Alvear
III. Don Marcelo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
III
Don Marcelo
Su hora más gloriosa
La llegada de Alvear a Buenos Aires tuvo dos aspectos, símbolo del tironeo de que
era objeto su personalidad en esa emergencia. Uno, el aspecto multitudinario,
populoso, la cálida acogida que le brindaba el pueblo radical congregado en el puerto
con sus cartelones y sus boinas blancas, pidiéndole que asumiera la jefatura del
partido y brindándole un afecto que nunca había rodeado su figura, siempre un poco
distante.
Otro, la presencia clandestina y sinuosa de Justo. El ex ministro de Alvear
también acudió a recibirlo. Albergaba desde años atrás un torvo resentimiento hacia
el hombre que lo había sacado del anonimato castrense, pero por ahora disimulaba su
rencor: quería tentar las posibilidades de contar con Alvear para su propio juego
político.
El pueblo agolpado frente a la dársena descubrió la rechoncha presencia de Justo
y agotó las expresiones de su repudio. Una formidable rechifla lo marcó durante largo
rato. Era el único modo que tenía la gente sencilla de avisar a su jefe el peligro que le
acechaba tras la sonrisa profesional de Justo. Porque Alvear estaba en este momento
en el mismo estado de espíritu que había llevado a otro viajero ilustre, Mitre, a
traicionar las esperanzas populares. Exactamente cuarenta años antes Mitre había
llegado de regreso de Europa, después de una revolución histórica, y en vez de
encabezar el movimiento popular contra la oligarquía se había echado en brazos de
ella, desconcertando a las fuerzas que se habían congregado alrededor de su nombre.
Ahora, Alvear corría el mismo peligro. Una revolución se había producido, y la
visión del viajero de 1931 podía nublarse tanto como la del de 1891. Así como Roca
había fraguado el «abrazo histórico» con Mitre, también ahora podía Justo abrazar a
Alvear para alejarlo del pueblo y engatusarlo en las habilidosas mañas de la
oligarquía.
Pero la sensibilidad política de Alvear estaba mucho más abierta al reclamo del
pueblo que la de Mitre. Un auspicioso signo de su futura actitud fue la breve arenga
que pronunció, trepado sobre un cajón, apretujado por la multitud, frente a la dársena.
«Decid a los conciudadanos que no han podido llegar hasta aquí que Marcelo de
Alvear vuelve a ocupar su puesto en las filas donde estuvo siempre».
El pueblo escuchó su palabra y lo siguió, exultante, hasta el City Hotel,
reclamando una y otra vez su presencia. También fue hasta allí Justo, haciendo gala
de una impermeabilidad paquidérmica, y cuando los dos personajes aparecieron en el
balcón las aclamaciones al recién llegado se alternaron con el estribillo de «Alvear sí,
otro no».
Ahora era necesario enterarse de lo que ocurría en el país. Se instaló en un piso
del City y empezó a recibir a todo el mundo para acopiar elementos de juicio
provenientes de los diferentes sectores.
Un edecán de Uriburu había saludado al viajero en nombre del dictador. Alvear
devolvió la visita poco después en la Casa de Gobierno. La entrevista con su viejo
amigo fue cordial. Se brindaron el trato amistoso de siempre:
—¡Hola, Pepe!
—¿Qué tal, Marcelo…?
Hablaron largo rato y recién entonces empezó Alvear a advertir que el milagro
número dos sería de difícil producción. El milagro número uno —la unificación del
radicalismo— parecía más factible; pero el otro, la benevolencia del gobierno
provisional hacia el radicalismo unido aparecióle, después de su conversación con el
dictador, como muy improbable.
Uriburu le insinuó que podía ser el futuro presidente y manifestó su esperanza de
que Alvear no aceptaría presidir una reorganización en la que intervinieran los
yrigoyenistas. Al parecer, el dictador consideraba a los yrigoyenistas como monstruos
inmerecedores del pan y la sal. Había que excluirlos, había que perseguirlos, había
que liquidarlos. Alvear, que sabía perfectamente la gravitación de los sectores
yrigoyenistas y conocía la imposibilidad de prescindir de ellos en una reorganización
viable, no dio una contestación firme a la insinuación.
De regreso al país, Alvear se entrevistó con el presidente del gobierno provisional, el general Uriburu. La
fotografía rescata el momento en que Alvear abandona la Casa de Gobierno, abril de 1931.
La entrevista había empezado cordialmente y terminó con frialdad. Aquí empezó
Alvear a tener la sensación de las dificultades que le esperaban en su tarea.
Pero había que asumirla. Día a día llegaban al departamento del City las
delegaciones de todo el país. Referíanle las persecuciones de que eran víctimas los
radicales. Contaban las cesantías, las molestias policiales, las torturas. Los de Buenos
Aires expresaban el temor de que el gobierno provisional desconociera el resultado
de las elecciones del 5 de abril. Los de Córdoba relataban las ínfulas fascistas del
interventor. En todas partes el radicalismo era carne de dolor. Y ante el espectáculo
desolador de ese gran partido argentino, que con sus errores y sus pecados había
sabido hacer historia, la calidad humana de Alvear se iba enardeciendo, y sus 63 años
de edad adquirían el vigor de los veinte, cuando andaba atrás de Yrigoyen peleando
contra malos gobiernos y policías bravas…
No. No se podía descalificar al yrigoyenismo. Era pueblo puro. Radicalismo sin
yrigoyenismo significaba cáscara vacía. Aparte de que, en los hechos, ya encontraría
el yrigoyenismo su propio cauce. Era más inteligente recoger, orientar, esa vigorosa
corriente popular dentro de un radicalismo renovado. En eso estaba Alvear.
