Yo, comunista en Rusia

Ettore Vanni · Capítulo 1 de 7

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Yo, comunista en Rusia

I. Últimos días de la España republicana

CAPÍTULO PRIMERO

 

ÚLTIMOS DÍAS DE LA ESPAÑA

REPUBLICANA[1]

 

L LEGUÉ a Leningrado el 21 de mayo de 1939. Por primera vez me encontraba en la «tierra prometida». No exagero si digo que éste es el sueño de millares de comunistas. El sueño y una verdadera prueba de fuego.

Es necesario, antes de referirme a Rusia, de donde me fue posible regresar sólo ocho años más tarde —12 de julio de 1947— hablar de los acontecimientos que precedieron y causaron mi viaje. Debo, pues, hablar de los últimos días de la guerra en España.

El 5 de marzo de 1939 señaló el fin de la República española.

Los treinta días que separan la formación de la Junta de Madrid de la definitiva ocupación de la zona centro-sur por las tropas de Franco, están caracterizados por el progresivo colapso de todo lo que durante treinta y cuatro meses había permitido resistir a los republicanos.

En aquella época residía yo en Valencia donde dirigía el diario comunista «Verdad». En los ambientes de la dirección del Partido, el golpe del coronel Casado era previsto. Lo que quiere decir que, de parte nuestra, se habían tomado todas las medidas para hacerle frente, facilitando así una ulterior resistencia durante siete-ocho meses al menos.

Sin embargo, todos sentían, en lo íntimo, la inanidad de una lucha que había costado al pueblo español, de una parte y de otra, innumerables víctimas. Sólo algún tiempo después comprendí que aquella «voluntad de resistir» que caracterizaba la posición oficial de los comunistas, no era sino la aceptación puramente formal de la tesis rusa: «resistencia hasta el fin».

Después de la caída de Cataluña, el Cuartel general de la intervención soviética en España había vuelto a Valencia, a la Delegación de la Embajada. Al frente de ella estaba un ruso, que contadas personas conocían y que llamábamos Pablo. En realidad, él no tenía nada que ver con el Comisariado del Pueblo para los Asuntos Exteriores de la Unión Soviética. «Pablo» era un alto oficial de los órganos de seguridad del Estado — entonces «N.K.V.D.», hoy «M.G.B.»—. De funcionarios tales —rusos o rusificados— hubo una verdadera invasión del 36 al 39. Años después, en Rusia, supe que Pablo había sido «depurado», como muchísimos otros que habían estado en España.

Caída Cataluña, los rusos sostenían que en la zona centro-sur había fuerzas y armamento suficientes para resistir aún cerca de un año y que, siendo inminente la guerra entre los países del Eje y las potencias democráticas, también la situación de España cambiaría a favor de los republicanos. ¡Otras eran las verdaderas razones!

Siguiendo las instrucciones de los delegados de Moscú, los principales cuadros comunistas del Ejército republicano que habían atravesado la frontera francesa con los restos de sus Divisiones, volvieron secretamente a Valencia. La mañana del 5 de marzo —¡demasiado tarde!—, la Gaceta Oficial publicaba los Decretos del Ministro de Defensa ascendiendo a algunos de aquellos oficiales y asignándoles puestos decisivos, de modo tal que el Partido Comunista quedaba como dueño de la situación. Estaba también prevista la entrega de todos los poderes civiles a las autoridades militares.

Mas en la tarde del 4 de marzo, Casado anunció la formación de su Junta, declarando que no reconocía al Gobierno de la República. Durante la noche del 4 al 5, el Gobierno de Negrín, que tenía aún su sede en las cercanías de Alicante, tuvo su última y tempestuosa reunión. Hubo insultos recíprocos y hasta bofetadas.

A la mañana siguiente, los ministros dejaron España en circunstancias verdaderamente dramáticas, a bordo de algunos aviones. El aeropuerto estaba custodiado por hombres fidelísimos del XIV Cuerpo de guerrilleros. Durante una hora soportaron estoicamente los insultos de todo género de la gente que se había aglomerado alrededor del campo. Tomaron puesto a bordo de los aparatos los ministros, la «Pasionaria» y algunos jefes militares, entre los cuales estaban los famosos Modesto y Líster, ascendidos el día antes a generales.

Cada vez que he examinado los acontecimientos de aquellos días, he llegado a la conclusión de que, a pesar de todas las apariencias, por lo menos en una parte de la dirección del Partido existía el firme propósito de no hacer nada por desviar el curso de los acontecimientos, prolongando una guerra que, ya de tiempo perdida, agudizaba los sufrimientos del país y hacía más irreparable la derrota.

He dicho que el golpe de Casado era esperado y que se habían tomado medidas para afrontarlo. Pero ninguna de las medidas fue ejecutada.

Se sabía, entre otras cosas, que uno de los hilos principales de la trama estaba en el Estado Mayor del Grupo de Ejército que tenía su sede en Torrente, en las proximidades de Valencia. Se habían dispuesto las cosas de modo tal que los soldados enviados aquella noche de guardia fueran todos comunistas, guerrilleros del XIV Cuerpo, cuyas fuerzas estaban acampadas en la periferia de la ciudad. Su Comandante era un viejo comunista; comunistas todos sus oficiales. A una señal determinada, la guardia debía dar acceso a la villa a otras fuerzas comunistas encargadas de impedir toda actividad del Estado Mayor. Ni esto fue puesto en práctica.

