1 El idolo perdido

Grammata · Capítulo 9 de 13 · parte 1/3

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1 El idolo perdido

Capítulo 6

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

—¿De veras? ¿De eso hablabais el otro día en la cafetería?

Smithback asintió.

—Apenas me comentó nada, pero sé que ha sido un golpe muy duro para ella. Hasta se planteó dejar el museo.

—Eso sería un lamentable error. —Kawakita frunció el entrecejo. Se dispuso a añadir algo, pero se contuvo de repente. Se reclinó en la silla y dirigió al escritor una mirada larga y calculadora—. Es un gesto muy generoso por tu parte, Bill. —Se humedeció los labios y asintió lentamente

—. Bill Smithback, el buen samaritano. Tu nueva imagen, ¿eh?

—Para ti, William Smithback Jr.

—Bill Smithback, el Eagle Scout [6] —continuó el científico. Después, sacudió la cabeza—. No, no me parece sincero. No has venido aquí para hablar de Margo, ¿verdad?

Smithback vaciló.

—Bueno, es sólo uno de los motivos —admitió.

—¡Lo intuía! —graznó Kawakita—. Vamos, suéltalo.

—Bien, de acuerdo. —Smithback suspiró—. Escucha, estoy intentando obtener información sobre la expedición Whittlesey.

—¿La qué?

—La expedición a Sudamérica que trajo la estatuilla de Mbwun. Ya sabes, la estrella de la nueva exposición.

—Ah, sí. Seguramente el viejo chiflado del herbario te habló de ella el otro día. ¿Qué ocurre con esa expedición?

—Bien, sospechamos que existe algún vínculo entre ella y estos asesinatos.

—¿Qué? —exclamó Kawakita, incrédulo—. No me digas que tú también crees ese rollo de la Bestia del Museo. ¿Y por qué hablas en plural?

—No estoy diciendo que lo crea todo, ¿de acuerdo? —replicó con tono evasivo Smithback—, pero he oído muchas historias raras en los últimos días. Rickman se muestra reacia a la presencia de la estatuilla en la exposición. Además de esa reliquia, la expedición envió otras piezas; varias cajas, de hecho. Quiero averiguar todo lo posible sobre ellas.

—¿Y qué pinto yo en todo esto?

—Nada, pero, como ayudante de conservador, tienes acceso al ordenador de alta seguridad del museo. Puedes solicitar la base de datos y hacer indagaciones sobre esas cajas.

—Dudo de que hayan introducido información sobre ellas. En cualquier caso, no importa.

—¿Por qué? —preguntó el periodista.

Kawakita rió.

—Espera un momento.

Se levantó y se encaminó hacia el laboratorio. Al cabo de unos minutos regresó con una hoja de papel en la mano.

—Debes de tener poderes psíquicos —dijo, tendiéndole el papel—.

Mira qué he encontrado en mi correo esta mañana.

MUSEO DE HISTORIA NATURAL

DE NUEVA YORK

NOTA INTERNA

A: Conservadores y personal directivo.

De: Lavinia Rickman.

CC: Wright, Lewallen, Cuthbert, Lafore.

A consecuencia de los desafortunados acontecimientos recientes, el museo se halla sometido a un intenso examen por parte de los medios de comunicación y el público en general. Dada la situación, he querido aprovechar la oportunidad para revisar la política del museo sobre las comunicaciones externas.

Todo trato con la prensa se llevará a cabo por mediación de la oficina de relaciones públicas del museo. No se harán comentarios sobre asuntos relacionados con la entidad, ni oficial ni extraoficialmente, a periodistas u otros miembros de los medios de comunicación.

Cualquier declaración o ayuda prestada a individuos que estén preparando entrevistas, documentales, libros, artículos, etc., relativos al museo, deberá ser autorizada por esta oficina.

La dirección emprenderá acciones disciplinarias en caso de violación de estas directrices.

Gracias por su colaboración en estos momentos difíciles.

—Joder —murmuró Smithback—. Lee esto; «individuos que estén preparando libros».

—Se refiere a ti, Bill. —El científico prorrumpió en carcajadas—. ¿Lo ves? Tengo las manos atadas. —Sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó—.

Alergia al polvo de huesos —explicó.

—No puedo creerlo —musitó Smithback, releyendo la nota.

Kawakita le dio una palmada en la espalda.

—Bill, amigo mío, sé que de esta historia nacería un gran artículo, y me gustaría ayudarte a escribir el libro más controvertido, ultrajante y lascivo posible, pero no puedo. Seré sincero; intento labrarme una carrera y… me juego el puesto. Tendrás que tomar otra ruta. ¿De acuerdo?

El periodista asintió con resignación.

—De acuerdo.

—No pareces muy convencido. —Kawakita rió—. De todas formas, me alegro de que seas comprensivo. —Puso en pie al escritor con suavidad—.

Te propongo algo; ¿qué te parece si vamos de pesca el domingo? Predicen una nidada temprana en el Connetquot.

Smithback sonrió por fin.

—Resérvame una de tus diabólicas ninfas —dijo—. Acepto.

26

D'Agosta se hallaba al otro lado del museo, cuando recibió un nuevo aviso. Se había visto algo extraño en la sección 18, en la sala de ordenadores.

Suspiró, guardó la radio en la funda y pensó en sus pies cansados. En aquel maldito lugar todo el mundo se topaba con el hombre del saco.

Una docena de personas se habían congregado ante la sala de ordenadores y bromeaban, algo nerviosas. Dos policías uniformados custodiaban la puerta cerrada.

—Muy bien —dijo el teniente mientras desenvolvía un puro—. ¿Quién lo vio?

Un joven se adelantó. Llevaba una bata blanca de laboratorio, gafas de culo de botella, y una calculadora y un mensáfono colgaban de su cinturón.

«Joder —pensó D'Agosta—, ¿de dónde sacan a estos tíos?» Era perfecto.

—De hecho, no vi nada —explicó—, sino que oí un ruido fuerte e insistente en el cuarto de la instalación eléctrica. Era como si alguien tratara de derribar la puerta…

El teniente se volvió hacia los dos policías.

—Vamos a echar un vistazo.

Forcejeó con el picaporte hasta que alguien sacó una llave.

—Decidimos cerrarla. No queríamos que nada saliera…

D'Agosta atajó las explicaciones con un gesto. Aquello resultaba cada vez más ridículo. ¿Cómo cojones se les ocurría mantener la gran inauguración de la noche siguiente? Deberían haber clausurado el maldito edificio después de los primeros asesinatos.

