Al piano

Jean Echenoz · Capítulo 1 de 28

Páginas del PDF

Al piano

Capítulo I

Jean Echenoz

ePub r1.0

Titivillus 01.06.16

Título original: Au Piano

Jean Echenoz, 2003

Traducción: Javier Albiñana

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

I

1

Dos hombres aparecen al fondo del bulevar de Courcelles, provenientes de la calle de Rome.

Uno de ellos, de estatura ligeramente superior a la media, no habla. Bajo una amplia gabardina clara y abrochada hasta el cuello, lleva un traje negro con pajarita negra, y unos pequeños gemelos montados con cuarzo-ónice resaltan sus inmaculadas muñecas. Va muy bien vestido, pero su rostro lívido, sus ojos fijos en no se sabe qué denotan un temperamento inquieto, lleva el pelo blanco peinado hacia atrás. Tiene miedo. Morirá violentamente dentro de veintidós días pero, como no lo sabe, el miedo no le viene de ahí.

El hombre que le acompaña tiene un aspecto totalmente distinto: más joven, notoriamente menos alto, menudo, locuaz y demasiado sonriente, se toca con un sombrerillo de cuadros oscuros y beige, viste un pantalón descolorido a retazos, un jersey deforme sin nada debajo, y calza mocasines jaspeados de humedad.

Está bien tu sombrero, acaba observando el hombre bien vestido en el momento en que alcanzan la verja del parque Monceau. Son las primeras palabras que pronuncia desde hace una hora. Usted cree, se inquieta el otro. En cualquier caso es práctico, no cabe duda, pero estéticamente no sé muy bien qué pensar. No era mío, desde luego, a mí no se me hubiera ocurrido comprar algo así. No, no, dice el elegante, está bien. Se lo encontró mi hijastro en el tren, precisa el otro, se lo olvidaría alguien. Pero era pequeño para él, sabe usted, mi hijastro tiene una caja craneana muy voluminosa, además tiene un cociente intelectual sorprendente. En cambio es exactamente de mi talla, lo que no quita para que yo sea más tonto, bueno, tampoco más tonto que otros. Hombre, podríamos dar una vueltecilla por el parque.

A ambas partes de la rotonda donde montan guardia los vigilantes del parque, estaban abiertos los dos portales monumentales de hierro forjado y dorado. Los dos hombres los cruzaron, entraron en el parque y, por un momento, el más joven pareció dudar respecto a qué dirección tomar. Disimulaba su indecisión hablando sin cesar, como si no estuviera allí más que para distraer al otro, para procurar que se olvidase de su miedo. Y tal era en efecto su papel, pero, por más que se dedicara a ello a conciencia, no parecía acabar de lograrlo plenamente. Antes de llegar al parque, había abordado distintos temas de carácter político, cultural y sexual, pero sin que su monólogo suscitara la menor respuesta, sin que todo aquello se tradujera en conversación alguna. Apenas entraron en el parque, dirigió una recelosa mirada circular que abarcó desde los tuliperos de Virginia hasta los nispereros de Japón: cascada, rocallas, céspedes. El otro sólo parecía mirar al interior aterrorizado de sí mismo.

El otro, que se llamaba Max Delmarc, tenía unos cincuenta años. Pese a disfrutar de unos ingresos considerables, pese a ser famoso a ojos de más de un millón de personas y haberse sometido desde hacía veinte años a toda suerte de tratamientos psicológicos o químicos, estaba muerto de miedo y, cuando ese sentimiento le invadía hasta ese punto, de ordinario enmudecía por completo. Tengo sed, Bernie, dijo Max, creo que tengo un poco de sed, ¿y si nos pasáramos por tu casa? Bernie lo examinó muy serio. Creo que no sería muy acertado, señor Max, dijo, al señor Parisy no le haría mucha gracia. Acuérdese de la última vez. Venga, hombre, si vives a dos pasos, insistió Max, sólo una copita. No, dijo Bernie, no, pero si quiere puedo llamar al señor Parisy. Podemos preguntárselo. Bueno, se resignó Max, déjalo estar.

