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Jerry Oltion · Capítulo 1 de 10

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Robots y padres

Isaac Asimov

Está claro que todos nosotros procedemos de un óvulo fecundado. Durante los primeros nueve meses, o quizá un poco menos, existimos en el vientre materno que, en condiciones normales, es lo más parecido a un estado de seguridad total del que difícilmente disfrutaremos más larde a lo largo de nuestra vida. Desafortunadamente no tenemos forma de ser conscientes de ello y de apreciar esta seguridad el poco tiempo que dura.

Más tarde, repentinamente, nos traen al mundo, no sin una cierta dosis de violencia, y se nos expone por primera vez a cambios de temperatura, al roce áspero del aire en movimiento, a la respiración, a tener que beber y deshacemos de lo ingerido con esfuerzo (a pesar de lo instintivo y automático que ese esfuerzo pueda ser). El vientre materno ha desaparecido para siempre.

No obstante, cada uno de nosotros, sí hemos disfrutado de una infancia normal, tenemos unos padres; una madre, en particular, que se esfuerza por llenar ese vacío en la medida de lo posible. Casi todos estamos indefensos, pero las madres y hasta cierto punto los padres, si son lo suficientemente inteligentes, se ocupan de que no pasemos frío, de que estemos cómodos, alimentados, aseados, secos y de que podamos dormir en paz. De momento no está nada mal, pero aún no estamos en condiciones de apreciar nuestra buena suerte.

Después le toca el turno al periodo durante el cual tomamos conciencia de nuestro entorno. Todavía pequeños, todavía demasiado indefensos, nos volvemos capaces de comprender los peligros que nos acechan, capaces de sentir el miedo y el terror, capaces de percibir, aunque vagamente, la frustración que conlleva una pérdida o la amenaza de la misma, y la angustia del deseo insatisfecho.

Incluso entonces existe una manera de consolamos y compensarnos por lo que nos haya ocurrido. Me refiero a las imponentes figuras del padre y de la madre (y, en menor medida, las de los hermanos mayores si es que los hay). Todos hemos visto cómo los niños pequeños se agarran con todas sus fuerzas a las piernas de su padre o buscan refugio detrás de las faldas de su madre ante la presencia de otros seres humanos o de casi cualquier nueva experiencia. Les vemos correr en pos de sus progenitores como el símbolo de la seguridad absoluta y quizá nos traen a la memoria el primer recuerdo que conservamos de nosotros mismos.

Recuerdo a mi hija, Robyn, a sus catorce años, una edad que ya podría considerarse adulta, contándome cómo había cogido un avión en condiciones meteorológicas peligrosas. Lógicamente deduje que había debido de pasarlo mal, sin embargo dijo calmadamente: «No tenía miedo porque mamá estaba conmigo y sabía que no permitiría que me pasara nada malo».

O cuando tenía diecinueve años y se quedó colgada en el aeropuerto británico de Heathrow por culpa de una huelga. Me llamó (a cobro revertido) para contarme lo que le pasaba y pedirme, con fe ciega, «¡Haz algo!». Estaba a punto de intentarlo cuando anunciaron que su avión estaba despegando, así que me Ubre de tener que revelar mi inhabilidad para mover montañas.

Es inevitable, sin embargo, que todos los niños lleguen a la etapa en la que se dan cuenta de que sus padres no son más que seres humanos y no criaturas de sabiduría y habilidad suprema. La mayor parte de los niños lo aprenden mucho antes que los míos porque yo me esforcé tremendamente en representar ese papel.

En el momento en que los niños perciben la falibilidad y debilidad de los padres se puede producir un terrible sentimiento de pérdida. La pérdida es tan intensa que se da una búsqueda inevitable de un sustituto, pero ¿dónde puede encontrarlo?

El hombre primitivo razonaba naturalmente basándose en la analogía. Si los seres humanos pueden soltar el aire hacia fuera, entonces el viento (una enorme ráfaga de aire) debe ser la exhalación de un ser sobrenatural enorme, como un ser humano pero mucho mayor y poderoso, un dios viento. Siguiendo el mismo razonamiento, se forjó un increíble conjunto de entidades sobrenaturales, un universo enteramente imaginario.

