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James Delargy · Capítulo 45 de 55

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Capítulo 45

 

 

F renó junto a la acera con una sacudida que amenazó con arrojarlo a través del parabrisas. Al salir del coche, sacó el arma. Le dio vueltas a las palabras de Gabriel: las amenazas y ciertas frases que aquel demente parecía asumir que él entendería. Había insinuado que Chandler no se preocupaba por las víctimas, que seguía adelante como si tal cosa después de que terminaran los casos.

«Es usted un padre de familia, un policía, no un psicólogo. Nada más, ¿verdad?».

Además, sabía que Mitch había sido compañero de Chandler. Pero ¿cómo? ¿Había oído algo en la comisaría? ¿O es que resultaba totalmente obvio? ¿O lo había adivinado? No podía ser alguien a quien hubiesen arrestado antes. Chandler lo sabía por la fecha de nacimiento en los registros del orfanato. Gabriel era demasiado joven para ser uno de los suyos, de cuando él y Mitch trabajaban juntos. Quizá hubiese mentido sobre su edad, para que cuadrase con la de Heath…, para ayudar a que su historia encajase con la de su víctima. También existía la posibilidad de que Gabriel fuese alguien a quien Mitch hubiese perjudicado en Perth…, pero entonces ¿por qué aparecer allí e implicar a Chandler y a su familia?

Echó un vistazo por la ventana. La luz estaba encendida, pero su padre no estaba de guardia. El salón estaba vacío; la televisión, apagada; el piano del rincón, en silencio. Todo parecía normal. Tal vez Gabriel no estuviese allí después de todo. Puede que la llamada telefónica hubiese sido un juego enfermizo de un hijo de puta para despistarlos a todos. Sobre todo a él. Sin embargo, aquella esperanza pronto se desvaneció. En su lugar, cuando Chandler abrió la puerta principal y entró en la casa, sintió miedo.

El salón estaba vacío. Sus pasos resonaban en el suelo de madera. Contuvo las ganas de llamar a sus hijos. No quería que Gabriel supiera que había llegado.

Pistola en mano, fue hasta la cocina. En su imaginación, escenas sangrientas y terroríficas. Sin embargo, no vio nada: ni señales de lucha, ni salpicaduras de sangre, ni gemidos moribundos. Pero si allí no había…, ¿eso sería una buena señal o todo lo contrario?

Respiró hondo y dobló la esquina. Atado en el suelo a los armarios de la cocina, luchando por soltarse, vio un bulto. Era Teri. Estaba amordazada y agitaba las piernas tratando de ponerse en pie. Su mirada era de auténtico pavor. Chandler siguió su mirada hasta un rincón más alejado a la derecha. Dos siluetas sobre el suelo: sus padres. Estaban atados. Y su padre sangraba por la cabeza. Corrió hacia ellos.

—¿Estáis bien? —les preguntó.

Su madre asintió. Su padre gimió de dolor.

Echando una rápida mirada por encima de su hombro, preguntó:

—¿Aún está aquí?

Su madre negó con la cabeza. Chandler los desató. Ella se quitó la mordaza sola.

—Se los ha llevado —dijo, jadeando.

Se lo esperaba. Pero, aun así, dolió. De repente notó que sus extremidades estaban entumecidas, como si la sangre hubiera desaparecido de ellas.

—¿A los dos? ¿Adónde?

—No lo sé —sollozó su madre.

—¿Cuánto tiempo hace?

—Media hora. Se ha llevado mi teléfono. Tu padre ha intentado detenerle, pero…

Chandler le quitó la mordaza a su padre.

—Lo siento, hijo —dijo el hombre, guiñando los ojos de dolor.

—¿Les ha hecho…?

No pudo terminar la frase.

—No, solo se los ha llevado. Nos ha advertido que te dijéramos que no podemos decirle nada a la policía.

Desde detrás llegó un gemido ahogado.

Chandler fue hacia Teri y la desató. En su cara vio su propia preocupación. Esperaba un torrente de insultos. Sin embargo, le echó los brazos al cuello y lo abrazó muy fuerte. Hacía años que no estaban tan cerca. El miedo los había unido.

 

Los llevó a casa de uno de sus mejores amigos, que estaba a unas pocas calles. Su padre dejó la escopeta de mala gana, para no levantar sospechas, y tuvo que convencer a su madre y a Teri de no recorrer las calles en busca de Sarah y Jasper. Esta vez los periodistas se retiraron cuando él entró como una tromba en la comisaría.

