Alejandro III - Juegos funerarios

Mary Renault · Capítulo 2 de 13

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Alejandro III - Juegos funerarios

Aquiles,

heredaba la sangre del héroe a través de ella. Cuando empezó la escuela él había acudido ávidamente a La Ilíada, coloreándola con el Aquiles de los cuentos. Tomando La Odisea, se encontró con la visita de Ulises a la tierra de las sombras. («Fue en mi patria, en Epiro, donde habló con ellas.») Lenta y solemnemente, mirando el cielo rojo del poniente, había dicho las palabras.

Aquiles,

ningún hombre ha sido más afortunado que

tú,

y ninguno lo será. Cuando vivías, los

argivos te honrábamos

como a un dios, y ahora en este lugar

tienes gran autoridad

sobre los muertos. No llores, ni

siquiera en la muerte, Aquiles.

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Así hablé, y él a su vez me respondió:

Oh, brillante Odiseo, jamás trates de

consolarme por mi muerte.

Preferiría ser esclavo de otro hombre,

sin tierras y con pocas pertenencias,

a ser rey en la tierra de los muertos.

Como nunca lloraba cuando se lastimaba, nunca tuvo vergüenza de las lágrimas. Ella le vio destellar los ojos, fijos en las nubes relucientes, y supo que su pena era inocente; sólo por Aquiles, privado de esperanzas y expectativas, mera sombra de su pasado glorioso, gobernando sombras de hombres pasados. Ni siquiera entonces había él creído en su propia mortalidad.

–Pero, al fin y al cabo, Odiseo lo consoló por su muerte -dijo él, como tratando de tranquilizarla-. Lo dice aquí:

Así hablé, y el alma del aqueo de

pies ligeros

se alejó deprisa por el prado de

asfódelos,

feliz de saber que su hijo era

famoso.

–Sí -había dicho ella-. Y después de la guerra su hijo vino a Epiro, y ambos descendemos de él.

Alejandro había reflexionado.

–¿Sería feliz Aquiles si yo también fuera famoso? – dijo luego.

Ella se había inclinado para acariciarle la cabeza.

–Claro que sí. Se pasearía cantando entre los asfódelos.

Se apartó de la columna. Se sintió débil y enferma; entró en su habitación y se acostó para llorar. Quedó demasiado debilitada para levantarse. Por fin se durmió. Al amanecer, despertó recordando su enorme pesar, pero había recobrado las fuerzas. Se bañó, se vistió, se pintó la cara y fue hasta su escritorio. «Pérdicas regente de los reinos asiáticos, prosperidad…»

En la terraza, a poca distancia de Pela, Cinane y Eurídice estaban practicando con la jabalina.

Cinane, como Cleopatra, era una de las hijas de Filipo, pero de un matrimonio posterior. Su madre había sido una princesa iliria y una guerrera notable, según lo permitían las costumbres de su raza. Después de una guerra contra su formidable padre, Bardelis, Filipo había sellado el tratado de paz con una boda, como lo había hecho varias veces antes. No había elegido a la princesa Audata porque le despertara interés; era bonita, pero a él le costaba recordar de qué sexo era la persona con quien se acostaba. Le había prestado suficiente atención para engendrarle una hija, le había dado una casa y las había mantenido, pero rara vez las visitó hasta que Cinane estuvo en edad de casarse. Entonces la había entregado en matrimonio a su sobrino Amintas, hijo de su hermano mayor, el mismo a quien los macedonios habían pasado por alto cuando niño para hacer rey a Filipo.

Amintas, obediente a la voluntad popular expresada en la asamblea, había vivido apaciblemente durante el reinado de Filipo. Sólo había cedido a la tentación cuando los conspiradores tramaban el asesinato del rey y, cuando el acto fue consumado, convino en aceptar el trono. Más tarde, Alejandro lo había hecho juzgar por traición y la asamblea lo había condenado.

Cinane, su esposa, se había marchado de la capital a su finca campestre.

Allí había vivido desde entonces, entrenando a su hija en las artes marciales que le había enseñado su madre iliria. Sentía una inclinación natural por ellas y presentía que algún día le serían útiles. Jamás había perdonado la muerte de Amintas. Su hija Eurídice, hija única de una hija única, sabía desde que tenía memoria que debía haber sido un varón.

