Adultos

Marie Aubert · Capítulo 1 de 1 · parte 1/4

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Adultos

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Marie Aubert

Adultos

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Titivillus 14-12-2022

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Título original: Voksne mennesker

Marie Aubert, 2019

Traducción: Cristina Gómez Baggethun

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Editor digital: Titivillus

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Los niños de los demás, siempre, por todas partes. Lo peor es en el autobús, cuando no tienes escapatoria. Tengo la espalda sudada y estoy de mal humor. El sol entra de pleno por las ventanas sucias y el autobús lleva lleno desde Drammen, aunque se supone que te garantizan un asiento, se ha subido gente tanto en Kopstad como en Tønsberg y Fokserød, y ahora tienen que ir de pie, bamboleándose y agarrándose como pueden. En el asiento detrás de mí, va un padre con un niño de unos tres años, el niño está viendo El bosque de Haquivaqui en el iPad, con el sonido activado. El sonido es penetrante y hueco, las pocas veces que el padre intenta bajar el volumen, el niño chilla enfurecido y lo vuelve a subir.

Si leo el libro que traigo me mareo y casi no me queda batería en el móvil, así que tampoco puedo escuchar un pódcast, no oigo más que pum y pam y las canciones metálicas del ratón Claus y «el más limpio del lugar mi osito va a quedar». Cuando nos acercamos al túnel de Telemarksporten, se me acaba la paciencia y me vuelvo hacia el padre, que es un joven hípster con barba y un moño ridículo, le sonrío de oreja a oreja y le pregunto si pueden bajar un poco el volumen, por favor. Yo misma oigo que mi voz suena punzante y el padre se da perfecta cuenta de que me estoy regodeando, pero es que no pueden llevar el sonido puesto en un autobús de larga distancia abarrotado en pleno julio, no pueden.

—Pues —dice el padre hípster, restregándose la nuca con la mano—. ¿Molesta, o qué?

Habla con dialecto de Stavanger.

—Hombre, está un poco alto —digo, todavía con la sonrisa.

El padre se pone mohíno y le arranca el iPad de las manos al hijo, el niño empieza a chillar como un descosido, sorprendido y furioso, y el viejo matrimonio que va delante de mí se da la vuelta y me miran con reproche, no al niño y al padre, sino a mí.

—Esto es lo que pasa cuando no bajas el volumen —dice el padre—. A la señora le molesta y ya no puedes ver más.

El autobús se desvía hacia una gasolinera donde se hace la parada para hacer pis y tomarse un café, el niño sigue chillando tirado boca arriba en el asiento, cojo el bolso y me alejo a toda prisa por el pasillo dejando atrás los alaridos.

Kristoffer y Olea me esperan en Vinterkjær. Marthe no ha venido. Kristoffer es tan alto y Olea tan bajita. En otoño Olea empezará el colegio, a mí me parece demasiado pequeña para eso, es flaquita y enclenque.

—Me alegro de verte —dice Kristoffer.

Me da un buen abrazo, despliega los brazos alrededor de mi cuerpo y me aprieta.

—Igualmente —digo—. Y qué largo tienes el pelo, Olea —añado, y le tiro de la coleta.

—Ayer Olea aprendió a nadar —dice Kristoffer.

Olea sonríe de oreja a oreja, le faltan cuatro dientes en la mandíbula superior.

—Nadé sin que papá me sujetara —dice.

—Hala. ¿De verdad? —digo—. Eres un hacha.

—Marthe sacó una foto —dice Olea—. Cuando lleguemos, puedes verla.

—Marthe estaría vagueando en la orilla, me imagino —digo, al meter el equipaje en el maletero.

—Sí —dice Olea alegremente desde el asiento trasero—. No veas lo que vagueó.

—Esas cosas no se dicen, Olea —dice Kristoffer al arrancar el coche—. Ya lo sabes.

Me vuelvo hacia Olea, le guiño el ojo y le susurro en voz alta:

—Es que Marthe es un poco vaga.

Kristoffer carraspea.

—Yo sí que podré decirlo, ¿no? —pregunto—. Yo puedo bromear con estas cosas.

Es tan tentador, a Marthe le viene bien que le den una buena patada en el culo de vez en cuando y es un placer guiñarle un ojo a Olea, hacerla reír y conseguir que se le pongan los ojos como platos de alegría porque le hago gracia. Cogemos la carretera de la costa y le cuento a Kristoffer lo del padre hípster y el niño que estaba viendo El bosque de Haquivaqui con el sonido puesto.

—Y luego la gente va y se mosquea conmigo —digo—. No era yo la que iba haciendo ruido. Y menudo cabreo se cogió el padre.

Kristoffer huele a algo que reconozco, a cabaña de madera, a pintura, a agua de mar, a cuerpo.

—Bueno, ya sabes, no siempre es fácil conseguir que estén tranquilos —dice.

—Pero tú no dejabas que Olea llevara el iPad a todo trapo en un autobús lleno de gente cuando tenía tres años, ¿no? —digo.

—No —dice Kristoffer—. Pero la gente se mosquea mucho con los niños, no se hacen cargo de la situación. Y los niños tienen que poder ser niños.

Este es el tipo de cosas que dice Kristoffer, que los niños tienen que poder ser niños, o que hay que escuchar al cuerpo.

—Pero no es lo mismo llorar que tener el sonido puesto —digo.

Me doy cuenta de que estoy insistiendo demasiado, se me ve el plumero, no entiendo de niños, y Kristoffer se encoge de hombros y sonríe un poco, el sonido puesto en un autobús abarrotado, repito, intenta respirar con el estómago, Ida, dice Kristoffer dándome una palmadita en el muslo. Abro la boca para decir algo más, pero me corto, de todos modos no me iba a entender. Puedo contárselo luego a Marthe, ella suele estar de acuerdo conmigo en estas cosas, y se enfada cuando Olea hace ruido. También pienso contarle otra cosa, no en cuanto lleguemos, sino esta noche, cuando nos hayamos tomado un par de copas de vino cada una y Kristoffer se vaya a acostar a Olea, entonces se lo contaré.

