Al final de la calle 118

Clara Cortés · Capítulo 6 de 39

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Al final de la calle 118

6. No es ropa de funeral

 

El director nos hace un gesto con la mano para que nos pongamos en fila a la entrada de la sala decorada. Es un hombre bajito, moreno y delgado, con gafas de pasta roja y una barbita de chivo que conjunta muy bien con su jersey de cuello alto a rayas y su boina roja. Parece sacado de una (mala) parodia de cualquier peli americana ambientada en París, solo le falta el periódico y la barra de pan debajo del brazo. Desde que lo he visto no dejo de pensar que por culpa de gente como él existen los estereotipos.

Se lo ve nervioso. Muy nervioso. O emocionado, no sé. Cuando habla, mueve mucho las manos, pero sin separar los brazos del cuerpo. Como si fuera un chihuahua en el cuerpo de un T-Rex o como si de verdad llevara una barra de pan invisible en plan termómetro.

—Bueno, a ver, chicas. El fotógrafo está esperando ahí dentro para sacaros las fotos con el decorado. Sois muchas, así que pasaréis de dos en dos. ¿Cuántas hemos contado? ¿Nueve? Oh, bueno, habrá un grupo de tres. ¡Vamos, no os salgáis de la fila! Vosotras dos, sois las primeras. —Agarra a dos chicas del brazo y las empuja—. Y vosotras, intentad no estropear la ropa.

Yo soy de las últimas. Me apoyo en la pared y me bajo un poco la falda para que mis muslos no rocen el muro frío. El hombre se lleva a las dos primeras chicas adentro y yo me pregunto por qué tengo que llevar esta ropa. Dudo mucho que alguien vaya a comprar algo de esto. Si soy sincera, ni siquiera pienso que a alguien que no sea el diseñador le guste una sola prenda.

«Tienes que creerte que te gusta, porque se trata de que convenzas a la gente de que pague por ello», me diría Lynda, como me dice siempre.

«Ya, pero no quiero engañar a nadie. Pudiendo ir a un mercadillo o a un sitio donde la ropa cueste la mitad, ¿por qué tendrían que comprar esto?», le contestaría yo.

«Porque lo vendes tú, y pareces feliz. Y pareces feliz porque te van a pagar setenta, y necesitas ese maldito dinero. ¿Lo entiendes?». Y con eso ella daría por finalizada la conversación.

Venderse por setenta pavos al día es una mierda.

Lynda no es exactamente mi agente. Al menos, yo no la llamaría así. Se encarga de mí y de mi trabajo desde hace tres años, cuando Raven me sacó del instituto y me dijo que ya era hora de que yo también hiciera algo, pero no hace nada más. No está volcada en ayudarme, no lo hace por gusto; lo hace porque le pagan. Ni siquiera le caigo bien.

Así la conocimos: provoqué a Raven y ella se comportó de forma impulsiva, como tanto hacía entonces. Tuvimos una pelea bastante tonta porque le pedí un móvil para poder hablar con las pocas amigas que tenía y ella me dijo que no tenía dinero para comprármelo. Le contesté que si tenía dinero para fumar y beber a diario tenía que tenerlo para un maldito teléfono, y ella me dijo que si tanto lo quería que lo consiguiera con mi propio trabajo, igual que ella se compraba el tabaco con lo que ganaba. No podía ganar dinero porque era menor, le contesté, y ella era la que se encargaba de mí y la que tenía que cubrir mis necesidades. «¿Necesidades? —me preguntó, riéndose—. Eres estúpida».

A la semana siguiente, uno de los últimos días del curso, me sacó de clase prácticamente a rastras, me metió en un taxi y cruzamos la ciudad para acabar frente a la agencia de modelos.

—Si te preguntan, di que tu sueño desde niña ha sido desfilar. Que piensas en los focos y la música y se te remueve algo por dentro. Que, cada vez que ves a una modelo en una revista, no puedes evitar… —Raven hablaba y hablaba, hablaba de cosas que yo tenía que decir, pero no sabía por qué o a quién tenía que decírselas.

