Volver a cuándo
Parte I
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Lo que pasa es que tu hija no quiere hablar con vos y punto, chica, le dijo por último Graciela, ya sin ganas, sin anestesias y sin vergüenzas, siendo que minutos antes la excusa había sido que la niña no venía porque estaba jugando en la computadora, y era mentira porque antes ya había dicho que no había luz y antes de esa mentira ya le había dicho otra y era que la niña se había metido a bañar porque, adivina, estaba saliendo agua por la regadera, una improbabilidad gigantesca porque era lunes y los lunes no llegaba el agua, la verdad, hacía ya dos meses que ningún día llegaba el agua y seis meses que la regadera no sabía lo que era una gota y, acabadas las disculpas, Graciela se despepitó en sinceridades, es que Elisa está rebelde y si no quiere hablar con vos tampoco la voy a obligar, y ella insistió en que la niña tenía que tomar el teléfono, yo soy su madre y ella no se manda sola, y Graciela rebatió con un desgano tajante, ya te arreglaréis vos con ella después, yo ya no sé qué más decirle porque ella dice que las madres no abandonan a las hijas y qué hago yo si eso es verdad, y en esa retahíla estaban cuando, del lado de acá del teléfono, en esa esquinita de Brasil llamada Pacaraima, empezó a oler a chamuscado y Nina oyó gritos, ¡coño, nos están quemando! ¡Nos están quemando!, y vio de lejos a la gente espantándole el fuego a la carpa Coleman, que durante los últimos dos días había sido su habitación, su casa, su hotel, y ahora estaba comenzando a parecer una hornilla, ya te llamo, mami, y corrió, abriéndose espacio entre el desespero de gente que juntaba los pocos bojotes crepitantes a los que se resumían sus equipajes y sus existencias de los próximos días o meses o años.
Chama, yo me voy de esta vaina, yo no me quedo donde no me quieren, le dijo una muchacha de Valencia, vecina de carpa, mientras se juntaba a la estampida que cruzaba la frontera de vuelta para Venezuela, donde el infierno era infierno, pero era propio, constitucionalmente adjudicado, donde se tenía el derecho a la queja, aunque anduviera escaso últimamente, entre tantos peros de tufillo militar que le ponían al
pobre. Nina quiso convencerla de que el incendio era solo un traspiés y que todos esos cientos de personas que los habían ayudado contaban mucho más que los cinco malaleche malparidos sinamor que habían quemado un campamento entero lleno de niños y adolescentes en espera de refugio. Quiso pero no quiso demasiado, porque no pensaba cargar con el peso de convencerla de una aventura que ya comenzaba en tragedia, ella había visto el odio en esos ojos, isso aqui não é Venezuela, porra!, ella había escuchado y entendido porque el odio, taca fogo, taca fogo em tudo!, no necesita traducciones, vão embora, seus filhos da puta!, el odio de esos que decían defender la ciudad de una horda de delincuentes, después de que uno o dos hijos de puta malandros, cuándo no, uno o dos de los miles que estaban ahí, hicieran alguna mierda que todavía nadie, ni siquiera una buena parte de los atacantes o de los que los apoyaban, sabía bien qué mierda había sido; ella había visto sus ojos, eran tan, tan poquitos si los comparaba con los otros que les llevaban agua y un lanchinho y cobijas, pero sus voces estaban tan repletas de saña y de miedo vuelto saña, parecían tan orgullosos grabando con sus celulares aquel momento de hacer historia, gritaban tan alto en su oído, que solo le dijo, pues que le vaya bien, mamita, y se quedó ahí, con sus tesoros salvados del fuego a precio de derretir la suela de sus tenis de tanto pisar, pisar, pisar las llamas hasta que la mochila dejara de incendiarse.
Pasó lista en su equipaje-casa y vio que, a diferencia de las bolsas plásticas y los tres rollitos aplastados de papel sanitario, focos de las llamas, el resto de sus cosas parecía haber sobrevivido. Sus cotizas seguían siendo feas, pero estaban intactas. Los tres jeans, el único mono, las cinco franelas, los cinco pares de medias, los tres sostenes y el único vestido, su favorito, uno que la había visto bailar salsa en una cantidad grosera de noches, estaban oliendo a la maldad del querosén; apenas se salvaron sus quince pantaletas, que eran ese número multitudinario porque si algo no soportaba ella era andar con pantaletas sucias y por esa misma obsesión las había metido dentro de una bolsita Ziploc y no olían a nada. A la carpeta plástica donde tenía los ítems más trabajosos, caros y exclusivos, como el certificado de no antecedentes penales y la partida de nacimiento, se le habían derretido un poco las esquinas y ahora recuperarlos sería un parto con fórceps. Su bolsa de boy scout,
con linterna, navaja, yesquero, fósforos, cargador de celular y su combo de plato, vaso y cubiertos minúsculos, para comer poco, pero comer con dignidad, estaba tan perfecta como su neceser, al fondo de la mochila, donde jabones de baño y jabones azules, champú, toallas sanitarias, afeitadoras, algún maquillajito y hasta condones, por si acaso, habían salido ilesos. Verificó los bolsillos laterales y vio que ahí seguían, todavía sólidos pero a pocos grados de volverse una masa fundida de materiales, los lentes de sol que le había regalado Elisa algunos cumpleaños atrás, después de mucho ahorrar; su kit, psíquicamente indispensable para todo comedor de uñas, de cortacutícula y lima; un bolígrafo retráctil con su respectiva libretica de anotaciones importantes, como direcciones y números de teléfono, aunque ella memorizaba todo como si aún estuviera en los noventa; las llaves de una casa que, más por sentimentalismo que por lógica, Nina insistía en guardar entre esos objetos de terca necesidad: minucias sin las cuales se podía vivir, pero que la hacían sentir ella y no apenas una línea en una planilla de ACNUR.
Veía el humo, los focos aún prendidos, tan bonito y tan todopoderoso y resentido que era siempre el fuego, pensaba, nunca tan huérfana como en ese momento, aferrada a la letra de su padre, a la palabra hija que le colgaba del pecho eternizada en un amuleto de resina, pero pensó un poco mejor, vio un poco más ese paisaje humano devastado y se dejó sentir el temblor vivo que venía de su mano o de su pecho o de su dije, y la orfandad dio paso a la sospecha amable de aún contar con un abrazo protector, un filo hecho de muerte y de vida que había sido capaz de cortar el fuego antes de que la tocara, ese fuego que no solo destruía, sino que hacía que todo se volviera un mismo resto indistinto, desfigurado; todas las cosas, amadas o no, importantes o no, patriotas o no, acababan transformadas en un pedazo de carbón y tizne, y pensaba en cómo era posible que el desprecio tuviera el mismo olor que los terrenos quemados en Maracaibo, terrenos vacíos siempre rodeados de una cerca de bloques falla, porque nunca faltaba quien les robara bloques para construir una casita para que los suyos no tuvieran que aguantarse el olor a tantas basuras, aguadas o quemadas, que al final olían a la misma vaina, fueran basura de pobre o de rico o basura del restaurante chino o de la sede del PSUV o del baño de la Facultad de
Humanidades, basura era basura, pensaba Nina que, así como esos terrenos, Roraima estaba en llamas, pero Roraima no era basura y ellos no eran basura, ellos no eran basura, ellos no eran basura, y aun pensando eso, aun así, por unos segundos se dejó tomar por la odiosa idea de que el aire carbonizado y maloliente que estaba respirando no era más que la estela que ellos mismos traían consigo, como si hubiera una hedentina intrínseca en todo cuerpo sudado, hambriento, asustado, que llegaba sin ser invitado, como si prendiéndole fuego a ese campamento improvisado en las bocas de la frontera, quienes los querían fuera de ahí estuvieran quemando alguna podredumbre que ese hormiguero inverosímil del que ella formaba parte, ese gentío atabardillado que lloraba en español por comida y cobijo y ONU y Operação Acolhida, había traído consigo.
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A Raúl se le desdibujó el tiempo, como buena ruina que es. Si los días aún existen, él ya no los ve pasar. Persigue las noches, en busca de una oscuridad que nunca es completa. Historia al margen de la historia, vive un presente elástico, una dictadura del gerundio. Si no fuera por las noticias que le trae Vicente, su compañero de cuarto o de celda, como dirían algunos, ya habría perdido la cabeza, aunque no sabe si eso es posible: enloquecer es privilegio de los que tienen tiempo.
Sabe que continúa llamándose Raúl, aunque en la nueva prosodia ese nombre todavía le suene tan ajeno como las palabras ayer, mañana, después o antes, ahora que todo es un todavía, durante, mientras tanto.
A pesar de todo, no puede decir que desprecie ese nuevo lugar. Tiene la paciencia de quien sabe que debe hacer el esfuerzo de acostumbrarse a las nuevas leyes, a veces tan diferentes; a esos códigos morales nebulosos; a la condescendencia con que lo tratan mientras le recuerdan sus escasas posibilidades. Se siente perdido desde el segundo que afincó el pie en esa tierra extranjera que es la muerte, pero sabe que todos los viajes intempestivos y sin boleto de vuelta son así.
