Alta sociedad

Louise Bay · Capítulo 5 de 34

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Alta sociedad

Capítulo 5

NATHAN

Tal vez no me gustaran las bodas, pero la de Truly y Noah había dado un inesperado giro a mejor. Que Madison intentara organizar lo que iba a pasar entre nosotros, cómo y cuándo, me había parecido divertidísimo.

Lo primero que me dijo fue que tenía que usar un condón. Algo que no suponía una concesión: para mí era imprescindible.

A continuación, que quería tener sexo en mi habitación; luego decidió que en la suya; luego, que en la mía. Lo último que supe fue que se había decidido por la suya. Eso significaba que podía irme cuando quisiera, lo que me parecía genial.

Me pidió que desapareciera antes de dormirme; otro regalo.

No le importaba que hubiera besos. Algo que también me pareció bien.

No poder besarla habría sido una línea roja para mí.

Así que Madison era una organizadora nata. Y le gustaba conocer mi opinión para todo. Era difícil discrepar, porque yo estaba de acuerdo con la mayoría de las cosas que me proponía. Además, coincidíamos en el resultado final y eso era lo único que importaba.

—Vale —dijo; se apartó de la pista de baile y se acercó a mí—. Vámonos.

—¿Estás segura? —pregunté—. ¿No quieres saber nada más? ¿Ninguna exigencia a mayores? ¿No tienes más límites? ¿Tengo que firmar algo?

—La persona que te dijo que eras gracioso te mintió —aseguró. Se giró sobre sus talones y se encaminó a la salida.

Me reí entre dientes mientras la seguía.

Cuando llegamos a los ascensores, alargó la mano para pulsar el botón, pero se la cogí y tiré de ella hacia mí. Luego estiré el brazo y llamé al ascensor.

—Oye… —dijo—, eso iba a hacerlo yo.

—Mira, Madison, has sido muy expresiva sobre cómo esperas que discurran los acontecimientos esta noche. —Las puertas del ascensor se abrieron y, cuando ella vaciló, le hice un gesto para que entrara antes—.

Pero… —añadí, siguiéndola— tienes que relajarte. No vas a poner en práctica una guía de acampada ni a estudiar para un examen. Esto no es una transacción comercial. No puede organizarse ni dirigirse todo en esta vida.

—Me gusta tener las cosas organizadas —suspiró—. E investigar. Me gusta entender todos los detalles, ¿sabes?

Me reí.

—Sí. Puede que solo te conozca desde hace unas horas, pero ya me he dado cuenta.

—Seguramente por eso no he tenido nunca un rollo de una noche —dijo, mirando fijamente el panel de botones.

Me aproximé a ella y la arrinconé en la esquina del ascensor.

—Esto no va a ser solo un rollo de una noche. —Le acaricié el pómulo con los dedos y acerqué las caderas a su cuerpo suave y flexible, haciéndola jadear—. Va a ser una experiencia, una noche de entrega en la que te olvidarás de todo lo demás. Deja de organizarla… —Me agaché y le di un beso en el cuello, justo debajo de la oreja—. Y empieza a sentir.

Noté que relajaba los hombros y subía las manos, estirándolas sobre mi pecho.

Sí. Eso era lo que me gustaba. El tacto de una mujer. Era mejor que el ejercicio, que el alcohol o que cualquier deporte extremo para bloquear las partes de mi vida en las que no quería pensar.

—Tu pecho —dijo, casi con asombro, y luego soltó una risita. El sonido me pareció embriagador. Cerró el puño y me golpeó los pectorales como si fueran la puerta de entrada—. ¿Hay alguien en casa?

Le agarré la mano y la llevé hasta mi polla, que se estaba endureciendo por momentos.

—Qué descarada eres —dije, moviéndole la mano sobre el bulto de mis pantalones.

—Nathan… —me reprendió con un susurro.

—¿Qué? ¿Creías que no ibas a tocarme la polla esta noche? Bueno, pues voy a advertirte de que todo tu cuerpo va a tocar el mío. Y viceversa.

Vamos a desnudarnos, a tocarnos. Y a corrernos muchas veces.