La sala era grande, circular, inmaculada. En el centro, colocado sobre un pedestal de gran tamaño y bañado por brillantes luces de neón, se alzaba un cilindro blanco de metro y medio de altura. D'Agosta supuso que era el ordenador principal del museo. Zumbaba con suavidad, rodeado de terminales, estaciones de trabajo, mesas y librerías. Había dos puertas cerradas al fondo de la habitación.

—Echad una ojeada, muchachos —ordenó a sus hombres mientras se llevaba el puro apagado a los labios—. Yo hablaré con ese tío; me ocuparé del trabajo burocrático.

Salió fuera.

—¿Nombre? —preguntó.

—Roger Thrumcap. Soy el supervisor de turnos.

—De acuerdo. —D'Agosta, cansado, tomó nota—. Ha informado de ruidos en la sala de procesamiento de datos.

—No, señor, esa sala está arriba; ésta es la de ordenadores, donde se controla el soporte físico.

—La sala de ordenadores, pues. —Garabateó algo más—. ¿Cuándo reparó por primera vez en esos ruidos?

—Unos minutos después de las diez. Estábamos acabando los diarios…

—¿Estaban leyendo el periódico cuando oyó los ruidos?

—No, señor. Me refiero a las cintas de control. Estábamos terminando la copia de seguridad diaria.

—Entiendo. Y eso ocurrió a las diez.

—Las copias de seguridad no se efectúan durante las horas punta, señor.

Tenemos permiso especial para entrar a las seis de la mañana.

—Qué suerte. ¿De dónde procedían los ruidos?

—Del cuarto de la instalación eléctrica.

—¿Y eso está…?

—La puerta situada a la izquierda del MP-3, el ordenador, señor.

—He visto dos puertas ahí dentro. ¿Adónde conduce la otra?

—Ah, a la habitación de retreta. Se accede a ella mediante unas tarjetas especiales. Nadie puede entrar allí. —Ante la mirada de extrañeza del teniente, añadió—: Contiene paquetes de disquetes y cosas así. Es una especie de almacén. La llamamos así porque todo está automatizado y nadie entra, excepto los de mantenimiento. —Asintió con orgullo—. Estamos en un entorno que no precisa de operadores. Comparado con nosotros, el DP

aún está en la Edad de Piedra. Tienen operarios que montan a mano las cintas.

D'Agosta entró de nuevo en la sala de ordenadores.

—Los ruidos provenían del otro lado de esa puerta de la izquierda.

Echaremos un vistazo. —Dio media vuelta—. Saque a esa gente de aquí —

ordenó a Thrumcap.

La puerta del cuarto de la instalación eléctrica se abrió y liberó un olor a cables calientes y ozono. D'Agosta palpó la pared; encontró el interruptor y encendió la luz.

Efectuó un repaso visual, como dictaban las normas. Vio transformadores, rejas que cubrían los conductos de ventilación, cables y varios aparatos grandes de aire acondicionado. Nada más.

—Mirad detrás de esos aparatos —indicó el teniente D'Agosta.

Los policías llevaron a cabo un registro minucioso. Uno echó un vistazo hacia atrás y se encogió de hombros.

—Muy bien —dijo el teniente antes de salir de la sala de ordenadores

—. Creo que no hay nada sospechoso. ¿Señor Thrumcap?

—¿Sí? —El hombre asomó la cabeza.

—Su gente puede volver a entrar. Todo parece en orden. De todas formas, apostaremos un agente durante las siguientes treinta y seis horas. —

Se volvió hacia uno de los policías que salían del cuarto de la instalación eléctrica—. Waters, quédate aquí hasta que finalice tu turno. Pro forma, ¿de acuerdo? Te enviaré un relevo.

«Si alguien más ve algo extraño, me quedaré sin hombres.»

—De acuerdo —respondió Waters.

—Es una buena idea —opinó Thrumcap—. Esta sala es el corazón del museo; mejor dicho, el cerebro. Controlamos los teléfonos, la planta física, la red, las impresoras, el correo electrónico, el sistema de seguridad…

—Claro —interrumpió D'Agosta.

El personal empezó a avanzar por la sala para ocupar sus puestos ante las terminales. D'Agosta se enjugó el sudor de la frente. «Hace un calor de la hostia.» Cuando se disponía a marcharse, oyó una voz a su espalda.

—Rog, tenemos un problema.

D'Agosta vaciló un instante.

—Oh, Dios mío —exclamó Thrumcap con la vista fija en un monitor—.

El sistema está realizando un volcado hexadecimal. ¿Qué coño…?

—¿Estaba el ordenador principal en modo «copias de seguridad»

cuando lo dejaste, Rog? —preguntó un tipo bajito con dientes de conejo—.

Si terminó y no obtuvo respuesta, tal vez cayera en un volcado de bajo nivel.

—Quizá tengas razón —admitió Roger—. Aborta el volcado y asegúrate de que todas las regiones estén activadas.

—No responde.

—¿Está desactivado el OS? —preguntó Thrumcap, inclinándose sobre el CRT de dientes salientes—. Déjame ver eso.

Una alarma se disparó en la sala; un sonido agudo e insistente. D'Agosta vio una luz roja en un panel del techo situado sobre el ordenador principal.

Tal vez debía permanecer allí un rato más.

—Y ahora, ¿qué?

«Caramba, qué calor—pensó el teniente—. ¿Cómo pueden soportarlo estos tíos?»

—¿Qué significa este código?

—No lo sé. Míralo.

—¿Dónde?

—¡En el manual, idiota! Está detrás de tu terminal. Ven, ya lo tengo.

Thrumcap empezó a pasar páginas.

—2291, 2291… Aquí está. Es una alarma térmica. ¡Oh, Dios mío! ¡La máquina está sobrecalentándose! ¡Avisa a mantenimiento ahora mismo!

D'Agosta se encogió de hombros. Probablemente el ruido sordo que los había alertado lo habían producido los compresores de aire acondicionado al fallar. «No hay que ser un científico de la NASA para sospecharlo. La temperatura aquí debe de rondar los cincuenta grados.» Cuando se alejaba por el pasillo, se cruzó con dos hombres de mantenimiento que corrían en dirección contraria.

Como la mayoría de superordenadores modernos, el MP-3 del museo soportaba mucho mejor el calor que los gigantescos aparatos de hacía diez o veinte años. Su cerebro de silicio, a diferencia de los transistores más antiguos, podía funcionar por encima de las temperaturas recomendadas durante períodos prolongados sin sufrir deterioros o pérdidas de datos. Sin embargo, la interfaz conectada al sistema de seguridad del museo había sido instalada por otro equipo que no había seguido las instrucciones especificadas por el fabricante del ordenador. Cuando la temperatura en la sala de ordenadores alcanzaba los treinta y cinco grados, se rebasaba la

tolerancia de los chips ROM que gobernaban el sistema automático de control de averías. El fallo se producía noventa segundos más tarde.