Y también está Vicente, que le pone una cara familiar a su nuevo mundo. El muchacho llegó una madrugada, empapado de sudor, tristeza y ron, con una bolsita plástica percudida como equipaje. No preguntó, no pidió, no se explicó. Forzó la puerta de la tumba y se acomodó en un rinconcito con tanta naturalidad que Raúl pensó que tal vez ese jovencito llamado Vicente Namías, como descubriría después al espiar la bolsa y verle unos veintiséis años sonrientes en el carné de la patria, era el dueño real de ese cuadrado de tierra en el cementerio. A lo mejor el intruso era Raúl, que había ido a parar ahí no sabía cuándo, porque fue después de haber perdido el tiempo.
Cuando Vicente se despertó, con la resaca y la luz del día doliéndole en los ojos, se asustó al ver a Raúl sentado, estudiándolo.
—Yo pensé que ya no había nadie aquí.
Y Raúl, a quien ya nadie miraba, fuera por no querer o por no poder,
miró y se dejó mirar, un vínculo que, por él carecer de tiempo y por Vicente tener experiencia con asombros, no pudo sino ser instantáneo.
—No te preocupéis. Esto es un lleva y trae. Te podéis quedar, aquí nos arreglamos.
Falto de todo, Raúl vislumbró en Vicente conversas, noticias, favores.
La posibilidad de un reloj.
—¿No me va a pedir nada a cambio?
Vicente tenía esa cara de gente buena que seguramente había tenido que hacer cosas de gente mala, un tipo de rostro que Raúl bien conocía.
Gente que, en vez de miedo, le daba lástima, porque la culpa les crecía en el entrecejo como una zanja delatora.
—Una conversaíta y estamos pagos.
—Barato.
Ahora que ya se acostumbraron el uno al otro, Vicente se ha vuelto un corresponsal de guerra borracho, pero metódico, que se mueve por la vida y trae noticias de los casi mil días que Raúl, aunque no los sienta pasar, se ha perdido por estar trancado en el ya. Vicente es un veterano del afuera, bonito y rústico como un caballo con miedo, a quien no le falta un plato de comida, porque con sus ojos magos e ingeniosos localiza carteras gorditas, conmueve a muchos y los seduce a todos.
Raúl era profesor jubilado de Castellano y Literatura en escuelas públicas y de 2003 a 2008 había dado clase en la Misión Robinson, donde Vicente había aprendido a leer y a escribir en una época menos sombría en la que trabajaba como mecánico y tenía un novio que se le fue porque no aguantó estarse siempre escondido, y así Vicente se quedó sin novio y sin trabajo, porque fue tanto el despecho que todo el mundo se enteró. Y mariquera y mecánica no combinan, le dijeron, andá vete pa una peluquería y no portéis más por aquí.
—Pero ya no me quiero acordar de eso, profe, mejor cuénteme de usted.
Vicente trata a Raúl con la reverencia sincera que solo los buenos maestros conocen. Raúl intenta explicarle que él perdió su tiempo, que memoria y sueño se le juntaron, que no logra descifrar esa muchedumbre vaporosa que lo circunda.
—Yo tengo los ayeres y los mañanas revueltos, todos aquí a mi alrededor.
—Debe ser la falta de costumbre. A mi abuela le pasó lo mismo cuando hizo el paso. Y eso que ella sabía mucho de este lado. Fue ella la que me enseñó.
—¿Vos no los veis? ¿No escucháis ese gentío?
Y su buen alumno Vicente responde que no.
Raúl quisiera saber cómo mostrar esa yuxtaposición insólita en la que está y la única imagen que encuentra es un laberinto hacinado, gente suya y ajena, sobrepoblación de bocas que le hablan sin que él pueda hacer nada, porque es tanto el ruido y son tantos los rostros llorosos, exigentes, preguntones, que se vuelven una masa informe, un zumbido grave que aumenta hasta ensordecerlo.
Hasta ahora, la solución ha sido atravesar el nudo de gente y permanecer en el blanco estático que hay detrás de él. Un vacío luminoso y callado donde queda a merced del mientras tanto.
—¿Profe, usted sabe cuando uno juega metras? Uno tiene que mirar bien fijo la metra porque si no, no le pega.
—Claro.
—Yo creo que a usted le hace falta una metra.
—¿Cómo así, queréis jugar en esta oscurana?
—No, no. Digo es pa sacarle el culo a ese gentío que lo carga atormentao.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Tiene que concentrarse en una persona, alguien a quien usted extrañe. Una metra, pues. ¿Usted tiene hijos?
Raúl no quiere hablar de esas otras criaturas asoladas. Aún tiene miedo de invocar la ruina que él mismo instaló en ellas, pero Vicente tiene sus talentos y cuando Raúl se da cuenta, ya está recuperando el pretérito y contándole de esas tres generaciones de mujeres que llevan su apellido, quejas en tres timbres que lo llaman y lo llaman, sin que él se atreva a responder, porque no hay respuesta posible para su ausencia.
—La metra, profe, mire fijo la metra.
Raúl se encoge en medio de la multitud, que lo hala sin tocarlo, como una danza forzada, imanes egoístas que exigen pedazos suyos desde todos los puntos cardinales. Él abre los ojos y solo ve una nube plúmbea, escandalosa, que le hace querer cerrarlos otra vez.
Pero ojos abiertos.
Ojos abiertos.
Ojos bien abiertos.
Y entre los sentidos un poco más dispuestos, se cuela una corriente de aire, como un vientico de tibieza soplado por una boca cómplice, una boca que sopla y sopla hasta que Raúl la encuentra. Nina. Siembra la mirada en ella y el gentío insiste en llamarlo, pero va perdiendo nitidez, textura, volumen. Los ojos de Nina son dos piedras de obsidiana y ella, un túnel de hecho de carencia. «Aquí, papi, aquí».
Nina.
Abrazada a su collar-amuleto, ella se apodera de sus ojos y el encuentro es tangible como ya nada parecía serlo para Raúl. Él la abraza y un paréntesis de tiempo y oportunidad se abre en su muerte. Cuánta falta, cuánta tristeza de existir sin estar juntos, pero ahora está ahí el instante, aconteciendo, imágenes tan vívidas que, más que recuperación del pasado, son un fuego que crece y chispea y chasquea en un nuevo movimiento, todos los sentidos encendidos al servicio de un tránsito original de vida. Un caos anacrónico, lo sabe, pero en sintonía sinfónica, como la propia Nina. Comienza a presentir que no hay nada definitivo en la ruina, que puede hacer obrar nuevos tiempos en su tiempo perdido.
La piel de su hija conserva una suavidad infantil, un olor a caramelo de fresa y a sudor recién nacido, sudor que va volviéndose río hirviente, calidez antes suave que asume una realidad grosera, ruda, de llamaradas violentas alrededor de ellos.
—¿Dónde te habéis metido, Nina?
Paredes de fuego que ya no son de amor ni de resurrección, sino de odio y rechazo en lengua extranjera, los circundan, y Raúl no sabe más que permanecer al alcance mientras Nina lo convoque.
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El plan era conseguir una carona hasta Boa Vista y de ahí hasta Manaus, a tiempo de usar el pasaje de avión que había comprado una pila de meses antes y que salía en dos días para Porto Alegre, donde la esperaba trabajo voluntario en un hostal a cambio de cama y dos comidas diarias.
Había tenido la idea leyendo un blog y se había dejado llevar por su talento singular para pensar exabruptos y convencer a todo el mundo y a sí misma de que eran, cuando no lo correcto, por lo menos lo inevitable. Estaba segura de que ese plazo tan encima serviría como impulso total para aguantar lo que viniera, pero bastó ese primer coñazo en el ánimo para entender que echarse para atrás no era bajo ningún concepto una actitud de cobardes. Nadie tenía cómo saber qué tanto de «lo que viniera» podía aguantar sin perder la cordura, la dignidad, la vida.
Rezó para que lo que estaba pasando en Pacaraima no estuviera ya rodando el mundo, como la violencia siempre lo hacía, noticias falsas viralizándose más que las reales, como si las veraces no fueran ya materia de tamaña perplejidad; no quería prenderles en la cabeza a su madre y a su hija la imagen de ella en ese pandemonio, que pensaran que, aun entre lenguas de fuego, no tenía saudades suficientes como para volver atrás como esos cientos, miles, que ya se perdían de vista, atravesando a las carreras el marco de la frontera Brasil-Venezuela, bolsos, hijos y terror en mano, azuzados por los aplausos de los que aún empuñaban las botellas con gasolina y los yesqueros. Desde la única sombra que había en los alrededores, aquella que cuando llegó ella adoptó como suya, debajo de una mata de mango aún zagaletona, ella tenía la visión del campamento arrasado, el estacionamiento del supermercado Bom Garoto, con sus buenas intenciones binacionales, sus murales con las banderas hermanas y su mapa tridimensional de un Brasil que tenía que ser mejor que ese Brasil de cinco pelagatos hostiles en busca de motivos para abrir sus jetas y vomitar prejuicios y cerrar sus puños y distribuir linchamientos; tenía que haber otro Brasil más
parecido al Brasil que su padre les había metido en el sueño a ella, a Elisa y a Graciela, que nunca quisieron soñar el sueño norteamericano porque el sur las imantaba a su suelo con una gravedad tan física como histórica; tenía que haber otro Brasil donde cupieran ella, sus mujeres y sus futuros, uno que empezaría en el momento en que ella se atreviera a pedir carona junto con los otros pocos que habían huido para el monte a esconderse mientras pasaba el aspaviento. La gente estaba como aturdida y esa no era forma de salir a buscarse la vida, o tal vez fuera la mejor y hasta la única forma, pero aturdida y todo, aunque ella decidiera pagar los treinta reais que costaba el pasaje en bus en vez de pedir cola, la fila ya zigzagueaba caótica, más grande que el terminalito de aquella pobre ciudad, que ya era pobre antes de que llegara esa caravana de desespero.
