Ácido sulfúrico

Amelie Nothomb · Capítulo 2 de 5

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Ácido sulfúrico

Segunda parte

Era evidente: seguro que compartía el chocolate con los demás. Ésa era la razón por la cual no le aprovechaba. Los cabrones de su unidad quizá se comían su parte. Y además se burlaban de ella.

Zdena sintió un odio infinito por quienes estaban cerca de aquella que la obsesionaba.

La venganza de la kapo no tardó en manifestarse.

Una mañana, mientras pasaba revista a la unidad de su protegida, Zdena se detuvo ante MDA 802.

Se tomó su tiempo, sin decir nada, sabiendo hasta qué punto su silencio asustaba a su víctima. La miraba de arriba abajo. ¿Acaso era por culpa de su pequeño rostro puntiagudo e impertinente, justo lo opuesto al suyo? ¿Acaso era por su amistad con CKZ 114? El caso es que Zdena odiaba a MDA 802.

Toda la unidad contenía la respiración, compartiendo el destino de la infortunada.

–Estás delgada, MDA 802 -acabó lanzándole la kapo.

–No, kapo Zdena -respondió la sediciosa.

–Sí, has adelgazado. ¿Cómo no ibas a adelgazar con estos trabajos forzados y ese régimen de hambruna?

–No he adelgazado, kapo Zdena.

–¿No has adelgazado? ¿Por casualidad alguien te está suministrando golosinas a escondidas?

–No, kapo Zdena -dijo la prisionera, cada vez más enferma a causa del miedo.

–¡Entonces no niegues que has adelgazado! – gritó la kapo.

Y agarró a la detenida por el hombro y la empujó como un proyectil hacia la fila de los condenados a muerte. La barbilla de MDA 802 se puso a temblar convulsivamente.

Fue entonces cuando se produjo algo inenarrable.

CKZ 114 salió de su fila, se acercó a MDA 802 para cogerla de la mano y la devolvió entre los vivos. Y justo cuando Zdena, furibunda, llegaba corriendo para restablecer su sentencia, CKZ 114 se plantó ante ella, clavó sus ojos en los de ella y clamó alto y fuerte:

–¡Me llamo Pannonique!

Segunda parte

Transcurrió una eternidad antes de que las cosas siguieran su curso.

Zdena había permanecido inmóvil ante la que, en adelante, tenía más nombre que cualquier otro. Beatífica, maravillada, escandalizada, despavorida, parecía haber recibido un golpe en la cabeza.

MDA 802, noqueada, lloraba en silencio.

CKZ 114 mantenía su mirada clavada en los ojos de la kapo. La miraba de arriba abajo con extrema intensidad.

EPJ 327, loco de alegría, la contemplaba. Le parecía tan extraordinaria como su nombre.

En la sala de las noventa y cinco pantallas, los organizadores se mostraban exultantes.

Aquella chica tenía sentido del espectáculo. No estaban seguros de haber comprendido lo ocurrido; sin embargo, estaban convencidos de que, a juzgar por el desprecio que manifestaban hacia ella, el público no había comprendido. Eso, sin embargo, no era óbice para que estuvieran seguros de que se trataba de una escena legendaria.

Inmediatamente, los medios de comunicación afines telefonearon para preguntar por el significado del acontecimiento. Se les explicó que en ningún caso se trataba de una de las reglas del juego: la joven CKZ 114

había causado un impacto cuyo único valor era el de su especificidad. Se trataba de un happening. Así pues, no volvería a ocurrir.

La cosa resultaba tanto más perentoria cuanto no se captaba la naturaleza del milagro.

¿Quién la captaba?

Zdena no, sin duda, pues ya había abandonado la esfera de la razón.

Excesivamente deslumbrada por lo que acababa de oír para ser capaz de pensar, no dejaba de sufrir por la forma de ser de aquella que la obsesionaba. Se sentía desfallecer.

Tampoco CKZ 114, que creía haber descubierto por azar un procedimiento. «Mi nombre ha salvado una vida. Un nombre vale una vida.

Si cada uno de nosotros toma conciencia del precio de su nombre y actúa en consecuencia, se podrán salvar muchas vidas.»

Tampoco los otros prisioneros, que aun estando impresionados, creían haber asistido a un sacrificio, a una abdicación. Su heroína se había despojado de un tesoro para socorrer a una amiga. ¿No sería aquello el principio de su prostitución? ¿Acaso aquel regalo no la exponía a ofrendas todavía peores?

EPJ 327 era el único que no se engañaba: sabía que aquel acto no podía repetirse. Cuando un nombre es una muralla y el hecho de no poder franquearla enajena, a eso se le llama amor. Lo que acababan de presenciar era un acto de amor.