Waters, de pie en una esquina, paseó la vista por la sala. Los técnicos de mantenimiento se habían marchado una hora antes, y por fin reinaba un frío agradable en la estancia. Todo había vuelto a la normalidad, y los únicos sonidos que se oían eran el zumbido del ordenador y el repiqueteo mecánico de miles de teclas. Desvió la mirada hacia una terminal desocupada y vio un mensaje parpadeante: «FALLO GLOBAL EXTERNO EN ROM.

DIRIGIRSE A 33 BI 4A 03.»

Era como chino para él. ¿Por qué no podía decirlo? Odiaba los ordenadores. No recordaba nada que hubieran hecho por él, excepto comerse la «s» de su apellido en las nóminas. También detestaba a aquellos capullos chiflados por los ordenadores. Si algo iba mal, ya se ocuparían ellos de solucionarlo.

27

Smithback dejó caer los cuadernos de notas sobre la mesa de un gabinete de la biblioteca. Exhaló un profundo suspiro y se acomodó en el estrecho espacio, depositó la carpeta sobre el escritorio y encendió la pequeña luz del techo. Se hallaba muy cerca de la sala de lectura, con paredes revestidas de roble, butacas de cuero rojo y una chimenea de mármol que no se había utilizado en un siglo. Sin embargo, él prefería los estrechos y destartalados gabinetes, en especial los que quedaban escondidos entre las estanterías. Allí podía examinar documentos y manuscritos en la intimidad.

El museo albergaba una colección de libros nuevos, antiguos y raros sobre todos los aspectos de la historia natural que no tenía parangón. Había recibido tantos legados y donaciones privadas a lo largo de los años que su catálogo de fichas se atrasaba sin remedio. No obstante, Smithback conocía aquel departamento mejor que casi todos los bibliotecarios. Podía localizar cualquier dato en un tiempo récord.

Se humedeció los labios, pensativo. Había salido de su entrevista con Kawakita sin nada positivo, y Moriarty era un burócrata empecinado. No

conocía a nadie más que pudiera proporcionarle acceso a las bases de datos.

Sin embargo, había más de una forma de abordar un rompecabezas.

Empezó a repasar el índice del New York Times en el fichero microfilmado. Retrocedió hasta 1975. No encontró nada y tampoco, como no tardó en descubrir, en las revistas importantes de historia natural y antropología.

Buscó información referente a la expedición en las publicaciones periódicas más antiguas del museo. Nada. El Quién es Quién del Museo de Historia Natural de Nueva York contenía una biografía de dos líneas de Whittlesey que no le aportó nada que no supiera ya.

Maldijo para sí. «Este tío está más escondido que el tesoro de Oak Island.»

Colocó uno tras otro los libros en los estantes y miró alrededor. A continuación, arrancó unas páginas de una libreta y se acercó al escritorio de una bibliotecaria, asegurándose primero de que no lo había visto antes.

—He de devolver esto a los archivos —dijo a la mujer.

Ella lo miró con severidad y parpadeó varias veces.

—¿Es usted nuevo?

—Pertenezco a la biblioteca científica, y me trasladaron la semana pasada; por rotación.

Le dedicó una sonrisa, confiando en que pareciera radiante y sincera.

Ella frunció el entrecejo. De pronto sonó el teléfono de su mesa. Tras vacilar un instante, descolgó el auricular y, distraída, tendió a Smithback una tablilla y una llave suspendida en un cordel largo y azul.

—Firme —dijo, tapando el auricular con la mano.

Una puerta gris, situada en un rincón apartado de la sala, conducía a los archivos de la biblioteca. Smithback era consciente de que estaba llevando a cabo una jugada arriesgada, en más de un aspecto. Ya había visitado aquella sección en una ocasión, por un asunto legítimo, y sabía que el grueso de los archivos del museo se almacenaba en otro sitio y que los de la biblioteca eran muy específicos. Sin embargo, tenía un presentimiento. Cerró la puerta y avanzó. Examinó las estanterías llenas de cajas etiquetadas.

Cuando hubo recorrido un lado de la habitación, se detuvo. Tendió la mano con cautela y bajó un caja etiquetada «Central RECVG/SHPG: Facturas Cargamento Aéreo». Se acuclilló y examinó a toda prisa los papeles.

Una vez más, retrocedió hasta 1975. Decepcionado, lo revisó de nuevo.

Nada.

Al colocar la caja en su estante, se fijó en otra etiqueta: «Facturas de cargamento, 1970-1990.» Sólo podía dedicarle cinco minutos.

Su dedo se detuvo cerca del final de la pila.

—Ya lo tengo —susurró, y extrajo una hoja amarillenta de la caja. Sacó del bolsillo la minigrabadora y pronunció en voz baja las palabras, fechas y lugares pertinentes: Belem, puerto de Nueva Orleans, Brooklyn, el Estrella de Venezuela. «Qué raro —pensó—. Una estancia muy larga en Nueva Orleans.»

—Parece muy satisfecho —dijo la bibliotecaria cuando le devolvió la llave.

—Que tenga usted un buen día —contestó Smithback. Terminó el apunte en la tablilla: «Sebastián Melmoth, entrada 11.10; salida 11.25.»

El escritor volvió a repasar el catálogo microfilmado. Recordaba que el periódico de Nueva Orleans tenía un nombre raro, como anterior a la guerra civil; Times-Picayune.

Inspeccionó el catálogo a toda prisa. Allí estaba; «Times-Picayune, 1840-hoy.»

Colocó el rollo de 1988 en la máquina. Poco antes de llegar a 1988, hizo que la filmación pasara más lentamente y luego la detuvo. Un titular a toda plana apareció en la pantalla.

—Oh, Dios mío —susurró.

Ahora sabía, sin el menor asomo de duda, por qué las cajas de Whittlesey habían permanecido tanto tiempo en Nueva Orleans.

28

—Lo siento, señorita Green, pero su puerta continúa cerrada. Le comunicaré su mensaje lo antes posible.

—Gracias —dijo Margo.

Colgó el auricular del teléfono, frustrada. ¿Cómo podía ser los ojos y los oídos de Frock, si ni siquiera podía hablar con él?

Cuando el doctor se enfrascaba en un proyecto, solía encerrarse a cal y canto en su despacho. Su secretaria sabía que no debía molestarle. Margo

había intentado en vano localizarlo dos veces aquella mañana.

