Viaje al abismo

Capitán Nemo · Capítulo 1 de 19

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Viaje al abismo

Prólogo del Capitán Nemo

Capitán Nemo

Viaje al abismo

Las aventuras del joven Jules Verne - 3

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Titivillus 23.04.2021

Capitán Nemo, 2015

Ilustraciones: Paco Porres

Ilustración de cubierta: Álex Ferreiro

Editor digital: Titivillus

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PRÓLOGO DEL

CAPITÁN NEMO

 

Nantes (Francia), primavera de 1840

Una ola más violenta que las demás hizo ladearse peligrosamente el Nautilus. La tormenta había ido en aumento con el paso de los minutos hasta convertirse en un auténtico tifón como los que devastan las islas tropicales. Allá lejos, en el horizonte, se veía la característica espiral de agua elevándose hacia el cielo absorbida por el viento. Si, en su camino, aquel torbellino pavoroso pasaba sobre el buque, lo alzaría como una pluma y de él no quedarían más que restos irreconocibles volando por los aires.

—Ya estás tan distraído como siempre, Jules. Venga, come, que se te va a enfriar.

Con el último golpe de mar, Jules resbaló por la cubierta para acabar estrellándose contra la borda, una simple barandilla metálica a la que se había agarrado con todas sus fuerzas. Trató de arrastrarse hacia el mástil del barco, como el capitán Nemo le había gritado que hiciera. El propio capitán ya estaba aferrado a él e intentaba pasar una cuerda en torno a su cuerpo y al palo. Su propósito era atarse bien por la cintura y atar también a Jules para que las olas no se los llevaran.

Entre ola y ola, el barco se enderezó y el chico pudo gatear y salvar los pocos metros que lo separaban del mástil. Nemo ya había enrollado la cuerda alrededor de su cuerpo tres o cuatro veces e hizo lo mismo con Jules. No dijo ni una palabra, pero cuando los ojos de los dos se encontraron, Jules intuyó lo mucho que el capitán se arrepentía de haber accedido a embarcarlo con él. Como seguramente también se arrepentía, mucho más aún, de haberse demorado en cubierta con el joven cuando la tormenta se abatía ya sobre ellos. Un viejo lobo de mar como el capitán jamás tendría que haberse dejado sorprender por el tifón.

A una primera ola que había barrido la cubierta la habían seguido decenas más que habían hecho imposible abrir la trampilla para poder bajar al interior del Nautilus, y la presencia de Nemo y Jules allí afuera impedía que el buque se sumergiera. O eso creía Jules: que aquel extraño barco era algo más que un buque de vapor con un mástil y una vela minúsculos que apenas contribuían a la navegación. El Nautilus tenía que ser un sumergible, y el capitán Nemo había conseguido construir lo que solo era una fantasía en la cabeza de los ingenieros y armadores más visionarios y adelantados a su tiempo.

El capitán, con cara de preocupación, señaló la frente de Jules. Este se llevó una mano al lugar exacto que le indicaba; le dolía desde el golpe contra la barandilla metálica de cubierta, pero creía que solo había sido eso, un golpe que le dejaría un moratón. Al retirar los dedos, los vio chorreando de sangre: debía de haberse hecho una herida profunda. Pero en ese momento su brecha no tenía importancia, solo debían pensar en asegurarse al mástil para resistir los siguientes embates.

—Y ahora ¿por qué te miras la mano? ¡Te he dicho que comas, Jules, no hagas más el tonto!

Otra ola rompió contra el casco y estuvo a punto de darle la vuelta al barco. No fue así, afortunadamente, y el Nautilus recuperó la debida posición entre crujidos metálicos.

Pero una terrible sorpresa aguardaba al capitán y a Jules cuando miraron a proa. La inmersión de la cubierta había sido aprovechada por un pulpo descomunal para asirse a la borda y ahora avanzaba hacia ellos. Su tamaño le permitía agarrarse a las barandillas de babor y estribor al mismo tiempo. Abría y cerraba la boca, dejando ver su temible pico, y para Jules y Nemo fue una señal clara de sus intenciones. Iba a destrozarlos y a engullirlos.

Se arriesgaban a que la siguiente ola alta se los llevara con ella, pero el capitán pensó que si se soltaban, tendrían más posibilidades de salir vivos del ataque del monstruo, así que deshizo los nudos de la soga y le ordenó a Jules que retrocediera por estribor. Él fue hasta la borda de babor, con la esperanza de que eso desconcertara al animal, que no sabría decidirse por una de sus dos posibles presas.

