Abril quebrado

Ismail Kadaré · Capítulo 3 de 7 · parte 1/3

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Abril quebrado

Capítulo tercero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

 

El carruaje continuaba ascendiendo de prisa por el camino de montaña. Era un cupé con ruedas de goma, como los que suelen utilizarse en las grandes ciudades para pasear o a modo de coches de punto. Los asientos estaban tapizados de terciopelo negro pero, además, todo en él tenía algo de aterciopelado. Quizá por eso su avance por la abrupta carretera resultaba mucho más suave de lo esperado, y lo sería más de no ser por el golpeteo de los cascos y los resoplidos de los caballos, que el revestimiento de terciopelo no lograba amortiguar. Sin soltar la mano de su mujer, Besian Vorpsi acercó la cara al vidrio de la ventanilla para comprobar que la pequeña ciudad de la que habían salido media hora antes, la última a los pies de la gran altiplanicie del Norte, había desaparecido por fin de su vista. Ante ellos y a sus costados aparecía ahora una depresión inclinada, un terreno extraño, que no era planicie, montaña ni meseta. La montaña no había comenzado aún, pero su sombra ya se dejaba sentir y parecía ser aquella sombra la que, aunque no permitía que el terreno fuera tomado por montañoso, impedía que pudiera ser considerado una planicie. Era pues una zona intermedia, yerma y casi deshabitada.

De vez en cuando las pequeñas gotas de lluvia reventaban contra los cristales de la carroza.

—Las Cumbres Malditas —dijo en voz baja, ligeramente temblorosa, como se pronuncia el nombre de algo cuya aparición se espera desde hace tiempo. Sintió que aquel nombre solemne producía en su mujer un estremecimiento que le satisfizo.

Ella acercó la cabeza hacia su lado para ver mejor, y él advirtió el aroma atrayente de su nuca.

—¿Dónde?

Hizo un gesto hacia adelante con la cabeza y después señaló con la mano, pero en la dirección que su mano mostraba ella sólo vio un cúmulo de niebla.

—No se distingue con claridad —le explicó él—. Todavía estamos muy lejos.

Ella dejó nuevamente su mano sobre la de él y se reclinó sobre el respaldo. Con el bamboleo de la carroza, el periódico que habían comprado en la pequeña ciudad poco antes de partir y que hablaba de ellos en primera página, resbaló y cayó al suelo, mas ninguno de los dos hizo ademán de recogerlo. Ella sonrió pensativa, volviendo a recordar el título del artículo consagrado a su viaje. «Una agradable novedad: el escritor Besian Vorpsi y su joven esposa, Diana, deciden pasar la luna de miel en el altiplano del Norte».

Más adelante el escrito se tornaba un tanto ambiguo. No llegaba a comprenderse bien si su autor, un tal A. G. (¿sería quizá su común conocido Adrián Guma?) aprobaba el viaje o se burlaba ligeramente de él.

A ella misma, la idea del viaje le había parecido insólita al escucharla por primera vez de labios de su marido, dos semanas antes de la boda. No tienes por qué asombrarte, le dijeron sus amigas. Desde el momento en que te casas con un hombre extraordinario, lo normal es que esperes de él cosas sorprendentes. A fin de cuentas, no podemos sino decirte que has tenido suerte.

Era dichosa de verdad. Aquellos días previos a la boda, en los círculos semimundanos, semiartísticos de Tirana, no se hablaba de otra cosa que de su proyectado viaje. La mayoría se entusiasmaba: vas a abandonar el mundo real para sumergirte en el de la leyenda, en medio de la epopeya más genuina, que rara vez puede encontrarse sobre la faz de la tierra. Y seguían hablando de las hadas y las oréades, de los rapsodas, de los últimos himnos homéricos, de la historia y del Kanun, terrible pero majestuoso.

El resto se encogía de hombros ante aquella exaltación y procuraba expresar lo más discretamente posible sus dudas en todo caso vinculadas a consideraciones de comodidad, con mayor razón tratándose de un viaje de bodas, por tanto delicado, mientras en los Alpes aún hacía frío y las épicas kullas eran de piedra. Fueron más escasos quienes escucharon aquello con cierto aire burlón, como diciendo: marchad, marchad al Norte, a convivir con las oréades, quizás os haga bien a los dos, sobre todo a Besian Vorpsi.