Para empezar, se asumió que estos seres sobrenaturales eran tan polémicos, tan irascibles, tan ilógicos, tan esclavos de las pasiones como los seres humanos a partir de los cuales habían sido modelados. Tenían que ser aplacados continuamente, adulados, alabados y sobornados para que se comportaran bien. Fue, supongo, un gran avance cuando surgió la idea de un ser sobrenatural que podía ser genuinamente bondadoso, compasivo y afectuoso, y que quisiera ayudar y cuidar de los seres humanos.

Y cuando eso ocurrió, los seres humanos encontraron por fin el padre que habían perdido a medida que crecían, no el real, falible, padre humano que puede estar todavía vivo (y bien bueno que había sido), sino el sobrenatural, omnímodo, omnisciente, omnipotente padre que habían tenido en su infancia.

Así, en el Sermón de la Montaña, Jesús repetidamente se refiere a «vuestro Padre que está en el cielo». Por supuesto, se puede argumentar que el término «Padre» se usa metafóricamente, más que literalmente, pero las metáforas no se desarrollan sin razón.

«Padres» se encuentran también en estratos más bajos que en los de un Dios supremo, dado que la búsqueda de la seguridad perdida puede tomar muchas direcciones. Los representantes de Dios en la Tierra también pueden recibir este título. «Papa» es una forma de la palabra «Papa» (que en italiano significa «papá») que es una palabra común para «padre» en muchas lenguas indo-europeas. Y para que no induzca a error, se le llama «el Santo Padre». Los sacerdotes Católicos y los sacerdotes de la Iglesia Episcopaliana también reciben el nombre de «Padre».

Los primeros expertos en Teología de la Iglesia Católica reciben el nombre de «los Padres de la Iglesia». Hasta es posible encontrar a algunos individuos meramente seculares a los que se les rinde especial veneración de esa manera. Así, por ejemplo,

hablamos de los «Padres Peregrinos[1]».

También le otorgamos el nombre a abstracciones que tienen que ver con la Tierra. Si uno es especialmente sentimental sobre su lugar de nacimiento, su tierra, sus

costumbres, su cultura, qué mejor manera de describirlo que «patria[2]». Los alemanes han hecho esto con tal asiduidad y vehemencia («vaterland») que la palabra ha venido a significar Alemania en concreto, y eso ha hecho que sea difícil de usar por parte de otras naciones. Sin embargo, también podemos hablar de la «madre patria». Aquí el simbolismo femenino hace referencia no tanto a la espada y la lanza como a los pechos generosos que nos han alimentado, así que quizá «madre patria» es la metáfora más saludable.

Las palabras «padre» y «madre» aparecen como metáforas de manera escondida

(para nosotros[3]) porque proceden del griego y del latín. Los gobernantes de Roma fueron los «padres» de alquiler del Estado (y fueron padres bastante pésimos y egoístas). Eran los «patricios», de la palabra latina «pater» que significa «padre». De «pater» también procede la palabra «patria», de manera que ya sabemos lo que es un «patriota».

Una ciudad griega con frecuencia enviaba colonos que fundaban otras ciudades que eran esencialmente independientes, pero que con frecuencia albergaban un gran apego por la ciudad de origen, la «ciudad-madre». La palabra griega para ciudad es «polis» y para madre es «meter». La «ciudad-madre» es por lo tanto la «metrópolis». Actualmente el nombre se usa para cualquier gran ciudad que domine una región y, aunque la idea originaria se ha perdido, sigue presente.

Pero ¿tiene esto algo que ver con los robots que después de todo son el objeto de mis prólogos a una serie de novelas que han sido agrupadas bajo el título genérico de Robots & Aliens?

Seguramente puede adivinarlo. Puesto en términos matemáticos: los padres son al niño lo que el ser humano es al robot.

Imagine que expresamos las Tres Leyes de la Robótica de otra manera y en su lugar planteamos las Tres Leyes de los Niños.