A pocos kilómetros de Valencia había un grupo de fuerzas blindadas al mando del comunista Sendín. También el equipo estaba compuesto en su totalidad por comunistas. Los rusos no entregaban un carro armado a nadie que no fuera comunista, y el «consejero» para las fuerzas blindadas había sido hasta poco tiempo antes el actual mariscal ruso Malinovski.

El frente de Levante se encontraba entonces casi a las puertas de la ciudad y las fuerzas armadas con las cuales los comunistas podían contar no eran pocas. Aun así, ninguna de ellas fue utilizada. Hasta la sede del Partido, en la cual estaba preparada la defensa, se dejó ocupar pacíficamente.

En Valencia, en la Embajada soviética —en previsión de los acontecimientos—, se instaló la tarde del 4 de marzo Jesús Hernández, ex Ministro de la República y miembro del Buró político del Partido Comunista. En aquel tiempo él era Comisario General del Grupo de Ejércitos. Tal cargo había sido creado por el Presidente Negrín, algunos meses antes, con lo cual se habían agudizado las disidencias entre los comunistas —de los cuales Negrín era entusiasta sostenedor— y el socialista Indalecio Prieto, Ministro de la Guerra; los soviéticos habían organizado una hábil maniobra al objeto de alejar a Prieto lo más rápidamente posible del Ministerio de la Guerra, como antes habían alejado a Largo Caballero de la dirección del Gobierno.

El incidente fue motivado por el último de una serie de artículos aparecidos en el periódico La Vanguardia, de Barcelona —órgano oficioso de Negrín—, titulado «El pesimista» y firmado por Juan Ventura. El artículo era extremadamente violento e injurioso para Indalecio Prieto, al cual, por otra parte, no le fue difícil descubrir que bajo el pseudónimo de Juan Ventura se ocultaba el Ministro comunista Hernández. Aquella misma tarde, en Consejo de Ministros, Prieto desenmascaró al autor del artículo y presentó la dimisión. Negrín la aceptó y de acuerdo con el Partido Comunista, hizo dimitir también a Hernández, con objeto de salvar las apariencias y no provocar una ruptura con los socialistas. Algunos días después, Hernández fue nombrado Comisario General de los Ejércitos de la zona centro-sur.

La tarde del 4 de marzo, como ya he dicho, Hernández se trasladó a la Embajada soviética, desde donde, con Pablo, debía haber dirigido la acción establecida.

La delegación de la Embajada soviética se encontraba no muy distante del Partido y próxima a mi casa, en donde estaban reunidos otros dirigentes comunistas. Hacia las ocho de la tarde un miembro del Buró político, al cual me unían vínculos de vieja y buena amistad, y cuyo nombre debo omitir, fue llamado a la Embajada. Antes de marchar me dio algunas instrucciones y me rogó no me moviera de casa. Naturalmente, se había establecido un servicio de enlace previendo que sería imposible hacer uso del teléfono.

Poco después de medianoche, hora en que la radio anunció la constitución de la Junta Casado-Besteiro, fuerzas de la 46 División de Carabineros pudieron penetrar en el local del Partido, donde arrestaron a cuantos allí se encontraban, secuestrando archivos, documentos secretos y los ficheros completos, de los cuales un mes después se adueñó la policía de Franco.

El ruso Pablo tomó aquella misma noche su avión particular, y el ex ministro Hernández el camino del frente de Levante —donde se sentía más seguro—, acompañado de su elegante amiga y de un buen número de maletas.

En mi ánimo empezó a surgir la duda de que una parte de los dirigentes, aun habiéndose mostrado formalmente de acuerdo con la línea a seguir señalada por los rusos, hubieran obstaculizado conscientemente la ejecución del plan de acción establecido.

La duda debía acentuarse unos días después, cuando Alfredo llegó a Valencia.

Alfredo no era otro que el vicesecretario del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Palmiro Togliatti, que tenía entonces la función de guía y control del Partido Comunista español.

Me duele de veras el no poder presentar para la fantasía de algunos lectores un Togliatti truculento. Conocí entonces a un hombre muy sencillo, taciturno y pensativo.

Los delegados del Komintern, en España como en todas partes, trabajaban en íntimo contacto con la Embajada soviética y con los hombres de la N.K.V.D., colocados y situados por doquiera en modo de poder vigilarlo todo y a todos. Así, por ejemplo, el primer Embajador soviético — llamado después a Moscú y «depurado»— fue Rosemberg. Pero el verdadero deus ex machina de la Embajada era el camarada Veláiev, el cual vigilaba no sólo a los funcionarios de la Embajada, sino, a través de sus hombres de confianza, todo el aparato de la Dirección del Partido. Veláiev, entre otras cosas, organizó, «inventando» hasta un copioso material fotográfico, aquella colosal estafa que fue el proceso al trotskismo español y que se proponía la eliminación de los adversarios del stalinismo. Esto me lo confesó él mismo cuando volví a verle, en Moscú, en el verano de 1940.

Hacia el otoño del 36 había llegado el dueño absoluto de la Embajada, el obscuro capitán Orlóv (o el misterioso «Grisha»), hombre de confianza enviado personalmente por Stalin. Fui de los primeros que le conocieron. Él me encargó que preparara una reunión con algún otro amigo. Nos volvimos a ver, en efecto, aquella misma noche en el Hotel Metropol.

La idea de la inutilidad de la lucha se abría camino, no sólo entre los elementos más tibios de la España republicana, sino también entre muchos comunistas.

