Vida y poesía
Vida
CAPÍTULO PRIMERO
PRIMERA INFANCIA
1
En Salvoconducto, un ensayo de autobiografía que escribí en los años
veinte, analicé las circunstancias de la vida que me formaron. Desgraciadamente, el libro se malogró en una inútil afectación, pecado común en aquellos años.
En el presente ensayo trataré de no repetirme, aun cuando no pueda evitar
hacer referencia a algunas cosas.
2
Nací en Moscú el 29 de enero de 1890, según el viejo calendario [1], en la
casa de los Lyzhin, frente al seminario eclesiástico de la calle Oruzheiny. Inexplicablemente me ha quedado grabado algo de los paseos otoñales con la nodriza por el jardín del seminario: los húmedos senderos bajo montones de hojas caídas, los estanques, los terraplenes y las barnizadas barreras del seminario, los juegos y las peleas de los seminaristas en libertad durante los recreos largos.
Justamente ante el portón del seminario se alzaba una casa de
mampostería con dos plantas y un patio para los cocheros, y nuestro piso, sobre el arco abovedado de la entrada.
3
El temor y el entusiasmo se encuentran en el origen de las sensaciones de
mi primera infancia. Con fabulosas tintas se destacaban dos imágenes centrales: la de los osos disecados de la cochera del Karetny Riad y la de un gigante bonachón, encorvado, hirsuto, de sorda voz de bajo, el editor P. P. Konchalovski, con su familia, y, colgados de las paredes de su casa, los dibujos a pluma, a tinta china y a lápiz de Serov, Vrubel, de mi padre y de los hermanos Vasnetsov.
El barrio era muy sospechoso: las calles TverskieIamskie, la Truba, las
callejas contiguas al bulevar Tsvetnoi. Continuamente me sacaban de allí: no debía saber esto, no debía escuchar lo otro. Pero las amas y las nodrizas no soportaban la soledad, y, por tanto, nos encontrábamos en compañía de gente de todo pelaje y condición. (Luego, al mediodía, los ejercidos de los gendarmes a caballo en la plaza de armas de los cuarteles de la Znamenskaia.)
Este contacto con los mendigos y las peregrinas [2], esta vecindad con el mundo de los desvalidos, con sus historias y sus históricas exhibiciones en los próximos bulevares, me hizo experimentar prematuramente, y luego durante toda la vida, una temerosa piedad hacia las mujeres, y una piedad todavía más profunda hacia mis padres, que morirían antes que yo y a quienes yo debía salvar de las penas del infierno realizando algo excepcionalmente luminoso, sin precedentes.
4
Tenía tres años cuando nos trasladamos a un piso de propiedad del Estado, cerca de la Escuela de pintura, escultura y arquitectura, en la Miasnitskaia, frente a Correos. Formaba parte de una construcción levantada en el patio y apartada del edificio principal.
Este antiguo y hermoso edificio era notable en muchos aspectos. Se había
salvado del incendio del año doce [3]. Un siglo antes, en los tiempos de Catalina, sirvió de refugio secreto a una logia masónica. Un lado de la casa, en la esquina de la Miasnitskaia y de la calle lushkov, era curvo y abríase en él, semicircular, un balcón de balaustradas. El espacioso vano del balcón formaba una hornacina en el edificio y comunicaba con el aula magna de la escuela. Desde el balcón se veía, a lo largo, la prolongación de la Miasnitskaia, que desaparecía a lo lejos, hacia las estaciones.
Desde este balcón, los habitantes de la casa siguieron, en 1894, la ceremonia del traslado de los restos del emperador Alejandro III y, dos años más tarde, algunos episodios de las fiestas que se celebraron con motivo de la coronación de Nicolás II.
