Abril quebrado

Ismail Kadaré · Capítulo 1 de 7

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Abril quebrado

Capítulo primero

Ismail Kadaré

Abril quebrado

ePub r1.0

Titivillus 10.06.2019

Título original: Prillii thyer

Ismail Kadaré, 1978

Traducción: Ramón Sánchez Lizarralde

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Capítulo primero

 

Cada vez que sentía frío en los pies sacudía ligeramente las rodillas y entonces, bajo sus plantas, oía crujir quejumbrosamente los guijarros. En verdad, el lamento venía de su interior. Nunca en su vida había permanecido tanto tiempo inmóvil, al acecho tras un talud al borde del Camino Real.

La tarde agonizaba. Asustado, alarmado casi, se echó el fusil a la cara para alinear el punto de mira. En breve oscurecería y no podría afinar la puntería. Pasará sin duda antes de que la mira se ensombrezca, le había dicho su padre. Ten paciencia y espera.

Movió lentamente el cañón desplazando su punto de mira sobre los manchones de nieve aún sin derretir del otro lado del camino. Sobre los matorrales salpicados aquí y allá de granados silvestres, la idea de que aquél era un día decisivo en su existencia atravesó quizá por centésima vez su mente. El punto de mira retrocedió de nuevo de los granados silvestres a los manchones de nieve sin derretir. Lo que él había calificado mentalmente de día decisivo se reducía ahora a aquellos jirones de nieve y a aquellos granados silvestres, que parecían esperar desde el mediodía para presenciar lo que él haría.

Dentro de poco anochecerá, pensó, y no podré apuntar. En realidad deseaba que el crepúsculo llegara cuanto antes, que tras él cayera la noche para poder salir huyendo de aquella maldita emboscada. Pero el día declinaba muy lentamente y él debía seguir al acecho. Aunque se trataba de la segunda emboscada de su vida para cobrarse la venganza de sangre, el hombre a quien debía matar era el mismo de la primera, de modo que la actual era como una prolongación de aquélla.

Sintió otra vez los pies helados y volvió a sacudir las rodillas tratando de impedir que el frío le fuera subiendo por el cuerpo. Pero hacía ya tiempo que el frío había hecho presa de su vientre, de su pecho y hasta de su cabeza. Le parecía incluso que el cerebro se le había congelado pedazo por pedazo, como aquellos montones de nieve junto al camino.

No era capaz de pensar con coherencia ni lógica. Lo invadía tan sólo un sentimiento de hostilidad hacia los grandes granados silvestres y los jirones de nieve, y se repetía una y otra vez que de no ser por ellos tiempo ha que habría abandonado el acecho. Pero ellos permanecían allí, testigos inmóviles, impidiéndole marcharse.

Por el recodo del camino, por vigésima vez a lo largo de aquella tarde, se le apareció el hombre a quien debía matar. Avanzaba con paso corto, con el negrísimo cañón de su fusil sobresaliendo a la derecha del cuello. El emboscado tembló: esta vez no era un espejismo. El acechado venía realmente.

Igual que otras veces, Gjorg dirigió el cañón hacia el hombre que se aproximaba y apuntó a la cabeza. Por un momento tuvo la impresión de que la cabeza jugueteaba, que se negaba a entrar en el punto de mira, e incluso, en el último instante, le pareció que sonreía burlona. Seis meses atrás le había sucedido lo mismo y, para no mutilar el rostro de la víctima (¿de dónde había salido aquella compasión en el último instante?), había apuntado más abajo, por ello no pudo darle muerte, sólo lo hirió en el cuello.

El hombre se aproximaba. Lo único que pido es que no salga herido, se dijo Gjorg con tono de súplica. Acababan de saldar la indemnización por aquella herida y una segunda los arruinaría. En cambio por la muerte no había que pagar nada.