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Hace unas semanas estuve en Gotemburgo, fui sola en el tren, hice noche en un hotel y a la mañana siguiente recorrí un par de calles para llegar a una clínica de fertilidad. Era como cualquier otra consulta médica, solo que un poco más luminosa y elegante, con macetones de palmeras y, en las paredes, fotos difuminadas de madres y bebés, o de pájaros y huevos. El médico se llamaba Ljungstedt y tenía un despacho con vistas al gimnasio de la acera de enfrente, se veía a la gente corriendo sobre las cintas y levantando pesas. El médico pronunciaba mi nombre a la sueca, no decía Ida, sino más bien Eida, o Yida, con la i en el fondo de la garganta, mientras escribía en el ordenador sin levantar la vista. Me hizo un rápido resumen del proceso, qué día del ciclo debía empezar a tomar las hormonas y cómo sacaban los óvulos, pero antes me iban a hacer unos análisis de sangre y una revisión ginecológica.

 

—Se ha puesto súper súper de moda congelar óvulos —me dijo, como si quisiera venderme algo, y eso que yo ya estaba allí.

—Ya me he fijado, sí —dije y me reí.

Todo parecía abierto, pronto sería verano, hacía buen tiempo en Gotemburgo y había pedido mesa en un restaurante donde pensaba almorzar con un buen vino blanco y brindar por el hecho de que iba a gastarme los ahorros en sacarme unos óvulos y meterlos en un banco, una cuenta bancaria de óvulos.

—Es una súper, superoportunidad —dijo el médico—. Cuando no tienes pareja, o aún quieres esperar para tener hijos.

—¿Verdad que sí? —dije—. Tengo pensado hacerlo después de las vacaciones.

—Y quizá vuelvas dentro de un par de años con tu próximo novio y puedas usarlos cuando tengas cuarenta y dos o cuarenta y tres —dijo, escribiendo a todo trapo sobre el teclado—. Ya verás, será súper supergenial.

Intenté imaginarme a un novio, me imaginé a un hombre alto con barba en la consulta conmigo dentro de unos años, no le distinguía bien los rasgos de la cara, pero me imaginé que, al salir, me rodeaba los hombros con el brazo en el ascensor y me decía «vamos a ser padres, Ida». Algún día, me dije ahí tumbada en la silla del ginecólogo, algún día tendrá que funcionarme, y el mero hecho de tenderme en esa silla me hizo creer que ocurriría, tanto lo del novio como lo del niño, solo estar allí era ya una promesa de que algún día vendría algo más, algún día. El médico y yo miramos mi útero en la ecografía, me preguntó en qué trabajaba y le dije que era arquitecta.

—Seguro que haces unas casas preciosas —dijo.

—Bueno, sí —dije—. Trabajo en un estudio bastante grande, hacemos sobre todo edificios oficiales y cosas así, urbanismo.

Me interrumpí a mí misma, me estaba adentrando en una larga explicación sobre quién diseñaba qué, pero me pareció que no tenía mucho sentido hacerlo ahí tumbada, con las piernas abiertas y el espéculo metido en la vagina. Cuando estaba saliendo por la puerta para hacerme los análisis de sangre, todavía con el vientre pegajoso y frío por el gel de la ecografía, el médico me dijo que hablaríamos dentro de unas semanas, cuando llegaran los resultados, y trazaríamos un plan sobre cuándo empezar, cuándo empezarlo todo.

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Miro el teléfono, no tengo ninguna llamada perdida de un número que empiece por +46. Kristoffer toma las curvas rápido, estoy un poco mareada y trato de no mirar la botella de Fanta medio vacía y la bolsa de patatas fritas que está tirada en el suelo. Kristoffer está más gordo, tiene los mofletes redondeados, me pregunto si Olea y él comerán a escondidas, si beberán refrescos en el coche cuando no va Marthe con ellos, tiene los brazos morenos. Marthe me ha escrito que los primeros días hizo muy bueno y fueron varias veces a bañarse a los islotes, pero que ahora el tiempo está variable, en la maleta traigo tanto bañador como jersey de lana.

—¿Cuándo llegan Stein y mi madre? —pregunto.

—Mañana —dice—. Nos ha parecido buena idea estar hoy más tranquilos. Marthe no se encuentra muy bien.

—Sorpresa —respondo.

—Ya sabes cómo es eso —dice Kristoffer rascándose la barba—. Las hormonas.

Me lo dice con complicidad, «ya sabes cómo es eso», aunque sabe perfectamente que yo no sé cómo es eso, aun así digo «uf, sí».

—Pobre Marthe —digo y me cruzo de brazos de modo que introduzco las manos en las axilas sudadas, intento comprobar si huelo mal.

Llevan tres años intentándolo, desde que empezaron a salir. Marthe ha tenido ya dos abortos espontáneos. No es capaz de callárselo, me tiene completamente al día, sé cuándo tiene la regla, cuándo ovula. Cada vez que nos vemos hablamos del tema, cada vez que vemos a mamá, Marthe se echa a llorar y nos dice que ya no aguanta más, que ella no quiere ser solo madrastra, ya no se dice madrastra, Marthe, le dice mamá acariciándole la espalda, ahora se dice mamá de regalo, de regalo, responde Marthe, vaya putada de regalo que él tenga hijos y yo no, ya verás como la cosa se arregla, le digo yo y también le acaricio la espalda, tanto mamá como yo le decimos que todo acabará arreglándose, se lo decimos siempre que nos vemos, pero cuándo se supone que se va a arreglar, grita Marthe. A veces, durante el almuerzo, le cuento a mis compañeros de trabajo que tengo una hermana más joven que está teniendo muchos problemas para quedarse embarazada, les digo que no entiendo de dónde saca las fuerzas, que debería tener algo mejor que hacer que andar intentándolo todo el rato.

Cuando llegamos a la casa, me incorporo un poco en el asiento.

