¡Vivir!

Yu Hua · Capítulo 1 de 1 · parte 1/7

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¡Vivir!

¡Vivir!

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

Con diez años menos que ahora, encontré un trabajo que era una bicoca, consistente en recorrer el campo en busca de canciones populares.

Durante todo ese verano, como un gorrión revoloteando a su aire, estuve vagando por una zona rural inundada de sol y de cigarras.

Me gustaba beber ese té acre de los campesinos. Dejaban los cubos de té bajo los árboles de las sendas que separaban los bancales, y yo, sin el menor escrúpulo, cogía un tazón incrustado de posos, lo llenaba hasta arriba y bebía directamente, además de llenar mi cantimplora; intercambiaba unas cuantas tonterías con los hombres que trabajaban en los bancales y me iba como si tal cosa en medio de las risitas furtivas que mi presencia había provocado entre las chicas.

Un día estuve charlando toda una tarde con un anciano que vigilaba un melonar, fue la vez en que más melones comí en toda mi vida; cuando me levanté para despedirme, me vi de repente andando con paso pesado de embarazada. Luego me senté en el quicio de una puerta con una abuela, que me cantó Encinta de diez lunas[1] mientras tejía sandalias de esparto.

Lo que más me gustaba era sentarme delante de alguna casa de pueblo, cuando llegaba el crepúsculo, a contemplar cómo rociaban el suelo con agua del pozo, para abatir el polvo en suspensión, mientras el haz luminoso del poniente acariciaba la cima de los árboles. Cogía entonces el abanico que me ofrecían, probaba sus verduras en salmuera, más saladas que la mar, miraba a las chicas, hablaba con los hombres.

Iba con un sombrero de paja de ala ancha en la cabeza, chanclas en los pies y una toalla colgada del cinturón por detrás, que iba azotándome el trasero como la cola de un caballo. Me pasaba el día lanzando grandes bostezos, recorriendo sin rumbo los caminitos que separaban los campos,

con las chanclas chasqueando — tris tras, tris tras— y levantando nubes de polvo como si fueran estrepitosas ruedas de carro.

Deambulaba por todas partes, sin saber ya muy bien en qué aldeas había estado y en cuáles no. A menudo, al aproximarme a algún pueblo, oía a los niños gritar:

—¡Ya está aquí el bostezón!

Así se enteraban en el pueblo de que había vuelto el hombre que sabía contar historias picantes y cantar canciones de amor. En realidad, todas esas historias picantes y esas canciones de amor las había aprendido de ellos. Yo sabía qué era lo que les gustaba y, naturalmente, eso mismo era lo que me gustaba a mí.

Una vez me encontré con un anciano sollozando, sentado en al borde de un campo con la cara tumefacta y amoratada, totalmente alterado por la tristeza que llevaba dentro. Cuando me vio acercarme, alzó el rostro, y su llanto se hizo más sonoro. Le pregunté quién le había dado esa paliza.

Mientras se rascaba el barro del pantalón, me contestó furioso que había sido el descastado de su hijo. Pero luego, cuando le pregunté por qué, no fue capaz de responder más que con evasivas, y comprendí inmediatamente que sin duda había intentado algo poco honroso con su nuera.

Otra noche iba yo con una linterna, a toda prisa en la oscuridad, cuando iluminé junto a una laguna dos cuerpos desnudos, uno encima del otro. Al alumbrarlos quedaron inmóviles, salvo una mano que se rascó discretamente la pierna. Apagué inmediatamente la linterna y me alejé.

Una tarde, en plena temporada agrícola, entré a pedir agua en una casa que tenía la puerta abierta de par en par. Un hombre en calzones, de semblante turbado, me cortó el paso y me arrastró en volandas hasta el pozo. Allí me extrajo solícito un cubo de agua y, acto seguido, corrió de nuevo a su casa escabullándose como un ratón.

Vi con frecuencia este tipo de cosas, casi tantas veces como canciones oí, de modo que, al contemplar esa tierra rebosante de verdor, entendía mejor por qué la región era tan fértil y productiva.

Ese verano faltó poco para que me echara novia. Conocí a una joven preciosa, de las que enamoran. Aún hoy su carita morena resplandece ante mis ojos. Cuando la vi, estaba sentada en la hierba, a la orilla del río, con el pantalón remangado, agitando una vara de bambú mientras cuidaba de unos patos rollizos. Esa chica de dieciséis o diecisiete años pasó conmigo, muy

tímida, toda una tarde tórrida. Cada vez que sonreía bajaba profundamente la cabeza. La vi bajarse disimuladamente las perneras del pantalón, y luego ocultar sus pies descalzos en la hierba. Esa tarde estuve diciéndole lo primero que me pasaba por la cabeza, vendiéndole mis planes de llevarla de excursión, y la chica se mostraba asustada y encantada a la vez. Yo al principio estaba muy exaltado, y todas esas cosas las dije de corazón. Sólo me importaba lo feliz y a gusto que me sentía a su lado, sin pensar ni un momento en el futuro. Pero luego, cuando vinieron sus tres hermanos mayores, fuertes como toros, me llevé un susto tremendo y me pareció que tenía que poner pies en polvorosa si no quería verme obligado a tomarla por esposa.

Cuando me encontré con ese anciano llamado Fugui[2], acababa de llegar el verano. Esa tarde, busqué la sombra de un árbol frondoso. El algodón de los campos ya había sido cosechado, y unas cuantas mujeres con pañuelo en la cabeza estaban arrancando los tallos; el trasero se les movía al sacudir el barro adherido a las raíces. Me quité el sombrero de paja y descolgué la toalla para enjugarme el sudor de la cara. A mi lado había una laguna lanzando destellos bajo el sol. Me senté enfrente, apoyado en el tronco de un árbol. Enseguida me vino sueño, así que me tumbé en la hierba, me cubrí el rostro con el sombrero y, con la mochila a modo de almohada, a la sombra del árbol, cerré los ojos.

Así, con diez años menos que ahora, tumbado entre la hierba y la enramada, dormí durante dos horas. Entretanto, alguna que otra hormiga se me subió a las piernas; pero mis dedos, aun en lo más profundo de mi sueño, las expulsaban con certeros capirotazos.

Más tarde, me pareció que había llegado a la orilla un viejo, impulsando su balsa con una pértiga, y se había puesto a dar voces a lo lejos. Me arranqué del sueño, y oí los gritos con nitidez. Al levantarme, vi junto a los campos a un anciano tratando de convencer a un viejo buey.

