¡Adiós Mr. Chips!
Capítulo 2
Al otro lado del camino, tras un bosquecillo de olmos, se alza el colegio de Brookfield, cubiertos los muros de enredaderas enrojecidas por el otoño. Un grupo de edificios estilo siglo dieciocho, dispuestos en cuadrilátero, rodeado por canchas de deporte. Más allá la villa universitaria y la campiña abierta. Brookfield es una antigua fundación. Data desde la reina Isabel, y con un poco más de suerte se habría hecho tan famoso como Harrow. Pero ha llevado una vida desigual. Ha languidecido en algunas épocas, y en otras se ha encumbrado a la celebridad. En el reinado del primer Jorge, cuando soplaban vientos favorables, se alzaron los principales pabellones y se restauró lo antiguo. Desde las guerras napoleónicas hasta la reina Victoria, el colegio volvió a decaer en reputación y matrícula. Wetherby, en 1840, levantó su prestigio, pero no llegó a ser un colegio de primera línea. Fue un buen colegio de segunda fila. Muchas familias notables mandaban allí a sus hijos. Salieron de sus clases hombres ilustres, de los que empujan la historia de un pueblo. Jueces, magistrados, parlamentarios, administradores de las colonias, obispos y lores. Sin embargo, su gran producción era de comerciantes, manufactureros, profesionales, con una subida cuota de hidalgos campesinos y sacerdotes. Era de esa clase de colegios que la gente que se estima declara haber oído mencionar alguna vez. Pero si no hubiera sido un colegio de esta índole, Mr. Chips no habría llegado allí. Pues Mr. Chips, en el plano social y académico, era tan respetable, pero no más brillante que el colegio mismo. Se había demorado un poco en advertir esta semejanza. No porque fuera presuntuoso y vano, sino que a los veinte años era tan ambicioso como la mayoría de los jóvenes. Su sueño fue llegar a rector o decano de un colegio de primera categoría. Lentamente, después de algunos ensayos frustrados, se convenció de la limitación de sus posibilidades. No se había graduado en forma sobresaliente, y su disciplina, que mejoraba en muchos aspectos con el tiempo, no era pareja en todos los ramos. Carecía de recursos propios y de relaciones familiares importantes. Hacia el año 1880, después de enterar diez años en Brookfield, se empezó a dar cuenta de que no era fácil mejorar de suerte mudando de ubicación, pero por esa época se fue hallando cada vez más a gusto donde estaba. A los cuarenta años de edad, había echado raíces allí y se sentía muy feliz en ese medio. A los cincuenta era el decano del profesorado. A los sesenta años era la personificación del colegio, el huésped de honor en todas las reuniones de los ex alumnos, el juez supremo en todo lo relativo a la historia y las tradiciones del establecimiento. Y en 1913, cuando enteró los sesenta y cinco, se retiró, recibió un buen cheque, una asignación anual, un gran reloj de pared y un hermoso escritorio, y se fue a vivir al otro lado del camino, en casa de la señora Wickett, ex gobernante de Brookfield. Una carrera honorable, decentemente terminada. «¡Tres hurras por Mr. Chips!», gritaron todos en la alegre comida de despedida. Tres hurras por el viejo Chips. Pero no estaba todo concluido. Faltaba un epílogo inesperado, una nueva representación ante una audiencia trágica.