Algún tiempo antes, en mi despacho del periódico, un camarada, que creo que ha podido salvar la vida, me habló con franqueza y algunas de sus palabras me impresionaron; más tarde hube de recordarlas a menudo y las comprendí en todo su significado. Algunos años antes había estado en Rusia, donde había seguido uno de los cursos especiales en la Escuela del Komintern. Nunca, a su regreso, dijo una palabra sobre las verdaderas condiciones de Rusia y sobre las impresiones que había recibido. Por otro lado, ¿quién le hubiese creído? Le hubieran tachado inmediatamente de «vendido a la reacción», de «trotskista», etc.

«No podemos vencer», me dijo aquella tarde. «Piensa de mí lo que quieras. Ya el fin está próximo; quizá esté próximo también nuestro fin físico. Esto no me preocupa.»

Cada vez que he querido ver claro y reunir elementos que probaran el secreto desacuerdo entre una parte de la dirección del Partido y los hombres de Moscú, he recordado aquellas palabras. Y he pensado que, seguramente no por casualidad, la tarde del 4 de marzo fue puesto aquel camarada al frente del Partido en Valencia. Su estado de ánimo no era el más indicado para hacer frente con energía a los acontecimientos.

Otros hechos hicieron más aguda mi duda. La defensa de los locales del Partido había sido preparada con todo detalle. En la terraza, en los balcones que daban a la plaza y en los que daban al patio, frente a la entrada, había guerrilleros con ametralladoras. Sin embargo, ninguna instrucción concreta había sido dada a este respecto. A las nueve de la noche enviamos a la Embajada rusa uno de los hombres del servicio de enlace pidiendo explícitas indicaciones. Al momento de la ocupación aún no se nos había contestado: habían transcurrido casi cuatro horas y el Partido, como ya he dicho, se hallaba a poca distancia de la Embajada.

Dos meses después, en el Cooperatzia, barco ruso que nos llevaba a Leningrado, hablando de los acontecimientos de aquella noche, Jesús Hernández afirmó que había sido dada la orden taxativa de «oponerse a la fuerza». Quien hubiera podido confirmarlo estaba ausente…

En Rusia se habló muchas veces de la celebración de un Congreso en donde los comunistas españoles hubiesen podido aclarar los acontecimientos de aquel período. Una voluntad misteriosa logró siempre impedirlo.

En los días que siguieron, la situación pareció mejorar algo. El General Menéndez, Comandante del frente de Levante y a quien la Junta había confiado el mando militar y civil de toda la Zona, no quería precipitar las cosas. Ante todo, él no sabía cuál hubiera sido la conducta de los comunistas, que tenían muchas fuerzas en línea y en las cercanías del frente. Un paso en falso de su parte hubiera podido crear una situación mucho más difícil y conducir, precisamente, a lo que se quería impedir. Fue la suya una inteligente táctica.

Desde el frente, dos días después, el Buró político del Partido restableció el contacto con Valencia.

Nos reunimos una tarde en una casa en las afueras de la ciudad. En aquella reunión empezaron las desavenencias.

Al día siguiente tuve que visitar al ex-ministro de Obras Públicas Julio Just. No había tenido nunca relación con él; sin embargo, me acogió entonces con extrema afabilidad.

Era la primera vez, después de la noche del 5 de marzo, que recorría de día las calles de la ciudad. Valencia estaba inundada de sol. Bajo aquel sol maravilloso, la ciudad vivía su vida, como si todo lo que ocurría le fuese extraño. Era una ciudad que había perdido su natural alegría; una ciudad poblada de gente cansada de la guerra, de los sufrimientos, del hambre, de las diarias peregrinaciones al campo en busca de un puñado de arroz o de un kilo de patatas; de las periódicas incursiones aéreas, una ciudad que, ya indiferente a todo, esperaba el final de aquel drama, soñando que quizá un día volvieran la vida fácil y las «fallas», las ferias y las corridas. Sencilla y alegre Valencia, donde antaño los extranjeros amaban hacerse un nido, ¡quién te habría reconocido en aquella silenciosa ciudad del mes de marzo de 1939!

A Just le hablé sin ambages. Le enumeré nuestras fuerzas, diciéndole que, si lo que se quería era entregar a los comunistas a sus enemigos, los comunistas lo habrían impedido a toda costa. Estábamos decididos a ocupar la ciudad aquel mismo día, con todas las consecuencias.

Just preguntó qué podía él hacer para resolver la situación; le rogué entonces que comunicara al General Menéndez nuestras peticiones. Eran: inmediata excarcelación del diputado Uribe y de los otros detenidos; abandono de los locales del Partido por parte de las fuerzas de la Junta; autorización para que nuestro periódico apareciese de nuevo y el Partido pudiese hacer su vida normal.

Menéndez nos lo concedió todo. Hizo poner en libertad a Uribe y prometió la de los otros; autorizó la publicación del periódico —con la debida censura—, y aseguró que haría desalojar la casa del Partido. Nos dejó, en fin, respirar un poco; lo suficiente para que nos moviéramos, aunque con la debida cautela.

Recuerdo que Just, durante nuestro coloquio, me dirigió una pregunta que por aquel entonces se hacían muchísimos republicanos y no pocos ingenuos comunistas: «¿Por qué Rusia no provoca la guerra?»

Teniendo en cuenta la persistente propaganda de origen moscovita, según la cual los regímenes fascistas atravesaban una intensa crisis económica y su caída era inevitable e inminente, la pregunta era más que legítima.