Lo más terrible de los milagros son los límites de su impacto.

El poder de disuasión del nombre Pannonique salvó la vida de MDA 802 y le reveló a la kapo la existencia de lo sagrado. Pero no salvó a aquellos que Concentración mató aquel día y tampoco le reveló la existencia de lo sagrado a multitud de personas.

Tampoco impidió que el tiempo se pusiera de nuevo en marcha. Los prisioneros agotados y hambrientos fueron a trabajar al túnel a golpe de baqueta de castigo. La desesperación volvió a apoderarse de ellos.

Muchos se sorprendieron al oírse a sí mismos pensando, con el fin de darse ánimos: «Se llama Pannonique.» No se les ocurría qué había en aquella información que les proporcionaba tanta fuerza, pero constataban que así era.

Durante la cena, CKZ 114 fue recibida como una heroína. Cuando entró, todo el comedor coreó al unísono su nombre.

En la mesa de su unidad, reinaba la animación.

–Lo siento -empezó diciendo-, hoy la kapo Zdena no me ha dado chocolate.

–Gracias, Pannonique. Me ha salvado la vida -dijo solemnemente MDA 802.

CKZ 114 se lanzó a exponer la teoría que había elaborado mentalmente durante los trabajos en el túnel. Explicó que todos podían y debían hacer como ella: así podrían devolver a muchos condenados a la fila de los vivos.

La escucharon con amabilidad. Tampoco se trataba de espetarle que estaba diciendo tonterías. Cuando, llena de entusiasmo, terminó su discurso, EPJ 327 declaró:

–Sea como sea, no la llamaremos de ningún otro modo que Pannonique,

¿verdad?

El asentimiento fue general.

–Es un nombre bonito, nunca lo había oído -dijo un hombre que raramente hablaba.

–Para mí siempre será el nombre más bonito del mundo -dijo MDA 802.

–Para todos nosotros su nombre será eternamente el más noble -dijo EPJ

327.

–Van a conseguir que me sonroje dijo CKZ 114.

–Romain Gary fue prisionero en un campo alemán durante la última guerra -retomó EPJ 327-. Las condiciones de supervivencia de los detenidos eran más o menos las mismas que las nuestras. No hace falta que les cuente hasta qué punto es inhumano y, peor aún, deshumanizante. Contrariamente a lo que ocurre aquí, hombres y mujeres estaban separados. En su campo de hombres, Gary veía a detenidos como él convertirse en pobres salvajes, en animales agonizantes. Lo que pensaban era una tragedia todavía más grave que lo que soportaban. Ser conscientes de ello era su peor tormento.

Permanentemente humillados por la porción congrua de humanidad a la que se veían reducidos, aspiraban a la muerte. Hasta el día en que uno de ellos tuvo una idea genial: inventó el personaje de la dama.

EPJ 327 se calló para quitar de su sopa una cucaracha que flotaba, y luego prosiguió:

–Decidió que en adelante todos vivirían como si entre ellos hubiera una dama, una auténtica dama, con la que conversarían con los honores reservados a una persona de su posición y ante la cual uno temería no estar a la altura. Este invento de la imaginación fue adoptado por todos. Así se hizo. Poco a poco, constataron que estaban salvados: a base de vivir en la elevada compañía de la dama ficticia, habían reconstituido la civilización.

En las comidas, en las que los alimentos no valían mucho más que los nuestros, volvieron a conversar entre ellos, a dialogar, a escuchar a los demás con atención. Se dirigían a la dama con consideración para contarle cosas dignas de ella. Incluso cuando no hablaban con ella, se acostumbraban a la idea de vivir bajo su mirada, a tener una actitud que no resultara decepcionante para unos ojos semejantes. Aquel renovado fervor no pasó desapercibido para los kapos, que escucharon rumores respecto a la presencia de una dama e iniciaron una investigación. Registraron hasta el último rincón del campo y no encontraron a nadie. Aquella victoria mental de los prisioneros les permitió resistir hasta el final.

–Es una hermosa historia -dijo uno de ellos.

–La nuestra es más hermosa todavía -replicó EPJ 327-. No hemos tenido que inventar nuestro personaje de la dama: existe, vive con nosotros,

podemos mirarla, hablarle, ella nos contesta, nos salva y se llama Pannonique.

–Estoy segura de que una dama imaginaria sería mucho más eficaz -

murmuró CKZ 114.

EPJ 327 había olvidado mencionar otra diferencia fundamental respecto a los campos nazis: las cámaras. La omisión resultaba significativa: los prisioneros dejaban de pensar en ellas muy pronto. Estaban demasiado absorbidos por su sufrimiento para ofrecerse como espectáculo.