Y he aquí que ahora avanzaban en dirección al sombrío altiplano del Norte. Aquella llanura, acerca de la que tanto había leído y oído mientras estudiaba en el instituto femenino «Reina Madre» y sobre todo más tarde, durante su noviazgo con Besian Vorpsi, la atraía tanto como la asustaba. En realidad, a pesar de sus lecturas y conversaciones sobre ella, a pesar incluso de los escritos de Besian, le resultaba difícil concebir cómo sería la vida allá arriba, tras aquella niebla perpetua. Tenía la impresión de que todo lo que se decía sobre el Rrafsh adquiría al instante un doble sentido, un carácter nebuloso. Besian Vorpsi había escrito relatos mitad trágicos, mitad filosóficos a propósito del Norte, acogidos por la prensa con ecos dispares. Unos los saludaron como joyas, otros los criticaron por carecer de realismo. En dos o tres ocasiones le había asaltado a Diana la idea de que quizá no había sido tanto con el deseo de mostrarle a ella la curiosidad del Norte como para verificar algo en su interior, por lo que su marido había emprendido aquel extraño y extraordinario viaje. Pero desechó la sospecha diciéndose que, de ser así, bien podría él haber hecho el viaje tiempo atrás y, además, solo.

Observaba ahora furtivamente su perfil y al instante comprendió, por la tensión de su rostro y la forma en que miraba al exterior, que apenas alcanzaba a contener la impaciencia. Diana entendía de sobra la causa de que él se mantuviera como en una constante espera. Sin duda sentía que todo aquel mundo, fantástico y épico por partes iguales, del cual le había hablado durante días enteros, estaba retrasando su aparición. Afuera, en torno al carruaje, continuaba desplegándose el extenso páramo deshabitado, sobre cuyas innumerables piedras de color café pálido se derramaba la más mediocre de las llanuras del mundo. Tiene miedo de que yo sufra una decepción, pensó, y en dos o tres ocasiones estuvo a punto de decir: no te preocupes, Besian, no llevamos más que una hora de camino, y además yo no soy ni tan impaciente ni tan ingenua como para imaginar que todos los misterios del Norte se nos van a revelar de pronto. No obstante, guardó silencio y se conformó, en un gesto cargado de naturalidad, con apoyar la cabeza en su hombro. La intuición le decía que ese gesto sería más tranquilizador que cualquier palabra y permaneció largo rato así, observando de reojo cómo sus cabellos color castaño claro se balanceaban sobre el hombro de él, al ritmo del traqueteo de la carroza.

Estaba en esa postura, a punto de dormirse, cuando advirtió que el cuerpo de su marido se movía.

—Diana, mira —susurró, cogiéndole la manó.

A lo lejos, a un lado del camino, se divisaban unas siluetas negras.

—¿Montañeses? —preguntó ella.

—Sí.

Cuanto más se aproximaba el vehículo, las siluetas se tornaban más alargadas. Ambos tenían los rostros casi pegados al cristal y ella hubo de limpiar varias veces el vaho que sus alientos dejaban en él.

—Qué llevan en las manos, ¿paraguas? —preguntó ella, casi susurrando cuando el carruaje se encontraba a no más de quince pasos de los montañeses.

—Eso parece —respondió él entre dientes.

—Vaya, ¿de dónde habrán salido esos paraguas?

El coche pasó por fin junto a los montañeses, que lo siguieron con la mirada. Él volvió la cabeza, intentando convencerse de que aquellos despojos que los aldeanos llevaban en las manos eran verdaderamente paraguas viejos, con las varillas sueltas y la tela hecha jirones.

—Nunca había visto un montañés con paraguas —masculló entre dientes —. Diana estaba igual de sorprendida, pero no lo manifestó para no irritar a su marido.

Cuando, más adelante, vieron otro grupo de montañeses, dos de los cuales cargaban sendos sacos, ella aparentó no verlos. Besian Vorpsi los observó durante un trecho.

—Maíz —dijo por fin, pero Diana no respondió. Apoyó la cabeza sobre el hombro de Besian y sus cabellos comenzaron a desplegarse de nuevo, suavemente, impulsados por los movimientos de la carroza.

Ahora era él quien vigilaba el camino. Al fin y al cabo, no era ningún acontecimiento que un orgulloso montañés llevara a cuestas un saco de maíz o un paraguas desvencijado en la mano para protegerse de la lluvia ¿No había visto ella decenas de montañeses llenando las calles de las ciudades en vísperas del invierno, con el hacha al hombro y lanzando el triste grito de «se corta leña», que más que una voz humana parecía un graznido de ave? Pero Besian le había dicho que aquéllos no eran genuinos representantes de la montaña.

Al abandonar, cualquiera que fuera la causa, las zonas épicas, como árboles desarraigados se despojaban a sí mismos de su heroísmo y perdían sus cualidades específicas. Los verdaderos montañeses están allí, en el Rrafsh, le dijo cierta noche, señalando con la mano una dirección que más parecía mostrar las alturas celestiales que punto alguno del horizonte, como si el Rrafsh del norte se encontrara en el cielo y no en la tierra.

