos buscados para la familia no le dijo que había renunciado, porque podría pensar que lo había hecho con la idea en mente de trasladarse a Montana, y una cosa no tenía nada que ver con la otra.

¿Ha estado alguna vez en un rancho? preguntó, a pesar de que ya conocía la respuesta.

—No —Madelyn lo miró—. Pero sé montar a caballo de hecho, era una excelente amazona, cortesía de su compañera de habitación de la universidad de Virginia, una loca por los caballos.

El descartó su pericia con un caballo, ya que montar por recreo no tenía nada que ver con llevar un animal de trabajo, y eso eran sus caballos, entrenados y tan valiosos en su propio estilo como un caballo de carreras. Otro ámbito en el que ella no daba la talla.

Llegaron a la furgoneta y él la observó detenidamente para ver si captaba alguna expresión de desagrado por lo polvorienta que estaba. Madelyn no parpadeó y esperó mientras él abría la puerta y depositaba su bolso en el centro del asiento. Luego se retiró para dejarla pasar.

Intentó sentarse y descubrió que no podía. Rio al darse cuenta de que la falda era demasiado ceñida. No podía alzar las piernas lo suficiente como para subir al asiento.

—Lo que no hacen las mujeres por vanidad —comentó con humor y comenzó a subirse el bajo de la falda—. Me la puse porque quería tener un aspecto agradable, pero habría sido mucho más inteligente haberme puesto unos pantalones.

Reese sintió un nudo en la garganta mientras la veía subirse la falda hasta revelar una gran parte de sus esbeltos muslos. El calor estalló por su interior, haciéndolo sentir como si todo su cuerpo se expandiese. Pensó que como se subiera la falda un centímetro más ya no sería capaz de permanecer de pie; al siguiente instante la tomó por la cintura y la alzó al asiento. Ella emitió un grito sobresaltado y se aferró a sus antebrazos para sostenerse.

Tenía la boca seca y la frente perlada de sudor.

—No vuelva a subirse la falda estando conmigo, a menos que desee que haga algo al respecto —indicó con voz gutural. Tenía las mejores piernas que jamás había visto, largas y fuertes, con músculos alargados. Sería capaz de enroscarlas a su alrededor y aguantar, sin importar lo salvaje que fuera la cabalgata.

Madelyn no podía hablar. La tensión se estiró entre ambos, pesada y oscura. En los ojos de Reese ardía una lujuria fiera y manifiesta, y ella no podía apartar los ojos, atrapada en esa intensidad silenciosa. Aún le aferraba los antebrazos. Comenzó a farfullar unas disculpas.

—Lo siento. No era mi intención... quiero decir, no me di cuenta... —calló porque no podía decirle abiertamente que no había tenido intención de excitarlo. Sin importar la reacción que le provocara, básicamente seguía siendo un desconocido.

Él le echó un último vistazo a sus piernas y se obligó a soltarle la cintura.

—Sí, lo sé. Está bien —musitó con voz aún ronca. No estaba bien. Tenía todos los músculos del cuerpo tensos. Retrocedió antes de ceder al impulso de situarse entre las piernas de ella para abrírselas más. Lo único que tendría que hacer sería introducir las manos bajo la falda y empujarla el resto del camino... Aplastó ese pensamiento, porque de haber dejado que concluyera, habría destrozado lo poco que le quedaba de control.

 

Habían dejado Billings bien atrás antes de que él volviera a hablar.

¿Tiene hambre? Hay una cafetería más adelante.

 

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—No, gracias —respondió con tono un poco soñador mientras contemplaba el ancho paisaje que se abría ante ella. Estaba acostumbrada a edificios enormes, pero de pronto parecían insignificantes en comparación con esa extensión interminable de tierra y cielo. Era como si su vida empezara de nuevo—.

¿Cuánto queda hasta su rancho?

—Unos doscientos veinte kilómetros. Tardaremos casi tres horas en llegar.

Ella parpadeó, asombrada por la distancia. No se había dado cuenta del gran esfuerzo que representaba para él haber ido a buscarla a Billings.

—¿Va a Billings a menudo?

La miró, preguntándose si ella trataba de averiguar lo aislado que se hallaba el rancho.

—No —repuso de forma sucinta.

—¿De modo que este es un viaje especial?

—Esta mañana también me ocupé de algunos negocios —había pasado por el banco para proporcionarle al departamento de préstamos los nuevos números sobre los ingresos proyectados del rancho para el año siguiente. En ese momento, tenía mejores perspectivas que en mucho tiempo. Seguía en la bancarrota, pero ya podía ver la luz. En el banco habían quedado complacidos.