En los primeros días de mayo hace declaraciones a un diario europeo, que son
reproducidas por los periódicos argentinos. No critica a la revolución de setiembre;
más bien, la justifica. «La revolución reaccionó contra desórdenes deplorables e innegables». Pero defiende el derecho del radicalismo a reorganizarse con todos sus
elementos. «Lo que aquí se dice personalismo es la mayoría del partido Radical: y
este partido quiere y debe por su iniciativa, libremente, reorganizar y defender sus
cuadros, sin imposiciones exteriores». Hasta entonces, las visitas de Justo, Melo,
Laurencena, los Cantoni y otros dirigentes del «contubernio» habían menudeado al
City. Después del reportaje referido, desaparecieron. Las cartas estaban echadas.
Alvear no se prestaría al juego antipopular. Y el 16 de mayo se produce el
acontecimiento esperado por todos. Aparece un manifiesto que convoca al
radicalismo de todo el país a su reorganización. No se habla en el documento de
exclusiones. A la Unión Cívica Radical, «dignamente fortificada en la adversidad»,
deben incorporarse todos los radicales y todos los ciudadanos conscientes de su
responsabilidad.
Firman hombres del antipersonalismo como Gallo, Arturo Goyeneche, Mario M.
Guido, Enrique M. Mosca, Roberto M. Ortiz y José Tamborini; también lo suscriben
dirigentes yrigoyenistas, como Ricardo Caballero, Adolfo Güemes, Roberto Parry,
Honorio Pueyrredón, Francisco Ratto y Pablo Torello. Y, encabezando la nómina, por
un travieso azar alfabético, el nombre de Alvear.
El 28 del mismo mes los firmantes del manifiesto constituyen una Junta
Reorganizadora. Fue lo que históricamente se conoce como «Junta del City». La
presidía Alvear, asistido por Güemes como vicepresidente y Mosca, Julio Borda,
Carlos Noel y Obdulio Siri como secretarios. «En presencia de las adhesiones
recibidas y de los requerimientos formulados por organismos radicales de todo el
país» había decidido sustituir de hecho la autoridad del Comité Nacional,
prácticamente desintegrado e inactivo desde noviembre de 1930.
Nadie hizo observaciones sobre el procedimiento, bastante irregular, con que se
constituía la nueva autoridad provisoria del partido. La personalidad de Alvear
bastaba para legalizar el hecho, y el momento que se vivía no admitía formulismos.
La dictadura, después de tambalear frente al veredicto popular del 5 de abril, se había
fortificado en la arbitrariedad y la trampa. Previo un cambio de equipo, suspendió la
reunión del Colegio Electoral que debía proclamar la fórmula Pueyrredón-Guido,
mientras urgía la organización del conservadurismo en una estructura nacional y
prodigaba su apoyo a la «Junta del Castelar», que presidía la reorganización del
antipersonalismo. Con el conservadurismo unido al antipersonalismo y el socialismo
independiente de la Capital Federal, Justo tejía su candidatura, mientras Uriburu,
roído por un implacable mal, veía desvanecerse sus ilusiones fascistas, sustituidas por
una salida pretendidamente democrática que llevaba como valor entendido la
exclusión fraudulenta del radicalismo.
Desde la segunda mitad de mayo el radicalismo de todo el país vivió jornadas
fervorosas. Ahora la grey se miraba en su nuevo pastor. Mientras Yrigoyen siguiera
confinado, el Jefe era Alvear. Indiscutidamente. Con esa certeza, todo el radicalismo trabajaba en su reorganización. Se reabrían los comités clausurados desde setiembre
del 30, los nuevos libros se poblaban de millares de inscripciones, se ultimaban
detalles para dejar constituidos los organismos nacionales del partido antes del 20 de
julio, según las instrucciones de la Junta del City, que desde principios de junio había
instalado su sede en un local propio (Victoria 1094). A principios de mayo el
dictador, urgido por su enfermedad, las intrigas de Justo y la situación económica
cada día más calamitosa, había convocado a elecciones generales para el 8 de
noviembre, aunque reservando la convocatoria para elegir Presidente. La lucha estaba
cercana, pues, y los radicales, ardidos en su nuevo coraje, vitalizados por el triunfo de
abril, trabajaban esforzadamente para ponerse en condiciones de ganar la gran batalla.
El pueblo veía con claridad que la continuidad de la revolución del 6 de setiembre
significaba la entrega del país, la hegemonía de una oligarquía insensible y
corrompida y la frustración del esfuerzo emancipador que acaudillara Yrigoyen. Esta
evidencia lo llevaba a rodear populosamente al único partido nacional que podía
oponerse a la maniobra reaccionaria. Era una movilización cívica como pocas veces
se había visto, un frente popular rodeando ese partido que había caído sin lucha en
setiembre y que ahora se erguía maravillosamente desde su propia ruina. Hombres
que nunca habían actuado en política —algunos de gran jerarquía intelectual, como
Ricardo Rojas— y muchachos que no se habían arrimado al radicalismo en la hora de
triunfo, aportábanle ahora su esfuerzo numeroso. ¿Quién podría impedir la victoria
popular?