El centro del edificio era una derruida fortaleza construida durante las guerras civiles; más tarde se le había añadido la casa con techo de bálago.

Madre e hija estaban en la terraza del fuerte, apuntándole a un monigote de paja apoyado en una estaca.

Un extraño las habría tomado por hermanas; Cinane tenía sólo treinta años y Eurídice quince. Ambas heredaban las características ilirias, altas, lozanas, atléticas. Con las túnicas cortas de hombre que usaban para los ejercicios, el pelo castaño y recogido, parecían muchachas de Esparta, una tierra de la que no sabían casi nada.

Eurídice tenía una astilla de la jabalina en la palma. Se la arrancó, y llamó en tracio al muchacho tatuado que les traía las lanzas desde el blanco, y que debía haberse encargado de que estuvieran bien lisas. Mientras él trabajaba ambas se sentaron en un bloque de piedra, se estiraron y aspiraron el aire de la montaña.

–Odio las llanuras -dijo Eurídice-. Eso me molesta más que nada.

Su madre no la oyó. Estaba mirando hacia el camino de montaña que serpeaba entre las chozas de la aldea hasta la puerta de la casa.

–Llega un mensajero. Baja a cambiarte.

Bajaron por la escalera de madera y se pusieron ropas más apropiadas. La llegada de un mensajero era un acontecimiento singular. Eran personas que transmitían lo que veían.

La actitud reservada del mensajero casi incita a Cinane a preguntarle a qué venía antes de romper el sello. Pero sería poco digno; lo mandó a recibir su comida antes de leer la carta de Antípatro.

–¿Quién ha muerto? – preguntó Eurídice-. ¿Arrideo? – Estaba ansiosa.

–No -dijo su madre, alzando la cabeza-. Es Alejandro.

–¡Alejandro! – dijo Eurídice, más defraudada que apenada. Luego la cara se le iluminó-. Si el rey ha muerto, no tendré que casarme con Arrideo.

–¡Cállate! – dijo la madre-. Déjame leer. – Le había cambiado la cara.

Irradiaba aplomo, decisión, triunfo.

–¿No tendré que casarme con él, verdad, madre? – dijo ansiosamente la muchacha.

Cinane la miró con ojos centelleantes.

–Sí. Ahora tendrás que casarte. Los macedonios lo han hecho rey.

–¿Rey? ¿Cómo? ¿Está mejor? ¿Ha recobrado el seso?

–Es el hermano de Alejandro, eso es todo. Tiene que mantener el trono caliente para el hijo que Alejandro engendró en la bárbara. Si es varón…

–¿Y Antípatro dice que debo casarme con él?

–No, no lo dice. Dice que Alejandro había cambiado de opinión. Tal vez mienta, tal vez no. No importa.

Eurídice frunció las cejas.

–Pero si es cierto, podría significar que Arrideo está peor.

–No, Alejandro lo habría hecho saber. El hombre está mintiendo, lo sé.

Debemos esperar noticias de Pérdicas.

–Oh, madre, no vayamos. No quiero casarme con el idiota.

–No lo llames idiota, es el rey Filipo. Le han puesto el nombre de tu abuelo… ¿No te das cuenta? Es obra de los dioses. Se proponen enmendar el mal que se hizo con tu padre.

Eurídice desvió la mirada. Apenas tenía dos años cuando habían ejecutado a Amintas y no lo recordaba. No había representado más que un peso para ella durante toda su vida.

–¿Eurídice? – La voz autoritaria la obligó a prestar atención. Cinane se había propuesto ser padre además de madre. Y lo había conseguido.

Escúchame. Estás destinada a grandes cosas, no a envejecer en una aldea como una labriega. Cuando Alejandro te ofreció la mano de su hermano para conciliar a nuestras dos familias, supe que era el destino. Eres una macedonia auténtica y heredas sangre real por ambas partes. Tu padre debió

ser rey. Si fueras hombre, te habrían elegido a ti en la asamblea.

La muchacha escuchó con creciente serenidad. Había perdido la expresión huraña y la ambición empezaba a brillarle en los ojos.

–Aunque me cueste la vida -dijo Cinane-, serás reina.