No pillé de qué iba todo eso hasta que llegamos, vi el nombre escrito en un cartel gigante con la cara de una chica sonriente y, debajo, con letras en negro, leí: «La mejor agencia de modelos de la ciudad». Abrí mucho los ojos, ya consciente de lo que pretendía, y me giré hacia ella.

—Rachel, no quiero hacerlo.

—¿No querías un teléfono? Pues gánatelo.

—Rachel, de verdad, yo…

—Deja de lloriquear ya, Valeria.

Me metió en la agencia tirando de mí.

El taxista me miró con cara de pena desde el otro lado de la ventanilla.

Lynda fue la que salió a atendernos cuando mi hermana empezó a reclamar una entrevista para mí. Apareció en el pasillo con una sonrisa como la de la chica del cartel de la puerta y preguntó: «Rachel y Valeria Miles, ¿verdad? ¿Puedo ayudaros?». Raven se puso de pie y me agarró de la mano mientras sonreía y le decía que gracias por atendernos tan rápido. Como si no hubiera estado a punto de montar un numerito.

Le enseñó a Lynda un cuaderno con un montón de fotos mías. Eran fotos que yo no sabía que había sacado, pero que estaban ahí: yo haciendo los deberes en la mesa de la cocina, yo tumbada en mi cama y con los pies en la pared, leyendo, escuchando música con los ojos cerrados, girándome un momento antes de empezar a bajar las escaleras para irme del motel… Todas eran bastante bonitas, la verdad. En algunas podía parecer hasta que estaba posando, aunque no lo hiciera de verdad. «Tiene una naturalidad asombrosa», dijo Lynda.

Mi hermana sonrió.

—Sin embargo, me temo que no es un buen momento para buscar nuevas caras. —Lynda cerró el cuaderno de fotos y lo empujó por la mesa, de nuevo hacia Raven—. La situación económica general nos ha afectado incluso a nosotros, y me temo no poder contratar a Valeria próximamente, a pesar del gran talento que se ve que tiene… Una pena, la verdad. Lo siento.

La sonrisa de Raven se quebró.

—¿Una pena? ¿Que lo sientes? No, creo que no lo sientes. No aún. — Raven levantó el cuaderno y lo señaló—. Creo que lo que querías decir es que ahora mismo vas a ir a buscar a alguien que sepa apreciar mejor que tú el gran talento que se ve que tiene mi hermana.

La mujer se quedó sentada, mirando a Raven con los ojos abiertos y una ceja alzada. Ella le sonrió. Deseé por dentro que no la liara, pero, claro, mis catorce son los años más chungos de Raven. Por aquel entonces, hasta se emborrachaba muchos días.

—Toma, llévale esto de paso. —Empujó las fotos a lo largo de la mesa—. Date prisa, corre, vamos.

Pero Lynda seguía ahí, y su expresión amable había desaparecido. Tenía los labios apretados y las cejas fruncidas.

—Creo que es mejor que os vayáis. Lo siento, pero no estamos interesados en contratar a Valeria.

—No vamos a irnos. Quiero que otra persona vea las fotos de mi hermana ahora.

—Si no os vais ya, tendré que llamar a seguridad.

Y, obviamente… se lio.

Por supuesto que vinieron los de seguridad, y bastante rápido. Pero también vino más gente, ese tipo de gente que se aburre mucho y se pasa el día esperando a que ocurra algo para poder cotillear. Secretarias, becarios, personas que estaban esperando a que las atendieran… En cuestión de minutos, la salita donde nos habíamos entrevistado se llenó hasta los topes y no había forma de parar el follón que se había montado, fueras un segurata de dos metros diez o no. Mi hermana llamó a Lynda «vaca frígida» y creo que oí de la boca de la agente algo relacionado con el pelo de Raven, aunque no podía distinguir bien los gritos porque la gente me había empujado hasta un rincón de la habitación. Estaba luchando por intentar ver y, a la vez, que nadie me diera en la cabeza.

Al final incluso se presentó el director de la agencia. Nada más verlo, Raven saltó por encima de todo el mundo con las fotos en la mano y se las dio. Empezó a hablarle a toda velocidad sobre mí y mi supuesto talento. Pude verlo pestañear, confuso, desde la distancia.