La joven consultó su reloj; las once y veinte de la mañana. Se volvió hacia su terminal y trató de conectar con el ordenador del museo.

HOLA MARGO GREEN BIOTECH STF

BIENVENIDA A MUSENET

SISTEMA DE RED DISTRIBUIDO

EMISIÓN 15-5

COPYRIGHT 1989-1995 NYMNH AND

CEREBRAL SYSTEMS INC.

CONEXIÓN A LAS 11.20.45; 30-3-95

SERVICIO DE IMPRESIÓN DERIVADO A LJ56.

*"A TODOS LOS USUARIOS; AVISO IMPORTANTE "■'"'

DEBIDO A LA INTERRUPCIÓN DEL SISTEMA OCURRIDA ESTA MAÑANA, A MEDIODÍA TENDRÁ LUGAR UNA RENOVACIÓN.

SE ESPERA RENDIMIENTO DEFICIENTE. INFORMAR DE CUALQUIER

ARCHIVO AUSENTE O DETERIORADO A ADMINISTRADOR DE SISTEMAS ASAP.

ROGER THRUMCAP ADMIN. SISTEMS.

LE ESPERA 1 MENSAJE.

Llamó al menú de correo electrónico y leyó el mensaje.

CORREO DE GEORGE MORIARTY

EXHIB STF

ENVIADO 10.14.07 30-3-95

GRACIAS POR COPIA PANEL. PARECE PERFECTO. NO HACEN FALTA CAMBIOS. AÑADIREMOS RETOQUES DE LA INAUGURACIÓN OFICIAL.

¿QUIERES COMER HOY?

GEORGE.

¿RESPUESTA, BORRADO, ARCHIVO (R/B/A)?

El teléfono sonó y rompió el silencio.

—¿Diga?

—¿Margo? Hola. Soy George.

—Hola —contestó Margo—. Lo siento, acabo de recibir tu mensaje.

—Lo suponía. Gracias una vez más por tu ayuda.

—Ha sido un placer.

Moriarty calló unos segundos.

—Bien… —vaciló—. ¿Te apetece comer conmigo?

—Lo lamento. Me gustaría, pero espero una llamada del doctor Frock.

Podría recibirla dentro de cinco minutos, o tal vez la semana que viene.

»Vamos a hacer una cosa —prosiguió—. Pasa a buscarme cuando vayas a la cafetería. Si Frock me ha telefoneado ya, tal vez esté libre. Si no…

Bien, quizá podrías quedarte un par de minutos conmigo mientras espero y ayudarme a resolver el crucigrama del Times o algo por el estilo.

—¡Claro! —aceptó Moriarty—. Conozco todos los mamíferos australianos de tres letras.

Margo titubeó.

—Y tal vez podamos echar un vistazo a la base de datos para intentar averiguar algo sobre las cajas de Whittlesey…

Se hizo el silencio. Por fin, Moriarty suspiró.

—Bien, si es tan importante para ti, supongo que no perjudicará a nadie.

Pasaré por ahí sobre las doce.

Media hora después, alguien llamó a la puerta.

—Entre —dijo Margo.

—Está cerrada con llave.

No era la voz de Moriarty. La joven abrió la puerta.

—No esperaba verte aquí.

—¿Será casualidad u obra del destino? —dijo Smithback. Se apresuró a entrar y cerró la puerta a su espalda—. Escucha, Lotus Blossom, he estado muy ocupado desde anoche.

—Yo también. Moriarty llegará de un momento a otro y accederemos a la base de datos.

—¿Cómo lo has…?

—No importa —interrumpió Margo con aire de suficiencia.

La puerta se abrió, y se asomó Moriarty.

—¿Margo? —preguntó. Entonces vio a Smithback.

—No tema, profesor, no corre ningún peligro —bromeó el escritor—.

Hoy estoy de buen humor.

—No le hagas caso —aconsejó Margo—. Tiene la desagradable costumbre de aparecer sin anunciarse. Entra.

—Sí, y ponte cómodo —invitó Smithback, indicándole la silla situada frente a la terminal de Margo.

Moriarty se sentó despacio. Miró a Smithback, luego a Margo, y después de nuevo al periodista.

—Querrás que acceda a la base de datos, supongo —murmuró. La presencia de Smithback le hacía sospechar que había caído en una trampa.

—Si no te importa—dijo la mujer.

—De acuerdo, Margo. —Moriarty apoyó los dedos sobre el teclado—.

Date la vuelta. Smithback; el código, ya sabes.

La base de datos contenía información sobre todos los millones de objetos catalogados pertenecientes a la colección del museo. Al principio, todos los empleados podían acceder a ella, hasta que alguien del quinto piso se puso nervioso al pensar que cualquiera podía leer las detalladas descripciones de los objetos y conocer dónde se almacenaban. Así pues, se había limitado el uso al personal de mayor categoría, desde ayudantes de conservador, como Moriarty, hacia arriba.

Éste empezó a teclear con semblante sombrío.

—Me reprenderían si se enteraran de esto —dijo—. El doctor Cuthbert es muy estricto. ¿Por qué no se lo has pedido a Frock?

—Aún no he conseguido verlo —contestó Margo.

Moriarty pulsó la tecla de acceso.

—Aquí está. Echad un vistazo rápido; no pienso entrar en la base de nuevo.

Margo y Smithback se acercaron a la terminal, mientras las letras verdes desfilaban poco a poco por la pantalla:

NÚMERO DE FICHERO DE ACCESO 1989-2006.

FECHA: 4 DE ABRIL DE 1989.

COLECTOR: JULIÁN WHITTLESEY, EDWARD MAXWELL ET AL.

CATALOGADOR: HUGO C. MONTAGUE.

ORIGEN: EXPEDICIÓN WHITTLESEY/MAXWELL, CUENCA AMAZONAS.

EMPLAZAMIENTO: EDIFICIO 2, NIVEL 3, SECCIÓN 6, CÁMARA 144.

NOTA: LOS SIGUIENTES OBJETOS CATALOGADOS FUERON RECIBIDOS EL 1

DE FEBRERO DE 1989 EN SIETE CAJAS ENVIADAS POR LA EXPEDICIÓN

WHITTLESEY/MAXWELL DESDE EL SISTEMA FLUVIAL DEL ALTO XINGÚ. SEIS

DE ELLAS FUERON EMBALADAS POR MAXWELL, UNA POR WHITTLESEY.

WHITTLESEY Y THOMAS R. CROCKER JR. NO REGRESARON DE LA EXPEDICIÓN

Y FUERON DADOS POR MUERTOS.