Me miró, tragó saliva y asintió.

—Vale.

Esa chica era muy divertida. No tenía que prepararse para lo que iba a ocurrir; se suponía que debía dejarse tentar.

—Puede que incluso lo disfrutes.

Cuando se abrió la puerta del ascensor, la solté y salimos. Rebuscó en el bolso, sacó la llave y, antes de que pudiera juguetear con ella, se la quité y la metí en la cerradura.

—Esta es mi habitación —comentó al entrar.

—Bueno, pues menudo alivio —dije, y me deshice de los zapatos y de la corbata—. Al menos no nos arrestarán por allanamiento de morada.

Miré a mi alrededor. Su habitación estaba ordenada, casi como si acabara de llegar. Abrí el cajón que había debajo del televisor y encontré la ropa perfectamente doblada y guardada.

—¿Piensas quedarte mucho tiempo?

—No, solo esta noche. ¿Por qué? ¿No has deshecho tu maleta?

¿Alguien deshacía la maleta cuando dormía fuera una noche?

—Vamos a tomar algo —propuse.

—Vale —respondió ella—. Si soy sincera, estoy un poco nerviosa.

Me pareció muy tierno que lo estuviera. Tal vez, centrarse en la preparación sirviera para distraerla de sus nervios.

—No tienes por qué —dije, sacando el agua del minibar.

—Oh, pensaba que te referías a una copa.

—Debes estar hidratada. —Le quité el tapón a la primera botella y se la ofrecí.

—¿Por qué? —preguntó ella antes de tomar un sorbo.

—Para superar esta noche. —Le di un trago a mi propia botella antes de sacar la cartera de bolsillo y coger tres preservativos. Los dejé junto al agua en la mesilla de noche.

Soltó una risita, mitad divertida, mitad asustada.

—¿Tres? Qué ambicioso… —Cambió el peso de un pie a otro y su mirada pasó de los condones a mí y de nuevo a los condones.

—Ven aquí —dije, levantando la barbilla.

Miró hacia atrás, casi como si estuviera comprobando que le hablaba a ella y que no había otra mujer a medio metro, y se acercó a mí arrastrando los pies.

No me consideraba hombre con un tipo concreto de mujer, pero, si lo tuviera, Madison no entraba en él. Lo cual no era malo; solo la hacía diferente. Todo en ella me resultaba nuevo e intrigante. Su pelo era rojizo oscuro como el Château Margaux, el único vino que yo bebía. Me daban

ganas de enterrar mi cara en él y aspirar; luego quería besar esa boca inteligente y poner las manos sobre ese trasero perfectamente curvilíneo.

—Eres muy guapa.

Me miró con severidad, como si se estuviera preparando para un pero.

—Date la vuelta —dije.

Deslicé las manos por sus caderas mientras se giraba. Una hilera de botones blancos empezaba en la mitad de la espalda impoluta y pálida y terminaba en la cintura. Le recorrí la columna con un dedo, disfrutando de su estremecimiento de anticipación y de la forma en que su piel se erizaba bajo mi contacto. Llevé el dedo a la parte superior y empecé a desabrochar los botones nacarados.

Tenía los omóplatos rígidos, como si esperara que ocurriera algo terrible.

—Relájate —le susurré; acerqué la mejilla para rozar la suya. La noté cálida y suave y, al inspirar, su aroma me hizo recordar el verano y las flores silvestres.

Le di la vuelta y encerré su cara entre mis manos. Clavó la mirada en mi boca, como si se estuviera preparando para algo. No sabía qué pensar de su ansiedad. ¿Debía tomármelo como un cumplido o solo como que estaba nerviosa?

La besé, tratando de contenerme para no desnudarla y hundirme dentro de ella. La deseaba. La deseaba demasiado. Pero antes debía conseguir que se olvidara de esos nervios. Tenía que darse cuenta de lo bien que iba a hacer que se sintiera.

Mientras deslizaba la lengua dentro de su boca, fundiéndome con ella, se tropezó y le rodeé la cintura con el brazo para atraerla hacia mí. Apoyó las palmas de las manos en mis hombros.