El buey de labranza, quizá profundamente cansado, permanecía allí plantado, cabizbajo. Detrás, con la espalda desnuda, el anciano que llevaba el arado parecía descontento de la actitud apática del viejo buey. Le oí decir con voz sonora:

—El buey ara el campo, el perro vigila la casa, el monje mendiga, el gallo anuncia la mañana, y la mujer teje, ¿dónde se ha visto un buey que no are? Así ha sido desde la antigüedad. ¡Vamos! ¡Muévete!

Como si reconociera su error, al oír las voces del anciano, el viejo buey cansado levantó la cabeza y avanzó tirando del arado.

Vi que la espalda del anciano y el lomo del buey eran igual de oscuros; dos existencias que entraban en el crepúsculo, surcando el duro suelo de ese campo, alzando terrones como olas en la superficie del agua.

Entonces oí al anciano cantar, con voz cascada pero conmovedora, una canción de los viejos tiempos. Primero tarareó un largo preludio, luego llegaron dos versos de la letra:

Me quiere por yerno el emperador,

pero está tan lejos que no pienso ir.

Como estaba lejos, no le apetecía ir a convertirse en yerno del emperador. Al ver al anciano tan presuntuoso, no pude reprimir una carcajada. Quizá porque el buey aminoró el paso, el anciano volvió a gritarle:

—¡Erxi y Youqing, no aprovechéis para holgazanear! ¡Jiazhen y Fengxia, aráis bien! ¡Y tú, Kugen, tampoco lo haces mal!

¿Cómo podía ser que un solo buey tuviera tantos nombres? Lleno de curiosidad, fui hasta el borde del campo.

—¿Cuántos nombres tiene este buey? —pregunté al anciano, que se aproximaba.

Se detuvo, apoyado en el arado, y me examinó de arriba abajo.

—Eres de la ciudad, ¿no? —preguntó.

—Sí —asentí.

—Lo he visto a la primera —dijo, ufano.

—Bueno, pero ¿cuántos nombres tiene este buey? —dije.

—Se llama Fugui, sólo tiene un nombre —respondió.

—Pues hace un momento ha usado usted varios.

—¡Ah, ya! —dijo el anciano riendo con alegría.

Me hizo señas de que me acercara, con aire misterioso. Cuando estuve a su lado, abrió la boca para hablar, pero al ver que el buey erguía el testuz se interrumpió para regañarlo.

—¡No andes fisgoneando! ¡Baja la cabeza!

Y efectivamente el buey bajó la cabeza.

—No quiero que sepa que trabaja solo —me contó el anciano en voz baja—. Por eso digo otros nombres, para engañarlo. Así, al oír que hay otros bueyes trabajando, no se me enfada, y además trabaja con más ánimo.

Bajo el sol, el anciano reía lleno de vida. Las arrugas de su rostro renegrido se movían de regocijo, llenas de barro incrustado, entrecruzándose como los senderos que separaban los bancales.

Luego el anciano se sentó bajo el árbol frondoso. En esa tarde saturada de sol, me contó su vida.

* * *

Hace más de cuarenta años, mi padre iba y venía por aquí a sus anchas, con su túnica de seda negra y las manos siempre a la espalda.

—Voy a dar una vuelta por mis tierras —le decía a mi madre al salir de casa.

Cuando mi padre andaba por su finca, los aparceros que estaban trabajando, nada más verlo, sujetaban con las dos manos el azadón para saludarlo con todo respeto.

—Amo...

Cuando iba a la ciudad, la gente lo llamaba «señor». Mi padre era un hombre de alta categoría, pero a la hora de cagar era igual que los pobres.

No le gustaba cagar en la habitación, en el bacín de al lado de la cama, prefería hacerlo en el campo raso, como el ganado. Cada día, al atardecer, salía de casa, echando eructos que sonaban como cuando croan las ranas, y se iba despacio, despacio, hacia las tinajas de estiércol que había en la entrada del pueblo.

Cuando llegaba a las tinajas, como le daba asco la suciedad de los bordes, se encaramaba encima de una y se ponía en cuclillas. Mi padre era mayor, y a la mierda, que envejecía con él, le costaba salir; así que nosotros, desde casa, oíamos los gritos de dolor que pegaba allá en la entrada del pueblo.

Mi padre llevaba varias décadas cagando así, y a los sesenta y tantos todavía era capaz de encaramarse a la tinaja del estiércol y quedarse allí en cuclillas un buen rato. Tenía las piernas tan fuertes como las garras de los pájaros. Le gustaba mirar cómo el cielo se iba oscureciendo poco a poco, hasta cubrir por completo sus campos. Cuando mi hija Fengxia tenía tres o

cuatro años, iba mucho a la entrada del pueblo a ver cagar a su abuelo. Mi padre, a fin de cuentas, era mayor, y de tanto quedarse en cuclillas encima de la tinaja le temblaban un poco las piernas.

—Abuelo, ¿por qué te mueves así? —le preguntaba Fengxia.

—Es el viento —le decía él.

En aquellos tiempos, la situación económica de nuestra familia todavía no era mala. Los Xu teníamos más de cien mu[3] de tierra: todo lo que ves de aquí hasta las chimeneas de esa fábrica era nuestro. Mi padre y yo éramos el señorón y el señorito, conocidos en todas partes. Cuando íbamos andando, nuestros zapatos de suela herrada sonaban como monedas entrechocándose. Mi mujer, Jiazhen, era hija del tratante de arroces de la ciudad. Ella también era de familia rica. Cuando una mujer rica se casa con un hombre rico, se juntan dos fortunas, y el dinero — cataclín, cataclín—

corre que da gusto. Hace ya cuarenta años que no oigo ese sonido.

Yo era el inútil de la familia Xu. Por decirlo como mi padre, era un bastardo.

Estudié unos años en la escuela privada. Lo que más me gustaba era cuando el maestro, con su túnica larga, me mandaba leer en voz alta.

Entonces yo me levantaba, con el Texto de los mil caracteres[4] en la mano, encuadernado a la antigua, y decía al maestro:

—Escúchame bien, chaval, que tu padre te va a leer un trozo.

Y mi maestro, que tenía más de sesenta años, le decía a mi padre:

—No cabe duda de que el joven amo tiene todas las papeletas para, de mayor, ser un mangante de tomo y lomo.

Desde pequeño no tuve remedio, eso lo decía mi padre. El maestro de casa decía que yo era como la madera podrida, imposible de tallar. Ahora, cuando lo pienso, veo que tenían razón, pero al principio no me lo parecía.

Pensaba que yo era rico, que era la única vara de incienso de la familia Xu, su único descendiente, y que, si me apagaba, el linaje de los Xu quedaría sin posteridad.