Aquella amnesia parcial les salvaba. En la misma medida en que la mirada benévola de una dama imaginaria y la de una joven de carne y hueso ayudaban a vivir, el ojo frío y goloso de la máquina les reducía a meros esclavos. Peor aún: limitaba las posibilidades ficticias del espíritu.

Cualquiera que viva un infierno durable o pasajero puede, para enfrentarse a él, recurrir a la técnica mental más gratificante de cuantas existen: contarse un cuento. El trabajador explotado imagina que es prisionero de guerra, el prisionero de guerra imagina que es un caballero del Grial, etc. Toda miseria comporta su emblema y su heroísmo. El infortunado que puede llenar su pecho con un soplo de grandeza levanta la cabeza y ya no encuentra motivos para quejarse.

A menos que observe la cámara que espía su dolor. Entonces sabe que el público verá en él a una víctima y no a un luchador trágico.

Vencido de antemano por la caja negra, deja caer las armas épicas de su relato interior. Y se convierte en lo que la gente verá: un pobre tipo machacado por una historia exterior, una porción congrua de sí mismo.

Dios resulta tanto más necesario cuanto más evidente es su ausencia.

Antes de Concentración, Dios era para Pannonique lo mismo que para la mayoría de la gente: una idea. Resultaba interesante examinarlo y apasionante pensar en los vértigos que podía producir. En cuanto al concepto de amor divino, resultaba particularmente fascinante, hasta el extremo de despejar la famosa cuestión de la existencia de Dios: la apologética era una vieja estupidez que sólo engendraba necedades.

Desde su detención, Pannonique sentía una atroz necesidad de Dios.

Tenía deseos de insultarlo hasta hartarse. Si tan sólo hubiera podido responsabilizar a una presencia superior de aquel infierno, habría experimentado el consuelo de poder odiarlo con todas sus fuerzas y colmarlo con las injurias más violentas. Por desgracia, la indiscutible

realidad del campo era la negación de Dios: la existencia de uno implicaba la ineluctable inexistencia del otro. Ni siquiera era posible pensar en él: la ausencia de Dios era un hecho establecido.

Resultaba insostenible no tener a nadie a quien dirigir un odio semejante. Aquel estado era el origen de una forma de locura. ¿Odiar a los hombres? Eso no tenía sentido. La humanidad era ese disparatado hormigueo, ese absurdo supermercado que igual vendía una cosa como su opuesto. Odiar a la humanidad equivalía a odiar una enciclopedia universal: no había remedio para semejante execración.

No, lo que Pannonique necesitaba odiar era el principio fundamental.

Un día se produjo un colapso dentro de su cabeza: ya que la plaza quedaba vacante, ella, Pannonique, sería Dios.

Inicialmente, la enormidad de aquel plan la hizo reír. Aquella risa la retuvo: el mero hecho de haber encontrado un motivo para reír la impresionó. El proyecto era aberrante y grotesco, es cierto: le daba igual.

En materia de aberración, nunca podría llegar más lejos que aquel campo.

Dios: no estaba hecha para aquel papel. Nadie lo estaba. Ésa, sin embargo, no era la cuestión. La plaza estaba vacante: ése era el problema.

Así pues, ella ocuparía ese lugar. Ella sería el principio fundamental al que odiar: resultaba mucho menos doloroso que no tener a nadie a quien dirigir aquel odio. Pero la cosa no acababa ahí. Sería Dios dentro de su cabeza, no sólo para denostarse.

Sería Dios para todo. Ya no se trataba de crear el universo: era demasiado tarde, el mal ya estaba hecho. Al fin y al cabo, una vez consumada la creación, ¿cuál era la tarea de Dios? Sin duda la misma que la de un escritor cuando su libro es publicado: amar públicamente su texto, recibir elogios, las pullas, la indiferencia. Hacer frente a esos lectores que denuncian los defectos de la obra cuando, aun cuando tuvieran razón, resultaría imposible cambiarla. Quererla hasta el final. Aquel amor era la única ayuda concreta que podrían aportarle.

Razón de más para permanecer callada. Pannonique pensaba en esos novelistas que discurren interminablemente sobre su libro: ¿a qué lleva eso?

¿Acaso sus libros no habrían resultado más útiles si, en el momento de crearlos, el escritor hubiera inyectado en ellos todo el amor necesario? Y si en su momento fallaron en este punto, ¿no resultarían más útiles a su texto amándolo pese a todo, con ese amor verdadero que no se expresa a través

de la verborrea sino con un silencio puntuado de palabras fuertes? La creación no fue tan difícil precisamente por lo que tenía de embriagadora: la tarea divina se complicó luego.

