Vida digital
Vida digital
Fabrizio Mejía Madrid
Vida digital
ePUB v1.0
5.8.13
Fabrizio Mejía Madrid, 2012
ePub base v2.1
Una computadora apagada es, si acaso, un mal espejo. En la pantalla veo mi reflejo. Es el de un hombre en sus cuarentas, ligeramente calvo, algo pasado de peso, con la mirada distante; con esos ojos de quien ha visto pasar algo demasiado rápido y todavía no sabe qué fue lo que vio. Luego, relajo la expresión y sobreviene el reflejo de un hombre con la cara como un costal de papas mal acomodado en un rincón del almacén. Si tuviera que resumir mi vida lo haría en una sola frase: lo que no se me hizo un trauma, se me convirtió en un vicio. Ahora soy ese lío de heridas, miedos, inconexiones de las que no pude deshacerme y de pequeños excesos que me ayudan a soportarlas, es decir, a barrerlas bajo la alfombra. No sé cuál de ellos acabará por matarme, aunque sospecho que será, como todo, una combinación de ambos. No sé si ese lío, ese enredo, que no tiene ni mucho menos la estructura de una telaraña, ha sido triste o feliz, inútil o provechoso. No soy quién para encontrar por dónde podría desamarrarse. Las autobiografías las deberían escribir los demás, toda la gente que te conoció, que te vio pasar demasiado rápido, dentro de un laberinto irresoluble, un hombre de Escher al que unos vieron subiendo, otros bajando y, en mi caso, rodando por la escalera.
Pero sospecho que no me voy a morir hoy. Que me quedan más años de vida y acaso debería comenzar a pensar en qué haré con ellos. Cambiar de nombre, irme de esta ciudad, de este país, de este mundo. No tengo dinero. Podría venderle mi nombre a alguien. En la red se comercia con los nombres, con los dominios. Pero, ¿quién estaría interesado en (Escriba cualquier nombre en el espacio) comprar un ------------------------.com? ¿Quién querría comprar a mis padres, mi infancia, mis novias, mis tres divorcios, mis libros fuera de imprenta, mi calvicie, mi papada, mis ansias por haber dejado el cigarro, mis traumas, mis vicios? En la red es sólo un nombre que podría ser un apuesto actor de cine, un magnate de los mercados globales o un travesti brasileño. Uno puede ser lo que quiera en la red. Hasta que es descubierto.
Facebook, 2 de la mañana
Voy a encender esta pantalla para no pensar más. Prefiero ver, otra vez, la foto de Maikita del Villar con una raqueta en la mano y una faldita de tenista con tablas azules y blancas naturalmente levantada, si saben a lo que me refiero. Sonríe a todos, a sus dos mil amigos, al mundo: “Soy apasionada. Estudio La Filosofía y me gusta el tenis. Me gustan los hombres mayores con cabello. Conóseme” (sic). Estatus de “relaciones”: “es complicado”. Fecha de nacimiento: suspiro. Le llevo veinte años. Hace diecinueve horas le he pedido ser su amigo, pero no me ha respondido. Puse una foto mía de hace quince años y mentí un poco: “Kantiano de cantina. Creo que la ontología es la que se pregunta: “¿On toy?” Si me conoces, sabrás que te conocerás a ti misma”. He revisado todas sus fotos cientos de veces: con una cerveza en la mano en un karaoke con su amiga La Gusana —la típica gorda que se junta con la guapa para usarla de telaraña—, en traje de baño —ts, ts, tsssss— en una alberca de una casa de campo, abrazada a un tipo de copete tan elaborado que no podría querer a nadie más que su cuero cabelludo, luego, sus fotos artísticas de sus pies, una oreja, la mitad de la boca. He visto al perro, un tapete mugriento. He visto, vamos a ver, sus fiestas, la escenografía de su casa —se toma fotos en el espejo; de fondo, un cartel de un cantante adolescente que no reconozco—, ella de niña, un pastel de cumpleaños, con sus tías —copetonas, igual que su pretendiente o “relación complicada”—, delante de la Torre Eiffel, con bufanda y guantes en Nueva York. No me ha aceptado como “amigo”. Quizás intuye que, en mi foto de hace quince años, ya tenía propensión a la caída del cabello. No me quiere por calvo. La dejo un momento y voy al baño. Son las dos y diez de la madrugada.