Ahora, inclinado sobre la ventanilla, él no separaba los ojos del páramo, temeroso quizá de que su mujer le preguntara: ¿y esos caminantes de ahí, con sus paraguas esqueléticos y las espaldas dobladas bajo el saco de maíz, son los auténticos héroes de las cumbres? Pero aun cuando aquello la hubiera decepcionado por completo, a Diana jamás se le habría ocurrido hacerle semejante pregunta.

Y así, apoyada contra él, con los ojos parpadeantes a causa del traqueteo, como una defensa frente a la tristeza que le provocaba aquella extensión estéril, evocaba en su memoria episodios de sus recuerdos junto a Besian Vorpsi, de los días en que sé conocieron y de las primeras semanas de noviazgo. Los castaños a lo largo del gran bulevar, las puertas de los cafés, el relumbrar de los anillos durante un abrazo, los bancos del parque y las hojas otoñales que caían sobre ellos, y decenas de cosas más que arrojaba sobre la estepa interminable, con la esperanza de llegar a poblar tanta soledad. Mas la estepa permanecía inalterable. Su desnudez húmeda parecía dispuesta a devorar en un instante no sólo su reserva de felicidad sino incluso la totalidad de las felicidades acumuladas por todas las generaciones humanas. Diana nunca había visto nada semejante. No en vano comenzaban allí las Cumbres Malditas.

La sacó del duermevela un movimiento de su esposo y después su voz solícita:

—Diana, mira, una iglesia.

Se aproximó al cristal y sus ojos captaron de inmediato una cruz sobre el campanario de piedra de la iglesia. Ésta se erigía sobre un promontorio rocoso, y tal vez porque el camino discurría a un nivel considerablemente más bajo, o quizá a consecuencia del cielo nublado, la cruz negra parecía moverse amenazadora entre las nubes. La iglesia se encontraba lejos aún, pero cuando se hubieron aproximado un poco más, distinguieron la campana cuyo pálido destello irradiaba una suerte de sonrisa de verdor de bronce bajo la negra cruz amenazadora.

—¡Qué hermosa! —exclamó Diana.

Él asintió con un gesto de la cabeza sin pronunciar palabra. La lobreguez de la cruz y la sonrisa mitigadora de la campana se cernían en derredor y debían divisarse a muchas millas a la redonda, siempre unidas, inseparables.

—Mira, las kullas —dijo.

Ella separó con esfuerzo los ojos de la iglesia para buscarlas.

—¿Dónde? ¿Dónde?

—Allí, en la pendiente de aquella elevación —le mostró con la mano—. Allí hay otra, en el montículo.

—Ah, sí.

Con repentina vivacidad, la mirada de Besian buscaba febrilmente en el horizonte.

—Montañeses —dijo Diana, señalando la ventanilla delantera, más allá de la espalda del cochero.

Los montañeses avanzaban en su dirección, pero estaban muy lejos y todavía no se los distinguía con claridad.

—Aquí cerca debe de haber alguna aldea grande.

El carruaje se acercaba a los montañeses y Diana advirtió la tensión de él en el cristal de la ventanilla, empañado por su aliento.

—Van con los fusiles al hombro —dijo ella.

—Sí —respondió aliviado, sin apartar la cara del cristal. Sus ojos parecían buscar algo más. Los aldeanos estaban a menos de veinte pasos.

—Fíjate —gritó por fin, agarrando con fuerza a Diana por los hombros—. Fíjate en la cinta negra de la manga derecha, ¿la ves?

—Sí, sí.

—Ahí tienes otro con el signo de la muerte. Allí va un tercero.

La alegría había alterado su respiración.

—¡Qué terrible! —se le escapó a Diana.

—¿Cómo?

—Quería decir, qué hermoso y qué terrible a un tiempo.

—Así es, una belleza terrible, un terror hermoso, llámalo como quieras.

Se volvió de pronto hacia ella, con un brillo sorprendente en los ojos, como queriendo decir: tú no lo creías. Sin embargo, en realidad Diana nunca había manifestado dudas al respecto.

El carruaje había dejado atrás a los montañeses y Besian se había recostado en el asiento con una sonrisa en el rostro.

—Nos acercamos a la zona de la sombra —dijo como hablando consigo mismo—, allí donde las reglas de la muerte predominan sobre las de la vida.

—Es tremendo.

—En ninguna otra parte del mundo existe un lugar donde puedas encontrarte en el camino a gente que, lo mismo que los árboles del bosque que se marcan para ser talados, llevan sobre sí el signo de la muerte.

Ella lo miró con ternura. Los ojos de su marido poseían una luz interior, esa suerte de luminosidad que se produce tras una espera agotadora. Los montañeses con aquellos ridículos paraguas desvencijados y los usuales sacos de maíz a cuestas parecían ahora no haber existido nunca.