Pero el pulpo no tuvo que decidir nada. Avanzó hasta el mástil donde antes estaban atados y alargó dos tentáculos, uno hacia Jules y el otro hacia el capitán.

El largo miembro del monstruo se enroscó alrededor del cuerpo de Jules, y pese a que el chico se agarraba desesperadamente a la barandilla, el monstruo tiró de él y lo obligó a soltarla. Luego lo zarandeó en el aire, como si calculara el peso y la consistencia de su cuerpo, y finalmente fue acercándoselo a la boca.

Jules, aterrorizado como no lo había estado en toda su vida ante la que creía una muerte segura, se debatía y golpeaba inútilmente la desmesurada extremidad del pulpo al tiempo que gritaba para que el capitán lo socorriera.

—¡Basta ya!

 

Esta vez no había sido la madre de Jules quien lo había llamado al orden, sino su padre, con una exclamación furibunda y un manotazo en la mesa que asustaron a toda la familia y a todos los comensales que en ese momento ocupaban las mesas del restaurante.

Estaban sentados en la terraza de un establecimiento a orillas del mar, en un pueblecito a tres horas de Nantes en coche de caballos. Aquella mañana de domingo, sus padres se habían levantado más pronto de lo habitual y habían despertado a Jules y a sus hermanos con una sorpresa: hacía un tiempo espléndido, la temperatura era primaveral por fin, así que la familia al completo pasaría el día en la costa. Dicho y hecho, no tardaron en prepararse y a las nueve de la mañana rodaban ya por la carretera, los padres hablando de cosas sin ninguna importancia para Jules, y Paul y Anna señalándolo todo — plantas, pájaros y hasta los colores cambiantes del terreno— y preguntándole a Jules qué era cada cosa, cómo se llamaba o por qué era así. Jules, recurriendo a todos sus conocimientos de botánica, biología y geología, procuraba contestarles. Solo hubo un momento en que guardó silencio durante un rato, pese a la insistencia de sus hermanos en que les respondiera. Fue al divisar a lo lejos el faro «maldito» en que él y sus amigos habían vivido una extraordinaria aventura. Le traía buenos recuerdos, pero también algunos espeluznantes.

Poco más tarde del mediodía habían ocupado una mesa en un restaurante famoso por sus platos de pescado y marisco frescos. A Jules, que había pedido pulpo, le llevaron un animal entero cocido y condimentado a la manera del lugar. Al contemplar al animal en su plato, con el cuerpo en el centro y los ocho tentáculos dispuestos radialmente, con las puntas sobresaliendo del borde, la imaginación se le había disparado.

Primero se había visto caminando hasta el puerto de Nantes, donde el Nautilus estaba a punto de zarpar. Se atrevía entonces a pedirle al capitán Nemo lo que a veces le había solicitado en vano: que lo llevara con él en su travesía. El capitán, sorprendentemente, accedía.

En cuanto hubo salido del estuario del río Loira a mar abierto, el Nautilus había empezado a desplazarse a una velocidad vertiginosa. Si divisaban algún barco millas más adelante, no tardaban en ponerse a su altura y sobrepasarlo, mientras su tripulación observaba boquiabierta aquel extraño buque metálico, desde cuya cubierta, un alegre muchacho los saludaba tan orgulloso como si fuera él el capitán.

En ese momento, sus padres, al verlo tan absorto, se habían dado cuenta de que la mente de Jules estaba muy lejos de ellos y del restaurante, y habían empezado a intercambiar miradas de impaciencia.

Pero el fantasioso chico seguía embarcado imaginariamente en el Nautilus. Intentaba sonsacarle al capitán los secretos del buque cuando se había abatido la terrible tempestad. O quizá sea más preciso decir que el Nautilus, en su veloz desplazamiento, había llegado hasta ella como si la persiguiera. Y había sufrido sus efectos.

Había sido entonces cuando su madre había intentado, sin conseguirlo, sacarlo de su ensoñación con palabras, pidiéndole que comiera de una vez. Al final, su padre había tenido que intervenir de forma enérgica.

En la cabeza de Jules, el pulpo de su plato se había convertido en un auténtico monstruo de los mares que estaba a punto de devorarlo, en el animal fabuloso del que hablaban las leyendas de los pescadores de Nantes y de todos los puertos del mundo. En la vida real, un chiquillo, sentado a la mesa de un restaurante, tenía pinchado con el tenedor y había alzado hasta su cara un pequeño pulpo cocido y profería gritos de auxilio. Los camareros y otras personas lo miraban con sorna y sonreían. Sus hermanos menores se reían a carcajadas y jugaban también a hacer batallas con los calamares que les habían servido a ellos, su madre se había puesto colorada de vergüenza y su padre estaba hecho una furia.