Estoy a punto de rociarme el Rogaine para la calvicie cuando veo una mosca parada sobre el espejo. Abro el grifo para espantarla con agua, pero de la tubería sólo emerge un eructo. Tenemos ya varios días en los que el agua se va durante horas. Es el calentamiento global. Pronto seremos desiertos que se inundan. Me miro en el espejo y sé que pronto desapareceré. Me caerá un meteorito que me extinga. Deambularé con un rifle R-15 buscando a quien tenga uno igual para matarlo primero. O los mayas regresarán en forma de cataclismo definitivo. Antes de eso, necesito que me acepte como amigo. Nos escribiremos, le enviaré mi número de teléfono, la dirección de mi casa, le contaré mis cuarenta años, que se reducen a una niñez, una estancia en la escuela, tres divorcios, unos libros míos que ya no se consiguen, unas lecturas que siguen ahí, subrayadas, en el librero. Será hasta cuando la conozca, a Maikita del Villar, que necesite el agua corriente. El encuentro será así: de alguna forma consigo impartir clases de filosofía. Ella está en mi clase cruzando la pierna, Maikita del Villar; su cabello rizado, su camiseta apretada, sus huesos faciales contundentes encajados en la quijada. Habrá jugado tenis antes de mi clase y llegará con la falda blanca abierta en un costado. Y se deshará la colita del cabello en los primeros quince minutos, agitará su cabeza, y me sonreirá con travesura en los ojos. Cruzará la pierna. Un segundo. Esa mirada es todo lo que me hace vivir en estos días sin agua. Y, entenderán, que quiera conservar mi cabello sólo para que ese instante no se vaya. Al menos antes de que termine el semestre. ¿Serán semestres? No dice en qué universidad estudia La Filosofía. Por lo demás, Maikita del Villar agita su cabellera en mi salón de clases pero si le pregunto qué es el Súper Yo responderá que es un superhéroe y, estoy seguro, que cree que Sócrates es un futbolista brasileño. Lo sé por su ortografía, “conóseme”. Le dará hambre cuando yo diga la palabra Platón. Saliva como el perro de Pavlov, que ella ha de creer que es un bailarín de ballet. Con eso estoy contando: un intercambio. No me pongan esa cara. Tengo más de cuarenta, se me cae el pelo. Los cuarentas son como la adolescencia pero sin álgebra. Te pasan cosas que no entiendes ni de lejos: te duele, se cuelga, te cae pesado, te sofoca, te dura tres días lo que antes ni te daba. Y comienzas a preguntarte si no te has perdido de demasiadas cosas. Con Maikita del Villar, creo que resolvería el haberme perdido de todas las novias que nunca tuve en la secundaria, la preparatoria y la mitad de la universidad. No podría hacerles una lista de todas las que me perdí. De algunas ni sus nombres logré averiguar; así de hábil soy. Maikita sería como el vehículo para todas ellas. Como meterse a un barco en el que están las ex compañeras de salón, algunas maestras, cajeras de banco, dentistas, edecanes de congresos, meseras, alumnas, esposas ajenas, amigas de mis tres ex esposas, mujeres en el supermercado, en la calle, en el Metro. Todas a través de Maikita del Villar. A cambio de un siete en Introducción a la Filosofía. Y quiero tener cabello todavía para esa otra introducción. Para la compensación final. A las dos y media de la madrugada y sin agua, no cuidaré de mi aspecto que, ahora que me veo en el espejo de nuevo, es mi aspectro. A ver si llega el agua cuando amanezca. Miro el reloj: faltan otras seis horas de insomnio. La mosca vuela pringosa, sonámbula, recién despertada. Su sol es mi foco.
—Ya duérmete —le digo, apagando la luz del baño.
Pero va hacia la pantalla de mi computadora y se para sobre Maikita del Villar abarcando casi toda la minúscula fotografía. Decido perseguirla por el sacrilegio. Me sofoco. Cuarenta años se me agolpan en el gaznate. Llevo ya una semana sin fumar.
