Abraham entre bandidos
Capítulo VI
El día siguiente Susana salió temprano con Judith y José, esta vez para la morgue municipal, adonde había llegado el grupo de cadáveres de las personas asesinadas por la pandilla de Pavor en la vereda La Polonia, a tres horas de la finca de Abraham.
Llevaban el alma en vilo. César, el joven forense, muy amigo de José, se había presentado poco después del amanecer en la casa y les había dicho que mejor se pasaran por allá, pues había alguien que podría ser don Abraham. Y aunque César no creía que lo fuera, tampoco estaba cien por ciento seguro de lo contrario, pues lo habían desfigurado demasiado, dijo, y lo mejor, en fin, era que ellos mismos fueran y lo reconocieran.
Caminaron los tres en silencio hasta la morgue, que quedaba a seis cuadras de la casa. Allí se encontraron con Ramón, el hijo de Saúl.
Nadie que no lo haya vivido puede imaginarse lo que es pasar por eso, dice Susana. Uno mirando un montón de gente vuelta un desastre, esperando que el próximo bulto desnaturalizado vaya a tener la camisa de Abraham, las medias, los zapatos. Ay, Dios, ¿qué es esto?, pensaba yo cuando pasaba de un horror al otro. Había ancianos, había niños. Había una muchacha con una herida de machete en el cuello, de ojos negros grandes que debieron de ser muy brillantes, pero que ahora eran opacos y conservaban el mucho maquillaje que había usado. Te digo… No entiende uno, no entiende. ¡Tanta…! ¿Para qué hacen…? ¡Dios, Dios!
Recordando lo que había visto hacía cuarenta años, Susana se queda un momento en silencio. Saca un pañuelo de la manga y se enjuga las dos lágrimas. Tiene ochenta y un años y aún es muy dinámica, aunque se ha reducido de tamaño. Vicente tiene sesenta y uno, quince más de lo que los médicos consideraban probable, pero ya su salud está muy deteriorada.
Ya… Poco a poco todo pasa. ¡Si no fuera porque a uno se le va olvidando…! El olor, Dios mío. Toda esa gente macheteada y chamuscada. Cuando salimos estábamos los cuatro pálidos y con las piernas flojas. No era Abraham, a Dios gracias. Este muchacho César nos llevó a una cafetería cerca, a que nos repusiéramos y comiéramos algo. Pero ¡qué íbamos a querer comer! Un café, a duras penas, y eso fue todo...
César, cinco años mayor que José, había trabajado en la morgue desde antes de graduarse. La segunda ola de muertes comenzó cuando estaba terminando la carrera, dice Susana, y no había tenido tiempo ni de pensar en hacer otra cosa. A ella le caía bien, porque era honrado y decente, pero también bohemio, demasiado, y era con él que José muchas veces se iba a beber y seguramente a esas casas de prostitución que a César tanto le gustaban.
Fue durante las primeras vacaciones después de comenzar la universidad, dice Susana, que José empezó a llegar con tragos y muy tarde en las noches. Ella se preocupó y sintió tristeza en ese momento, pero sólo a Judith pudo decírselo, pues Abraham con toda seguridad habría considerado más preocupante que un muchacho de esa edad no tomara. Con las amigas Susana prefirió no comentarlo, pues era algo que sólo a la familia concernía. Y para pedirles consejo a sus hermanas habría tenido que explicar por teléfono —gritando, porque la comunicación era siempre muy mala— un problema que quizás no había, que tal vez se había inventado. Ellas, en todo caso, habrían entendido su preocupación, pues eran también muchas las muertes en la ciudad donde vivían.
—Pero si él ya casi se vuelve a ir, mamá —dijo Judith—. Y más seguro que en la universidad no puede estar.
A veces José se trasnochaba tomando cerveza y jugando billar. Otras, salía con César, como te digo. Y como tampoco llegaba a la casa caído de la borrachera, yo fui la primera en notarlo. Lo sentía a las dos o tres de la mañana abrir el portón pasito y recorrer el corredor hasta su cuarto, sin dar un solo traspié. Era en eso que se le notaba, pues nadie camina con tanta maña a esa hora a no ser que se lo proponga, y nadie se propone caminar a la perfección a las tres de la mañana a no ser que esté borracho.
Al otro día se levantaba un poco más tarde que de costumbre y salía a hacer su gimnasia al solar. Yo le sentía el fermento de alcohol en el sudor cuando pasaba al lado mío camino de la ducha, pero no le hacía reproches. Otra le habría dicho que estos no eran tiempos de andar bebido por las calles a altas horas de la noche, que podían confundirlo con otro, caerle mal a alguno o algo. Yo no. ¿Para qué? Al fin y al cabo él conocía muy bien lo que estaba pasando aquí, pensaba yo, y a esa edad es cuando se ponen románticos, empiezan a beber y todo eso. ¡Y a quién le iba a caer mal José, por Dios, que era tan sereno!