Les pidió a las dos que lo acompañaran a su despacho, olvidándose de mí. Estuvieron reunidos un buen rato; cuando las oficinas volvieron a la normalidad, me deslicé por los pasillos hasta el despacho e intenté escuchar a través de la puerta. Se oían algunos gritos, pero no sabía qué decían.

Cuando se abrió la puerta, un buen rato después, Raven sonrió con malicia.

—Hala, ya tienes un móvil.

No le contesté, solo dejé que pasara de largo. Detrás de ella salía Lynda. Quería pedirle perdón por todo lo que había pasado, pero, antes de que pudiera abrir la boca, me lanzó una mirada fulminante y levantó mucho el labio superior, con asco.

—Aparta.

Y me aparté.

 

—Me da un poco de mal rollo, ¿a ti no? Está ahí, mirándonos… Es un poco escalofriante.

Levanto la cabeza. Las dos chicas que van delante de mí miran al fondo del pasillo. Giro la cabeza también. Hay un tío vestido con una chaqueta de deporte negra en la pared más alejada de nosotras. Está apoyado en el muro de hormigón, con una pierna cruzada sobre la otra y los brazos sobre el pecho. Tiene la capucha puesta y la cabeza gacha y, entre eso y la poca luz, no puedo verle la cara.

—¿Quién es? —pregunto.

—No lo sabemos, de eso precisamente estábamos hablando. No parece nadie del equipo. Simplemente ha entrado y… Yo qué sé, me he dado cuenta de que estaba ahí hace unos quince minutos.

Le echo otro vistazo al tío del fondo. No se mueve ni un ápice. Sin verlos, sé que sus ojos saltan entre nosotras.

Y sí, la verdad es que es un poco raro.

—Arg, yo así no puedo concentrarme. No con un pervertido mirándome —dice una de las chicas.

—Tía, no sabes si es un pervertido…

—Pues entonces explícame tú qué hace en una sesión fotográfica llena de chicas adolescentes, maja. O es eso, o no sé qué será…

No dejo de mirarlo hasta que alguien me agarra del brazo, me dice: «Niña, te estaba llamando. ¡Vamos, vamos, vamos, te toca!» y me empuja al estudio.

 

La sesión de fotos es, en una palabra, agotadora. De cuatro grupos, me toca en el tercero. La chica con la que me han emparejado y yo hemos tenido que cambiarnos al menos tres veces ya, y las maquilladoras tenían tanta prisa que me escuecen los ojos porque la mía se ha equivocado dos veces con la sombra y ha tenido que frotarme los párpados para solucionarlo y evitar que el director se pusiera más histérico aún. El fotógrafo era un poco especialito también, me ha llamado «amargada» tres veces y me ha dicho que si no era capaz de sonreír en condiciones, que me fuera.

Sin embargo, por más que lo intentaba, no podía concentrarme, porque el tío del pasillo estaba ahí, aunque no sabía exactamente dónde. Lo sentía. Es extraño decirlo así, pero es verdad. Me había parecido verlo antes al lado de una de las muchas personas que están detrás de la cámara… Y, por un momento, pensé que habían sido imaginaciones mías, pero no; después de que me quitaran una de esas luces de la cara para decirme algo, lo vi otra vez, al fondo del todo. Con esa capucha que la chica de antes había calificado como «de pervertido».

—¡Va-lé-rie! ¡Con-cén-tra-te! —me gritaba el director forzando mucho su «acento».

—Es Valeria, no Valérie —lo corregí con un tono cortante.

El hombre se quedó un poco descuadrado al oírme hablarle así. Pestañeó despacio, como si no comprendiera bien, y después se puso increíblemente serio.

—Levanta los brazos y salta lo más alto que puedas para la siguiente — dijo luego, seco y serio, sin tono chillón ni pronunciaciones extrañas de la letra erre—. Y haz como que te lo estás pasando bien, ¿quieres? Es una línea de ropa juvenil, no de ropa para funerales.

La verdad es que eso es algo que me dicen mucho en las sesiones de fotos.

 

—Muchas gracias a todas por venir. Vuestra colaboración ha sido magnífica, y estoy seguro de que el anuncio quedará estupendo gracias al esfuer…

Me dirijo al vestuario antes de que el tío acabe de hablar. Tengo que quitarme todo el maquillaje y dejar colgada la ropa rápido, porque tardo una media hora en volver a casa desde aquí y ya es un poco tarde.

