5 metros de cuentos perversos

AA. VV. · Capítulo 1 de 9

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5 metros de cuentos perversos

Prólogo

por ANDRÉS BARBA

 

Para saber lo que tienen en común un viejo traje de Winnie The Pooh escondido en un altillo, una inquietante muñeca de María Antonieta, las figuritas de la casa de la nueva mujer de nuestro antiguo amante o las advertencias del cordón de una cortina (entre otras cosas) es necesario leer estos cinco metros de cuentos. Se leen, como no podía ser de otro modo, de un tirón y como quien escribe este prólogo siempre ha desconfiado y temido los prólogos hasta tal punto que puede contar con los dedos de una mano los que ha leído completos en toda su vida, será breve. La inquietante oscuridad se la deja a Schewblin y a Gabriela Alemán, la crueldad cómica a Paola Tinoco y a Valeria Luiselli, la retrospectiva nostálgica a Antonio Jiménez Morato, la comedia lúbrica a Fabrizio Mejía y la sugerencia inquietante a Alfredo Núñez Lanz y a Ana García Bergua. Los textos son tan breves que comentarlos sería estropearlos de antemano. Baste decir que funciona con la maquinaria de los buenos discos, donde la canción que sucede a la que uno escucha no es nunca la que uno espera, pero resulta ser siempre la apropiada. Y también que ni siquiera en los más inquietantes falta un rasgo de sentido del humor, más taimado o más negro, según los gustos.

El lector despistado los calificará inmediatamente de cuentos perversos y tal vez no le falte del todo razón (las apreciaciones despistadas suelen ser casi siempre medio ciertas y, precisamente por eso, más falsas que una mentira abierta), en todos ellos palpita de alguna forma el germen de una perversión. Que la literatura pueda ser abiertamente perversa es ya harina de otro costal porque lo que articula la perversión, y en estos pequeños relatos me parece que puede apreciarse con mucha claridad, es ciertamente el amor hacia alguna cosa, o la incapacidad de amar alguna cosa. La perversidad es siempre un camino oblicuo y esquemático, y para entender esta premisa aparentemente alambicada y contradictoria basta hacer memoria de algún episodio en el que uno mismo haya sido víctima o sujeto de una perversión momentánea. Sólo la perversión literaria es compleja y fructuosa, la real es, per se, repetitiva, esquemática y previsible, no lo es tanto, y he ahí lo que hace que funcionen estos pequeños relatos, el amor o la incapacidad de amar porque ahí se sostiene el centro vacío sobre el que gravita siempre una perversión, aquello que la alimenta y encarna haciéndola compleja y distinta, a la medida de quien la sufre o la proyecta. En una entrevista reciente a Michel Houellebecq (quizá uno de los autores más insistentemente calificados como “perversos”) una periodista de tal vez no muchas luces le preguntó al novelista francés hasta cuándo pensaba seguir indagando en los aspectos más oscuros de la naturaleza humana. La respuesta de Houellebecq no tiene precio: “¿Los más oscuros? Pero si en toda mi vida no he hecho otra cosa más que hablar de amor…”