Se le escapó un suspiro cuando se relajó y su lengua buscó la mía.

Al cabo de unos segundos, se apartó de repente y se abanicó con la mano.

—Uf… —dijo, inspirando hondo—. Son… Tú eres… —Movió la cabeza

—. Estos besos…

Si no conseguía terminar pronto la frase, iba a tener que darle algo de qué hablar.

—Besas muy bien —dije, queriendo tranquilizarla. Sabía tan dulce como olía.

Ella arrugó la nariz.

—¿De verdad? Tú… —Me señaló y bajó la mano de golpe, como si se

diera cuenta de que el gesto era incongruente. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Tú sí que besas muy bien.

Sonreí, me acerqué a ella y volví a estrecharla entre mis brazos.

—Eso es un buen presagio —afirmé; metí un dedo por debajo del hombro de su vestido y le bajé la manga. Le di un beso en la carne expuesta.

—¿Crees que hay una conexión entre cómo besa alguien y cómo es en la cama? —preguntó, como si estuviéramos sentados uno frente al otro en una cafetería, hablando del tiempo.

—¿Lo averiguamos? —pregunté; deslicé la otra manga y retrocedí para ver cómo caía la prenda al suelo.

La ropa interior era funcional, rosa y sencilla, de la que las mujeres llevan debajo de los vestidos para evitar que se marque por fuera. Le sentaba bien.

Y eso me hizo sentir aún más curiosidad por ver lo que había debajo.

Le pasé la mano por la espalda y le desabroché el sujetador sin tirantes.

Cogí aire cuando sus pechos quedaron liberados. Eran deliciosos.

Perfectamente redondos, firmes y maduros, y los pezones sobresalían como si estuvieran suplicando por mi lengua.

Cogí uno con la mano y amasé la carne antes de llevar a Madison a la cama. Necesitaba explorarla, desde la punta de los pies hasta la coronilla, sin dejar un resquicio en el medio.

La senté en la cama y le quité el resto de la ropa interior hasta dejarla desnuda. Se apoyó en los codos cuando retrocedí para contemplar su cuerpo.

—¿Solo vas a mirarme? —preguntó.

—Por supuesto que no —respondí—. Estoy decidiendo por dónde empezar.

Siseó y contoneó aquellas deliciosas caderas como si la lujuria tirara de ella en una dirección e intentara resistirse.

Como si estuviera preparada para pasar al siguiente nivel.

Bueno, ya veremos…

—Separa las piernas —le ordené.

Me miró, como pensando si debía obedecer o no. Por fin, abrió las rodillas muy despacio.

—Más —insistí. Quería que se atreviera. Que se diera cuenta de lo cautivador que era su coño. Los coños gobernaban el puto mundo. Solo tenía que creérselo. Se echó un poco hacia atrás en la cama y estiró las

piernas.

Perfecto.

—¿Estás mojada? —pregunté; me solté los gemelos y me remangué.

Se mordió el labio con un leve asentimiento.

Casi solté un gemido. Gracias a Dios, porque estaba duro como el acero.

Pero no pensaba fiarme de su palabra.

Di un paso adelante hasta quedarme de pie entre sus piernas, y hundí los dedos en sus pliegues. Menos mal que no mentía. Pasé el pulgar por su abultado clítoris para acariciarlo una y otra vez. La tensión que se reflejó en su cara mientras intentaba no gritar me pareció magnífica. Era como si mantuviéramos un tira y afloja y ella no quisiera revelarme lo difícil que le resultaba mantener las manos en la cuerda.

Bueno, pues iba a perder esa batalla.

Hundí dos dedos en su interior y gritó con todas sus fuerzas.

—Reprímete —advertí—, o tendré que usar una almohada para taparte la boca. —Llevó las manos más arriba de la cabeza para coger una almohada.

Se la puso sobre la cara y volvió a gritar. Estaba tensa, mojada y era condenadamente estrecha.

Aparté la mano, retiré la almohada y me desnudé lo más rápido que pude.