Esperaba encontrar la comisaría en plena ebullición, pero estaba casi vacía. Vio a Nick detrás del mostrador, sin hacer caso del teléfono, que no paraba de sonar.

—¡Sargento!

Chandler asintió una sola vez y se llevó el dedo a los labios.

—¿Dónde está todo el mundo?

Nick hizo clic con el ratón.

—En casa de Pete Stenzl. Tom DeVrai ha llamado diciendo que habían visto luces en la cabaña de Old Pete, y que se oían gritos. Creen que alguien se ha escondido allí.

—Quizás haya algo —dijo Chandler—, pero no es Gabriel.

Nick parecía confuso.

—¿Y cómo lo sabe?

Chandler calló un momento. No había necesidad de revelar lo que sabía.

—Solo es una suposición. Probablemente, Pete tenga allí un par de vehículos robados. Los gritos podrían ser el taladro funcionando.

Nick asintió.

—¿Me ha preguntado dónde estaba?

—¿Mitch?

—Sí.

—¿Y qué le has dicho?

—Que había ido a comprobar que su familia estaba bien.

Chandler dio unas palmaditas en el escritorio: respuesta correcta.

—Iba a enviar un coche para comprobar que Sarah y usted estaban bien, si no volvía —continuó Nick.

A Chandler le costaba respirar. No necesitaba que hubiera policías rondando por su casa y preguntándose por qué estaba vacía.

—Todos están bien. No hay necesidad de molestar a los niños. Están durmiendo. —Esperaba que colase. Por si acaso, cambió de tema—. ¿A quién tienes vigilando a nuestro prisionero?

—Allí —dijo Nick, señalando a Roper y Flo, que trabajaban en sus respectivos teclados.

A dos podía manejarlos.

—¿Y el prisionero está bien? —preguntó Chandler, elevando la voz, para que pudieran oírlo.

Roper respondió, pero no apartó los ojos de la pantalla.

—Quejándose, como de costumbre.

—Cree que deberíamos tener a más policías custodiándolo —dijo Flo, concentrado en la pantalla.

—Dice que es un VIP —apuntó Nick—. Insiste en que tenemos que protegerlo a toda costa.

—Por eso tendremos que trasladarlo —dijo Chandler.

Flo levantó los ojos de la pantalla. Arrugó la frente, suspicaz.

—No nos han dicho nada de eso, sargento —dijo, desconfiado.

—Fue tu jefe quien lo ordenó —respondió Chandler, que clavó la mirada en aquellos dos policías, intentando sonar autoritario.

—¿Trasladarlo adónde? —preguntó Roper, de pie junto al escritorio.

Su tamaño imponía, pero algo en su postura sugería que aún no se había recuperado del ataque de Gabriel. No del todo. Si la cosa acababa en una pelea a puñetazos, Chandler tendría alguna oportunidad. La cosa estaba al cincuenta por ciento.

—¿No está seguro aquí, sargento? —añadió Nick, preocupado.

Si alguien era capaz de darse cuenta de que había algo raro en el comportamiento de Chandler, ese era Nick.

—Creemos que Heath ya no es un objetivo —respondió Chandler, que se dirigió al armario de la pared para recuperar las llaves de la celda—, pero no nos hace demasiado felices que Gabriel sepa dónde está. Podría cambiar de opinión. El nombre Heath todavía sigue en su lista.

Flo asintió.

—Debo llamar al inspector para confirmar esto.

Chandler hizo una pausa buscando una excusa para evitarlo. No se le ocurrió nada.

—Adelante —dijo Chandler.

No podía hacer nada más que cruzar los dedos y esperar que Mitch estuviera fuera de cobertura en la gran Stenzl.

Intentando aparentar seguridad, continuó con el plan. Cogió las llaves del armario y fue hacia las celdas. En ese momento, él estaba al mando. Aquella seguía siendo su comisaría. Al menos, hasta que hiciera lo que tenía pensado.

 

Heath recorría su celda. La cara roja y redonda estaba aún más sudorosa. La tenía cubierta por una capa gruesa e impenetrable de grasa.

Chandler intentó calmarse. Abrió la celda.

—¿Lo tienen? —preguntó Heath, esperanzado.

Chandler negó con la cabeza. Heath lanzó un taco y miró a su alrededor, quizá buscando algo blando en la celda para darle una patada.

—Pero la cosa va bien… —dijo Chandler.

