Abraham entre bandidos
Capítulo I
Abraham venía en el automóvil con su hija Ana, Saúl Vásquez y una caja llena de números viejos de revistas que Fernando, otro de sus hijos, les mandaba a los mayordomos de la finca. Cruzaron velozmente un puente que colgaba sobre un río pedregoso y ancho. Pasaron por el pueblo de Corinto y, llegando a un caserío sin nombre, donde pocos años después se produciría la matanza de tres familias, frenaron en seco para no arrollar a un perro flaco que se atravesó en la carretera y desapareció entre cañasbravas. Abraham tardó en arrancar, mientras recuperaba el aplomo. Ana no dijo nada. Saúl, que venía de resaca, preguntó, cavernoso, que si era que Abraham quería acabar con él o qué quería.
18 de febrero de 1954.
Poco después de las diez de la mañana salieron de la carretera principal, cruzaron el primer portal y se subieron a los rieles de cemento que empezaban donde comenzaba la finca. Y cuando cruzaron el segundo portal y bajaron por los rieles hasta llegar al patio de la casa, vieron a un hombre que se bañaba en calzoncillos al pie de una de las piedras grandes que Ana y él alguna vez habían querido pintar de blanco. Tenía el pelo lleno de jabón y sacaba agua con un recipiente plástico del tanque cuadrado de cemento donde se recogía el agua lluvia.
—¿Y este quién es? —dijo Abraham, y en ese momento vieron a otro hombre en traje de fatiga, sentado en el corredor, con un fusil sobre las piernas.
—Vámonos —dijo Saúl con voz demasiado tranquila.
Abraham puso reversa, miró hacia atrás para empezar a retroceder y vio a otros dos hombres que habían salido de la platanera y les cerraban el paso. Ana se había puesto blanca como el papel. Sin ser la más bonita entre sus hermanas, era atractiva, y a los dieciséis años su modo de ser, un poco serio, la hacía aún más hermosa.
Abraham se bajó del automóvil.
—Señores, muy buenos días —dijo.
—Buenos días —le respondieron—. El resto del personal, que se baje del vehículo.
Muchos de los hombres que por aquellos años se alzaron en armas en los pueblos y campos eran deser-tores del ejército. Algunos habían sido oficiales de bajo y mediano rango, y no habían dejado de usar del todo el lenguaje aséptico de los militares de oficio. El resto del personal se bajó del automóvil: Ana estaba ya menos pálida; a Saúl la resaca le latía en las sienes. Más bandoleros, callados, lúgubres, semejantes a los gallinazos que aparecen como por arte de magia cerca de los animales moribundos, empezaron a brotar del cafetal y a salir de la parte posterior de la casa y de detrás de los frutales.
—Llévenselos al capitán —ordenó el que había dicho lo del personal.
Los llevaron a la sala. Allí, sentado en la más cómoda de las sillas, entre dos lugartenientes y al lado de una botella de aguardiente, estaba Enrique Medina.
—Bien puedan entren —dijo—. Siéntese, señorita. Están en su casa, señores.
El lugarteniente que estaba sentado al lado derecho de Enrique Medina celebró la ocurrencia a carcajadas. Usaba tenis azules oscuros y llevaba un revólver en cada pierna. El otro, de canana atravesada en el pecho y orejas grandes y como verdosas, no abrió la boca ni se sintió en la obligación de celebrar nada. En la parte más oscura de la sala sus ojos pequeños brillaban como cartílagos. Por el murmullo del molinillo del chocolate en la cocina Abraham calculó que Aurora, la mujer del mayordomo, todavía estaba viva. Y así era. Poco después entró a la sala y dijo:
—Don Abraham, cómo le va. Cómo le va, señorita Ana. Cómo está, don Saúl. ¿Cómo les parece, pues, lo que encontraron? Don Pavor, ¿usted va a tomar chocolate?