Para Alvear había llegado la hora de su destino. Había desaparecido ya el
deportista, el hombre aficionado al teatro, a la pintura, el refinado gourmet. Ahora era
un soldado más, el más esforzado, el más laborioso y entusiasta de los soldados
radicales. Recibía delegaciones a toda hora, visitaba locales partidarios, se asomaba
al rostro de la multitud. Parecía que su vida anterior hubiera sido un largo prólogo a
estos días del año 31. Maduro y equilibrado, seguro de sí mismo, Alvear llenaba sin
mezquindad el papel que se le había brindado. No se había equivocado su maestro
cuando lo defendía afectuosamente de los ataques que le menudeaban los
yrigoyenistas acérrimos.
—Marcelo es radical —sostenía el viejo jefe, con su voz insinuante, convincente,
en aquellos años peleados del 24, del 28.
Ahora Alvear estaba demostrando con los hechos su esencial radicalismo. Le
hubiera bastado un renuncio, uno solo, para atraerse la benevolencia del gobierno de
facto. Era notorio que Uriburu no simpatizaba con la candidatura de Justo. Una
postulación de Alvear le hubiera sido grata, con la condición de ser el candidato del
gobierno. Pero… Marcelo es radical. Y por serlo, prefiere andar en estos trajines
políticos de los que ya estaba un poco olvidado, convocando almas libres tras la vieja
bandera de siempre.
Así pasan mayo y junio. Las líneas ya estaban tiradas. Conservadores y
antipersonalistas deciden repetir la aventura del contubernio, esta vez con el aporte de los socialistas independientes. Por su parte, el radicalismo apura las etapas de su
organización.
El Partido Socialista y el Partido Demócrata Progresista, que en un principio
habían apoyado al gobierno provisional, disgustados ahora con las arbitrariedades y
veleidades fascistas del poder de facto, formarían lo que se llamó la «Alianza Civil»,
que proclamaría candidatos a Lisandro de la Torre y Nicolás Repetto.
Pero Justo no podía dejar que creciera la marea radical. Con una duplicidad sin
parangón alienta a sus amigos del Ejército para provocar una revolución contra el
gobierno de facto, en la que están comprometidos no pocos militares yrigoyenistas.
El golpe perseguía un doble fin: urgir a Uriburu a la convocatoria presidencial
(excluida de la convocatoria formulada en mayo, que estaba circunscripta a
autoridades legislativas y provinciales) y comprometer a la jefatura del radicalismo
en un movimiento al que era ajeno, pero que seguramente provocaría una represión
destinada a desbaratar la reorganización partidaria.
Todo le salió a pedir de boca. Así como Roca había ajustado en 1890 la
Revolución del Parque en forma tal que provocara la caída de Juárez pero sin llegar a
lograr el triunfo del movimiento, así también en 1931 Justo consiguió que la
revolución de Corrientes provocara la ansiada convocatoria presidencial y,
paralelamente, el manotazo represivo contra el radicalismo.
Vencida la revolución del coronel Pomar por falta de apoyo en el resto de las
guarniciones comprometidas, el gobierno provisional denuncia con estridencia un
fantástico plan terrorista.
COMUNICADO OFICIAL
«La relación entre los ácratas y los radicales no deja lugar a dudas […] Ha existido la promesa firme y
ofrecida por los personalistas de que la ciudad de Buenos Aires sería entregada al saqueo y desmán de las turbas anarquistas, siempre y cuando éstas se comprometiesen a ayudar plenamente al partido radical. Desde luego, no estaban excluidos de este plan de pillaje los comités radicales, cuyos caudillos aprestábanse a entrar en acción levantando masas de populacho, cuyo objeto primordial hubiera sido el asalto, el saqueo y probablemente la exterminación de todas aquellas personas que por su posición en el gobierno actual o por la simpatía que le han demostrado, resultasen peligrosas para el desarrollo del plan ulterior del partido radical…».
De inmediato, los locales partidarios son allanados, se clausuran diarios y se
detiene a centenares de dirigentes de todo el país. Pueyrredón, Guido, Ratto, Noel,
Tamborini y Torello son «invitados» a abandonar el país. Güemes logra esconderse.
También Alvear recibe el peso de la arbitrariedad dictatorial. Aquella noche de
fines de julio estaba con algunos amigos en su departamento del City. Se anuncia la
visita del jefe de policía. Todos palpitan vagamente el motivo, pero nadie llega a
creer que el dictador pueda adoptar una medida de fuerza contra un ex presidente de
la Nación.
Alvear junto a José Tamborini (a su izquierda), y un grupo de políticos que se aprestan a abandonar el país y
partir al Brasil, julio de 1931.
Con cara de circunstancias, el visitante notifica a Alvear que el gobierno
provisional había resuelto su deportación.
—Desde luego, tiene usted todo el tiempo que necesite para arreglar sus asuntos
particulares —concluye cortésmente.
Alvear lo escucha con esa contenida irritación que a veces era más temible que
sus estallidos. Se vuelve hacia Rapallo, su administrador, y le pregunta brevemente:
—Rapallo, ¿cuándo sale el primer barco?
—Pasado mañana a la mañana, doctor. Es el Alcántara.
Entonces se dirige al visitante:
—Dígale al que lo manda que mañana a la noche estaré embarcado.
Esa noche y el día siguiente recibió amigos y trabajó en un manifiesto que poco
después se difundiría clandestinamente. Del grupo que presidía estallaba a cada rato
su voz aguda en un hervor de palabrotas. No le daría el gusto al gobierno: no
aceptaría el plazo de cortesía que le habían concedido graciosamente.
El 28 de julio de 1931 a las diez de la noche se embarca con doña Regina.