Digamos que Maikita del Villar me acepta como amigo, digamos que me ha revelado en su “muro” de Facebook en cuál universidad estudia y digamos —por qué no— que logro hacerme profesor de una clase: Introducción a La Filosofía. Entonces, dadas esas mínimas condiciones, un día me topo en el pasillo a Maikita del Villar corriendo con su falda blanca de tenis y los audífonos del iPod puestos. Le hago señas de que se detenga, se zafa un enchufe del oído, y me dice:
—Ya voy tarde, profe —quizás huele mi jabón (no logro enjuagarme bien porque el agua trae muy poca presión) y acaso a captar el aroma a químicos vasodilatadores de mi remedio contra la calvicie.
—Cuando tengas tiempo, pasa al Salón de Maestros —le digo sofocado y creo que hasta con la voz temblorosa.
Ella frunce el seño y se echa a correr por el pasillo. Huelo su sudor en el aire. La veo de espaldas. Su oleaje mordible bajo la falda.
Sigo temblando cuando llego al Salón de Maestros, que no es más que unos sillones y una cafetera de metal y vasos de unicel. El azucarero es una tapa de Nescafé oxidada con una cucharita de plástico blanco. Pero siempre hay profesores reunidos entre sí o con alumnos. Nada que digas ahí puede ser un secreto, por lo que deberé ser muy sutil. Y entonces me topo con el problema lingüístico: ¿Cómo se dice te cambio un siete por sexo? Lo que me viene a la mente es ella desvistiéndose frente a mí: las calcetas valen uno, la blusa dos, tres la falda y así va acumulando puntos, hasta cinco, sólo por quitarse cosas. Gana los restantes ya por el desempeño. Pero, ¿cómo se insinúa tal cosa? Se me ocurre algo como lo que se le diría a un burócrata de esos que han despedido, cuando lo quieres sobornar: “¿Habrá otra forma en que lo pudiéramos arreglar?” O será ella la que lo sugiera cuando le diga que, en ese momento, está reprobada por pronunciar el nombre de Hegel como si fuera un gel para el cabello. Ella dirá, como en las películas gringas:
—Haría todo, todo, profesor, por pasar esta materia. Y usted decide lo que es todo.
—Lo contrario de la Nada —le respondería con aplomo. No soy un facilón.
En el Salón de Maestros está Araujo, emérita de la Facultad, es decir, que es vieja, maledicente, no ha leído un libro nuevo en cuarenta años, y sospecho que tiene pelo en la espalda. Se acerca y me pregunta si estoy bien:
—Es que está usted hablando solo —explica.
No está preocupada por mí, sino que está buscando más información para completar uno de sus rumores de la semana: “Y en eso entra, se derrumba en un sillón, se pone las manos en la cara y empieza a hablar solo. Creo que es un síntoma de las últimas etapas de un drogadicto, antes de que empiece a asaltar farmacias con una jeringa con sífilis”. Diría “sífilis”. Así de actualizada está Araujo.
—¿Qué es “estar bien”, maestra? —le respondo. En este mundo soy profesor de filosofía.
Se va dando pasitos en la alfombra con sus zapatos negros de piso y una venda en un tobillo. El salón se vacía al tres para la hora y, justo, en esa ausencia de testigos, entra Maikita del Villar con la mirada azorada, me ubica, sonríe, y viene hacia mí con paso firme, los talones retumbando en la alfombra, reverberando hasta llegar a un temblor bajo la blusa.
Maikita del Villar parpadea y señala hacia atrás de mí. Une sus blancas manos en súplica. Volteo y lo que señala es la cafetera, exclusiva para maestros. Pasa de largo y me da la espalda. Mientras se sirve, explica:
—No he dormido mucho en estos días.
—Sí —recobro el aliento tras haber visto cómo se le marcan los músculos de las pantorrillas—, con la crisis mundial, las guerras, las pandemias, el cambio climático, el meteorito que nos extinguirá a todos —sigo, sin frenos hasta que me interrumpe:
—¿Para qué me quería ver? —abreva de su café como una gacela que vigila que el cocodrilo no la muerda mientras sacia su sed. Tiene ojos de alerta, sin profundidad, del “estar” pero “no para sí”, sólo “en sí”, pienso como profesor de filosofía. Como cuarentón pienso que me gustaría ver esos ojos en blanco.