Yo nunca iba a la escuela a pie, me llevaba a cuestas uno de los peones de mi casa. Y, cuando salía de clase, él ya estaba allí, respetuosamente agachado y en cuclillas. Entonces yo me subía a su espalda y le daba unas palmadas en la cabeza.

—¡Changgen, a correr! —le decía.

Y el peón Changgen echaba a correr. Yo iba tambaleándome como un gorrión en la punta de una rama.

—¡Vuela! —le ordenaba.

Y Changgen se ponía a dar saltos, para dar la impresión de que volaba.

Ya de adulto, me gustaba ir de picos pardos a la ciudad. A menudo me pasaba diez o quince días sin volver a casa. Iba vestido de seda blanca, con el pelo pringoso de brillantina, liso y reluciente. Cuando me ponía delante del espejo y me veía así, con la cabeza toda barnizada de negro, me parecía que tenía la pinta de un ricachón.

Me gustaba andar metido en burdeles y oír a esas mujerzuelas que se pasaban la noche de cháchara y risitas. Escucharlas daba tanto gusto como cuando te rascas donde te pica. El hombre, una vez que es capaz de pasarse el día de putas, ya no puede evitar darse al juego. Ir de putas y apostar son tan inseparables como el brazo y el hombro. Con el tiempo fui prefiriendo el juego, y lo de ir de putas ya sólo lo hacía para relajarme un poco, igual que cuando bebes mucha agua y tienes que aliviarte o, hablando en plata, tienes que mear. En cambio, el juego era completamente diferente. Me divertía y, al mismo tiempo, me ponía muy tenso. Pero sobre todo era esa tensión lo que me daba un bienestar indescriptible.

Antes me pasaba la vida rascándome la barriga, todo el día apático.

Por las mañanas, al despertarme, mi única preocupación era cómo iba a matar el tiempo ese día. Mi padre no paraba de quejarse y me regañaba por no haber honrado a los antepasados. Yo pensaba que honrar a los antepasados tampoco era algo que sólo pudiera hacer yo, y decía para mis adentros: «¿A santo de qué no voy a poder yo disfrutar de la vida por pensar en latazos como honrar a los antepasados?» Además, mi padre, de joven, era igual que yo. Los ancestros de mi familia tenían más de doscientos mu de tierra. Cuando llegaron a sus manos, empezó a tirar la casa por la ventana, y enseguida los doscientos se quedaron en cien.

—Tú tranquilo, hombre, que ya honrará mi hijo a los antepasados —le dije un día.

Siempre hay que dejar algo bueno a la siguiente generación, ¿no? Al oírlo, mi madre se echó a reír y me contó en secreto que mi padre, de joven, había dicho exactamente lo mismo a mi abuelo. Así que yo pensé:

«¡Claro, ahí está! Se empeña en que haga yo lo que él fue incapaz de hacer,

¿cómo voy a aceptarlo?»

En esa época, mi hijo Youqing aún no había nacido, y mi hija Fengxia acababa de cumplir cuatro años. Jiazhen estaba embarazada, de seis meses y, como es natural, estaba más bien feúcha. Andaba como si fuera sujetando un panecillo con la entrepierna, con los pies hacia fuera en lugar de hacia delante, y yo le tomé manía.

—¡Tú, desde luego, basta que te sople el viento para que te pongas hecha una bola! —le decía.

Jiazhen nunca me llevaba la contraria. Al oír esas palabras tan denigrantes, hacía de tripas corazón y se limitaba a contestar con dulzura:

—Pues el viento no fue.

A partir de cuando me puse a jugar, en cambio, sí que quise de verdad honrar a los antepasados recuperando ese centenar de mu que mi padre había perdido. Un día de ésos, mi padre me preguntó qué demonios hacía yo vagueando en la ciudad.

—Ya no hago el vago, me dedico a los negocios —le dije.

—¿Qué negocios?

Al oír mi respuesta, se puso hecho un basilisco. De joven, él también había contestado lo mismo a mi abuelo, y sabía que yo jugaba. Se quitó uno de sus zapatos de tela y se puso a pegarme. Yo iba apartándome y esquivándolo, creyendo que serían unos cuantos golpes y ya está. Pero ese padre mío, que no tenía fuerzas más que para toser, cuanto más pegaba más se ensañaba. Además, ¡ni que yo fuera una mosca, para que anduviera él arreándome zapatazos!

—¡Padre, para de una puñetera vez! —le dije agarrándole la mano—.

¡Di tú que te lo consiento porque me trajiste al mundo, que si no...! ¡Que pares de una puñetera vez!

Lo tenía agarrado por la derecha, pero él se quitó el otro zapato con la izquierda, con intención de seguir pegándome. Le agarré también la izquierda, así ya no podía hacer nada. Estuvo un buen rato temblando de rabia antes de gritarme:

—¡Bastardo!

—¡Vete a la mierda!

Lo empujé con las dos manos, y él dio un traspié y cayó de culo en un rincón.

De joven, lo que es comer, beber, ir de putas, jugar, todo lo que hace un sinvergüenza, lo hice. El burdel adónde iba más a menudo tenía un nombre simple: La Casa Verde[5]. Había allí una puta regordeta que me gustaba mucho. Cuando andaba, sus nalgas parecían los dos faroles que se balanceaban colgados a la entrada. Cuando estaba en la cama dale que te pego, yo, que estaba encima de ella, tenía la impresión de estar tumbado en un barco que fuera meciéndose, meciéndose, en las aguas de un río.

Muchas veces le pedía que me llevara a cuestas de paseo, y así íbamos por la calle, yo montado encima de ella como a lomos de un corcel.

Mi suegro, el señor Chen, tratante de arroces, estaba detrás del mostrador de su tienda, con su túnica de seda negra. Cada vez que pasábamos por delante, yo frenaba a la puta tirándole del pelo, me quitaba el sombrero y le presentaba mis respetos a mi suegro.

—¿Qué tal se encuentra últimamente?

A mi suegro se le quedaba cara de huevo de mil años, [6] y yo seguía mi camino muerto de risa. Más tarde, mi padre me contó que varias veces mi suegro había enfermado del coraje que yo le provocaba.

—¡Venga ya! Si tú, que eres mi padre, nunca te has cabreado como para caer enfermo, ¿por qué demonios voy a tener yo la culpa cada vez que a él le da un patatús?