Después de cuarenta años Alvear debía exiliarse de su patria por segunda vez.
Volvería un año más tarde y dejaba a su pueblo un gran documento que era el
testimonio de su encuentro con el dolor argentino, dicho con palabras que tenían
grandeza:
«MANOS CRISPADAS ME ALEJAN»
«Conciudadanos:
»Una orden del gobierno provisional me obliga a abandonar el territorio de la República. No descenderé a
discutir sus fundamentos porque no merece tal honra la arbitrariedad.
»Me alejo del territorio de mi patria con un sentimiento profundo por la oscura nube que se cierne sobre sus
destinos; con sincera conmiseración por los hombres que ejercen su autoridad de facto…
»… Honrado con la presidencia de la Nación, en una elección libérrima, cuya legalidad no fue objetada,
entiendo haber realizado su ejercicio con la autonomía y altivez moral que se funda en la ausencia de toda aspiración y en mi propia prescindencia.
»Ningún ciudadano de mi país, que tenga una conciencia honrada, podrá desconocer que fui respetuoso de las
leyes y de las instituciones; que no subordiné las altas inspiraciones de mi gobierno a direcciones ajenas a mi partido, y que al declinar en el cargo, sacrifiqué mis predilecciones, resistiéndome a arrojar en la balanza de la democracia para favorecerlas, la gravitación del poder o la violencia.
»He sido pues y soy legalista…
»… La ética de las autoridades que se declaran revolucionarias, investiga en forma detonante, los pequeños
hurtos de la administración; pero, considera legítimo el hurto de hecho, ante la faz del mundo, de toda la voluntad de un pueblo, expresada en urnas indiscutidas, como ha ocurrido en el primer Estado argentino. Para evitar que contra ellos se proteste, se llenan las cárceles con presos políticos y con estudiantes. Por vez primera en la historia nacional, se oye hablar de las espantosas torturas medievales, aplicadas con entonación tenebrosa. Los jueces que habían dado fundamentos jurídicos al gobierno “de facto” sobre la base de su juramento de respetar nuestra Constitución, formulado en nuestra plaza histórica y en presencia del pueblo congregado, son separados de sus puestos, cuando contrarían la voluntad del gobierno, por el mero hecho de poner en ejercicio los recursos de amparo a la libertad individual, que había declarado subsistentes nuestra Suprema Corte de Justicia…
»… Obligado a apartarme del puesto que había venido a asumir en nuestra vida cívica, respondiendo al
llamado que me fuera dirigido, deploro tener que hacerlo, pero no puedo dejar de señalar a mis compatriotas, con viril franqueza, la triste realidad del momento. Ello no altera los destinos definitivos de nuestra patria. No creo que esa grosera dictadura pueda perdurar, porque tengo fe en nuestra cultura alcanzada, en nuestro esfuerzo continuo hacia el progreso, en la virilidad de nuestras costumbres públicas y privadas…
»… Compatriotas:
»Estaré siempre pronto al llamado de mi pueblo para darle de nuevo mi fervor ciudadano. Llegaré cuando sea
necesario para ocupar mi puesto en las contiendas cívicas, cuando lo haga posible la suspensión de la fuerza. Me cuadraré otra vez bajo el viejo estandarte que he seguido desde mi edad más temprana.
»Estaba trabajando en labor incesante para contribuir, con patrióticos ideales, a que la Nación pudiera resolver,
en urnas austeras y libres, la orientación de su propio destino, cuando se me interrumpe para ordenar mi retiro.
»No siento en mi alma, ni odios ni enconos. Lo que me apesadumbra es el porvenir de nuestra patria. En lo
personal, compensa la amargura de ver malogrado mi esfuerzo, una satisfacción de conciencia: la de haber sido ante todas las dificultades del momento y en todos mis actos, el de siempre. Así como no sacrifiqué en el gobierno el deber de mandatario de no gravitar por la fuerza, actuando ahora, desde el llano, no he aceptado para mi partido lo que pudiera proponerle la fuerza. Ahora, como antes, no se ha inclinado ante nadie la cabeza serena de vuestro ex presidente.
»Contemplo desde lejos, en el barco que me aleja, la ciudad natal en donde se levantan las estatuas de mis
antepasados. Me consideraba con derecho al respeto de todas las clases sociales, porque supe gobernarlas con legalidad, con orden y con prudencia. Me apartan de su seno manos crispadas. He de repetir que compadezco a los que no saben mantener ese reposo y esa serenidad que es la dignidad del gobierno. Deseo que no tengan que responder ante la posteridad de haber dispersado el caudal de los sacrificios argentinos en aventuras inciertas. — M. T. de Alvear. Buenos Aires, julio 28 de 1931».
Los deportados se dirigían a Río de Janeiro. Al pasar por Montevideo los ex
presidentes del Uruguay Campisteguy y Serrato, así como el jefe nacionalista Luis
Alberto de Herrera, concurren a saludar a Alvear. Los periodistas lo acosan: el jefe
radical hace parcas y serenas declaraciones. La dictadura había autorizado la
publicación de una carta que dejara a sus colegas de la Junta del City comunicándoles
su forzado alejamiento y deseándoles éxito en la labor de reorganización en que
estaban empeñados; pero no permitió que se difundiera el manifiesto que, no obstante, circuló en el país. A la clausura de diarios se agregaba una cerrada censura
periodística que los grandes órganos —que durante el gobierno de Yrigoyen habían
aburrido con sus monsergas sobre carencia de libertades— aceptaron mansamente…
Días después, los exiliados llegan a Río de Janeiro. Alvear se instala en el
Copacabana Hotel y desde allí sigue atentamente las peripecias de la situación
argentina. La represión de julio había descalabrado la paciente labor de
reorganización radical; pero esto no era lo más grave. Lo peor era que, ausente Alvear
y prófugo Güemes, la «Junta del City» caía en manos de Gallo y su grupo. Gallo
estaba postulando una posición «realista» frente a la dictadura. En julio el gobierno
provisional decidió por decreto que las juntas electorales no aceptaran la
oficialización de candidatos que hubieran actuado en apoyo de Yrigoyen.
