50 cosas que hay que saber sobre política
01 Libertad
En las democracias liberales de Occidente, la libertad suele considerarse el más
básico de los derechos humanos: un ideal por el que merece la pena luchar y,
de ser necesario, hasta morir. El gran valor atribuido a la libertad es un
indicativo de las numerosas y enconadas batallas que se han librado para
conseguirla: contra las Iglesias que estaban dispuestas a matar para defender
sus ortodoxias; contra el poder absoluto de los monarcas; contra la opresión de
las mujeres y de los disidentes políticos; contra la esclavitud, el prejuicio, la
ignorancia y un millar de cosas más.
Desde las grandes revoluciones francesa y americana, en la segunda mitad
del siglo XVIII, la libertad ha ocupado un lugar preeminente como principio
definidor del liberalismo. Según John Locke, un teórico político cuya obra
inspiró a los Padres Fundadores de Estados Unidos, garantizar la libertad es
la justificación última de la constitución legal de un Estado: «El fin de la
ley no es abolir o constreñir sino preservar y aumentar la libertad». La
libertad de tener las opiniones políticas y religiosas que uno quiera, de
expresar tales opiniones sin temor ni trabas, de decidir por uno mismo
dónde y de qué manera vivir la propia vida: tales son los premios de la
libertad.
Según la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776, la
libertad, además de la vida y la búsqueda de la felicidad, es uno de los
derechos naturales e inalienables de los que están dotados todos los seres
humanos por igual. Es un derecho que no debe ser limitado, salvo por las
más poderosas razones, pero que tampoco puede ser ilimitado o absoluto.
Como el filósofo e historiador social inglés R. H. Tawney apuntó en La
igualdad (1938), «la libertad para el lucio es la muerte para los pececillos».
La libertad sin trabas —o licencia para cualquier cosa— inevitablemente
infringe la libertad de los demás. Pero ¿dónde trazar la línea? Los gobiernos
suelen responder a las amenazas exteriores, como la guerra o el terrorismo,
restringiendo las libertades civiles, y la consecuente erosión de la libertad
es a menudo, en opinión de sus críticos, no menos insidiosa que los peligros que supuestamente la justificaron.
Libertad positiva y negativa. Ningún acercamiento moderno a la libertad
puede pasar por alto la contribución seminal realizada por el filósofo
político del siglo XX Isaiah Berlin. Su análisis se erige alrededor de una
distinción clave entre dos conceptos de la libertad: la libertad negativa y la
positiva.
Tendemos a pensar que la libertad existe donde no hay restricción o
coerción externas: uno es libre en tanto no haya ningún obstáculo que le
impida hacer lo que quiera. Eso es lo que Berlin denomina «libertad
negativa». Al reflexionar sobre las circunstancias en que es permisible que
una sociedad restrinja tal libertad, Berlin respalda el «principio del daño»,
asociado particularmente con el filósofo victoriano John Stuart Mill. Este
principio estipula que el Estado debería permitir que los in dividuos
actuaran como quisieran siempre que no perjudicaran los intereses de otros.
De esta manera, puede definirse un área de libertad individual, un espacio
privado que debería ser sacrosanto e inmune a la interferencia exterior. La
libertad en este sentido es siempre un compromiso entre individuos que
viven juntos en sociedad. «Lo que significa la libertad —escribió el
dramaturgo Tom Stoppard en 2002— es que se me permita cantar en mi
baño tan alto como para no interferir con la libertad de mi vecino para
cantar una melodía diferente en el suyo.»
Ahora imaginemos una persona que tiene libertad en este sentido, pero
carece de riqueza, educación u otros recursos, mentales o físicos, para
ponerla en práctica. ¿Es tal persona completamente libre? Supongamos que
hay cierto proceder que uno debería seguir, y que seguiría si no se lo
impidiera la carencia de los medios materiales necesarios o alguna
deficiencia de personalidad o visión. De lo que carece en este caso es de lo
que Berlin denomina libertad positiva: una forma de adquisición de poder o
autonomía que le permite realizarse o cumplir su destino.
El nuevo precio de la libertad
Se dice que el precio de la libertad es la vigilancia eterna. La intención original era que las
libertades civiles estuvieran sometidas a un escrutinio constante, ante el peligro de que la acción
subrepticia del gobierno las deteriorara y se acabaran perdiendo. Hoy en día, en una inversión
extraordinaria, son los propios ciudadanos los que se han convertido en objetos de vigilancia
continua, y los organismos de seguridad utilizan tecnologías cada vez más complejas para
vigilarnos. Nuestros movimientos son monitorizados por aviones espía, satélites y millones de
cámaras de seguridad; nuestras características físicas y biométricas son analizadas; nuestros
datos informáticos son vaciados y catalogados; nuestras llamadas telefónicas son pinchadas
rutinariamente; nuestros correos electrónicos escaneados. Ciertamente, el Gran Hermano nos
acecha.