Aquí es donde intervendría Pannonique. No sería Jesucristo; nada de dárselas de víctima propiciatoria, papel que, precisamente, el programa les atribuía. Sería Dios, principio de grandeza y de amor. Concretamente, eso significaba que sería necesario amar a los demás de verdad. Lo cual no resultaría sencillo, ya que la mayoría de los prisioneros estaba lejos de inspirar amor.

Amar a MDA 802, amar a EPJ 327, ¿había algo más natural? Amar a los detenidos de los que no se sabía nada, tampoco resultaba complicado.

Amar a aquellos que resultaban perjudiciales para los demás entraba dentro de lo posible. Se puede amar a alguien siempre y cuando se le comprenda.

Pero ¿cómo podría Pannonique amar a ZHF 911?

ZHF 911 era una anciana. Era singular que los organizadores aún no hubieran eliminado a esa mujer, teniendo en cuenta que por regla general mataban a todas las personas de edad. Sin embargo, resultaba fácil adivinar por qué la mantenían: porque era un ser despreciable.

Era un hada madrina de rostro surcado por miles de perversas arrugas.

La boca era la viva expresión del mal tanto por su forma plisada -el pliegue característico de los labios malvados- como por las palabras que salían de ella: siempre encontraba en cada persona el punto débil que le permitía herirla. Su capacidad para hacer daño era únicamente verbal: era la prueba viviente de los poderes maléficos del lenguaje.

Ya en el tren que había trasladado a los prisioneros al campo, ZHF 911

se había hecho notar: a las madres que apretaban a sus niños contra el pecho, la vieja les anunciaba el destino que aguardaba a su progenitura.

«Está claro», les decía. «Los nazis exterminaron a los pequeños en primer lugar. No se les puede criticar por ello: todo el día chillando, cagándose y meándose encima, sólo causan problemas, ¡y son unos ingratos! No os encariñéis con ellos, los matarán nada más empezar. Bah, querida señora, aparte de ensancharle la cintura, ¿qué le han aportado, esos cagones?».

Estupefactas, las madres no supieron qué responder a ese monstruo.

Algunos hombres intervinieron:

–Escucha, vieja ruina, ¿sabes qué destino se reservaba a los de la tercera edad en Dachau?

–Eso ya lo veremos -había rechinado ella.

La que todavía no se llamaba ZHF 911 estaba en lo cierto: las cámaras de los vagones debieron captar la naturaleza del personaje ya que, al llegar al campo, se salvó de ser ejecutada, contrariamente a otros ancianos. Los organizadores debieron pensar que minaría la moral de los detenidos y que eso resultaría divertido. ¿Era premeditada su actitud? Probablemente.

Enseguida quedó claro que a aquella mujer no le importaba nada.

Estudiar a ZHF 911 era estudiar el mal. Su característica principal era su absoluta indiferencia: no estaba a favor ni de los kapos, ni de los prisioneros, ni de sí misma Su propia persona no le inspiraba más apego que el resto. Consideraba del género grotesco defender a alguien o algo. Sin proyecto subyacente, le gustaba decir horrores a cada uno: por el simple placer de hacer sufrir.

La observación científica de ZHF 911 revelaba otros rasgos del mal: era inerte, sólo tenía energía para hablar…, pero una energía inigualable. Si transmitía una sensación de inteligencia era a causa de la maldad de sus réplicas, que sembraban las lágrimas y la desesperación.

Resultaba terrible darse cuenta de que el peor ser del lugar pertenecía al bando de los detenidos y no al bando del mal. Era lógico: el diablo es lo que divide. ZHF 911 era lo que destruía un bando que, sin ella, quizá habría sido el bando del bien y que, con ella, sólo era un lamentable grupo humano desgarrado por las querellas intestinas.

¿Cómo iban los prisioneros a creer que estaban en el bando de los buenos si cada mañana deseaban la muerte de la abyecta anciana? Cuando los kapos llegaban para hacer salir de la fila a los condenados del día, al miedo a ser elegido se le sumaba el deseo de que lo fuera ZHF 911. Nunca ocurría. Después de pasar la revista que la había librado de la muerte, dedicaba una mirada de triunfo a los de su bando. Sabía hasta qué punto era ansiada su eliminación.

Algunas almas buenas se indignaban del odio de que era objeto: «Pero si no es más que una pobre anciana, no tiene la cabeza en su sitio, ¿cómo podéis odiarla? No es culpa suya.» Aquellas opiniones provocaban disputas que llegaban a oídos de ZHF 911 y la llenaban de satisfacción. «Sin mí, quizá se entenderían», pensaba.