Allí estaban los estudiantes, los catedráticos. Mi madre, entre la multitud, me tenía en brazos, junto a la balaustrada del balcón. A sus pies, un abismo; al fondo, la calle libre, cubierta de arena, inmóvil en la espera. Militares atareadísimos daban órdenes con tonantes voces que no llegaban a los oídos de los espectadores situados en el balcón, como si el silencio de millares de personas que contenían la respiración, rechazadas por el cordón de soldados de la calle al borde de la acera, absorbiese completamente los rumores, igual que la arena absorbe el agua. Las campanas sonaron tristes, insistentes. Rompió a lo lejos una oleada y, en su carrera, levantó una marea de manos hacia las cabezas: Moscú se quitaba el sombrero y se santiguaba. Mientras los fúnebres repiques se elevaban por todas partes, apareció la cabeza de un interminable cortejo, las tropas, el clero, los caballos con gualdrapas y penachos negros, un catafalco de inimaginable magnificencia, los heraldos con trajes nunca vistos, de otros siglos. Avanzaba el cortejo. Las fachadas de las casas estaban cubiertas por grandes tiras de crespón, por negras colgaduras, y las banderas pendían inertes, a media asta.
La escuela, que dependía del Ministerio de la Corte Imperial, no era ajena
al clima de las ceremonias oficiales. Hallábase bajo el alto patrocinio del gran duque Sergei Alexandrovich, que asistía a las reuniones solemnes y a las revistas. El gran duque era flaco y larguirucho. En las recepciones de los Golitsin y los Iakunchikov, en las que tomaba parte, mi padre y Serov hicieron su caricatura, ocultando el cuaderno con el sombrero.
5
En el patio, frente a la cancela de un jardinito lleno de viejos árboles,
entre las dependencias, los servicios y las cocheras, se alzaba un edificio; abajo, en el sótano, distribuían las colaciones calientes a los estudiantes. En las escaleras, estancábase el eterno olor de las fritadas con manteca y las albóndigas. En el rellano superior se abría la entrada de nuestro piso y, en el de arriba, vivía el secretario de la escuela.
He aquí lo que he leído no hace mucho tiempo, a cincuenta años de
distancia, en período soviético, en el libro de N. S. Rodionov Moscú en la vida y obra de L. N. Tolstoi, en la página 125, bajo el año 1894:
«El 23 de noviembre, Tolstoi se dirigió con las hijas del pintor L O.
Pasternak a la Escuela de pintura, escultura y arquitectura, de la que Pasternak era director, para asistir a un concierto en el que tomaron parte la esposa de Pasternak y dos profesores del Conservatorio, el violinista I. V. Grahimailo y el violoncelista A. A. Brandukov.»
Todo es exacto, salvo un pequeño error: el director de la Escuela era el
príncipe Lvov, no mi padre.
Recuerdo perfectamente la velada descrita por Rodionov. En plena noche
me despertó un dolor agudo, como nunca, antes de ese día, había sentido. Angustiado, lleno de terror, me puse a gritar y a llorar, pero la música ahogaba mis sollozos, y sólo me oyeron cuando el trío hubo terminado de tocar el fragmento que me había despertado. La cortina que dividía en dos la estancia, y tras la cual yo yacía, fue corrida. Apareció mi madre, se inclinó sobre mí e, inmediatamente, me tranquilizó. Es posible que me llevaran con los huéspedes o, quién sabe, acaso vi el salón a través de la puerta abierta. Estaba lleno de humo. Las velas parpadeaban como si el humo les escociera en los ojos, y la luz brillaba sobre la reluciente caoba del violín y del violoncelo. El piano era negro y negros los trajes de etiqueta de los hombres. Las damas surgían desde el escote de sus vestidos, como las flores en una cesta de cumpleaños. Volutas de humo se perdían entre los cabellos blancos de dos o tres viejos. Más tarde conocí bien a uno de ellos y lo traté con frecuencia: era el pintor N. N. Gue. La figura del segundo cruzó continuamente por mi vida, como la de otros muchos, porque mi padre ilustraba sus obras, iba a menudo a verlo, lo veneraba, y además su espíritu
había invadido nuestra casa: era León Nikolaievich [4]…
Pero ¿por qué lloré de esa manera y por qué ha quedado tan impresa en mí aquella angustia? En casa me había acostumbrado al sonido del piano. Mi madre lo tocaba con gracia y, para mí, la voz del piano se identificaba con la misma música. En cambio, los timbres de los instrumentos de cuerda, y, sobre todo, en un conjunto de cámara, no me eran familiares y me inquietaron como verdaderos gritos de socorro, como el anuncio de una desgracia que me llegara desde fuera a través de la ventana.