Contesté entonces con una de las acostumbradas frases de nuestra jerga; mas, años después, analizando in loco el quid de la política soviética, acordándome de Just y de su pregunta, no pude por menos de sonreírme.

Espero que el ex-ministro haya dado desde hace tiempo una justa respuesta a sus inquietudes.

En aquellos días llegó una extranjera. Tenía un pasaporte suizo y se llamaba Luisa, Después de haberse alojado en el Hotel Victoria se puso en contacto con la periodista francesa Simone Tery, que hallábase entonces en Valencia. Ésta nos comunicó su llegada. Luisa, procedente de Moscú, era portadora de instrucciones para el delegado del Komintern, Togliatti. Era su legítima esposa, Rita Montagnana. Tuvo que esperar algunos días para ver al marido.

En calidad de Delegado instructor del Komintern, Togliatti desempeñaba sus funciones cerca del Buró político del Partido y el Buró político, naturalmente, seguía al Gobierno en sus peregrinaciones. El 6 de marzo, después que los ministros y algunos miembros del Buró político salieron de España, Togliatti se dirigió a Albacete en compañía del vicesecretario del Partido, Pedro Checa, muerto años después en Méjico. Ciertamente, Togliatti hubiera podido salir con uno de los aviones del Gobierno. Decidió, en cambio, quedarse en España, confiando en que hubiese todavía alguna posibilidad de ejecutar las instrucciones de Moscú.

En Albacete fueron detenidos los dos y consiguieron salvarse gracias a los soldados puestos a su guardia. Alcanzaron el frente de Levante, más exactamente, el mando de una División comunista, y cuando, algunos días después, pareció que el horizonte se aclaraba, volvieron a Valencia.

Apenas llegaron a casa del diputado Uribe, cuya inviolabilidad había sido garantizada por el general Menéndez, tomaron asiento junto con otros de la Dirección, alrededor de la amplia mesa del comedor, y empezó entonces una reunión que iba a ser decisiva.

Las instrucciones de Moscú, como ya he dicho, eran categóricas: resistir a costa de todo. Mas, de un análisis de la situación, los reunidos dedujeron que las posibilidades para aplicar una línea semejante eran bien pocas. No se sabía nada de lo que había ocurrido en Madrid. Se supo después que, durante la noche del miércoles al jueves, los comunistas pudieron liquidar a la Junta y hacerse dueños de la situación. Sin embargo, ¿cuál hubiera sido el resultado práctico de ello? Evidentemente uno solo: acelerar el colapso y anticipar la entrada de las tropas de Franco en Madrid. Pese a lo que los rusos opinaran, cualquier resistencia en tales condiciones, en Madrid igual que en otro sitio, hubiera sido esporádica y efímera.

Entre los reunidos estaba Jesús Larrañaga. Dejado en España al frente de la lucha, años después fue detenido y fusilado.

Togliatti sugirió la formación de otra Junta en Valencia. De ella hubieran tenido que formar parte, entre otros, Jesús Hernández y Julio Just.

Tampoco esto fue más que un proyecto.

Entretanto, los días pasaban. Los acontecimientos se precipitaban y, ahora ya, el problema más importante era la evacuación. Salvar al mayor número de personas que seguramente iban a ser sacrificadas, y, en primer lugar, la Dirección del Partido y el Delegado del Komintern. En este aspecto, las perspectivas eran realmente obscuras. No contábamos literalmente con nada. No disponíamos de un solo medio. Aquel «gran Partido» que en el papel disponía de 350.000 afiliados, que tenía células en todas partes y enteras formaciones militares, al momento de la prueba no encontraba ni un lugar seguro donde su Dirección pudiese refugiarse, ni un medio para ponerla en salvo. Fue ésta una de las más despectivas observaciones hechas por Togliatti.

Lo que quedaba de la flota republicana había zarpado desde Cartagena en ruta hacia Túnez. Todas las esperanzas se cifraban en la ayuda que… los amigos soviéticos hubieran enviado desde Francia.

En aquel entonces, fundada con capitales rusos hábilmente camuflados, había en Francia una compañía de navegación con numerosos barcos, muy cuerdamente empleados para «ayudar» a la España republicana mientras la ayuda se pagó con oro, a más que con la sangre generosa de los españoles. Pero cuando se trató de salvar la vida a miles de combatientes, la generosidad soviética, calculada fríamente a la milésima, estimó oportuno arriesgar bien poco.

En aquellos días estuve casi siempre cerca de Togliatti. Su mujer venía a menudo a verle y, por medio de ella, Togliatti mantenía contacto telegráfico —en lenguaje convencional— con París. El 12 de marzo envió el siguiente telegrama: «Envoyez pommes de terre», lo cual significaba: «Urge enviar barcos».

Sólo el 29 de marzo, es decir, dieciséis días después y veinticuatro horas antes de que las tropas de Franco ocuparan Valencia, llegó uno solo de los barcos que los «amigos» rusos tenían a su disposición en el puerto de Marsella y en otros: el Lezardrieux. Y las cosas fueron organizadas desde París de tal manera que sólo 34 comunistas pudieron embarcar.