La lengua viperina también vertía su veneno sobre los kapos (con un constante sentido de la palabra que hiere: así, no trataba a la kapo Lenka de

puta, lo cual la habría podido hacer sonreír, sino de mal follada, lo que la llenaba de rabia), sobre los organizadores -unos «nazis de poca monta», unos «Hitler de pacotilla»- y sobre los espectadores, a los que calificaba de

«enormes borregos». Nadie la soportaba.

Sin embargo, lo peor no podía serle reprochado, ya que no era consciente de ello: ZHF 911 le ululaba a la luna. Casi cada noche, hacia las doce, se oían unos estridentes aullidos que se elevaban sobre el campo; duraban cinco minutos y luego paraban. Pasó cierto tiempo hasta que comprendieron el origen de aquellos gritos. Los que dormían en el mismo barracón que la anciana acabaron por denunciarla: «Libradnos de esa loca que no tiene nada de humano.»

Los jefes se frotaban las manos. Decidieron darle relevancia a este ruido nocturno: primero se veía el campo dormido, de pronto se oían unos terribles aullidos, la cámara parecía buscar, entraba en un barracón y se distinguía a ZHF 911 sentada sobre su jergón, gimiendo. Unos minutos más tarde, se la veía caer inconsciente sobre su camastro.

La interrogaron sobre el fenómeno. ZHF 911 parecía sinceramente sorprendida y lo negó todo.

Nada minaba tanto la moral de los prisioneros como esas manifestaciones de pura demencia. Cuando resonaban los gritos, cada deportado pensaba con rabia: «¡Que la maten! ¡Que la hagan salir de la fila mañana por la mañana!»

Pannonique reventaba de odio hacia aquella mujer y soñaba con su muerte. Por más que intentaba razonar, repetirse que no era ZHF 911 quien había creado Concentración, sentía sus uñas transformarse en garras con sólo verla. Y cuando de noche oía los gritos de la apestada, ardía en deseos de estrangularla con sus propias manos.

«¡Qué fácil sería ser Dios si no existiera ZHF 911!» Se reía de lo absurdo de semejante reflexión: en efecto, sería fácil ser Dios si el mal no existiera, pero entonces tampoco habría ninguna necesidad de Dios.

En el otro extremo del campo había una niña que, extrañamente, había sido salvada. PFX 150 tenía doce años y no presentaba ninguna particularidad. No parecía estar adelantada a su edad, era un poco mona aunque sin ser guapa y su rostro de asombro era el vivo reflejo de su inocencia. Era una niña buena que hablaba poco. No comprendía por qué no la habían matado y no sabía si lo hubiera preferido.

–¿A qué esperan para liquidar a esa chiquilla? – decía alto y fuerte ZHF

911 cuando se cruzaba con ella.

PFX 150, probablemente bien educada, no replicaba. Eso hacía que Pannonique hirviera de rabia.

–¿Por qué no se defiende? – le preguntó a la niña.

–Porque no es a mí a quien dirige la palabra.

Pannonique hizo que se aprendiera una frase para decirla alto y fuerte la próxima vez que ZHF 911 lanzara su retahíla de injurias.

Aquello no tardó en producirse. PFX 150 levantó su voz aflautada para declamar:

–¿A qué están esperando para librarnos de esa vieja que le aúlla a la luna?

ZHF 911 sonrió.

–Por eso mismo -respondió-. A mí, se sabe por qué me mantienen aquí: porque corrompo la vida de los demás ya horrible de por sí. Pero tú, que eres insignificante y que no molestas a nadie, ¿por qué motivo forzosamente despreciable te mantienen?

Con expresión alelada, la pequeña no encontró nada que responderle.

Cuando Pannonique se acercó para felicitarla por haber hablado, PFX 150

la reprendió:

–¡Déjeme tranquila! ¡Hacía bien en callarme! Por su culpa, le he dado la ocasión de decirme cosas todavía mucho peores. Y ahora estoy muerta de miedo. ¡Métase en sus asuntos!

Pannonique intentó abrazar a la niña para reconfortarla; ella la rechazó con violencia.

–No sé qué se ha creído, actuando como si tuviera la solución a todo, pero no es verdad, no hace más que empeorar las cosas -estalló la niña.

Pannonique se sintió mortificada. «Eso me enseñará a no atribuirme poderes de los que carezco», pensó.

No por ello renunció a su divinidad interior, dispuesta a hacer un mejor uso de ella.

Como casi todas las noches, los gritos de ZHF 911 despertaron a Pannonique.