—¿Habéis pintado? —pregunto.

—Sí —dice Kristoffer—. Bueno, más bien he pintado yo. ¿A que ha quedado bien?

—Sí —digo—. Fenomenal.

Han pintado la cabaña de blanco. Siempre ha sido amarilla, la cabaña amarilla, eso es lo que siempre le he dicho a la gente, nosotros somos los de la cabaña amarilla. Ahora es igual que todas las demás casas de por aquí, es normal. Kristoffer coge mi bolsa de viaje. Le digo que puedo llevarla yo, no soy como Marthe, que quiere que Kristoffer la ayude con todo, pero Kristoffer dice «no pasa nada» y no suelta la bolsa. Olea echa a correr y se adelanta por la gravilla y por las losas a lo largo del seto. Olea siempre va corriendo, como si la esperara algo divertido en algún sitio. Cuando yo era pequeña, el seto era tupido y oscuro, de tuya, pero hace algunos años mi madre cambió las tuyas por celindos, decía que quería algo más ligero.

Marthe sale a recibirnos a la puerta, parece cansada y se restriega la cara con las manos. Me entra la risa.

—Así que habéis ido a recoger a la tía Ida —dice, acariciándole el pelo a Olea.

Olea baja la cabeza, esquiva la mano y sigue corriendo. Marthe sabe que no me gusta que me llamen tía Ida, pero igualmente lo dice. Siempre que me llaman así me vienen a la cabeza los antiguos dibujos de Elsa Beskow de la tía Verde, la tía Marrón y la tía Violeta, enjutas y achacosas.

Nos abrazamos.

—Hola —dice Marthe.

—Hola, bonita —le digo—. Me alegro de verte.

Marthe huele bien, el olor es familiar, casi como si fuera mío. Tiene el pelo más rubio, no queda muy natural, lleva un corte que recuerdo que estuvo de moda hace unos años.

—Qué chulo —digo, levantándolo.

—¿Te gusta? —dice Marthe—. A mí me parece que me lo han dejado demasiado rubio.

—No, estás guapa —digo.

La gente me encuentra a mí más guapa que a Marthe, siempre ha sido así, y Marthe está acomplejada con la nariz y las tetas, así que se alegra cuando le digo que está guapa. Es fácil alegrar a Marthe, solo hay que soltarle algún piropo. Kristoffer sigue a Olea hacia la parte trasera de la casa, Marthe y yo entramos en la cabaña. La puerta cruje un poco, dentro huele como siempre, veranos viejos, madera vieja.

—¿Estás preparada para el gran día? —dice Marthe, arrastrando mi bolsa hasta el pequeño dormitorio en el que siempre duermo.

—Más o menos —digo—. Por lo menos estoy muy dispuesta a beber vino.

—¿Tenemos que decir algo? —pregunta Marthe, a la vez que se sienta en mi cama—. Vamos, que si tenemos que dar un discurso o algo así.

—Seguramente no —digo—. Pero yo me he preparado algo por si acaso.

—Superhija —dice Marthe, sonriendo con las comisuras de los labios un poco caídas—. Yo no he tenido energía para preparar nada.

Me quito los zapatos, tengo los pies sudados. Me duele cuando me llama superhija, no debería dolerme, solo lo dice porque me tiene envidia.

—Lo que no sé es si tengo que hablar también de Stein —digo—. Mamá no esperará que hable de él, ¿no? ¿Quieres que hable en nombre de las dos?

—Querida mamá y querido Más Duro que una Piedra[1] —dice Marthe, levantando la mano como para brindar.

—Stein es un tío majo, Marthe —le digo entre risas.

—Querida mamá y querido Hombre de la Edad de Piedra —dice Marthe.

—Querida mamá y querido Piedra, Papel y Tijera —digo.

Mañana celebramos el sesenta y cinco cumpleaños de mamá. Marthe, Kristoffer, Olea, yo, mamá y Stein vamos a comer gambas y a beber vino. Mamá me propuso que celebráramos a la vez mi cuarenta cumpleaños, pero le dije que no hacía falta, de todos modos hace ya tres meses que los cumplí. No lo celebré gran cosa, fui a un restaurante con unas amigas, cenamos bien, bebimos unas cuantas copas de vino y ya está, la mayoría tenía que volver a casa pronto por los niños. Cuando mamá cumplió cuarenta en algún momento de la década de los noventa, le dieron una tarjeta en la que ponía «Life begins at forty!». Todavía me acuerdo de aquella tarjeta, estaba llena de fuegos artificiales y estrellas fugaces. A mamá le hizo gracia y se apropió de la expresión, se pasó todo el año diciendo «Life begins at forty!», y sus amigas brindaban por eso. Las recuerdo como señoras de cierta edad, con el pintalabios reseco y niños en edad escolar, y cuando se juntaban decían que era una «reunión de señoras». Cuando yo cumplí cuarenta, todo siguió exactamente igual que antes, no tuve en absoluto la sensación de que la vida empezara en ese momento. Durante la cena, una amiga me dijo que tenía buen aspecto, pretendía ser una especie de consuelo, justo después dijo que era bueno estar sola porque te daba la oportunidad de conocerte mejor a ti misma, yo pensé que en realidad preferiría conocer a otra gente.

Stein y mamá llevan cinco años juntos. Cada vez que Stein viene con nosotras a algún sitio, desearía que se quedara en casa, que fuéramos solo nosotras. Stein no tiene hijos, no creo que nunca haya querido tenerlos, y es como si no entendiera bien la edad que tenemos Marthe y yo, nos habla como si fuéramos adolescentes. Mamá dice que Stein y ella son late bloomers. A Marthe y a mí nos da corte que use esa expresión. Y ni siquiera es que sea cierto, mi madre tenía veinte años cuando se casó con mi padre y mira cómo le fue. A menudo tengo ganas de preguntarle si habría preferido acabar como yo, acabar, me digo, no debo decir «acabar» como si todo hubiera terminado ya, nada ha terminado, tengo que decirme a mí misma que lo mejor está por venir, pero a veces creo que eso es lo que piensan de mí mamá, Stein, Marthe y Kristoffer. Qué sabrán ellos, me digo, yo tengo un plan, tengo un secreto. Creo que voy a decírselo ya a Marthe, en vez de esperar hasta esta noche, puedo decírselo ahora mismo, que voy a ir a Suecia a congelarme unos óvulos, se le van a poner los ojos como platos y va a decir «guau».