El hombre se aproximaba. Es mejor no acertarle que herirlo, pensó. Como había imaginado muchísimas veces, antes de disparar y según la costumbre, Gjorg advirtió a la víctima. Ni entonces ni más tarde lograría estar seguro de si pronunció de verdad una palabra o no llegó a salirle la voz del cuerpo. Lo cierto es que el rostro se volvió bruscamente. Gjorg captó apenas un leve movimiento del brazo tratando al parecer de quitarse el fusil de la espalda, y disparó. Levantó de inmediato los ojos del fusil y observó, casi con asombro, el resultado. El muerto (el hombre aún se mantenía en pie, pero Gjorg estaba convencido de que estaba muerto), dio un paso vacilante al frente, su fusil cayó a un lado y él se desplomó sobre el contrario.

Gjorg abandonó su puesto y se dirigió hacia la víctima. El camino estaba desierto. Sólo se oía el sonido de sus pasos. El muerto había caído boca abajo. Gjorg se inclinó sobre él y le puso la mano en el hombro, como intentando despertarlo. ¿Qué estoy haciendo?, pensó. Posó la mano de nuevo sobre el hombro en actitud de querer devolverle la vida. ¿Por qué lo haces?, se dijo. Y de repente comprendió que no se había inclinado sobre el cadáver para despertarlo del sueño eterno sino para darle la vuelta. No, él no pretendía más que colocar el cuerpo boca arriba, como manda la tradición. En torno, los granados silvestres y los cúmulos de nieve sin derretir continuaban allí, observándolo todo.

Se irguió dispuesto a irse, pero recordó que debía apoyarle el fusil en la cabeza.

Cumplió todo el rito como en sueños. Tenía ganas de vomitar y en dos o tres ocasiones se dijo: es consecuencia de la sangre. Unos instantes después advirtió que estaba huyendo casi a la carrera por el camino solitario.

Caía la noche. Volvió la cabeza repetidas veces sin saber por qué. El camino seguía desierto, serpenteando entre matorrales y arbustos en medio del día que declinaba.

En algún lugar delante de él oyó cencerros de mulas y después voces humanas. Un grupo de gente venía hacia él por el Camino Real. Parecían forasteros, o montañeses de vuelta del mercado. Se encontró frente a ellos antes de lo que esperaba. Entre los hombres venían algunas mujeres jóvenes y niños.

Le desearon «buenas tardes» y se detuvo. Antes de articular palabra hizo un gesto con la mano en la dirección de donde procedía.

—Allí, en el recodo del Camino Real, he matado a un hombre —dijo con voz hueca—. Dadle la vuelta y apoyad el fusil en su cabeza, buenas gentes.

Entre el grupo de caminantes se hizo un momento de silencio.

—¿Es que te ha dado el mal de sangre? —preguntó una voz.

No respondió. La voz recomendó algún remedio contra el mal de sangre, pero no la escuchó, ya había reemprendido la marcha. Ahora que les había pedido que volvieran al muerto boca arriba se sintió un tanto aliviado. No

conseguía recordar si él mismo le había dado la vuelta. El [1] Kanun preveía la turbación producida por la muerte y permitía solicitar a cualquiera que pasara que hiciera lo que el implicado no hubiera logrado hacer. Eso sí, abandonar al muerto boca abajo y con el fusil apartado de él, constituía una falta imperdonable. Aún no había terminado de oscurecer cuando entró en la aldea.

Todavía duraba su día decisivo. La puerta de la [2] kulla estaba entreabierta. La empujó con el hombro y penetró en el interior.

—¿Qué? —preguntó alguien dentro.

Asintió con la cabeza.

—¿Cuándo?

—Hace un rato.

Oyó los pasos de ellos bajar por los peldaños de madera.

—Tienes las manos ensangrentadas —advirtió su padre—, ve a lavártelas.

Gjorg contempló sus manos con asombro.

—Fue seguramente cuando le di la vuelta —dijo.

Durante el camino se había inquietado en vano. Le habría bastado con mirarse las manos para comprender que todo había sido hecho como era debido.

En la kulla flotaba el aroma del café recién tostado. Para su sorpresa, tenía sueño. Hasta bostezó un par de veces seguidas. Junto a su hombro derecho, los ojos brillantes de su hermana menor le parecieron distantes, como dos estrellas tras una colina.