Pero, comoquiera que acababa de ver a la izquierda un quiosco donde vendían gofres, bebidas frescas y cuerdas de saltar a la comba, caminó con firmeza hacia dicho establecimiento. Bernie, que le había seguido, adelantado y precedido hasta la carta de bebidas colgada junto a la caja, consultó rápidamente aquella carta antes de que llegara Max. Correcto, no hay alcohol. ¿Quiere usted un café, señor Max? No, contestó Max decepcionado por la lectura de la carta, es igual. Echaron a andar. Pasaron ante un busto de Guy de Maupassant que se alzaba sobre la estatua de una muchacha; luego, tras cruzar un césped, ante una estatua de Ambroise Thomas acompañado de otra muchacha y, un poco más allá hacia el este, ante Édouard Pailleron dominando a otra muchacha de piedra que le contempla extasiada. Daba la impresión de que, en aquel parque, las estatuas de los grandes hombres temiesen la soledad, pues todos tenían a una joven a sus pies. Y ya en franca progresión, justo detrás de la cascada, no menos de tres compañeras —una de las cuales había perdido los dos brazos— había necesitado Charles Gounod. Pero Bernie prefirió evitar que pasaran delante del monumento conmemorativo de este compositor. Peor aún, tan pronto divisó a lo lejos, pegado al espacio de juegos reservado a los niños, el de Federico Chopin: hostia, se dijo Bernie, Chopin. Ése sí que no. Cambió apresuradamente de dirección, hizo dar media vuelta a Max y distrajo su atención alabando la variedad, la abundancia y la policromía de la vegetación, precisando la avanzada edad del arce blanco y el diámetro del plátano de Oriente. Pero observe usted qué belleza, señor Max, dijo entusiasmado. El mundo es hermoso. ¿No le parece hermoso el mundo? Sin aminorar el paso ni contestarle, Max fingió echar una ojeada al mundo y se encogió levemente de hombros. Está bien, dijo Bernie con aire contrito, pero reconozca al menos que está muy bien iluminado.

Después de que Bernie hubiera arrastrado a Max por todos los rincones del parque con excepción del sector Chopin, de que hubiera tratado de que contemplara el estanque oval, la pirámide y su piramidón, y que hubiera consultado discretamente el reloj, enfiló hacia una salida del parque tomando la avenida de la Comtesse-de-Ségur, en la que se hallaba sentado Alfred de Musset. Ningún problema con Musset, salvo que también le faltaba el brazo derecho a la joven que, inclinada sobre él, posaba la mano izquierda en el hombro izquierdo de Alfred.

Las siete y treinta y cinco minutos, final de primavera fluctuante, pero el sol seguía presente. Apenas empezaba a ponerse cuando los dos hombres se dirigieron por la avenida Van-Dyck hacia el oeste y abandonaron el parque. Desde su tentativa de tomarse una copa, Max no había vuelto a decir esta boca es mía, mientras Bernie, ejerciendo rigurosamente su función, no dejaba de hablarle al tiempo que le vigilaba. Max sólo se había alejado de él durante dos o tres minutos, discretamente, lo justo para vomitar de miedo tras un roble de Hungría. Pero como ya había vomitado dos veces aquella tarde, sólo expulsaba bilis tras una dolorosísima sucesión de espasmos. Al salir del parque, subieron por una calle paralela a la avenida Hoche y tomaron la primera a mano derecha, en cuya esquina había un bar. Max intentó de nuevo invitar a Bernie, a lo cual éste se negó silenciosamente. Unos metros más arriba, llegaron al número 252.

Entraron. Escaleras, pasillos, corredores, puertas que se abrían y cerraban hasta llegar a un amplio espacio oscuro atestado de cuerdas, poleas, grandes cajas abiertas y muebles movidos de sitio. Flotaba en el aire un rumor de oleaje o de multitud. Eran las ocho y media en punto. Max se acababa de quitar la gabardina y de pronto, cuando menos se lo esperaba, Bernie le empujó enérgicamente en la espalda, al otro lado de la cortina, y el oleaje se transformó de inmediato en tempestad. Y allí estaba el piano.

Allí estaba, el terrible Steinway, con su amplio teclado blanco dispuesto a devorarte, esa monstruosa dentadura, que va a triturarte con su marfil y su esmalte, te espera para despedazarte. Max estuvo a punto de tropezar debido al empujón de Bernie, pero recobró justo a tiempo el equilibrio y, sumergido en la tromba de aplausos de la sala abarrotada que se había puesto en pie para recibirle, se dirigió titubeante y sofocado hacia los cincuenta y dos dientes. Se sentó delante del piano, el director blandió la batuta, de inmediato se hizo el silencio y venga, vuelta otra vez, no puedo más. Esto no es vida. Bueno, tampoco exageremos. Hubiera podido nacer y acabar en Manila, vendiendo cigarrillos a granel, o de limpiabotas en Bogotá, o de lavaplatos en Decazeville. Ya puestos, vamos allá, primer movimiento, maestoso, del Concierto n.º 2 en fa menor, op. 21, de Federico Chopin.