—Oye —dice Marthe—. ¿Te cuento el notición?

Tiene algo nuevo en la cara, algo serio bajo la sonrisa, algo que tiembla un poco. La miro durante unos segundos, al principio no entiendo, y por fin entiendo.

—¿De verdad? —digo.

—Sí —dice Marthe sonriendo, se le dilatan los ojos, se le humedecen.

—Guau —digo, y me siento a su lado en la cama—. ¿De verdad?

Intento recordar todo lo que he dicho mientras ella esperaba a contármelo, le he dicho un montón de idioteces, le he hablado de beber y de Stein y de mamá. Me apresuro a darle un abrazo, se estremece un poco, es como si sonara un pitido en algún lugar de su interior.

—Quince semanas —dice Marthe sin que le pregunte, se endereza y se pasa las manos por los ojos—. No me atrevía a decir nada hasta que estuviéramos completamente seguros.

—Joder —digo.

No sé qué decir. Estoy acostumbrada a consolarla, a abrazarla y acariciarle la espalda, a decirle que todo acabará bien, a sacarla de bares de vez en cuando y a invitarla a unos vinos para que piense en otra cosa, por lo menos nos vamos a echar unos vinos, Marthe, y tanto Kristoffer como mamá dicen que se me da muy bien levantarle el ánimo a Marthe, ocuparme de ella. Pero esto.

—Todavía puede acabar mal —digo.

Marthe me mira y resopla con sorpresa.

—Quince semanas tampoco es mucho —digo—. Si te pones a pensarlo, vamos.

—Ya, pero al menos podemos relajarnos un poco —dice, la voz suena cortante.

—Solo lo digo para que no te lleves una desilusión.

—Ya lo sé —dice Marthe.

—Pero, por Dios, qué alegría —digo por fin y le dedico una gran sonrisa, por si acaso le doy otro abrazo—. Fíjate, al final ha funcionado.

—Sí, fíjate —dice Marthe riéndose, tiene ganas de estar alegre, no de discutir—. Íbamos a probar otra vez con la fecundación in vitro, pero de pronto, paf.

—Paf —digo—. O sea, ¿a la antigua?

—Sí —dice Marthe—. A la antigua —dice, cerrando el puño en señal de triunfo.

Me río.

—Por Dios —digo de nuevo.

—¿A que la casa ha quedado chula de blanco? —dice Marthe al salir del cuarto—. A mí me parece que le pega mucho más que el amarillo, es más sureño.

Finjo no oírla y cierro la puerta del pasillo.

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Me quito la camiseta sudada, me tiendo sobre la cama hecha y escucho los ruidos que vienen de afuera, la ventana está abierta, las gaviotas chillan a lo lejos y Olea le grita a Kristoffer que la mire hacer no sé qué, sigue gritando hasta que la voz suena enfadada, «¡papá!», y Kristoffer responde «te estoy mirando», en un tono que revela que está mirando el móvil. En el mar oigo un barco, va rápido, el cielo se ha nublado, hace demasiado fresco para estar solo en sujetador. No lloro. Aquí siempre huele un poco a cerrado y la ropa de cama está suave, vieja y con cierto olor a cuerda de tender, el colchón es de gomaespuma vieja, así es como debe ser, duermo en esta cama todos los veranos desde que era pequeña. Aquí estoy. Con Marthe. Con su marido, con su hijo común en la tripa y con Olea.

 

No creía que fuera a pasar, la verdad. Mis amigas me han adelantado ya todas, pero que Marthe, que ella también, en algún sitio de mi interior creía que no ocurriría, que nada cambiaría, que siempre tendría ahí a Marthe para consolarla, que ella no me adelantaría.

No puede adelantarme.

Me abrazo a mí misma, tengo la piel como marchita, seca, el cuerpo no es nada y ya nadie quiere nada conmigo, como si hubiera dejado de existir. Nunca he traído a nadie a esta casa, nunca he durado lo suficiente con nadie. Marthe lleva trayéndose novios desde los quince y siempre ha usado el dormitorio más grande después del de mamá, siempre chicos torpones y parados sobre los que mamá y yo hacíamos muecas, hasta que por fin Marthe empezó a salir con Kristoffer, que nos gustó a las dos, a todo el mundo le gusta Kristoffer, y que de regalo traía a Olea. ¿Y yo? ¿Qué tengo yo?