Cuando Togliatti hubo enviado el telegrama, se pensó en organizar una evacuación en masa, estando convencidos de que llegarían muchos barcos. Se trazó un plan para la ocupación del litoral, desde Valencia hasta Alicante. De tal manera, con dos puertos en nuestras manos, la operación de embarque de miles de republicanos no hubiera sido empresa difícil. A tal fin, Larrañaga, regresado milagrosamente de Madrid, donde todo estaba ya perdido, marchó al frente de Levante para concretar con el Jefe de Estado Mayor, Coronel Ciutat —no comunista, antes bien, ferviente católico, pero buen amigo nuestro—, la acción a desarrollar en el momento oportuno. Quiso Larra que fuera con él y salimos en coche.

Era una tarde gris, lloviznosa. A medida que nos acercábamos a la posición del Estado Mayor, la tristeza invadía mi ánimo. El frente estaba calmo, inactivo, silencioso.

No sé por qué recordé de repente el inicio de la guerra, tres años antes. La silueta de un obrero metalúrgico de dieciocho años volvió, imborrable, a mi mente. Era el mes de julio del 36 y yo acababa de acompañar a Madrid a una columna de voluntarios que, formada en Valencia, se había engrosado durante el camino. Madrid vivía horas difíciles. Mi tarea, después de haber instalado a los hombres en el Cuartel de la Montaña, había terminado y hubiera tenido que volverme a Valencia. Sin embargo, quise acompañarles a Cercedilla y después a Tablada. Arriba, en lo alto, se habían improvisado parapetos con sacos terreros y desde allí se intentaba contener a los franquistas que hacían fuego de morteros y ametralladoras. Los nuestros tenían una sola ametralladora. No había fusiles para todos. Estaba, entre otros, tras los sacos terreros, un joven valenciano, Ángel, licenciado en Filosofía. Se le acercó el metalúrgico, en mono azul, temblando de impaciencia: «Camarada, trae que dispare yo.» Y Ángel le dejó el fusil y el sitio. Un minuto después, el obrero se desplomó al suelo con un balazo en la frente…

Ahora los frentes estaban callados. Todo me parecía triste, hasta Larra, que nunca lo estaba. De la mirada de los combatientes —braceros, mineros, obreros, estudiantes— había desaparecido la alegría de la lucha. Gravitaba sobre todos la sensación de la catástrofe inminente; había como suspendida una pregunta que nadie se atrevía a pronunciar: «Y entonces, ¿para qué?» Y tras de aquella pregunta callada, la misma resignación, la misma indiferencia, la misma apatía de la ciudad. Los españoles aceptaban su sino. Decían: «¡Mala suerte!» Y basta.

Por aquel tiempo se había celebrado en Moscú el XVIII Congreso del Partido bolchevique. Fue el último, y han pasado diez años. ¡Mal síntoma para una democracia socialista!

Nos interesaba saber qué había dicho Stalin y cada noche yo escuchaba Radio Moscú. Cuando fue transmitido el texto de su discurso, quedé sorprendido por una de las frases. Trazando la línea que los rusos tenían que haber seguido, dijo entonces: «Ser prudentes y no dejar arrastrar a nuestro país en conflictos por los provocadores de guerras acostumbrados a sacar las castañas del fuego con manos ajenas.» Togliatti escuchó atentamente el resumen que yo le hice del discurso de Stalin y se mostró sobre todo interesado por lo que a mí mismo me había sorprendido. No hizo comentarios.

Exactamente un mes después, empezaban en Berlín, por iniciativa de los rusos, aquellas negociaciones secretas que culminaron en el acuerdo ruso-alemán de agosto de 1939, largamente deseado por Moscú. Se comprendió entonces por qué Rusia no había querido concluir el proyectado pacto anglo-franco-soviético.

Todo el secreto de la insistencia de Moscú en exigir que los republicanos españoles continuaran resistiendo, era éste: a los rusos les interesaba sobre todo ganar tiempo, aun a costa de la sangre ajena. Sabían que la guerra no estallaría mientras se luchara en España y que habrían logrado llegar a un acuerdo con Hitler. Y desde luego no fue por falta de voluntad de parte de ellos si el pacto Molotov-Ribbentrop no se concluyó antes, mientras «los bravos muchachos españoles y los héroes de las Brigadas Internacionales» caían orgullosos de servir la causa del camarada Stalin.

Togliatti estaba de un humor negro: los barcos no llegaban. Poco tiempo después pude darme cuenta de toda su indignación por el sesgo que habían tomado las cosas.

Fue una tarde, durante uno de los contados momentos de descanso que tuve en aquel período, en el que se comía poco y se dormía menos. Estábamos los dos apoyados en el alféizar de la ventana, en la habitación donde él solía dormir. Estaba taciturno, como casi siempre en aquellos días. De repente empezamos a hablar y nuestra conversación recayó sobre algunos problemas italianos. Circulaban en aquel tiempo muchísimas publicaciones editadas a cargo del Komintern. En España, ya desde antes de la guerra, existía una editorial, la «Europa-América», fundada con capitales soviéticos, al frente de la cual había otro italiano, Del Bono, delegado del Komintern para la propaganda. Las revistas publicadas por esta editorial aparecían siempre llenas de apreciaciones acerca de la situación económica en Italia y en Alemania. Tras el constante martilleo de aquellas afirmaciones, que para nosotros constituían una especie de Corán, no dudábamos que, efectivamente, la situación económica de los dos países fuese catastrófica y la bancarrota inminente. De esta certidumbre se derivaba otra, es decir, que hubiera sido suficiente un empujón desde el exterior para precipitar la caída de los dos regímenes y provocar en Europa una crisis revolucionaria que llevaría al proletariado al poder. El empujón —no había duda— lo hubiera dado la Unión Soviética. Y he aquí por qué se nos hacía incomprensible la nueva política de Stalin.