—Joder, Madison, estoy deseando saber qué más puedes hacer con esa boca.

Apenas la había tocado y ya sudaba como si lleváramos horas follando.

Cogí uno de los tres condones y le separé las rodillas. No podía esperar más. Tenía que poseer a esa mujer. Estaba excitada, caliente, preparada para mí, y la lujuria me subía por la espalda, urgiéndome a reclamar lo que tenía delante. Ya no era momento de palabras, ni de dedos. Necesitaba estar dentro de su cuerpo. Necesitaba follar con ella.

Dobló las rodillas mientras yo deslizaba el condón por mi polla tensa.

—¿Preparada? —pregunté.

—En caso de que no lo hayas notado, llevo un rato preparada.

No estaba seguro de si la habían vuelto atrevida la lujuria o la necesidad, pero me gustaba.

—Será mejor que te comportes si quieres que follar.

Puso las palmas de las manos sobre sus rodillas y las separó aún más.

—¿Quieres que te ruegue? —preguntó.

Gemí al oírla… La humedad resbaladiza de su coño; la certeza de que en

cuestión de segundos iba a estar dentro de ese coño caliente, resbaladizo y apretado. Todo era perfecto. Me cogió la polla, y me pasó la punta por el clítoris. Se retorció y contuvo la respiración.

Era una descarada. Y me gustaba así.

—Basta —espeté y empujé hacia el fondo.

Nuestros gemidos se mezclaron y llenaron la habitación con los ecos sonoros del alivio y el placer.

En lo único en lo que podía pensar mientras me retiraba y volvía a penetrarla, una y otra vez, era en darle gracias a Dios.

Me sentía agradecido de que me hubieran sentado a su lado en la boda.

Agradecido de que hubiera dicho que sí a mi proposición.

Agradecido de estar allí con ella en ese momento, como si no hubiera otro lugar en el que debiera estar. Me sentía mejor de lo que me había sentido en meses.

Alivio y gratitud. No recordaba haber disfrutado nunca de esa sensación al practicar sexo con una mujer. Placer, sí. Liberación, por supuesto. Pero

¿gratitud? ¿Alivio? Como si por fin hubiera llegado a un destino que llevaba toda la vida intentando encontrar.

Movió las caderas y yo reduje la marcha.

—No pares —me dijo entre resoplidos—. No pares nunca.

Si de mí hubiera dependido, me habría quedado en esa habitación, haciendo exactamente lo que estaba haciendo, sintiendo exactamente lo que estaba sintiendo, para siempre. El comienzo del orgasmo resonó en la distancia, advirtiéndome de que estaba a punto de correrme. Quería decirle que se tomara su tiempo. Yo era feliz allí, follando con la belleza que tenía debajo. Hundiéndome en su calor resbaladizo. Haciéndola gemir.

Se arqueó y tiró de mí para que cayera sobre ella, me dio un beso y llenó mis pulmones con el olor del verano.

Mis movimientos eran más sosegados, pero de algún modo la intensidad del placer se incrementó mientras seguía hundiéndome dentro de ella.

Nuestros besos quedaban interrumpidos por sus gritos guturales y mis súplicas desesperadas.

Madison me clavó la uñas en los hombros y se arqueó hacia mí; los suspiros salían de su boca como si intentara encontrar en ellos el siguiente aliento. Empezó a temblar en los segundos previos a ceñirse a mi alrededor.

Disminuí el ritmo, pero seguí penetrándola, queriendo que permaneciera en

la ola de su clímax el mayor tiempo posible. Al final, se desplomó sobre el colchón y se cubrió la cara con las manos.

Pero aun así no me detuve.

Quería volver a ver la expresión de completo éxtasis que le había provocado.

Se retorció, casi como si quisiera escapar.

—Espera —dijo—. Es demasiado. No puedo aguantar más.

—Puedes —respondí, y, mientras ella se daba la vuelta, tiré de sus caderas hacia mí.

—Apenas puedo sentir los muslos, Nathan.

Iba a asegurarme de que dejara de sentir todo el cuerpo.

—¿Estás diciendo que no?