Hace tanto que nadie me toca, nadie. Intento recordar cómo es, las manos, la piel, la respiración contra el cuello y, en el momento en que pienso respiración contra el cuello, lo recuerdo, recuerdo cómo es eso de que te abracen por detrás y te respiren contra el cuello, lo siento como si fuera real, de verdad. Siento que tengo a alguien pegado contra mí que me respira en el cuello, que me acaricia, que sube las manos desde mi cintura hacia mi pecho. No quiero pensar en eso. No merece la pena. Me levanto y me pongo un jersey limpio, vuelvo a sentarme en esta cama estrecha, en esta habitación pequeña, y me pregunto si nunca saldré de aquí. La cosa mejorará, me digo a mí misma, todo mejorará, voy a congelarme unos óvulos en Suecia, seré otra cosa, existen otras cosas, lo mejor está por venir, no soy de las que tiran la toalla. Me pongo de pie delante del espejo y veo que he mantenido bien el peso, mañana saldré a correr, o a remar, quizá ambas cosas. Marthe asoma la cabeza y pregunta si quiero bañarme, sin llamar a la puerta, doy un respingo y me cubro a pesar de que estoy vestida, como si me hubiera pillado haciendo algo. Marthe no me pide perdón, es como si estuviera acostumbrada, piensa que la casa es suya. La idea es que a la larga la compartamos, pero Kristoffer y ella pasan más tiempo aquí que yo. Son ellos los que pintan, los que cortan la hierba del jardín, los que cogen el coche y se van al pueblo a comprar gambas frescas que luego se comen por la noche en el jardín, los que arrancan las malas hierbas del sendero que baja al muelle, bueno, eso creo que lo hace Kristoffer, Marthe se cansa a la media hora y dice que tiene que echarse en el sofá. Aun así, Marthe es aquí una adulta, friega los platos de la casa con naturalidad, como si fueran suyos, y compra cojines que le parece que pueden quedar bien, a mí en cambio eso no me sale del todo. Alguna vez he pensado en venir sola, en dar aceite a la madera de la terraza y quitar las malas hierbas del jardín como hacen ellos, en tomar posesión de la casa, decido venir a pasar unos días cuando no estén ni Marthe y Kristoffer ni mamá y Stein. Solo que es demasiado jaleo, alquilar un coche aunque ya casi se me ha olvidado cómo se conduce, pasarme el día entero sin ver a nadie, y uso tan poco el barco que me da pereza quitarle la capota y echarle gasolina, para luego amarrarlo con un nudo doble raro porque no sé hacer otro y que mamá me regañe. En vez de pintar la casa, acabo leyendo tebeos del pato Donald y de Astérix, y bebiendo cerveza desde primera hora, me siento sola, me inquieto y por la noche tengo que tomar Imovane porque me da miedo la oscuridad. A la mañana siguiente lo único que me apetece es volverme a la ciudad y tengo la sensación de estar tratando de hacer algo que no me sale.

Cojo el bañador y la toalla y salgo a esperar al jardín. La hierba está corta y seca, amarillea en algunos sitios, por aquí y por allá hay arcos de croquet clavados en la tierra, casi me tropiezo con uno de ellos al salir. Las cerezas cuelgan en densos racimos que aún no están maduros, tienen un color rojo amarillento claro. Cojo un par de cerezas y me las meto en la boca, están amargas y escupo los huesos tan lejos como puedo. Kristoffer está atando la hamaca entre dos pinos. Ahora tiene otro aspecto, en el coche era Kristoffer, ahora es el padre del bebé de Marthe, un adulto.

—Enhorabuena —digo.

—Gracias —dice—. Me ha parecido que no podía decírtelo en el coche.

—Me alegro mucho —digo.

—¿Por qué le das la enhorabuena? —pregunta Olea, que está impulsándose en el columpio para coger velocidad.

—Porque Marthe y Kristoffer van a tener un bebé —digo.

—Ay, ya —dice Olea, suena casi decepcionada.

Me coloco detrás de ella, tiro del columpio y lo suelto desde lo alto.

—Más fuerte —dice, varias veces—. Más fuerte, más fuerte. —Hasta que por fin se da por satisfecha y se ríe al llegar a lo más alto.

—Mira, papá —le grita a Kristoffer, que está detrás—. ¡Mira qué alto!

—Sí, ya lo veo —dice Kristoffer mientras amarra la otra cuerda de la hamaca alrededor de un árbol.

Cuando se sienta para probar el peso, resulta que la ha dejado floja y da con el culo en el suelo, nos echamos a reír. Olea tiene viento en el pelo y se impulsa con las piernas, la boca entreabierta, recuerdo la sensación en la tripa al llegar a lo más alto, cómo era soltarse del columpio y caer hacia delante, estar tan metido en el ritmo que tienes la impresión de volar, y cómo te golpea el suelo cuando aterrizas, siempre con una fuerza sorprendente.

Kristoffer agarra los dos lados de la hamaca y tira hasta que le cubren, como una crisálida.

—¿Crees que Marthe lo verá cuando salga? —le pregunto a Olea.

—No —dice Olea.

—Kristoffer —grita Marthe desde la casa, como respondiendo a una señal, luego sale a la terraza y vuelve a llamarlo—. ¿Kristoffer?

—No digas nada —susurro, y Kristoffer se ríe por lo bajo dentro de la salchicha de la hamaca.

—¿Lo has visto? —me pregunta Marthe, al tiempo que arquea la espalda y se acaricia la tripa.

—No, no tengo ni idea de dónde está —digo, subo el tono de voz más de la cuenta y, dentro de la crisálida, Kristoffer empieza a sacudirse de la risa. Olea se ríe por lo bajo en el columpio.

—Ya vale, ¿no? —dice Marthe, está parada con los brazos colgando—. Ahora mismo no estoy para bromas.

—No sé —digo—. La verdad es que no lo he visto. ¿Y tú, Olea?

—¿Puedes parar ya? —dice Marthe, de pronto está realmente enfadada —. Esto no tiene gracia. Dime dónde está.

No digo nada. Olea se deja caer al suelo, veo que está un poco asustada, y Kristoffer sale de la hamaca y rueda por la hierba.

—Ay, es increíble que no lo vieras —digo—. ¿Cómo es posible?

—No te enfades, Marthe —dice Kristoffer—. Era una broma.

—Ya, ya —dice Marthe, forzándose a sonreír—. Ya lo sé.