—¿Y ahora? —dijo de pronto sin dirigirse a nadie.

—Hay que anunciar la muerte a la aldea —respondió el padre. Sólo entonces se percató Gjorg de que se estaba calzando las alpargatas.

Sorbía el café que su madre le había preparado cuando oyó el primer grito afuera:

—Gjorg, el de los Berisha, ha disparado contra Zef Kryeqyqe.

La voz tenía un timbre particular, entre la del pregonero que proclama un decreto gubernamental y la del viejo salmista.

Fue como si en un instante aquella voz inhumana lo despertara de la somnolencia. Tuvo la impresión de que su nombre se había desprendido de su ser, de su piel y de su pecho para expandirse de manera cruel por el exterior. Era la primera vez que experimentaba semejante sensación. Gjorg, el de los Berisha, repetía para sí el grito de los implacables pregoneros. Tenía veintiséis años y era la primera vez que su nombre penetraba en los fundamentos de la vida.

Afuera, los emisarios de la muerte se lo transmitían unos a otros como sobre alas.

Media hora después trajeron al muerto. De acuerdo con la tradición habían colocado el cuerpo sobre unas parihuelas fabricadas con cuatro ramas de haya. Aún se alentaba una vaga esperanza de que no hubiera expirado.

El padre de la víctima esperaba en pie ante la puerta de la kulla. Cuando los que cargaban el cuerpo se encontraban a unos cuarenta pasos, les preguntó:

—¿Qué me traéis? ¿Herida o muerte?

La respuesta fue concisa y seca:

—Muerte.

Su lengua buscó la saliva dentro, muy dentro, en la cavidad de la boca. No obstante, alcanzó a pronunciar penosamente:

—Metedlo dentro y anunciad el duelo a la aldea y los allegados.

 

Las esquilas del ganado que regresaba a la aldea de Brezftoht, las campanadas de la tarde y el resto de los ruidos del anochecer, parecían cargar sobre sí la recién anunciada noticia de la muerte.

Los caminos y senderos del poblado experimentaban una animación inusual. Algunas antorchas que aún se vislumbraban mortecinas porque la claridad no había declinado por completo, parpadeaban en algún lugar, en el linde de la aldea. La gente entraba y salía de la casa del muerto. Lo mismo que de la del homicida. Otros, de dos en dos o de tres en tres, se encaminaban hacia alguna parte o retornaban de ella.

Desde las ventanas de las kullas aisladas se intercambiaban las últimas nuevas:

—Gjorg Berisha ha matado a Zef Kryeqyqe, ¿te has enterado?

—Gjorg, el de los Berisha, ha lavado la sangre de su hermano.

—¿Pedirán los Berisha la [3] besa de veinticuatro horas?

Desde las ventanas de las kullas se dominaba el movimiento de las calles de la aldea. Ya era noche cerrada. El resplandor de las antorchas se hacía más denso, casi sólido, e iba adquiriendo poco a poco un rojizo tono oscuro, como lava de volcán recién surgida de misteriosas profundidades. Su centelleo rociaba en derredor el presentimiento de salpicaduras de sangre futura.

Cuatro hombres, entre ellos un anciano, se encaminaban a la casa del muerto.

—Los mediadores van a pedir la besa de veinticuatro horas para los Berisha —decía alguien desde una ventana.

—¿Se la darán?

—Seguro que se la darán.

No obstante, el clan entero de los Berisha tomaba medidas de defensa. Aquí y allá se oían voces: Murrash, entra inmediatamente en casa. Cen, cierra la puerta. ¿Dónde está Preng?

Se clausuraban las puertas de los parientes próximos o lejanos; era el peligroso momento inmediato a la muerte, cuando la familia de la víctima no ha concedido todavía ninguna de las besas, de modo que a los Kryeqyqe, cegados aún por la sangre recién derramada, les estaba permitido por el Kanun disparar y tomarse venganza sobre cualquier miembro del clan de los Berisha.

Todos aguardaban, desde las ventanas de las kullas, la salida de la delegación de la casa del muerto. ¿Les concederán la besa?, preguntaban las mujeres.