—Te quería ver —me quito los lentes para no verla— porque no me explico por qué estás tan distraída en mi clase. Ya estamos en verano y están a punto de terminar las clases. No es momento ni lugar para conocer los detalles, pero si nos encontramos en otro momento, pienso, en un parque, en mi casa… aunque la presión del agua anda un poco baja.
—Sí —mueve la cabeza asintiendo o eso es lo que creo ver borroso—. Sí, creo que sería mejor otro lugar para darle todos los detalles.
¿Hizo énfasis en “detalles” y en “darle”? Pero “los detalles” que Maikita quiere darme son, en realidad, el Todo. Sin los detalles la pobre sería la Náusea.
Maikita se va y me deja el mareo y la taquicardia y la boca seca. Digamos que Araujo vuelve a entrar al Salón de Maestros y me ve con los anteojos en la mano diciéndole al aire: “Dios mío, de haber sabido qué tan fácil era esto… no habría perdido tantos años”. Pero la veo y me pregunto para qué intentarlo de nuevo. Cualquiera diría que un tipo que llega a los cuarenta con tres divorcios debería evitar retomar el tema.
Verán, según Freud, mi relación con las mujeres está determinada por una obra de teatro griega que Sófocles escribió unos cuatrocientos años antes de que empezáramos a contar para delante. Les hablaré de la vida. A diferencia de Edipo, jamás hice reina a mi madre, ni soy ciego —sólo miope con un toque de astigmatismo oblicuo— y no maté a mi padre, sino que comí varias veces con él y creo que me sonrió en un par de ocasiones. Soy un tipo sin mayores tormentos en la vida: me dan gripes, me pego en el dedo chico del pie contra la pata de la cama, las mujeres me dejan, se me cae el cabello. En cuanto a mujeres, como jamás se me lanzan al cuello y me lamen, siempre he tenido que establecer tácticas, insistir, convencerlas. En el amor soy como una vieja película de culto: te metes a verla porque te suena conocida. Dependo de la permanencia voluntaria. Y de la peculiar locura de la dama en curso. Es cierto: mientras uno sólo busca poseerlas durante unos minutos, ellas buscan en ti llenar los huecos en sus vidas. La locura momentánea y la locura permanente se encuentran. Eso es el amor.
Pero sigo mi argumentación para buscar a Maikita del Villar. De la vergonzosa y escasa cantidad de mujeres con las que he estado, el cien por ciento ha visto en mí una salida de emergencia. Mi primera novia tenía un papá nazi —no es metáfora: marchaba por la casa con una mano que cargaba una bandeja invisible— que la quería ofrendar como virgen a un ario para crear la nueva raza. Ella me aceptó porque soy moreno. Otra, era la hija de un exiliado colombiano que planeaba la toma del poder de una guerrilla que ya hasta había desaparecido. Ella me aceptó porque un día me vio recibir un golpe en plena cara sin atinar a reaccionar (luego le aventé Masa y poder al agresor y no le di). Y, para no aburrirles, hubo otra cuya máxima aspiración en la vida era dormir, aunque jamás soñaba. Le dejé, durante años, el lado derecho de la cama. No sé si su casa antes era muy ruidosa o su cama muy dura; aquí obtuvo una salida. Pero todas acabaron cediendo a su suerte: la primera vive en Buenos Aires con un alemán, la otra es una militante ecologista-vegetariana-mística, y la última que mencioné, no sé. Sólo sé que, un día, había empacado su único patrimonio en la forma de pijama: dormía en calzones. Pero a todas estas emergencias parlantes les tuve que insistir, marcar sus teléfonos, invitarlas, hacerles regalos y, lo más importante, embriagarlas.
Por eso la reacción de Maikita del Villar será para mí un milagro, algo que la vida me debía desde mi adolescencia barrosa, mi juventud viendo pasar mujeres hermosas y sólo atinar a abrir la boca para respirar. Una mujer veinte años más joven, con un café regalado por la universidad, aceptó ir a mi casa a discutir los detalles de su incapacidad intelectual. Espero que no sea un plan para secuestrarme. Pero, ¿para qué? Lo único que tengo es mi cabello, y un bote de Rogaine para conservarlo. Ah, sí, calor. También tengo calor corporal.