Madelyn lo miró preocupada.

—Así que lleva en la carretera desde el amanecer, aproximadamente.

—Más o menos.

—Debe estar cansado.

—En un rancho te acostumbras a madrugar. Todos los días me levanto antes de que amanezca.

—El amanecer aquí sin duda es maravilloso —miró alrededor.

Reese recordaba lo espectaculares que eran, pero hacía tiempo que no disponía de tiempo para notar alguno.

—Como todo, te acostumbras a ellos. Sé con certeza que en Nueva York también hay amaneceres.

—Los recuerdo —rio entre dientes—, pero mi apartamento da al oeste. Yo veo los crepúsculos, no los amaneceres.

Él sacó la caja de cigarrillos del bolsillo de la camisa, extrajo uno y se lo llevó a los labios. Mientras hurgaba en el bolsillo del vaquero en busca del encendedor, la oyó preguntar con incredulidad:

—¿Fuma?

Lo invadió una rápida irritación. Por el tono de voz que empleó, habría parecido que lo había sorprendido maltratando a cachorros o algo igual de repulsivo. Encendió el cigarrillo y expelió el humo en la cabina.

—Sí —contestó—. ¿La molesta? —dejó bien claro con su tono de voz de que estaban en su vehículo y que pensaba fumar en él.

Madelyn volvió a mirar al frente.

—Si se refiere a si el humo me molesta, la respuesta es no. Odio ver fumar a alguien. Es como jugar, a la ruleta rusa con su vida.

—Exacto. Es mi vida.

Ella se mordió el labio ante el comentario seco. «Santo cielo», pensó. «Es un buen modo de empezar a conocer a alguien atacar sus hábitos personales».

 

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—Lo siento —se disculpó con sinceridad—. No es asunto mío, y no tendría que haber dicho nada. Lo que pasa es que me sobresaltó.

—¿Por qué? La gente fuma. ¿O no se relaciona con nadie que fume?

Ella reflexionó un minuto, tratando su comentario sarcástico con seriedad.

—En realidad, no. Algunos de nuestros clientes fuman, pero ninguno de mis amigos personales lo hace. Pasé mucho tiempo con mi abuela, y ella era muy anticuada para los vicios. Se me enseñó que no debía maldecir, fumar o beber alcohol. Nunca he fumado — añadió.

A pesar de la irritación que sentía, se encontró conteniendo la risa.

—¿Eso significa que maldice y bebe?

—He llegado a ser un poco agresiva en mi lenguaje en momentos de tensión —concedió —. Y la abuela Lily consideraba que era perfectamente apropiado para una dama beber una esporádica copa de vino, como terapia medicinal, por supuesto. En mi época universitaria, también bebí cerveza. Pero no disfruto con el alcohol —continuó—. Así que he de decir que la mitad de las enseñanzas de la abuela Lily se fijaron.

¿Tenía algo contra el juego?

Madelyn lo miró con una expresión de extraña aceptación.

—La abuela Lily creía que la vida era un juego y que todos debían correr sus riesgos. A veces pierdes, otras haces saltar la banca —era una actitud que le había pasado a su nieta. De lo contrario, ¿qué iba a estar haciendo en esa furgoneta, en el proceso de enamorarse de un desconocido?

 

Hacía tiempo que Reese no había visto su hogar desde los ojos de un extraño, pero al detener el vehículo junto a la casa, se sintió súbita y amargamente avergonzado. La pintura de la casa estaba descascarillada, y los anexos se hallaban aun peor. Hacía tiempo que había abandonado la idea de mantener el patio ordenado y al final se había decidido por destruir los lechos florales que otrora habían bordeado la casa, porque habían estado llenos de malas hierbas. En los últimos siete años no se había añadido nada nuevo, y no se había sustituido nada roto, salvo las absolutas necesidades. Ocuparse del ganado había sido más importante que podar el césped. La simple supervivencia no había dejado sitio para las delicadezas de la vida. Había hecho lo que había tenido que hacer, pero eso no significaba que le gustara el estado en el que se hallaba su rancho.

Madelyn notó la pintura descascarillada, pero lo soslayó; después de todo, no era nada que un poco de esfuerzo y varios litros de pintura no pudieran arreglar. Lo que captó su atención fue el porche sombreado, con hamaca, que rodeaba toda la casa de dos plantas. La abuela Lily tenía un porche similar, y una hamaca en la que habían pasado muchas horas estivales.