«¿Por qué será que la odio más por sus gritos que por las perrerías con que nos agobia? ¿Por qué soy incapaz de ser justa?»

El hecho es que todo el campo compartía su actitud: la locura de la anciana indisponía más que su maldad. Bien es verdad que a esta última no le faltaba un elemento cómico involuntario, ya que sus gritos nocturnos subrayaban sólo lo sórdido de su existencia presente.

Pannonique intentó analizar los alaridos; la palabra, de repente, le parecía mal elegida. El canto de las gaviotas no estaba exento de encanto.

La anciana emitía más bien un largo ladrido de dogo. Ascendía, culminaba, descendía, se detenía, volvía a empezar.

Al cabo de aproximadamente cinco minutos, un espasmo ronco («¡Aaaah!») anunciaba que había terminado.

Pannonique sintió deseos de sonreír: «La artista ha terminado su espectáculo y saluda al público.» Entonces le pareció oír algo. «¡Oh, no, vuelve a empezar!» Pero, afinando el oído, frunció el ceño: eso no tenía nada que ver. No se trataba de la voz de la anciana, era el quejoso piar de un pajarito humano.

Enseguida se detuvo. Sin embargo, aquel grito ínfimo atormentó a Pannonique. Le rompió el corazón.

A la mañana siguiente, inició una discreta investigación. Pero nadie había oído nada, sólo el griterío de la anciana. No por ello la joven se sintió más tranquilizada.

Mientras trabajaba fatigosamente en la limpieza de escombros, sufrió una crisis de odio pensando en los espectadores. Era una implosión lenta que se iniciaba en la caja torácica y que ascendía hasta los dientes, convirtiéndolos en colmillos. «¡Pensar que están allí, apoltronados delante de su televisor, saboreando nuestro infierno, probablemente fingiendo que se indignan! Ni siquiera uno de ellos es capaz de venir a salvarnos, eso por supuesto, pero ya no pido tanto: ni siquiera uno de ellos apaga su televisor o cambia de cadena, pondría mi mano en el fuego.»

Entonces la kapo Zdena acudió con una lluvia de golpes de baqueta de castigo profiriendo toda clase de invectivas, y se marchó a ocuparse de otros asuntos.

«También la odio, y, sin embargo, mucho menos que al público. Prefiero la que me golpea a los que miran cómo descarga su rabia sobre mi. Ella no es hipócrita, interpreta abiertamente un papel infame. Existe una jerarquía del mal, y no es la kapo Zdena quien ocupa el lugar más repugnante.»

Vio cómo el kapo Marko vociferaba a PFX 150. Su estatus de niña le valía menos golpes y más discursos. Se notaba que la pequeña ya no sabía a qué atenerse. Lo que estaba viviendo le recordaba el colegio, donde los adultos también le gritaban, y al mismo tiempo no le recordaba nada, sólo un fondo de sumisión pueril ahogaba aún todo espíritu de rebelión.

Pannonique se acercó disimuladamente.

–¿Qué le decía? – le preguntó a la pequeña.

–Fingía escucharla.

–Bravo -dijo Pannonique, que pensaba que la infancia tenía sus recursos.

–¿Por qué no me tutea? Lo preferiría.

–Fuera del campo la habría tuteado y le habría pedido que también me tuteara. Aquí es muy importante dirigirnos los unos a los otros con las marcas de respeto que los kapos nos niegan.

–¿Y a los organizadores hay que llamarles de usted o de tú?

–¿Habla con ellos?

PFX 150 pareció incómoda. Tardó en responder:

–No. Pero si un organizador o un kapo me hace una pregunta, ¿debería tratarle de tú o de usted?

–Hay que hablarle de usted a todo el mundo.

La kapo Zdena se acercó para gritarles que estaban allí para trabajar, no para charlar.

Aquel esbozo de conversación persiguió a Pannonique. Siguiendo con su trabajo, se dio cuenta de que le daba vueltas en la cabeza la balada de El rey de los alisos, de Schubert. No era la música idónea para aquella tarea.

Normalmente, Pannonique programaba en su cerebro sinfonías que le proporcionaban la energía indispensable para un trabajo tan físico -Saint-Saëns, Dvoák-, pero en este caso el desgarrado lied se le pegaba al cráneo y minaba sus fuerzas.

Pannonique preguntó a los prisioneros que dormían en el mismo barracón que la pequeña. No obtuvo ninguna respuesta significativa. La mayoría estaban tan cansados y tenían el sueño tan pesado que ni siquiera oían los gritos nocturnos de la anciana.

–Sin embargo está alojada más cerca de ustedes que de nosotros -dijo Pannonique.

