Al final de la calle 118
1. La acera de la derecha
La calle que lleva al motel donde vivo es larga y ancha, y una acera no tiene nada que ver con la otra. Es como si una barrera invisible separara ambos lados. Por supuesto, siempre que quieras puedes cruzar al otro lado, pero eso no significa que la gente lo haga. Es como la valla que rodea un instituto: aunque muchos querrían y podrían saltarla, eso no significa que la salten de verdad. Porque saben que su lugar está dentro.
Cuanto más camino de la derecha recorro, más grietas me encuentro. Y más suciedad. Y menos casas. En la otra acera, sin embargo, la fila de chalets de color amarillo y naranja sigue hasta más allá del motel, hasta alcanzar la carretera del norte.
Aunque pueda sonar a mentira, me gusta mucho más la acera de la derecha que la de la izquierda. Es mucho más real. La vida es así, rota, con hierba seca entre los huecos que deja la piedra de los adoquines. Si conoces a alguien con una vida-chalet, probablemente todo se quede en esa fachada amarilla, tan igual a lo largo de toda la fila. Probablemente su sitio también esté en este lado, nuestro lado, pero no quieran aceptarlo.
Antes de llegar al motel, en la acera de la derecha, la calle está flanqueada por la verja de un orfanato. Es el que cubre la zona norte de la ciudad, adonde se sabe que llegan muchos niños todos los meses. A veces lloran tanto y tantos a la vez que puedo oír sus sollozos sincronizados desde mi habitación, y eso que no tiene ninguna ventana que pueda cerrar para acallarlos. Son gritos desgarradores. Cuando pasa me pregunto si habrá alguna niña especial ahí dentro, alguien que se parezca a mí y que llore más fuerte que todos los demás. También me pregunto si la habré visto alguna vez cuando he pasado por delante y todos los niños estaban jugando fuera, aunque me desespera pensar que he podido hacerlo y que no la he reconocido.
Normalmente me gusta pasar la mano por la verja de rombos metálicos mientras camino. El sonido que hacen los anillos de mis dedos contra los alambres es musical y, si lo cuento en mi cabeza, sigue cierto ritmo que puede llegar a ser agradable. Siempre logro encontrarlo, aunque cada vez es diferente, pero eso es lo que más me gusta. Sin embargo, ahora paro de hacerlo, porque, como todos los días, tengo que mirar. Siempre me obligo a hacerlo al menos una vez, porque sería una persona horrible si no me molestara en dedicarle unos segundos al día; busco un par de coletas desiguales que yo podría haber conocido, a esa niña que debería tener mi nariz, o mis ojos, o los de Raven…
Como de costumbre, no veo nada —porque no hay nada, ni siquiera suerte —, así que tengo que seguir andando para volver a casa.
Solo que, esta vez, sí que hay algo cuando me pongo a andar otra vez. No lo había visto porque mi mente había elegido omitirlo y concentrarse en buscar, como cada día; es curioso cómo nuestro cerebro es capaz de aislarnos hasta el punto de no dejarnos ver cosas tan obviamente claras. Porque, cuando vuelvo a andar, hay ahí otro sonido que esta vez no es mío. No rozo la verja con la yema de los dedos, pero, aun así, en alguna parte hay música. Y son notas. Notas de verdad, quiero decir, no solo en mi cabeza. Sol. Do. Re. La. No es metálico. Es una guitarra, y creo que viene de dentro.
Vuelvo a mirar hacia allí sin dejar de andar.
Ahí está. No tardo demasiado en localizarla. La guitarra. Obviamente, alguien la está tocando. Es un chico. Está al fondo, encorvado y sentado sobre un banco. A pesar de todos los niños que hay a su alrededor, parece estar muy solo.
El chico es larguirucho y grande, o eso es lo que parece desde aquí. Tiene los dedos ágiles, pero, a pesar de eso, se mueve como si no se sintiera seguro; vacila cuando hace amago de levantar la cabeza y al final nunca aparta la vista del movimiento de sus dedos sobre las cuerdas, como si de verdad temiera perderse o equivocarse. Está cantando y lo que oigo en la distancia es grave y fuerte, pero a la vez suave y agradable. Cuando han pasado unos segundos y creo haber escuchado lo suficiente, decido que me gusta su voz.
No parece que él esté muy de acuerdo en eso, sin embargo. Tiene el ceño levemente fruncido y los hombros tensos. Las gafas de pasta negra que lleva juegan a ser equilibristas sobre la punta de su nariz, y me pregunto por qué no puede, simplemente, hacer algún tipo de movimiento para subírselas. Siempre me ha puesto nerviosa la gente que mira el mundo por encima de la montura de sus gafas, como la señora que se encarga de la biblioteca del centro, aunque no sé exactamente por qué me molesta.