—Más montañeses —dijo él.

Esta vez fue ella la primera en distinguir la cinta negra en la manga de uno de ellos.

—Sí, ahora puedo decir que de verdad hemos penetrado en el reino mismo de la muerte —dijo Besian, sin apartar los ojos de la ventanilla. Afuera, la lluvia continuaba cayendo como antes, fina y mezclada con niebla.

Diana Vorpsi suspiró profundamente sin pretenderlo.

—Sí —dijo él—, hemos penetrado en el reino de la muerte, como Ulises, sólo que él debió descender para hacerlo y nosotros ascendemos.

Diana escuchaba sin dejar de mirarle. Él había apoyado la frente en el cristal ya completamente velado por el vaho de su aliento. Más allá, el mundo aparecía desfigurado.

—Recorren los caminos con esa cinta negra en la manga, como espíritus a través de la niebla.

Ella lo escuchaba sobrecogida. Antes de partir habían hablado de todo ello repetidas veces, pero ahora sus palabras adquirían un tono distinto. Como las secuencias de una película después de los subtítulos explicativos, pronunciadas esas palabras el paisaje resultaba aún más tétrico. Quiso preguntarle si encontrarían también a gente con turbante, tal como él le había contado en algunas ocasiones, pero algo le impidió formular la pregunta. Quizá se tratara del ingenuo temor a que, al hacerla, ambos imaginaran que en verdad los encontraban, cosa que ella no deseaba.

La carroza se había alejado bastante, de modo que la aldea ya no se divisaba. Sólo la cruz de la iglesia se balanceaba lentamente en el confín del horizonte, un poco inclinada, cual la cruz de una tumba, como si lo mismo que la tierra de los cementerios, hasta el cielo se hubiese hundido un poco.

—Mira, un túmulo —dijo Besian, señalando a un lado del camino.

Diana se incorporó para ver mejor. Era un simple montón de piedras de color algo más claro de lo habitual, colocadas con aparente descuido unas sobre otras. Pensó que no parecerían tan tristes de no ser un día lluvioso. Se lo dijo, pero él sonrió con gesto de disconformidad.

—Los túmulos son siempre tristes —dijo—. Es más, cuanto más hermoso es el paisaje en torno, más tristes parecen.

—Quizá.

—He visto infinidad de tumbas y de cementerios, con toda clase de signos y de símbolos —prosiguió—, pero tumba más verdadera que el sencillo túmulo que nuestros montañeses erigen en el lugar mismo en que es muerto un hombre, es imposible de encontrar.

—Sí —respondió ella—. Es verdaderamente triste verlos.

—Hasta su nombre es desnudo, pétreo, únicamente dolor, sin cosa alguna que lo atempere, ¿no es así?

Diana asintió y volvió a suspirar. Él, reanimado por sus propias palabras, continuó hablando. Le habló de lo absurdo de la vida y de la realidad de la muerte en el Norte, del hombre de la montaña, que es valorado o menospreciado precisamente en función de las relaciones que establece con la muerte; del terrible augurio que expresan los montañeses al nacer un niño: «Larga vida, y que lo mate un fusil», testimonio de que la muerte natural, por enfermedad o vejez, resulta vergonzosa para el hombre de las cumbres; y por último, de los objetivos de esos hombres en su existencia, que no son otros que acumular suficiente honor en vida para que baste como capital para que le erijan un monumento después de muerto.

—He escuchado algunas canciones fúnebres —dijo ella—. Son como sus túmulos.

—Así es. Pesan sobre ti como un montón de piedras. Unas y otros tienen origen en un único concepto.

Diana Vorpsi apenas pudo contener un nuevo suspiro. Algo se iba deteriorando cada vez más en su interior. Como si advirtiera la desazón que ella experimentaba, él se apresuró a decirle que, no obstante ser todo aquello sin duda alguna estremecedor, era a la vez grandioso. Se esforzó por explicarle que, a fin de cuentas, la dimensión de su muerte adjudicaba algo eterno a la vida de nuestro hombre del Norte, porque tal dimensión, sin barreras ni fronteras, le ayudaba a elevarse sobre las pequeñeces y mezquindades cotidianas.

—Poder medir los días de la vida con el calibre de la muerte es, antes que nada, un verdadero don, ¿o no?

Ella sonrió, encogiéndose de hombros.

—Así es el Kanun, sobre todo en la parte consagrada a la ley de la sangre —prosiguió Besian—. ¿Te acuerdas?

—Sí, lo recuerdo muy bien.

—Una verdadera constitución de la muerte —dijo él, volviéndose de pronto hacia su mujer—. Son testimonio de ella infinidad de cosas y, no obstante, por muy brutal e implacable que sea, estoy convencido de algo: se trata de una de las constituciones más monumentales aparecidas sobre la faz de la tierra, y nosotros, los albaneses, debemos estar orgullosos de haberla concebido.