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Tengo el sendero de la playa metido en el cuerpo, da igual el tiempo que haga que no vengo. Sé dónde están las zarzas que hay que evitar y dónde está la roca madre en la que tienes que saltar o deslizarte sobre el trasero, sé que debajo de unos pinos que tamizan el sol hay agujas con las que te puedes pinchar y que por allí hay que pasar dando pisotones porque a veces hay víboras, noto el olor cálido, ácido y seco del bosque, el sol cae sobre la espalda de Marthe. Mis pies se transforman en pies de niña, piernecitas que tienen que coger impulso para saltar desde un pequeño saliente de la roca, recuerdo que siempre me daba miedo caerme allí, pienso en los cardos en las sandalias, en la roca madre que me raspaba el trasero del pantalón corto. Al pasar junto al gran endrino un poco más allá tengo doce años, llevo un aparato que me pincha las encías y me hace daño y un vestido nuevo de tirantes que se trenzan por detrás, a mamá no le gusta que me ponga este vestido porque me deja media espalda al descubierto, antes mamá no pensaba en estas cosas, y junto al endrino me encuentro con Vegard, que es mayor que yo y veranea en otra cabaña de por aquí cerca, ha estado bañándose con su padre y este día me ve por primera vez, al menos eso me parece a mí, me sonríe de otra manera, al menos eso creo, y me dice hola, le dice hola al vestido de tirantes, el último trecho hasta la playa lo hago casi corriendo, repitiendo el hola y dando saltitos y abrazándome a mí misma porque al vecino Vegard le parezco mayor con el vestido de tirantes, y cuando estoy dando saltos llega Marthe corriendo por el sendero y se ríe y dice «qué pinta tan rara tienes», aunque la bajita y gordita es ella, aunque sea ella la que llora todo el rato.

Cuando nos desvestimos donde siempre, el viento le pone la piel de gallina. Tiene la tripa pálida y tensa. Con la ropa puesta puede parecer que solo ha engordado un poco, pero sin la ropa se nota que eso no es la típica panza de gordinflona. Me tiro al agua desde la roca madre, el mar se cierra frío a mi alrededor, jadeo, me castañetean los dientes, escupo el agua salada. Marthe todavía no se ha metido, se ha quedado parada con el agua y las algas hasta las rodillas, se columpia y se abraza a sí misma.

—Tienes que tirarte al agua —le digo.

—Es que no soy tan valiente como tú —dice Marthe, en un tono un poco borde.

Todos los veranos pasa lo mismo, yo me meto enseguida en el agua, mientras que Marthe se toma su tiempo, y luego nos explicamos la una a la otra qué es mejor.

Cuando nos sentamos sobre la roca madre envueltas en las toallas, la sangre nos corre por el cuerpo frío y el sol nos calienta, Marthe se acaricia la tripa y dice que la cosa no es fácil.

—Ya me imagino —digo.

No quiero que me hable de esto. Quiero que se calle, preferiría no haber venido, no haberme enterado. Ya no puedo contarle lo de Suecia, suena patético.

—Fíjate —dice Marthe—. Siempre he pensado que cuando por fin lo consiguiera, estaría contentísima.

Se estruja el pelo y le cae agua sobre los brazos, tirita. Una gaviota se mece sobre las olas a poca distancia de la orilla, nos mira con sus ojos vacíos y fieros, qué feas son las gaviotas.

—Y ahora resulta que me da miedo que vuelva a salir mal —dice por fin—. Me paso el día intentando averiguar cómo va la cosa.

Sonríe un poco, le tiemblan los labios. Ahora debería abrazarla, creo que es lo que espera, que la abrace y la acaricie y le diga que todo irá bien, es lo que suelo hacer, pero esta vez no me apetece.

—Y encima últimamente casi no follamos —dice—. Al principio me faltaban a mí las fuerzas y ahora él no quiere.

—Ya —digo.

Me mira de reojo, yo me abrazo las rodillas y no digo más. Marthe se hurga la uña del dedo gordo de un pie, se arranca un trozo y lo lanza a lo lejos, yo digo «puaj».

—Si te dedicas a hacer estas cosas, no me extraña que no quiera —digo, la idea es que se ría, pero no lo hace.

—Y Olea está cruzadísima —dice Marthe, ahora suena impaciente, no logra ocultar que quiere que empatice con ella, ¿por qué no lo hago?

—Tampoco debe de ser fácil para Olea —digo.

—No, pero tiene que asumir que vamos a ser uno más —dice Marthe—. ¿Sabes lo que me ha dicho antes de que viniéramos a bañarnos?

—No —le digo levantándome—. ¿Tiramos para casa?

—Me ha dicho «Marthe, ¿a que eres una vaga?». Así, de pronto.

Camino detrás de ella por el sendero, tengo los pies fríos y siento la braguita del bikini mojada y fría debajo del pantalón corto, la parte de arriba me está empapando la camiseta, miro la espalda de Marthe y la camiseta de tirantes se le pega al bikini igual que a mí. Marthe tiene a Kristoffer y dentro de poco tendrá también un niño, aun así se queja, ella es así, espera que la gente le solucione las cosas. Marthe se contenta con existir, tiene un trabajo de administrativa que solo le gusta a medias y que no creo que haga especialmente bien, a veces dice tonterías o se ríe fuera de lugar y ni siquiera se da cuenta, cuando se pone triste come ganchitos y gusanitos, pasa de hacer ejercicio y dice que no está de ánimo, siempre tiene a alguien que la consuele.

Poco antes de llegar a casa, donde el sendero se pone más empinado, Marthe se para delante de mí y cierra los ojos.

—Tengo que tomarme un respiro —dice.

—¿Te duele la tripa? —pregunto, Marthe asiente con la cabeza.

Me quedo parada detrás de ella, esperando. Paso de preguntarle cómo está, cierro el puño con todas mis fuerzas. Ha empezado a pasarme de vez en cuando, cuando hablo con mamá por teléfono y me dice que le da lástima que Marthe esté tan empeñada en quedarse embarazada, de pronto siento una opresión en el pecho, en la cabeza, tan fuerte y tan calurosa que tengo que cerrar los puños, y a veces agarro un cojín o alguna otra cosa blanda y lo arrojo contra la pared, todo mientras sigo hablando y diciendo «hum, uf, uf», y aun así no es suficiente, cuando cuelgo tengo que lanzar algo más duro, algo que haga ruido, un zapato o, si no me lo pienso, el móvil. Siempre Marthe. Siempre. Siempre Marthe.