Naturalmente, una arbitrariedad como ésta significaba lisa y llanamente la exclusión
del radicalismo en los futuros comicios. La decidida actitud de Alvear frente a la
dictadura hacía previsible que su eventual candidatura a la presidencia sería vetada.
Frente a esta situación, Gallo —acompañado en alguna medida por Saguier— creía
necesario auscultar la opinión del gobierno provisional sobre las futuras candidaturas
radicales. Precisamente, se decía que una fórmula encabezada o integrada por Gallo
no acarrearía el veto que automáticamente atraería la de Alvear.
La situación era difícil por ambos lados. Externamente, la represión policial
seguía obstruyendo las tareas organizativas: había provincias donde los radicales no
podían ni siquiera reunirse y la mayoría de los comités se encontraban clausurados.
En lo interno, el malestar de la masa ante la posibilidad de un arreglo con la dictadura
trababa toda la reorganización y provocaba conflictos como el ocurrido en la Capital
Federal. A la inversa, la rencilla entre yrigoyenistas y antipersonalistas tendía a
suavizarse, y en varios distritos se habían logrado listas conjuntas para los
organismos nacionales del partido.
Al fin, Güemes reaparece. El dirigente salteño nunca había tenido una actuación
nacional. Su gobernación y la inteligente gestión que realizó al lado de Mosconi le
habían granjeado el respeto del partido, pero jamás había tenido envergadura de gran
dirigente. Sin embargo, surgió repentinamente como el piloto de las tormentas en las
horas más difíciles del partido, vocero de la línea yrigoyenista y sinceramente
identificado con la conducción de Alvear. Esos fines de agosto Gallo negociaba con
el gobierno la reapertura de comités, que se autorizó gradualmente «a medida que se
demuestre el propósito de la agrupación de propender al restablecimiento de los
poderes constitucionales por procedimientos que encuadren en la legalidad».
Paralelamente, Ricardo Caballero, desde Santa Fe, anunciaba que trabajaría dentro
del radicalismo para que el candidato fuera Justo.
Entonces sale Güemes de su escondrijo. Plantea a la Junta del City (que no
funcionaba ya en el City sino en un local de la calle Reconquista hasta que se
restituyó al comité de la calle Victoria) la cuestión de que él debe ejercer la presidencia del organismo, en ausencia de Alvear. Gallo se niega a entregar la
presidencia. Renuncia entonces Güemes y lo acompañan en su actitud varios
miembros de la Junta. La Mesa Directiva de la Junta renuncia en pleno, y entonces el
cuerpo resuelve conferir funciones ejecutivas a ocho miembros: Güemes, Gallo,
Saguier, O’Farrell, Mosca, Aramburu, Borda y Noel. Considerándose desplazado,
Gallo se ausenta a Tucumán. Había quedado salvado el peligro inmediato de la
entrega.
DE ROQUE SUÁREZ A ALVEAR
«De acuerdo con Güemes y mayoría Junta creo indispensable quede usted Brasil, tanto más que semana
pasada. Suárez Roque, Rodríguez de la Torre, Noel Martín, Durán, Borda y Alfredo Martínez, tuvimos que presentar renuncia de la Junta, para robustecer autoridad Güemes a quien había negado Gallo entregar presidencia como por derecho correspondía STOP Nuestro proceder aplaudido con entusiasmo enorme multitud popular STOP Ahora Junta quedó con mayor autoridad STOP Queremos reunir Convención para 21 setiembre STOP Hoy más que nunca Partido anhela fórmula Alvear-Güemes STOP Causará enorme entusiasmo si puedo asegurar su resolución definitiva permanecer Brasil STOP Tengo fe absoluta triunfo suyo STOP Me propongo llegar Río diez setiembre con Asturias siempre que aquí no sea necesaria mi vigilancia STOP Ruego rápida contestación por telegrama STOP Afectos».
Ahora faltaba constituir los organismos nacionales del partido. La candidatura
Alvear, integrada por Güemes, cobraba cuerpo en la masa como expresión de lucha
contra la dictadura. A mediados de setiembre viajan a Montevideo Borda, Suárez,
Mihura y Mosca, con el fin de entrevistarse con Torello, que venía de Río de Janeiro
con un mensaje de Alvear. Trasciende que Alvear no aceptaría la candidatura. Los
periodistas le preguntan qué hay de esa negativa: Alvear dice que «mientras no esté
reunida la Convención Nacional de la UCR nada podrá decirse al público sobre el
asunto». Pero Torello había transmitido efectivamente la negativa de Alvear.
Consideraba que «convendría renunciar, entendiendo que con cualquier candidato
radical se triunfará».
Sin embargo, los viajeros insisten ante Torello para que transmita a Alvear la
necesidad de que su nombre esté al frente de la fórmula radical. Era el único hombre
que podía sellar la unidad partidaria, tan trabajosamente lograda. Una unidad que
podía significar el triunfo incontrastable.