Por fin salieron los cuatro mediadores. La negociación había sido breve. Su forma de andar no dejaba traslucir la respuesta, pero una voz difundió poco después la noticia.

—La familia Kryeqyqe ha otorgado la besa.

Todos comprendieron que se trataba de la pequeña besa, la de veinticuatro horas. Nadie mencionó la gran besá, la de treinta días, pues ésta no la solicitaba la familia sino la aldea, y además solo podía concederse después del entierro de la víctima.

Las voces volaban de kulla en kulla.

—La familia de los Kryeqyqe ha concedido la besa.

—Los Kryeqyqe han otorgado la besa.

—Magnífico. Al menos durante veinticuatro horas no se verterá sangre — suspiró una voz ronca tras un postigo.

 

El funeral tuvo lugar al día siguiente a mediodía. Las plañideras llegaron de lejos, arañándose los rostros y arrancándose los cabellos, según la costumbre. El viejo cementerio de la iglesia se llenó con las túnicas negras de la comitiva. Terminado el entierro, el cortejo regresó a la kulla de los Kryeqyqe. Gjorg iba entre ellos. Al principio se negó a acudir, pero su padre había insistido. Así lo exige el Kanun, le había dicho, debes asistir al entierro,

y también a la comida de difuntos. Pero yo soy el [4] gjakés había respondido Gjorg, he sido quien lo ha matado ¿por qué estoy obligado a ir? Precisamente por eso, lo atajó su padre. Cualquiera podría faltar hoy al entierro o a la comida de difuntos, cualquiera, menos tú. Pero ¿por qué?, se resistió por última vez Gjorg. ¿Por qué debo hacerlo? Su padre le lanzó una mirada fulminante y Gjorg se calló.

Marchaba ahora entre el cortejo fúnebre, pálido, con paso vacilante, sintiendo las miradas de las gentes que apenas le rozaban para perderse más allá, entre la niebla. La mayoría eran de familiares del muerto. Quizá por centésima vez gimió para sus adentros: ¿por qué tengo que estar aquí?

Sus miradas no estaban cargadas de odio, eran frías, como aquel día de marzo; lo mismo que se había sentido él, frío y sin odio, la víspera cuando estaba al acecho. La fosa recién abierta, las cruces de madera o de piedra, la mayoría inclinadas a un costado, el triste tañido de las campanas, todo estaba directamente vinculado a él en ese día. Los rostros de las plañideras, con aquellos espantosos arañazos (Oh, Dios, cómo habrán podido crecerles así las uñas en veinticuatro horas, pensó), los cabellos salvajemente arrancados, los ojos hinchados, los pasos monótonos que lo rodeaban por todas partes, todo aquel montaje funerario había sido provocado por él. Y por si fuera poco, se veía obligado a caminar en medio del cortejo, lenta, fúnebremente como los demás.

Las bandas negras de los gruesos pantalones de lana blanca de los otros se encontraban muy cerca de las suyas, como serpientes negras cargadas de veneno dispuestas a morder. Durante la marcha llegaron a tocarse. Pero él estaba absolutamente tranquilo.

La besa de veinticuatro horas lo protegía mejor que cualquier tronera de kulla o de castillo. Los cañones de sus fusiles se alzaban enhiestos sobre las negras pellizas, pero por el momento no les estaba permitido disparar sobre él. Mañana, pasado mañana… tal vez. Y si la aldea solicitaba la besa de treinta días, aún dispondría de cuatro semanas de vida sin sobresaltos. Después…

A pesar de todo, el cañón de un fusil de guerra se balanceaba destacándose entre los demás, unos pasos más allá. Otro cañón, éste corto, marchaba a la izquierda. Y otros más alrededor. Cuál de ellos será el que… En su conciencia las palabras «me mate a mí», se transformaron en el último momento, como si pretendieran olvidarlo, en «dispare sobre mí».

El trecho del cementerio a la casa del muerto parecía interminable. Y todavía quedaba por delante la comida de difuntos, donde lo esperaba una prueba más penosa aún. Se sentaría a la mesa junto al clan del muerto, le ofrecerían pan y le servirían comida, le pondrían delante cucharas y tenedores y él tendría que comer.