A Marthe le duele constantemente la tripa, tiene la enfermedad de Crohn. Hace diez años le quitaron una parte del intestino, pero no tanto como para hacerle un estoma. La operaron el día que yo celebraba mi treinta cumpleaños. Había alquilado un sitio con dos amigas que también cumplían treinta y cuando nos dieron la fecha de la operación de Marthe, mamá quiso que cancelara la fiesta, o que la aplazara, si pasaba algo durante la operación, yo estaría borracha y podía ser difícil dar conmigo. ¿Podrías perdonártelo?, me preguntó. Eso me hizo mella, pero no quise cancelar la fiesta, no quería posponerla por Marthe, no era una operación peligrosa y no quería pasarme un montón de horas en una sala de espera, leyendo revistas del corazón, bebiendo chocolate de máquina y consolando a mamá, quería emborracharme y estar con los demás. Aun así, no se me iba de la cabeza eso que me dijo de que no podría perdonarme a mí misma, a pesar de que llevaba un vestido nuevo y bebí tanto espumoso que estaba borracha antes de las diez, me pasé toda la noche mirando el móvil. No me llegaba ningún mensaje de cómo había ido la cosa, hacía horas que la operación debía de haber acabado. Era consciente de que mamá me estaba castigando y aun así me sudaban las manos, intentaba llamarla, pero no me cogía el teléfono, así que acabé convencida de que la cosa había salido mal y no habían tenido tiempo de llamarme, o no había cobertura, salí a la calle e intenté llamar desde allí, a cierta distancia de donde fumaban mis amigos en la acera, sentía que el mundo se hundía bajo mis pies, estaba borracha, lloraba y mamá no me cogía el teléfono, acabé colgando. Me imaginaba a Marthe sobre la mesa de operaciones con una mascarilla de oxígeno, la sangre, el pitido de las máquinas, los médicos desesperados a su alrededor, ¿cómo ha podido salir mal esta operación que casi siempre sale bien?, y mamá que no quería llamarme porque yo había escogido no estar con ellas, había escogido beber y hacer el tonto. En ese momento extendí el brazo para coger un taxi, era una noche clara de verano, me marché de la fiesta, pero no fui al hospital, no podía aparecer por allí a esas horas, me fui a mi casa y me metí en la cama, no sin antes vomitar, temblorosa y negra por dentro. Cuando me desperté al día siguiente tenía un mensaje de mamá que decía que Marthe estaba bien y otro de mi amiga que preguntaba por qué me había largado así, de repente, y sin la chaqueta.

—¿Estás bien? —le pregunto por fin.

Marthe respira con dificultad, tiene los ojos entornados. En algún sitio chilla una gaviota, caiaaa caiaaa caiaaa. Aprieto las mandíbulas, Marthe parece idiota, joder, cuando se queda así parada parece idiota, no puedo mirarla.

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Kristoffer saca carne cruda de la nevera y pica las especias con las que va a marinarla. Este año ha empezado a hacer salchichas caseras y guisos sofisticados que tiene al fuego durante horas, la masa madre apesta la nevera. Durante un tiempo incluso hizo su propia cerveza, solo que a nadie le gustaba, y tiene la encimera de su casa invadida con enormes licuadoras, picadoras de carne y cacerolas sous vide, Marthe dice que ya no sabe qué hacer con él.

 

—Necesito que alguna me eche una mano —dice Kristoffer.

—Ida puede ayudarte —dice Marthe desperezándose—. Yo tengo que relajarme un rato.

Hay algo en el tono en el que se hablan, como si lo tuvieran ensayado.

—¿Te importa? —pregunta Kristoffer, me mira.

—No, claro que no —digo.

Yo no necesito descansar, no doy lástima, y me gusta estar a solas con Kristoffer, hacer algo juntos y charlar. Me pasa un cuchillo y corto las patatas en gajos, Kristoffer elogia que sea tan rápida. La cocina de la cabaña es pequeña. Antes sabía dónde estaba todo, pero Kristoffer y Marthe han movido las cosas, tienen la sal y las especias en el armario en vez de tenerlas en el estante sobre el fogón. También han pintado las paredes, antes eran verdes, ahora son de un color azul saturado, moderno, lo cambian todo sin preguntarme. Las ventanas siguen siendo las de siempre, los viejos cristales ondulan el mundo exterior y hay alguna mosca muerta en los alféizares.

—¿Cómo te fue con ese tipo con el que habías quedado? —pregunta Kristoffer mientras coloco los gajos de patata en la bandeja del horno.

—¿Quién? —digo—. Ah, ya, no. Eso fue una cita de Tinder, nada más.

—Pues habrá que comprobar si hay algún tío bueno en las cabañas de por aquí, ¿no? —dice.

Sonrío, no tengo fuerzas, no tengo fuerzas para hablar de esto, para sonar optimista y parecer dispuesta a conocer a tíos buenos, me agoto solo de pensarlo, me pesan los brazos. Deslizar a la izquierda, deslizar a la derecha, Petter, cuarenta y dos, Thomas, treinta y seis, Steven, cuarenta y cinco, una cerveza en un pub de barrio en el que no te arriesgas a encontrarte con nadie a quien conozcas, un extraño pudor cuando entiendo quién es, en las fotos daba otra impresión. Una conversación vacilante en la que bebo más rápido de lo que me conviene, me agobia que la conversación se estanque, así que sonrío más de la cuenta, hablo muy rápido, gesticulo, tengo miedo de que se aburra, y en algún sitio de mi interior me digo «tranquilízate, no te pongas así». ¿Ves Juego de tronos?, le pregunto, ¿has visto otras series?, ¿qué temporada?, ¿es muy estresante tu trabajo?, ¿cuántos sois en la sección?, me pregunto por qué no se me dará mejor, normalmente no soy tan boba. Él se da cuenta de que tengo demasiado interés, comprende que nunca he tenido un novio de verdad. Al final llega el difícil momento en que le pregunto si nos tomamos otra y él duda y dice que tiene que levantarse temprano, yo me hundo, quizá recorremos juntos una manzana hasta que a alguno de los dos le toca ir por otro lado, estoy en ascuas mientras intercambiamos unas frases de cortesía, noto que tengo la mirada demasiado abierta y la sonrisa demasiado amplia. Quiero que me diga que le gustaría volver a verme, quiero que me lo diga aunque quizá me haya aburrido como una ostra, pero él se limita a decir que ha sido un placer, que te vaya bien, «ya hablamos, quizá», y yo medio levanto los brazos en una especie de intento de darle un abrazo, pero él da un paso atrás y a mí se me desploman los brazos, yo también digo «adiós» y «hablamos», y opto por levantar la mano en un estúpido saludo, enfilo hacia el autobús con mis estúpidos brazos colgando a los lados, voy sola en el autobús con mis estúpidos brazos, rodeada de mucha gente, me encierro en mi casa con mis manos estúpidas e inútiles.