—¡Cómete ese pulpo ahora mismo, sin hacer más sandeces y ponernos en ridículo ante todo el mundo!

Jules obedeció a su padre y engulló, más que se comió, el pulpo, que estaba delicioso.

—Esta vez quien te ha devorado soy yo, monstruo infernal —dijo en voz muy baja después de tragarse el último bocado.

Después de comer, la familia fue a pasear por una playa cercana. El padre no le había vuelto a dirigir la palabra a Jules, y su madre y sus hermanos, siguiendo su ejemplo, tampoco, así que el chico caminaba en silencio unos pasos por detrás de ellos.

El día soleado invitaba casi a darse un chapuzón, pero el agua estaba aún demasiado fría, y Jules se conformó con descalzarse y meter solamente los pies. Sus hermanos, al verlo, quisieron imitarlo, pero sus padres se lo prohibieron. Los mayores tampoco vieron con buenos ojos lo que hacía Jules.

—Las olas te están mojando los pantalones —le advirtió su madre—; súbetelos más.

Jules pensó que después de su comportamiento en la comida, ese día nadie tendría una palabra amable con él y solo podía esperar reproches y órdenes por parte de sus padres. Se dio otra vuelta a los pantalones y continuó andando, pensativo y enfurruñado. A sus hermanos, que lo acompañaban por la parte seca de la playa, los salpicó con la mano para que se alejaran. Le apetecía estar solo.

Ensimismado como estaba, no se fijó bien en las olas, y una de ellas, más alta, le empapó los pantalones hasta más arriba de la rodilla. Al retirarse la ola, su madre fue hasta él y, cuando Jules se resignaba ya a recibir la regañina de costumbre, lo cogió suavemente del brazo y tiró de él sin decirle nada.

—Anda, sal ya del agua para que no te mojes más.

Le pasó el brazo por los hombros y reanudaron juntos el paseo. Se acercaron corriendo Paul y Anna. Paul llevaba una gran caracola en las manos y Anna le gritaba que se la dejara.

—¡Mira, mamá, qué fuerte se oye! —le dijo Paul a su madre, tendiéndole la caracola.

Pero Jules fue más rápido y se la quitó de las manos antes de que su madre pudiera cogerla. Sin embargo, no se la llevó al oído, sino que la examinó detenidamente, cavilando, como si fuera la primera vez que veía una caracola. La magia de aquella concha que amplificaba el menor susurro del aire hasta hacerlo parecer un mar embravecido le había dado una idea. Una idea, por supuesto, para un nuevo invento.

Paul protestó y su madre le dijo a Jules:

—Devuélvele la caracola a tu hermano. —Luego, con un suspiro, añadió —: No tienes remedio, eres incapaz de portarte bien, y es porque solo piensas en ti. Eres muy egoísta, Jules.

La madre quitó el brazo de los hombros de Jules y agarró de la mano a sus hermanos. El chico se sintió mal, había actuado impulsivamente y había estropeado uno de los escasos momentos en que se mostraban cariñosos con él. Las palabras de su madre, además, le parecían injustas. Le habría gustado decirle que se equivocaba y que sus amigos podían contar lo mucho que había hecho por ellos en momentos de peligro. En realidad, lo mucho que cada uno hacía por los demás, y que formaban un grupo en el que no se podía ser egoísta. Pero eso significaba contarle también muchas otras cosas de las que no quería que se enterara.

El padre de Jules, que había continuado el paseo a buen ritmo, se había parado a hablar con dos hombres. De lejos, el chico reconoció a uno de ellos. Para entonces le resultaba ya inconfundible la esbelta figura del capitán Nemo, siempre con atuendo elegante y sombrero alto cuando no estaba a bordo del Nautilus. Y no era solamente su figura la que él y media ciudad reconocían a primera vista, sino también su apostura, esa manera suya de caminar con paso firme y ligero a la vez, con la cabeza muy erguida, o su manera de apoyarse en el bastón con las dos manos cuando hablaba con alguien o simplemente se detenía a mirar algo.

En Nantes, claro, mucha gente opinaba que la elegancia y los modales del capitán Nemo eran pura altivez y ocultaban su desprecio por los demás. Jules no era de esa opinión, al contrario: la manera de ser del capitán le inspiraba un gran respeto, lo consideraba el añadido justo a una mente que iba muy por delante de su tiempo, o al menos muy por delante del tiempo en el que vivía la ciudad.