–Estoy tan agotado que nada podría despertarme -le respondieron-. PFX

150 es una niña buena. Es tranquila, no se la oye -añadieron.

De noche, Pannonique intentó de nuevo hablar con la niña. No resultaba fácil. Era tan inalcanzable como un trozo de jabón y se refugiaba en la insignificancia. Pannonique no se anduvo por las ramas:

–En su vida anterior, ¿qué cosas le gustaban?

–Me gustaban los pájaros. Son bonitos, son libres, pueden volar. Me pasaba el día observándolos. Todo mi dinero de bolsillo lo gastaba en el mercado de palomas, y luego las dejaba en libertad. Me encantaba: sujetaba con las dos manos aquel cuerpo caliente y palpitante, lo soltaba hacia el cielo y volvía a ser dueño de los aires. Intentaba acompañar aquel vuelo con el pensamiento.

–¿Hay pájaros en el campo?

–¿No se ha dado cuenta? No hay. Los pájaros no están locos. Aquí huele demasiado mal.

–Usted es un poco el pajarito del campo -dijo Pannonique con afecto.

Inmediatamente, PFX 150 se encolerizó.

–¡Déjeme tranquila con eso!

–¿He dicho algo malo?

–Pajarito por aquí, pajarito por allá, ¡no quiero que me llamen así!

–¿Otras personas del campo la llaman pajarito?

La niña dejó de hablar. Sus labios temblaban. Hundió su rostro entre las manos. Pannonique no pudo arrancarle ni un sonido más.

La noche siguiente, intentó mantenerse despierta. Pero un sueño de hormigón le cayó encima y no oyó nada. Se lo recriminó a sí misma: «Dios no dormiría como un tronco si tuviera que proteger a alguien.»

La noche siguiente había programado tanto su cerebro que no pegó ojo.

No oyó nada, ni siquiera a la anciana, que por razones incomprensibles se abstuvo de aullarle a la luna.

Aquella noche blanca la llenó de un cansancio de odio: «Dios no experimentaría este tipo de sentimiento.» No por ello renunció a la divinidad: «No se me da muy bien y no me proporciona ningún placer, pero es del todo necesario.»

ZHF 911 recuperó el terreno perdido la noche siguiente, gritando aún más fuerte que de costumbre y despertando a Pannonique, que se levantó como una sonámbula y salió de puntillas. Corrió hacia el barracón de PFX

150 y se escondió. Un hombre muy alto, delgado y corpulento, abrió la puerta llevando en brazos un pequeño cuerpo al que tapaba la boca con una mano. Cruzó el haz de luz de la torre de vigía y Pannonique vio que era muy viejo y que llevaba un traje elegante. Se marchó con su botín.

Permaneció agazapada en el fango, con el corazón a punto de estallarle.

Le pareció que aquel instante no terminaría nunca. Cuando regresó, ya no necesitaba taparle la boca a la niña: la pequeña, inerte, yacía contra él.

Entró en el barracón y salió solo. Pannonique le siguió. Le vio entrar en las dependencias de los que llamaban oficiales: los organizadores en jefe.

La puerta se cerró.

De regreso en su jergón, Pannonique lloró de asco.

A la mañana siguiente, escrutó el rostro de PFX 150: no expresaba absolutamente nada.

–¿Quién era el señor mayor de esta noche?

La pequeña no respondió.

La joven la zarandeó con rabia:

–¿Por qué le protege?

–Es a mí a quien protejo.

–¿Acaso la ha amenazado?

El kapo Marko acudió a reprender a Pannonique:

–¿Ya has terminado de zarandear a esta pobre cría?

Quitando los escombros, se preguntaba, en el colmo de la cólera, si era posible que los prisioneros que dormían en el barracón de la pequeña no hubieran visto ni oído nada. «Estoy segura de que mienten. Están muertos de miedo, los cabrones. Voy a intervenir.»

Esperó a que la kapo Zdena se acercara y le dijo que solicitaba una entrevista con un organizador. Zdena la miró con la misma estupefacción que habría sentido si le hubiera pedido un pavo asado. Pero nada parecía haber sido previsto para un caso así: la kapo se marchó.

Es de suponer que transmitió el mensaje a las altas instancias ya que hubo respuesta: estaba fuera de lugar. Pannonique preguntó entonces si podía recurrir la decisión: «¿Dónde te crees que estás?», fue la única respuesta.

La joven dedicó toda la jornada a buscar una tribuna para revelar el escándalo. Al llegar la noche, todavía no la había encontrado. En el comedor, estaba a punto de venirse abajo: «¿Y si me levantara, les tomara a

todos como testigos y gritara todo lo que sé? No serviría de nada. En el mejor de los casos, se produciría un motín, que únicamente desembocaría en un baño de sangre. En el peor de los casos, los prisioneros seguirían sin reaccionar, apoltronados ante su pitanza, y no puedo correr el riesgo de sentir semejante asco por ellos. Más vale que intervenga directamente.»