El encuentro con Maikita del Villar me ha dejado un mundo de contratiempos. Para empezar, se me terminó el espray anti-calvicie. Como no he notado que se me caiga más el cabello que antes, decidí ahorrármelo. En su lugar, traté de hacer abdominales, pero me torcí la espalda. También he estado almacenando tambos con agua para poderme enjuagar bien la mañana de la cita, lo que empeoró el estado de mi espalda. He pedido prestado un dinero a mi vecina —la que guarda celosamente la copia de mis llaves— y eso supuso una conversación en la puerta de su apartamento sobre si los focos que ahorran energía son más caros y cuánto bióxido de carbono produce un perro. Tengo que estar financieramente listo para invitar a Maikita del Villar a cenar, al cine, y a contar con un tanque de gasolina que nos lleve a todos esos maravillosos lugares. Y qué caros son los nuevos condones ultradelgados. Compré de esos porque no creo que sea de buen gusto sacar en la primera cita uno fosforescente que emita la canción “Stuck in the middle with you”. ¿Y qué tomará? Espero que cerveza. El whiskey y la vodka han subido mucho de precio por la crisis mundial; dicen que los chinos andan muy briagos y ya no se conforman con fermentar arroz en sus lavabos. El alcohol y las drogas deberían bajar con las crisis económicas: si no, ¿cómo es posible aguantarlas? ¿Con pan orgánico? Yo ni siquiera tengo un serrucho para cortarlo.
Quizás estoy esperando demasiado. A lo mejor me le acerco con el tema de que está reprobada y se suelta a llorar. Es muy difícil cogerse a alguien que está llorando. Tuve una mujer que hacía eso: Isabel, la que dormía en calzones. Luego explicaba que era de placer, pero siempre lo tomé personal y me detenía enseguida para ir por un pañuelo y preguntarle si la había lastimado, o si le preocupaba la situación de los inmigrantes en el mundo.
—¿Por qué lloras, Isabel?
—Porque se murió mi padre.
—¿Por qué no me habías dicho? ¿Cuándo se murió?
—Hace como quince años.
O, a lo mejor, es de una sola vez, por la calificación y no la vuelvo a ver. Bueno, pero la veré en clases… en los pasillos… debe ser muy incómodo. A lo mejor no se vuelve a aparecer, conforme con su siete. No sé.
Pero estoy listo. Como en casi todo —su ortografía, sus fotos fuera de foco, su descripción de sí misma—, Maikita del Villar es mediocre también en la puntualidad. Llega veinte minutos retrasada. Trae el cabello de un lado, volcado sobre su hombro y parte del cuello. Un vestido escotadísimo gris, cuyo dobladillo le llega con trabajos donde a mí me llegan las bolsas del pantalón. Sandalias. Las uñas pintadas. Se saca los lentes para sol y se los pone arriba de la cabeza. Y lo veo en sus ojos. Sabe exactamente de qué va todo el asunto. Entreabre los labios, se pone el índice en la barbilla, y por primera vez me fijo en que tiene un diente de abajo como si los demás soldados hubieran dado el paso al frente y éste fuera el cobarde. Necesito tocar ese diente con la punta de la lengua. Maikita del Villar pasa, pone su bolsa sobre mi sillón.
—Le traje un regalo, profe —dice y se agacha a rebuscarlo dentro de su bolsa.
Creo que nunca he visto una falda tan llena, tan turgente, sin marcas. No, no trae ropa interior. Dos partículas no pueden existir en el mismo sitio. Sus piernas: las manos se me cierran en forma de garras. Rechino los dientes. Se agacha el tiempo suficiente como para asegurarse de que mi observación ha sido minuciosa. Luego, voltea —la cabellera se mueve— y con descaro dice:
—Bueno, pues ese fue su regalo, profesor.
Me quedo parado tratando de controlar mis rodillas. Nunca supe a qué horas se despide:
—Tengo que leer a Eguel para su clase, profesor.
El viento de su cabellera perfumada alejándose me seca la baba.