Dos o tres veces le asaltó la idea de huir de aquella situación absurda, de escapar corriendo del cortejo fúnebre, de que lo insultaran, lo injuriaran, lo acusaran de violar la costumbre secular, de que incluso le dispararan por la espalda si querían, pero huir, huir de allí. Sin embargo, sabía que no lo haría jamás. Igual que el día anterior no había abandonado la emboscada. Igual que no habían huido su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo, cincuenta, quinientos, mil años atrás.

Se aproximaban a la kulla del muerto. De las estrechas ventanas situadas sobre el dintel de la puerta pendían las telas negras. ¡Oh, dónde me voy a meter!, gimió en su fuero interno y, a pesar de que el dintel de la puerta baja de la kulla estaba aún a cien pasos de distancia, agachó la cabeza para no golpearse con su arco de piedra.

 

La comida de difuntos transcurrió según el ritual. Gjorg se pasó todo el tiempo imaginando la suya propia. Cuál de aquellos comensales asistiría del mismo modo que él lo hacía hoy aquí, del mismo modo que lo habían hecho su padre, su abuelo y su tatarabuelo, a lo largo de cientos y cientos de años.

Las plañideras mostraban aún los rostros rasgados y ensangrentados. La costumbre exigía que no se los limpiaran mientras permanecieran en la aldea donde se había producido la muerte ni tampoco en el camino. Sólo podían lavárselos cuando regresaran a sus propias aldeas.

Parecían llevar máscaras con aquellas desgarraduras en las mejillas y en la frente. Gjorg pensaba en el aspecto que tendrían los miembros del clan tras los arañazos del duelo. Le parecía ahora que, en lo sucesivo, la vida de las futuras generaciones de ambas familias no sería más que una interminable comida de difuntos, en la cual cada bando acudiría a casa del otro y viceversa. Y cada uno de los clanes, antes de acudir al banquete, aplicaría sobre sus rostros la máscara sangrienta.

 

Por la tarde, finalizada la comida de difuntos, se reanudó en la aldea el inusual ir y venir. En unas horas concluiría la pequeña besa de veinticuatro horas concedida a Gjorg Berisha, y los ancianos de la aldea se preparaban ya para presentarse, de acuerdo con las reglas, en la kulla de los Kryeqyqe y solicitar, en nombre de la aldea, la besa grande, la de treinta días, a favor de Gjorg.

 

En los umbrales de las kullas, en las primeras plantas, donde habitaban las mujeres, así como en las plazoletas, no se hablaba de otra cosa. Era la primera muerte por venganza de sangre de aquella primavera, por tanto era normal que se comentara con detalle cuanto se relacionara con ella. Había sido una muerte ejecutada dentro de los cánones más estrictos y, de igual modo, la comida de difuntos, la besa de veinticuatro horas y todo lo demás se había realizado según el antiguo Kanun. De modo que era muy probable que fuera concedida la besa de treinta días, que los ancianos se disponían a solicitar a los Kryeqyqe.

Entretanto, mientras comentaban cada incidente a la espera de nuevas noticias, las gentes recordaban los casos, lejanos y recientes, en que habían sido violadas las reglas del Kanun en su aldea y en la comarca circundante, incluso en comarcas alejadas, hasta donde se extendía la meseta sin fin. Evocaban a los transgresores del Kanun y los rigurosos castigos que les habían sido impuestos. Recordaban a individuos concretos, condenados por su propia familia, a familias enteras sancionadas por su aldea e incluso aldeas enteras, enajenadas, castigadas por un conjunto de otras aldeas, o por la

flamur[5] según se la llamaba. Pero afortunadamente, decían con un suspiro de alivio, en su aldea hacía tiempo que no se producían oprobios semejantes. Todo se ejecutaba según las antiguas reglas, y hacía tiempo que a nadie se le pasaba por la mente transgredirlas. También la última sangre se había vertido según la tradición, y Gjorg, el de los Berisha, el gjakés, a pesar de su juventud, se había portado bien, tanto durante el entierro de su víctima como durante la comida de difuntos. Sin lugar a dudas los Kryeqyqe le concederían la besa de treinta días. Con mayor razón cuanto que esta clase de besa, igual que era reclamada por la aldea, podía ser rota por la aldea en caso de que al gjakés, abusando del favor temporal que se le hacía, se le ocurriera utilizarla para pasearse y jactarse de su acto. Pero no, Gjorg, el de los Berisha, no era de ésos. Al contrario, siempre había sido considerado como un muchacho reservado e inteligente, de modo que una tontería semejante podía esperarse de cualquier otro pero no de él.