De Enrique Medina, alias Pavor, alias Sietecueros, se decía que era bueno con los humildes y que robaba a los ricos para dar a los pobres. Eso explicaba tal vez la tranquilidad con que la mayordoma se movía frente al temible bandolero. Aurora iba y venía entre todos los bandidos, no como si se acabaran de tomar la finca y se dispusieran tal vez a asesinarlos o algo peor, sino como si fueran amistades inesperadas que era preciso atender.
—¿Y Arturo? —preguntó Abraham.
—Ahí está en la cocina —dijo ella—. No se ha ensuciado en la ropa porque Dios es muy grande.
—¿Y el niño?
—¿Él? Bien, don Abraham, gracias. Haciendo diabluras como siempre. ¿Qué me dijo del chocolate? —le preguntó a Pavor.
Decían, pues, que el bandolero robaba a los ricos para dar a los pobres. Esa fama se debía a que, durante las borracheras, le daba a veces por lanzar al aire billetes para que la gente los recogiera; pero eso en realidad ocurría cada mil años, pues Enrique Medina podía beber mucho sin emborracharse y era más bien tacaño. La verdad es que a su paso, más que billetes, había dejado un largo rastro de sangre y cientos de viudas y de huérfanos.
El bandolero de las orejas verdosas, al que apodaban Trescuchillos, comía con desgano, como si tuviera úlcera o como si el humor que le corriera por las venas fuera espeso y le produjera náuseas; en cambio Pavor, después de un trago grande de aguardiente, le hizo frente a un desayuno de caldo de papa con trozos de cerdo y cuatro huevos fritos en dos cacerolas. Enrique Medina, Pavor, era alto, más bien flaco y un poco barrigón y tenía el color amarillo de los que piensan que las verduras son para los conejos y las frutas para los niños y los pájaros.
—Mantequilla —ordenó.
Abraham empezó a comer por urbanidad, para no llevarle la contraria a Pavor, que había ordenado servirles también a ellos. Saúl desayunaba con ganas, como siempre que tenía resaca. Aurora miraba de reojo a Trescuchillos, como a punto de decirle «ah, y usted por qué es que es tan desganado, don…, tómese siquiera el caldito, que eso le conviene», pero seguramente lo pensó mejor y más bien volvió a la cocina a traer la mantequilla y unos aguacates que faltaban. El otro lugarteniente no le quitaba la mirada a Ana y bebía chocolate, que le sonaba en la garganta como si pasara por la bajante de un tejado. Cuando volvió con la mantequilla, Aurora dijo:
—Venga señorita a la cocina, yo le sirvo allá, ¿quiere? Para que deje desayunar tranquilos a los señores, que de seguro tienen que hablar sus cosas. Venga, niña, ¿sí?
Y a Abraham le volvió el alma al cuerpo cuando vio que Pavor no decía nada mientras las dos salían del comedor y el lugarteniente al que le había gorgoteado el chocolate eructaba.
—¿Entonces qué ha habido, Abraham? Tiempos sin vernos, ¿no? — dijo Pavor.
Muy asustado de que lo hubiera reconocido, Abraham contestó:
—Tiempos, hombre Enrique. Desde la primera comunión, me parece.
El lugarteniente del chocolate miró con cierto detenimiento a su capitán, casi con recelo, como sorprendido de que se llamara Enrique. Pavor habló entonces de un recodo de la quebrada La Vieja, donde habían pescado unos peces llamados capitanes, y de unos árboles de zapote de la finca del padre de Abraham —también de nombre Abraham, y a quien, por cierto, el bandido recordaba con respeto—, en cuyas ramas se habían sentado los dos niños durante horas a comer zapotes.
El bandolero le picó trozos de aguacate a la sopa y dijo:
—¡Qué bueno que pasábamos! ¿Cierto?
—Muy cierto, hombre Enrique, muy cierto.
Hacía treinta y dos años Enrique Medina y él habían asistido a la misma clase de la escuela primaria del pequeño municipio donde el padre de Abraham había tenido la más grande de sus fincas. En ese tiempo, muchos hacendados traían institutrices para que les enseñaran a sus hijos en las casas, pues no querían que se juntaran con los niños campesinos que iban a las escuelas públicas. No él. Abraham padre opinaba que aquello era malo para los niños; pensaba que todas las personas eran iguales, sólo que unas más ricas y otras más pobres, y que convenía, para que a nadie se le subieran los humos, que asistieran a las escuelas públicas, y más si eran hijos únicos, como Abraham.