La Primera Ley rezaría más o menos como sigue: Un niño no debe causar daño a sus padres ni, por omisión, permitir que sus padres sufran daño.

Uno de los Diez Mandamientos dice que debemos honrar a nuestro padre y a nuestra madre. De la forma en que fui criado (por padres inmigrantes educados en la tradición talmúdica), hacerles daño a mis padres era impensable y, créame, jamás se me ocurrió. De hecho, incluso ser un insolente hubiera oscurecido mi universo. Y desde luego el matricidio y el parricidio siempre han sido considerados entre las cosas más horribles, si no el más horrible de todos los crímenes.

Incluso si consideramos a Dios como el Padre Divino, la Primera Ley es aplicable. No existe ninguna manera de hacerle daño a Dios, pero, presumiblemente, si pecamos, le causamos el equivalente divino del dolor y del disgusto, de manera que debemos tener cuidado de no hacerlo.

La Segunda Ley diría: Un niño debe de obedecer las órdenes dadas por sus padres, salvo cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.

Eso es obvio. En los tiempos permisivos y poco estrictos que corren, lo olvidamos, pero los padres esperan ser obedecidos siempre y en tiempos más rígidos, en los días de los romanos y de los Victorianos, no podría concebirse que fuera de otra manera. Los padres romanos tenían el poder de dar la vida y de quitarla a sus hijos, e imagino que la muerte por desobediencia no era del todo desconocida. Y todos sabemos que Dios reserva un lugar en el infierno para los pecadores desobedientes.

La Tercera Ley diría algo así como: Un niño ha de proteger su existencia, siempre que dicha protección no entre en conflicto con la Primera o Segunda Ley.

Para nosotros es casi impensable que un padre esperase que su hijo muriese o incluso sufriera daño por proteger a sus padres o mantenerse obediente (evitando así violar la Primera y Segunda Ley). Más bien, los padres son capaces de arriesgar su propia vida por la de sus hijos.

Pero pensemos en el Padre Divino. En las religiones monoteístas, como el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, se espera que los seres humanos estén dispuestos, incluso con gusto, a sufrir daño, llegando hasta a la muerte por tortura antes de transgredir en lo más mínimo los mandamientos de Dios. Los judíos, los cristianos y los musulmanes han preferido la muerte solidaria antes que hacer lo que aparentemente son cosas inofensivas tales como comer cerdo, poner una pizca de incienso en un altar idólatra, reconocer la persona equivocada como califa, y así sucesivamente. Ahí, uno debe admitirlo, la Tercera Ley prevalece.

Si, por lo tanto, deseamos saber cómo reaccionarían los robots ante la perdida de seres humanos, debemos ver cómo reaccionan los humanos ante la pérdida de padres omnipotentes, omniscientes. Los seres humanos tienden a encontrar sustitutos que solventan su pérdida y los robots hacen por ende lo mismo. Ésta es realmente una conclusión obvia y rara vez se hace pública simplemente porque la mayoría de la gente se pone nerviosa ante la posibilidad de ser blasfemos. Sin embargo, allá por 1770, aquel magnífico iconoclasta, Voltaire, dijo, «Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo». Y si se me permite que lleve mi barca por la estela del trasatlántico de Voltaire, me atrevería a estar de acuerdo con él.

Lo que sigue entonces es que si los robots están encallados en una sociedad que no condene seres humanos, harán todo lo posible por fabricarse uno. Naturalmente, puede no haber consenso sobre el aspecto que debe tener un ser humano, cuáles han de ser sus habilidades y cómo ha de ser de inteligente. Esperaríamos que, entonces, se explorasen todos los caminos posibles y se realizasen todo tipo de experimentos.

Después de todo, piense cuántos dioses y de que variada naturaleza, apariencia y habilidad, han sido inventados por los seres humanos que nunca han visto uno, pero igualmente han querido uno. No deje de tener todo esto en mente cuando se sumerja en la interesante lectura de la décima novela de la serie Robots & Aliens.

Isaac Asimov