Peucestes, sátrapa de Persia, se había retirado de la sala de audiencias a sus aposentos privados. Estaban decorados según el estilo de la provincia, excepto por la panoplia macedonia. Se había cambiado la bata formal por pantalones holgados y pantuflas bordadas. Hombre rubio y alto, de facciones delicadas, se había rizado el pelo al estilo persa; pero a la muerte de Alejandro, de acuerdo con la costumbre persa, se lo había rapado en vez de dejarlo más corto como hubiera hecho en Macedonia. Con la cabeza al descubierto aún tenía frío y para calentarse usaba la gorra oficial, la kirbasia con forma de yelmo. Esto le daba un aire de involuntaria imponencia; el hombre al que había llamado se le acercó con la mirada gacha y se dispuso a postrarse ante él.

Peucestes lo miró sobresaltado, sin reconocerlo. Luego extendió la mano.

–No, Bagoas. Levántate, siéntate.

Bagoas se levantó y obedeció, respondiendo con una mueca a la sonrisa de Peucestes. Los ojos de párpados oscuros parecían enormes. La cabeza completamente rapada resaltaba la elegancia del cráneo. Sin duda volvía a afeitarse cada vez que empezaba a crecerle el pelo. Parecía una máscara de marfil. «Sí, debía hacerse algo por él, pensó Peucestes.»

–¿Sabes que Alejandro murió sin dejar testamento? – dijo.

El joven eunuco asintió con un gesto.

–Sí -dijo al cabo de una pausa-. No quería rendirse.

–Es cierto. Y cuando comprendió que el destino común lo había alcanzado, había perdido la voz. De lo contrario no habría olvidado a sus servidores leales… Tú sabes, yo velé por él en el altar de Sarapis. Fue una larga noche, y un hombre tenía tiempo para pensar.

–Sí -dijo Bagoas-. Fue una larga noche.

–Una vez me dijo que tu padre tenía una finca cerca de Susa, pero fue injustamente despojado y muerto cuando tú eras joven. – No hacía falta añadir que el niño había sido castrado, esclavizado y vendido para complacer a Darío-. Si Alejandro hubiera podido hablar, creo que te habría devuelto las tierras de tu padre. De modo que se las compraré al hombre que las tiene y te las daré.

–La generosidad de mi señor es como lluvia en un cauce seco -dijo Bagoas con un hermoso gesto, distraído y nada afectado; había sido cortesano desde los trece años-. Pero mis padres han muerto y mis hermanas también, si tuvieron la suerte de escapar a su destino de esclavas. Yo no tenía ningún hermano… y no tendré hijos. Nuestra casa fue arrasada por el fuego. ¿Para quién la reconstruiré?

Ha hecho de su belleza una ofrenda funeraria, pensó Peucestes. Ahora espera tranquilo la muerte.

–Sin embargo, podría complacer a la sombra de tu padre ver que su hijo restaura su nombre con honor en su tierra ancestral.

Los ojos huecos de Bagoas parecieron pensar en algo infinitamente lejano.

–Si mi señor, en su magnanimidad, me diera un poco de tiempo…

«Sólo quiere desembarazarse de mí, pensó Peucestes. Bien, no puedo hacer más.»

Esa noche Tolomeo, que estaba por partir hacia la satrapía de Egipto, fue su huésped para cenar. Como parecía que jamás volverían a encontrarse,

charlaron con nostalgia. Pronto hablaron de Bagoas.

–Sabía hacer reír a Alejandro -dijo Tolomeo-. Los he oído a menudo.

–Ahora no pensarías lo mismo. – Peucestes le refirió la entrevista de esa mañana.

Se pusieron a hablar de otras cosas; pero Tolomeo, que tenía una mente alerta, se marchó temprano alegando que al día siguiente tendría mucho que hacer.

La casa de Bagoas estaba en el paraíso a poca distancia del palacio. Era pequeña pero elegante; con frecuencia Alejandro había pasado veladas allí.

Tolomeo recordaba las antorchas junto a la puerta, el sonido de las arpas, las flautas y la risa, y, a veces, el dulce cantar del eunuco.

A primera vista todo estaba oscuro. Acercándose, vio una lámpara tenue amarilleando una ventana. Un perro ladró; al cabo de un rato, un sirviente somnoliento atisbó por la reja y dijo que el amo se había acostado.

Concluidas estas formalidades, Tolomeo se acercó a la ventana.