—Le van a pegar los piojos —dijo la madre, y él contestó que si se los pegaban, pues lo despiojaban, como a todo el mundo.
Cuando la familia decidió irse a vivir a la ciudad, el niño no volvió a ver a los muchos amigos que había tenido en aquel caserío que para él había sido como el paraíso terrenal. Y cuando supo treinta años después que Enrique se había ido de bandolero, no podía creerlo. Si no recordaba mal, Enrique había sido un niño que tiraba más bien a callado, a amable, a respetuoso.
—Ese es, Abraham, el tal Pavor. Ese es, ese es —le dijeron—. ¡Más malo que Satanás!
Al hablar de los bandoleros más sanguinarios, los periódicos publicaban siempre lo que parecía ser el mismo reportaje. A casi todos les habían asesinado de niños a sus familias, y después todos habían perpetrado venganzas sin fin, como si nada ni nadie pudiera ya saciarlos. Los cambios eran apenas de detalle: que a este le gustaba ahorcar a sus víctimas colgándolas de árboles de poca altura, que el otro les arrancaba las uñas, que el otro murmuraba una jaculatoria antes de descerrajarles el tiro en la cabeza… No había sido ese de ninguna manera el caso de Enrique, a quien sus padres habían cuidado bien, según entendía Abraham, y a quien nadie había humillado ni hecho sufrir de ningún modo. Vaya usted a saber por qué la gente es como es, pensó entonces. Para él fue una sorpresa grande saber en lo que su amigo de la infancia se había convertido.
—Acabábamos con la hijodeputa cosecha, ¿sí o no, Abraham? No quedaban sino las hijueperras cáscaras en todo el piso, ¿sí o no?
—Con su permiso me retiro, capitán —dijo el lugarteniente del eructo.
—Concedido —contestó Pavor.
—Acabábamos con la cosecha, hombre Enrique, y no quedaban sino cáscaras y pepas por todas partes —dijo entonces Abraham. Tenía que dejar de repetir lo que Pavor decía, para que no le viera el azoramiento y se ofendiera tal vez por su falta de colaboración; pero, por más esfuerzo que hacía, por más que se estrujaba el cerebro, no lograba despabilarse. La masa del pan se le pegaba al paladar; los huevos eran de barro.
—Discúlpeme el atrevimiento, don Enrique —dijo de pronto Saúl—. Me gustaría pedirle algo, y por favor no me lo tome a mal.
—Bien pueda dígame…, don…
—Saúl Vásquez —dijo Saúl, poniéndose de pie para tenderle al otro por encima de la mesa la mano flaca, grande, larga, de uñas bien cuidadas, de tahúr—. Sin el «don», ¿quiere? Las malas lenguas me conocen como Trompevaca.
—Lo más seguro es que te va a pedir que lo convidés a un aguardiente, Enrique —desató por fin Abraham, como si Saúl lo hubiera desvarado—. Y ni mal que caería, a ver si nos abre el apetito.
—A eso precisamente quería referirme —dijo Saúl.
Aurora volvió de la cocina y preguntó:
—¿Será que se les antojan unos buñuelos?
—Arrímele, señora, más bien, una copa a los señores —respondió Pavor—. ¿Ya les torció el pescuezo a las gallinas del almuerzo, doña? Si no, dígale a Vladimir o a Trescuchillos, que ellos se los retuercen con mucho gusto, ja, ja, ja, ja. ¿Sí o no, Abraham? ¿Sí o no?
Trescuchillos no encontró gracioso el chiste, o tal vez se cansó de comer sin ganas y de oír tanta cháchara, porque se puso de pie y salió del comedor sin pedirle permiso a nadie.
—Salud, señores —dijo Pavor.