Esto también lo sabían Justo y los suyos, y trataban por todos los medios de
introducir cuñas en el radicalismo. Ya habían conseguido la deserción de Caballero:
probablemente obtendrían que Gallo rompiera también el frente. Pero era necesario
algo más ostensible para quebrar el radicalismo. Es entonces —24 de setiembre—
cuando aparece en La Nación un reportaje a Yrigoyen firmado por un periodista
italiano a quien subvencionaba la dictadura para hacerle propaganda en el exterior.
Fuentes autorizadas han asegurado que el reportaje fue totalmente fraguado. De todos
modos, era miserable y su propósito saltaba a la vista.
Se regodeaba el periodista en la visión de un anciano decrépito, maniático;
subrayaba la simpatía y buen ver de su secretaria; acentuaba la ironía al referirse a la prosa del confinado. Pero, sobre todo, se alargaba en las expresiones con que
Yrigoyen habría criticado el gobierno de Alvear. Era evidente la intención. Un
radicalismo con acentuación yrigoyenista era muy malo para la oligarquía; pero si ese
radicalismo estaba dirigido por un Alvear entregado a la línea popular era peor. Había
que separarlos a toda costa. Uno de los más destacados agentes de los intereses
británicos en el país, escribía así a Alvear:
DE GUILLERMO LEGUIZAMÓN A ALVEAR
«Buenos Aires, setiembre 29 de 1931.
»… Lo más importante no es el triunfo a breve término sino la cohesión del Partido Radical bajo las directivas
del bien inspirado núcleo que Ud. encabeza. La Nación ha hecho un servicio inapreciable al radicalismo, al publicar el reportaje a Yrigoyen, cuya psicología mórbida ya no puede negarse. No quedan más yrigoyenistas, pues hasta los fanáticos que tuvo, lo dan por perdido para la acción. Sé, por referencias, que Ciccotti aligeró las tintas por temor de que pareciese inverosímil la realidad con que se había encontrado. Juzga que se trata de un caso típico de locura mesiánica…».
Alvear no cayó en la celada, aunque deben haberle picado a lo vivo las
expresiones atribuidas a Yrigoyen. A una pregunta de los periodistas sobre el
reportaje se limitó a decir que «Yrigoyen no actúa por ahora en política…».
Mientras tanto, el 25 de setiembre se constituían el Comité Nacional y la
Convención Nacional. El alto cuerpo ejecutivo eligió presidente a Alvear, y
vicepresidentes a Saguier y Güemes, en ese orden, pero el primero renunció, con el
propósito de permitir que Güemes continuara al frente del partido. Por su parte, la
Convención Nacional, bajo la presidencia de Benjamín Zorrilla, aprueba la
plataforma electoral y se reúne el 28 de setiembre para elegir la fórmula presidencial.
El gobierno no había permitido la reunión del cuerpo en un teatro, así es que los
convencionales estaban apretujados en el local de la calle Victoria, sofocados por una
barra que vitoreaba constantemente a Yrigoyen y Alvear, y proclamaba por
adelantado la fórmula Alvear-Güemes.
Se procede a la votación secreta, dificultada por lo estrecho del recinto. El
escrutinio —aclamado por el público— arroja 147 votos para Alvear, sobre 165
convencionales presentes. Para la vicepresidencia es elegido Güemes por 134 votos.
De inmediato, las autoridades de la Convención logran una comunicación telefónica
con Río de Janeiro. Allí, en el Copacabana Hotel, está Alvear, rodeado de sus
compañeros de exilio. El candidato hace saber a sus interlocutores que en ese
momento envía un cablegrama con su contestación. Media hora después, mientras la
Convención permanece en cuarto intermedio, llega el mensaje.
Contiene la renuncia de Alvear. Se funda en dos motivos principales: la
renovación que cree necesaria en los partidos políticos y un escrúpulo de carácter
constitucional, pues supone que pueden existir objeciones a su candidatura ya que no
ha pasado un período completo desde su última presidencia. ¿Es sincera la renuncia
de Alvear? Sabía muy bien que su nombre era el único que podía sintetizar las dos grandes corrientes del partido, y su temperamento luchador le inducía a aceptar la
responsabilidad de una candidatura que no era fácil. Probablemente también aspiraba
a la presidencia. Pero Alvear deseaba dejar bien establecido su desinterés personal y
tenía el propósito de que la Convención salvara su preocupación legalista.
Cuando se lee el mensaje de Alvear, la Convención se pronuncia por la negativa.
Se plantean previamente dos o tres proposiciones: que se acepte la dimisión —sólo
dos convencionales sostienen esta tesis—, que la cuestión legal planteada por el
renunciante se gire a estudio de notorios constitucionalistas. Pero la convención
prefiere, lisa y llanamente, rechazarla. Se pasa a un segundo cuarto intermedio hasta
que las autoridades se comunican con Río de Janeiro. A altas horas llega la
contestación de Alvear, aceptando la candidatura.
Era la declaración de guerra formal contra la dictadura. Ahora había que esperar
el zarpazo del gobierno provisional.
Durante una semana reina una honda expectativa. Alvear, Pueyrredón, Tamborini y Guido bajan de Río de
Janeiro a Montevideo en el buque francés Campana con el fin de permanecer en contacto inmediato con los sucesos del país. Al partir de la capital brasileña todos se niegan a formular declaraciones políticas.