—Me recuerda a la casa de la abuela Lily —manifestó con ojos soñadores.

Él le abrió la puerta y puso las manos en su cintura para sacarla de la furgoneta antes de que pudiera deslizarse al suelo. Sobresaltada otra vez, lo miró.

—No quería correr ningún riesgo con esa falda —indicó él casi con un gruñido.

Reese sacó el bolso del habitáculo con una mano y con la otra la tomó del brazo.

Entraron por la puerta de atrás, que estaba abierta y que daba a una especie de cuarto de lavar. En una pared se veía una lavadora y una secadora, y la pared derecha estaba llena de colgadores con diversos sombreros, impermeables amarillos y ponchos. Sobre una estera de goma se alineaban unas cuantas botas embarradas. Justo delante de un pasillo pequeño había un cuarto de baño completo.

 

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Giraron a la izquierda y entraron en la cocina, una habitación grande, abierta y soleada con un reservado para desayunar. Madelyn, miró con interés los electrodomésticos enormes que no encajaban con la imagen que tenía de una cocina a pequeña escala en el rancho de un soltero. Había esperado algo más pequeño y mucho más anticuado que esa habitación eficiente.

—La casa tiene diez cuartos —indicó—. Seis abajo y cuatro dormitorios arriba.

—Es grande para una persona —comentó, siguiéndolo arriba.

—Por eso quiero casarme —hizo el comentario como si explicara que quería una copa de agua—. Mis padres la construyeron cuando yo era niño. Crecí aquí. Quiero legársela a mis hijos.

Ella se quedó jadeante, y no solo por subir las escaleras. La idea de ser quien le diera hijos la debilitaba.

El abrió una puerta situada justo frente a las escaleras y la condujo a un dormitorio grande y bonito con cortinas blancas en las ventanas y un cobertor blanco sobre la cama con dosel. Madelyn emitió un suave sonido de placer. Junto a una de las ventanas había una mecedora y lo que sin duda era una alfombra hecha a mano cubría el pulido suelo de madera. Pasó junto a ella para ir a depositar el bolso sobre la cama.

—No puedo tomarme todo el día libre —explicó—. Las tareas deben hacerse, así que he de dejarla sola un rato. Puede descansar o hacer lo que le plazca. El cuarto de baño está justo al final del pasillo si desea refrescarse. Mi dormitorio tiene un cuarto de baño privado, así que no tendrá que preocuparse por encontrarse conmigo.

En el espacio de un latido, supo que no quería que la dejara sola.

—¿No puedo acompañarlo?

—Se aburrirá, y es un trabajo polvoriento.

—La suciedad no me da miedo —se encogió de hombros.

La miró largo rato, con rostro inexpresivo.

—De acuerdo —repuso al final, preguntándose si pensaría lo mismo cuando sus zapatos de marca estuvieran sucios.

—Iré a cambiarme. Tardaré tres minutos —sonno.

—Estaré en el granero. Venga cuando esté lista —dudaba de que fuera en tres minutos.

En cuanto él cerró la puerta a su espalda, Madelyn se quitó la ropa, se puso unos vaqueros y se calzó unas zapatillas viejas que había llevado para ese mismo fin. Después de todo, no podía explorar un rancho con tacones altos. Se puso una camiseta blanca sin mangas y salió justo cuando él iba a bajar las escaleras después de haberse cambiado de camisa. La miró asombrado. Madelyn estuvo a punto de tropezar cuando esa mirada masculina se posó en sus pechos y de pronto sintió el cuerpo cálido y pesado. Estaba acostumbrada a que los hombres, miraran furtivamente sus pechos, pero Reese no hacía esfuerzo alguno por ocultar su especulación. Sintió un hormigueo en los pezones, que se le endurecieron contra el algodón que los cubría.

—No pensé que lo conseguiría —comentó él.

—No pierdo el tiempo con la ropa.

Tampoco era necesario. Bastaba con el cuerpo sobre el que se vestía; todo lo demás era superfluo. Le costó desterrar la imagen de esos pechos y esas piernas largas y esbeltas. Y al pensar en su trasero, que era como un corazón invertido, se sintió mucho más encendido de lo que justificaba el clima.

Salieron juntos para ir al granero, con Madelyn moviendo la cabeza de un lado a otro para asimilar todos los aspectos del rancho. Al lado había un garaje con tres puertas, del mismo estilo que la casa. Lo señaló.

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