A la mejor actriz
Nota del autor
A la mejor actriz es una obra de ficción. En sus páginas aparecen varios personajes conocidos, publicaciones y programas de televisión con el único fin de conferir verosimilitud a la novela. Estas apariciones son fruto de mi imaginación y no deben tomarse por hechos reales ni tampoco interpretarse como juicios negativos sobre ellos.
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No hay mejor desodorante que el éxito.
ELIZABETH TAYLOR
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NOCHE DE LOS OSCAR, 16.00 HORAS
Abrió su bolsito de Chanel y examinó su contenido: un estuche de barra de labios con incrustaciones de pedrería, sombra de ojos Maybelline (de lo más barato, pero a ella le sentaba bien; siempre sabía qué le sentaba bien), una cajita de caramelos de hierbas Tic-Tac, un pequeño vibrador (porque, después de todo, nunca se sabe) y, naturalmente, el revólver de culata de nácar.
Introdujo la mano en el bolso y empezó a manosear el revólver, frotando la culata y pasando los dedos por el cañón. Al hacerlo, su cuerpo se estremeció de placer y su boca dejó escapar un leve gemido.
Por fortuna, el chófer no podía oírla. Pero aunque pudiera, no diría nada. Los chóferes de limusina de Los Ángeles saben que no les conviene comerciar con historias sobre sus clientes, a menos que se trate de indecencias realmente jugosas por las que la prensa amarilla estaría dispuesta a pagar una pasta gansa. Un pequeño suspiro en el asiento trasero no significaba nada. Podía haber sido provocado por las altas temperaturas —inoportunamente altas para la época del año en que estaban—, qué caramba. Pero el aspirante a actor del asiento delantero —separado de ella por una luna de cristal ahumado y unos ingresos de varios millones de dólares al año— no podía siquiera imaginar que era la posibilidad de cometer un asesinato lo que había provocado que su mundialmente famosa cliente se estremeciera de placer.
Realmente era muy famosa. Había trabajado duro por hacerse con la fama; era su bien más preciado, el que le permitía adquirir todos sus demás bienes, como las centelleantes pulseras de diamantes blancos de Bulgari.
«Son sólo míos —se dijo mirando los brazaletes—. Los he pagado yo».
Examinó su cuerpo con placer. Sus piernas eran largas y flexibles. Surgían del corte del impactante vestido que había conseguido que le prestase para esa noche un diseñador mundialmente conocido. Sus pechos se elevaban magníficos a partir de su estrecha cintura y pensar en la violencia le había endurecido los pezones.
«También son míos y bien míos —se dijo con una muda risita—. Los he pagado igual que las pulseras de diamantes».
¿Y qué si eran falsos? También lo eran los de todas las demás. Un año antes, cuando se los había hecho implantar, el cirujano plástico le aseguró que en Hollywood no se veía un par de tetas de verdad desde las de Jane Russell. Y de eso hacía cuarenta años.
Todos estos pensamientos —sus pechos, los diamantes, su fama— contribuyeron a que se calmara mientras el automóvil ascendía por las sinuosas calles de la cañada para recoger a su acompañante. Era preciso conservar la calma; al fin y al cabo, era una de las candidatas al Oscar a la mejor actriz del año.
Cuando el chófer enfiló por el sendero particular lo vio esperando ante el portal de la casa. «Un hombre de suerte —se dijo ella—, le espera una velada de aúpa. Será el acompañante de la ganadora del Oscar a la mejor actriz o el involuntario cómplice de un asesinato a sangre fría».
Porque, si aquella noche no se pronunciaba su nombre, sabía lo que iba a hacer. Metería la mano en su bolsito de Chanel, sacaría el revólver con culata de nácar, apuntaría al escenario del auditorio Shrine y le dispararía un balazo entre ceja y ceja a la zorra que hubiera obtenido el Oscar.
De eso sí estaba segura.
BUENOS DÍAS: Los nominados a los Oscar han sido anunciados a las cinco de esta madrugada por la dos veces galardonada Sally Field y por el presidente de la Academia, Arthur Hiller, en una retransmisión efectuada desde la sede de la Academia, en Wilshire. Desde aquí queremos felicitar a todos los que han sido nominados.
Army Archerd
Daily Variety
6 de febrero.
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