Al piano
Capítulo 22
Los días siguientes no fueron tan buenos. Las horas se le hacían cada vez más largas y cada vez le preocupaba más el asunto del dinero. Porque, aunque no lo parezca, pese a su estancia en el Centro y al trágico acontecimiento que precedió a ésta, su situación particular, en modo alguno inmaterial, no le impedía experimentar las sensaciones y necesidades clásicas del organismo. El hambre, el calor, la sed incluso sin pisco, el deseo de un confort elemental, todo ello plantea problemas que sólo resuelve el dinero. El más humilde tren de vida requiere un presupuesto. Y Max veía esfumarse sus fondos a ojos vistas, inexorablemente.
A ello vino a sumarse una sensación de aislamiento. Si bien, durante los primeros días, el descubrimiento de Iquitos había bastado para mantenerlo ocupado sin necesidad de hablar con nadie, Max empezaba a estar un poco harto del turismo, no aguantaba ya la soledad en aquel lugar perdido. No había modo de echar una parrafada con nadie en la Plaza de Armas, ni con las chicas guapas ni con los pescadores de ratas. Y si alguna vez logró, en su incipiente y escaso español, entablar una breve conversación con autóctonos, fundamentalmente con los ya provectos camareros del Regal, fue para recibir pesimistas y resignadas informaciones sobre la ciudad: índice de suicidios explosivo, omnipresencia de las sectas, masivo consumo de drogas, prácticas de magia negra y me quedo corto. Todo ello, que ya era desalentador de por sí, no incitaba especialmente a integrarse. Tuvo ataques de depresión y tuvo días de aburrimiento, ese aburrimiento que engendra la amalgama entre la soledad y la precariedad de medios. A veces no tenía ganas de salir a pasear por Iquitos, para qué, incluso una vez se quedó todo el día en casa, pasando sin cesar de una a otra habitación, fiera enjaulada que sólo se detenía de vez en cuando a contemplar, a través de las rejas, el río de inmutables colores.
Ese día, siquiera por entretenerse, se le ocurrió escribir a su hermana, con lo que infringía las estrictas consignas que le había dado Béliard. Se pasó más de una hora redactando la carta, en la que lo explicaba todo, lo contaba todo, se quejaba de todo, no dudando incluso, al final, en pedirle a Alice que le mandara algo de dinero. Pero una vez hubo firmado, releído, doblado e introducido la carta en un sobre cuya banda engomada lamió, sobrevino una serie de adversidades. En primer lugar Max se cortó el labio superior con la solapa del sobre —herida que, con ser muy fina y benigna, resultó desproporcionadamente dolorosa—, en segundo lugar el sabor a cola de pescado rancio que se propagó por su boca era espantoso, en tercer lugar Max cobró conciencia de los peligros a que se exponía ante Béliard —si éste hacía averiguaciones— al dejar en su carta un poco de saliva comprometedora, pues no era probable que los científicos del Centro hubieran llegado al extremo de modificar su código genético. Al final, tras meditar sobre la tremenda impresión que podía llevarse Alice al recibirla, Max abrió el sobre, leyó por última vez su carta y luego la rompió y la quemó.
En el Tropical Paradise Lodge de la avenida Putumayo, por donde había pasado para llevarse unos prospectos que le proporcionaron un rato de lectura, seguro que le ofrecerían dar un paseo en piragua para entretenerse un rato. Sería un nuevo gasto pero, de perdidos al río, una excursión de media jornada todavía podía permitírsela. En ciertos aspectos, las masas oscuras de la selva amazónica evocaban a ratos ciertas zonas del parque que visitara con Béliard. Las vías fluviales, infestadas de mosquitos, estaban flanqueadas de árboles que crecían según una extraña lógica, como si sufrieran un trastorno hereditario, lo que contribuía no poco a crear un malestar. Se cruzaban con otras piraguas de remos ocupadas por indígenas silenciosos que transportaban cajas, sacos, bidones y jaulas con pollos. Divisaron perros, en una ocasión una iguana, o más exactamente una voluminosa hembra de iguana preñada apoltronada sobre una rama saliente y a la que el piragüista intentó capturar para robarle el huevo —no hay nada tan rico, aseguró el hombre, como el huevo de iguana pasado por agua y poco hecho.
El día fijado, Max tomó un nuevo mototaxi para trasladarse al aeropuerto. Jaime seguía allí, siempre bien abrigado a pesar del bochorno, sentado en esta ocasión ante un chocolate caliente. Entregó a Max una bolsita de algodón bordado —artesanía local hecha a mano, precisó, regalo— que contenía una copia perfecta de un pasaporte francés a nombre de Salvador Paul, André, Marie, nacionalidad francesa, nacido el mismo día que Max, con la foto de Max debajo, acompañado de cero niños en la página 4 y de auténticos sellos franceses en la página 5. En la página 7, en el primer hueco reservado para los visados, figuraba incluso un tampón de entrada en la capital del país, unas semanas atrás, en el aeropuerto internacional Jorge Chávez. Todo ello parecía perfecto.
Mientras Max examinaba aquel objeto, Jaime sacó del bolsillo un papel doblado en el que aparecía escrita una larga cifra. Esa cifra era una cantidad —importe de la factura del pasaporte— que correspondía exactamente, con una diferencia de unos centavos de sol, al dinero que llevaba Max en el fondo de los bolsillos de su pantalón nuevo: a todas luces le habían vigilado de cerca, habían controlado hasta el último de sus gastos, habían calculado cuidadosamente lo que le quedaba, y de ese modo Max se quedaba totalmente sin blanca. Como debía de notársele un poco en la cara — ¿Qué pasa?, dijo Jaime, ¿algo va mal?—, Max no tuvo tiempo de contestar cuando ya el otro, sonriendo como si no estuviera esperando otra cosa, le hizo una propuesta tan clásica y tan carente de imaginación que incluso molesta relatarla. Se trataba, como es usual en esa clase de enjuagues, de transportar determinada cosa al extranjero — Francia, en este caso— a cambio de cierta remuneración. Situación tan convencional que huelga precisar la naturaleza de esa cosa, metida en un maletín de piel de lagarto con cierre de metal dorado oxidado que Jaime, inclinándose, sacó de debajo de la mesa y puso encima.
Ya ve, sólo tiene usted que llevar esto, dijo señalando el maletín, no es nada. Un trabajo discreto, fácil y bien pagado. Y no en moneda local, tranquilo, se le pagará en dólares contantes y sonantes. Bien, dijo Max, de acuerdo, pero, entonces, ¿cuándo tendría que salir? Enseguida, contestó Jaime, el avión despega dentro de cuarenta y cinco minutos. ¿Y mis cosas?, se inquietó Max. No hay problema, dijo Jaime inclinándose de nuevo, aquí las tiene, han pasado a recogerlas nada más salir usted. Se las alargó, cuidadosamente dobladas en la bolsa, y éstos son sus billetes de avión y su dinero. Max tardó poco en contar ese dinero: dólares, sí, pero muy pocos, apenas lo justo para pasar dos o tres días en Iquitos, o sea dos o tres horas en Francia, pero ¿qué otra cosa podía hacer ya? Bueno, dijo Max, de acuerdo.