Si no me equivoco, aquel invierno ocurrieron dos desapariciones: la de Antón Rubinstein y la de Chaikovski. Probablemente, lo que se tocó aquella noche fue el famoso terceto de este último.
Aquella noche constituye para mí el hito que separa la primera infancia sin recuerdos del período siguiente. Desde entonces comienza a desarrollarse mi memoria, y se inicia en mí, sin más grandes intervalos ni lagunas, como en un adulto, la labor lenta y continua de la conciencia.
6
En primavera, en las salas de la escuela, se inauguraba la exposición de los Ambulantes. Las cajas con los lienzos llegaban durante el invierno desde Petersburgo, y eran colocadas en las cocheras, que se alineaban tras la casa, frente a nuestras ventanas. En vísperas de Pascua, los lienzos eran llevados al patio y desembalados al aire libre, ante la entrada de las cocheras. Los criados de la escuela abrían las cajas, sacaban de sus compartimientos los lienzos con sus macizos marcos, y, de dos en dos, a mano, los llevaban a través del patio hasta las salas de exposiciones. De codos sobre el alféizar, nosotros observábamos ávidamente. Pasaron así ante nuestros ojos las más famosas telas de Répin, Miasoiedov, Makovski, Surikov y Polenov, una buena mitad del patrimonio artístico de las actuales galerías y colecciones del Estado.
Mí padre y los pintores próximos a él figuraron entre los Ambulantes, sólo
en sus comienzos y por breve tiempo. Muy pronto, Serov, Levitan, Korovin, Vrubel, Ivanov, mi padre y otros formaron un grupo más joven, la Asociación de Pintores Rusos.
A fines del siglo pasado llegó a Moscú el escultor Pavel Trubetskoi, que
había pasado toda su vida en Italia. Pusieron a su disposición un estudio nuevo con luz cenital; había sido construido al abrigo de una de las paredes de nuestra casa, hasta sacrificar una de sus ventanas, la de nuestra cocina, primero abierta sobre el patio, y ahora, en cambio, en el estudio de Trubetskoi. Desde la cocina veíamos sus esbozos y el trabajo de su yesero Robecchi, y, también, los modelos, niños y bailarinas, que posaban para él, incluso carretas de dos caballos y cosacos montados, que entraban sin dificultad por la amplia puerta del estudio.
También desde aquella cocina fueron expedidas a Petersburgo las
excelentes ilustraciones que mi padre preparaba para Resurrección de Tolstoi. La novela iba apareciendo en la revista Niva, del editor petersburgués Marx, a medida que los capítulos estaban listos para la imprenta. Era un trabajo febril Recuerdo la prisa de mi padre. Los números de la revista salían regularmente, sin retraso. Por tanto, era preciso llegar a tiempo.
Tolstoi retenía las pruebas y las rehacía completamente. Así existía
también el peligro de que los dibujos preparados para el texto primitivo no fuesen adecuados pata las variaciones sucesivas. Petó mi padre llevaba a cabo sus esbozos allí donde el escritor efectuaba sus observaciones, en la audiencia, en la cárcel de tránsito, en el campo, en el ferrocarril… La acumulación de detalles tomados de la realidad y un mismo sentido realista, lo salvaban del peligro de no hallarse de acuerdo con el texto.
Dada la urgencia, los dibujos se mandaban en envíos sucesivos. De ello se
ocupaba la brigada de jefes de tren de los expresos de la línea Nikolaeivskaia. Mi imaginación infantil se impresionaba ante el aspecto del jefe de tren, enfundado en su capote de servicio, que se quedaba esperando de pie en el umbral de la cocina, como en el andén de la estación ante el estribo de un tren a punto de marcharse.
En el hornillo, se calentaba la cola de carpintero. Los dibujos eran secados a toda prisa, «fijados», encolados sobre cartones, empaquetados y atados. Una vez listos, los paquetes eran lacrados y entregados al jefe de tren.
L. N. Tolstoi e I. E. Repin en Iasnaia Poliana, en 1907.
V. M. Vasnetsov, Autorretrato.
V. I. Surikov, Autorretrato.
P. P. Trubetskoi, L. N. Tolstoi a caballo.