—¿Qué es lo que va bien? —escupió Heath. A aquellas alturas nada podía tranquilizarlo—. No me dejarán salir hasta que le hayan cogido. O él me coja a mí.

Chandler rechinó los dientes. Necesitaba que Heath estuviera tranquilo, que le hiciera caso.

—Se ha centrado en otro objetivo —dijo con un tono tan plano como el de Flo.

Heath se detuvo. Aquello sí que había captado su atención.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Me está diciendo la verdad?

Chandler asintió.

—Bien. Gracias por todo, ¡joder! —dijo, sonriendo.

Chandler no le devolvió la sonrisa. Tenía un plan y, dijera lo que dijera aquel tipo, seguiría adelante con él.

—Que sufra algún otro pobre mamón —añadió Heath.

Chandler contuvo su ira.

—¿Entonces puedo irme? —preguntó finalmente.

—No.

—¿Qué quiere decir? ¿No puedo? —explotó Heath.

—No podemos descartar la posibilidad de que se esté tirando un farol. Ya lo ha hecho antes. Podemos esconderle en un lugar más cómodo. Un hotel. Con todos los gastos pagados.

Esa era su baza para negociar: comida basura después de dos noches en una celda vacía.

Heath dudó. No es que fuera una gran oferta, pero…

—Cualquier cosa es mejor que este agujero de mierda.

Chandler lo condujo hacia la oficina. Tanto Roper como Flo estaban al teléfono. Intentando contactar con su jefe.

—¿Has conseguido hablar con él? —preguntó Chandler, intentando controlar los nervios.

—No, pero… —respondió Flo.

—Voy contigo —dijo Roper, que caminó hacia ellos, cojeando ligeramente.

Chandler negó con la cabeza.

—No. Nadie salvo vuestro jefe y yo tiene que saber dónde estará.

Hizo un gesto a Heath para tranquilizarlo. Lo único que quería era largarse. Cada segundo de más, aumentaba las posibilidades de que Flo contactara con Mitch.

—Seguridad extra —dijo Roper.

—No creo que Mitch quisiera perder a un miembro valioso de su equipo para hacer de niñera.

—¡Eh! —protestó Heath.

—Ya sabe lo que quiero decir —respondió Chandler.

—No debería transportarlo solo —dijo Roper—. Vamos siempre en parejas.

—Normalmente estaría de acuerdo —replicó Chandler—. Pero, como te he dicho, esto tiene que permanecer en secreto. Es lo más importante. —Miró a Flo. Llevaba los auriculares puestos y estaba tecleando y marcando el número de su jefe de nuevo.

—Ese tío tiene razón —dijo Heath, señalando a Roper—. No quiero salir de aquí solo.

Chandler sopesó las opciones. Aquello se estaba torciendo.

—Vale —dijo, señalando a Roper—. Ven conmigo.

Roper miró a Flo y atravesó la habitación hacia Chandler. Ojalá la fuerza de ese hombretón hubiera quedado debilitada tras el ataque de Gabriel. Cuando Roper pasó a su lado, Chandler se sacó las esposas del cinturón y se las puso en las muñecas. En la décima de segundo que tardó en reaccionar, Chandler había cerrado la otra parte de las esposas en torno a la muñeca de Heath.

—¿Qué demonios…? —dijo Heath.

Parecía tan confuso como Roper. Entonces Chandler sacó la pistola y golpeó al policía en un lado de la cabeza, precisamente donde lo habían herido. Roper cayó al suelo hecho un guiñapo y, en su caída, arrastró a Heath.

Chandler se volvió hacia Flo. Ella los miró, a él y a su compañero, tendido en el suelo. Se llevó la mano a los auriculares. ¿Habría respondido Mitch? Chandler se acercó a ella, que sacó su pistola. Chandler le golpeó en la mano y el arma resbaló por el suelo. Inmovilizó a la agente con una llave de cabeza y la arrastró hasta las celdas, como si fuera un preso que estuviera causando problemas. La agente intentó resistirse, pero al cabo de unos segundos la había arrastrado hasta la celda que hasta hacía unos momentos había ocupado Heath. Cerró la puerta tras ella, mientras Flo se arrastraba por el suelo, insultándolo.

Al volver a la oficina, vio que Nick había dejado su escritorio y estaba de pie, delante de Heath (completamente aterrorizado) y de Roper, que estaba tirado con la cara contra el suelo.

—¿Sargento? ¿Qué está haciendo? —preguntó Nick, con las manos en los costados.