Caminó en dirección contraria a la frontera, huyéndole al tumulto.
En la distancia podía ver caminantes solitarios o en pequeños grupos, en el mismo plan que ella y con la gran ventaja de contar con ojos de niños tristes y naricitas sucias a disposición para conmover conductores, mientras lo único que ella tenía era una mochila medio chamuscada y una suela de tenis a la que se le había derretido toda la comodidad y ahora era fina, dispareja, dura como plástico, y aunque no llegaba a hacerla cojear, sí que le daba una cadencia ridícula a su caminar. Si Elisa estuviera con ella, tal vez sería más fácil, pero una Elisa capaz de dar lástima tendría que ser una niña con el sello del desprecio y la incertidumbre entre ceja y ceja, y entonces era mejor extrañar a Elisa, preocuparse por la rabia de Elisa y su renuncia a hablar con ella, que arrastrar a su hija de doce años a esos desamparos, de eso ella tenía certeza, no importaba que la terca de su madre no lo entendiera, con tal de que lo que aceptara, como lo había hecho. Desde que su padre murió, a su madre como que se le había olvidado qué era eso de ser madre, qué era ser abuela, como si de pronto nomás supiera ser viuda, y eso Nina lo entendía a la perfección, aun sin decir nada, porque sin su padre ella solo sabía ser huérfana, como huérfana debía estarse sintiendo Elisa, enlutada solita, con una madre mendigando ayudas tan lejos de casa, llorando al escuchar aquel quer carona, Nina?, dicho por la misma mujer que en los días anteriores le ofreció un sanduchito y un café y le explicó cómo sacarse los documentos, esa que ahora se sentía
tan mal que lloraba sin parar como si tuviera un grifo abierto adentro y tuvo que agarrar la Pick Up del marido y salir ofreciendo cola hasta donde le pidieran, a ver si compensaba aunque fuera un poquito el estrago de esa mañana espantosa. Dona Giulia, un milagro de gente cuyo nombre Nina nunca aprendería a pronunciar bien.
Convertida en un amasijo exhausto en el cajón de la camioneta, Nina intentaba dormir y era interrumpida por imágenes del fuego que la expulsaban del sueño, e intentaba despertarse y era adormecida por la monotonía de los retazos de un paisaje nuevo, pero nada muy diferente de las carreteras del llano en Venezuela, o de la Falcón-Zulia, los mismos camiones solitarios y motos sobrepobladas y carros viejos con idénticas y creativas soluciones mecánicas de discutible seguridad, los mismos autobuses de líneas de transporte con nombres hechos de acrósticos impronunciables y las mismas busetas, una palabra que se puede pronunciar sin dificultad alguna, pero era mejor irla sustituyendo por vans para no andar por ahí mentando chochos en portugués y provocando confusiones, no vaya a ser que te tomen por puta, dijo uno de los gemelos cuarentones, barquisimetanos, madridistas furiosos y exgorduchos como tantos de sus compatriotas, que estaban sentados a su lado con la aparente misión de no dejarle pegar un ojo entre movimientos bruscos, risas estrambóticas e incoherentes y su reserva de latas de atún que compartieron con dolor, pero de corazón, para ternura de la elocuente señora Soraya, comerciante, devota de La Milagrosa y de José Gregorio Hernández, madre de dos hijos que la esperaban en Toledo, en Paraná, no en España, aunque mucho le gustaría que fuera allá y en castellano, tan bonito su idioma para tener que cambiarlo después de ya ser abuela de cinco, Ender, Engerbeth, Edicson, Yonni y Yamilé, unos angelitos de Dios, todos medio orejoncitos como la familia de su marido, pero una belleza, ¿no es verdad?; los hijos son siempre una bendición, dijo en una ironía involuntaria frente a la sonrisa evangélicamente grata de una pareja de adolescentes al ver al hijito de ya casi tres años mamando de la gloriosa e inagotable teta que lo nutría, mientras a ellos les roncaban las tripas por lo menos dos veces por día desde que salieron de Anaco, donde nunca fueron chavistas, pero tampoco eran oposición porque a ellos la política no les tocaba y ella, Soraya, confesó con pena que había sido chavista, pero la Virgen le
había halado las orejas cuando se metió en la marramusia aquella del Consejo Comunal y para redimirse volvió a sus días de copeyana ahora primerojusticiera, y gracias a Dios se dio cuenta a tiempo de que finalizaron las cuatro horas de viaje y el centro de Boa Vista los recibió con una noche seca de comerciantes que recogían sus macundales, como si estuvieran viendo en reversa la escena de los buhoneros montando sus tenderetes en las madrugadas del Callejón de Los Pobres en Maracaibo.
Dona Giulia insistió en llevarla hasta el terminal y a Nina le dio pena, pero Gi no aceptaba un no por respuesta y fue el terminal y la fila del pasaje y el pastel frito y el jugo, y hasta la sentó en la poltrona y le reclinó el espaldar y le metió en el bolsillo un papelito con su número de teléfono y el número y la dirección de la Superintendência da Polícia Federal de Porto Alegre y de la Igreja da Pompéia, y de una amiga de ella que trabajaba en la Cruz Vermelha y que estaba en misión en Roraima, pero seguro tendría cómo ponerla en contacto con buenas personas, y le dijo por vigésima vez que perdonara a su pueblo por quemar su carpa y dio gracias al cielo por centésima vez, pues por lo menos no perdió su mochila, que ella sabía de los tesoros que Nina llevaba ahí dentro, Deus te abençoe, menina, y Nina apenas balbució un obrigado lloroso porque ella nunca supo pedir ni aceptar ayudas, y sin las Giulias que ese mundo de mierda o el cielo en el que ella no creía insistían en ponerle en el camino, ella estaría perdida.
Durmió un sueño que más pareció un desmayo, doce horas de un tirón y, moça, moça, chegamos, un hombre llamándola a la mañana de Manaus. A ese mismo hombre le preguntó la forma más barata de llegar al aeropuerto, y qué bueno para los recién llegados que en Brasil las líneas de autobuses tuvieran nombre y número y hubiera paradas fijas, pensaba Nina, recordando lo escoñetado y al mismo tiempo divertido, de una retorcida y masoquista manera, que podía ser el transporte público en Maracaibo, una ciudad de más de dos millones de habitantes donde la ley era la informalidad y la viveza y cómo pedir que la gente no fuera escandalosa u hostil, si hasta para agarrar un bus había que comprometerse en un combate cuerpo a cuerpo. Durante el camino, Nina fue curándose la sensación de pobrecita, muy ayudada por el hecho de haber conseguido cubrir el quemado de la mochila
amarrándole un jirón de tela encima, como si fuera una bufanda, y para cuando llegó al aeropuerto ya conseguía sentirse una persona casi normal, una viajante como cualquier otra, en quien el cansancio en el rostro no era sinónimo obligado de estar durmiendo en plazas, sino de un posible jet lag o un insomnio de motivos menos prosaicos; una viajante cuyo acento era bonito, hasta el momento de enseñar el pasaporte y verificarse como parte de la plaga. Aprovechó la conexión USB del asiento del avión para resucitar su teléfono, muerto hacía más de un día, y aunque no estuviera escuchando nada, los audífonos regalados del vuelo la protegieron de interacciones indeseadas. En la escala en Viracopos, las seis de la tarde la agarraron frente a la ciudad gris que aparecía por el ventanal mientras comía un pão de batata, llorando por la irresponsabilidad de haber pagado catorce gigantes reais por él y por saber, desde el segundo mordisco, que no sería suficiente para toda el hambre de su estómago que, desde el pastel del día anterior, solo había recibido la tacañería de las galleticas sin gracia y el café quemado del avión, que se repetirían en el siguiente tramo y la llevarían con acidez hasta Porto Alegre, donde un argentino grande y barbudo con cara de italiano llamado Giuseppe o Fabrizio, pero que en realidad solo tenía un octavo de Italia en sí y se llamaba Diego Benítez, la esperaba con un cartelito con su nombre al lado del logo del Hostel Cidade Azul, y ella, que siempre había querido llegar a algún lugar y ver su nombre en un cartelito de aquellos, se sintió bien augurada para comenzar su nueva vida, a pesar del frío acojonante que se le metió hasta por los ojos cuando la puerta se abrió.