MAXWELL Y EL RESTO DEL GRUPO PERECIERON EN UN ACCIDENTE DE

AVIACIÓN CUANDO VOLVÍAN A ESTADOS UNIDOS. SÓLO LA CAJA DE

WHITTLESEY HA SIDO PARCIALMENTE CATALOGADA AQUÍ. ESTA NOTA SERÁ

BORRADA CUANDO DICHA CAJA Y LAS ENVIADAS POR MAXWELL HAYAN SIDO

CATALOGADAS POR COMPLETO. LAS DESCRIPCIONES HAN SIDO TOMADAS DEL

DIARIO SIEMPRE QUE HA SIDO POSIBLE. HCM 4/89.

—¿Has leído eso? —preguntó Smithback—. Me pregunto por qué no terminaron la catalogación.

—¡Chist! —interrumpió Margo—. Estoy intentando asimilar toda la información.

N.° 1989-2006.1

CERBATANA Y DARDO, SIN FECHA.

ESTADO: E.

N.° 1989-2006.2

DIARIO PERSONAL DE J. WHITTLESEY, DEL 22 DE JULIO (1987) AL 17 DE

SEPTIEMBRE (1987). ESTADO: TT.

N.° 1989-2006.3

DOS MANOJOS DE HIERBA, ATADOS CON PLUMAS DE LORO, UTILIZADOS

COMO FETICHES DE CHAMÁN, PROCEDENTES DE CABAÑA DESIERTA.

ESTADO: E.

N.° 1989-2006.4

ESTATUILLA DE ANIMAL TALLADA CON ESMERO. SUPUESTA REPRESENTACIÓN DE MBWUN. CF. DIARIO DE WHITTLESEY, P. 56-59.

ESTADO: EE.

N.° 1989-2006.5

PRENSADORA DE PLANTAS DE MADERA, DE ORIGEN DESCONOCIDO, PROCEDENTE DE LA VECINDAD DE CABAÑA DESIERTA.

ESTADO: E.

N.° 1989-2006.6

DISCO CON DIBUJOS GRABADOS.

ESTADO: E.

N.° 1989-2006.7

PUNTAS DE LANZA, DIVERSOS TAMAÑOS Y ESTADO DE CONSERVACIÓN.

ESTADO: E.

NOTA: TODAS LAS CAJAS TRASLADADAS TEMPORALMENTE A CÁMARA SEGURA, NIVEL 2B, POR ORDEN DE IAN CUTHBERT 20/3/95. D.

ÁLVAREZ, SEC'Y.

—¿Qué significan todos esos códigos? —inquirió Smithback.

—Definen el estado actual de los objetos —contestó Moriarty—. «E»

significa que aún permanece embalado, que no ha sido restaurado. «EE»

significa «en exposición», y «TT», «trasladado temporalmente». Hay otros…

—¿Trasladado temporalmente? —repitió Margo—. ¿Basta con eso? No me extraña que el diario se perdiera.

—No basta sólo con eso —protestó Moriarty—. Quien saca un objeto ha de firmar un recibo. La base de datos es jerárquica. Para acceder a más detalles de una entrada, hay que descender un nivel. Te lo enseñaré.

Pulsó varias teclas. Su expresión cambió.

—Qué raro.

El mensaje de la pantalla rezaba: «Archivo o registro invalidado.

Proceso suspendido.»

Moriarty frunció el entrecejo.

—No se ha añadido nada a este archivo con relación al diario de Whittlesey. —Borró la pantalla y tecleó de nuevo—. Los demás son correctos. ¿Lo veis? Aquí están los detalles de la estatuilla.

**LISTADO DETALLADO**

Objeto: 1989-2006.4

++++++++++

Trasladado por:

Cuthbert, I.

40123

Aprobación:

Cuthbert, I

40123

Fecha traslado:

17/3/95

Traslado a:

Exposición «Supersticiones»

Vitrina 415, Objeto 1004

Motivo:

Exhibición

Fecha de Retorno:

++++++++++

Trasladado por:

Depardieu, B.

72412

Aprobación:

Cuthbert, I

40123

Fecha traslado:

1/10/90

Traslado a:

Lab.Antropología 2

Motivo:

Restauración inicial

Fecha de retorno:

5/10/90

++++++++++

FINAL LISTADO.

—¿Que significa eso? Sabemos que el diario se ha perdido —dijo Margo.

—Aunque se haya perdido, tendría que existir un archivo de detalles —

adujo Moriarty.

—¿Hay una señal de restricción en el archivo?

Moriarty negó con la cabeza y pulsó más teclas.

—Ya está —dijo por fin, señalando la pantalla—. El archivador de detalles ha sido borrado.

—¿Quieres decir que han borrado la información sobre el emplazamiento del diario? —preguntó Smithback—. ¿Pueden hacerlo?

Moriarty se encogió de hombros.

—Se precisa una identificación de alta seguridad.

—Lo más importante es: ¿por qué habían de hacerlo? —inquirió Margo

—. ¿Puede estar esto relacionado con el problema de esta mañana en el ordenador principal?

—No —contestó Moriarty—. Este volcado comparado que acabo de realizar implica que el archivo fue borrado antes de que se efectuara la copia de seguridad de anoche.

—Borrado, ¿eh? —repitió Smithback—. Desaparecido para siempre.

Qué limpieza, qué pulcritud, qué coincidencia. Empiezo a distinguir una pauta…, y muy desagradable.

Moriarty apagó la terminal y se apartó del escritorio.

—No me interesan tus teorías sobre una conspiración —dijo.

—¿Pudo tratarse de un accidente o una avería? —preguntó Margo.

—Lo dudo. La base de datos tiene incorporada toda clase de controles de integridad referencial. Habría aparecido un mensaje de error.

—Y ahora, ¿qué? —insistió Smithback.

—No tengo ni idea. —El ayudante de conservador se encogió de hombros—. Es un problema trivial en todo caso.

—¿Es lo único que puedes decir? —resopló Smithback—. El genio del ordenador.

Moriarty, ofendido, se ajustó las gafas y se puso en pie.

—No necesito tus pullas. Me voy a comer algo. —Se encaminó hacia la puerta—. Margo, regresaré después para resolver ese crucigrama.

—Bonita maniobra —reprochó Margo cuando la puerta se cerró—. Eres muy sutil, ¿verdad, Smithback? George tuvo la amabilidad de introducirse en la base de datos.

—Sí, ¿y de qué nos ha servido? De nada. Sólo hemos accedido a una de las cajas. El diario de Whittlesey continúa desaparecido. —La miró con aire de suficiencia—. Yo, por mi parte, he encontrado petróleo.