La noche siguiente fue una de las que la anciana no le gritó a la luna.

Así pues, Pannonique no se despertó y no pudo proteger a PFX 150. A la mañana siguiente, sintió rabia: «¡Y pensar que cuando esta bruja no aúlla duermo sin preocuparme de nada!» La noche siguiente, los gritos de ZHF

911 la arrancaron de su sueño. Pero cuando llegó al barracón de la niña, el hombre ya estaba lejos. Se lanzó en su búsqueda y, sin pensar, se abalanzó sobre él. El hombre se detuvo y la miró en silencio.

–¡Deja a la niña! – le ordenó ella.

En sus brazos, PFX 150 dirigía a Pannonique extrañas señas, moviendo la cabeza.

–¡Déjala! – repitió.

Él permanecía de pie, inmóvil. Pannonique le saltó al cuello.

–Vas a dejarla, sí o no?

Con un solo gesto, apartó a la agresora y la lanzó como un proyectil y luego se dirigió hacia las dependencias de los oficiales. La joven le agarró por las piernas y le hizo caer. La pequeña se arrastró por el barro.

Pannonique le dijo que huyera pero su tobillo estaba sujeto a la mano de su agresor, que volvió a levantarse y se marchó arrastrándola.

La joven le persiguió lanzándole toda clase de invectivas:

–¡Basura! Para ti es fácil, es una prisionera. Es una cría, no tiene ninguna posibilidad de defenderse. Pero te lo advierto: todo el mundo lo sabrá. Se lo contaré a los kapos y ellos se lo contarán a los organizadores, se lo contaré a los espectadores, ¡voy a arruinarte la vida!

El hombre la miró con hilaridad, empujó a la niña dentro y cerró la puerta.

Pannonique oyó un ruido de llaves y luego nada más. Aquel silencio resultaba más inquietante que un gemido.

«Ni siquiera conozco la voz de este tipo. No ha dicho nada», pensó.

Se quedó postrada en el barro, esperando. En vano. La niña no volvió a salir.

Al pasar revista por la mañana, Pannonique vio cómo el kapo Marko regresaba con la niña. Ella le sonrió a la pequeña, que tenía cara de muerto.

Luego el kapo Jan se acercó para seleccionar a los condenados del día: normalmente, pasaba revista a los efectivos y juzgaba quién merecía morir; esta vez, sin dudarlo, sacó de la fila a ZHF 911 y a PFX 150. Un estremecimiento recorrió la asamblea. Por más que los presentes estuvieran acostumbrados al mal, la condena de una niña era demasiado. Ni siquiera conseguían sentirse satisfechos por haberse librado al fin de la anciana.

Se escuchó por última vez la voz de ZHF 911, que seguía sonando a medio camino entre el chirrido y la risa burlona.

–Los extremos se atraen, al parecer.

Morir la traía sin cuidado.

PFX 150, en cambio, aturdida, permaneció en silencio. Tuvieron que empujarla para que caminara.

Pannonique nunca sufrió tanto como al ver a la niña partir hacia la muerte.

Estaba claro que el kapo Jan había recibido órdenes. «Si no hubiera intervenido, no habría resultado tan urgente librarse de la víctima», pensaba con horror.

Aquél fue un día atroz: el fantasma de la niña poblaba todas las miradas.

Pannonique no se permitió a sí misma caer en el paroxismo de repugnancia de la que se sentía capaz: «He cometido un error monumental, es cierto, pero no soy el origen del mal. Así que renuncio a ser Dios por el simple hecho de que era una idea perjudicial.»

En aquel instante, vio a la endeble MDA 802 vacilando bajo la pesada carga de escombros. Acudió para ayudar a su amiga a sobrellevar aquel peso. El kapo Marko detectó la maniobra y se acercó para empujar a Pannonique y gritarle:

–¿Quién te crees que eres, Simón de Cirene?

La joven sintió un estremecimiento de la cabeza a los pies. Aquello pudo hacerle soñar que ciertos kapos ni siquiera tenían la excusa de ser oscuras bestias sin cultura; lo que la impactó era que, sin saberlo, el kapo acababa de pronunciar las palabras que necesitaba.

Simón de Cirene, ¿cómo no se le había ocurrido antes? Era el personaje más hermoso de la Biblia, porque no era necesario creer en Dios para encontrarlo milagroso. Un ser humano que ayuda a otro ser humano, por el