Mi suegro me temía, y yo lo sabía. Cuando pasaba por delante de la tienda montado en la puta, él, veloz como una rata, se escabullía en la trastienda. No se atrevía a recibirme. Pero un yerno, cuando pasa por delante de la tienda de su suegro, alguna muestra de cortesía tiene que tener, ¿no?, ¡qué menos! Así que lo saludaba a voz en grito mientras él huía.

La vez más espectacular fue después de la rendición de los retacos japoneses, cuando el ejército nacional estaba a punto de entrar en la ciudad recuperando el territorio perdido.

Ese día había una animación de las de verdad. Las aceras estaban abarrotadas de gente con banderines de colores; en todas las tiendas ondeaba la bandera con el sol blanco sobre fondo azul cielo; mi suegro, además, había colgado en la fachada de la suya un retrato de Chiang Kai—

shek tan grande como la puerta doble, y sus tres empleados estaban firmes debajo del bolsillo izquierdo de Chiang.

Ese día me había pasado toda la noche jugando en La Casa Verde.

Tenía la cabeza espesa y pesada, como si fuera un saco de arroz colocado sobre mis hombros. Pensé que llevaba algo más de quince días sin volver a casa y que la ropa me olía a agrio, así que saqué de la cama a la puta gorda y le dije que me llevara a casa. Mandé que nos siguiera un palanquín que la llevara de vuelta al burdel una vez que me dejara en mi casa.

La puta iba refunfuñando mientras me llevaba a cuestas hacia la puerta de la ciudad. Decía algo así como que ni al dios del trueno se le ocurría despertar a la gente que duerme; que ella acababa de quedarse dormida cuando yo la desperté; y que yo era un desalmado. Le metí un yuan de plata por el escote, y eso le cerró el pico. Nos acercábamos a la puerta de la ciudad cuando vi toda esa gente a cada lado de la calle, y de repente recobré toda mi energía.

Mi suegro era el presidente del gremio de comerciantes de la ciudad.

Lo vi desde muy lejos, dando órdenes en medio de la calle.

—¡Firmes! —gritaba—. ¡Firmes! ¡En cuanto llegue el ejército nacional, todos a aplaudir y a jalear!

—¡Por ahí viene, por ahí viene! —gritó alguien riendo, al verme llegar.

Mi suegro creyó que el que venía era el ejército nacional y se hizo a un lado inmediatamente. Yo presionaba con las piernas los costados de la puta, como se azuza un caballo.

—¡Corre, corre! —le decía.

En medio de las risotadas de la multitud que había en las aceras, la puta, jadeando y conmigo a cuestas, se echó a trotar.

—¡De noche me aplastas y de día me montas! —renegaba ella—.

¡Eres un desalmado! ¡Tú lo que quieres es matarme!

Yo, con una sonrisa de oreja a oreja, iba distribuyendo saludos y reverencias a diestro y siniestro. Y cuando llegamos a la altura de mi suegro, frené a la puta con un tirón de pelo.

—¡So, so!

Ella pegó un grito y se paró.

—Mi señor suegro, vuestro yerno os desea los buenos días.

Esa vez sí que dejé a mi suegro en el más completo de los ridículos.

Se quedó allí pasmado, con los labios temblando.

—Venerable pariente, márchese —dijo por fin al cabo de un rato, con una voz cavernosa que ni siquiera parecía la suya.

Por supuesto, mi mujer Jiazhen estaba al corriente de esas correrías mías por la ciudad. Jiazhen era una buena mujer. Haber tenido en esta vida la suerte de casarme con una mujer tan sensata y virtuosa debe de ser una compensación por haber sido un perro en la anterior y habérmela pasado ladrando. Conmigo, siempre ponía a mal tiempo buena cara. Cuando yo andaba por ahí haciendo el ganso, ella sufría por dentro, pero nunca me reprochó nada, igual que mi madre.

Realmente, mis juergas en la ciudad fueron un poco excesivas.

Jiazhen, como es natural, vivía con el corazón en un puño, tan angustiada que no podía quedarse con los brazos cruzados. Un día, yo había vuelto de la ciudad y acababa de sentarme. Jiazhen vino, toda risueña, trayendo una bandeja con cuatro platos que colocó delante de mí, y me llenó un vaso de vino. Luego se sentó a mi lado por si necesitaba algo más. Su sonrisa radiante me extrañó, me preguntaba qué podía haber pasado que le diera esa alegría, me rompí la cabeza tratando de ver si había algo que celebrar.

Se lo pregunté, pero ella no contestó; se limitó a mirarme con su sonrisa radiante.

Los cuatro platos eran de verdura, y Jiazhen los había preparado cada uno de una manera distinta. En cambio, todos tenían en el fondo un trozo de carne de cerdo de igual tamaño. Al principio, no le di importancia. Pero al llegar al último cuenco, vi que debajo de la verdura también había un trozo de carne de cerdo. Primero me quedé parado, pero luego me eché a reír. Me di cuenta de lo que quería decir Jiazhen. Me estaba indicando: las mujeres pueden parecer diferentes de cintura para arriba, pero de cintura para abajo son iguales.

—Eso ya lo sabía —le dije.

Lo sabía, sí, pero con todo y eso, cuando veía a una mujer que parecía diferente de cintura para arriba, seguía pensando que lo era de cintura para abajo, no tenía remedio.

Jiazhen era así. Si estaba descontenta conmigo, nunca lo mostraba; lo que hacía era llamarme la atención de manera indirecta y dando rodeos.

Pero yo no aprendía ni por las buenas ni por las malas. Ni los zapatazos de mi padre ni los platos de Jiazhen lograban detenerme: a mí, erre que erre, me seguía gustando ir a la ciudad y andar metido en burdeles. Mi madre era la única que sabía de verdad lo que tenemos los hombres en la cabeza.

—Los hombres son todos unos gatos golosos —le decía a Jiazhen.

Con esas palabras, mi madre no sólo me justificaba, también revelaba el pasado oscuro de mi padre. Él estaba en su silla; al oírlo, entornaba los ojos dejándolos como dos rendijillas, y se reía. De joven, él tampoco era nada formal. Sólo de viejo, cuando ya no le daba el cuerpo para andar follando, sentó cabeza.

La Casa Verde también era donde yo jugaba, casi siempre al mah—

jong, al paijiu[7] o a los dados. Cada vez que jugaba perdía y, cuanto más perdía, más deseaba recuperar los más de cien mu de tierra que había dilapidado mi padre de joven. Al principio, cuando perdía, pagaba al contado. Cuando dejé de tener dinero, iba a robar las joyas de mi madre o de Jiazhen. Hasta llegué a robar la gargantilla de oro de mi hija. Luego ya pasé directamente a pagar a crédito. Mis acreedores conocían la situación económica de mi familia, de modo que me fiaban. Y a partir de entonces ya no supe ni cuánto perdía. Tampoco me lo decían los acreedores: cada día que pasaba iban contando para sus adentros los cien mu de tierra de mi familia.