—Tienes que disfrutarlo mientras puedas —dice Kristoffer secándose la frente, derrite mantequilla en una sartén y la mezcla con harina—. Luego, de pronto te ves con marido e hijos, y soñando con tu antigua vida.

—¿Tú sueñas con tu antigua vida? —pregunto.

—A veces un poco —dice Kristoffer y se ríe.

—Eso pienso contárselo a Marthe —digo.

—No, no se lo cuentes —dice Kristoffer riéndose aún más—. Uf, no, se apenaría. Pero eso de ligar por internet —dice, sacudiendo la cabeza—. Creo que yo no podría hacerlo. Joder, parece agotador.

No respondo, en su situación es fácil decir eso, ¿qué haría él si fuera yo? Kristoffer levanta la vista y me mira.

—Bueno, quizá sea fácil decir esto en mi situación —dice y me da unas palmaditas en el hombro.

—No pasa nada, hombre —digo y me apresuro a reírme.

Pico hinojo y zanahorias. Kristoffer es un buen tipo, pienso. En el momento en que meto las verduras en el horno con los gajos de patata, oigo un golpe seco en el baño seguido de un alarido de Olea. Al momento llega corriendo y se arroja a los brazos de su padre. Detrás de ella viene Marthe, con las mejillas coloradas.

—Me ha dado un portazo en la cabeza —grita Olea.

—Estaba en el baño y ha abierto la puerta de pronto —dice Marthe—. Solo quería cerrar, Olea, supongo que lo entiendes.

—Pero podrías tener un poco de cuidado, ¿no? —dice Kristoffer levantando la voz, está enfadado—. Joder.

Ha cogido a Olea en brazos, como si fuera mucho menor de lo que es. Olea esconde la cabeza contra su hombro y solloza exageradamente mientras Kristoffer le acaricia la cabeza. Me da corte oír este llanto, y a la vez que me regodeo un poco, Marthe me mira y arquea las cejas, no le devuelvo el guiño. Cojo el cuchillo y lo enjuago bajo el grifo, para tener algo que hacer, se me ha acelerado el pulso.

—Tonta —dice Olea y lanza la mano en dirección a Marthe.

Marthe abre la boca y la cierra, se pasa la mano por la tripa que apenas se nota.

—Ya está bien, Olea —dice Kristoffer—. Eso no se dice.

—Pero si ha sido sin querer —dice Marthe—. Venga, Olea.

—¿Puedes pedirle perdón? —dice Kristoffer, al principio no entiendo si le habla a Marthe o a Olea. Olea sacude la cabeza.

—¿Y si Marthe también te pide perdón? —pregunta Kristoffer.

Marthe lo mira.

—Pero si ha sido un accidente —dice.

—Ya, pero —dice Kristoffer, haciendo gestos detrás de la espalda de Olea.

Suelto el cuchillo, me acerco a Olea y le acaricio la espalda.

—¿Quieres que salgamos al jardín, Olea? —le pregunto—. ¿Hacemos algo tú y yo?

Siento un pequeño golpe de alegría cuando Olea asiente con la cabeza, se baja del brazo de su padre y me coge de la mano, a mí, tiene la pequeña nuca terca y distante, se niega a mirar a Marthe. Kristoffer parece agradecido. Cuando salimos y él cierra la puerta de la terraza, después de un breve silencio, oigo que vuelven a subir la voz.

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Olea y yo estamos en la casita de juegos del jardín, de pequeñas Marthe y yo nos peleábamos por esta casita, nos echábamos de allí la una a la otra y llamábamos a mamá a gritos para quejarnos de las injusticias que cometía la otra. Ahora la han pintado de blanco también, pero antes era roja, dentro hay dos banquitos con un colchón de gomaespuma en medio, una caja con disfraces brillantes y libros y juguetes tirados por el suelo. En las paredes clavamos dibujos con chinchetas. Yo solía tener aquí una caja para cosas que me encontraba por ahí, conchas de caracol que olían a sal y a algas viejas, piedras bonitas y redondeadas que estaban suaves contra la piel, Marthe y yo nos turnábamos para acariciarle la cara a la otra con aquellas piedras, una foto de la princesa Diana que recorté de la revista Hjemmet o de Norsk Ukeblad, servilletas bonitas, creo recordar el dibujo de una de ellas, era rosa y morada, de un papel suave y satinado. Marthe encontró la caja hace unos años, le mandé un mensaje diciendo que podía tirarla.

 

—Aquí se puede dormir —digo—. Yo dormí aquí una vez.

—¿Tú? —dice Olea—. ¿Por qué?

—Yo también jugaba aquí de pequeña —digo y me siento en uno de los banquitos.

Olea se sienta de culo en el colchón y empieza a peinar las crines arcoíris de un viejo Mi Pequeño Pony rosa, hay más alrededor. Recuerdo cómo olía ese pony cuando me lo regalaron, plástico suave y nuevo, la melena arcoíris estaba reluciente y suave. Ahora quedan pocas crines de nailon, el plástico se está descascarillando y el color está deteriorado, habría que tirar todos estos ponis, seguro que son tóxicos. A uno le falta una pata, yo diría que la ha roído un ratón.

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