Quedarse parado añorando lo que transcurrió en sólo diez minutos. Casi brincar esperando lo que vendrá. Esa es la felicidad, esa expectación. Ahí están las cervezas en el refri, el dinero en el cajón, los condones en la cartera. Pero hay algo que no estaba: la euforia. La busco con obsesión en Facebook —el mundo es un interminable anuario escolar— y le escribo con poesía para alguien que no sabe quién es Pablo Neruda ni Charlie García: “Desataste el viento. Átame ahora al amor que nos quema. Tu frente en mi frente, tu boca en mi boca. Tengo que volverte a ver”. Es jueves. Contesta con parquedad: “El domingo”. Y me da la dirección de su casa. Agrega: “y por acá no está aciendo (sic) tanto haire (sic) ;)”.
Reviso el mapa para llegar a su casa. La espío casi todos los días en Facebook para tratar de adivinar su vida a través de las minúsculas fotos de su lista de amigos. Casi una cuarta parte se identifica con caricaturas de Los Simpson, o de cuando eran niños, o de cuando se tomaron unas fotos en El Coliseo en invierno o, peor, en la boda de su prima embarazada. La vida digital: ese altar al amateurismo. No puedo decir que conozca a Maikita del Villar, pero sé que no tiene amigos fuera del país — por lo tanto, especulo que no lidiaré con alguien damnificada por un fogoso italiano que se la bombeó desaforadamente para, después, dejarla con la cuenta del hotel— y no cambia sus mensajes muy seguido, es decir, tiene otras cosas que hacer. Hasta ahí mi conocimiento de la vida de Maikita del Villar. Puede ser una reclutadora de una secta mística que cree que el anuncio del Fin de los Tiempos se esconde en la guía telefónica. Puede ser una ninfómana que todo lo que ha escuchado en mis clases de filosofía grecolatina es que Felatio era el bufón de la reina Clítoris.
Ojalá.
O puede ser una chica normal. Que busca un siete en Introducción a la Filosofía.
Ojalá que no.
La noche anterior al ENCUENTRO no pienso más que en imágenes de cópulas distintas, formas de abordarlas, en qué secuencia, primero así abierta, luego baja, luego cerrada, de lado, boca abajo. Sí traigo todo: dinero, gasolina, condones, una muda de ropa y el cepillo de dientes por si se me invita a quedarme el fin de semana. Me baño con agua sin presión porque, a estas alturas, mi higiene ya no es dudosa: el olor no deja duda alguna sobre ella. A última hora pienso en algo: qué tal que soy yo el que interpretó erróneamente las señales y voy desarmado. A la carrera y con dos horas y media antes de la cita, copio sus calificaciones de Introducción a la Filosofía que, juntas, dan el año de la caída de Constantinopla. Maikita del Villar va en la recta final hacia el tres. Pero, cuando enciendo el motor del auto, ella ya ha alcanzado, otra vez, el siete.
Las dos horas y media de antelación no resultan para nada excesivas: me pierdo tantas veces en el camino que, en algún momento, creo que he ingresado a una península rodeada por puentes. Maikita del Villar vive en una zona de la ciudad tan atravesada por circuitos, segundos niveles y periféricos para las estaciones de Metro que, si te equivocas en las salidas, el retorno para enmendar tu error no es un trecho sino un tiempo: veinte minutos. Todos pagamos nuestros errores con tiempo. Un primer beso que se paga con tres años de nazis, dos de guerrilleros, cinco de cansancio.
Con la espalda mojada por el calor y el estrés, toco la puerta de Maikita del Villar a minutos del mediodía. Lo primero que veo es una cortina que se mueve detrás de la ventana de aluminio dorado. Con el sol a plomo del verano y el dorado me siento en Las Mil y Una Noches. A los cuarenta, uno quiere atragantarse de exotismo. El dorado de los quicios me da esperanza. Luego, ella emerge y la visión me ciega: lleva una blusa blanca abierta en tres botones —los de ombligo— y un pantalón corto que se ajusta con brinquitos hasta que finalmente se cierra el zíper. Por un instante su ropa interior roja se asoma. Un perfume carnívoro me anuncia lo que será una tarde de aromas, tocamientos, lenguas enfebrecidas, fricciones de las que no son de llantas sobre el pavimento.
—Qué pena, profesor. No me he bañado…
Está descalza.
Toda mi previsión contrastó en un instante con su desparpajo: probablemente hasta había olvidado nuestra cita y se quedó dormida. Soy de los que toman ese tipo de rechazos como parte de la trama de las persistencias. He recibido tantos que, si no se dan, comienzo a sospechar. Olvidado o no, yo seguía siendo su salida de emergencia a mi curso de filosofía. Entramos.