Cuando acaba la canción se queda un momento mirando la vibración de las cuerdas antes de subir la cabeza y sonreírles a los niños, un público realmente desagradecido. Sí, han estado tranquilos, pero no escuchándole. Gritan, saltan y ríen mientras se persiguen los unos a los otros, y el baile sigue para ellos aunque ya no haya música para acompañarlo.
Me sobresalto al darme cuenta de que he estado parada tarareando todo el rato, aunque ni siquiera sé cómo se llama la canción. He debido de oírla en la radio alguna vez, o en el centro comercial, o en alguna sesión de fotos. No era consciente de habérmela aprendido.
Me doy la vuelta y sigo mi camino justo después de que el chico se suba las gafas con un gesto despreocupado. Él no me ve. No reanudo el sonido de mis anillos, simplemente meto las manos en los bolsillos y ando más rápido, porque quiero llegar ya al motel. Solo unos treinta y cinco o cuarenta metros lo separan del orfanato.
Cuando subo las escaleras metálicas que llevan al segundo piso y entro en el apartamento 36, la sensación tan rara que se me había puesto en el estómago tras escuchar esa canción es sustituida por la colonia postsexo de Raven. Tengo que aguantar la respiración y pasar directamente a la cocina. Y aunque allí no es mejor, porque ella está fumando, al menos no es ese tufo a fruta, sudor y suciedad.
—Ah, hola —dice, tranquila—. No he oído la llave.
—Hola.
Vacío mi mochila en la mesa blanca donde comemos. El tablero está lleno de quemaduras y manchas marrones que no se pueden quitar. Caen las llaves, un libro, una camiseta sucia y un sobre. Justo antes de venir he pasado por el banco para sacar lo que me han pagado hoy.
Raven apaga el cigarrillo dentro de una lata de cerveza arrugada y se acerca a mí con curiosidad.
—¿Cuánto?
—Cincuenta pavos.
—La última sesión fueron más.
—Porque me pasé seis horas en ese estudio sin parar ni para mear, Raven. Por eso fueron más.
Mi hermana agarra el sobre antes de que yo pueda alcanzarlo y sale de la cocina contoneándose. Me dan ganas de gritarle que no hay nadie mirando, que no hace falta que haga eso, pero no quiero discutir. Necesita montar un espectáculo todo el tiempo. Además, suele estar de muy mal humor después de estar con un cliente, por eso me callo.
Se agacha junto a su cama y mete la mano debajo. Saca una caja de metal rosa que tiene un pequeño candado. Ahí es donde guardamos todo nuestro dinero. Está llena de polvo y tiene un par de pelusas enganchadas en las esquinas. Muchas veces pienso en qué pasaría si alguien entrara a robar, porque no sería nada difícil hacerlo. No sería difícil encontrar la caja bajo la cama y que alguien rompiera ese estúpido candado y nos robara todo lo que tenemos. De hecho, yo misma podría hacerlo si quisiera. Podría agarrar una piedra de fuera, acercarme, golpearlo hasta que se partiese… Y luego irme lejos de aquí con el dinero.
Pero Raven abre la caja y me quedo a medias preguntándome adónde iría.
A un lado, los billetes están sucios, algo rotos y arrugados. Al otro lado, el montón de mi dinero, es decir, el dinero que yo gano y que sale directamente del banco, descansa en pilas más o menos agrupadas por su valor. Mis billetes están limpios, en todos los sentidos posibles. En total no hay demasiado dinero, pero sí mucha diferencia entre ambos lados. «Es igual que la acera de la derecha y la de la izquierda», pienso. Es como si cada montón saliera de un mundo completamente distinto, o viniera de una cara diferente de la luna, y en parte, si lo piensas, es un poco así.
—Bueno, supongo que esta vez, cuando venga ese baboso del casero, podré pagarle en condiciones. No soporto tener que tocarlo cuando vamos un poco justas.
Doy la vuelta a su cama para ir hacia mi habitación.
—No necesitaba saber eso.
—C’est la vie, Valeria. No puedes ser tan tiquismiquis. Las cosas son como son, a ver si lo aprendes de una vez.
«C’est la vie, Valeria», dice siempre Raven. Raven, la que está hecha de piedra. La que es dura y fría como el hielo. La que tiene muchos problemas y muchas responsabilidades que siempre prefiere evitar. Es Raven, es casi una extraña.
Raven y yo apenas nos conocemos. Ya no.