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Hay gente que no siente dolor. Se queman, se cortan, se machucan sin enterarse. Después está ahí la sangre, el hematoma, la ampolla y la noticia. El día que vos te moriste, Raúl, lo único que yo sentí fue rabia de esa mentira que me rodeaba. Mis manos rezando encima de tu ataúd eran como una fotografía de mis manos rezando encima de tu ataúd. Mi llanto fue escaso, teórico, y las palabras salieron de mí como del guion de tantas novelas. Unas dos semanas después me llegó la noticia.
Entonces comencé a ver la sangre, el hematoma, la ampolla. Entonces no pude ver nada más que eso.
Esa demora me costó muy caro y ahora sois vos el que me hace esperar. Vos siempre me dijiste que no creyera en esas pendejadas de muertos y energías y astros, pero hay cosas que uno no decide. ¿Qué podía hacer yo? ¿Decirle a mi madre que no me hablara, que se quedara quietecita donde fuera que estuviera ahora? Y a mi tía Susana, que en vida nunca hubo quien la mandara a callar, ¿cómo hacerlo después de muerta?
Nina tampoco entiende de estas cosas. No la culpo, yo misma no creía en nada ni en nadie, hasta que, ya con más de cincuenta, gané esto que no sé si llamar talento o capacidad. Creo que siempre estuvo ahí, como una cierta disposición que necesitaba ser alimentada para poder ser verdad. Nina dijo que debía ir al psiquiatra, para ella todo se arregla siempre en un consultorio, es hipocondriaca para el cuerpo y para la mente también, y vos, como quien no quiere la cosa, recordaste los episodios neuróticos de mi abuela. Ahora que todos se han ido, solo mis muertos me hacen compañía. A veces me convenzo de que vos no te decidís a hablarme por no querer admitir que yo tenía razón. Pero la mayor parte del tiempo pienso, Raúl, que es posible que tengáis miedo de volver a estos destrozos que somos el país y yo.
El cementerio parece que quedara cada vez más lejos. Antes, en medio del caos de la ciudad llena, no había hendijas para ver las distancias reales, los caminos, el mapa; es como si siempre hubiésemos
estado manejando de noche y con las luces bajas y de repente barrieran las construcciones y nos dejaran en un camino desolado, dentro de un cacharro al que solo le funcionan las altas. Cuanto más vacíos nos quedamos, más grandes se vuelven las dimensiones de este espacio y las dificultades para recorrerlas. Tampoco importan ya los horarios, la ciudad ya no sabe de horas pico y, por más temprano que salga, la espera por un carrito, una buseta o, aunque sea, una chirrinchera, se ha vuelto tan larga que este sol agresivamente perpendicular siempre me calcina la mollera. Pero algo pasa, algo siempre pasa. Esta vez tuve la suerte de que fuera un por-puesto.
Las santamarías cerradas de tantos comercios pasan por la ventana como una película de posguerra, el viento caliente arrastra polvaredas antiguas y burlonas, óxidos, hollines, basuras. La universidad es lo que más me duele ver. Un despojo lleno de monte seco donde ya nadie abarrota mi oficina con dramas administrativos, Buenos días, Graciela,
¿está la profe Dunia?; Gracielita, aquí te traje un ponquecito, ¿será que podéis abrir el sistema y confirmarme estas notas?; Graciela, hoy no estoy para nadie, estudiante que venga, estudiante del que te deshacéis; y yo nunca me deshacía de ellos sin darles alguna respuesta, porque ser la mejor secretaría de la facultad no era una fama que se pudiera conquistar con desaires. Por muy ladilla que fuera ese hormiguero de estudiantes, no hay quien no sienta su falta cuando visita aquellos pasillos y ve que donde había miles hoy hay decenas. Un casi silencio que no consigo aguantar. Me deshice del compromiso absurdo de ir a hacer varios nadas, la matraca inútil de cumplir horario, con certificados médicos que atestan una depresión incapacitante que no es mía, sino de todos.
¿Cuántos decibeles ha perdido Maracaibo? Tanto que te molestaban los gritos y el tránsito desesperado, Raúl. Ahora el único escándalo son los escombros y vos no estáis para disfrutar conmigo este silencio, alivio amargo, que nos restó.
Hoy, cuando visité tu tumba, vi un muchacho durmiendo dentro. Lo saqué a escobazos y le grité todas las groserías que me sé. Después me arrepentí. Vos aquí con tremenda casa y va a saber Dios las historias que ese pobre tendrá para contar. Dejó dentro una botellita de agua y una bolsita de plástico con un ganchito de pelo, un carné de la patria y dos
mangos. Se llama Vicente José Namías Hernández. Prometo que, si lo veo otra vez, hablo con él. Por lo pronto, le voy a dejar ahí sus cositas.
¿Raúl? ¿Me estáis hablando? ¿Raúl? Tu voz no se decide a irse. La escucho rebotando por toda la casa. Un nivel de detalle y de realidad que me hace dudar de si Nina no tenía razón con aquello de buscarme un loquero. Te escucho llamándome. A veces siento que tu voz sale del dije de mi cadena, donde un Chelita, escrito por vos, parece que reverbera. Escucho el juego de béisbol y te oigo a vos festejando los jonrones y los ponches con tu furia melodramática. Escucho el carro llegando, la corneta que nadie toca como vos. Te escucho dándole la bendición a Elisa. Te escucho llamándome, Chelita, Chelita, respondiendo ¡La lucha sigue! siempre que alguien dice ¡Chávez vive!
en VTV. Pero no, Chávez no vive y, vos, Raúl, no te decidís a visitarme.
¿Por dónde andáis? ¿Desde dónde estáis viendo morir el Proceso? Dice Nina que tu muerte es la confirmación de la muerte de la Revolución.
Pero claro que no, vos tuviste la suerte de morir un poco antes que ella.
¿Abuela, compraste pan?, me pregunta Elisa y yo sinceramente no sé cuándo ni cómo llegué a casa. Me ausento de mí como si de un segundo para el siguiente, sin antesala, sin síntoma previo, alguien me robara piezas. Cuando vuelvo, nunca vuelvo yo, nunca me devuelven la pieza.
No, había mucha gente en la panadería. ¿Entonces qué vamos a cenar?
Algo debe haber, mirá en el gabinete. Abuela, no hay. No hay nada, nos volvimos nada. No tengo nada que ofrecerte, Elisa, ni dentro ni fuera del gabinete. Ya no sé ni cocinar, para cocinar hay que sentirse bien, porque si no, uno envenena la comida. La tristeza se pega como la gripe. Déjenme quietecita aquí, bien lejos de la cocina. No quería tener que cuidar a una nieta cuando lo único que quería hacer es cuidar mi luto, nutrirlo solo a él, sentirlo hasta el tuétano, dolerme como la perplejidad no me dejó dolerme los primeros días. Buscá en el gabinete, en la despensa, en la nevera, en el espejo, en la máquina de coser, en las gavetas del closet, en los libros del estante, Elisa, que algo habrá. Buscá bien y me dais un poquito de lo que sea que encontréis. Y fijate si no anda tu abuelo rondando entre una cosa y otra, que uno no sabe cómo le va a dar a Raúl por aparecerse.
Mi madre, por ejemplo, no se parece a ningún otro muertico. Es como si fuera una nube de voz. Su cuerpo es aún su cuerpo, pero, de
cerca, está hecho de migajas, como un avispero flotante, ruidoso. Una falsa discreción que siempre me toma por sorpresa, como todo en ella.
Ya mi tía avisa antes de visitar. Hojas de mango aparecen entre mis sábanas sin que jamás las pueda agarrar, luego siento un cosquilleo en el oído, como una de las hojas acariciándome, y después la veo, sentadita en una esquina de la cama. Mi hermano Augusto no viene tan seguido y la verdad creo que es mejor así. Él es un bulto de infancia con ojos de gente vieja que me hace sentir culpable. Cuando le pregunté por qué volvió como niño, respondió que fue en aquellas edades que él comenzó a morir y esa es una gaveta que yo no quiero abrir.
Ninguno de ellos me da noticias de Dios, ninguno me explica nada, asuntos de paraíso y de vida y muerte están fuera de la discusión.
Vienen con una vocación de comentaristas, de excursionistas de la memoria. La mayoría de las veces no quieren que hable. Todos han dicho que me toca escuchar. ¿Será que es eso, Raúl? ¿Será que tenéis miedo de hablar? Yo no te voy a preguntar nada, lo juro. ¿Sabéis que nunca hablé con Nina sobre tu muerte? Nunca se me metió en la cama para llorar juntas. Nunca gritó maldiciones conmigo. Nunca, ni cuando se lo pedí. Y de repente, un día, llegó con el dije. Recortó tus palabras y las volvió amuletos, uno para mí, uno para Elisa y uno para ella; criar amuletos, su forma de llorar. A Nina hay que ponerla contra la luz para verle las verdades. Y ella no se deja agarrar, es escurridiza como vos.