La víspera de su llegada a Montevideo trasciende lo que todos temían: el veto de
la dictadura. Había aparecido un decreto cuya parte dispositiva rezaba:
«… que los ciudadanos Dr. Marcelo T. de Alvear y Dr. Adolfo Güemes están inhabilitados para figurar como
candidatos a presidente y vicepresidente de la República en las elecciones del 8 de noviembre próximo. Las listas de electores que respondan a las candidaturas de los mencionados ciudadanos no serán oficializadas ni se computarán los votos que puedan ser emitidos en favor de dichos electores».
Además, por otro decreto, se disponía que
todas las listas de candidatos, antes de ser
presentadas ante las respectivas Juntas
Electorales, debían previamente ser aprobadas
por el gobierno provisional.
Directamente se excluía al radicalismo de los
comicios. Era una evidente provocación
destinada a llevarlo a la abstención o a la
sustitución de la fórmula proclamada por otra
que impusiera la dictadura.
Todo el país recibe abrumado el úkase de
Uriburu. Ya no había salida constitucional
posible. Se habían agotado los extremos de la
arbitrariedad. Los diarios grandes protestaban
débilmente: La Nación dedica su editorial a
explicar que el antecedente de Mitre traído en
los fundamentos del decreto, está interpretado
Alvear en Río de Janeiro durante su erróneamente… Pero faltaba todavía otra
destierro, 1931. arbitrariedad más tremenda, que se produce el 8
de octubre horas después de arribar Alvear a Montevideo: la dictadura anula las
elecciones del 5 de abril. Después de los comicios, Uriburu había declarado
expresamente que respetaría el veredicto popular. Ahora, basándose en supuestas
inscripciones falsas en los padrones, se chingaba en su promesa y anulaba de un
charrascaso el limpio pronunciamiento de «las comunas y las chacras bonaerenses».
Ya no quedaba nada por hacer. A todo esto continuaba el estado de sitio y las
clausuras de comités, la prensa seguía censurada y las Juntas Electorales locales se
negaban a oficializar las boletas radicales y aun las de otros partidos —como el
lencinismo en Mendoza y la Alianza Civil en La Rioja—. En declaraciones
periodísticas, Justo dijo que «nada ni nadie se opone a la participación del
radicalismo en las elecciones del 8 de noviembre».
Las dos medidas dictatoriales provocaron un enorme revuelo en el radicalismo.
La mayoría opinaba que correspondía declararse en abstención; otros creían que era
necesario agotar todas las posibilidades legales. El Parque Hotel, de Montevideo,
donde se alojaba Alvear, era centro de una febril actividad. A las diarias tertulias de
exiliados, sedientos de noticias, se agregaban las visitas que llegaban a cada momento
de Buenos Aires, llevando y trayendo mensajes. Alvear, que al recibir la noticia de su
veto se había inclinado por renunciar para que su nombre no fuera problema, había
reaccionado con dureza frente a la anulación de los comicios de abril. Eso pasaba ya
todos los límites y no podría aceptarse.
La Mesa Directiva del Comité Nacional había pedido al presidente de la
Convención Nacional la citación urgente del alto cuerpo deliberativo. Mientras se
cursaban las citaciones, la Mesa Directiva publicó un manifiesto emitiendo su
opinión sobre la situación política. Fue su redactor Ricardo Rojas, que estaba
haciendo sus primeras armas políticas. «Ganar o perder posiciones —decía el
documento— es cosa que ha pasado a segundo término para el radicalismo. Nuestro
partido, como todos los demás, puede haber cometido errores, pero nadie podrá
negarle como entidad colectiva y como institución democrática, la potencia
emocional de su patriotismo, probado más que nunca en los presentes días de
adversidad. Y a esta fuerza representativa del civismo argentino se pretende suprimir
de los comicios».
El 12 de octubre se reúne la Convención Nacional. Se lee la renuncia de Alvear.
«No puedo consentir que mi candidatura sea un impedimento que cierre a mi partido
el camino del comicio». También renuncia Güemes. El cuerpo decide encomendar a
una comisión especial el estudio del problema. Al día siguiente algunos miembros de
la Comisión entrevistan a personalidades de la Alianza Civil para saber si están
dispuestos a acompañar al radicalismo en una eventual abstención. La contestación es
negativa.
El 14 se reúne nuevamente la Convención Nacional para escuchar el despacho de
la comisión especial. Éste contiene siete puntos: no aceptar las renuncias de los
candidatos, declarar carente de valor legal el decreto de anulación de las elecciones
de abril, así como los que obstruyen la voluntad de las mayorías, manifestar que los
actos contra el radicalismo «quebrarían la decisión de la UCR de participar en la
pacífica reconstrucción institucional» y denunciar ante la opinión pública la actitud
de los partidos «de esencia democrática» que no se solidaricen con el derecho vejado.
Finalmente, se faculta a la Mesa Directiva del Comité Nacional a agotar las instancias
legales, autorizándola a declarar la no concurrencia a las elecciones del 8 de
noviembre si persiste la situación de hecho creada al radicalismo.
Una incontenible emoción se apoderó de la sala cuando se leyó el despacho. Se
aprobó tumultuosamente, por aclamación, y una voz anónima, ronca, una voz radical,
empezó a cantar el Himno Nacional, que coreó toda la concurrencia entre lagrimeos.
Luego se reclamó la palabra de Ricardo Rojas, que había tomado parte principal en
las tareas de la comisión. Y el maestro habló de las provincias, de la lucha del
partido, del orgullo que sentía al venir «a la casa de los radicales con lo único que
tengo, que son treinta años de preocupación por la Patria». En Montevideo, Alvear y
los exiliados seguían al minuto el desarrollo de los sucesos.