Supo quién era el otro hombre cuando su madre, sus hermanos y él llegaron al lugar donde los tres hombres hablaban y el capitán Nemo hizo las presentaciones para ellos:

—André, esta es la señora Verne y estos son sus tres hijos: Jules y, si recuerdo bien, Anna y Paul. Él es un buen amigo mío, André Gouy, que está en Nantes para asistir a un gran congreso científico en representación de la Sociedad Geológica de Francia, de la que es un destacado miembro.

—Y también uno de sus fundadores hace diez años, en 1830 —dijo Jules al darle la mano—. He leído sus trabajos sobre los estratos de sedimentos volcánicos en Islandia.

André Gouy se sorprendió sinceramente. Jamás hubiera pensado que sus estudios pudieran tener lectores tan jóvenes.

—Este es el chico del que te he hablado, André —dijo entonces el capitán Nemo.

Que el capitán hubiera hablado de él a un científico prestigioso como Gouy fue el mayor cumplido que le habían hecho nunca a Jules, que se ruborizó. Pero su padre no tomó las palabras de Nemo de la misma forma.

—Y supongo —dijo— que se habrán reído mucho con los desvaríos futuristas y las extravagantes fantasías de mi hijo.

—Bueno, cuando un chico de su edad se ilusiona con la ciencia —replicó el geólogo al señor Verne—, es normal que fantasee con proyectos todavía imposibles. A mí, que soy un apasionado del estudio de la Tierra desde niño, me pasaba lo mismo. Se troncharían de risa si les contara cómo imaginaba que era el interior del globo terráqueo.

Jules le agradeció mentalmente aquellas palabras, que hicieron callar a su padre y sonreír al capitán Nemo.

El señor Verne, para salir del apuro, continuó la conversación interrumpida por la llegada de su familia.

—Como le estaba diciendo, capitán, el otro día, mi cuñado, al que usted conoce, me preguntó por usted y por las temporadas en que nos hace el honor de residir en nuestra ciudad —dijo, y echó a andar. Aquello hizo que los demás prosiguieran también el paseo.

Jules se desentendió de la conversación y se acercó al geólogo.

—Dígame, profesor Gouy —se dirigió a él sin rodeos—, ¿cuánto tiempo le llevaron las excavaciones para llegar a los estratos más profundos de lava volcánica?

El geólogo, que detuvo sus pasos, se quedó mirando pensativo a Jules unos segundos, como si estuviera deliberando consigo mismo.

—¿Me prometes que guardarás el secreto? Porque lo que me preguntas es un secreto que solo le he contado al capitán Nemo.

—¡Sí, se lo prometo!

Tras asegurarse de que los demás se habían adelantado lo suficiente para no poder oír lo que iba a decirle a Jules, le explicó:

—No tuve que excavar ni perforar hoyos. Acompañado por un guía islandés, entré por el cráter de un volcán apagado y llegué a profundidades jamás alcanzadas antes. Aquello era un laberinto de túneles abiertos por los ríos de lava o por corrientes subterráneas de agua. Incluso llegamos a perdernos. ¿Y sabes lo mejor?

—¿Qué fue? —preguntó Jules a su vez, ansioso por saberlo.

—Que cuando al fin salimos, no lo hicimos por el mismo cráter, sino por otro en el lado opuesto de Islandia, a decenas de kilómetros.

Jules estaba mudo de asombro. Se había quedado boquiabierto mirando al científico como si fuera de otro mundo. O como si hubiera visitado otros mundos.

¿Cuándo podría él conocer los mundos que el capitán Nemo y el profesor Gouy habían explorado?

Al menos, tiempo atrás, había surcado el aire en globo, empujado por un huracán… ¡Sabía lo que era volar!

 

Caroline empezaba así, con el relato de la jornada dominical en la costa de la familia Verne y su encuentro con mi amigo André Gouy y conmigo, los cuadernos en los que narró la tercera gran aventura de Jules, Marie, Huan y ella misma, es decir, de Los aventureros del siglo XXI, como habían bautizado a su grupo o «club».

Poco después de aquel día, y coincidiendo con el congreso de científicos y el comienzo de las obras de la estación de trenes de Nantes y de la línea ferroviaria que uniría la ciudad con París, ocurrió un hecho misterioso.

Aunque no resultaba tan misterioso para quienes, como Jules, sus amigos y yo, sabíamos bien que unos personajes peligrosos, dispuestos a cualquier maldad, no dejaban de tramar ni un instante para entorpecer la marcha del progreso.

Y como en ocasiones anteriores, yo fui más testigo que protagonista; hubo unos héroes, y volvieron a ser cuatro intrépidos jovencitos.

CAPITÁN NEMO