Esperó, al parecer, a que ella dijera algo, a favor o en contra, pero Diana no pronunció palabra alguna, se limitó a posar sus ojos sobre los de él, con la misma ternura de antes.

—Sí, así es exactamente, orgullosos —continuó—. El Rrafsh es la única región de Europa que, a pesar de formar parte de un Estado moderno, insisto, de un Estado europeo moderno y de ser la morada de tribus primitivas, ha prescindido de las leyes, las estructuras jurídicas, la policía, los jueces, en una palabra, del conjunto de los organismos estatales; los ha rechazado, entiende, los ha poseído tiempo atrás y los ha rechazado para sustituirlos por otras leyes, leyes morales, tan completas que han obligado a las administraciones extranjeras de ocupación y más tarde a la del Estado albanés independiente a reconocerlas y a dejar de este modo el Rrafsh, es decir, casi la mitad del reino, al margen de su propio control.

Los ojos de Diana observaban unas veces los movimientos de los labios, otras los ojos de su marido.

—Y esta historia es extraordinariamente antigua, comenzó a fermentar cuando el Kostandin de la balada se levantó de la tumba para mantener su besa. ¿Se te ha pasado por la cabeza, al estudiar esa balada en la escuela, que la besa que se menciona en ella es una de las primeras piedras angulares de esta reserva tan escalofriante como grandiosa? Porque el Kanun no es sólo una constitución —siguió ahora encendido—. Es un mito colosal en forma de constitución. Un patrimonio de alcance mundial ante el cual el Código de Hammurabi y otros parecidos resultan juegos de niños. Como todo lo grandioso, el Kanun está más allá del bien y del mal. Está más allá…

Ella se sintió enrojecer, ofendida. Un mes antes le había preguntado precisamente: ¿es bueno o malo el Kanun? Él había sonreído entonces, sin responderle una palabra, y ahora…

—No hacen falta ironías —lo interrumpió, apartándose hacia el rincón contrario del asiento.

—¿Qué?

Hicieron falta varios minutos para que se pusieran de acuerdo acerca de lo que se trataba. Él se rió a carcajadas, juró que no lo había dicho con intención, incluso que no recordaba siquiera la pregunta y, por fin, le pidió mil disculpas.

Este pequeño incidente pareció liberar algo vivo en el interior del carruaje. Se abrazaron largamente, se acariciaron, luego ella abrió el bolso, sacó un espejito y comprobó el estado del carmín en sus labios. Esos movimientos triviales y cotidianos le trajeron retazos de conversación sobre su casa y sus amigos, sobre Tirana, de la que, de pronto, le pareció haber salido mucho tiempo atrás. Aunque volvieron a hablar del Kanun, la conversación ya no era tan fría y tensa como el filo de una espada antigua sino más natural. Se debía quizá al hecho de que hablaban sobre los pasajes del Kanun referidos a la vida cotidiana. En vísperas de su compromiso, él le había regalado una lujosa edición del Kanun, y aunque había leído precisamente esos pasajes, lo había hecho sin demasiada atención, por eso apenas recordaba muchas de las obligaciones que él mencionaba ahora.

De cuando en cuando, ambos retornaban a las calles de la capital, a sus conocidos comunes, pero bastaba con que apareciera en el horizonte un molino, un rebaño de cabras o un caminante solitario, para que él recordara los preceptos del Kanun a su respecto.

—El Kanun es un todo completo —dijo en una ocasión— y no hay un solo aspecto de la vida económica o moral que le sea ajeno.

Poco antes de mediodía se encontraron con un cortejo de krushq y él le explicó que sus integrantes marchaban en fila según reglas inamovibles, cuya violación podía transformar la boda en luto. Mira, el krushkapar, dijo, mira también, al final del cortejo, al padre o al hermano de la novia llevando el caballo de la rienda.

Diana, con el rostro pegado al cristal, absolutamente maravillada, no podía separar la mirada de los trajes de las mujeres. Qué bonitos, oh, qué bonitos, se decía una y otra vez, mientras él, apoyado en ella, le murmuraba al oído con voz acariciante los preceptos del Kanun sobre los esponsales: el día de la boda no se retrasa jamás. Los krushq deben acudir y, aunque la novia esté agonizando, sea a rastras o a empellones, la conducirán a casa del marido. Los krushq tampoco se detienen cuando hay un difunto en la casa. Cuando la esposa entra, el muerto sale. Por un lado se llora, por otro se canta.