—Ponlo en tu libro. —Margo bostezó—. Ya lo leeré, suponiendo que encuentre un ejemplar en la biblioteca.

— Et tu, Brute? —Smithback sonrió y le tendió una hoja de papel doblada—. Bien, echa un vistazo a esto.

Se trataba de una fotocopia de un artículo publicado en el Times-Picayune de Nueva Orleans el 17 de octubre de 1988.

CARGUERO FANTASMA ENCONTRADO ENCALLADO CERCA DE NUEVA ORLEANS

Por Antony Anastasia

BAYOU GROVE, 16 de octubre (AP). Un pequeño carguero que se dirigía a Nueva Orleans encalló anoche cerca de esta pequeña ciudad costera. Los detalles son imprecisos, pero los informes preliminares indican que todos los tripulantes habían sido brutalmente asesinados en alta mar. La guardia costera informó del suceso a las doce menos cuarto del lunes por la noche.

El Estrella de Venezuela, un carguero de 18.000 toneladas, de matrícula haitiana, surcaba las aguas del Caribe y las principales rutas comerciales entre Sudamérica y Estados Unidos.

Presentaba daños de escasa importancia, y al parecer el cargamento estaba intacto.

Hasta el momento, se desconocen las circunstancias en que murieron los tripulantes, o si alguno de ellos consiguió escapar del barco. Henry La Plage, el piloto del helicóptero privado que divisó el carguero encallado, informó que «los cadáveres estaban diseminados por la cubierta, como si un animal salvaje los hubiera atacado. Un tipo colgaba de una porta del puente, con la cabeza destrozada. Era como un matadero; nunca había visto nada semejante».

Las autoridades locales y federales han unido sus esfuerzos en un intento por descifrar el enigma de los asesinatos, con toda probabilidad una de las masacres más brutales de la historia marítima reciente. «Investigamos varias teorías, pero aún no hemos llegado a ninguna conclusión», afirmó Nick Lea, un portavoz de la policía. Si bien no hay declaraciones oficiales, fuentes federales comentaron que se barajaban como posibles motivos un motín, una venganza de fletadores caribeños rivales y un acto de piratería.

—¡Jesús! —exclamó Margo—. Las mutilaciones descritas…

—Recuerdan a las de los tres cadáveres encontrados aquí esta semana.

—Asintió con expresión sombría.

Margo frunció el entrecejo.

—Eso ocurrió hace más de siete años. Ha de ser pura coincidencia.

—¿De veras? Te daría la razón…, si no fuera porque las cajas de Whittlesey iban a bordo de ese barco.

—¿Qué?

—Es cierto. Seguí el rastro del conocimiento de embarque. Las cajas fueron enviadas desde Brasil en agosto de 1988, casi un año después de que la expedición se separara, según tengo entendido. Tras este incidente de

Nueva Orleans, las cajas permanecieron en la aduana mientras se realizaban las investigaciones. Tardaron casi un año y medio en llegar al museo.

—¡Los asesinatos rituales han seguido a las cajas desde el Amazonas!

Eso significa…

—Significa —interrumpió Smithback con tono siniestro— que nunca más reiré cuando alguien mencione una maldición caída sobre la expedición. Y también significa que debes cerrar siempre esta puerta con llave.

El teléfono sonó y sobresaltó a ambos.

—Margo, querida mía —rugió la voz del doctor Frock—. ¿Qué hay de nuevo?

—¡Doctor Frock! Me pregunto si podría pasar por su despacho, cuando a usted le vaya bien, claro.

—¡Espléndido! Déme un poco de tiempo para despejar de papeles la mesa y arrojarlos a la papelera. ¿Qué tal a la una?

—Gracias —contestó Margo. Se volvió hacia su acompañante—.

Smithback, hemos de…

El escritor ya se había marchado.

A la una menos diez, alguien llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó la joven sin abrir.

—Soy yo, Moriarty. ¿Puedo entrar, Margo?

Una vez dentro, el hombre rechazó la invitación de sentarse.

—Sólo quería disculparme por mi brusquedad. No pude evitarlo; Bill me pone a cien a veces. Nunca ceja en su empeño.

—Soy yo quien debería disculparse, George —dijo Margo—. No sabía que se presentaría así, de pronto.

Se le ocurrió hablarle del artículo periodístico que había leído, pero finalmente lo pensó mejor y comenzó a llenar el bolso.

—Quería explicarte algo —siguió Moriarty—. Mientras comía, me di cuenta de que tal vez exista otra forma de averiguar algo más sobre ese archivo borrado; el del diario de Whittlesey.

Ella dejó el bolso y miró a su interlocutor, que se había sentado ante !a terminal.

—¿Leíste el mensaje inicial cuando conectaste antes con la red?—

preguntó.

—¿Sobre la avería del ordenador? Menuda sorpresa. Esta mañana me quedé colgada dos veces.

Moriarty asintió.

—El mensaje añadía que a mediodía se procedería a restablecer el material deteriorado a partir de las cintas de la copia de seguridad. Una restauración completa tarda una media hora. Por tanto, supongo que ya habrán terminado.

—Bien, una cinta de copia de seguridad abarca entre dos y tres meses de archivos. Si el registro detallado del diario de Whittlesey fue borrado en los dos últimos meses, y la copia de seguridad permanece en el volcado de procesamiento de datos, quizá podría recuperarlo.

—¿De veras? —Moriarty asintió—. ¡Pues hazlo! —exclamó Margo.

—Existe un cierto riesgo —advirtió él—. Si un operador se percata de que alguien ha accedido a la cinta…, bien, podría seguir el rastro hasta identificar tu terminal.

—Correré el riesgo. George, sé qué opinas al respecto, y lo comprendo, pero estoy convencida de que existe una relación entre esas cajas de la expedición Whittlesey y los últimos asesinatos. Ignoro de qué se trata, pero tal vez el diario pueda revelarnos algo. Tampoco sé a qué nos enfrentamos; un asesino múltiple, un animal, un ser. Y esa incertidumbre me asusta. —

Estrechó la mano de Moriarty—. Tal vez podamos prestar alguna ayuda. En cualquier caso, debemos intentarlo.

Al advertir que Moriarty se había sonrojado, retiró la mano. Él sonrió con timidez y se acercó al teclado.

—Vamos allá —dijo.

Margo paseaba por la habitación mientras Moriarty trabajaba.

—¿Has tenido suerte?—preguntó por fin, aproximándose a la terminal.

— Aún no lo sé. —Tenía la vista fija en la pantalla—. He conseguido la cinta, pero el protocolo está liado o algo por destilo, y los controles CRC

fallan. Si obtenemos resultados, tal vez no sean más que datos desordenados Entraré por la puerta trasera, digamos, para no llamar la atención. El porcentaje de búsqueda es muy lento así. —Entonces, dejó de teclear—.