La resolución de la Convención autorizaba a la Mesa Directiva a tentar todas las
posibilidades legales antes de declarar formalmente la abstención. Esto abría todavía
una brecha por donde filtrar algún arreglo con la dictadura. En eso andaba Gallo, y
también Saguier. El ex compañero de fórmula de Melo viajó a Montevideo el 17 de
octubre (1931) y conferenció largamente con Alvear. Se decía que había convencido
al jefe del partido en el sentido de buscar un binomio presidencial que contara con el
asentimiento de la dictadura. Pero Alvear, a una pregunta de los periodistas, contestó
que nada había de eso. Sin embargo, había trascendido que Gallo persistía en su tesis,
y que haría gestiones en tal sentido. De todos modos, la Mesa Directiva del Comité
Nacional presentó al ministro del Interior un largo memorial refutando las endebles
argumentaciones legales de los decretos represivos y pidiendo igualdad de
tratamiento con los demás partidos. La respuesta oficial fue cortante, casi soez.
Mientras el radicalismo no demostrara ser merecedor del trato que solicitaba, no
habría de gozarlo; tal era, en síntesis, el espíritu de la nota del gobierno provisional.
Nadie sabía cómo tenía que demostrar el radicalismo tales merecimientos, ni por qué
debía hacerlo… Pero la dictadura ya no se ocupaba de argumentos. Había que excluir
a la Unión Cívica Radical. El cadáver del uriburismo necesitaba urgentemente un
albacea benévolo.
Gallo, entretanto, seguía explorando las esferas oficiales. En su entrevista con
Alvear había manifestado la esperanza de que un cambio de la fórmula radical
pudiera suavizar las cosas. Alvear habíales reiterado que su nombre no sería jamás un
obstáculo, pero pensaba que previo a toda conversación era necesario derogar el decreto que anulaba las elecciones de Buenos Aires, así como el levantamiento del
estado de sitio y la libertad para los presos políticos. No obstante reconocer lo difícil
que sería la obtención de tales concesiones, Gallo se lanzó a una febril compulsa de
opiniones entre los medios allegados al oficialismo.
DEL DR. VICENTE GALLO A ALVEAR
«Buenos Aires, 23 de octubre de 1931.
»Estimado amigo:
»A mi regreso de ésa y de acuerdo con lo que he conversado allí con Ud. y los Dres. Torello, Pueyrredón,
Tamborini y Ratto, inicié la exploración del pensamiento gubernativo para el caso de que el radicalismo cambiara su fórmula presidencial y la sustituyera con otra de radicales exentos del veto revolucionario, resguardando celosamente el decoro cívico del partido y el de los componentes de la fórmula proclamada, y en orden a las garantías que podría tener para su organización y propaganda, si se decidiera en asumir esa actitud en plena solidaridad, y como una contribución patriótica al superior propósito de asegurar la paz y la vuelta de la República a la efectiva normalidad de sus instituciones.
»La gestión fue promovida en la forma discreta y confidencial que corresponde, sin comprometer ni en forma
indirecta al partido y a sus hombres, y como medio simplemente informativo que serviría para estudiar el caso y resolverlo por los órganos partidarios correspondientes.
»Antes de proceder, el primer inconveniente que se me ofreció, fue la resolución de la Mesa Directiva del
Comité Nacional, de que me informé por los diarios. Según esa resolución, debía gestionarse oficial y públicamente la revocatoria de los decretos sobre veto, nulidad de las elecciones de Buenos Aires y otras medidas recientes del gobierno revolucionario. Observé a Mosca y Noel que este procedimiento me parecía equivocado y sólo conduciría, en el estado actual de relaciones entre el partido y el gobierno, a una negativa total que dificultaría la tramitación confidencial del caso. Manifesté que la presentación de la nota suscripta por ciudadanos comprendidos en el veto, y con la consiguiente impugnación de las medidas cuya revocatoria se reclamaba, sólo serviría para crear un antecedente destinado a fundar una ulterior declaración de abstención por el silencio opuesto a las peticiones o por su decisión contraria. No conseguí sino la seguridad de que el documento sería sereno y de términos moderados.
»La previsión se ha cumplido. La contestación del ministro del Interior, que Ud. conoce ya sin duda, revela el
efecto producido en el gobierno, el cual le asignó la interpretación expresada en cuanto a la finalidad requerida.
»El resultado de mi exploración, en síntesis, ha sido éste: el radicalismo tendría la libertad y las garantías
necesarias para realizar su propaganda electoral.
»Los desterrados y los presos políticos podrían regresar a la República o serían puestos en libertad una vez
proclamada la nueva fórmula para participar en la campaña electoral, con la advertencia de que, si se comprobara su intervención en trabajos revolucionarios, serían enviados a Ushuaia.
»Se postergaría la fecha de las elecciones mediante la conformidad de los otros partidos, no haciéndose
directamente por el gobierno, para evitar el cargo de parcialidad y la imputación de intentar prolongarse en el mando.
»No se modificaría el decreto sobre nulidad de elecciones en Buenos Aires…
»… Todo esto alienta la esperanza que mantienen algunos amigos de que la situación pueda aún resolverse
satisfactoriamente. No será extraño que le lleguen voces expresivas de ese anhelo.
»Con mis respetos a su señora, lo saluda respetuosamente» [10].
Pero las gestiones de Gallo corrían por cuerda separada y tenían sólo un carácter