Cuando expuse a Togliatti mi pensamiento, formulado sobre la base de los textos que el Komintern nos propinaba, atajó:

—Tonterías. Van adelante muy bien.

Francamente, no me atreví entonces a preguntarle por qué, en tal caso, tamañas «tonterías» fueran divulgadas por el Komintern. De haberlo hecho, probablemente me hubiera contestado que una cosa es la necesidad de la propaganda y otra, muy distinta, la realidad.

No fue menos cáustico cuando, hablando de España y queriendo explicar las causas de nuestra capitulación, dijo:

—El poder corrompe.

Aquellas palabras no las olvidé jamás. Togliatti se refería entonces a los ministros de la República, incluidos los comunistas, y, en general, a los dirigentes españoles. Más tarde, durante ocho años, pude comprobar que la afirmación es valedera, sobre todo para Rusia. Es un hecho que el poder revolucionario, surgido del pueblo, y que al principio necesita de la intervención y del control popular para afirmarse, orientará luego su obra hacia la eliminación de toda injerencia que obstaculice e impida su propio desarrollo. Pero el efecto más o menos inmediato de ello es la metamorfosis del poder revolucionario en poder oligárquico que deberá mantenerse por el terror. En tal clima, la corrupción es un hecho inevitable. Cuanto más concentrado el poder, tanto más profunda la corrupción moral y política.

De Madrid empezaron a llegar compañeros huidos de la represión casadista. De uno de ellos, Isidoro Diéguez, miembro del Buró Político, Togliatti quiso saber cómo se habían desarrollado los acontecimientos en la capital.

—En Madrid —dijo Diéguez, fusilado años después, cuando desde Moscú fue enviado a España— los comunistas hubieran podido aplastar a la Junta.

El no haberlo hecho, el no haber obrado con la energía, la prontitud y la audacia que el caso exigía —sobre todo teniendo en cuenta que todo había sido predispuesto para ello— no hizo sino agudizar en mí la impresión a la que ya me he referido.

Los acontecimientos se sucedían con rapidez asombrosa. La Junta de Madrid iba a firmar de un día a otro la capitulación a las condiciones impuestas por Franco. De París, ninguna noticia, ninguna contestación a nuestra petición de medios para ponernos a salvo.

Un día, desde Madrid, obedeciendo sin duda a instrucciones emanadas de Burgos y que evidentemente formaban parte de las condiciones impuestas para la paz, fue cursada por radiograma a las autoridades de Valencia y de otras provincias la orden de detener a los dirigentes comunistas. Dicha orden nos fue confiada antes de que las autoridades pudieran ejecutarla. Sería pueril decir que esto no nos impresionó. ¿Adónde ir? Nadie lo sabía, mas no había tiempo que perder.

—Pronto, decide —me dijo Checa.

—Estoy pensándolo —contesté—; pero no veo un sitio indicado.

—No hay nada que pensar —insistió Checa—. Hay que salir de aquí. De un momento a otro nos pillan.

—Vamos —dije.

—¿Dónde?

—No sé.

—Estamos en tus manos.

Salimos. Togliatti, el vicesecretario del Partido y otro compañero del Buró Político me siguieron. De lo que yo iba a hacer dependían sus vidas. Ser detenidos significaba ser entregados a los pocos días a Franco, o quizá ser fusilados antes de que los franquistas llegaran. Ninguno de los domicilios de comunistas que conocía me inspiraba confianza. ¿Quién podía garantizar que no nos hubiesen descubierto? En aquel período, el verse cerrar la puerta en la cara por compañeros que no querían comprometerse, era cosa muy frecuente. Otros, en cambio, hubieran dado la vida.

Nos encaminamos por las callejuelas del «barrio chino», rebosantes de prostitutas y carteristas. Renuncio a describir lo que sentí en aquel cuarto de hora. El tiempo urgía, había que desaparecer de la circulación a toda costa, buscar un refugio, pero vagábamos a la ventura sin saber dónde ir. Me acordé de improviso de haber pasado una noche, antes de la guerra, en casa de un muchacho de la Juventud, Juan, un estudiante de dieciocho años, que fue de los primeros que marcharon al frente y de los primeros que cayeron. Su madre era viuda y sin otros hijos. Desde entonces no había vuelto a verla, mas no dudaba que me reconocería. Y hacia aquella casa dirigí mis pasos. Hice esperar a Togliatti y a los otros en el portal, entornado, queriendo antes cerciorarme de que la mujer nos quería acoger. Minutos después entrábamos los cuatro en la misma habitación que un tiempo había sido del hijo. Sobre la mesa había, como siempre, una gran foto de su primer amor, junto a la cual la madre había puesto otra de Juan. La señora nos hizo sentar y nos dejó solos. Al salir de la habitación, murmuró con un suspiro, delante de mí: «¡Pobre pequeño mío!» Le apreté las manos, frenando a duras penas las lágrimas, mientras ella repetía: «¿Para qué, para qué?»

Pequeño soñador Juan. ¡Tú no habías preguntado «para qué»!