Hasta después de la Liberación no supe que los ganadores habían amañado las partidas. Con razón perdía yo siempre: habían ido cavando una trampa para hacerme caer en ella.

En esa época, había en La Casa Verde un tal señor Shen, de casi sesenta años. Tenía los ojos más relucientes que los de un gato. Vestía una túnica de algodón azul, y andaba más tieso que un pincel. Normalmente estaba sentado en un rincón, con los ojos cerrados, como echando una cabezada. Sólo cuando las apuestas iban creciendo en la mesa de juego, el señor Shen carraspeaba, se acercaba despacito, elegía un sitio para mirar la partida y, cuando llevaba un rato mirando, curiosamente, alguien se levantaba y le cedía el sitio.

—Señor Shen, siéntese aquí.

El señor Shen se remangaba la túnica y se sentaba.

—Sigan, por favor —decía a los otros tres jugadores.

En La Casa Verde nunca se había visto al señor Shen perder. Cuando mezclaba las fichas con esas manos de venas azules e hinchadas, sólo se oía el ruido — cshh, cshh—, pero las fichas iban aumentando o disminuyendo, apareciendo y desapareciendo bajo sus manos. Hasta me dolían los ojos al mirarlo.

—Un jugador depende por completo de sus ojos y sus manos —me dijo un día, bebido—. Tiene que entrenar los ojos hasta que se vuelvan penetrantes como garras, y las manos hasta que se vuelvan escurridizas como anguilas.

El año en que se rindieron los retacos japoneses, llegó Long Er. Long Er tenía una mezcla de acentos del norte y del sur. Nada más oír su pronunciación te dabas cuenta de que era un tipo complicado. Había estado en muchas partes y había visto a gente de todo el mundo. No vestía túnica, llevaba un traje de seda blanca. Con él venían otros dos, que le llevaban dos grandes maletas de mimbre.

Las partidas entre el señor Shen y Long Er eran realmente apasionantes. El salón de juego de La Casa Verde estaba abarrotado.

Jugaban el señor Shen y ellos tres. Long Er tenía detrás un camarero que le sostenía una bandeja de toallitas secas. De vez en cuando, Long escogía una y se limpiaba las manos. No se las limpiaba con toallitas húmedas, a todos nos extrañó. Y lo hacía como si acabara de comer.

Al principio, Long Er perdía siempre, pero no parecía importarle en absoluto. En cambio, los dos hombres que había traído con él no podían disimular su disgusto: uno no paraba de renegar y refunfuñar; el otro, de lamentarse y de suspirar. En cuanto al señor Shen, a pesar de que llevaba todo el rato ganando, no se le veía la menor expresión de triunfo. Fruncía el ceño igual que si hubiera perdido mucho dinero. Estaba cabizbajo, pero con los ojos clavados como chinchetas en las manos de Long Er. El señor Shen era ya mayor, llevaba media noche jugando, y empezó a costarle respirar y a sudarle la frente.

—Vamos a jugar la definitiva —dijo.

—De acuerdo —contestó Long Er tras alcanzar una toallita y limpiarse las manos.

Amontonaron el dinero sobre la mesa, ocupando casi todo el espacio; sólo quedaba un hueco en el centro. Cada uno recibió cinco cartas. Tras enseñar cuatro, a los compañeros de Long Er se les cayó el alma a los pies.

—Se acabó, hemos vuelto a perder —dijeron apartando las cartas.

—No habéis perdido, habéis ganado —se apresuró a decir Long Er mientras enseñaba la carta que le quedaba.

Era un as de picas.

Nada más verlo, sus compañeros se pusieron a reír. En realidad, la última carta del señor Shen también era un as de picas. Llevaba tres ases y dos reyes; y uno de los compañeros de Long Er, tres reinas y dos sotas.

Pero Long Er había sido el primero en enseñar el as de picas. El señor Shen se quedó de piedra, y así estuvo un buen rato antes de recoger sus cartas.

—He perdido —dijo.

Tanto el as de picas de Long Er como el del señor Shen habían salido de sus respectivas mangas. En una sola baraja no puede haber dos ases de picas. Pero como Long Er se le había adelantado, el señor Shen sabía que no le quedaba más remedio que reconocer su derrota. Era la primera vez que veíamos al señor Shen perder. Se apoyó en la mesa para levantarse, saludó a Long Er y los otros dos, dio media vuelta y fue hacia la salida.

—Estoy viejo —dijo sonriendo al llegar a la puerta.

A partir de entonces, nadie volvió a ver al señor Shen. Dicen que ese mismo día, al amanecer, tomó un palanquín y se fue.

Al irse el señor Shen, Long Er se convirtió en el gran maestro fullero del lugar. Era diferente del señor Shen. El señor Shen sólo ganaba, nunca perdía. En cambio, Long Er solía perder cuando las apuestas eran bajas, pero no perdía una sola partida si las apuestas eran altas. Yo jugué muchas veces, allí en La Casa Verde, con Long Er y sus hombres. Unas veces gané y otras perdí, de modo que yo no tenía la impresión de haber perdido tanto.

En realidad, cuando ganaba yo, siempre era poco dinero. Y cuando perdía era mucho. Vivía engañado, creyendo que estaba a punto de honrar a mis antepasados.

La última vez que jugué, se presentó Jiazhen. Estaba cayendo la tarde; me lo dijo Jiazhen mucho después, porque yo en ese momento no tenía ni idea de si era de día o de noche. Jiazhen, con su barrigota, había encontrado La Casa Verde. Mi hijo Youqing, en su vientre, tendría siete u ocho meses.

Cuando me encontró, se arrodilló ante mí sin decir ni mu. Al principio, ni me di cuenta. Ese día estaba teniendo mucha suerte. De diez tiradas, ocho o nueve salía el número que yo quería. Long Er, sentado delante de mí, al ver el número se echó a reír.

—Hermano, he vuelto a perder.