Lo primero que dice me desconcierta:
—Tenemos que ir al centro comercial.
Yo pienso en varias interrogantes, ya saben: ¿Por qué un centro comercial? ¿Por qué el “deber ser” en el centro comercial? ¿“Tenemos” es un imperativo categórico o sólo una forma de hablar? ¿Y por qué no me saludó de beso? Ella sabía que, en ese instante, la habría exentado del examen final con un simple beso de mejilla, prolongado, seguido de cierto manoseo de las espaldas, y yo hubiera hecho el resto: sorprenderla con beso de piquito, puros labios, como se saludan los rusos. Sin el beso era como si nada fuera un sobreentendido, como si de verdad tuviéramos que discutir antes sus calificaciones en La Filosofía.
Pero viene la segunda sorpresa que no necesita de palabras: emerge de la nada una niña de cuatro años, con la mirada ida, una sombra ensimismada. El nombre es por lo menos sintético: Amanda. Y manda. Le extiendo la mano pero ni me voltea a ver. Maikita del Villar se interna en el pasillo y entra en algún cuarto, murmura algo, y reaparece con botas y unos mallones negros. Aprieto los dientes: justo en el pliegue entre sus piernas, dos culebras horizontales de tela ondulante. Adentro de la casa se escucha una campanita, como las de las recepciones de los hoteles.
—Adiós —dice al aire, respondiéndole al timbrazo—. Llego hasta la noche —y a mí: —Es que lo acabo de bañar.
Se para en seco con una mano en la cadera. Se yergue dentro de su blusa rosa sin mangas.
—¿Cómo me veo?
—Spctaclr —puedo entreabrir la quijada.
Caminar con la madre de una niña de cuatro años es una de las actividades más agotadoras: debes mostrar interés. Debes agacharte, con mi dolor de espalda, para tomarla de la mano y escuchar sus peticiones. La lentitud con la que se desplaza duerme a las manecillas del reloj: cada vez que das pasos normales hay que esperar a que transcurra el doble del tiempo que ya consumiste en tu propio desplazamiento. Como la flecha de Zenón: jamás llegas. La niña Amanda necesita dos cosas del centro comercial: una película animada y un helado naturista. Mientras se lo come ve la portada de su disco, absorta. Los tres estamos sentados en una banca junto a la entrada de un restorán argentino que le pone chile al chimichurri, le llaman previsiblemente “chilechurri”.
—¿Y qué opinas, profe? —dice Maikita del Villar cruzando la pierna. Puedo oír el chasquido de la tela de su ropa interior escalando hacia la mitad de su muslo.
Mi mano debe escabullirse sola por debajo de su cabello y terminar en su nuca, acariciando pelo recién nacido. Quiero refugiar mi nariz en medio, olerla, sentir su calor en mi mejilla, y atacarla. Atacarla como se ataca a lo que quieres que entre en tu propio cuerpo, de golpe, como el agua en la sed, como el aire en la asfixia, como correr después de estar inmóvil corrigiendo exámenes con errores de ortografía. Tengo cuarenta. Se me cae el pelo. Maikita es, en este instante, mi única salida. Debía morderle la parte de arriba de la oreja. Por instinto. Lo debía hacer alguien más: ese yo que toma al cuerpo de junto ya como si fuera parte suya. Adivinándome, Maikita del Villar retira la cabeza con una risa, mirando un abismo.
—Ah, qué el profe tan caliente —dice como para un público, como un chisme para sus compañeras de clase, sus amigos del Facebook, como un monólogo no compartible que se le hubiera escapado de las comisuras de la boca, como alguien para quien evitar besos y manoseos es parte de sus reflejos naturales. Luego toma su celular y textea a alguien, se sonríe, textea de nuevo, y así, horas.
