Agente exterior
Capítulo 4
Harvath sabía que ocurriría. No quería, pero era inevitable. Dejó las bolsas en el sofá y se dirigió al balcón.
Lara Cordero estaba apoyada en la barandilla con una copa de champán en la mano. El ceñido vestido moldeaba su espectacular figura y una suave brisa agitaba sus largos cabellos castaños. Podría haber trabajado como modelo para la compañía de cruceros. Era preciosa.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó, sin dejar de contemplar el Danubio.
Harvath no le había contado lo que estaba haciendo, pero ella no era tonta. Lo habían bombardeado con llamadas y correos electrónicos desde la llegada de ambos a Europa. También llevaba un móvil que ella nunca le había visto. Lo conocía lo bastante bien como para adivinar su juego.
El otoño anterior, Harvath le había prometido unas vacaciones, justo antes de que un megalómano de las Naciones Unidas hubiera diseñado una devastadora pandemia a nivel mundial. Mientras esperaban a que se disipara la amenaza, Lara y él se habían refugiado en Alaska. Dadas las circunstancias, no era exactamente la escapada que habían soñado. Un crucero por el Danubio se le parecía más, al menos para Lara. Harvath tenía una motivación secreta, y por eso lo había sugerido.
El terrorismo islamista había estallado en Europa. Habían muerto ciudadanos americanos. El gobierno de EE. UU. había dejado muy claro qué esperaba de sus aliados europeos. Ya era hora de quitarse los guantes de seda. Estaban en guerra.
Los terroristas se ocultaban entre sus potenciales víctimas. Utilizaban la libertad y el espíritu abierto de Occidente para atacar objetivos fáciles como iglesias, cafés, restaurantes, bares, transportes públicos, atracciones turísticas, acontecimientos deportivos, conciertos, salas de cine y escuelas.
No eran soldados. Eran salvajes. Esperar clemencia de las mismas naciones a las que habían convertido en objetivo era el colmo de la demencia. Solo respetaban una cosa: la mano dura.
Abubakar al Shishani era el responsable de una serie de ataques terroristas en París en los que habían muerto numerosos estadounidenses. El hecho de que se moviera abiertamente por Viena demostraba lo poco que temía cualquier represalia. Claro que Harvath ya se había encargado de eso.
Debía ser un mensaje para sus compinches. Si mataban a americanos, los americanos los matarían a ellos. Daba igual dónde estuvieran, o cuánto tiempo tardaran. Harvath había tenido sumo gusto en ser el mensajero.
La oportunidad de entrar y salir de Viena en un crucero era demasiado buena para desaprovecharla. El crucero le proporcionaba la tapadera perfecta y la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro.
Su relación con Lara pasaba por un momento delicado. Necesitaban las vacaciones para averiguar cómo seguir adelante.
Si bien había tenido una vida muy corta, la pandemia había sido brutal. Daba la impresión de que todo el mundo conocía a algún afectado. Entre ellos estaba Lara. Dos de sus superiores habían sucumbido. Y por ese motivo, le habían ofrecido un increíble ascenso.
El Departamento de Policía de Boston quería ascenderla de inspectora de Homicidios a jefa de toda la unidad. Era una oportunidad fantástica, pero también implicaba que Lara tendría que quedarse en Boston.
Con la esperanza de que quisiera trasladarse, Harvath había recurrido a sus contactos en Washington. Todos se encontraban en situación parecida. Habían perdido a colaboradores excepcionales, pero querían promover los ascensos entre su propia gente. La oportunidad que se le ofrecía a Lara en Boston no iba a encontrarla en otro lugar.
Aunque le doliera admitirlo, sabía que Lara debía aceptar, que esa era la mejor decisión. Él respetaba su lealtad al departamento que siempre la había apoyado y a la ciudad que amaba.
Además, existían otros elementos determinantes. Los padres de Lara eran ya mayores y vivían en el apartamento justo debajo del suyo. Eran demasiado mayores para abandonar Boston y empezar de nuevo. Todos sus amigos estaban allí. Eran una familia muy unida. La idea de que el hijo de Lara creciera en Virginia sin sus abuelos viviendo justo debajo tampoco era aceptable. Si no podían mudarse todos juntos, ella no quería mudarse.
Harvath lo comprendía. La quería tanto como para desear lo mejor para ella: que aceptara el ascenso. También la quería tanto como para desear que su último viaje juntos fuera especial.
Que él se mudara a Boston era imposible. No podía hacer su trabajo a larga distancia. Ahora tenía un contrato con la CIA y el presidente exigía mucho contacto personal. Teniendo en cuenta la nueva política agresiva del país con respecto al terrorismo, Harvath tendría más trabajo que nunca.
No era una conclusión fácil de aceptar. Pasados diez años, o quizás apenas cinco, puede que cambiase de opinión. Pero ahora no. No en ese momento. Había demasiadas cosas en juego.
El mundo se estaba volviendo más peligroso. Algunos ridiculizaban el sueño americano. Harvath no era uno de ellos. Sabía que el sueño americano no podía sobrevivir sin personas dispuestas a protegerlo. Siempre había antepuesto su país a cualquier otra cosa. Lo había hecho como miembro de los SEAL, los comandos de la Marina, y había seguido haciéndolo en todos los puestos que había ocupado. Eso no iba a cambiar, por mucho que le afectara personalmente.
Justo después de los ataques de París, había mantenido una conversación con el presidente. Él había expresado su opinión de que en el mundo había lobos y había ovejas. Para proteger a las ovejas, la nación necesitaba perros pastores, y así era como él se veía a sí mismo.
El presidente había reflexionado un momento antes de darle a conocer su propia opinión. Sí, los EE. UU. necesitaban perros pastores, pero también cazadores de lobos. Así era como el mandatario consideraba que Harvath podía contribuir mejor a proteger las ovejas.
«No vamos a esperar a que los lobos vengan a atacarnos —le había dicho—. Iremos nosotros a por ellos, allí donde vivan, o coman, o duerman. Les daremos caza con una ferocidad como no han conocido igual. Si se atreven a mirar siquiera en nuestra dirección, los aniquilaremos.»
Era una de las declaraciones más convincentes que Harvath había oído en su vida. No la había hecho delante de las cámaras ni para obtener una ventaja política. Eran sus convicciones más profundas. Y no hicieron más que aumentar el respeto que Harvath sentía hacia él.
«Quitadnos las cadenas y dejadnos hacer nuestro trabajo.» Era una frase que repetían una y otra vez los espías y miembros de Operaciones Especiales. Ahora Harvath tenía esa oportunidad, y no pensaba dejarla escapar.
Sacó la botella de champán de la cubitera y se sirvió una copa.
—¿Podemos al menos disfrutar de Budapest mañana antes de tener que volver en avión a casa? —preguntó ella, todavía mirando hacia el río.
Él se acercó y la envolvió con sus brazos. Le besó el cuello por detrás, y estaba a punto de contestar cuando vibró su móvil.