Desde que Long Er había ganado al señor Shen, ya nadie en La Casa Verde se atrevía a jugar con él a las cartas. Yo tampoco. Él y yo sólo jugábamos a los dados. Lo malo es que a Long Er también se le daban muy

bien los dados. Ganaba mucho más que perdía. Pero ese día lo tenía yo en mis manos, él no había parado de perder. Long Er tenía un cigarrillo entre los labios y entornaba los ojos haciendo como si tal cosa. Incluso se reía cada vez que perdía. Pero luego, cuando empujaba hacia mí el dinero, con esos brazos esmirriados que tenía, lo hacía de muy mala gana. Yo pensaba:

«Long Er, alguna vez tenías que sufrir.» Todo el mundo es igual, cuando alargan la mano para vaciar los bolsillos a los demás, todo es alegría y sonrisas. Pero cuando les toca a ellos soltar los cuartos, no falla: cara de entierro.

Estaba yo de lo más contento, cuando alguien me tiró suavemente de la ropa. Bajé la mirada, y era mi mujer. Al verla allí de rodillas, me puse hecho un basilisco, pensando que mi hijo se había arrodillado sin haber nacido siquiera. Me pareció de muy mal agüero.

—¡Levántate, levántate! ¡Levántate de una puta vez! —le dije.

Jiazhen me obedeció, ya ves, y se puso inmediatamente de pie.

—¿A qué has venido? —le dije—. ¡Vuelve a casa ahora mismo!

Luego dejé de hacerle caso para observar a Long Er, que agitaba los dados con las dos manos pegadas, como si estuviera venerando a Buda.

Apenas los lanzó, se quedó desencajado.

—Si es que tocar el culo a las mujeres trae mala suerte —dijo.

—Pues vaya a lavarse las manos, Long Er —le dije al ver que yo había vuelto a ganar.

—Lávese usted la boca antes de hablar —respondió riendo.

Jiazhen volvió a tirarme de la ropa. La miré, y se había arrodillado de nuevo.

—Vuelve conmigo a casa —dijo con un hilo de voz.

¿Volver yo con la mujer a casa? ¿Acaso Jiazhen no me estaba dejando en ridículo a propósito? Me subió el cabreo de repente. Miré a Long Er y sus hombres, ellos me miraban a mí riéndose.

—¡Lárgate ahora mismo! —grité a Jiazhen.

—Vuelve conmigo a casa —insistió ella.

Le di dos bofetadas. La cabeza de Jiazhen se bamboleó como un tentetieso. A pesar de los golpes, ahí siguió ella, arrodillada.

—Si no vuelves conmigo a casa, no me levanto.

Cuando lo pienso ahora, se me encoge el corazón. Yo de joven era un cabronazo hijo de puta. Una mujer tan buena, y yo le pegué y le di patadas.

Pero aun así, ella siguió arrodillada. Le pegué tanto que hasta yo mismo me aburrí. Se le había soltado el pelo y se había tapado la cara anegada en llanto. Entonces cogí un puñado del dinero que había ganado, se lo di a dos de los hombres que estaban mirando a cambio de que la arrastraran hasta fuera.

—Cuanto más lejos, mejor —les dije.

Cuando se la llevaron a rastras, Jiazhen iba protegiéndose con las manos el vientre abultado. Allí dentro iba mi hijo. La echaron a la calle sin que lanzara un grito ni un chillido. Cuando la dejaron allí tirada, ella se puso en pie apoyándose en la pared. Para entonces ya había oscurecido por completo, y ella emprendió sola el camino de vuelta, poco a poco. Tiempo después le pregunté si en ese momento había llegado a odiarme a muerte.

—No —respondió moviendo la cabeza.

Mi mujer se fue, enjugándose las lágrimas, hasta la entrada a la tienda de cereales de su familia, y allí se quedó un buen rato. Veía la silueta de la cabeza de su padre proyectada en la pared por la luz de la lámpara de aceite. Sabía que el hombre estaba comprobando las cuentas. Se quedó allí un momento, sollozando, y se fue.

Esa noche, Jiazhen anduvo más de diez li[8] en las tinieblas hasta casa. Ella sola, una mujer, y además embarazada de siete meses de Youqing, por un camino plagado de perros ladrando, de baches y charcos, después del aguacero que había caído.

Años atrás, Jiazhen todavía era una estudiante. En aquella época había escuela nocturna en la ciudad, y allí iba ella, con vestido manchú[9] de color blanco y una lámpara de petróleo en la mano. Iba con unas compañeras suyas. Al doblar una esquina, la vi acercarse, cimbreándose; los tacones repiqueteaban en el pavimento de piedra, clic clac, clic clac, como gotas de lluvia. Me quedé mirándola fijamente. En aquella época, Jiazhen era preciosa, con el pelo bien peinado, recogido detrás de las orejas, y el vestido que le iba haciendo arruguitas en la cintura al andar. En ese momento, pensé: «Quiero que sea mi mujer.»

Cuando Jiazhen y sus amigas se alejaron riendo y cuchicheando, pregunté a un zapatero remendón sentado en la acera:

—¿De quién es esa chica?

—Es la noble hija de los Chen, los de la tienda de arroces —contestó el zapatero.

Nada más llegar a mi casa, fui a ver a mi madre.

—Corre a buscar a una casamentera, que quiero tomar por esposa a la hija de Chen, el dueño del negocio de cereales.

A partir del momento en que echaron a Jiazhen esa noche, empecé a tener mala suerte. Perdí varias manos seguidas. Ante mis ojos, la montañita de dinero que había acumulado encima de la mesa se quedó en menos que un charco de lavazas. Long Er no paraba de reírse, se le iba a deshacer la cara de tanta risa. Estuve jugando hasta el amanecer, la cabeza me daba vueltas y la vista se me nublaba; del estómago me subía un aliento apestoso. En la última partida aposté la cantidad más alta que me había jugado nunca. Me escupí en las manos para frotármelas pensando que toda la suerte del mundo se concentraba en esa tirada. Justo cuando iba a coger los dados, Long Er alzó la mano para detenerme.

—Un momento —dijo—. Traiga una toalla caliente para el señor Xu

—ordenó haciendo señas a un camarero.

A esas horas, todos los observadores de la partida se habían ido a dormir y sólo quedábamos los jugadores, los otros dos eran los hombres de Long Er. Más tarde me enteré de que Long Er había sobornado a ese camarero. Me trajo la toalla caliente y, mientras me frotaba la cara con ella, Long Er aprovechó para cambiar a escondidas los dados. Los que sacó estaban trucados. Yo no me di cuenta de nada. Cuando acabé de frotarme la cara, tiré la toalla a la bandeja, cogí los dados y los sacudí como si me fuera la vida en ello. Lancé: la cosa no iba mal, había sacado una puntuación bastante alta.

Cuando le tocó el turno a Long Er, puso sus dados en siete. El puñetero levantó las manos y dio una fuerte palmada gritando:

—¡Siete!