—Arréglenos, Aurora, la mesa en el corredor. Pónganos, si quiere, agua fría y mangos verdes picados, para pasar el aguardiente —dijo Abraham. El alcohol le había dado el ánimo para pasar, de un solo golpe, de invitado a anfitrión.
—¿Y coco, don Abraham? Como siempre, ¿cierto? —preguntó Aurora, mirándolo con admiración.
—Coco y cascos de naranja —le dijo Abraham—. ¿A vos te gusta la piña de pasante, Enrique? Aquí cultivamos las más dulces del mundo — dijo, y le pidió trozos de piña a Aurora, sin esperar a que el bandolero respondiera.
Enrique Medina respiró hondo, con la satisfacción del que se ve bien atendido. La mesa estaba en el extremo del corredor, a la sombra de una buganvilla de flores rojas que se enredaba por la pilastra y llegaba al tejado. Allí se quedaron hasta el mediodía, cuando la mayordoma les dijo que, si gustaban, pasaran al comedor, que el sancocho estaba servido. Esta vez se sentaron sin los dos lugartenientes, que prefirieron comer en las bancas largas del corredor de atrás, con los que Pavor llamaba «la tropa».
—Bien pueda siéntese, señorita —le dijo Pavor a Ana—. Coma tranquila, que Vladimir no está invitado, ¿cierto?, ja, ja, ja, ja. ¿Cierto, hombre Trompevaca? ¿O no? ¿O no? Mentiras, hombre, Abraham, mentiras, yo es por molestar. Se muere, mejor dicho, el que le toque un pelo a la niña. Que fea no está, para qué nos decimos mentiras. Cualesquiera de los pelos. ¿Sí o no, Trompevaquita, hombre? Ja, ja, ja. Díganme si no. Díganme si no. Qué bueno que estamos pasando, ¿cierto? ¡Salud ahí! —dijo por fin, y levantó la copa para que todos bebieran—. No se preocupe usted por nada, señorita, bien pueda y coma tranquila.
Volvieron a la mesa del corredor y siguieron bebiendo hasta el atardecer. Había tantos arreboles en las montañas y tantos colibríes llegando a las flores de los plátanos, que, ayudado por los aguardientes, Abraham se sintió hasta contento y consideró imposible que en semejante atardecer se pudieran producir violaciones o matanzas. Al entrar la noche vino Vladimir y murmuró algo al oído de Pavor, que dijo:
—Nosotros como que vamos a tener que empezar a irnos yendo, señores. Esos hijueputas se olieron que andamos por estos lados. Se acabó la fiestica, mejor dicho. ¿Y ahora qué voy a hacer con ustedes, Abraham? Veníamos a saludar a Arturo y, pum, se te ocurre aparecerte a vos.
—Cómo así, hombre Enrique… —empezó a decir Abraham, pero el bandido lo interrumpió:
—¿Sabés qué, entonces? Vámonos juntos y seguimos la fiestica por el monte y ahí vamos viendo lo que hacemos. A la señorita sí más bien dejémosla, que de pronto a estos les da por hacerle algo y se me debilitan. Ja, ja, ja, ja. ¿Ustedes prefieren irse a pie o caminando? Y no se preocupen por la mayordoma, tan atenta, tan cordial, que a ella nada le va a pasar. Al hijueputa ese del Arturo sí hay que mandarlo al papayo, por sapo, por andar soltándoles la lengua a los tenienticos esos del ejército y poniéndoles el culo… Chito, que ahí viene la señora —dijo Pavor, al ver que entraba la mayordoma—. Doña Aurora, la dejamos. Tome esto para lo que pueda necesitar y muchas gracias —dijo, y le entregó algunos billetes, no demasiados, que la mayordoma puso casi sin darse cuenta en el bolsillo del delantal.
—¿Y ustedes es que se van a llevar a Arturo?
—Para no irnos solos, madre. Mejor que nos acompañe, para que no nos vaya a pasar nada, ¿no le parece? Nosotros se lo devolvemos.