Ustedes siempre defendieron tanto sus misterios, siempre quisieron creer que ese era su mayor encanto, pero yo siempre he sabido que esa es su mayor fuente de sufrimiento. Vai, Raúl, vení, prometo no hacer ruido.
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La ausencia de una segunda venezolana con la que Diego contaba fue una sorpresa desagradable para Diego y para Nina, en dos días llegaba un grupo desde Bahía y habría mucho trabajo para ella, tal vez demasiado, él intentaría buscar a alguien más, pero así, de un día para otro, no se encontraban migrantes calificados; si no estaba de acuerdo con asumir el trabajo sabiendo que la carga podría ser mayor que la prevista, él no se ofendería y tampoco le pondría nota baja en el perfil de worldcoworkers, la plataforma de trabajo voluntario donde se habían conectado, pero decime vos, dijo Diego con su acento bonaerense intacto, decime si vas a poder o no, para ya ir resolviendo, y claro que puedo, respondió Nina, cuenta conmigo, faltaba menos, cómo no, y otras varias frases que todas querían decir lo mismo y cuyo subtexto era que le podía pedir que limpiara el piso con un cepillo de dientes que ella aceptaría con tal de tener una cama decente y no necesitar saltarse más comidas y poder quedarse con ese abriguito tan caliente que Diego había rescatado para ella de la caja de achados e perdidos.
Diego entendió el texto y el subtexto y agradeció la disposición de Nina para el trabajo, al tiempo que le hacía un recorrido por el lugar, lindo, lindo, lindo, decía Nina mientras tomaba fotos y se las enviaba a Elisa sin que Elisa las abriera y sin que hubiera respondido los últimos veinte mensajes que ella le había enviado, porque Elisa respondía cuando le daba la gana y siempre con monosílabos, con el emoticón antipático de cara de fastidio o con el triste. Diego contaba la historia del hostal, que se cruzaba con su sufrida historia personal de los tiempos recientes, pues toda aquella remodelación era un proyecto suyo con su exmujer y exsocia, que había sido la del invento y que había abandonado el invento y el marido cuando se acercaba la fecha de la inauguración. Un saldo de deudas y dolores que Diego insistía en contar como forma de apurar el proceso de estrechar lazos, contame vos cómo viniste a parar aquí, y Nina, que detestaba hablar de sí cuando
no se sentía en confianza, fue sorprendida por las ganas y hasta por una inédita necesidad de contarse a sí misma, tan mera estadística que había sido desde que salió de casa. Le habló del plan que tenía con su padre, Raúl, de hacer un viaje transuramericano que comenzaba en São Luis de Maranhão, bajaba por el nordeste entero, demorándose en Salvador y en Recife, un paso obligatorio por Río de Janeiro y São Paulo, una parada estratégica en Curitiba, luego terminar el trayecto brasileño en Porto Alegre, para ver si era verdad eso de que el sur era mucha pampa y poca samba, y de ahí Montevideo, Buenos Aires, Mar del Plata y bajar hasta Ushuaia, para luego bordear la cordillera y atravesar Chile y su línea recta, marearse en Bolivia, comer delicias baratas en Perú, conocer la cintura del mundo en Quito y llegar a Colombia, que era casi como llegar a casa, que estaba ahí mismito. Pero no es en eso que andás ahora,
¿no?, preguntó Diego, y Nina tuvo que cortar el desvío y mentir, haciendo de la economía la única imposibilidad para cumplir ese plan y no el hecho de que su padre hubiera muerto hacía ya dos años, coño, dos años, y como era tan difícil juntar el nombre de su padre, tan inmenso, a ese verbo imposible y mezquino, decidió en ese momento mantener a su padre vivo en su nueva existencia brasileña, y solo por ese poder empezaba a valer la pena tanta roncha. Tuvo que asumir que este viaje no era de aventura sino de desespero, aunque una cosa llevara a la otra, y que había en Venezuela una hija que casi no le hablaba desde que ella metió la primera franelita en la mochila, y una madre que quería irse del país, pero, para hacerlo, tendría que llevarse su casa, sus muertos y sus fantasmas consigo y, siendo pobre y escéptica, Nina no tenía cómo resolverle el capricho. De cualquier forma, ella estaba segura de que unos meses de distancia y la noticia, ojalá temprana, de que ya ella tenía una pieza alquilada y plata para los pasajes, ablandarían esas condiciones y sus mujeres se reunirían con ella.
¿Y qué tenés con Porto Alegre? La mayoría se queda en San Paulo, Río, ¿pero Porto Alegre? Tenía una mezcla de intuición, terquedad y pendejera. Mientras la mayoría se iba para capitales y ciudades grandes, o se quedaba rondando en ciudades fronterizas, a Nina se le había metido en la cabeza que era mejor recomenzar en una ciudad donde los venezolanos todavía no fueran una peste. Esa era la parte que ella decía en voz alta, la coherente. Lo que no decía, porque le daba vergüenza su
cursilería, era que Porto Alegre le rondaba románticamente la cabeza desde 2005, cuando fue al Foro Social Mundial con un grupo de amigos, camaradas de la juventud socialista, Camilo entre ellos, cuando Camilo era todo lo que ella quería de juventud, de socialista y de inconsecuente también, aunque ese germen del tormento que le maltrataría la vida a Nina estuviera en aquel momento escondido, tanto era el hechizo, tantas las imágenes de él y de la ciudad vistas a través de ese filtro de ensueño con que la militancia ñoña y hiponga enseña a ver la posibilidad de la revolución, cuánto ella extrañaba ese filtro que tan motivada, útil, entendida, la había hecho sentir, y que luego se le había reventado en los ojos en astillazos cuyas heridas estaban tan recientes que no le dejaban «entender el momento histórico» y de las cuales Diego, con su decoración kitsch guevarista, gramsciana, algo trotskista y siempre emocionante del comunismo, no necesitaba saber, con lo que la respuesta fue un chiste, me contaron que Porto Alegre era como Buenos Aires, pero sin los porteños, un sueño. Mirá vos, ché, te contaron mal. Si yo fuera vos, me iría para Buenos Aires, que sí es una ciudad con mayúsculas, a pesar del inconveniente de estar llena de porteños, y así terminaron la noche riendo idiotamente porque no hay nada como chistes de argentinos para fortalecer la unidad latinoamericana. Fortalecer era una palabra que Diego usaba con una frecuencia excesiva, sospechosa como todo eslogan, Nina no podía ni pensar en la palabra eslogan que ya le venía Cardenal a la cabeza, Cardenal en la boca de Camilo, el cura Cardenal trayendo tanta seducción a la boca de Camilo cuando repetía aquello de
«Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido, ni asiste a sus mítines, ni se sienta a la mesa con los gánsteres, ni con los generales en el Consejo de Guerra. Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano, ni delata a su compañero de colegio, bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales, ni escucha sus radios, ni cree en sus eslóganes. Será como un árbol plantado junto a una fuente», que Camilo seguía seguramente repitiendo con la misma emoción en la voz y sin rastro de la seducción de antes, no porque una bala le hubiera volado un ojo y ahora usara un parche a la moda pirata, o porque hubiera engordado unos kilos y rebajado la barba, y las canas estuvieran invadiendo el negro, porque
igual todas esas novedades le lucían como a pocos, sino porque entre cargos en secretarías de cultura, de ciudadanía, de equis y ye, y ministerios del poder popular para esto y aquello y aquello otro, en algún momento de ese derrumbe que fue de la autoridad al autoritarismo, dentro y fuera de casa, Camilo y el matrimonio, y la revolución libertaria y democrática que ambos ayudaron a construir, se habían trasmutado en una masa de eslóganes, atrezos, podios, en los que costaba seguir creyendo, porque bastaba dar un paso atrás, quitarse un tantito la lente empañada, el filtro ciego de la militancia, para ver que poco restaba de Cardenal, de sus árboles y sus fuentes.
Pero fortalecer era un verbo que los hombres amaban y los revolucionarios amaban, entonces Camilo y Diego, hombres y revolucionarios, lo amaban al cuadrado. Fue ese el verbo que Diego escogió como protagonista para acompañar la foto de Nina en Instagram, sonriente y solícita en la recepción del hostal, un texto lleno de amores, solidaridades, empatías fortalecidas, en el que él salía bien parado, ejemplo a seguir, teniendo a su venezolana trabajando consigo, texto en el que palabras como voluntariado y cero empleados fijos no aparecieron por ninguna parte, pero Nina igual sonrió, sonreiría durante meses al atender a los pequeños grupos que de vez en cuando aterrizaban en el hostal, viajantes pobres la mayoría, buena gente y borrachos, muchos, que ponían un acento de mundo a esa rutina de trabajar tres días, descansar uno, hacer desayuno y almuerzo con sazón no tan caribeña, por favor, mantener limpiecito y oloroso todo, inclusive ella misma y mejor con un maquillajito ni muy-muy ni tan-tan, sábanas blanquitas y expectantes como su cartera, que seguía sin ver un centavo de Diego, a pesar del trabajo voluntario haberse alargado a septiembre, octubre, noviembre, diciembrenavidad y enerofeliz2019, febrerocarnaval y marzo, que fue cuando ella no pudo más y le dio un basta a Diego.