Su voz sonaba confusa, débil.

Ningún entrenamiento le había preparado para aquello.

—¡Se ha vuelto loco, por el amor de Dios! —respondió Heath, intentando moverse, pero incapaz de llegar muy lejos con el peso muerto de Roper unido a su muñeca—. ¡Deténganle! ¡Mátenle! Es un enfermo, como ese hijo de puta…

—Sargento —rogó Nick—. Deje esto…

Chandler se adelantó.

—Nick, no puedo explicártelo ahora. Tengo que hacerlo. —Cerró ambos puños. No quería hacer daño a su joven colega. No quería hacer daño a nadie.

—Puede arreglarlo —suplicó Nick—. Sea lo que sea…

—Sí, arréglelo, joder —añadió Heath, todavía luchando por soltarse las esposas que rodeaban su muñeca.

Chandler se sentó en la silla más cercana y tomó aliento con fuerza. Por el rabillo del ojo, vio que Nick se acercaba a él.

—Sea lo que sea, lo solucionaremos —dijo su agente, que parecía tan asustado como Chandler—. Llamaremos al inspector y a los demás y encontraremos a ese tío. No es culpa suya que haya escapado. Hemos hecho todo lo que hemos podido.

Nick estaba de pie, justo a su lado. Chandler le esperaba. El chico apoyó una mano amistosa sobre su hombro.

Chandler se puso en pie de un salto, cogió la mano de Nick y la retorció detrás de la espalda del joven: su cara Nick aplastada contra la dura mesa de plástico, gritando de dolor.

—Lo siento, Nick.

Se inclinó hacia él y lo condujo hacia las celdas. Lo dejó en la de en medio. Dos celdas ocupadas, quedaba solo una.

—Sargento… Chandler… no haga esto —rogó Nick.

—Si no nos suelta ahora mismo, lo despedirán. Lo meterán en un calabozo como este —dijo Flo desde la celda más lejana.

Chandler ignoró sus súplicas. Heath chillaba pidiendo ayuda y reptaba hacia la puerta delantera, arrastrando con él a Roper, que seguía inconsciente.

Cuando Chandler llegó hasta él, dejó de reptar y asumió una postura defensiva.

—¿Qué es lo que quiere? —suplicó—. ¿Está trabajando con él?

Chandler casi no pudo contener su enfado. Le frustraba no poder explicar que no se había vuelto loco. Que tenía un plan.

—No, no trabajo con él.

—Entonces ¿qué cojones está pasando?

Chandler abrió las esposas de la muñeca flácida de Roper y la enganchó a las tuberías de la pared.

—Quería salir de la celda, ¿no?

—No así. Quería que me soltaran, no que me cogiera como rehén otro psicópata.

Chandler arrastró a Roper por el suelo y lo metió en la última celda. Se levantó otro coro de súplicas por parte de Nick: le pidió que no cometiera ninguna estupidez.

Demasiado tarde.

Cuando Chandler dejó las celdas y se acercó a Heath, se le ocurrió una idea. Gabriel sabía que Mitch y él se conocían de antes… Por lo que había insinuado, sabía que habían buscado en la colina hacía muchos años. Pero ¿cómo podía haberse enterado de esos detalles? ¿Quién demonios se lo habría dicho? ¿Uno de sus colegas de por aquel entonces? ¿Uno de aquellos mercenarios locos? ¿Alguien de la familia?

«La familia».

Ese nombre colectivo e impersonal.

Chandler intentó recordar sus nombres. Se avergonzó de que no le vinieran a la mente de inmediato.

Poco a poco, llegaron a su recuerdo, haciéndose espacio en aquel torbellino de pensamientos que nublaban su mente. Arthur, aquel anciano corpulento, que trabajaba de contable y que hizo tantos esfuerzos para recorrer esa tierra baldía durante semanas. La madre, Sylvia. Una mujer rica y orgullosa, que al final se derrumbó. Y su hijo menor. Recordaba que llevaba el pelo largo y lacio. Pero Chandler había perdido la memoria de su nombre, igual que el hijo mayor de la familia se perdió en las tierras salvajes. En su recuerdo, había quedado como «el chico». Allí estaban todos. A pesar de que había intentado olvidarlos, seguían en su memoria.

Aquellos días dormían latentes en su mente. Los recuerdos volvían una vez más a la superficie. En realidad, aunque quisiera, no podía olvidar todo lo que había pasado.