Alta sociedad

Louise Bay · Capítulo 1 de 34

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Alta sociedad

Capítulo 1

NATHAN

Lo observaba todo desde el límite del césped, donde estaban reunidos los invitados. El novio, uno de mis mejores amigos, sonreía como si su equipo favorito acabara de ganar la FA Cup. El fotógrafo corría detrás de él y de su novia mientras la feliz pareja revoloteaba entre los grupos de invitados, disfrutando de los canapés y el champán.

Todo el mundo se prodigaba en sonrisas, besos al aire y felicitaciones.

Todos menos yo, que odiaba las bodas.

En ellas, todo se reducía a conversaciones triviales. A algunas personas se les daba bien hablar del clima, del torneo de Wimbledon o de lo que fuera, pero a mí no.

Si a eso le añadíamos los vinos malos, la comida fría y los discursos demasiado largos, podía considerarse que las bodas eran mi versión personal del infierno. Y eso había sido antes de que me enterara de aquella bomba, que pronto explotaría.

Debía haber estado en Londres. Trabajando. Organizando. Ideando estrategias. Templando los nervios. En lugar de eso, escuchaba aquel tictac, impotente, para detener la explosión que se iba a producir. Miré el teléfono.

Gretel debía llamarme a las cuatro para informarme de los detalles de un artículo de última hora que el Sunday Mercury tenía previsto publicar sobre mí al día siguiente; aunque ese tipo de cosas normalmente no me preocupaban, dada mi relación actual con la junta directiva, no podía permitirme ignorar ni siquiera eso.

Tres y cincuenta y ocho.

Faltaban dos minutos.

Tictac, tic…

El móvil vibró en mi mano. Bueno, al menos era puntual. Me acerqué a los árboles y acepté la llamada.

—Dime…

—Tienen unas fotos tuyas con Audrey Alpern. ¿No es la mujer de Mark

Alpern? —preguntó.

La noticia se me atascó en la garganta como si me hubiera tragado un puñado de virutas de madera.

Joder, joder, joder…

Desde que había sacado a bolsa Astro Holdings, corrían rumores acerca de si me centraba en el trabajo… o en otra cosa. Y los rumores se estaban convirtiendo en gritos. El mercado bursátil no creía que pudiera trabajar y pasármelo bien a la vez. Pero yo siempre había vivido así. Tenía dos pasiones en la vida: el trabajo y la diversión, los negocios y el placer. Y

siempre me había funcionado.

Hasta ese momento.

Hasta que Astro había dejado de ser solo mía.

A partir de entonces, en lugar de responder ante mí mismo, tenía a los fondos de pensiones, a los inversores y a la prensa económica, por no hablar del consejo de administración, vigilando todo lo que hacía.

Al parecer, el resto del mundo no creía que se pudiera dirigir una empresa del FTSE 100 y disfrutar de la vida a la vez.

—Sí —respondí, y me aclaré la garganta—. Soy amigo de los dos desde antes de que se casaran. Nos conocimos en la universidad.

—¿Anoche también estaba Mark? —preguntó.

—No. —Por supuesto que no. Audrey había acudido a mí en busca de ayuda. De consejo. De apoyo. De mi capacidad para ver las cosas con perspectiva. Su marido la había traicionado; de hecho, había traicionado a todo el mundo. Mark era la última persona del planeta que debía haber estado con nosotros la noche anterior.

—Ya, pues en el Mercury van a usar palabras como «playboy», «vividor»

y…

—Y ninguna de esas palabras me describe bien, así que ¿cómo vas a actuar? —La junta me había obligado a contratar a una experta relaciones públicas para que limpiara mi reputación de playboy más centrado en las mujeres que en los negocios, así que ya podía hacer su trabajo.

—Para empezar, necesito que me digas por qué estabas con la mujer de otro hombre en Annabel’s a las tres de la mañana. Normalmente, es mejor partir de la verdad.

—Es mi amiga y salimos a tomar unas copas.

Gretel gimió al otro lado de la línea; obviamente, pensaba que mentía. Lo

cierto era que, si hubiera querido encubrir un encuentro sórdido, tal vez lo habría hecho, pero estaba diciendo la verdad, aunque fuera a medias.

—Houston, tenemos un problema —dijo.

—No me estoy acostando con Audrey Alpern. —Menos mal que el Mercury no había descubierto la verdadera razón por la que habíamos estado juntos la noche anterior.

—No me importa si te la estás tirando o no —dijo Gretel—. Lo que me importa es que parezca que te la estás tirando.

—Y a mí no me importa lo que parezca, sino la verdad —repliqué—. Y la verdad es que se trata de una amiga. Salimos a tomar unas copas. No hay ninguna historia. —Otra mentira. Había una historia, pero era mucho más interesante que el que yo saliera con una mujer casada. Aunque no era mi historia, y no podía contarla.