Horas después, ya de noche, salí. Había recordado un nombre. Busqué entre un dédalo de callejuelas, trepé por una escalera húmeda y obscura. Era una humilde y vieja casa de obreros, donde se podría estar más seguro. Media hora después, en coche, llevé allí a Togliatti y a los otros. Yo me fui, aunque me pidieron que me quedara. Sentía que eran los últimos días que podía pasar junto a mi mujer. Y que podían ser los últimos de mi vida. No nos atrevíamos a estar en nuestra casa e íbamos cada noche de aquí para allá, a la de un amigo o de un pariente.

También ella intuía que el destino nos separaría y que nos esperaban las más grandes amarguras. Hacía proyectos, así, sin ton ni son; quizá sencillamente porque era feliz pensando que no llegaríamos a separarnos. Luego, de repente, decía: «Tonterías; si no salimos juntos, no nos encontraremos jamás.»

Yo contestaba invariablemente: «El Partido decidirá.»

En aquellos días se procedió a nombrar, en el más absoluto secreto, otro Comité Central, destinado a quedarse en España para continuar la lucha. Lo mismo se hizo con los Comités Provinciales. Fue un problema encontrar un sitio en donde poderse reunir y organizar las cosas de manera que las personas que tenían que asistir a la reunión, en primer lugar Togliatti, pudieran hacerlo sin peligro.

Aquella misma noche, Togliatti escribió, en un castellano casi perfecto, la última proclama al pueblo español, que al día siguiente se tiró en una imprenta ya preparada para el trabajo clandestino.

No supe explicarme jamás cómo de un cerebro frío y calculador cual el de Togliatti pudo salir un documento tan ardiente y apasionado. Guardé durante muchos años el manuscrito junto con una histórica carta autógrafa del Presidente del Consejo, Negrín, al de la República, Azaña. Al salir de Rusia, la Policía, que registró mis maletas, se quedó con las dos cosas.

Ya no había qué esperar que los «amigos» desde Francia nos ayudaran.

Se hizo entonces la única tentativa posible, siquiera para salvar a los principales dirigentes. En las cercanías de Cartagena había una Escuela de aviación dirigida por un oficial, Comandante de Aeronáutica antes de la guerra civil; ni siquiera pertenecía al Partido Comunista. La Escuela tenía algunos aparatos; pero el problema que había que resolver era hacerlos poner a disposición del Comité Central. Se elaboró un plan de asalto al campo para el caso de que no hubiera sido posible convencer al personal. A tal fin, Togliatti se trasladó, junto con los otros, a las cercanías de Murcia, adonde al día siguiente me encargué de enviar a otros compañeros. Entonces, saturado como estaba de aquella mística por la cual se sacrifica sencillamente hasta la vida, en todo pensaba menos en salvarme.

Me pesó infinitas veces el no haberme quedado en España. De haberlo hecho, con toda probabilidad habría caído; mas en los años amargos de mi vida en Rusia, muchos, muchísimos de nosotros hubimos de considerar preferible este fin a la pérdida de nuestras mejores ilusiones. Creo no haya nada más triste y más amargo para un hombre.

No fue necesario asaltar el campo de aviación. El director de la Escuela se puso a disposición del Partido, y otros pilotos hicieron lo mismo. Los aparatos despegaron tranquilamente; cuando ya habían tomado altura, un oficial quiso demostrar su aversión a la República disparando contra los aeroplanos tiros de pistola.

Así se salvaron Palmiro y otros.

El Comandante de Aeronáutica, C. Ramos, al llegar a Rusia, quizá en premio a su comportamiento, fue enviado a una fábrica, en Cheliávinski, a las puertas de Siberia. Sufrió hambre y frío y pescó dos pulmonías. Sólo dos años más tarde se logró arrancarle a una muerte segura. Está ahora encargado de la limpieza de las máquinas en un lavadero mecánico en Moscú. Cuatro días de cada semana no cena. De sus peripecias —algunas de las cuales hemos pasado juntos— hablaré más adelante.

El 29 de marzo llegó, al fin, un barco de Marsella, el Lezardrieux. Iba en él un diputado francés enviado del Komintern y encargado de dar instrucciones. Calculadores como siempre, los rusos quisieron poner el barco a disposición de las autoridades de la Junta, las cuales, naturalmente, intentaron impedir a toda costa que un solo comunista embarcase. Y si pocos de ellos pudieron hacerlo, se debe exclusivamente a la enérgica y humana intervención del ex-ministro Just.

Había vuelto a verle algunos días antes. De vuelta de Madrid, donde había intentado conseguir la libertad de los comunistas detenidos, me había telefoneado rogándome fuese a visitarle. Me informó de las promesas de Casado, que luego no fueron cumplidas. Le saludé agradeciéndole todo lo que había hecho y nuestra separación fue cordial y afectuosa.

¿Nos íbamos a salvar? ¿Cuánto tiempo iba a durar la emigración?

Pocos días después, Just salió en un barco inglés, junto con otros.

Hacia las tres de la tarde del 29 fui avisado para que estuviese pronto para marchar. Mi mujer iba a salir conmigo. La llamé y le dije: «Vete a casa, mete en las maletas todo lo que puedas, lo esencial. Quema los papeles.»

—¿Puedes salvarte? —preguntó.

—Tú también. Espérame en casa. Iré a por ti.

Me miró, incrédula, enrojeció y se fue corriendo.

De noche, a las once fuimos al lugar convenido. Era una noche húmeda; lloviznaba; el frío penetraba en los huesos. En la plaza de Castelar, unos grupos escuchaban las últimas noticias. La Radio transmitía la conclusión de las negociaciones con Franco. Sentí más frío y más amargura.

—¿Dónde vamos? —preguntó mi mujer.