–Bagoas -dijo en voz baja-, soy Tolomeo. Me voy para siempre. ¿No me dirás adiós?

Hubo sólo un corto silencio.

–Dejad entrar a Tolomeo -dijo la voz aflautada-. Encended las lámparas.

Traed vino.

Tolomeo entró, rechazando con amabilidad los agasajos, mientras Bagoas insistía cortésmente. Trajeron una vela y su luz brilló sobre la cabeza de marfil. Vestía la ropa formal que había usado para visitar a Peucestes. Daba la impresión de que se la había dejado para dormir; se estaba abotonando la chaqueta. En la mesa había una tablilla cubierta de marcas; lo que estaba borrado parecía el intento de dibujar una cara. Bagoas lo empujó a un lado

para hacerle lugar a la bandeja de vino y agradeció a Tolomeo que le honrara con su visita. Lo escrutaba desde sus ojos hundidos y profundos, mientras el esclavo encendía las lámparas, como un búho sorprendido por la luz del día. Parecía un poco desencajado. «¿Habré llegado demasiado tarde?», pensó Tolomeo.

–Lo has llorado de veras -dijo-. Yo también. Él era un buen hermano.

Bagoas no movió la cara, pero las lágrimas le brotaron de los ojos, en silencio, como sangre de una herida abierta. Se las enjugó distraídamente, como apartándose un mechón de pelo por costumbre, y trató de verter el vino.

–Le debíamos lágrimas -dijo Tolomeo-. Él habría llorado por nosotros. –

Hizo una pausa-. Pero, si los muertos se interesan por lo que les preocupó en vida, tal vez necesite más que eso de sus amigos.

La máscara de marfil bajo la lámpara se convirtió en una cara cuyos ojos disimulaban la desesperación, con el viejo hábito de la dulce ironía y se clavaron en Tolomeo.

–¿Sí? – dijo.

–Ambos sabemos lo que él valoraba más. Mientras viviera, el honor y el amor. Y después, una fama imperecedera.

–Sí -dijo Bagoas-. ¿Entonces…?

Su nuevo estado de atención iba acompañado por un profundo y fatigado escepticismo. «Por qué no, pensó Tolomeo; tres años entre las intrigas laberínticas de la corte de Darío antes de cumplir los dieciséis. Y

últimamente… ¿Por qué no?»

–¿Qué has visto desde que él murió? ¿Cuánto tiempo estuviste aquí encerrado?

Alzando los grandes y oscuros ojos desilusionados, Bagoas dijo en voz baja:

–Desde el día de los elefantes.

Por un momento Tolomeo calló; el fantasma, acuciante, había vuelto a tomar forma.

–Sí -dijo al cabo-, eso le habría repugnado. Lo dijo Nearco, y también yo.

Pero no pudimos evitarlo.

–El anillo habría ido a Crátero, si él hubiera estado allí -dijo Bagoas, respondiendo a la pregunta tácita.

Hubo una pausa. Tolomeo reflexionó su próximo movimiento. Bagoas parecía un hombre que acaba de despertar y ordena sus pensamientos. De pronto alzó los ojos vivazmente.

–¿Alguien ha ido a Susa?

–Las malas noticias viajan deprisa.

–¿Noticias? – dijo Bagoas sin ocultar su impaciencia-. Lo que necesitarán es protección.

De pronto Tolomeo recordó algo que había dicho Artacama, su esposa persa, una dama de sangre real cedida por Alejandro.

La dejaría con su familia hasta que los asuntos de Egipto estuvieran en orden. Le había incomodado el harén, con su femineidad cerrada y sofocante, después de las liberales hetairas griegas. Quería que su heredero fuera un macedonio puro, y había pedido la mano de una de las muchas hijas de Antípatro. Pero habían corrido ciertos rumores. Bagoas lo atravesaba con los ojos.

–He oído un rumor, sin duda infundado, sobre una dama persa que vino de

Susa al harén de aquí. Cayó enferma y murió… Pero… -Bagoas respiró entrecortadamente-. Si Estatira ha venido a Babilonia -dijo en voz baja, muy preocupado- sin duda enfermó y murió. Cuando la bactriana me conoció, yo habría muerto de la misma enfermedad, si no le hubiera dado ciertos confites a un perro.