 

Los Kryeqyqe concedieron la besa grande a última hora de la tarde, poco antes de que concluyera el plazo de la pequeña. Uno de los ancianos que había acudido a casa de los Kryeqyqe fue en seguida a la kulla de los Berisha para informarles de la concesión de la besa de treinta días, repitiendo de paso los consabidos consejos acerca de que Gjorg no debía malgastarla, etcétera, etcétera.

Tras la marcha del delegado, Gjorg permaneció como pasmado en uno de los rincones de la kulla. Le quedaban aún treinta días de vida a salvo de peligro alguno. Después sería engullido por el pozo de la muerte. Como un murciélago no se movería más que en la oscuridad, temeroso del sol, de la luna llena y de las antorchas.

Treinta días, se dijo. Aquel fogonazo, allí, en el talud del Camino Real, había seccionado bruscamente su vida en dos: un período, una parte de veintiséis años que duraba hasta el día de hoy, y otro de treinta días a partir de la misma jornada, del 17 de marzo al 17 de abril. Después vendría la vida del murciélago, con la que ya no merecía la pena contar.

Gjorg observaba de reojo el fragmento de paisaje que se divisaba desde el estrecho ventanuco. Afuera estaba marzo, sonriendo a medias, semi-helado, con la peligrosa luminosidad alpina que sólo ese mes posee. Y después vendría abril, o mejor, su primera mitad. Sintió una punzada en el costado derecho. Abril se vestiría a partir de ahora de un dolor azulado… Ah, pero a él siempre le había parecido abril más o menos así, un mes en el que algo no se cumple. Abril del amor, como decían las canciones. Su abril inacabado… Y sin embargo era mejor que fuera así, pensó, sin saber realmente qué era lo mejor, haber vengado la sangre de su hermano o el momento en que se había producido la venganza de sangre en sí.

Hacía apenas media hora que le habían concedido la besa de treinta días y casi se había acostumbrado a la idea de que su vida estaba dividida en dos. Ahora hasta le parecía que siempre había sido así: una parte, la más prolongada, de ventiséis años, era una vida lenta hasta el tedio, ventiséis marzos y abriles con sus consiguientes inviernos y veranos; mientras la otra, la breve, de cuatro semanas, era impetuosa, rápida como una avalancha, sin más que medio marzo y medio abril como dos fulgurantes ramas de escarcha cortadas.

¿Qué haría en aquellos treinta días que le quedaban? En general, durante la besa grande, los hombres se apresuraban a realizar lo que no habían hecho durante la otra parte de su vida. Y en caso de que no les quedara nada importante que hacer, se apresuraban a cumplir con las labores cotidianas. Si era época de siembra, corrían a terminarla; si era de cosecha, recogían las gavillas; si no coincidía con ninguna de las dos, se dedicaban a tareas aún más rutinarias, como reparar los tejados; y si esto no era necesario salían simplemente a los collados para contemplar una vez más el vuelo de las cigüeñas o las primeras escarchas de octubre. Los solteros se casaban habitualmente en esa época, pero Gjorg no se casaría. Su prometida, vecina de una lejana flamur, a quien no había conocido nunca, cayó enferma y había fallecido un año antes; y él no se había vuelto a comprometer.

Sin dejar de contemplar aquel retazo de paisaje sobre el que iba cayendo la bruma, seguía pensando en lo que haría durante aquellos treinta días que le restaban. A veces le parecían pocos, muy pocos, un puñado de tiempo insuficiente para cualquier cosa y unos minutos después esos treinta días le parecían una enormidad, terriblemente largos y completamente innecesarios.