En esos dados había hecho un agujero y había metido mercurio.

Cuando Long Er dio la palmada, el mercurio cayó al fondo, así que, cuando los lanzó, de repente pesaban; rodaron un poco y se pararon en el siete.

Cuando vi que había salido el siete, me zumbó la cabeza: esa vez había perdido en serio. Luego, pensé: «Al fin y al cabo, siempre puedo dejarlo a deber, ya tendré ocasión de volver a ganar», y desapareció la preocupación.

—Póngalo en mi cuenta —le dije, levantándome.

Long Er me hizo seña de que volviera a sentarme.

—Ya no puede dejar a deber nada más —dijo—. Ha perdido los cien mu. Si le hiciera crédito otra vez, ¿con qué me pagaría?

Al oírlo, interrumpí bruscamente mi bostezo.

—No es posible, no es posible —dije de un tirón.

Entonces Long Er y los otros dos acreedores sacaron el libro de cuentas y fueron sumando cada una de las cantidades. Long Er me dio unas palmadas en la cabeza, que había agachado para mirar.

—Joven señor, ¿lo ve? Todas llevan su firma.

Me di cuenta de que había empezado a deberles dinero seis meses atrás y que, en esos seis meses, había ido perdiendo todas las propiedades que me habían dejado mis antepasados.

—Dejen de contar —dije cuando llegaron a la mitad.

Volví a levantarme y, como un pollo apestado, salí de La Casa Verde.

Para entonces, ya era totalmente de día, y me quedé allí parado, en la calle, sin saber hacia dónde dirigirme.

—Buenos días, joven amo Xu —saludó a voces, al verme, un conocido que llevaba una cesta de tofu.

Su voz me sobresaltó del susto. Me quedé mirándolo, pasmado.

—¡Vaya pinta tiene! —dijo risueño—. ¡Está hecho polvo!

El hombre creía que me habían agotado esas mujerzuelas, no sabía que acababa de arruinarme y que me había quedado más pobre que un jornalero. Con una sonrisa amarga, miré cómo se alejaba. Pensé que sería mejor no quedarme allí parado y me puse en camino.

Cuando llegué cerca de la tienda de arroces de mi suegro, dos empleados estaban quitando el panel de la puerta. Al verme soltaron una risita creyendo que iba a pasar por delante saludando a gritos a mi suegro, pero ¿cómo iba yo a tener valor para eso? Todo encogido, pegado a las casas del otro lado, pasé como una exhalación. Oí a mi suegro toser en el interior y luego, ¡ptu!, lanzar un escupitajo al suelo.

Así, completamente aturdido, llegué a las puertas de la ciudad. Por unos instantes, olvidé que acababa de perder toda la fortuna de mi familia, iba con la cabeza vacía, como un avispero después de golpearlo. Pero al salir de la ciudad y ver ese camino que se alejaba en diagonal ante mis ojos, me entró miedo; me pregunté qué iba a hacer. Di unos pasos, pero no podía andar. No se veía un alma por ninguna parte, y pensé en ahorcarme con un cinturón y acabar de una vez. Así pensando, eché a andar de nuevo. Pasé

delante de un olmo, pero sólo le lancé una ojeada, sin ninguna intención de desabrocharme el cinturón. En realidad, no quería morir, sólo era una manera de desahogar mi furia conmigo mismo. Pensé que esa maldita deuda no moriría conmigo.

«Fuera. Ni hablar de suicidarse», me dije a mí mismo.

Esa deuda iba a tener que saldarla mi padre. Y al pensar en mi padre, el corazón me dio un vuelco. Esta vez, a ver si no iba a matarme a palos.

Así iba yo cavilando, y por muchas vueltas que le diera, no veía más salida que la muerte, así que, a fin de cuentas, para eso valía más volver a casa: si mi padre me mataba a palos, siempre sería mejor que acabar ahorcado como un perro vagabundo.

En ese poco rato, me quedé chupado, con los ojos hundidos, y yo ni me di cuenta. Cuando llegué a casa y me vio mi madre, lanzó un chillido del susto que se llevó.

—¿Eres Fugui? —me preguntó.

Asentí mirándola con una sonrisa forzada. Le oí decir algo más entre gritos y exclamaciones, pero dejé de hacerle caso. Empujé la puerta y fui a mi habitación. Jiazhen, que estaba peinándose, también se asustó al verme.

Se quedó mirándome boquiabierta. Al recordar cómo había ido la noche anterior a pedirme que volviera a casa, y yo le había dado golpes y patadas, caí de rodillas, ¡catapún! , a sus pies.

—Jiazhen —le dije—, estoy perdido.

Y rompí en sollozos. Jiazhen vino enseguida y trató de ayudarme a levantarme. Pero ¿cómo iba a poder conmigo, llevando dentro a Youqing?

Así que llamó a mi madre, y entre las dos me llevaron hasta la cama. Nada más tumbarme, empecé a echar espuma por la boca, como si me estuviera muriendo. ¡Menudo susto se llevaron, las pobres! Me dieron golpecitos en los hombros, me sacudieron la cabeza.

—He perdido toda nuestra fortuna —les dije apartándolas.

Al oírlo, mi madre se quedó atónita.

—¿Qué has dicho? —preguntó después de mirarme intensamente.

—Que he perdido toda nuestra fortuna —repetí.

Mi aspecto la convenció. Se cayó sentada al suelo.

—De tal palo, tal astilla —dijo enjugándose las lágrimas.

Incluso en un momento como ése, mi madre me quería. No me culpaba a mí, sino a mi padre.

Jiazhen también lloraba.

—Lo que importa ahora es que no vuelvas a jugar dijo mientras me masajeaba la espalda con los puños.

Lo había perdido absolutamente todo, aunque quisiera jugar no tenía ni qué apostar. Oí a mi padre protestar y refunfuñar allí en su habitación. El hombre todavía no sabía que era más pobre que las ratas, sólo le molestaban los sollozos de las dos mujeres. Al oírlo, mi madre dejó de llorar. Se puso en pie y salió, y Jiazhen con ella. Sabía que iban al cuarto de mi padre. Al poco rato, lo oí gritar:

—¡Bastardo!

En ese momento, mi hija Fengxia entró muy agitada y cerró la puerta.

—Padre, corre a esconderte, que el abuelo va a venir a pegarte —dijo con un hilo de voz.

Me quedé mirándola sin inmutarme, así que ella se acercó a tirarme de la mano y, al ver que no podía moverme, se echó a llorar. Verla así me partió el corazón. Tan pequeñita y ya era capaz de proteger a su padre. Sólo con mirarla sentí que merecía que me descuartizaran.