Una aterradora convicción hizo presa de Tolomeo. Había estado con Alejandro en esa última visita a Susa y una vez había sido invitado a cenar con Sisigambis y la familia. La piedad y la repulsión reñían con la idea de que si esto había ocurrido, y Pérdicas lo había condenado, su propio plan se justificaba.

–La fama de Alejandro -dijo- no ha sido honrada desde que los dioses lo recibieron. Los hombres que no pueden alcanzar su grandeza de alma al menos debieran tratar de respetarla.

Bagoas le miró pensativo. Se concentró en una calma sombría, como si se encontrara en el umbral de una puerta por donde estuviera a punto de salir y no supiera si valía la pena regresar.

–¿Por qué has venido? – dijo.

«Los muertos no son respetuosos, reflexionó Tolomeo. Bien, eso ahorra tiempo.»

–Te diré por qué. Me preocupa el destino de los restos mortales de Alejandro.

Bagoas se movió apenas, pero todo su cuerpo pareció alterarse, perdiendo su letargo, anudándose y tensándose.

–¡Lo han jurado! – dijo-. Juraron por la Estigia.

–¿Jurado? Oh, eso ha terminado. No estoy hablando de Babilonia.

Alzó la vista. Su interlocutor había cruzado el umbral; acababa de trasponer

la puerta de la vida y escuchaba rígidamente.

–Le están preparando una carroza de oro; él no merece menos. Los artesanos tardarán un año en terminarla. Luego, Pérdicas lo hará enviar a Macedonia.

–¡A Macedonia! – La expresión de sorpresa asombró a Tolomeo, que daba por sentadas las costumbres de su patria. Bien, tanto mejor.

–Esa es la costumbre. ¿Él no te contó cómo enterró a su padre?

–Sí. Pero fue aquí donde ellos…

–¿Meleagro? Un rufián y un imbécil… y el rufián ha muerto. Pero en Macedonia es diferente. El regente tiene casi ochenta años; tal vez haya muerto antes de que llegue el carruaje. Y el heredero es Casandro, a quien conoces.

Bagoas apretó un puño.

–¿Por qué lo dejó vivir Alejandro? Si tan sólo me hubiera dado permiso.

Nadie se habría pasado de listo.

«No lo dudo», pensó Tolomeo.

–Bien, en Macedonia el rey es sepultado por su heredero legítimo; eso confirma la sucesión. De modo que Casandro estará esperando. Y también Pérdicas; él la reclamará en nombre del hijo de Roxana… o para sí mismo, si no hay hijo varón. También está Olimpia, que tampoco se da por vencida fácilmente. Será una guerra cruenta. Tarde o temprano, quien tenga el ataúd y la carroza necesitará el oro.

Tolomeo lo miró por un instante y desvió los ojos. Había venido recordando al favorito elegante y epiceno; devoto, por cierto, eso no lo había dudado, pero aun así frívolo, juguete de dos reyes. No había previsto este pesar profundo y privado con esa austeridad sacerdotal. ¿Qué recuerdos alentaban

detrás de esos ojos velados?

–¿Por eso has venido, entonces? – dijo Bagoas, inexpresivamente.

–Sí. Yo puedo evitarlo, si cuento con alguien de confianza.

–Nunca pensé que se lo fueran a llevar -dijo Bagoas, casi para sí mismo. Su cara cambió, y se volvió cautelosa-. ¿Que te propones?

–Si tengo noticias de la partida de la carroza, marcharé desde Egipto para salirle al encuentro. Luego, si puedo dominar a la escolta, y creo que podré, lo llevaré a su propia ciudad… y lo sepultaré en Alejandría.

Tolomeo esperó. Notó que Bagoas lo tanteaba. Al menos entre ellos no existían viejos rencores. Si bien no le había agradado que Alejandro se prendara de un persa y se acostara con él, nunca se había insolentado con el joven, aunque se había mantenido distante. Más tarde, cuando estuvo claro que el muchacho no era venal ni ambicioso, simplemente una concubina discreta y de buenos modales, sus encuentros casuales habían sido afables y cordiales. Sin embargo, nadie conservaba la candidez después de acostarse con dos reyes. En ese momento era evidente que estaba midiendo la situación.

–Estás pensando que ganaré yo, ¿verdad? Saldré con ventaja, desde luego.