Cuando el cortejo quedó atrás hablaron del famoso «cartucho bendito» que, según la tradición, le era entregado al esposo acompañado de las palabras «bendita sea tu mano», por la familia de la esposa, con objeto de que lo utilice contra ella en caso de que lo traicione, y ambos, riéndose y bromeando acerca de lo que sucedería si ella o él violaban la fidelidad conyugal, se burlaron y se hicieron mutuos reproches, diciéndose «bendita sea tu mano».

—Qué niña eres —le dijo Besian pasado el arrebato inicial de regocijo; y ella percibió en su marido cierto disgusto por haber bromeado sobre el Kanun y se dio cuenta de que sólo lo había hecho por complacerla.

Con el Kanun no se bromea, recordó la frase de alguien, pero en seguida desechó el pensamiento. Necesitó mirar dos o tres veces al exterior para que decayera su jovialidad. El paisaje había cambiado, el cielo se había tornado más amplio, pero precisamente esa amplitud hacía aún más opresivo su cénit. Le pareció haber visto un pájaro y estuvo a punto de exclamar «un pájaro», como si buscara una señal de apaciguamiento o conciliación en aquel cielo, pero no había visto sino otra cruz, un poco ladeada como la primera, en el extravío de la niebla. Allá lejos debe de estar el convento de franciscanos, pensó, y aún más allá el de las monjas.

La carroza continuaba marchando con un bamboleo leve y uniforme. En ocasiones, al borde del sueño, escuchaba la voz de Besian que parecía llegarle de lejos, envuelta en un eco cavernoso. Él continuaba citándole párrafos del Kanun, principalmente los relativos a la vida cotidiana. Le hablaba de las reglas de la hospitalidad e insistía sobre todo en los preceptos relacionados con el amigo, el cual era para el albanés algo absoluto, situado por encima de cualquier otra cosa. ¿Recuerdas la definición de la casa en el Kanun? La casa del albanés es de Dios y del amigo. De Dios y del amigo ¿comprendes? Vamos, que antes de ser de su propio dueño lo es del huésped. El amigo es la categoría ética más elevada en la vida del albanés, proseguía. Es algo que goza de primacía sobre los lazos de sangre. La sangre del padre o del hijo puede perdonarse, la del amigo, jamás.

Volvía una y otra vez a las reglas de la hospitalidad, pero ella, al borde del sueño, sentía que los viejos preceptos, girando chirriantes como los dientes oxidados de un engranaje, pasaban de la parte cotidiana y pacífica a la zona fúnebre del Kanun. Comoquiera que discurrieran, las conversaciones acerca de él siempre acababan por conducir al mismo punto. En ese instante, con aquella voz suya cargada de ecos cavernosos, él le relataba un típico suceso del mundo del Kanun. Ella continuaba con los ojos cerrados, esforzándose por no salir del duermevela; sabía que sólo así la voz de su marido continuaría conservando su timbre distante. Le hablaba ahora de un caminante solitario que pasaba al anochecer al pie de una cumbre. El caminante llevaba sobre sí una venganza de sangre y hacía tiempo que se guardaba de los gjakés. De pronto, en mitad del camino, en aquella hora en que moría el día, fue presa de un mal presagio. En torno, la soledad era completa, no se divisaba casa ni aliento alguno de ser vivo donde pudiera protegerse o presentarse como amigo. No veía más que un rebaño de cabras, pero sin pastor. Y entonces, para darse valor a sí mismo, o quizá para no acabar sus días sin dejar rastro, el hombre llamó tres veces al pastor del rebaño. Ninguna voz respondió. Le gritó entonces al macho cabrío del rebaño: «Oh, macho cabrío, di a tu amo que si me sucediera algo antes de coronar lo alto de esa loma, debe saber que lo he hecho mi amigo». Como si lo hubiera sabido, pocos pasos más allá le dispararon y lo mataron.

Diana abrió los ojos.

—Y después —exclamó— ¿qué sucedió después?

Besian Vorpsi sonrió amargamente.

—Un pastor vecino al de aquel rebaño había escuchado las últimas palabras de la víctima y se las repitió al interesado. Este último, que no lo conocía ni de vista, que nunca había oído el nombre del muerto, abandonó su rebaño, su familia y todos sus quehaceres para marchar en busca de la venganza del desconocido caminante que había invocado su besa, zambulléndose en la espiral de la venganza.

—¡Qué barbaridad! —exclamó Diana—. Pero eso es absurdo. Es una fatalidad.

—Es verdad —replicó él—. Es tan terrible como absurdo y fatal. Lo mismo que todas las grandes cosas.

—Todas las grandes cosas —repitió ella, acurrucándose de nuevo en su rincón. Tenía frío. Su mirada perdida divisaba el espacio rasgado entre dos montañas, como si buscara en aquel escote gris la explicación de un enigma.

—Sí, el amigo es un semidiós para el albanés —dijo Besian Vorpsi, como si adivinara una pregunta en ella no formulada.