Oí a mi padre venir hecho una furia.

—¡Bastardo! ¡Te voy a hacer pedazos! ¡Te voy a capar! ¡Te voy a hacer picadillo, cabronazo hijo de puta!

Yo pensaba: «Pasa, padre, hazme picadillo.» Pero mi padre llegó hasta la puerta, se tambaleó y cayó al suelo inconsciente. Mi madre y Jiazhen, gritando, corrieron a levantarlo para llevarlo hasta su cama. Al cabo de un rato, oí a mi padre llorar con voz de oboe.

Una vez en cama, se pasó allí tres días. El primero, llorando como un desesperado. Luego dejó el llanto y empezó a lanzar suspiros. Uno tras otro llegaban a mi habitación.

—¡Es un castigo del cielo! ¡Un castigo del cielo!

El tercer día, mi padre empezó a recibir visitas en su cuarto, tosiendo ruidosamente y hablando todo el día en voz baja, de modo que no lo oía. Al anochecer, vino mi madre a decirme que me llamaba mi padre. Me levanté, pensando que esta vez sí que estaba perdido de verdad: mi padre llevaba tres días descansando y tenía fuerza para descuartizarme; como mínimo me daría una paliza hasta dejarme medio muerto. Iba yo pensando: «Por mucho que me pegue, no debo devolverle los golpes.» Al acercarme a la habitación de mi padre iba sin fuerza, con flojera en el cuerpo y las piernas

que parecían falsas. Entré en la habitación y me coloqué detrás de mi madre, espiando a mi padre a hurtadillas a ver qué pinta tenía allí tumbado.

Él me miró con los ojos desorbitados y los bigotes blancos temblando.

—Sal —le dijo a mi madre.

Mi madre se fue de mi lado. Cuando salió, sentí el corazón desfallecer, esperando que en cualquier momento mi padre saltara de la cama y se abalanzara sobre mí. Pero se quedó tumbado, sin moverse. El edredón que lo cubría resbaló y quedó arrastrando por el suelo.

—Fugui... —me llamó—. Siéntate —dijo dando palmadas en la cama.

El corazón me golpeaba en el pecho cuando fui a sentarme a su lado.

Puso su mano sobre la mía. La tenía fría como el hielo, y ese frío me atravesó el corazón.

—Fugui, las deudas del juego no dejan de ser deudas. Y desde siempre, las deudas hay que saldarlas. He hipotecado los más de cien mu de tierra y esta casa. Mañana me traerán el dinero en monedas de cobre. Yo ya soy viejo, no podré con esa carga, así que ve tú mismo a llevar el dinero y saldar la deuda.

Al acabar, lanzó un largo suspiro. Al oír sus palabras, se me llenaron los ojos de lágrimas. Sabía que no iba a luchar conmigo a muerte, pero lo que dijo fue tan doloroso como si me hubiera cortado el cuello con un cuchillo mal afilado, sin decapitarme del todo; me dejó más muerto que vivo.

—Ve a dormir, anda —dijo mi padre dándome palmadas en la mano.

Al día siguiente, al amanecer, acababa de levantarme cuando vi a cuatro hombres entrar en el patio de casa. En cabeza iba un ricachón vestido de seda. Se volvió hacia los tres porteadores vestidos de algodón basto.

—Dejadlo en el suelo —dijo con una seña de la mano.

Los porteadores depositaron sus cargas en el suelo y se secaron el sudor con el bajo de la camisa.

—Señor Xu —dijo a voces, dirigiéndose a mi padre aunque mirándome a mí—, ya está aquí lo que pidió.

Mi padre salió, sin parar de toser, con los títulos de propiedad de las tierras y la casa, y se los entregó.

—Gracias por haberse tomado la molestia de venir hasta aquí —dijo con una reverencia.

—Aquí está todo, puede contarlo —le dijo el hombre señalando los canastos de las tres palancas, que contenían las monedas de cobre.

Mi padre no se daba aires de ricachón.

—No, no es necesario —dijo, sencillo y respetuoso como un pobre—.

Pase y tómese un té.

—No, gracias —dijo el hombre—. Éste debe de ser el joven amo,

¿no? —preguntó a mi padre mirándome.

Mi padre asintió.

—Cuando vayas a entregar esto —me dijo con una risita—, cúbrelo con hojas de calabaza, no sea que te lo roben.

A partir de ese día, recorrí los más de diez li que había hasta la ciudad acarreando con palanca el dinero para saldar la deuda. Las hojas de calabaza que lo cubrían las habían arrancado mi madre y Jiazhen. Cuando las vio Fengxia, ella también quiso participar y eligió las dos más grandes para ponerlas sobre los canastos. Cuando levanté la palanca con el hombro, disponiéndome a salir, Fengxia no sabía que yo iba a saldar una deuda.

—Padre —me dijo levantando su carita—, ¿vas a estar otra vez muchos días lejos de casa?

Al oírla me cosquilleó la nariz y faltó poco para que se me saltaran las lágrimas. Me apresuré a salir con mi carga hacia la ciudad.

—¡Ya está aquí el joven amo Xu! —me saludó muy cariñoso Long Er al verme llegar con la palanca.

Dejé la carga delante de él.

—¿No se está mortificando demasiado? —preguntó apartando las hojas de calabaza—. Habría sido mucho más fácil traerlo en yuanes de plata.

Cuando le llevé la última tanda de monedas de cobre, dejó de llamarme «joven amo».

—Fugui, déjalo ahí —me dijo señalándome el suelo con la barbilla.

En cambio, el otro acreedor fue algo más amable.

—Fugui, ve a tomarte un té —me dijo dándome unas palmadas en el hombro.

—Eso, eso, que se tome un té, invito yo —se apresuró a decir Long Er al oírlo.

Dije que no, pensando que sería mejor volver a casa. En sólo un día, mi chaqueta de seda se había desgastado hasta romperse y me sangraba el

hombro. Me fui solo hacia casa, andando y llorando, llorando y andando.

Pensé que sólo por cargar con monedas todo un día me había quedado para el arrastre y me pregunté cuántos antepasados míos se habían dejado la salud para ganar ese dinero. En ese momento supe por qué mi padre había pedido monedas de cobre y no yuanes de plata, para que me diera cuenta de eso, para que me diera cuenta de lo dificilísimo que es ganar dinero. Al pensarlo no pude seguir andando. Me puse en cuclillas al borde del camino y me eché a llorar hasta que se me quedaron crispados los músculos de la cintura.

Seguir: parte 2 de 7