Para Berlin, el problema de este tipo positivo «Aquellos que han apreciado de libertad es que presupone la existencia de tal la libertad por sí misma creían
«destino», que hay, en efecto, un único camino que ser libre para elegir, y no
acertado que uno debería seguir, para lo que ingrediente inalienable de lo para que elijan por uno, es un
sólo hace falta que «el mejor lado» de su que hace que los seres
naturaleza se imponga. Es como si existiera humanos sean tales. »
algo esencial en la naturaleza humana que Isaiah Berlin, 1969 determinara qué es lo correcto que debemos
hacer, y que la persona libre es la que expresa esa esencia. Pero ¿quién
puede decir qué es este destino o esencia? El temor de Berlin es que una
vez que aquellos con autoridad —por lo general los visionarios y los
fanáticos— adopten una opinión sobre cómo deben ser las cosas, asumirán
como tarea propia fomentar el supuesto «mejor lado» de los demás (y
suprimir el peor), siempre por su propio bien. Tal gobierno paternalista
pronto puede convertirse en tiranía, planteando un objetivo particular para
la sociedad y priorizando una cierta forma de vida para sus ciudadanos.
Llegados a ese punto los poderosos tienen que dar un paso muy corto para
creerse con el derecho «a ignorar los deseos de los hombres o las
sociedades, a intimidar, oprimir, torturar en nombre, o en favor, de las
esencias “reales” [de la gente]». La profunda desconfianza de Berlin hacia
la libertad positiva estaba alimentada por las barbaridades del siglo XX, en
especial, los horrores totalitarios de la Unión Soviética de Stalin, pero otros
han adoptado una perspectiva más favorable sobre su potencial para la
transformación y la realización personal.
Especulación libre y osada
«Por encima de todas las demás libertades, dadme libertad para conocer, para expresarme y para
argumentar libremente según mi conciencia.» La diatriba del poeta inglés John Milton contra la
censura, incluida en su obra de 1644 Areopagítica, es uno de los alegatos más elocuentes en
defensa de la libertad de expresión. John Stuart Mill recoge el testigo en Sobre la libertad
(1859), donde avisa del peligro de una cultura del prejuicio y la represión intelectual en la que
el cuestionamiento y la crítica de las opiniones tradicionales se vean desanimados y «los
intelectos más activos y despiertos» teman lanzarse «a la especulación libre y osada sobre las
cuestiones más elevadas». En un espíritu similar, el filósofo alemán Immanuel Kant se había
quejado de que el intelecto necesita libertad para alcanzar la plena madurez: «Nada se requiere
para la ilustración más que la libertad; y la libertad en cuestión es la menos dañina de todas, a
saber, la libertad de utilizar la razón públicamente en todas las cuestiones». Con mayor
concisión, el escritor inglés George Orwell definió la libertad sencillamente como «el derecho a
decirle a la gente aquello que no quiere escuchar».
La defensa de la libertad. La puesta en práctica y la defensa de la libertad
raramente se desarrollan sin problemas. Estados Unidos, que se
autoproclama portador de la antorcha de la libertad, se vio mancillado por
la esclavitud legalizada, prolongada durante casi un siglo después de haber
ganado su independencia, y cuya práctica informal continuó en el siglo XX.
En Francia, otro gran bastión de la libertad, la «serena y bendita libertad»
que proclamaba un periódico parisino tras la caída de la Bastilla en 1789 se
había transformado, en el lapso de cuatro años, en el reinado del Terror de
Robespierre, en el que toda la oposición política fue aplastada y se
guillotinó a unos 17.000 sospechosos de contrarrevolucionarios.
En 1795, Thomas Paine escribió que «aquel que «Aquellos que cederían su quiere proteger su propia libertad debe defender libertad esencial a cambio
hasta a su enemigo de la opresión», pero pocos se de una seguridad efímera
no merecen una ni otra.»
han dado por enterados de sus palabras. La excusa
de los revolucionarios franceses para dejar de Benjamin Franklin, 1755
lado las libertades civiles era la amenaza de la
contrarrevolución en el interior y la de los ejércitos extranjeros en el
exterior. Lamentablemente, otros gobiernos posteriores, pese a sus
declaraciones de amor a la libertad, han tendido a copiar el modelo francés,
olvidando la advertencia del cuarto presidente estadounidense, James
Madison: «Los métodos para defenderse contra el peligro exterior se han
convertido históricamente en los instrumentos de la tiranía en casa». En
septiembre de 2001, tras los ataques islamistas del 11-S, el presidente Bush
declaró una guerra contra el terror(ismo), que, se suponía, daría paso a «una
era de libertad». Pero cuando se promulgó una legislación represiva y los
denominados «combatientes enemigos» fueron maltratados y torturados, a
sus víctimas sumaron las libertades civiles y los derechos humanos.
La idea en síntesis:
la lucha por la libertad