Incluso tal vez llegue a rey. Pero, y esto lo juro ante los dioses, jamás a rey de Macedonia y Asia. Ningún hombre vivo puede usar el manto de Alejandro, y los que se aferren a él se destruirán a sí mismos. Puedo tener Egipto, y gobernarlo como él quería. Tú no estabas allí, fue antes que lo conocieras, pero él estaba orgulloso de Alejandría.

–Sí -dijo Bagoas-. Lo sé.

–Yo estaba con él -dijo Tolomeo- cuando consultó el oráculo de Amón de Siwa en el desierto, para saber su destino.

Empezó a hablarle de ello. Casi inmediatamente la tensión mundana de la

cara de su interlocutor se disipó; vio la ingenua fascinación de un niño que escucha. «Cuán a menudo, pensó, debió escuchar con esa expresión al mismo Alejandro. La memoria del joven debía ser como un rollo de pergamino. Pero oír la historia de otra persona le daría algún nuevo y precioso detalle, un nuevo punto de vista.»

Se esforzó, pues, por describir la marcha por el desierto, la bienvenida lluvia, los cuervos que los guiaban, las serpientes amenazantes, las misteriosas voces de la arena; el gran oasis con sus lagunas y pantanos y gentes de túnicas blancas; la acrópolis rocosa donde estaba el templo, con el famoso patio donde el dios daba sus señales.

–Hay una fuente en una cuenca de roca roja; tuvimos que lavar en ella nuestras ofrendas de oro y plata, para entregárselas limpias al dios. También nuestros cuerpos. Era helada a pesar del aire seco y caliente. A Alejandro no lo purificaron, por supuesto. Él era faraón. Llevaba consigo su propia divinidad. Lo condujeron al santuario. Afuera, la luz era de una blancura deslumbrante y todo parecía palpitar con ella. La entrada era negra como la noche, y se hubiera pensado que lo cegaría. Pero él entró como si fijara los ojos en montañas distantes.

Bagoas asintió, como diciendo: «Desde luego, continúa».

–Luego oímos cantos, arpas, címbalos y sistros, y el oráculo salió. No hay lugar para él dentro del santuario. Se quedó mirándolo desde la oscuridad.

»Los sacerdotes salieron, cuarenta pares de ellos, veinte delante y veinte detrás del dios. Llevaban el oráculo como si llevaran una litera, con largas varas apoyadas en los hombros. El oráculo es un barco. Ignoro por qué el dios habla a través de una embarcación en tierra. Amón tiene un altar muy antiguo en Tebas. Alejandro decía que primero debía de haber venido por el río.

–Háblame del barco -dijo Bagoas, como un niño ansioso de oír un viejo cuento.

–Era largo y ligero, como las bateas de los cazadores de pájaros del Nilo.

Pero estaba todo laminado de oro y adornado con ofrendas votivas de oro y plata, toda clase de objetos preciosos que mecían, centelleaban y tintineaban. En el medio estaba la Presencia del dios. Sólo una simple esfera.

»El sacerdote llevó la pregunta de Alejandro. La había escrito en una faja de oro y la había plegado. El sacerdote la puso en el suelo ante el dios, y oró en su propia lengua. Luego el barco cobró vida. Se quedó donde estaba, pero se lo veía flotar.

–Tú lo viste -dijo de golpe Bagoas-. Alejandro dijo que él estaba demasiado lejos.

–Sí, yo lo vi. Los sacerdotes esperaban con cara impasible; pero eran como desechos en un estanque quieto, antes que el caudal del río lo ponga en movimiento. Aún no se mueve, pero uno sabe que el río está debajo.

»La pregunta brillaba al sol. Los címbalos tocaron un ritmo lento y las flautas sonaron con más fuerza. Luego los sacerdotes empezaron a mecerse un poco donde estaban, como objetos flotando en la corriente. Tú sabes cómo responde el dios; hacia atrás, es no; hacia adelante, sí. Se movieron hacia adelante como una sola cosa, una planta acuática, un manojo de hojas, hasta que pararon ante la pregunta, y la proa se sumergió. Luego sonaron las trompetas, agitamos las manos y lanzamos vítores.