Margo —susurro—, lo tengo.

La pantalla se llenó de letras y números:

**LISTADO DETALLADO**

Objeto: 1989-2006.2

++++++++++

Trasladado por:

Rickman, L.

53210

Aprobación:

Cuthbert, I

40123

Fecha traslado:

15/3/95

Traslado a:

Motivo:

Supervisión personal

Fecha retorno:

++++++++++

Trasladado por:

Depardieu, B.

72412

Aprobación:

Cuthbert, I.

40123

TrLW/@; fecha oval;

1/10/90

Trasl~DS*Ž~@2e345 WIFU

=++ET2 34h34!

DB ERROR

=:?

--¡Joder! —exclamó Moriarty—. Me lo temía. Está deteriorado, sobreescrito en parte. ¿Lo ves? No sirve de nada.

—¡ Sí, pero mira! —dijo Margo, muy excitada. Él observó la pantalla

—. El diario fue trasladado por la doctora Rickman hace dos semanas, con permiso del doctor Cuthbert. No consta fecha de retorno. —Resopló—.

Cuthbert afirmó que el diario se había perdido.

—¡Por eso borraron este registro! ¿Quién lo haría? —De pronto, Moriarty abrió los ojos de par en par—. Oh, señor, he de salir de la cinta antes de que alguien se dé cuenta. —Sus dedos bailaron sobre las teclas.

—George, ¿sabes qué significa esto? Cogieron el diario antes de que se cometieran los asesinatos, aproximadamente cuando Cuthbert guardó las cajas en la zona de seguridad. Así pues, ocultan pruebas a la policía. ¿Por qué?

Moriarty frunció el entrecejo.

—Empiezas a hablar como Smithback —reprochó—. Podría haber un millar de explicaciones.

—Dame una —retó ella.

—La más evidente sería que otra persona borró el registro detallado antes de que Rickman pudiera añadir una anotación de «objeto extraviado».

Margo negó con la cabeza.

—No lo creo. Existen demasiadas coincidencias.

—Margo… —Moriarty se interrumpió y dejó escapar un suspiro—.

Escucha —agregó, paciente—, estamos pasando una época difícil, especialmente tú. Sé que debes tomar una decisión, y con una crisis como ésta…, bueno…

—Estos asesinatos no fueron cometidos por un maníaco normal —atajó Margo, nerviosa—, y no estoy loca.

—No he querido decir eso —continuó Moriarty—. Sencillamente considero que deberías dejar que la policía resolviera el caso. Se trata de un asunto muy peligroso. Deberías concentrarte en tu vida. Escarbar en esto no te ayudará a adoptar una decisión sobre tu futuro. —Tragó saliva—. Y

tampoco te devolverá a tu padre.

—¿Eso piensas? —Margo se enfureció—. No… —Se interrumpió y desvió la vista hacia el reloj de pared—. Jesús. Llego tarde a mi cita con el doctor Frock. —Cogió el bolso y se encaminó hacia la puerta. Antes de abrirla, dio media vuelta y añadió—: Hablaré contigo más tarde.

«Dios —pensó Moriarty, sentado ante la terminal apagada. Apoyó la barbilla en las manos—. Si una estudiante graduada en genética de las plantas sospecha que Mbwun podría estar suelto por ahí…, si hasta Margo Green empieza a ver conspiraciones detrás de cada puerta…, ¿qué pensarán los demás empleados del museo?»

29

Frock derramó sin querer el jerez sobre su camisa.

—Maldita sea —exclamó, palpando la tela con sus manos regordetas.

Depositó el vaso sobre la mesa con exagerado cuidado y miró a Margo—.

Gracias por venir, querida. Es un descubrimiento extraordinario.

Deberíamos bajar ahora mismo y echar un vistazo a la estatuilla, pero ese tal Pendergast aparecerá de un momento a otro para seguir molestándome.

«Bendito sea, agente Pendergast», pensó Margo. Lo último que deseaba era visitar de nuevo la exposición.

El doctor suspiró.

—No importa; pronto lo sabremos. En cuanto Pendergast se marche, descubriremos la verdad. La estatuilla de Mbwun podría constituir la prueba adicional que estamos buscando, si está en lo cierto respecto a la coincidencia de las garras con los desgarros que presentaban las víctimas.

—¿Cómo podría estar suelto ese ser en el museo? —preguntó Margo.

—¡Ah! —exclamó él, con ojos brillantes—. Ésa es la cuestión, ¿no? Le responderé con otra pregunta: ¿Qué cosa, querida Margo, es rugosa?

—No lo sé. ¿Se refiere a una superficie desigual?

—Sí; con salientes, arrugas o pliegues. Le diré qué es rugoso; los huevos de reptil, por ejemplo, como los de dinosaurio.

Margo se estremeció al recordar algo.

—Ésa es la palabra…

—Que Cuthbert utilizó para describir las vainas desaparecidas de la caja. Y yo me pregunto: ¿eran de verdad vainas? ¿Qué clase de vaina ofrece un aspecto arrugado y escamoso? En cambio un huevo… —El hombre se irguió en la silla de ruedas—. Siguiente cuestión. ¿Adónde han ido a parar?

¿Fueron robadas, u ocurrió otra cosa?

El científico se hundió en la silla y meneó la cabeza.

—Pero si algo… si algo huyó de las cajas —dijo Margo—, ¿cómo se explicarían los asesinatos cometidos a bordo del carguero que las transportaba desde Sudamérica?

—Margo, nos enfrentamos a un acertijo envuelto en un misterio encerrado en el interior de un enigma. —El doctor sonrió—. Es esencial que reunamos más datos.

Alguien llamó a la puerta con suavidad.

—Será Pendergast —dijo Frock—. ¡Adelante, por favor!

El agente entró, con un traje negro tan impecable como siempre, el cabello, casi albino, peinado hacia atrás, y cargado con un maletín. A Margo le pareció tan sereno y plácido como siempre. Cuando Frock le indicó con un gesto una de las butacas victorianas, el recién llegado se sentó.

—Es un placer volver a verlo, señor —saludó Frock—. Ya conoce a la señorita Green. Estábamos charlando, y espero que no le moleste si se queda.

Pendergast movió una mano.

—Por supuesto. Sé que los dos respetarán mi petición de confidencialidad.

—Por supuesto —confirmó el científico.

—Doctor Frock, procuraré ser breve, porque me consta que está muy ocupado. Confío en que haya conseguido localizar la pieza de que hablamos, la que pudo ser empleada como arma para cometer esos asesinatos.