El hostal y él dependían de ella, pero toda dependencia era poca cuando se medía con su necesidad. Ella había sacado sus cuentas y había conversado con uno que otro y no quería haber llegado a esa conclusión, pero lo hizo, Diego debía a estas alturas estarle pagando un salario, eso de darle cama y comida y creer que eso bastaba no era ni justo ni ético ni revolucionario, ella merecía un salario, aunque fuera
uno mínimo, y la cama en cuarto colectivo y la comida que ella misma preparaba eran beneficios pocos a la luz de las leyes brasileñas y bien que él lo sabía, pero es que él también sabía, porque también había hecho sus cuentas, que si Nina tuviera que pagar un alquiler, por más cuchitril que fuese el lugar, y pagarse comida y transporte, el dinero que podría ganar limpiando en casas de familia se le iría todito en sobrevivir, si ya era difícil reunir los cien dólares mensuales que le había prometido a Graciela, en ese otro escenario sería francamente imposible, y sin esa remesa, a la que se resumía su maternidad desde que Elisa se negaba a hablarle, sus mujeres estarían tan miserables como antes de ella viajar, lo que anularía sin piedad cualquier ventaja de su partida.
Diego no contaba con que, junto con el carnaval, llegaría una invitación del profesor Horacio, dueño de una de las casas en que ella fazia faxina en los días libres del hostal: Curso de Português para Estrangeiros, comenzando luego de las fiestas, gratuito, aulas de tres horas dos veces por semana, con la esplendorosa y también profesora Sandra, su esposa, en la Universidade Católica y, católica o no, a ella siempre le gustó el ambiente universitario, aunque no hubiera logrado permanecer mucho tiempo en la Facultad de Educación, ni en la de Trabajo Social y mucho menos en la de Derecho, pues ella era más dada a los cursos cortos, prácticos, y había hecho cientos de ellos, la mayoría medio inútiles pero divertidos, y ahora podía llenarse la boca diciendo que sabía lengua de señas e, inclusive, algo de wayuunaiki. Había trabajado de todo, desde vendedora sobria en Zara hasta administradora en una tienda de jeans falsificados en Las Playitas; desde modelo de piernas hasta transporte escolar; pasando por sus gloriosos días de payasa de hospital-animadora de fiestas infantiles- bartender, todas tres en una misma jornada de entusiasmo; épocas luminosas y optimistas que se alternaban con épocas de hippie depresiva, cuando le daba por mandar todo al carajo y hacer artesanía para venderla en El Supí en Carnaval, Semana Santa y vacaciones, para ver si así se sacudía alguna arrechera de la vida posadolescente, y en cada una de esas actividades le habían dado un certificado, que nunca guardaba y que tan bien le caería ahora, o un sueldo, bueno o malo, pero siempre sueldo. Diego no le daba ni lo uno ni lo otro, no le quiso ajustar los días libres para que coincidieran con los de las clases y tampoco le dio la autorización para
ir al curso, que comenzaba esa tarde; fue así como Nina tuvo la confirmación de su egoísmo también fortalecido y ahí sí que ya no hubo santo que la atajara de gritárselo en la cara; por el curso y por la tacañería travestida de esa bancarrota que él mencionaba varias veces por día, sin percibir que la simple palabra bancarrota era cosa de burgués porque implicaba un pasado de abundancia perdido y quien era pobre desde siempre no le ponía eufemismos a su lugar en la lucha de clases; por el jarabe teórico revolucionario de macho de izquierda que pretendía explicarle lo que, según él, ella no entendía de su propio país; y, por encima de todo, por nunca haber perdido el tono caritativo que al comienzo ella pensaba que estaba en su cabeza, producto de su síndrome de «la recogidita», hasta que la profesora Sandra, que sabía ponerle nombre y apellido a las cosas como nadie, le dijo que lo que provocaba era destrozarle los dientes a ese payaso que se aprovechaba de ella y tenía los santos cojones de presentársela al mundo como su proyecto filantrópico personal, tan personal que parecía que le incomodaba que cualquier otra gente se acercara con cariños u oportunidades que pudieran robarle protagonismo en su causa. A Nina le había gustado esa expresión tanto como le había dolido, así que la adoptó para sí y con esas palabras, proyecto filantrópico personal, noqueó a Diego, a quien se le ofendieron hasta las vísceras, la recontraputa que te parió, venezolanita del orto, por eso es que no los quieren en ninguna parte, se creen qué, ustedes, malagradecida de mierda, andate ahora mismo de aquí.
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Que dice mi abuela que si nos puede prestar dos o tres huevos. Que si le regala dos cucharaditas de café le va a salvar la vida. Que si tiene un pancito también se lo agradece. Ya son cuatro, o cinco, las veces que Elisa ha tenido que recurrir a la señora Olga, la vecina de al lado. Todos los días le da gracias a Dios por ella. Mientras la mayoría de las casas se están quedando vacías y los que quedan andan en actitud de «sálvese quien pueda», Elisa sabe que puede contar con la señora Olga.
Ella y su madre siempre se llevaron bien. Olga es cariñosa, no juzga a nadie y, como a su madre, los chismes del barrio le han creado una reputación de mango-bajito. De puta. Ahora que todos son pobres, el hecho de que la nevera de Olga continúe menos vacía que la del resto parece ser una confirmación. Nadie nunca le ha preguntado cómo está ella ni cómo se las ingenia para recibir dinero; entonces nunca nadie, con excepción de Elisa, ha sabido que Olga tiene un abastico en Machiques y que su prima todos los meses le trae las ganancias. Ella cumple el papel de la puta del barrio, la corruptora de Nina, como todos necesitan que sea, y punto. A veces, Elisa finge no darle importancia. Otras, se siente capaz de incendiar una a una las casas de los metiches, aunque eso signifique incendiar la suya propia con la malagradecida de su abuela Graciela adentro.
Mi vida, ¿dónde está Graciela? ¿Tu abuelita está bien? ¿Por qué no han ido al mercado? ¿Nina no ha mandado dinero este mes? ¿Queréis que la vaya a ver? No se preocupe, gracias. Elisa responde así a todo.
Decile a Graciela que mañana paso por allá. Gracias, Dios, por la señora Olga. Gracias, señora Olga.
Esta vez, como las otras, ella se esfuerza por contener su soledad, pero el temblor que comienza en su barbilla contagia al resto del cuerpo y los doce cortos años de Elisa se vuelven una verdad llorosa, desvalida.
Ella quisiera tanto que fuera verdad eso que dicen sobre su madurez prematura, sobre su responsabilidad, su autosuficiencia. Pero no lo es, ella es una niña y ese resto de infancia que le quieren arrancar le duele
en la piel, en los zapatos de la escuela, en las trenzas que su madre le enseñó a hacerse ella misma como un prenuncio del abandono, en los juguetes de los que aún no abdica porque se niega a aceptar que le acorten la inocencia.
Olga la abraza y la deja desahogarse sin pedir explicaciones ni dar falsos consuelos. Hoy yo te hago la cena. No se preocupe, gracias. Pero Olga igual se preocupa y le hace sus huevitos, sus pancitos tostados y su café con leche, prepara un tupperware con cena para Graciela y hasta le hace una bolsita con cosas para el desayuno. El único defecto de Olga es que ella no tiene miedo de preguntar algunas cosas y algunas de esas cosas que ella pregunta duelen. ¿Qué sabéis de tu mami? No se preocupe, gracias.
De vuelta a la casa, calienta la comida, tomando el cuidado de dejar quemar un tantito el pan y endulzar de más el café con leche, para cubrir mejor la mentira de que la preparó ella misma. Le lleva la comida al cuarto a Graciela. ¿Viste?, te dije que algo había. Elisa ni responde. Su abuela detesta que ella ande mendigándole a Olga y hoy parece tan abatida que para qué sumarle más motivos.
Antes, poner la mesa parecía ser la ceremonia favorita de Graciela. Su expresión satisfecha al ver la simetría de los platos, la armonía de los colores servidos, el apetito en los ojos de los comensales es algo que Elisa extraña tres veces por día. Por eso ya casi no come con su abuela.
Faltan platos en la mesa y cada comida se lo grita. Elisa pasa unos buenos minutos jugando con la comida, esperando que la garganta se le desanude, y la abuela acaba peleando con ella y llevándose su plato antes de que haya recuperado el control de su tráquea y su esófago.
Elisa se está acostumbrando a comer frente a la tele y, aunque algunas veces esté apagada por falta de electricidad, ella la prefiere a comer con su abuela que, de un tiempo para acá, está siempre apagada.
Esta vez es Graciela quien come frente a la pantalla. Ataca el plato como si fuera la primera comida del día, y probablemente lo sea, mientras recibe, igual que cada noche, el diluvio de informaciones nacionales e internacionales que Walter Martínez presenta en Dossier.