Diana entornó los ojos con la intención de que sus palabras no llegaran tan desnudas. Él bajó la voz aún más, y recuperó su timbre anterior antes de lo que ella esperaba.

—Porque, tal como escuché una vez —prosiguió—, mientras otros pueblos han reservado sus montañas para los dioses, nuestros montañeses, por ser éstas su único territorio habitable, se vieron en la necesidad de expulsar a los dioses de ellas, o adecuarlos a sí mismos de modo que pudieran vivir mezclados con ellos. ¿Me comprendes, Diana? Así es como se explica este mundo semirreal, semifantástico que es el Rrafsh, semejante al de los tiempos homéricos. Así se explica la creación de semidioses tales como el amigo.

Calló durante un rato, y quién sabe por qué prestó atención al ruido de las ruedas deslizándose por la calzada.

—El amigo es exactamente un semidiós, y el hecho de que cualquier persona corriente pueda elevarse de pronto a esa categoría no desdice sino que subraya su carácter divino. Que esa divinidad se adquiera de forma repentina y casual, en el lapso de una tarde, con la sola llamada a una puerta, la torna aún más real. Desde el instante en que el más común de los caminantes, con alpargatas y morral al hombro, llama a una puerta y se entrega como amigo, se transforma de inmediato en un personaje extraordinario, en soberano intocable, hacedor de la ley, luz del mundo. Ese carácter repentino de la transformación forma parte precisamente de la naturaleza de la divinidad. ¿No se aparecían de pronto, de la forma más inesperada, los dioses de la antigua Grecia? Del mismo modo se presenta el amigo en el umbral del albanés. Y como todos los dioses, es portador de enigmas, procede directamente del reino del destino o de la fatalidad, llámalo como quieras. Su llamada a una puerta adquiere tal condición que generaciones humanas enteras pueden continuar viviendo o desaparecer de este mundo a causa de ella. Ahí tienes, ése es el amigo albanés.

—Es terrorífico —dijo ella.

Él aparentó no haberla oído, se limitó a reírse, pero la suya fue una risa fría, de ésas cuya causa es ajena al contenido de la conversación.

—Por eso defraudar el compromiso con un amigo ligado por la besa constituye para un albanés la mayor de las catástrofes —prosiguió—, un verdadero fin del mundo.

Ella miró por la ventanilla y pensó que era difícil hallar en el mundo un lugar más adecuado que aquellos riscos para representarse el apocalipsis.

—Hace algunos años se produjo por aquí cerca un hecho que sería sorprendente para cualquiera que no fuera un montañés —dijo Besian Vorpsi, poniendo su mano sobre el hombro de Diana, a quien le pareció más pesada que en ninguna otra ocasión—. Sí, un hecho en verdad sobrecogedor.

Pero ¿por qué no lo cuenta?, se preguntó ella cuando le pareció que había transcurrido tiempo suficiente y él no se decidía a comenzar. En realidad ni ella misma era capaz de saber si deseaba o no escuchar otro relato estremecedor.

—Se había producido una muerte —continuó de pronto— y no en una emboscada sino en mitad de un mercado.

A hurtadillas Diana observaba las comisuras de los labios de su marido, según se movían para articular las palabras. Le contaba que la muerte había tenido lugar a la luz del día, entre la algarabía del mercado. Los hermanos de la víctima, que la habían presenciado, se lanzaron en persecución del homicida pues, tratándose de las primeras horas tras la muerte, cuando el gjakés no había reclamado aún protección, la venganza podía cobrarse de forma inmediata. El homicida logró eludir de momento la persecución, aunque entre tanto el clan del muerto estaba ya en pie, buscándolo por todas partes. Caía la noche y el homicida, que había llegado a otra aldea y no conocía bien el lugar, temeroso de ser descubierto, llamó a la primera puerta que le salió al paso y solicitó la protección de la besa. De acuerdo con la tradición, el dueño de la casa recibió al desconocido y le concedió su besa.

—¿Y te imaginas en qué casa se había refugiado? —dijo Besian, con la boca muy cerca del cuello de ella.

Diana volvió la cabeza bruscamente. Sus ojos se habían agrandado y estaban inmóviles.

—Era la casa de la víctima.

—Oh —exclamó ella—, me lo imaginaba. Y después, ¿qué ocurrió después?

Besian respiró hondo. Al principio ninguna de las dos partes se figuraba la verdad. El homicida supo que en la casa en que había entrado como huésped acababa de producirse una desgracia, pero en modo alguno imaginaba que era él su causante. Por otra parte, el dueño de casa, a pesar del dolor por la pérdida de su hijo, acogió al amigo de acuerdo con la tradición, a sabiendas de que acababa de matar a alguien y era perseguido, pero sin saber que había dado muerte a su propio hijo.