—Por desgracia, la verdad no vende periódicos. Tenemos que ofrecer alguna explicación.

—¿Quieres que me invente algo? —pregunté.

Gretel suspiró. No le había facilitado las cosas desde que se había incorporado, pero me molestaba que el consejo pusiera en duda mi compromiso con la empresa cuando eran ellos los que estaban sentados a la mesa viendo cómo prosperaba el negocio. Astro estaba superando sus objetivos en todos los aspectos.

—Tenemos que ofrecer una alternativa a la imagen que se tiene de ti —

dijo.

A pesar del éxito de Astro, estaba a punto de verme despedido por el consejo de la empresa que yo mismo había fundado. Si pensaban que me acostaba con la mujer de otro hombre, sobre todo, con la de un hombre que resultaba ser uno de los mayores gestores de patrimonio de Londres, y que yo había hecho caso omiso a la experta en relaciones públicas, iban a ponerme la soga al cuello.

—Lo único que la gente sabe de ti es que eres un playboy huraño —

continuó Gretel—. Alguien que no cae bien. A la gente le gusta sentirse querida.

—Me importa una mierda caer bien. —Ser popular estaba sobrevalorado.

Me importaban los resultados, la lealtad, hacer las cosas bien, y no entrar en la lista de felicitaciones de Navidad de la gente.

—Bueno, sin duda eres una anomalía en muchos sentidos —replicó con

voz cantarina, como si le estuviera diciendo a un niño que su cuadro no merecía estar colgado en la National Gallery—. Estoy intentando ayudarte.

Y si quieres mi ayuda, tienes que ayudarme a enseñarle al mundo tu mejor cara. Demuéstrales por qué eres el CEO más joven del FTSE 100.

Demuéstrales que eres inteligente, resolutivo, prudente y, sobre todo, extrovertido.

No quería necesitar a Gretel, pero así era. Astro Holdings era el trabajo de mi vida, mi pasión, y habría hecho cualquier cosa para seguir en mi puesto.

Por otra parte, la perspectiva de ser despedido por la junta que yo había elegido no era ni siquiera la peor noticia que se avecinaba en las próximas semanas; que me consideraran un mujeriego malhumorado iba a ser el menor de mis problemas si lo que Audrey me había contado la noche anterior era cierto, aunque solo fuera a medias. Por segunda vez en mi vida, ser amigo de Mark Alpern podía costarme caro, tanto a mí como a las personas que me importaban. Así que tenía que protegerme; proteger a Audrey.

—¿Se te ha ocurrido algo? —Las fotografías que tenía el Mercury eran como salir a surfear después de cortarme la mano. Si las hubiera ignorado, habría tenido problemas. Cuando cayera la bomba sobre Mark Alpern, los tiburones iban a rodearme y a acabar conmigo.

—Necesitamos una campaña diseñada para que tengas una nueva imagen.

En el centro estaría un perfil más profundo sobre ti en un periódico de tirada nacional, como el Post. Les darás acceso total, sin borderías por tu parte, sin ocultar nada de tu vida o de tus negocios.

Eso bien podía ser mi peor pesadilla. No era un solitario, pero me gustaba la intimidad. Aunque nunca me había considerado un playboy, mi vida privada implicaba desnudarme con mujeres con bastante regularidad.

—No estoy seguro de que resulte…

—Es lo único que funcionará: transparencia total —insistió—. Luego incluiremos algunas obras benéficas, algo de responsabilidad social corporativa. Tendrás que invitar a cenar a algunas personas influyentes de la City, pero si mantener tu puesto de CEO en Astro es importante para ti, solo lo conseguirás haciendo esto.

Maldito Mark Alpern. Si él no hubiera sido objeto de una investigación policial, Audrey y yo no habríamos quedado la noche anterior y yo no habría mantenido esa conversación. Todo era culpa suya.

Dejando las culpas a un lado, mi negocio estaba en juego. No estaba dispuesto a echar a perder todo aquello por lo que había trabajado tanto. Ya me había sacrificado una vez por Mark, y no iba a hacerlo de nuevo.

—Vale, organízalo todo —dije.

—Dalo por hecho —respondió—. Conozco a la periodista perfecta para ello, y probablemente será bastante más suave contigo. Es…

—Estoy en una boda. Espero que me hayas apuntado algo en la agenda para el lunes. —No necesitaba conocer los detalles. Esa era la oportunidad para que Gretel demostrara que era tan buena como todos decían. Y si tenía razón, también podía ser mi oportunidad de demostrar que yo era tan bueno como siempre había creído.

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