»Después esperamos a que Alejandro saliera del santuario. Hacía calor, o eso nos parecía, pues aún no habíamos estado en Gedrosia. – Le respondió con una sonrisa sombría: ambos habían sido supervivientes de esa marcha espantosa-. Por último salió con el sumo sacerdote. Creo que había ocurrido algo más de lo que él pensaba. Salió aún abrumado. Luego, recuerdo, parpadeó ante el repentino resplandor y se cubrió los ojos con la mano. Nos vio a todos, nos miró y sonrió.

Había mirado a Hefestión y había sonreído; pero no había necesidad de aclararlo.

–Egipto lo amaba. Le dio la bienvenida con himnos, saludándolo como al vencedor de los tiranos persas. Él honró todos los templos que Oco había profanado. Ojalá lo hubieras visto construyendo Alejandría. No sé cómo habrán progresado las edificaciones, no confío en el gobernador; pero sé lo que él quería y, cuando esté allí, me ocuparé de que se haga. Hay una sola cosa para la cual no dejó ninguna indicación: la tumba donde lo honraremos. Pero lo recuerdo de pie junto al mar. Ahí será.

Bagoas había fijado los ojos en un punto de luz de su copa de plata. Los alzó.

–¿Qué quieres que haga?

Tolomeo contuvo el aliento. Había llegado a tiempo.

–Quédate aquí en Babilonia. Rechazaste la oferta de Peucestes; nadie más se ocupará de ti. Toléralo si toman tu casa para algún allegado de Pérdicas.

Quédate hasta que la carroza esté preparada y sepas cuándo saldrá. Luego ven a mí. Tendrás una casa en Alejandría, cerca de donde él yacerá. Sabes que en Macedonia eso no podría ser.

«En Macedonia -pensó- los niños te apedrearían en la calle. Pero eso ya lo has adivinado; no es preciso ser cruel.»

–¿Aceptarás mi promesa? – dijo.

Alzó la enorme mano derecha, encallecida por el mango de la lanza y la empuñadura de la espada, las arrugas destacadas por la luz de la lámpara.

Pálida, delgada y fría, la mano de Bagoas se cerró sobre ella con fuerza y precisión. Tolomeo recordó que había sido bailarín.

En un último y convulsivo espasmo, Roxana sintió que la cabeza del bebé salía de ella. Más suavemente, con rapidez, ayudado por una habilidosa comadrona, el cuerpo húmedo se deslizó hacia afuera. Ella estiró las

piernas, sudando y jadeando; luego oyó el llanto furibundo del niño. Ronca de agotamiento, exclamó:

–¿Es un varón, un varón?

Las aclamaciones, elogios e invocaciones de buena suerte se elevaron a coro. Soltó un grito triunfal. La comadrona alzó al niño para que todos lo vieran, aún sujeto al cordón azul y blanco. Desde el rincón semioculto desde donde había estado observando, Pérdicas se adelantó, confirmó el sexo, pronunció una frase convencional de buen augurio y salió de la habitación.

Ataron el cordón, sacaron la placenta, madre e hijo fueron lavados con agua de rosas tibia, secados, ungidos. Alejandro IV, rey de Macedonia y Asia, fue puesto en brazos de su madre.

Quiso acurrucarse contra ella, pero ella lo apartó para mirarlo. Tenía el pelo oscuro.

La comadrona, tocándole la pelusa fina, dijo que era pelo de recién nacido y lo perdería. Aún estaba rojo y arrugado, la cara fruncida con la indignación del recién nacido; pero a través del rubor se le notaba la tez olivácea. Sería moreno, un bactriano. ¿Y por qué no? Solo, en un ambiente extraño y hostil, extrañando la ciega calidez del vientre, rompió a llorar.

Ella se lo acercó al cuerpo, para quitarse el peso de los brazos. El niño se calló; la esclava del abanico de plumas había vuelto junto a la cama; después de la algarabía, las mujeres estaban ordenando silenciosamente los aposentos de la esposa real. Detrás de la puerta, el sol de invierno bañaba el patio y la piscina. Reflejos de luz bailoteaban en la mesa de tocador, y en los utensilios de oro y plata que habían pertenecido a la reina Estatira; al lado estaba su joyero. Todo era triunfo y tranquilidad.

La nodriza se acercó con la extravagante cuna real, incrustada de oro y marfil amarilleado por el tiempo. Roxana arropó al niño dormido. Bajo sus dedos, casi oculta por los bordados, la manta tenía una mancha de sangre.