—Pero si él nunca se mete en nada. Ustedes no me lo van a matar, ¿cierto?
—Vaya, doña Aurora, empaque más bien todo lo que tenga de comida en la cocina, empáquelo en costales, para que los muchachos los suban a las mulas, que de pronto nos da por hacer una fritanga o algo, no sea que nos agarre la anemia. Todo el grano que tengan. Toda la manteca. La carne que tengan, y acabe de matar el resto de gallinas. Vaya.
Después de decidir que regresaban al monte, Pavor cambió de actitud y se quedó más bien callado, como si estuviera haciendo cálculos, pensando en otras cosas, y cada rato sacaba una libreta del bolsillo del pantalón y hacía anotaciones. Entró Trescuchillos y dijo:
—Al hijueputa del tal Arturo ese, ¿lo pelamos ya?
—¿Sí ves lo hacendosito que es este, hombre Abraham? Nos lo llevamos, sargento, pero en la retaguardia, donde no nos estorbe mucho rato.
De modo que Abraham sólo alcanzó a ver a Arturo desde lejos y no supo si estaba llorando o cuánto miedo tenía, porque a Saúl y a él los llevaban, los dos en el mismo caballo, al frente de la larga fila de bandidos. Pavor, que iba en un mulo negro, cada cierto tiempo sacaba la botella de aguardiente de las alforjas y se las pasaba. Por todas partes alumbraron los cocuyos. Abraham quería rogarle al bandido que no matara al mayordomo, pero como el terreno empezó a hacerse más empinado, y como él iba a las ancas y debía estar atento a no deslizarse del caballo e irse de cabeza por la oscuridad del barranco, no lograba encontrar el momento. Que no lo fuera a matar, hombre Enrique, quería decirle; que se fijara que él conocía a Arturo desde hacía mucho tiempo y era un muchacho que no se metía en política ni cosas de esas; que cómo podía andar de chivato si él casi ni salía de la finca ni nada. Forzosamente tenía que existir algún malentendido, pensaba decirle. Pero cuando los caballos llegaron a un pequeño llano y encontró por fin la oportunidad de hablar, ya no hubo tiempo, pues resonó abajo el disparo de fusil y al rato subió Trescuchillos a decir que listo, que despachado, y que medio lo habían pelado un poco antes de quebrarlo, para que sirviera de escarmiento a tanto sapo que había por ahí.
—Positivo, sargento. Y mañana lo terminan de pelar los gallinazos — dijo Pavor, y de la alforja sacó un mapa que abrió sobre el cabezal de la silla y alumbró con la linterna.
Acamparon allí mismo. Los bandidos encendieron fogatas, pero como la noche era clara no levantaron las tiendas de campaña.
—Qué hijueputa tan pesado, ¿cierto? —comentó en voz baja Saúl, aprovechando que el bandolero encargado de vigilarlos (o bandolerito, pues no tendría ni doce años) se había alejado un momento para recibir órdenes de un superior.
Entonces llegó Pavor con la botella de aguardiente, y Abraham no alcanzó a responder.
—Cuidado con el secreteo, niños, como decía la ñita Lucero, ja, ja, ja. ¿O no te acordás, Abraham? ¿O no te acordás? Además esa voz de atanor tuya, Trompevaca, no te sirve para secreticos. ¿O ustedes qué dicen? —dijo Pavor y se acomodó bien sobre una cobija, para seguir bebiendo al lado de la fogata, como si estuvieran en algún paseo—. Fumemos.
La señorita Lucero había sido maestra de los dos en la primaria.
Con el aguardiente, que por fin empezaba a emborracharlo, Abraham fue perdiendo otra vez el miedo y pudo apreciar las llamas de la hoguera y los muchos cocuyos que alumbraban en los árboles o se metían entre el mundo de estrellas. No era que le hubiera perdido el miedo a la muerte, ni mucho menos, sino que se había convencido de que no los iban a matar, y se durmió con el sonido de la voz cavernosa de Saúl y la risa de Pavor, que habían iniciado una partida de naipes.
OceanofPDF.com