Frock se removió en la silla de ruedas.

—Tal como usted solicitó, reflexioné sobre el asunto. Consulté la base de datos para localizar objetos individuales u objetos que hubieran podido romperse y recomponerse. —Negó con la cabeza—. Por desgracia, no encontré nada que correspondiera ni remotamente a la impresión que nos enseñó. Nunca ha habido nada similar en nuestras colecciones.

La expresión de Pendergast no reflejó ninguna emoción. Después, sonrió.

—Aunque oficialmente nunca lo admitiríamos, lo cierto es que se trata de un caso bastante difícil, por decirlo de alguna manera. —Señaló su maletín—. Estoy inundado de falsos avistamientos, informes de laboratorio y entrevistas. Avanzamos con mucha lentitud.

Frock sonrió.

—Creo, señor Pendergast, que no existe diferencia entre lo que usted y yo hacemos. Me he encontrado en la misma situación. No me cabe la menor duda de que Su Eminencia está actuando como si nada anormal hubiera sucedido. —Pendergast asintió—. Wright arde en deseos de que la exposición se inaugure mañana, tal como se había previsto. ¿Por qué?

Porque el museo ha invertido millones que no poseía en organizarla. Es vital que las visitas se multipliquen para que el museo no se arruine. Y la mejor forma de conseguirlo es la exposición.

—Entiendo —dijo Pendergast. Tomó un fósil que había sobre la mesa y le dio vueltas en la mano—. ¿Amonites? —preguntó.

—Correcto —contestó el científico.

—Doctor Frock —dijo el agente—, recibimos presiones desde varias instancias. En consecuencia, debo esforzarme por conducir la investigación según las normas. Por tanto, no puedo compartir los resultados obtenidos con entidades ajenas, como usted, pese a que las pautas de investigación habituales se revelen estériles. —Dejó el fósil con cuidado y se cruzó de brazos—. Dicho esto, ¿estoy en lo cierto al suponer que es usted un experto en ADN?

Frock asintió.

—Es cierto en parte. He dedicado algunos estudios a los efectos de los genes sobre la morfología. También superviso los proyectos de varios graduados, como Gregory Kawakita y Margo, cuyos estudios implican investigaciones relativas al ADN.

Pendergast recogió su maletín, lo abrió y sacó unas hojas impresas por ordenador.

—Dispongo de un informe sobre el ADN de la garra descubierta en una de las primeras víctimas. No puedo enseñárselo, por supuesto; la oficina de Nueva York lo desaprobaría.

—Entiendo. Continúa creyendo que la garra es la mejor pista con que cuenta hasta el momento.

—Es la única pista importante, doctor Frock. Le explicaré mis conclusiones. Sospecho que un loco anda suelto por el museo. Mata a sus víctimas de una forma ritual, les abre el cráneo y extrae el hipotálamo.

—¿Con qué fin? —preguntó Frock.

El agente vaciló.

—Presumimos que lo come.

Margo reprimió una exclamación.

—Cabe la posibilidad de que el asesino se esconda en el subsótano —

prosiguió Pendergast—. Muchos indicios delatan que ha regresado allí después de asesinar. Sin embargo, hasta el momento hemos sido incapaces de aislar un lugar específico o hallar alguna prueba consistente. Dos perros resultaron muertos durante los rastreos. Como probablemente ya sabía, el edificio se alza sobre un laberinto perfecto de túneles, galerías y pasadizos que se extienden sobre varios niveles subterráneos; el más antiguo data de hace casi ciento cincuenta años. El museo me ha proporcionado planos que apenas cubren un pequeño porcentaje de su extensión total.

»He empleado la palabra «asesino» porque el estudio sobre la fuerza utilizada en los asesinatos indica que se trata de un varón, de una fortaleza casi sobrenatural. Como sabe, usa una especie de arma de tres garras para destripar a las víctimas, que por lo visto elige al azar. Carecemos de móvil.

Los interrogatorios a empleados del museo han resultado infructuosos. —

Miró a Frock—. Como ve, doctor, nuestra mejor pista sigue siendo la única: el arma, la garra. Por eso me interesa averiguar su procedencia.

Frock asintió lentamente.

—Ha hablado de ADN.

Pendergast agitó las hojas impresas.

—Los resultados del laboratorio no son concluyentes, por expresarlo de un modo suave. —Hizo una pausa—. No le ocultaré que el análisis de la garra detectó ADN de diversas especies de gecónidos, además de cromosomas humanos. Por eso sospechamos que la muestra estaba degradada.

—¿Gecónidos? —murmuró Frock, algo sorprendido—. Y come el hipotálamo… Qué curioso. Dígame, ¿cómo lo sabe?

—Encontramos rastros de saliva y marcas de dientes.

—¿Marcas de dientes humanos?

—Nadie lo sabe.

—¿Y la saliva?

—Indeterminada.

Frock hundió la cabeza en el pecho. Al cabo de unos minutos, levantó la vista.

—Usted insiste en que la garra es un arma —dijo—. Por lo tanto, debo suponer que considera que el asesino es un humano, ¿verdad?

Pendergast cerró el maletín.

—No se me ocurre otra posibilidad. ¿Cree, doctor Frock, que un animal podría decapitar un cuerpo con precisión quirúrgica, practicar un agujero en el cráneo y localizar una región interna, del tamaño de una nuez, que sólo alguien muy ducho en anatomía humana reconocería? Sin mencionar, además, la impresionante habilidad del asesino para eludir los rastreos llevados a cabo en el subsótano.

Frock volvió a inclinar la cabeza. Al cabo de unos minutos, la alzó.

—Señor Pendergast —espetó con voz tronante. Margo se sobresaltó—.

He escuchado su teoría. ¿Le importa escuchar la mía?

Pendergast asintió.

—En absoluto. Adelante.

—Muy bien, ¿conoce los esquistos de Transvaal?

—Me temo que no.

—Fueron descubiertos en 1945 por Alistair van Vrouwenhoek, un paleontólogo de la Universidad Witwatersrand de Sudáfrica. Eran cámbricos, de unos seiscientos millones de años de antigüedad. Revelaban formas de vida extrañas que nunca se habían visto antes, y tampoco después; formas de vida que no mostraban la simetría bilateral propia del reino animal. Surgieron en la época cámbrica de la extinción masiva.

Ahora, señor Pendergast, casi todo el mundo cree que los esquistos de Transvaal representan un callejón sin salida de la evolución; como si la vida hubiera experimentado con todas las formas concebibles antes de adoptar la simétrica bilateral.

Seguir: parte 2 de 3