Elisa no lo entiende y tampoco lo quiere entender, le da miedo encontrar argumentos que justifiquen lo que su madre hizo. Pero Walter siempre le ha parecido un tipo simpático, una especie de abuelo
mediático, corresponsal de guerra con un parche misterioso en el ojo, amigo íntimo de Mafalda, si Mafalda fuese real, adulta y trabajase en la ONU.
Ver Dossier cada noche es una costumbre con la que ella creció.
Antes, cuando la vida no estaba resumida al cuarto y a la falta, lo veían en la sala y su abuelo Raúl iba añadiendo comentarios puntuales, en un diálogo intenso con el periodista, casi amigo de la familia, tan sabio como tuerto. El tema eran las acusaciones de corrupción que flotaban sobre el programa del CLAP, cuando un repique carrasposo, noventero, que venía de la sala, interrumpió a Walter: el teléfono fijo resucitado por una voz desconocida. ¿No sabéis quién soy? No, no sé. Abuela, debe ser pa vos. No, no, soy Camilo, tu papá.
A cualquier cosa llaman papá. Cuando él se alejó, ella tenía siete años y mal sabía sumar con tres dígitos. Ahora está en séptimo grado y está lidiando con ecuaciones lineales y fracciones y propiedad distributiva, pero ya parece conocer los conceptos elementales de la vida más que esa voz que, desde el otro lado de la línea, dondequiera que eso sea, espera que ella le pida la bendición. ¿Quién es?, pregunta Graciela. Es Camilo.
¿Camilo, tu papá? Camilo.
Elisa aprendió que la palabra papá designa a un ser genial como su abuelo Raúl, que sabía con exactitud el punto de quemadito en que le gustaban las friticas, la dificultad que tenía para recordar la capital de Honduras y cuál era el nombre de su mejor amiga de la semana. Del otro lado de la línea, ciertamente no hay un papá. Hay un apellido que ella carga como una etiqueta y no como una historia.
Elisa escucha sus muchas preguntas, su esfuerzo por demostrar el cariño que su distancia niega, el silencio incómodo de aquel que fracasa en su intento de que dos o tres frasecitas hechas, qué grande debéis estar, igualita a tu madre, ay, pero qué inteligente, compacten esos seis años de ausencia y llamadas, si acaso semestrales, y los desechen como una basurita cualquiera. Después de varios monosílabos, él promete que llamará de nuevo. Ajá. Camilo dice que esta vez va en serio, que no le
importa lo que Nina diga. A mí tampoco me importa, responde Elisa, Nina se fue pa Brasil.
Elisa cuelga y descubre a su abuela en el sofá, interesada en ella por primera vez en días.
¿Dónde está tu papá?
Dijo que venía el fin de semana, me dio su número. Abuela, ¿tenemos que contarle a mami?
¿Vos lo queréis ver?
No sé.
Si lo queréis ver, entonces quedate calladita.
¿Y eso por qué?
Vos quedate calladita y listo.
Pero a Elisa, como a Nina, el silencio solo le sirve cuando viene de dentro. Puede hacer un esfuerzo, pero no puede comprometerse a no restregarle en la cara a su mamá que su padre ha vuelto. ¿Será que se ponían de acuerdo? ¿Habrían hecho un pacto cuando ella nació, de que Nina la cuidaría unos años y luego le tocaría a Camilo? ¿Cada uno tendría un turno para echarse a perder la vida teniendo que ver por ella?
Si su madre se había largado, si el abuelo Raúl se había muerto de repente y hasta la abuela Graciela había desistido de cuidarla, ¿por qué ella no iba a tener derecho de verse con Camilo? ¿Por qué su madre no podía saber que él había llamado? ¿Será que le prohibiría verlo?
La idea de que el abandono de Camilo era culpa de Nina inunda a Elisa con la intensidad desbordante y veloz de los despechos infanto-juveniles. Ahora que Nina es también una abandonadora, las críticas que durante los últimos seis años ella le hizo a Camilo, y que tan hacinadas tiene Elisa en su cabeza, no son más que hipocresía, intriga de novela mala de Univisión, materia de Caso cerrado y otras porquerías de esas que la gente ve y que el abuelo Raúl odiaba a muerte y con razón.
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Durante un buen tiempo tuviste dos ojos y lo diste por sentado. Como dabas por sentado tantas cosas en aquellos años. Ya tenías edad para saber que la vida era un riesgo, pero vos siempre habéis llegado tarde a los aprendizajes. Tenías treinta y cinco y aún estabas seguro de tener control sobre tu cuerpo y tu cabeza. Mardito chavista. La bala fue un calor que te borró las ínfulas en un destello vino tinto. Mardito chavista, fue lo último que escuchaste antes de apagarte por una fracción de tiempo que jamás sabréis precisar. Luego despertaste y, aunque sentías que la mitad de tu cara no existía más, continuabas teniendo un torso y unas piernas, porque fue en ellos que cayó el dolor como un aguacero de agujas y fue en ellos que sentiste el toque de quienes te llevaron para el hospital. Los hijos de la señora Gladys.
Antes de esa noche tenías dos ojos, la ilusión de controlar alguna cosa, una esposa y una hija, un trabajo que te llevaba a los barrios más peligrosos de la ciudad, y fue en uno de ellos, en Cerros de Marín, donde perdiste un ojo y comenzaste a perder el resto.
Era febrero de 2009, faltaba una semana para la votación por la Enmienda Constitucional y tenías el carro repleto de cajas con material de campaña por el Sí. Tenías dos ojos y aun así no pudiste ver el riesgo inminente que significaba la posibilidad de la reelección indefinida ni la cercanía de los dos tipejos en moto que te encañonaron pidiéndote las llaves la cartera el celular dale dale dale mamagüevo. Se las diste sin chistear y sin embargo, mardito chavista, te volaron el ojo queriéndote volar la vida.
Fueron ellos, la señora Gladys y sus hijos, todos del Consejo Comunal, los que dedujeron que había sido un atentado. Te habías quedado hasta tarde en el comando de campaña, ellos te acompañaron hasta la medianoche, cuando la mujer de uno de ellos se apareció con cara de tranca y dos muchachos encima, preguntando si se le había olvidado que tenía familia. Ella no era como Nina, que se quedaba en casa cuidando a Elisa mientras vos cuidabas otros futuros. Nina, por lo
menos en aquella época, parecía entender tu compromiso, que era el mismo de ella aunque lo ejecutaran de formas diferentes, y jamás diría algo así. Debiste haberte ido en ese momento, te dijeron mil veces que era mejor salir acompañado. Pero en tus revoluciones tenía que haber mártires.
Vos, ellos, el revólver, la bala. La física de cinco cuerpos en movimiento. Las condiciones climáticas de esa noche marabina. La historia de vida de la mano de un criminal. El currículum de tu rostro.
La geometría del asesinato trabajando un desvío exacto de la trayectoria fatal. Ocho milímetros más y no la contabas. Despertaste hecho un héroe y te gustó, aunque solo tuvieras un ojo para ver tu victoria.
Estabas vivo, pensante, hablante. Un caso excepcional que, inclusive para muchos comunistas revelados creyentes por tu percance, era evidencia de que no era tu hora. Te perdiste las elecciones y te perdiste vos, pero ganó el Sí.
No quisiste dar entrevistas a los medios y tu declaración en la policía fue tan precaria como tu recuerdo y tu supuesto heroísmo. Vos sabías que podía haber sido un atentado, como podía haber sido un crimen menos pretencioso. Intentaste hacer caber la duda, decir que tal vez tus atacantes habían sido unos criminales de la oposición y no necesariamente una oposición criminal, pero la versión ya había sido cerrada, el parche en tu ojo era insignia y tu estatura política elevadísima. Mardito chavista. Ese insulto era el único respaldo de la versión que a esa altura ya era oficial, un relato que era tímido en vos, pero que dejaste crecer al punto de estar convencido de su veracidad la mayor parte del tiempo. Había dos Camilos posibles y dejaste que ganara el héroe, como creíste que lo haría cualquiera.
Vos no sentías que fueras tan importante así como para sufrir un atentado, pero eso lo podías decir vos, solamente vos, y siempre contado con que alguien te respondería que no había la menor duda de que había sido un crimen político. Por eso, cuando Nina, aquella noche, después de haberte usado cada centímetro de cuerpo mártir y de haberte sudado, besado y babeado el parche y haber gozado orgasmos llenos de fetiches piratas y combatientes, te dijo que la verdad, verdaíta, vos no eras tan importante así como para sufrir un atentado, la
Miraflores particular que te habías montado en la cabeza se te volvió nada y con tu único ojo viste una polvareda de estrellas muertas.
Vos podías contar con Nina para todo, pero no para condescendencias ni palmaditas en la espalda cuando la cagabas.
Cuando la conociste, no te imaginabas que Nina fuera toda esa fuerza, toda esa real capacidad empañada por su soberbia y falta de tacto. Ella, en cambio, te hizo la radiografía de inmediato y siempre intuyó las carencias que escondías atrás de tu entusiasmo apriorístico, sabía que tu manía de unanimidad era miedo de fracturar un liderazgo que ya presentías débil. Solo no sabía que aquello de «Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada» se aplicaba también al régimen interno de la relación. Vos quisiste ser mandatario donde no debía haber líderes. A Nina le gustaba cuestionar y los cuestionamientos no cabían en las ficciones sobre las cuales erguiste tu poderío. Dudar de tu atentado, aunque apenas lo hiciera en la intimidad, era la antesala de la disidencia.