—Ambos permanecieron junto al hogar comiendo y tomando café. El muerto, según las reglas, estaba en la otra habitación.

Diana abrió la boca para decir algo, pero comprendió que no haría más que repetir las palabras «absurdo» y «fatalidad», de modo que prefirió guardar silencio.

—Ya entrada la noche, agotados a consecuencia de la persecución y la búsqueda, los hermanos de la víctima regresaron a la kulla —prosiguió Besian—, y, en cuanto entraron y vieron al huésped junto al fuego, lo reconocieron como el gjakés.

Besian volvió el rostro hacia ella para comprobar el efecto de sus palabras.

—No te asustes —dijo—. No sucedió nada.

—¿Cómo?

—Sí, nada. En principio, en el primer arrebato, los hermanos lo encañonaron con sus armas, pero bastó una palabra del anciano para que se contuvieran. Ya te imaginarás cuáles fueron sus palabras.

Ella asintió, con el sufrimiento reflejado en el rostro.

—«Es amigo, no lo toquéis», ésas fueron las palabras del viejo.

—¿Y después? —insistió ella—. ¿Qué pasó después?

—Después permanecieron junto al enemigo-amigo tanto tiempo como exigía la tradición. Conversaron con él. Lo acomodaron para dormir y por la mañana lo acompañaron, sano y salvo, hasta el límite de la aldea.

Diana se había apoyado dos dedos entre las cejas como si quisiera quitarse algo de allí.

—Ahí tienes, eso es el amigo.

Besian pronunció esta frase entre dos silencios, del mismo modo que se pone en un espacio vacío algo que se pretende destacar. Esperó a que Diana dijera «eso es terrible», igual que la primera vez, o alguna otra cosa, pero ella permaneció en silencio. Mantenía los dedos sobre la frente, justo donde se encuentran las cejas, como si no lograra encontrar lo que pretendía arrancar de allí.

El coceo de los caballos y los silbidos insistentes del cochero llegaban amortiguados del exterior. Mezclada con ellos, Diana Vorpsi escuchaba la voz de su esposo que, por alguna razón, se había tornado nuevamente suave y lenta.

—Y ahora es preciso preguntarse: ¿por qué han creado los albaneses este ser? —decía Besian.

Hablaba con la cabeza muy próxima al cuello de ella, se diría que demandando su opinión acerca de las preguntas o conjeturas que expresaba, no obstante lo cual el ritmo de sus palabras no dejaba vacío alguno para que ella interviniera. Continuaba preguntando (a sí mismo, a Diana, o a algún otro, eso no estaba claro), cuál podía ser la razón de que el albanés hubiera creado la institución del amigo, elevándola por encima de todos los demás lazos humanos, incluidos los de sangre.

—Quizá deba buscarse la respuesta en el propio carácter democrático de esta institución —argumentaba—. Cualquier hombre, cualquier día o cualquier noche, puede elevarse hasta la altura sublime del amigo. De este modo, el camino hacia esa divinización temporal queda abierto en todo momento y para quien sea, ¿o no, Diana?

—Sí —dijo ella con un hilo de voz, sin apartar la mano de su frente.

Él se agitó de tal manera en su asiento que se diría que, junto a una postura más cómoda para el cuerpo, buscaba a la vez las palabras adecuadas para expresar lo que pretendía.

—Así pues, desde el momento en que la corona del amigo puede ser asumida por cualquiera —prosiguió— y ya que esa corona es para el albanés más valiosa que la de cualquier soberano, por qué no admitir que en su vida llena de peligros y miseria, el ser amigo, aunque sea durante veinticuatro horas, incluso durante cuatro solamente, constituye una suerte de descanso, un olvido, una tregua, una ampliación del plazo, y, por qué no, un escape de la vida cotidiana hacia una realidad divina.

Se detuvo a la espera de su reacción y ella, a pesar de saber que debía decir algo, encontró más fácil volver a apoyar la cabeza en su hombro que expresar sus ideas.

El aroma familiar del cabello de su esposa desaceleró el discurrir de sus pensamientos. Como el verdor evoca la primavera mejor que ninguna otra cosa, como la nieve el invierno, así aquella cabellera castaña, deslizándose sobre su hombro, proporcionaba felicidad. La idea de que era un hombre feliz relampagueó en la confusión de su conciencia y, entre el terciopelo del carruaje quedó envuelta en el bienestar y la intimidad de los objetos de lujo.

—¿Estás cansada, Diana?

—Un poco, Besian.

Le pasó el brazo por el hombro y la atrajo suavemente hacia él, aspirando el aroma leve y placentero que su cuerpo de mujer recién casada le entregó con algún retaceo, como se entrega todo lo valioso.

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