Todas las preguntas que yo tengo se esfuman: ¿La niña es su hija o su sobrina? ¿Por qué existe? ¿Tiene hermanos y hermanas? ¿Dónde están sus padres? ¿En dónde nació? ¿Por qué estudia La Filosofía y practica El Tenis? ¿Quién toca en su casa la campanita de hotel? ¿Qué quiere de mí? De lo que estoy seguro es de que he acabado aquí, en una banca para tres, gracias al deseo de ayudarme un poco a pasar por los cuarenta, pero ella, Maikita del Villar, me ha atraído hacia su cueva por otras razones que una simple calificación en Introducción a la Filosofía. Pero jamás habla de eso. Su boca se mueve mientras dice que quiere una bolsa Dior, unos zapatos Manolo Blahnik color “skin”, pasar un fin de semana en Las Vegas y ganarse una fortuna. Luego teclea algo en su celular y sonríe. De vez en cuando se agita su cabello y yo puedo oler su almizcle debajo del agua con presión normal sobre el shampú. Su hija, al lado, muda, fantasmal. Yo mirando su cabello moverse alrededor de su cabeza, su boca, su diente rezagado en una fila de dominó. El diente que interrumpe la caída de las demás fichas perfectas. El diente que no he tocado.
Un tipo con un uniforme de una productora de huevos se nos acerca. En una bolsa de papel trae un pollo como de seis centímetros, amarillo con blanco, y que da picotazos como si estuviera concursando para perforar petróleo en Irak. ¿Por qué regalan pollos en los centros comerciales? ¿Tienen un virus y prefieren que nosotros los enterremos? La única máxima del comportamiento en sociedad que he inventado es: que cada quien tire su basura. Por eso no acepto volantes en la calle, ni postres de regalo en las pizzas —unas cosas de harina cruda espolvoreadas con canela que el cuerpo tarda en eliminar tanto como el LSD—, ni libros de poetas, ni leo blogs, ni escucho confesiones de borrachos. Cada quien debería de hacerse cargo de su propia basura. La misma consigna se aplica al pollo, pero la niña Amanda oye el piar y despierta de ese extraño letargo suyo: en tres horas no ha hablado una sola vez. Lo exige: de un zarpazo se lo arranca al desconcertado hombre del uniforme de “Mondo Ovo”.
Así que llegamos de regreso a casa de Maikita del Villar el cuarentón divorciado tres veces, en proceso de calvicie, una niña de cuatro años, un pollo, y una alumna de veintitrés a la que esperaba ver, en segundos, desnuda o, en semanas, reprobada. Ha oscurecido. Ya adentro de la casa ayudo a componer un platito con agua, migajas de pan y presencio cómo la niña Amanda aporrea el cráneo estrecho del pollo suponiendo que son caricias o no sé: son golpes al mismo ritmo, monótonos, con el mismo intervalo entre cada uno, secos. El ritmo del deseo. El ruido del sexo que no tuve.
En algún momento trato de llevarme a Maikita del Villar de la mano, rumbo al pasillo, pero ella emprende el trayecto, adivinándolo. Camina de puntas sobre sus botas para no hacer ruido, pero a la mitad se detiene. Yo quiero que me empuje contra una ventana biselada que recibe luz de un cubo. Un avión pasa sobre nuestros tímpanos, rampante, a combatir un incendio, o a llevar comida a un campo inundado, o a bombardear criminales, o a llevar de un lado a otro a turistas o soldados. La miro con la luz que sale de la cocina por el cubo, pero tiene los ojos cerrados. Yo quiero sujetarla de los brazos pero ella repite:
—No, no, no.
Quiero encajarle los dedos en la espalda. Hurgar las líneas de la ropa interior. Pero ella sigue diciendo:
—No, no, no.
Quiero chuparle el cuello pero es como poner la lengua en un globo, en un guante de hule: ninguna reacción, ninguna célula erizada. No se siente absolutamente nada. Por supuesto: es una foto en la red. Vuelvo a abrir los ojos para verificar si estoy con la misma mujer. Maikita del Villar está en otro lugar, en otro tiempo, ambos inaccesibles para mí. Casi siempre uno puede estar con alguien que no está ahí. Y yo que creo estar con todas mis fantasías a la vez. Todo lo imaginado se viene abajo en frialdades lisas, de pantalla, de resolución fotográfica —el único tipo de resolución que tenemos hoy es fotográfica—; era como estar tratando de tocar la red. ¿Es ella o el Rogaine para la calvicie, cuya única contraindicación es que disminuye la libido? Esas son las opciones de la vida: cabello para ligarte a una veinteañera, o calvicie para poseerla.