¿Qué pasó, ahora no se puede hablar de eso?, te preguntó Nina cuando la miraste con tu ojo ofendido y, mientras vos buscabas respuestas rabiosas, tu verga, que segundos antes estaba lista para una nueva fantasía guerrillera, se encogió de vergüenza. Es que tu cuerpo siempre fue más sincero que vos, Camilo. Tu cuerpo se permitía sentir y somatizar lo que vos no lograbas contarte ni siquiera a vos mismo, se engripaba cuando acumulabas funciones y presiones, te hacía vomitar cuando te emocionabas demasiado, enfebrecía cuando tu diplomacia amordazaba tus rabias. Podía contarse la historia de la Revolución bolivariana a través de tus quebrantos y la bala, fuera atentado o no, tal vez haya sido el clímax. El tuyo y el de la revolución. Después de 2009, parece que nomás podéis contar desaciertos. Te dijeron «mardito chavista» y devastaron mucho más que apenas tu mirada. A la sinceridad de tu cuerpo, pronto se juntó una mente que ya no estaba dispuesta a hacer tu voluntad. Donde ya no había ojo, pasaste a sentir que tenías un nuevo órgano destinado exclusivamente a hacerte volar en pedazos en cualquier momento.
Esa noche, a pesar de la insistencia ruda de Nina por hacer las paces, te fuiste a dormir al cuarto de Elisa. Sentado en la poltrona donde ella había mecido a la niña hasta hacía poco, veías a esa criaturita que
todavía no había llegado a los cuatro años y ya estaba tan llena de personalidad, y era tanto el miedo de echarla a perder que querías salir corriendo para siempre, así como estabas, en interiores, descalzo, sediento. Esperabas que Elisa saliera a Nina, mejor que fuera soberbia y terca a que resultara cobarde como vos.
Tu niña tenía una fijación con quitarte el parche y rever lo que había sobrado. Se preguntaba por qué lo usabas también dentro de casa.
Quería verte sin máscaras porque para ella estabas bonito así también.
Era solo un pedacito de gente y ya no le gustaba eso de que te escondieras. A veces parecía que la clarividente era ella y no Graciela.
Elisa no tenía nada contra el parche en sí, de hecho, te daba un aire teatral muy útil para entretenerla —Nina tenía versiones adultas e infantiles de las mismas fantasías, los nuevos detalles que el cuentito ganaba con Elisa, se volvían peripecias y exploraciones deliciosas en la cama y viceversa—. Tampoco tenía nada contra lo que había restado.
Esas vergüenzas eran todas tuyas. ¿Y qué había sobrado, de hecho? La falta. Por momentos sentías que te reducías a la falta. La cuenca sin ojo era un cuarto de chécheres sin puerta. Tus miserias expuestas al mundo.
Bastaba acercarse para que tus cicatrices contaran todo.
Desde que tu madre te lo regaló, tu tapa ojo a lo pirata te vestía la vergüenza y te aquietaba por momentos —era obvio que sería ella quien te lo regalaría, ella quería ponerle varios parches a tu vida, los más grandes dedicados a Nina y a tu izquierdismo-rancho-en-la-cabeza, que nadie en tu familia entendía de dónde había salido—. Vos preferís el parche a la cicatriz desnuda, aunque a veces se vuelva contra vos y parezca una broma de mal gusto. Sois ese héroe pirata, con atentado o sin él, mardito chavista, falsificado o real, que desde el espejo se ríe de vos y te recuerda que sois tan patético que te tocó desfilar por la vida con un disfraz que, en vez de ocultar, dice la verdad que nomás vos sabéis.
Los dolores punzantes duraron casi un año y las migrañas te atacaban varias veces al mes, pero habías salido barato, baratísimo, comparado con lo que hubiera podido pasar sin aquellos ocho milímetros providenciales. Podía haber secuelas, te habían dicho los médicos, pero no habías entendido la inmensidad de territorios por los que esa posibilidad podía esparcirse. Los tejidos cicatrizaban, se acostumbraban
al nuevo diseño, mientras vos te desacostumbrabas de vos mismo. Tu recuperación había sido ejemplar, eras un toro, decía el neurólogo. Y
vos te arrechabas. Te hubiera ido bien en la guerrilla, decía Nina, bromeando. Y vos te arrechabas. Mi papi es como Wolverine, que se regenera. Y vos te arrechabas. El camarada Camilo es un ejemplo a seguir. Y vos te arrechabas sin entender por qué. Eras un pedazo de toro jodido de la cabeza, que no sabía ponerle nombre a ese desconsuelo crónico y no querías que nadie te viera de cerca.
Por eso era más fácil estar en la sede del partido, en tu oficina en la alcaldía, en la sala comunitaria de un barrio y en la escuela de otro barrio y en la plaza de otro más, en interminables reuniones de planificación y estrategia, en las que las cosas se organizaban en planillas inequívocas y donde las personas se te volvían letras y números; era más fácil eso que estar con Nina y Elisa, personas de carne, hueso y afectos, cuyas estrategias de cercanía te incomodaban cada vez más sin que entendieras por qué.
Nina, vos bien lo sabías, no era el pozo de paciencia que una situación volátil como la tuya ameritaba. Ella hasta lo intentó, lo intentó durante meses, pero ¿de qué te reís, ah? Me tenéis hasta la coronilla con esa risita mardita tuya, yo sé que lo que te estáis es burlando, andá a reírte de la madre tuya, mardita, mardita; mardita era tu insulto favorito de los últimos días, como si diciéndolo le dispararas un poco a ella, mardita chavista, y si vos te volviste volátil después de lo que te hicieron, Nina lo había sido desde siempre. No había sido poca su paciencia hasta esa noche en que la respuesta a tu grosería infundada no fue solo el portazo de siempre, con Elisa y mochila al hombro, sino tres pescozones furiosos que te desataron la migraña más hija de puta que vos recordáis.
No hay bala que no deje secuelas ni Naratriptán que resuelva la culpa. Todo había cambiado en vos, de eso no tenías dudas, pero te preguntabas si la secuela había substituido al hombre que eras antes por el que eras ahora, o si apenas te había removido los filtros que antes te presentaban al mundo como un buen padre, un marido decente, un trabajador dedicado, y ahora quedabas solamente vos, peso neto, tosco, crudo.
¿Será que Elisa recuerda esa noche? Fue poco después del aniversario
del balazo y tres días antes de su cuarto cumpleaños. Los personajes de Up estaban por donde miraras en la sala. Ahora tenías que hacerte espacio entre el gordito boy scout ladilla, el viejo y la pajarraca loca que se multiplicaban en la piñata, los adornos, los globos, las serpentinas.
Elisa estaba obsesionada con esa película y vos sentías que si te hacían verla, aunque fuera una vez más ibas a estrellar el televisor. Ahora estabas sentado en medio de todo aquel colorido y llorabas como un nene. La imagen de Elisa en berrinche, queriendo llevarse las cosas de la fiesta consigo y Nina diciéndole que se olvidara, que la fiesta no importaba, que después veían qué hacer, te dolía a vos y le dolía a ese otro no tan otro del que salían violencias inusitadas, ese hombre casi extraño al que no le cabía una gota más de rabia.
Vos no querías ser el fin de una fiesta que no había comenzado. No eran ellas las que debían mendigar una vez más por algún colchoncito en casas de amigos —jamás en la casa de su familia, para evitar intromisiones y salvarte de la ira de Raúl, que lo que tenía de paciente también lo tenía de violento y de intransigente cuando de defender a su cría se trataba—. Tal vez fue el sentimiento de indefensión o las ganas de silencio, pero acabaste yéndote para aquel norte que tanta coriza moral te daba, el norte de Maracaibo, donde permanecía, monumental, la casa de tus padres. A esa hora no esperabas encontrar ni siquiera a la señora Ramona, que trabajaba todos los días aunque casi nunca hubiera alguien a quien servir, pero te recibió tu hermano. La distancia entre ustedes fue oportuna como nunca, no tuviste que dar explicaciones porque no hubo preguntas. Hubo una media sonrisa y la información de que él estaba ahí, en la casa, en Maracaibo, en Venezuela, solo de pasada, y en la nevera había cerveza y comida china.
Te dio miedo llamar a Nina, así que le dejaste un mensaje a Graciela pidiendo que por favor le dijera a Nina que volviera a la casa, que te habías ido. Apagaste tu teléfono y bebiste y jeteaste solo, en tu cuarto de adolescente, hasta que llegó el día y con él, la señora Ramona, que tocó tu puerta y, como si nunca hubieras prometido no volver a esa casa enemiga, como si no hubiera en tu rostro esa ausencia gritante, como si no fueras un absoluto sinsentido lloroso y borracho, te preguntó si querías desayunar huevos fritos o revueltos.
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