Susana, José, Judith y Ramón caminaron de regreso de la morgue municipal como si les hubieran quitado un horrendo peso de encima. Susana no quería alegrarse de que los muertos fueran otros, pues el dolor y el horror eran los mismos, pero no podía evitarlo.
—No, queridas, no. Gracias a Dios —les dijo a Amelia y a sus hijas, que no habían tenido la presencia de ánimo para ir a la morgue y esperaban en el portón, ansiosas. También salieron a la calle sus hermanas, que habían llegado hacía un momento de la estación de buses. Susana se descompuso al abra- zarlas y lloró a voz en grito, cosa que nunca antes en su vida había hecho, pero se recobró pronto (no quiso recostarse) y se dedicó a organizar los asuntos de la casa.
La llegada de mis hermanas fue para mí una bendición, recuerda Susana. Todos esos días horribles estuvieron conmigo, acompañándome y colaborándome en todo, pero como ya no cabíamos en la casa, se iban a dormir donde Judith, la mayor de mis hijas mujeres, que vivía como a cuatro cuadras, por el lado de los bomberos. Allá vive todavía.
Susana se acomoda bien el chal sobre los hombros. En la zona cafetera cuando llega el atardecer empieza el frío. Susana vive con Vicente en un apartamento de tercer piso, con vista a un parque y sus ceibas y, por detrás, a la iglesia de Santa Ana, blanca como el azúcar y de cúpulas color yema. Casi nunca van a misa, pero a los dos les gusta el sonido de las campanas.
La de Judith es una casa también de las viejas, como era la mía, de tapia y tejas de barro, con solar grande, donde mantiene muchos animales. Ella sólo tuvo tres niños: Alcibíades, que fue adoptado cuando ella pensó que no podía tener hijos, y después tuvo a Sara y a Sofía. Judith ha sido mi brazo derecho para todo y ha cuidado a Vicente tanto como yo en los muchos achaques de una vida que gracias a Dios ha sido larga…
Aparte de haber cometido el disparate de casarse tan joven, ella ha sido siempre bastante cuerda. Se casó con Darío, totalmente contra mi parecer. Miguel Ángel, el papá, tenía una trilladora y de él se decía que era de los que financiaba en secreto a las cuadrillas de asesinos y que compraba fincas baratas y café robado, cosa que a nadie le constaba: si me opuse al matrimonio, no había sido tanto porque el papá de él financiara a los bandidos, que no era cierto, sino porque ella apenas acababa de cumplir dieciséis años y él, si acaso, dieciocho.
Cuando los hijos menores hablaban de Judith con los amigos, la nombraban orgullosos como La Casada. Ni Abraham ni José ni Fernando se opusieron al matrimonio, dice Susana. Abraham no alcanzaba a ver, por más esfuerzo que hiciera, lo que había de malo en todo el asunto; y José y Fernando habían conocido a Darío en el colegio y sabían que era un muchacho correcto y no tenía nada del conservadurismo de Miguel Ángel, el papá, ni de esa como brutalidad y esa codicia. Los demás hijos, agrega Susana, no estaban en edad de opinar sobre aquellos asuntos.
Judith es de ojos claros, como eran los de Abraham. Se parece a él en que se la ve siempre contenta. De mi mamá heredó la manía de recibir animales maltratados o desamparados. Después de un año escaso de matrimonio ya había adoptado dos perros, uno sin una pata delantera y otro con una cicatriz larga en el lomo, que le habían hecho con aceite hirviendo. Y en el patio de atrás de su casa, grande y con árboles frutales, ha tenido siempre gallinas que dejan de poner y se mueren de viejas, pájaros entablillados y loras con azul de metileno en las colas ruñidas.
Con Judith y Fernando fuimos después de la morgue al batallón, pasado el mediodía. Esta vez nos acompañaron Amelia, Ramoncito y las hijas. No había novedad. Amelia dejó ver toda su soberbia, y al pobre coronel se le veía casi incómodo. Ni Sissy Emperatriz, mejor dicho. Y como es bonita como las hijas, que tampoco son muy sencillas que digamos, pues al señor no le quedaba más remedio que sonreírse como un perrito. Y tan entretenida estuve yo con todo eso que hasta me olvidaba a ratos del pobre Abraham, que quién sabe cómo estaría en ese mismo momento. En fin. Los del ejército seguían pensando que se los habían llevado para las montañas de Pijao o Montenegro, pero no habían logrado encontrar pistas firmes y no tenían manera de saber si estaban vivos o muertos ni lo que había pasado con ellos.
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