Me miró por encima del hombro y negó con la cabeza.

—Entonces, confía en mí. —Le puse una mano en la espalda, le clavé los dedos en la cadera, y empujé de nuevo.

Dios, ese cambio de ángulo, la forma en que su pelo rojo se esparcía por su espalda pálida. El latido en mis venas. La sensación en mi polla. Estaba sometido a una sobrecarga sensorial.

Ella era la chispa de mi gasolina.

Cuando me detuve para serenarme, ella empujó hacia atrás; estaba claro que había cambiado de opinión con respecto a lo de esperar.

—Qué codiciosa —dije.

Me miró y sonrió.

—Es culpa tuya.

Lo aceptaba. Me sentía feliz de haber hecho codiciosa a Madison.

Cuando ella se corriera de nuevo, yo no iba a poder contener el clímax.

Era imposible. Y si no conseguía que lo hiciera rápido, estaba seguro de que no podía aguantar hasta que se corriera alrededor de mi polla por segunda vez.

Me eché hacia delante y busqué su clítoris con los dedos.

Me cogió la muñeca.

—Si haces eso, voy a…

Jadeó cuando me hundí de nuevo, todo su cuerpo se tensó como el acero, sus músculos internos se contrajeron mientras yo empujaba una vez más.

Una luz blanca cegó mis ojos, seguida por el clímax que se acercaba cada vez más y más, hasta que se estrelló sobre mí, dentro de mí y a través de mí

en un crescendo de dicha y alivio.

Me desplomé a su lado como si me hubiera dado un puñetazo Mike Tyson. ¿Qué coño acababa de pasar?

Disfrutaba del sexo. No había nada mejor. Pero ¿eso? Eso era algo para lo que no tenía palabras.

Parecíamos exhaustos y débiles, como si nos estuviéramos recuperando de una maratón.

Inspiró hondo y suspiró.

—Si crees que puedo volver a hacerlo otra vez —espetó—, vas a tener que esperar sentado.

Me reí entre dientes. Me gustaba mucho su fogosidad.

—De nada.

—Oh, claro… —respondió ella—. Porque solo lo he pasado bien yo.

—No he dicho eso. Pero lo has pasado bien.

—Estoy agotada —dijo con voz suave—. Y creo que podría tener moratones.

¿Le había hecho daño? Me incorporé de golpe y recorrí su cuerpo con la mirada.

—¿Te duele algo? ¿Dónde?

Suspiró y se llevó las manos a las costillas.

—Por todas partes.

No parecía dolorida. Pero no la conocía tan bien. No quería pensar que era la última vez que iba a verla correrse esa noche, pero lo último que quería era provocarle daño físico.

—A veces puedo ser un poco brusco. Lo siento. —Me pasé las manos por el pelo. Ella me había hecho perder el control… No, solo me había dejado llevar por el momento.

Me subió la mano por el brazo y, cuando la miré, estaba sonriendo.

—No pasa nada. No me has hecho daño. Ha sido… —Se encogió de hombros—. Estupendo. Pero… ya sabes, fue demasiado. Y has puesto ahí tres condones. Me preocupa un poco no sobrevivir. Pero… —dijo con un suspiro— qué manera de morir.

Le sonreí.

—Bueno, entiendo perfectamente que no puedas seguirme el ritmo.

Negó con la cabeza, sonriente.

—No intentes manipularme. Crees que me gustan los retos, así que

intentas hacer psicología inversa. —Se dio un golpecito en la sien—. No soy estúpida.

—Lo sé. —Era muchas cosas, pero esa no estaba entre ellas. Era sexy. Y

preciosa. Y me hacía reír. Descubrí que me gustaba y disfrutaba de su conversación casi tanto como del sexo. Antes del final de la noche, Madison podía hacerme cambiar de opinión sobre lo que pensaba de las bodas.

Le di un beso en los labios y, cuando me retiré, me pasó la mano por la nuca y me acercó a ella, reclamando mi boca con una pasión que me pilló por sorpresa. Iba a tener que esforzarme para seguirle el ritmo a esa mujer.

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