Me desnudo y me pongo rápidamente mis mallas de yoga y mi camiseta de tirantes, las deportivas y la sudadera. Me cepillo el pelo para que se me vaya un poco la laca y me acerco al primer tocador que veo en busca de toallitas desmaquillantes. Es curioso, porque en mi vida he comprado de esas, pero siempre me las ingenio para pillárselas a alguien descuidado que haya dejado el neceser abierto y que no vaya a notar la ausencia de una de esas toallitas milagrosas, la única arma infalible contra el rímel acartona-pestañas…

Las chicas empiezan a volver mientras yo quito de mi cara todos los productos anaranjados que las maquilladoras me habían echado para que no se me viera tan pálida. Ellas se entretienen hablando al desvestirse, preguntándose y riendo como si se conocieran de toda la vida, aunque no es así, y pienso que bien podía ser yo una de ellas. Ahora mismo, si no hubiera elegido el espejo más cercano a la puerta de salida y si hubiera esperado a ir al vestuario con todas, tal vez a mí también me habrían preguntado, esperando iniciar una conversación. Antes la gente lo hacía, lo de hablar conmigo porque sí. Solía hacer amigos pronto, o bueno, más bien solía recopilar nombres en mi lista de conocidos rápidamente. Sin embargo, ahora… Ya se me ha olvidado cómo se hacía eso de socializar, desgraciadamente. Ya no me sale acercarme a nadie, me siento inútil, y si alguna vez lo consigo me cuesta demasiado ser agradable con la gente. El fotógrafo tenía razón: en el fondo, creo que estoy un poco amargada.

Intento no pensar más en eso y sigo limpiándome la cara, ahora pasando a mis ojos con una toallita nueva. Espero que a quien sea que se las estoy robando no le importe que le falten dos.

Cuando acabo, me echo un poco hacia atrás para mirarme mejor. Esta sí soy yo, o al menos un poco más. Me hago una coleta para apartarme el pelo de la frente y le sonrío un poco a mi reflejo. Quién diría ahora que mi cara va a salir en una revista y que cientos de chicas me utilizarán como modelo a seguir durante la próxima temporada.

Modelo de alguien, yo. Es ridículo.

Me despido vagamente de las otras antes de volver a atravesar los cutres pasillos de hormigón del estudio y empujar la puerta para salir. Justo cuando voy a llegar a la acera, alguien que va a entrar en el edificio choca conmigo. Me da en el hombro y se aparta rápidamente, y cuando levanto la vista se me forma un nudo en el estómago. Solo me da tiempo a verle los ojos antes de que se aparte rápidamente y gire la cara. Lleva la capucha negra. Es el tío de antes. Un escalofrío me recorre la espalda.

El encuentro no dura ni dos segundos. Después del choque y de ese leve titubeo, baja la cabeza y continúa su camino. Yo me quedo observando la puerta por donde ha desaparecido un poco más. ¿Quién es? ¿Por qué ha estado mirando la sesión?

El sonido de mi móvil me espabila.

—¿Sí?

—Estoy de camino, Valeria. No te muevas.

Es Lynda.

—Lynda, no voy a esperarte. Tengo que hacer cosas. Cosas muy importantes.

Es mentira, no tengo que hacer nada, solamente llegar a casa y tumbarme boca abajo en la cama tarareando canciones hasta caer inconsciente, pero ahora no me apetece verla. Bueno, en realidad nunca me apetece ver a Lynda, para qué engañarnos.

—Mira, niña —su voz siempre suena igual de irritada—, tengo que hablar contigo y tiene que ser cara a cara. Espérame en ese estudio, ¿vale? No seas tan estúpida.

Pongo los ojos en blanco.

—Siempre es un placer hablar contigo, Lynda…

—No me cuelgues, Valeria. Sé que vas a colgarme. No. Me. Cuelgues.

—Tengo cosas que hacer…

—¡Valeria! ¡Ni se te ocurra colg…! —Clic.

Si lo piensas, a veces es normal que se cabree tanto conmigo.