—¡Quién sabe! A Francia, o al fondo del mar.

Otras personas esperaban en el mismo local, entre ellas algunas mujeres. Buenas, fieles compañeras que no podían ser abandonadas a una muerte segura.

Pero nosotros habíamos propuesto y los rusos, una vez más, disponían. Llegó una persona anunciando que las mujeres no saldrían. Por vez primera, en tantos años de vida activa y de lucha, oí pedir explicaciones ante una orden del Partido.

—¿Por qué? —alguien preguntó.

—El Partido lo ha dispuesto así —contestó el que había transmitido la orden.

Y no era cierto. Fue la estúpida autoridad del delegado del Komintern quien lo impuso. Sin embargo, él mismo permitió la subida al barco a vulgares prostitutas, a malhechores que se hacían pasar por anarquistas y que la justicia republicana no se había atrevido a castigar, pero que debían responder ciertamente de crímenes y rapiñas desde los primeros meses de la guerra. Crímenes y rapiñas a los que —hay que decirlo— sólo los comunistas tuvieron el valor de poner fin con la fuerza fusilando a no pocos malhechores y aplastando a sus bandas. Yo mismo que, a través de una serie de violentos artículos, había preparado el clima para esta represión, una noche, volviendo a casa, estuve a punto de caer víctima de una de ellas.

Había llegado la hora, esa hora dramática y amarga en que quisieran decirse tantas cosas y no se tienen palabras. Y no se tienen lágrimas porque hay todavía demasiada fuerza en el ánimo.

En la escalera, a obscuras, di el último beso a mi mujer.

—No nos veremos más —dijo.

—El mundo es demasiado pequeño —la alenté—; pierde cuidado, nos encontraremos.

De ella no veía, en la sombra, sino los grandes ojos dolorosos; sentía en mis manos sus pequeñas manos temblorosas. Sin embargo, mi pensamiento estaba lejos, no era para ella. Más exactamente, lo que experimenté en aquel instante fue un amargo sentimiento en el que se fundía una veloz sucesión de recuerdos, de hombres y cosas: el fuerte de Pamplona; el penal de Burgos, donde había pasado dos años; el joven metalúrgico desplomado, frío, en el parapeto; el estudiante Juan y la mirada de pena de su madre; los primeros días de lucha, las palabras dolientes de mi mujer, cuya juventud, en definitiva, yo mismo había sacrificado, y tantas esperanzas y tantos sufrimientos y tanta fe. Por un instante sentí el mordisco de aquella pregunta no pronunciada: «¿Para qué?»

Y apretando las manos de mi mujer dije: «Adiós», mientras pensaba: «¿Es posible que tanta sangre no germine?»

En la puerta estaba el joven filósofo: «¡Hombre…! Yo me quedo —dijo —. Donde han muerto tantos puede morir uno más.»

Cuando subí al coche, mi mujer, con un último tímido gesto de esperanza, me pidió: «Deja que te acompañe.»

Contesté implacable, ya dueño de mí: «No. Vete a casa con mamá.»

Las órdenes tenían que ser cumplidas. Era nuestra ley; una disciplina aceptada con fanatismo que deshumaniza, pero que era nuestra fuerza. La familia, la casa, el yo: todo desaparecía ante la exigencia de la lucha. Para nosotros los comunistas, no había más que el Partido, siempre y en todas partes el Partido.

A pocos metros del barco, minutos antes de subir, el encargado de hacernos embarcar se me acercó diciendo:

—Voy a recoger a tu mujer, ¿quieres?

Contesté duramente:

—No. No sería justo hacer una excepción.

—Pero tú eres extranjero…

—No importa.

Han pasado nueve años. Mi compañera estuvo en la cárcel; la muerte la rozó muchas veces, pero vive todavía. Mas ¡cuántas perecieron! Jóvenes obreras, humildes empleadas, estudiantes, hijas de la pequeña burguesía que antes de la guerra vivían la tranquila vida de familia: una novela, el cine, un sueño, el novio. La guerra había sacudido la quietud, como un vendaval, esparciendo las semillas de un mito: justicia en la tierra.

Zarpó el Lezardrieux en la obscuridad, mucho antes del alba, mientras dormíamos en el suelo, abajo, en la estiva.

¡Nadie te dijo adiós, nadie agitó una mano saludándote, ardiente, generosa, implacable España!

En Orán nos dejaron en el barco durante dos semanas. Bajaron de noche, a escondidas, ayudados por los comunistas de la ciudad, la mujer de Togliatti y otro.

Más tarde nos enviaron, bajo escolta, hacia un campo de concentración, a Bogarí, entre Orán y Argel. Guardias senegaleses, noches gélidas, pan amasado con quinina, agua que hacía orinar siete, ocho, diez veces en la noche.

Bajo mi hamaca descubrimos un saco de ajos. Cuatro periodistas los devoramos poco a poco hasta el último, como judíos de toda la vida. Y nos parecieron sabrosísimos.

Desde otro campo me comunicaron que nos veríamos muy pronto en «casa», es decir; en Rusia. Rechacé, por lo tanto, el ofrecimiento que desde París me hicieran unos amigos para marchar a América. Y el 12 de mayo, después de una escrupulosa selección hecha por funcionarios soviéticos, algunos de nosotros partimos.

Muchos, los más, humildes soldados de fila, quedaron para siempre en el campo de concentración. El viento del desierto tronchó hace tiempo las cruces de sus tumbas.

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