Diecisiete de marzo, murmuró. Veintiuno de marzo. Veintiocho de marzo. Cuatro de abril… Once de abril. Diecisiete de abril. Dieciocho… abrilmuerte. Y así sucesivamente: abrilmuerte, abrilmuerte y nunca mayo. Mayo jamás. Mascullaba distintas fechas, unas veces de abril, otras de marzo, cuando advirtió los pasos de su padre que descendían de la planta superior de la kulla. Llevaba en la mano una bolsa de hule.

—Gjorg, aquí tienes las quinientas monedas de la sangre —le dijo tendiéndole la bolsa.

Gjorg lo miró con los ojos desorbitados, ocultando las manos a su espalda, como intentando alejarlas lo más posible de aquella bolsa maldita.

—¿Qué? —dijo con voz apagada—. ¿Por qué?

Su padre lo observó con cierta sorpresa.

—¿Cómo que por qué? ¿Has olvidado que es preciso pagar la tasa de sangre?

—Ah —exclamó Gjorg aliviado—. Ah, sí.

La bolsa pendía aún ante él y alargó la mano hacia ella.

—Pasado mañana partirás hacia la kulla de Orosh —prosiguió el padre—. Tienes un día de camino hasta allí.

Gjorg no tenía el menor deseo de ir a ninguna parte.

—¿No puede esperar ese asunto, padre? ¿Es preciso pagar de inmediato?

—Sí, hijo. De inmediato. La tasa de la sangre debe ser pagada inmediatamente después de haber sido vertida.

La bolsa se encontraba ahora en la mano derecha de Gjorg. Pesaba. Contenía los ahorros de temporadas enteras, acumulados semana a semana y mes a mes, en espera de la venganza de sangre.

—Pasado mañana —repitió su padre— a la kulla de Orosh.

Se había acercado a la ventana y observaba con atención algo en el exterior. En sus pupilas brillaba una luz tranquilizadora.

—Ven aquí —le dijo suavemente a su hijo.

Gjorg se acercó.

Afuera, en el patio, colgaba del tendedero una única camisa.

—La camisa de tu hermano —dijo suspirando—, la camisa de Mehil.

Gjorg no apartaba los ojos de ella. Blanca, flotando al viento, ondulándose, hinchándose gozosa sobre la cuerda.

Año y medio después de la muerte de su hermano, la madre de ambos había lavado por fin la camisa que el desdichado llevaba el día de su muerte. Durante año y medio, ensangrentada como quedó, había permanecido colgada, según el Kanun, en la planta superior de la kulla, esperando para ser lavada sólo después de consumarse la venganza de sangre. Decían que cuando las manchas de sangre de la camisa comenzaban a amarillear era signo evidente de que el muerto estaba inquieto por no haber sido vengado. Barómetro infalible, la camisa indicaba si se retrasaba o no el desquite. A través de ella, desde las profundidades de la tierra donde yacía, el muerto enviaba sus señales.

Cuántas veces, en momentos de soledad, había subido Gjorg a aquel lúgubre piso para examinar la camisa. La sangre no cesaba de amarillear. Eso significaba que el muerto no encontraba reposo. Cuántas veces había visto Gjorg en sueños aquella camisa, entre el agua jabonosa mientras se lavaba, blanqueando y reverberando como el cielo primaveral. Pero al amanecer continuaba allí, cubierta de manchones rojizos de sangre seca.

Y ahora la camisa estaba al fin colgada en el tendedero. Era sorprendente, sin embargo, que Gjorg no experimentara alivio alguno.

 

Entretanto, como una nueva bandera que se iza una vez arriada la vieja, en la planta superior de la kulla de los Kryeqyqe colgaron la camisa ensangrentada del recién fallecido.

Las estaciones frías o cálidas influirían sobre el color de la sangre seca, la clase de tejido también, pero a nadie le importaría nada de eso, y cualquier transformación sería interpretada únicamente como un misterioso mensaje, que nadie se atrevería a poner en duda.